17/01/2022

Una reivindicación del comunismo de guerra ecológico. Un comentario de El Murciélago y el Capital

Ni la historia ambiental ni la historia del trabajo han sido, cada uno por sus propias razones particulares, demasiado aficionadas a unir la línea de puntos que conecta a trabajadores y medio ambiente, clase y clima.

Andreas Malm, Capital fósil. Una reivindicación del comunismo de guerra ecológico.

 

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Andreas Malm es un escritor y activista sueco que ha escrito un libro fuera de serie, de esos que no se hacen todos los días, y menos ahora cuando estamos sometidos a la dictadura de los papers, las revistas indexadas y el pensamiento Twitter. Ese libro se titula Capital fósil y es una exhaustiva investigación sobre la forma y las razones como se produjo el matrimonio destructivo entre los combustibles fósiles (empezando por el carbón) y el capitalismo[1]. Esa unión no es, ni mucho menos, natural, sino social, y fue el resultado de un momento particular de la lucha de clases. Sí, así como se lee, la energía fósil fue adoptada por el capital en Inglaterra a mediados del siglo XIX para doblegar a la primera generación de trabajadores asalariados y su gran poder de negociación. En pocas palabras, el capital fósil es un producto de un enfrentamiento de clase, que tenía como finalidad desorganizar y destruir el poder de negociación de los obreros en el sitio de trabajo.

Para comprender la cuestión hay que señalar que históricamente se ha usado energía proveniente de tres fuentes, lo que las convierte respectivamente en energía dinámica, flujo de energía y stock. La energía dinámica es la que poseemos los seres vivos, algunos de los cuales (ciertos cuadrúpedos, como caballos, vacas, bueyes, mulas...) han sido indispensables en las actividades humanas. Nuestra energía también es dinámica y está inmersa en nuestra corporeidad y es la que permite que desempeñemos múltiples actividades de índole material y espiritual. Esta energía dinámica fue la que predominó hasta la emergencia del capitalismo industrial.

Para este, en su lógica productivista de acumular y crecer sin límites, la energía dinámica es insuficiente, por lo que desde el surgimiento de ese capitalismo industrial en Inglaterra acudió al flujo de energía, eso sí para potenciar la energía dinámica, que es la fuente de riqueza por excelencia. Dicha energía resulta de la utilización de las corrientes de agua para accionar maquinas que se incorporan al proceso de producción. En un primer momento el capitalismo industrial en Inglaterra se implantó en aquellos lugares en los que había caídas de agua, cuya fuerza activaba las máquinas. Para accionar las máquinas y las fábricas se necesitaban seres humanos y había que traerlos de lejos y asegurar su permanencia en esas fábricas, lo cual no era fácil para los capitalistas por la inveterada resistencia a la proletarización de las masas de campesinos y artesanos. Para afrontar esa realidad el capital recurrió a una estrategia doble y complementaria: el trabajo forzado, semiservil, estableciendo colonias laborales y el conceder algunas dadivas a un grupo de trabajadores, a los artesanos más experimentados y especializados. El auge de la fábrica hidráulica fue una mezcla entre “atestados dormitorios ubicados en graneros por un lado y pulcras casas individuales con terraza por el otro; trabajo juvenil forzado y trabajo libre mimado; mazmorras de servidumbre y huertas frondosas. Castigo y placer” (Capital fósil, p. 228). En forma paralela, se les daba garrote a unos trabajadores que eran confinados en fábricas-prisión y zanahoria a otros, cuyos saberes en esos momentos eran indispensables para el naciente capitalismo industrial, con un relativo buen trato y ciertas condiciones laborales y vitales que difícilmente se encontraban en otros lugares, tales como vivienda y escuelas para sus hijos. No obstante, los dos tipos de trabajadores huían del capital como la peste, y lo enfrentaban a su manera, escapando o saboteándolo desde dentro. Esto último era lo que hacían los trabajadores sometidos a condiciones penitenciarias, quienes destruían o hurtaban algodón y materias primas, lo que aumentaba el costo de producción para los capitalistas. Para contrarrestar ese poder un grupo de capitalistas descubrió la importancia del stock de energía, en concreto del carbón, que está depositado en las entrañas de la tierra y nunca fluye, como el agua o el viento. Esta elección tuvo consecuencias al instante y de largo plazo, que hoy estamos sufriendo. Implicó, de manera inmediata, que las fábricas se trasladaran de los emplazamientos en donde había caídas de agua a las ciudades. Esta modificación espacial expresaba el objetivo de desorganizar a los trabajadores, concentrándoles en las ciudades a donde se les fijaba y hacia allí se llevaba el carbón, esto es, el stock de energía. De esta manera, el capital había obtenido varios resultados positivos para sí mismo: se había zafado de la dependencia de esos trabajadores remisos e independientes y de su poder de saboteo y de negociación; no estaba condicionado por el flujo de energía, que depende de condiciones naturales, imposibles de controlar (lluvias, sequias, inundaciones...); el emplazamiento de las fábricas en las ciudades les permitió ampliar la jornada de trabajo al día y a la noche durante las 24 horas. Para que todo eso fuera posible lo único que se necesitaba era de un stock permanente de energía, de carbón, y a esa fuente de energía fue a la que acudió el capital inglés. Los trabajadores no se quedaron con los brazos cruzados y se levantaron contra el emergente capitalismo fósil, pero fueron derrotados. El hecho que marcó el triunfo del capitalismo fue la derrota de la gran huelga inglesa de 1842, cuyos móviles y consignas estaban dirigidas contra el “Rey Carbón” o, más exactamente, contra la imposición del stock de energía para someter a los trabajadores y menguar o destruir su poder de negociación en el sitio de trabajo. 1842 es, entonces, un año clave en el despegue del capitalismo fósil. En ese año se consolidó un patrón energético destructivo que se proyecta hasta el día de hoy. Al respecto, nos dice Malm, lo que hoy se llama -más bien en forma eufemística- cambio climático, es un resultado directo de lo que sucedió en Inglaterra hace 180 años. Es, además, el triunfo del tiempo (la historia) sobre el espacio (la geografía). En otros términos, nosotros, los miembros de las generaciones actuales, soportamos el calentamiento que comenzó hace casi dos siglos, por la sencilla razón de que los gases contaminantes que comenzó a generar el carbón en las primeras décadas del siglo XIX todavía están en la atmosfera mundial, con lo que resulta que la contaminación y el aumento de la temperatura de nuestros días es un producto directo del consumo intensivo de carbón, primero, y luego de petróleo. Aquí sí que adquieren validez las palabras de Karl Marx cuando dijo, en El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, que “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. De esta manera, Andreas Malm explica el origen histórico del problema más grave que ha enfrentado la humanidad en toda su existencia, como lo es el aumento acelerado de la temperatura mundial, con todas sus secuelas destructivas en todos los órdenes de la vida social y natural.

 

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En plena pandemia de coronavirus, Andreas Malm publicó otro libro, más breve y referido a la relación entre la covid-19, el cambio climático y la guerra social[2]. Este libro tiene tres capítulos y a cada uno de ellos nos vamos a referir, pero especialmente al tercero, titulado “Comunismo de guerra”. En el primer capítulo, Coronavirus y cambio climático, se traza un paralelo entre estos dos hechos, mostrando sus múltiples nexos y relaciones. Se parte de lo acontecido en 2020, porque “parafraseando a Lenin es como si varias décadas se hubiesen comprimido en unas semanas, como si el mundo girase a más velocidad, dejando todas las predicciones expuestas al bochorno” (p. 9). El autor entra en materia de manera inmediata, sin introducción ni preámbulos. Parte de un hecho evidente, que poco se ha resaltado: mientras que por la covid-19 se paralizó el capitalismo mundial, no ha sucedido nada parecido en el caso del trastorno climático. En estas condiciones, ¿por qué razones un fenómeno “coyuntural”, como el del contagio del coronavirus, si tiene efectos inmediatos en cuanto a la manera de enfrentarlo, en tanto que un acontecimiento “estructural”, de impacto global y permanente no genera ningún tipo de respuesta medianamente efectiva? El autor examina las diversas razones que se han esbozado sobre el asunto llegando a la conclusión de que, finalmente, lo fundamental estriba en trazar una “cronología de las víctimas”, con lo que evidencia que los primeros en morir como resultado de la pandemia fueron los ricos del Norte prospero. Así: “Podemos ubicar con precisión el momento en que el virus mutó para convertirse en una auténtica crisis mundial -y no fue cuando se extendió por Irán-: el cambio se produjo cuando los muertos empezaron a contarse por cientos en Italia y, más concretamente, en Lombardía, una región rica del norte del país. Entonces cundió el pánico en los gobiernos occidentales. Para agravar la situación toda una serie de famosos y políticos enfermaron...(pp. 29-30)”. Si la cronología de la Covid-19 hubiera sido otra: si hubiera comenzado, como el Ébola, en un país africano, los muertos hubieran sido africanos pobres y hubiese quedado confinado a ese continente, los gobiernos capitalistas del mundo occidental “habrían permitido al virus campar a sus anchas” y jamás “habrían puesto el capitalismo en cuarentena” (p. 31). Esta es una diferencia con el cambio climático: sus efectos no se perciben de manera inmediata, enfermando y matando a europeos o estadounidenses de las clases dominantes. Esto porque se piensa que los efectos del cambio climático son distantes y se verán al cabo de décadas o siglos y no los soportan de manera inmediata y visible los dueños del mundo. Dicho sin muchas vueltas, en Europa o en los Estados Unidos jamás imaginaron ver las UCIS abarrotadas y gente muriendo a su alrededor. Esta situación inusitada no la viven los ricos con el cambio climático. Por esta circunstancia, se actuó con prontitud para combatir la covid-19, al tiempo que frente a las modificaciones climáticas en marcha existe un comportamiento vil y miserable con sus víctimas reales -que son más elevadas que las de la pandemia- pero que se producen en el Sur del mundo y los más afectados son los pobres. En consonancia, la cronología de los muertos sigue un curso distinto, que no perturba a los ricos y poderosos. Pero hay otra diferencia fundamental. La epidemia fue combatida como una guerra clásica, de tipo nacional, en donde cada país, sobre todo las grandes potencias, cerraron fronteras, paralizaron la economía y adoptaron medidas proteccionistas para evitar la llegada del “virus extranjero”. En el caso del clima nada de eso sirve, porque los fenómenos climáticos no pueden ser regulados por Estados nacionales y fronteras herméticas. Sin embargo, el tratamiento de guerra dado a la covid-19 ha dejado una impactante enseñanza: el intervencionismo estatal si puede enfrentar problemas de gran calado, y eso mismo debería hacerse en el caso del clima, pero requeriría una acción mancomunada de los estados de los países más grandes y poderosos, que tendría las mismas características que se vivieron en 2020. El asunto es que cuando se habla del clima, los lobbies del capital fósil dicen que nada se puede hacer, que es muy costoso en términos de PIB y eso significaría cerrar importantes renglones de la economía, con el subsecuente desempleo que de allí se derivaría...Esos mismos lobistas del capital fósil son los que durante unos cuantos meses, en el 2020, se plegaron a las exigencias del Estado e incluso muchos de ellos terminaron reconvirtiendo sus actividades: empresas productoras de automóviles produciendo UCIS; personal de empresas aéreas dedicado a atender clínicas y hospitales... Si esto aconteció con la covid-19, las medidas que deben tomarse ante el cambio climático suponen enfrentar a un enemigo de mayor envergadura y no por semanas o meses, porque el cierre del capital fósil debe ser definitivo. “Por supuesto, la emergencia en sí no sería perpetua: habría un período de transición, cuyos efectos se alargarían en el tiempo; de lo contrario, fracasaría. El período podría ser más largo que el de la covid-19 [...] pero sería considerablemente menos doloroso. Implicaría un desmantelamiento más profundo de la propiedad privada; enterraría para siempre ciertas formas de capital; sería algo más parecido al comunismo de guerra” (p. 40.).

 

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El segundo capítulo, el más extenso del libro, se titula “Emergencia crónica”. Se parte de la tesis de que, si se mira el asunto con más cuidado, las medidas para combatir la pandemia son aparentemente enérgicas, pero en el fondo no lo son tanto. Sencillamente, durante años los críticos más radicales del capitalismo venían advirtiendo que en cualquier momento iba a suceder lo que paso, como resultado de una transmisión zoonótica. Por supuesto, los cultores del capitalismo, como Steven Pinker, decían hace poco, antes de que la pandemia los callara literalmente, que el sistema había resuelto de una vez y para siempre el lidiar con enfermedades virales e infecciosas. Decir tamañas estupideces solo puede ser resultado de la ignorancia y del eurocentrismo, puesto que, si se examina lo acontecido en las últimas décadas en Asia, África y América Latina, se confirma que las pandemias estaban a flor de piel, ante la destrucción de ecosistemas, la deforestación, la urbanización acelerada, la difusión de los hábitos de consumo al estilo American way of Life, todo lo cual es el caldo de cultivo favorable a la liberación de los virus y a la difusión de epidemias de animales a seres humanos. Y aquí se encuentra una de las partes más atractivas y amenas del libro cuando el autor, dando muestras de una gran sensibilidad y conocimiento, establece un vínculo directo entre los murciélagos, el capital y el cambio climático. Los murciélagos, un extraordinario orden de mamíferos, formado por 1200 especies, que existen hace más de 60 millones de años y constituyen una quinta parte de todos los mamíferos existentes, tienen la particularidad de alojar miles de virus, pero al mismo tiempo muestran una extraordinaria inmunidad y resistencia. Son la única clase de mamíferos que vuela y para eso consumen ingentes cantidades de energía. Cuando vuelan se eleva su temperatura corporal, que alcanza hasta 40 grados centígrados. De tal manera que los murciélagos que vuelan grandes distancias pueden llevar los virus lejos de casa y esparcirlos desde el aire, a lo que hay que adicionar que son animales gregarios, que viven en colonias de gran densidad. Es decir, “los murciélagos viven infringiendo las dos reglas principales de los confinamientos de 2020: no viajar y evitar las multitudes” (pp. 54-55). Además, la especialidad de los quirópteros (como técnicamente se llama al orden de los murciélagos) son los coronavirus, de los cuales entre ellos circulan hasta 3000 tipos distintos. La mayor parte de esos coronavirus no se transmite a humanos, pero algunos si puede transmitirse.

Esto fue lo que aconteció con el SARS-CoV-2, un proceso que es más complejo, porque la transmisión es resultado de una serie de modificaciones que la posibilitan. Entre ellas la destrucción y reducción de la biodiversidad, puesto que existe una ley en ese sentido: “A mayor biodiversidad, menor riesgo de transmisión zoonótica” (p. 58). A medida que se destruye bosque, se deforesta, avanza la urbanización hacia lugares boscosos, se van creando condiciones para que, en el contacto con otros seres vivos, con los cuales nunca habíamos tenido una relación directa, se dispare la transferencia de virus, bacterias y patógenos. En concreto, “Los murciélagos tienen que solucionar la pérdida de cobijo y alimento, volando entre islas de bosques, sorteando peligros y cruzando territorio enemigo: una vida más estresante que la que llevaban en los bosques contiguos de antaño”. De tal forma, “El estrés que provoca la deforestación parece quebrar las defensas de los murciélagos, inexpugnables por lo demás, y desencadena ‘picos de excreción viral’: episodios de expulsión masiva de virus que acaban contagiando a huéspedes accidentales, como los humanos, cuando los murciélagos privados de su hábitat buscan cobijo y alimento en graneros, jardines, pueblos y plantaciones” (pp. 61-62). Como la destrucción de la biodiversidad es un proceso hecho a la medida del capital, de su lógica de acumulación y depredación sin pausa, se produce un cruce entre murciélagos y capitalistas. Dicho de manera directa: “La acumulación desenfrenada de capital es lo que zarandea con tanta violencia el árbol en el que viven los murciélagos y los otros animales. Y lo que cae es una lluvia de virus” (p. 69). En esta parte de su análisis, Andreas Malm introduce un concepto muy interesante y apropiado: el intercambio ecológicamente desigual y patológico. Ese intercambio ecológico desigual supone que Europa y Estados Unidos al importar productos procedentes del sur del mundo están apropiándose de su suelo y de su agua, drenan los recursos biofísicos de los pobres y destruyen sus riquezas naturales. La incorporación de nuevos y viejos productos al comercio mundial supone la destrucción de la cubierta forestal y de los animales que allí residen o residían. En resumen, los que uno ganan a través del consumo, los otros los pierden por la destrucción de su biodiversidad, porque “ser muy rico significa disponer de todo el dinero que se quiera para consumir suelo tropical”, lo que implica devorar “el espacio de otras especies remotas” (p. 74).

Esta es una base garantizada para la difusión zoonótica como se ha estudiado para el caso de la malaria, que mata cada año a 400 mil personas en el sur del mundo. Uno de los países particularmente afectados es Nigeria, debido a la deforestación, provocada por la exportación de madera y cacao, que son bienes naturales que terminan en los países capitalistas centrales. Así, “los consumidores con mayor huella en la malaria son los devoradores de chocolate holandeses y belgas, suizos y alemanes. ‘En esta cadena de valor desigual, el deterioro del ecosistema y el riesgo de malaria lo sufren los productores pobres’. Dicho de una manera más clara: los europeos se quedan con el chocolate y los beneficios; los africanos con los mosquitos” (p. 75). Un componente de ese intercambio desigual es la carne de animales cazados en plena naturaleza para el consumo conspicuo de las elites mundiales. Hay que diferenciar al respecto, entre el consumo de esa carne por grupos humanos empobrecidos, como acontece en parte de África con la carne de simio, lo que ocasiona epidemias que han sido locales. Pero otra cosa es el consumo de carne como exquisitez costosa por viejos y nuevos ricos del planeta. Esto ha generado un comercio mundial de animales que ha acelerado la extinción de múltiples especies y se ha convertido en un renglón regido por la lógica capitalista. En este sentido, que el coronavirus haya surgido en China no es ninguna sorpresa porque “El desarrollo capitalista ha tratado igual a los murciélagos en China que en el resto del mundo: hábitats forestales que se talan para plantar eucaliptos; cementeras que excavan colinas calizas y destruyen cuevas; hordas de turistas que invaden las cavernas; ciudades cada vez más grandes que engullen los hábitats de las colonias” (p. 83). En concordancia, en China y en otros lugares del mundo se expandieron los “mercados húmedos” -nombre que se les asigna porque en esos lugares se vierte agua después de sacrificar los animales-, en los cuales se ha identificado el consumidor promedio: hombre, millonario y con un elevado nivel educativo, es decir, el típico emprendedor capitalista de nuestro tiempo. Estos mercados húmedos son un semillero de zoonosis y uno de los animales apetecidos para ese consumidor es el pangolín, el único mamífero cuyo cuerpo está completamente recubierto de escamas. Este animal ha sido sometido a una presión tal, que sus existencias han disminuido en la propia China y se ha desatado una cacería en varios continentes, impulsada por los altos precios que se pagan por uno de sus ejemplares que se consumen en los mercados húmedos.

Las cifras son un indicador incuestionable: “En la década de 1990 un kilo de pangolín costaba 14 dólares en el mercado chino. En 2016 el precio medio era de seiscientos y llegaba a los mil dólares en algunos restaurantes -así que el producto se volvió aún más irresistible para un buen número de nuevos ricos. Por culpa de mejunjes como el vino de pangolín, elixir presumiblemente saludable que se produce hirviendo la cría de pangolín en vino de arroz, la especie está en caída libre” (p. 86). En un mercado de Wuhan, una ciudad de once millones de habitantes, se dio el salto de murciélago a pangolín y de este a los humanos, que originó la covid-19. Esto no significa que los chinos sean cultores del consumo de carne salvaje, sino que el capitalismo se ha manifestado allí porque se ha creado un nuevo nicho de mercado: el de la extinción. Este mercado forma parte de las apetencias del uno por ciento de la población, de los más ricos, y no es la expresión de ninguna cultura nacional. “Lo que desató por completo los vórtices en China fue precisamente la integración de la República Popular en el capitalismo globalizado: los circuitos del capital fluían en los mercados y los animales salvajes de todos los continentes se volvían accesibles gracias a los vínculos del comercio” (p. 89).

Lo que permitió que el virus saliera de la Caja de Pandora china y se expandiera por el planeta fue el transporte internacional y las cadenas mundiales de suministro. En la medida en que el comercio mundial se acelera, lo cual es posible por la revolución en los medios de transporte, está garantizada la difusión inmediata y global de un virus. Los barcos de vapor fueron los medios que posibilitaron la difusión mundial de enfermedades desde el siglo XIX (tifo, fiebre amarilla, colera, sarampión, la mal llamada “gripe española” ...) y, en esa medida esas pandemias, fueron posibles por la máquina de vapor. El salto que representa el avión no tiene parangón, porque todo lo que se ha construido alrededor del mismo (aeropuertos, puntos de entrada, miles de pasajeros, invernaderos artificiales en pleno vuelo sin acceso al aire para evitar el frio...) creo una “superautopista viral en la troposfera”. Otro dato es elocuente: la población mundial se ha multiplicado por siete en los dos últimos siglos y la movilidad en Occidente se ha multiplicado poril, y la mitad de esa expansión se ha dado después de 1960. Con esta superautopista viral el coronavirus saltó en cuestiones de días del murciélago al pangolín y de este a los humanos en un mercado barrial de Wuhan, y de allí se expandió al resto del mundo, vía comercio aéreo. Pero cuidado, no es una red de transporte en abstracto, sino que relaciona los polos más activos e importantes del capitalismo mundial, uno de cuyos epicentros es China. “Ningún murciélago asustado o experto en vino de pangolín habría podido transmitir nada fuera de esa red. Mientras que la gripe española viajaba con carbón y vapor, la covid-19 lo hace con petróleo y aviones: el denominador común se distingue a simple vista” (p. 98). A partir detodos los elementos señalados, Andreas Malm considera necesario esbozar una teoría del capital parasitario. Para completar el cuadro del contagio hay que agregar el impacto del  turismo ecológico, la construcción de represas, el uso de pesticidas y antibióticos y la industria ganadera. Esta última desempeña un papel de primer orden en la difusión de las pandemias, al haberse constituido en “monocultivos genéticos estándar”. Eso significa que no existen amortiguadores ni cortafuegos contra las infecciones, ya que los “virus tienen carta blanca para moverse por las granjas abarrotadas, usando como trampolín el estiércol y los fluidos que los rodean. Las cadenas de suministro más largas tienen la capacidad de llevar los contagios a miles de kilómetros” (p. 99). A esto debe agregarse que no son solamente los animales estabulados los que son foco de infecciones y pandemias, sino también los animales “salvajes” (aves, roedores, caracoles, murciélagos) cuyos hábitats se reducen y destruyen y eso los obliga a convivir con el ganado de las granjas capitalistas de gran tamaño, con lo que transmiten virus que antes solamente portaban esos animales silvestres. Todo esto es posible porque el capital detesta la naturaleza salvaje, como bien lo expreso uno de sus propulsores, John Locke, el filósofo de las plantaciones. El capital se relaciona con la naturaleza aferrándose a ella, con la finalidad de producir mercancías que generan ganancias. Cuando lo consigue la naturaleza deja de ser salvaje y “es talada, capturada, enjaulada y transportada al mercado” (p. 101). Desde el momento en que lo hace el capital no puede parar, necesita expandirse sin límite, lo que lo convierte en una especie de pandemia permanente. El capital es, en este sentido, un “metavirus y un patrocinador de los parásitos” (p. 101).

En la medida en que el capital se expande necesita más recursos o, dicho de otra forma, la comprensión espacio temporal que lo caracteriza es una garantía segura de pandemias zoonóticas. El acaparamiento del suelo que se hace en gran parte del mundo para generar productos destinados a los centros capitalistas supone esquilmar sus bienes naturales, junto con la explotación de fuerza de trabajo. En otros términos, lo que hace posible el saqueo de la naturaleza en nuestros países es la explotación de trabajadores. Desde ese punto de vista hay que calcular la cantidad de mano de obra que importan los países dominantes a nivel mundial para satisfacer su demanda: “medida en años de trabajo a tiempo completo representados por productos, cientos de millones de vidas en mano de obra se mueven por el mercado mundial”. O sea, que los recursos biofísicos que necesita el capital requieren de fuerza de trabajo, explotable con redoblada intensidad. Las dos realidades, la de los bienes naturales y la fuerza de trabajo, tienden a concentrarse en los mismos lugares del planeta, situados en el Sur, que son sometidas a esa lógica parasitaria del capital, lo cual crea un terreno apropiado para las pandemias. El arrasamiento del suelo y la destrucción de la biodiversidad calientan el planeta, con lo que se alteran sus hábitats y la mayoría de las facetas de su existencia. En la medida en que aumenten las temperaturas los murciélagos se desplazan más al norte, porque el cambio climático se convierte en factor fundamental de estrés. “En el caso de los murciélagos, de un día para otro, los insectos desaparecen cuando más los necesitan, los huracanes destrozan sus nidos, las sequias obligan a las hembras que amamantan a volar más lejos en busca de agua: justo el tipo de estrés que provoca [...] una excreción viral masiva” (p. 117). Particularmente, los incendios y las sequias ahuyentan a los murciélagos de sus hábitats naturales y los obliga a migrar lejos, llevando consigo los coronavirus, que ahora se pueden mezclar en otros hábitats con diversas formas de vida, incluyendo la humana. No por casualidad, las tres epidemias de coronavirus que se han presentado en los primeros veinte años del siglo XXI están relacionados con la sequía, porque está confirmado que los coronavirus prosperan donde hay poca humedad.

En resumen, coronavirus y cambio climático no se desenvuelven por líneas paralelas e independientes. El coronavirus es un efecto del cambio climático, de donde puede colegirse que los aumentos de la temperatura van a incrementar las posibilidades para que surjan y se expandan pandemias como la que hoy estamos soportado. Aunque en principio la covid-19 afectó a los ricos de manera más directa, rápidamente a medida que se expandía por el tejido social encada país su impacto se demostró desigual, en concordancia con la desigualdad existente, y pronto se vio que los más afectados eran los pobres. Sencillamente, no ha habido una covid-19 sino dos: una la de los ricos y otra la de los pobres. Los primeros tienen acceso a todo lo requerido para sobrevivir (hospitales de alto nivel, servicio médico, UCIS, agua potable, aviación privada para escaparse en lugares distantes de las ciudades), en tanto que los segundos no gozan de lo elemental para afrontar la pandemia, si se recuerda que millones de personas viven en tugurios y no disponen de agua potable ni de sistema de alcantarillado. Además, los pobres tienen patologías que hacen más difícil enfrentar el coronavirus, porque finalmente su impacto es un asunto social y nada natural, ya que una minoría dispone de medios para sobrevivir, mientras que la gran mayoría no. O como lo dijo Rosa Luxemburgo: “Los médicos pueden localizar la infección letal en los intestinos de las víctimas envenenadas siempre y cuando miren por sus microscopios, pero el verdadero germen que mató a la gente de este hospicio se llama sociedad capitalista en estado puro” (Citado p. 124).

Considerando todo lo analizado en este segundo capítulo, de una extraordinaria riqueza para entender el coronavirus y sus nexos con el cambio climático, se puede esbozar un modelo dialéctico del desastre climático, tal y como se represente en el esquema que trae el libro. Este esquema tiene dos columnas. En la del lado izquierdo se señalan los factores de vulnerabilidad, que hace de la actual situación un momento crónico de emergencia, que se agudiza por la acción del capitaloceno, que nos remite a la columna del lado derecho. Al final de este capítulo, el autor se pregunta cómo ha analizado la izquierda política la covid-19. Al respecto, Andreas Malm responde que el análisis se ha quedado en el ángulo de la vulnerabilidad, para indicar que el impacto de la pandemia está relacionado, por ejemplo, con la neoliberalización de los sistemas de salud. De ahí se desprenden demandas, que han sonado mucho en los dos últimos años, tales como: fin inmediato de la austeridad, renta básica universal, sanidad universal en los países pobres, expropiación de los paraísos fiscales, aumento de la inversión en la salud pública, incremento del salario de trabajadores médicos y sanitarios, desarrollo de vacunas por parte de los Estados para que no beneficien a las grandes multinacionales farmacéuticas. Estas medidas son necesarias, pero insuficiente, en la medida en que no se preste atención a lo que pasa en el lado derecho del esquema, que atendería a evitar la aparición de brotes que el capitalismo no puede controlar. Para eso se necesita un ¿Qué hacer? -en el sentido leninista- para incidir en lo verdaderamente trascendental, en lo más acuciante que nos afecta, aunque seamos poco conscientes de su verdadera dimensión. Lo que hay que atacar de manera urgente es el origen económico de los desastres perpetuos, y en eso hay que ser radical, hay que ir a la raíz del problema. Esto implica que hay que enfrentar a los responsables de la extracción de combustibles fósiles que también son los culpables de pandemias como la de la covid-19.

 

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El capítulo fundamental del libro es el último que trata sobre la propuesta del autor. Empieza por recordar el análisis de James O’Connor sobre las dos contradicciones del capitalismo, recalcando la importancia de considerar las condiciones de producción (naturaleza y fuerza de trabajo), que son destruidas por el mismo capital, con lo que se origina una crisis que se manifiesta en la caída de los beneficios. En esta ocasión, la covid-19 ha detenido los engranajes de acumulación del capital en cuanto a que el contagio ha afectado a importantes fracciones de la fuerza de trabajo y ha forzado a los consumidores a abstenerse de ir a los supermercados. Sin embargo, sostiene Malm el mecanismo que propició que se desarrollara una crisis como la anunciada por O’Connor fue la intervención del Estado, cuando ordenaron el confinamiento. Así, “Los estados velaron porque se detuviera la producción y el consumo ‘no esencial’” y al parecer fue el Estado el que puso en marcha la segunda contradicción al proteger a los trabajadores y consumidores en riesgo. Luego entra a analizar la naturaleza de la crisis actual, la cual anticipa lo que puede ser el funcionamiento permanente del capitalismo en nuestro tiempo, es decir, una situación crónica en la cual un clima desbocado altera las condiciones de producción y en un medio devastado convertido en un invernadero llevara a que las ganancias caigan. “Podemos imaginar una emergencia crónica que se desarrolle como una concatenación de desastres: una pandemia detrás de otra, un fenómeno climático detrás de otro, una potentísima explotación tras otra hasta que los cimientos estén demasiado dañados y todo el sistema empiece a tambalearse” (p. 166). Algunos insinúan que eso ya sucedió cuando cayó el imperio romano, el que fue corroído por una mezcla de peste y cambio climático. No obstante, comparar el colapso de ese imperio de la antigüedad con lo que sucede con el capitalismo hoy es algo apresurado por  dos motivos fundamentales. En primer lugar, “comparar los episodios de cambio climático no antropogénico de la historia humana con el calentamiento global es comparar una pelea de bar con un genocidio” (p. 171). En esa dirección, las modificaciones climáticas que contribuyeron a acelerar la crisis de diversas sociedades, como la romana, eran localizadas y con la crisis salieron beneficiados sectores plebeyos, para quienes el colapso fue un alivio porque “dejar que aquellos imperios se autodestruyesen redundaba en el interés material de las clases no dominantes, para que la vida pudiera reanudarse sin sanguijuelas” (p. 171, énfasis en el original). Por desgracia, ese rayo de esperanza no existe hoy, sencillamente porque una tierra convertida en un planeta invernadero, como Venus, no posibilita un nuevo comienzo.

En segundo lugar, Roma nunca vivió un 1917. Con esto el autor nos introduce en lo que va a ser el centro de su propuesta, al sostener que muchos dan por sentado que no es posible plantear ninguna alternativa al capitalismo que retome el legado de la lucha anticapitalista, cuya máxima expresión fue la Revolución de Octubre. Para Malm, en sentido contrario a la lógica común dominante hoy, “El socialismo es un banco de semillas para la emergencia crónica. El anticapitalismo se ramificó en busca de estrategias eficaces de intervención consciente, y justo ahora toca recuperar una política de intervención consciente” (pp. 172-173). Antes de entrar plenamente en su propuesta, el autor considera las limitaciones de la socialdemocracia y del anarquismo como experiencias reales para enfrentar la magnitud de la crisis que hoy afrontamos. El primero por su gradualismo y consentimiento para el capitalismo, dado que ante lo que vivimos eso no tiene ninguna perspectiva para afrontar los desafíos acuciantes del presente. En cuanto al segundo, porque condujo a adjurar de los programas políticos, la organización, el liderazgo y plantear consignas tan etéreas como aquella, que el autor denomina cuasi-anarquista de “cambiar el mundo sin tomarse el poder”. Todo esto condujo a desaprovechar en nombre de la horizontalidad absoluta coyunturas favorables para implementar políticas anticapitalistas como la primavera árabe, puesto que en ella el rechazo al Estado significó dejarle el camino abierto a los sectores más reaccionarios del viejo régimen, como sucedió en Egipto. Al respecto el autor recuerda: “Los revolucionarios no ocuparon las estructuras de poder porque no planeaban hacerse cargo del Estado. Cuando, en la última etapa, fueron conscientes de que tenían que hacerlo, carecían de los recursos -una organización unida, un liderazgo potente, visión estratégica y cierto grado de poder duro- necesarios para arrebatar el control a los antiguos regímenes” (Asef Bayat, Revolution without Revolutionaries: Making Sense of the Arab Spring, Universidad de Stanford, 2017, citado pp. 178-179 y énfasis de Malm).

En las últimas 55 páginas de su libro, Malm desarrolla su propuesta, que no deja de sorprender, y a la que trataremos de sintetizar de la mejor manera posible. Hoy estamos viviendo una catástrofe inminente, que debe ser enfrentada. Ese es el mismo desafío que enfrentó Lenin en 1917 y uno de sus escritos, de septiembre de ese año lleva el título de “La catástrofe inminente y cómo enfrentarse a ella”, el cual toma como referencia central de su análisis sobre el capitalismo y el cambio climático. Lenin decía: “Nos acercamos a la ruina a una velocidad en aumento; no se hacen progresos, el caos se extiende sin remedio; la hambruna acompañada de una catástrofe sin precedentes se convierte en una amenaza cada vez mayor para todo el país con el paso de las semanas” (Citado p. 180). Para enfrentar esa situación de colapso, Lenin propone tomar medidas como las de los Estados en guerra y desplegarlas contra los responsables de la catástrofe. En concreto, terminar la guerra, “controlar el suministro de grano, incautar las reservas de los terratenientes ricos, nacionalizar los bancos y los carteles y acabar con la propiedad de los medios de producción clave: una revolución, como propugnaba continuamente Lenin aquellos meses para evitar la peor catástrofe, y por eso no debía aplazarse” (p. 181). Si se parte del análisis que efectuó Lenin en la coyuntura previa a la Revolución de Octubre y se actualiza para enfrentar la catástrofe climática de nuestro tiempo -con todas sus consecuencias económicas y sociales- el autor señala que los Estados de los países capitalistas centrales pueden y deberían cortar las cadenas de suministro que destruyen la biodiversidad y el suelo en los países del Sur. Esos Estados financiarán la reforestación, prohibirán la caza y el consumo de animales salvajes. Para ello, deben prohibir la importación de carne de países tropicales y subtropicales, incluyendo la carne vacuna, que es uno de los principales factores que destruyen la naturaleza en países como Brasil. Se deben imponer medidas draconianas a las plantaciones y los monocultivos, de árboles y de animales. Al respecto, dice Malm, que el término draconianas estremece a los progresistas de toda índole, “pero harían bien en releer el capítulo sobre la jornada laboral del primer volumen de El Capital: la jornada de diez horas, victoria original del proletariado, se hizo realidad cuando las medidas para imponerla se endurecieron, después de toda la laxitud y los retrasos de las primeras leyes de fábricas. La explotación capitalista no se frena con incentivos” (p. 186).

Algo parecido, guardando las proporciones, hizo el gobierno de Lula en Brasil para atajar la destrucción de la selva amazónica, al implementar medidas duras contra el capital agroindustrial: expandió las zonas protegidas, registró la propiedad de la tierra, vigiló la selva con satélites, hizo cumplir el código forestal y sancionó con severidad a los responsables de la tala de bosques. Lo lamentable es que esas medidas, que redujeron la deforestación en la Amazonia entre 2004 y 2012, hayan sido echadas a la basura por Bolsonaro, cuya herencia ambiental ya es sombría. Otro ejemplo de mano dura es el de China contra el comercio y consumo de carne salvaje, que se ha acentuado durante esta pandemia. Difícilmente, pueden objetarse este tipo de políticas. Quienes critican este tipo de medidas draconianas enfatizan que las decisiones deben dejarse en manos de los consumidores, en concordancia con su racionalidad individual y sus propios valores morales. Este argumento obvia tres aspectos: la experiencia indica que los “mercados húmedos” no son abandonados por pura voluntad, sino que se requieren de medidas coercitivas para que se logre; “la aplicación de las leyes cambia las normas: la prohibición de la mano infantil en las fábricas y de la mano de obra esclava en las plantaciones consolidó su imagen de métodos inaceptables” (p. 189); y si algo ha enseñado la crisis de la covid-19 es que invitar a los consumidores a actuar responsablemente es una estrategia desueta, se requiere que se tomen medidas drásticas e inmediatas, como lo han hecho los Estados en Europa, siendo uno de los casos más notables el de Alemania, donde se decretó el cierre de los centros comerciales y de los parques infantiles. En cuanto al tratamiento de las enfermedades el Estado es fundamental como en plena pandemia lo demuestra el ejemplo de Cuba “que parece tener recursos de sobra para cualquier contingencia y sigue actuando en todo el mundo como servicio de ambulancia subalterno”. Por esta razón, “En esta época de emergencia crónica, el mundo debería dar las gracias por tener la suerte de que aun exista al menos un estado con un vínculo espectral con el ideal comunista” (p. 194). Un aspecto central del comunismo de guerra es la lucha contra los señores del petróleo. Esto no significa ni destruir sus instalaciones, ni despedir a los trabajadores sino reconvertir a esas empresas, bajo una conducción pública, en servicios de captura directa de CO2 . Para llegar a ello se necesitan medidas draconianas e inmediatas y eso requiere una planificación central exhaustiva y hermética. Esto supone medidas de control, tales como racionamiento, redistribución, confiscaciones, sanciones... Estas medidas son necesarias y deberían ser aplicadas de manera inmediata. Y aquí es donde adquiere sentido el retomar a Lenin, porque como él lo dijo en septiembre de 1917: “todos saben que medidas hay que tomar, todos saben de manera más o menos consciente, que habría que dejar en tierra los vuelos continentales, prohibir los jets privados, desmantelar en forma segura los cruceros, producir turbinas y paneles solares en masa [...] aumentar las líneas de metro y autobús, construir vías para trenes de alta velocidad y renovar las casas antiguas” (p. 202). Claro, un Estado capitalista no hará nada de esto por voluntad propia, pero si puede ser presionado por la movilización desde abajo, campañas de sabotaje y presiones de diferente índole. Pero, hay que resaltarlo, este es uno de los puntos débiles del análisis de Malm, porque finalmente no queda claro cómo sería el proceso de modificación del Estado para emprender un proyecto de comunismo de guerra.

Para enfrentar la crisis hay que experimentar con el “leninismo ecológico”, un término que de seguro le producirá fastidio a más de un ambientalista, que se sustenta en tres principios: 1) “convertir las crisis de los síntomas en las crisis de las causas”; 2) la velocidad como virtud crucial, porque en las actuales circunstancias esperar es un crimen; 3) se debe forzar al estado con contundencia a cambiar la dinámica de siempre y “someter al control directo de los poderes públicos los sectores económicos que nos llevan a la catástrofe”. El leninismo ecológico plantea dirigir la acción contra los responsables del desastre climático y por ello es “una Estrella Polar de principios no una afiliación de partido”. En esa perspectiva se requiere crear un “Ejército Rojo de las energías renovables” para enfrentar a los responsables del capital fósil y, nos dice el autor, no hay que tenerle miedo a las palabras duras, como guerra, porque la situación a que hoy está abocada la humanidad es de una guerra de los capitalistas contra el resto de la humanidad y la naturaleza y para enfrentarla se requiere una movilización extraordinaria, de esas que se necesitan en determinados momentos históricos. En concordancia, la metáfora más adecuada para enfrentar el trastorno climático generado por el capitaloceno es la de “comunismo de guerra”. Con esto el autor quiere decir que la situación actual es tan catastrófica, si no más, que la vivida por la Rusia zarista en 1917, y requiere medidas inmediatas y duras como las que tomaron los bolcheviques en ese momento. La mirada de Malm con respecto a lo que hicieron los bolcheviques para defender la revolución y enfrentar la agresión del imperialismo mundial es mesurada, pues recalca que en ese momento la militarización de la sociedad permaneció más allá de esa fase histórica y quedó como una de las secuelas más negativas que gravitó negativamente en la trayectoria histórica de la experiencia soviética, después desalir del comunismo de guerra. Lo que el autor quiere destacar es que la reivindicación del comunismo de guerra supone reconocer la importancia de medidas radicales e inmediatas, que teniendo en cuenta la experiencia soviética, no supongan la eliminación de las libertades individuales ni democráticas, pero que si implican la renuncia a muchas cosas, porque evidentemente en un mundo limitado y finito no es posible mantener la lógica insostenible y destructora de un consumo perpetuo. Por eso el comunismo de guerra contra el capital fósil debe ilegalizar el consumo de animales salvajes, terminar con la aviación de masas y prescindir del consumo de carne y otros productos que se consideran como “parte de la buena vida”.

En síntesis, “el futuro pasa por el comunismo de guerra ecológico [...] Significa aprender a vivir sin combustibles fósiles casi de un día para otro, quebrar la resistencia de las clases dominantes, transformar la economía mientras dura el proceso, negarse a la rendición, aunque se cumplan las peores hipótesis, levantarse de entre las ruinas con la fuerza y el compromiso necesarios, organizar el período de transición, seguir con el dilema” (pp. 227-228). Hay que destacar que la noción de leninismo ecológico se basa en una interesante y novedosa lectura del legado del líder revolucionario y de las contribuciones ambientales de los primeros tiempos de la experiencia soviética, que no se redujo solamente al colapso ambiental que siempre se nombra por lo sucedido después. Quienes lo hacen ignoran o no quieren reconocer que Lenin fue uno de los primeros hombres de Estado a nivel mundial que planteó la necesidad de preservar porciones importantes del bosque libres de la acción humana. Y para ello creo los zapovedniks (área natural protegida), muchos de los cuales se preservan en la Rusia capitalista de nuestro tiempo, como muestra de que el leninismo ecológico dejo un legado, que perdura en la propia Rusia, y de indudable actualidad ante la destrucción ambiental que hoy se extiende por el planeta. Por eso, otra misión histórica para el leninismo ecológico del siglo XXI radica en aumentar las reservas naturales vedadas al ser humano. Hasta el New York Times en agosto de 2017 publicó un artículo titulado “Los ecoguerreros de Lenin” en el que reconocía: “Al menos por ahora, la herencia de Lenin se conserva y Rusia sigue siendo, por delante de Brasil y Australia, el país del mundo con más territorio con el máximo nivel de protección. Los naturalistas rusos siguen defendiendo su causa, no del todo perdida, para conservar en todo el planeta inmensas reservas naturales libres, vedadas al ser humano” (Citado p. 231). El autor cierra este libro con estas palabras: “¿Dónde está el sujeto mundial?” ¿Quién es? Basta plantearnos estas preguntas para hacernos una idea del vacío por el que avanzamos a tientas. Es como citar a Lenin o hablar de comunismo de guerra: no haría una falta si no fuera porque nos da la medida de la gravedad de este calvario. [...] Una época tan lúgubre solo puede reflejarse en imágenes extremas y contrastantes. [...] todas y cada una de las medidas propuestas aquí [...] para reconciliarnos con la naturaleza y acabar con el ‘imperialismo ilimitado’ que la destruye podrían menospreciarse, por utópicas. Son exactamente igual de utópicas que la supervivencia” (pp. 235-236, énfasis nuestro). Este cierre me parece magistral, porque coloca el asunto en toda su dimensión: el problema no es que se busquen y se propongan soluciones, que como en el caso de Andreas Malm se retomen términos tan denostados como el de “comunismo de guerra” y que eso se califique de imposible, fallido, irrealizable, es decir, utópico e inalcanzable. El verdadero problema radica en no comprender que lo utópico estriba en pensar que el capitalismo realmente existente se va a mantener por siempre, con sus niveles de despilfarro y destrucción, y va a poder sortear el trastorno climático que ha disparado desde hace casi dos siglos.

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(Artículo enviado por el autor para la publicación en esta Herramienta Web 36)

Renán Vega Cantor es historiador e investigador, profesor de la Universidad Pedagógica Nacional de Colombia.

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[1] Andreas Malm, Capital fósil. El auge del vapor y las raíces del calentamiento global, Capitán Swing, Madrid, 2002, 624 páginas.)

[2] Andreas Malm, El murciélago y el capital. Coronavirus, cambio climático y guerra social, Errata Naturae Editores, Madrid, 2020, 248 páginas.

 

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