05/12/2022

La ofensiva del capital: ¿quién lucra con la guerra y la expoliación de América Latina?

Hace tiempo que el mundo va a la deriva sin ningún control que no sea contingente. Desde el punto de vista del capital, la acumulación global de crisis de toda naturaleza -social, económica, política, ambiental, humanitaria- requiere, urgentemente, un comando suficientemente fuerte para contener la amenaza que todo eso constituye para la reproducción del propio sistema. Desde el punto de vista de la humanidad, no es preciso decir cuán urgente es una salida radicalmente opuesta a cualquier solución que dé aliento al infierno que representa el capital.

Entonces, ese ataque que el pueblo ucraniano ha estado sufriendo por parte de Rusia y de la OTAN no es sólo una demostración más del bestial belicismo patriarcal del sistema, es un oxígeno que impulsa una ofensiva traccionada, esta vez, por formas de control que la burguesía transnacionalizada inventó para postergar su agotamiento definitivo. Esa guerra, por lo tanto, es mucho más que un fenómeno pasajero, es una contribución a la sobrevida del capital en crisis estructural, hundiéndonos aún más en dirección al abismo absoluto.

Comenzamos con la constatación de que el sistema de metabolismo social del capital inauguró una temporalidad inédita en toda la historia de las sociedades humanas. Su alcance totalitario y totalizante deviene de su necesidad genética de expandirse para acumular. La dinámica de esta temporalidad se recrea y se reproduce incesantemente como fundamento esencial para la destrucción de otras formas societarias y para la explotación del sobretrabajo social.  La única forma de satisfacer su imperativa pulsión de rapiña e imponer otro modus operandi a semejante producción destructiva es practicar un truculento movimiento de expoliación y brutalización de pueblos enteros, de devastación de todo obstáculo a sus intereses, que se modifican a medida que avanza en el espacio y en el tiempo. La acumulación originaria, cuyo epicentro fue Inglaterra, expulsó y expropió los bienes de los campesinos. Transformó a estos en trabajadores libres y despojados para que crearan una creciente masa de riqueza que sería enajenada. Para eso, creó un tipo de esclavitud moderna que duró 400 años y elevó el grado de violencia y explotación del trabajo forzado de indígenas y africanos sometidos a su dominio.

Las revoluciones burguesas del siglo XIX abolieron el monopolio colonial e instituyeron la libre competencia movida por el mercado. Este nuevo orden liberal, ya controlado por la “mano invisible” y por la “paz perpetua”, era más dinámico, complejo y eficiente para dar paso al ascenso del desarrollo capitalista, ascenso que se mantuvo hasta la década del 60 del siglo pasado.[1] Reglamentó el robo original mediante la fundación de instituciones aptas para naturalizar y reproducir jerarquías materiales, raciales, sociales y nacionales, marcas de su matriz societaria competitiva, individualista y alienada. Otra configuración de las relaciones internacionales en marcha reguló entonces la relación desigual entre un puñado de naciones industrializadas y las otras, las muchas naciones quiméricas productoras de bienes primarios. De allí deviene un nuevo modo de dominación a través de la competencia, en el cual el “ex” mundo colonial permanecería irremediablemente en la periferia.

La sociedad burguesa constituyó así instrumentos de mediación política de la lucha de clases, así como dispuso los medios necesarios -y las formas de control adecuadas- para los saltos del capitalismo. Los “restos” humanos de la colonización fueron menospreciados por lo que quedaba del iluminismo y tirados a los rencores de los eternos señores de segundo orden y sus milicias.

A trancos y barrancos, el proceso civilizatorio permanente, usurpador, desigual y combinado, reinventa los imperialismos, atraviesa crisis globales cíclicas, revoluciones populares en los llamados “eslabones frágiles”, guerras mundiales en Europa, guerras territoriales, ascenso de totalitarismos locales, breves períodos de calma y avance de la lucha institucional de las clases trabajadoras -con los sindicatos y partidos obreros en los países centrales. Completan el cuadro, en parte, la Guerra Fría -resultante de la Conferencia de Yalta- y la constante inestabilidad económica y política en las periferias, producto de las transferencias de contradicciones creadas en el centro.

El agotamiento de esta forma de control significa el fin del ascenso histórico del desarrollo capitalista y el comienzo de su decadencia, o crisis estructural del capital. Fue necesario dar de baja la teoría anticíclica de Keynes y poner en práctica la receta neoliberal articulada por Hayek, Von Mises, Friedman y otros figurones del Nobel de Economía. La crisis estructural del capital, entre otras causas, se precipita por la acumulación de contradicciones jamás superadas y permanentemente recreadas por la generación de nuevas tecnologías, por nuevas divisiones sociales e internacionales del trabajo, por la incapacidad de continuar asegurando el pleno empleo y por los beneficios concedidos por el Estado social intervencionista a las clases trabajadoras, paso que, además, fue fundamental para su domesticación.

En la nueva división internacional del trabajo, el Estado continúa siendo fundamental para el control sociometabólico y el disciplinamiento de los trabajadores con la finalidad de asegurar la reproducción del capital, gerenciando con enormes dificultades sus defectos estructurales que tienden internamente a la incontrolabilidad y a la fragmentación de las economías nacionales por su carácter transnacionalmente expansionista. En el plano global, el imperialismo hoy está constituido por un sistema jerárquico de Estados-nación que son potencias económicas, militares y tecnológicas en grados y modalidades variados, que cuando es necesario echan mano a su capacidad militar para defender los intereses de los conglomerados financieros en permanente competencia económica y geopolítica.

La guerra de Ucrania aparece como una polarización entre ejes de Estados-nación cuyos capitales se encuentran profundamente imbricados a nivel global y se benefician con el negocio de la guerra. Echan mano, de un lado y del otro, a expedientes de nacionalismo, racismo y violencia estatal para manipular segmentos de las clases trabajadoras, contra inmigrantes, negros, indígenas, mujeres etc., recreando la barbarie en todos los rincones del planeta.

A pesar de todo, el capital en crisis prosigue su esfuerzo por minimizar los efectos de aquello que más le aprieta los callos: la caída tendencial de la tasa de ganancia. En ese esfuerzo, acelera el proceso de obsolescencia programada de las mercancías y amplía la esfera de actuación del mercado financiero. Esta caída tendencial llevó a otra configuración global de la acumulación en la década del 70 del siglo pasado, que ya no corresponde más a los arreglos de la época fordista, cuando los países occidentales, liderados por los Estados Unidos, contaban con economías integradas, planificación estatal central y una alta concentración industrial en espacios nacionales bien definidos, para la manufactura en serie de productos completos.

Las fuerzas centrífugas del capital se activaron y el resultado fue la constitución de una red productiva global formada por una multiplicidad de cadenas de valor interconectadas que producen piezas y partes en distintas partes del mundo, sustituyendo los grandes centros industriales europeos y estadounidenses por centros fabriles menores, cuya característica principal es la tercerización, cuarterización, las contrataciones temporarias y la flexibilización del trabajo.

Actualmente, esa red productiva global converge predominantemente hacia los países del este asiático, donde se produce la mayor parte del valor. China se destaca por concentrar los procesos de acumulación basados en la reproducción ampliada y por ser el lugar hacia donde fluyen las commodities agrícolas, minerales y productos semimanufacturados de los países de la periferia. Esos capitales aparentemente dispersos son controlados por grandes monopolios financieros y corporaciones transnacionales con sede en los centros imperialistas que continúan manteniendo el monopolio de la innovación tecnológica y de los mercados globales, beneficiándose con la apertura comercial que permite el flujo libre de mercaderías y capitales y condena a la periferia a ser una constante reserva de fuerza de trabajo superexplotable, de minerales y combustibles fósiles.

En este momento, esa dinámica pone en marcha un proceso de expansión y acumulación por medio de un gigantesco mecanismo de destrucción generalizada de la VIDA en el planeta, sea humana/animal, vegetal, mineral.

Todo indica que el carácter del capital, como relación social reproducida por los individuos cotidianamente en continua degradación material y moral, continuará reproduciéndose como causa sui, o sea, sin que se tomen en consideración las necesidades de existencia de los seres, orgánicos e inorgánicos. Por lo tanto, no le importa que la humanidad y el planeta exploten, sobre todo la inmensa parte localizada en la periferia, que jamás fue contemporánea del Estado de bienestar social pero siente mucho más profundamente los efectos de la decadencia civilizatoria. Por eso mismo, consideramos que sea cual sea el resultado de las demostraciones de fuerza de las potencias en disputa, nos es indiferente, ya que aquí la guerra es permanente, lo que siempre reveló el carácter ilusorio de los rituales democráticos.

En una breve línea del tiempo, esta es la maraña que nos encontramos. Y es desde la periferia que osamos hablar sobre esa guerra a la que asistimos impotentes.

Este movimiento irremediablemente contradictorio del metabolismo que hemos descripto tuvo y tiene aún más hoy, el desafío de capacitar nuevas personificaciones para el control de su funcionamiento. Sin embargo, un repaso en la historia muestra que nunca existió y por cierto no existirá personificación capacitada para el control perenne de un sistema que se autotransforma todo el tiempo. Fue así que el mercantilismo de Portugal, España, Italia resultó superado por la osadía de Inglaterra, cuyo capitalismo industrial fue luego amenazado por el imperialismo (en competencia) de la Alemania nazi y superado por el imperialismo competitivo, pero de hecho monopólico, de los Estados Unidos.

 

Rusia de Putin

 

Rusia se articula con esta historia dando una contribución esencial al ejercicio de la nueva ofensiva pretendida por China, teniendo en cuenta sus dimensiones militar y paramilitar, el papel estratégico para la relación euroasiática, la función ideológica en los moldes de la Guerra Fría anterior, la capacidad de diseminar fake news en procesos electorales por el mundo (enterrando de una vez las ilusiones en la democracia participativa). Rusia tiene también la capacidad de entrelazar los negocios legales y los hasta ahora ilegales, el mundo y el submundo de las mercancías, el mercado y el tráfico. Una forma de Estado en el molde de Putin es muy conveniente a todo eso.

Hacemos aquí una breve digresión para avivar la memoria de las viejas y nuevas generaciones sobre el significado de las luchas de las trabajadoras y de los trabajadores durante la Revolución Rusa. Sólo se entiende la realidad de la revolución como una necesidad manifestada con ansias por hombres y, principalmente, por mujeres y niños, con sus límites humanos. Ver las cosas de este modo tiende a combatir mistificaciones que enaltecen símbolos, forjan héroes individuales y desprecian los seres descalzos que enfrentan la realidad dura de la revolución en las calles, en los campos, en medio del frío y el hambre.

Desde muy temprano, sin embargo, los luchadores fueron siendo abatidos por circunstancias históricas que en nada los beneficiaban. Al contrario. El fracaso de la Revolución alemana y la expectativa frustrada en el internacionalismo que miraba hacia Occidente, los atropellos del “socialismo en un solo país”, la reconstrucción de una autocracia nacionalista inspirada en el zarismo; la represión de las protestas iniciales contra la dictadura del partido -recordemos aquí el movimiento makhnovista y el levantamiento del sóviet de Kronstadt-; la burocracia y la pesada militarización del trabajo; el ascenso de Stalin y los retrocesos patriarcales de las conquistas que las mujeres obtuvieron en el período inicial son algunas de ellas. Y lo peor de todo fue, desde la primera hora, la idealización del taylorismo y de la extracción del sobretrabajo por el Estado que, en ausencia del burgués privado, pasó a ejercer el control político y económico de la reciente sociedad. Allí se fundaba un postcapitalismo, en el cual aspectos necesarios del funcionamiento del capital fueron preservados, en particular, la explotación del trabajo; mientras otros aspectos fueron dificultados por el círculo cerrado, como ser el carácter internacional que es vital para la expansión y acumulación de la riqueza extraída de la masa trabajadora.

Aquel Estado, contrariamente a lo que decía Marx, se agigantaba en lugar de desaparecer, presuponiendo que controlaba las contradicciones de la Unión Soviética a través de una economía meticulosamente planificada. Así se constituía una dictadura contra el proletariado, dando continuidad a la sombría relación con los grupos criminales que desde el siglo XVIII actuaban en Rusia para garantizar la seguridad de los zares. En el caso de la URSS, la KGB fue legataria de la práctica de garantizar el privilegio concedido a los ricos burócratas.

Este no es un dato accesorio, si tenemos en cuenta el origen del actual presidente de Rusia, personificación en la cual se entrelazan diversos sentidos históricos en los que el límite entre la legalidad estatal y la ilegalidad paramilitar y mafiosa parece disolverse constantemente.

No sorprende, por lo tanto, que de aquel lamentable final del socialismo realmente inexistente no haya surgido ni siquiera una nación económicamente soberana, mucho menos un Estado preocupado con el bienestar del pueblo trabajador que antes había osado ser radical en la exigencia de transformar la propia historia. Después de setenta años de intensas violaciones a la libertad y a las ansias sobrevivientes de superación real de los males anteriores y posteriores a la revolución, se asistió a la caída de aquel sistema. Entre 1989 y 1991, despuntó un país socialmente debilitado, pero científicamente desarrollado en el arte de la guerra, de la represión y del poderío militar; un país que reflejaba mucho más las falsas polarizaciones de la Guerra Fría que los procesos revolucionarios de 1905 y 1917.

Pues bien, desde las primeras amenazas de invasión de Putin a Ucrania, la atención del mundo se dirigió a Europa del Este, esa gran desconocida desde el fin de la URSS. Las noticias que nos llegan desde allí aluden a veces a las disputas de Rusia con los ex países soviéticos por el control vital de los recursos naturales; otras veces, al enriquecimiento parasitario de las oligarquías (burguesías) mafiosas que se replicaron en ese rincón del mundo y se proyectaron a través de "negocios ilícitos" (y cada vez más normales) del capital en todo el mundo. Además, un generalizado perfil nacionalista de extrema derecha en la región resulta bastante proficuo para borrar de una vez por todas la historia popular y revolucionaria de Rusia y Ucrania. Pero bien sabemos que no es sólo eso. Hay varios territorios y sectores sociales que no se alinean con esta política y vienen oponiéndole fuerte resistencia.

Entre los diversos aspectos involucrados en este momento de más-desorden, llama la atención el carácter político e histórico de Vladimir Putin. Ex agente de la KGB, emerge como la gran figura de la burocracia rusa post URSS. Se inició en la política como asesor de Anatoly Sobchak, alcalde electo de Leningrado, actual San Petersburgo. En 1991 fue nombrado presidente del Consejo de Relaciones Internacionales de la Alcaldía de San Petersburgo. Y en 1999 ya era primer ministro del país. En 2000 fue elegido presidente por primera vez, asumiendo una conducta autocrática. Ha acumulado poderes durante veintidos años y ya es considerado el más duradero líder del Kremlin desde Stalin (1927-1953).

Observando más de cerca su trayectoria, Putin parece resultar de tres temporalidades históricas: el zarismo, el postcapitalismo y el capitalismo en crisis estructural. Evoca y actualiza el nacionalismo zarista (adoptado también por el “socialismo en un solo país”) en una Rusia que, a pesar de pasar por la reprimarización de su economía, ocupa una posición clave en la jerarquía del sistema imperialista por su poderío militar. Recuérdese que, en 1949, la Unión Soviética y sus aliados integrados al Consejo de Asistencia Económica Mutua (COMECOM)[2] desarrollaron una economía con cadenas productivas distribuidas e integradas. La caída de la Unión Soviética impidió que las burguesías emergentes de estos países mantuvieran una capacidad productiva articulada, lo que llevó al desmonte y conversión del parque industrial de cada país, disolviendo la potencia económica de los tiempos en que operaban coordinadamente. Lo mismo sucedió en Rusia, que mantuvo, sin embargo, su aparato militar y el patrimonio de conocimientos y cuadros científicos, de costosa y demorada formación. La articulación Rusia-China altera por completo los alineamientos de las cadenas de acumulación.

El triunfo más grande de Putin es hacer valer esta condición: la de producir y suministrar algo vital para la economía y la vida de Europa Occidental y la de ser una potencia militar que interesa a China. Al mismo tiempo, representa a ese sector mafioso gestado ya durante la vigencia de la ex URSS y, además, partícipe activo en la toma de decisiones del Estado ruso.

 

Estados Unidos y las sanciones

 

La trayectoria de Estados Unidos a lo largo del siglo XX presenta un significado histórico paralelo e integrado: es la mayor potencia militar y financiera del planeta, pero ya no tiene el completo control de las cadenas productivas en las que participa. No tiene la capacidad de planificar sobre ellas ya que, en su propio territorio, están presentes cadenas asociadas a inversiones de fondos de otras procedencias, como los chinos por ejemplo. Así, la capacidad de los Estados Unidos para disciplinar económica, política y militarmente a los países de la Unión Europea y de la OTAN también se reduce significativamente. Eso es lo que ha quedado expuesto en las últimas semanas.

El ataque militar a Ucrania por parte del gobierno de Putin, debe por lo tanto, contextualizarse en una coyuntura de mayor duración, en la medida en que se articula con los planes y posibilidades de expansión de determinadas cadenas y fondos de inversión en detrimento de otros. La oportunidad con la que actuó Putin le permite sacar ventajas no previstas por la alianza de Occidente. En primer lugar, la más visible y explícita es que el gobierno ucraniano no podrá, apoyándose únicamente en sus propias fuerzas militares, evitar la destrucción de su muy inferior capacidad bélica. Y la participación directa de la OTAN en el campo de batalla no parece razonable.

Asimismo, dejaría de existir un alineamiento automático de los miembros europeos con el comando estadounidense, ya que las consecuencias de un enfrentamiento con Rusia para Europa occidental serían desastrosas. El suministro de insumos energéticos y otros productos primarios que abastecen a Europa occidental proviene de Rusia. Las sanciones que el gobierno estadounidense quiere que Occidente aplique a Rusia perjudicarían más las economías europeas, provocando una contracción económica que intensificaría la recesión que no deja de aumentar desde 2008. La exclusión de Rusia del sistema Swift acelera el desplazamiento de la enorme economía rusa para el sistema chino. India ya está en negociaciones para tener un sistema de pago en rupias, para así eludir las consecuencias de las sanciones. Y no sorprendería el ingreso al sistema oriental de parte de la economía de Occidente.

Los efectos negativos inmediatos de esta contracción sobre las economías europeas serán sentidos particularmente por las clases trabajadoras de sus países y de las cadenas en las que participan, provocando una reestratificación en los respectivos mercados laborales. Incluso los restos de lo que una vez fueron los Estados de bienestar naufragarán, aplastando de una vez por todas las condiciones de vida hasta ahora protegidas de los trabajadores europeos, acercándolos a las condiciones que sufren hoy los trabajadores inmigrantes.

 

China y América Latina

 

El capital está viviendo un intenso reacomodamiento de las cadenas de acumulación de alcance planetario. En este cuadro, tenemos la siguiente situación. De un lado, la economía china se beneficia utilizando una doble práctica: planificando a partir de las señales del big data y de su mercado financiero. Así optimiza los resultados de la planificación de la expansión del capital considerando los datos de los pronósticos de la fluctuación de la demanda. Su economía de escala se beneficiará en la asociación “sin límites” (como Xi Jinping y Putin lo anunciaron recientemente) con Rusia.

Ideológicamente, la historia china acumula mucho más afinidad con Rusia que con Occidente, pero en la actualidad política y estratégica esta afinidad se consolida. Rusia, no es una pieza en sí misma en este juego, sino el brazo armado y desapasionado de un proyecto articulado desde hace tiempo. El cuadro montado reconstruye una polarización artificiosa entre una internacionalidad de capitales transnacionalizados y una infinidad de nacionalidades que diseminan odios y fragmentación entre individuos cada vez más alejados de cualquier acto de clase efectivamente necesario. En el centro y en la periferia ampliada por esta ofensiva, las contingencias obtienen victorias fragorosas sobre los trabajadores del mundo. Pero las necesidades de estos, sin embargo, siguen acumulándose. La evidencia muestra que las reales y extremas polarizaciones no se dan en el campo ideológico, se encuentran entre los incalculablemente ricos que extraen, más que nunca, el producto del sobretrabajo de los sobrevivientes.

 

Es necesario resaltar algunas características de la flamante alianza euroasiática para pensar el futuro de nuestra región. Ella suma la potencia económica y posibilidad de rearticulación del parque industrial de Rusia y sus aliados con el de Asia. Vale la pena recordar que China es actualmente el principal destino de las exportaciones latinoamericanas, incluso de países como Brasil, cuyo gobierno está diplomáticamente alineado con Estados Unidos. China ha estado trazando una ambiciosa expansión, la llamada Ruta de la Seda, que supone inversiones en infraestructura para dotar de flexibilidad a las cadenas de acumulación. Ese país también cuenta con un repertorio de propuestas para las economías dependientes, que les permitiría una especialización productiva con transferencia de tecnología que responda a la planificación china. Las inversiones directas e indirectas chinas ya están instaladas en el continente (e incluso en territorio estadounidense).

El capital chino encuentra en la periferia los reacomodamientos institucionales, políticos y económicos de una burguesía latinoamericana dependiente, que en el pasado había recurrido a expedientes autocráticos para industrializar la región a ritmos desiguales y combinados. Hoy, esta burguesía se transnacionalizó para mantenerse en la retaguardia de un patrón de acumulación extractivista pautado por la reprimarización productiva de la economía, lo que significa guerra y saqueo permanentes contra el campo y la ciudad. A partir de los ajustes estructurales de la década de 1990 y en función de la deuda pública, los salarios de los trabajadores urbanos son saqueados por medio de la sobreexplotación, la privatización de servicios y bienes públicos y la expropiación a través del costo del crédito para atender los intereses de los grandes conglomerados financieros. Al mismo tiempo, el saqueo de territorios y la colosal destrucción ambiental representan una guerra constante contra las poblaciones que habitan el campo, en particular, las mujeres indígenas. América Latina y el Caribe conforman un área geoestratégica importante para el capital, por las enormes reservas de minerales, biodiversidad, agua dulce y petróleo que sus territorios poseen. Estos también pueden servir como extensos corredores para el flujo de productos semimanufacturados y grandes plataformas logísticas para la exportación de commodities agrícolas y minerales necesarios a las innovaciones tecnológicas de los países que integran el sistema imperialista mundial. La intensificación de la subordinación en la nueva división internacional del trabajo ha acelerado los ritmos del despojo y la guerra sobre ciudades y territorios.

En América Central, una muestra de los impactos del capital chino se corporificó en las aventuras de un supuesto mega-empresario chino que pretendía conectar los dos océanos a partir de territorios a lo largo del río San Juan en la frontera entre Nicaragua y Costa Rica pasando por el gran lago de Managua. Para tal hazaña, fue necesaria una visita militarizada de expertos chinos a los territorios y la aprobación, en tres horas, del proyecto de ley para la construcción del canal, sin debate con la sociedad, cediendo los derechos exclusivos a la empresa china. Esta ley amenaza a las comunidades indígenas y campesinas de una extensa franja territorial. Cualquier territorio puede ser expropiado sin ninguna garantía para estas poblaciones que suman de 200 a 250 mil personas, sin mencionar el gran impacto en los ecosistemas de la región. El proyecto, que fue discutido clandestinamente y aprobado en 2013, llegó a un punto muerto en 2018, cuando las oficinas del mega-inversor chino fueron desmanteladas en el contexto de un poderoso movimiento campesino que impidió el ingreso a las comunidades y realizó al menos 81 marchas de protesta contra el canal. Pero el capital chino no ha dejado de avanzar en la región centroamericana a partir de proyectos más pequeños, que apuntan al fortalecimiento de la infraestructura. Recientemente, el gobierno de Daniel Ortega anunció la reanudación del proyecto, que en su momento fue aprobado por la asamblea legislativa con la totalidad de votos de los diputados sandinistas.

Como parte de esta estrategia de saqueo, Brasil lideró, desde la década de 2000, a través de la mediación de gobiernos neoliberales de la derecha y de la izquierda, la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana (IIRSA). Esta plataforma para el flujo de mercancías está reorganizando las fronteras nacionales de los países de América del Sur a partir de una infraestructura de transportes que incluye carreteras, vías férreas, transporte fluvial y aéreo. Con ello, conecta territorios de varios países donde se encuentran polos maquileros, yacimientos minerales y grandes extensiones de monocultivos de soja, maíz y otras commodities con puertos direcionados hacia los polos industriales del centro del sistema, especialmente China. Es a través de estos mismos corredores interconectados que recibimos productos de mayor sofisticación tecnológica, celulares, computadoras, televisores, etc.

Hasta 2016, la IIRSA estuvo bajo la órbita de Estados Unidos, con fuerte intervención del Banco Mundial, el FMI y financiamiento estatal, en el caso de Brasil, a través del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES). Actualmente, los gobiernos de la región asumen compromisos con el gobierno chino para construir el Ferrocarril Transcontinental que conectará los océanos Atlántico y Pacífico, desde Porto Açu, en Río de Janeiro, hasta el litoral peruano. También está el Ferrocarril Bioceánico y el Corredor Bioceánico, en los países del Cono Sur, con gran impacto social y ambiental en los territorios, lo que representa un nuevo ciclo de despojo de carácter mucho más duradero e intensivo que los ciclos anteriores.

La reconfiguración de las cadenas productivas, en el actual contexto de la disputa de poder y una nueva ofensiva del capital, conecta a la IIRSA y al Proyecto de Integración y Desarrollo de Mesoamérica a escala planetaria con el proyecto chino de entrelazamiento intercontinental de Medio Oriente, Europa, África y Asia, a través de “Un Cinturón, una Ruta”. América Latina estará conectada por la Ruta Marítima de la Seda, a través de la infraestructura ya creada, reforzando aun más su condición de periferia regional en el sistema internacional, que representa un aumento de la dependencia externa, violencia, saqueo de los recursos naturales, expulsión de los pueblos indígenas de sus territorios, avance de los arrendamientos para monocultivos, tierras mal-habidas y minería en zonas de reforma agraria y territorios indígenas. La Ruta de la Seda es una propuesta de planificación internacional del Estado chino que a medio y largo plazos tiene pocas perspectivas de funcionar por las graves contradicciones del sistema del capital. Pero, independientemente de quién gane las elecciones presidenciales en Brasil, el despojo se mantendrá a través de las rutas flexibles de flujo de bienes primarios, con la única diferencia en la eficiencia de la gestión de las articulaciones en esta perspectiva de integración internacional a las cadenas productivas.

Esta es nuestra primera incursión en las implicaciones que esta agresión contra los trabajadores ucranianos y las articulaciones urdidas por los nuevos players del capital, ubicados en Asia y en todo el Hemisferio Norte, tienen y tendrán en América Latina. Mientras la Realpolitik disputa la “línea ideológica” que se adoptará, cualesquiera que sean los futuros gobiernos, nosotros optamos por alinearnos con quienes de hecho sentirán las peores consecuencias de un conflicto que parece tan lejano y tan cercano.

 

30 de marzo de 2022

 

(Artículo enviado traducido del portugués por las autoras y enviado para su publicación en esta Herramienta Web 38)

 

[1] Sin embargo, el liberalismo que ya se había desprendido de la democracia en el “mundo libre” cohibiendo al máximo la organización de la clase trabajadora con leyes absolutistas, convivió y se sirvió durante un siglo más del trabajo cautivo en las colonias. Brasil, por ejemplo, fue el último país que “abolió” la esclavitud, en 1888.

[2] El COMECOM estaba integrado por la Unión Soviética, Bulgaria, República Democrática Alemana, Checoslovaquia, Hungría, Polonia y Rumania.

 

Judite Strozake es docente de la UFGD / María Gabriela Guillén Carías es docente del Curso de Ciencias Sociales y del programa de postgrado en sociología de la UFGD / María Orlanda Pinassi es docente jubilada de la UNESP-Araraquara y miembro del Consejo Asesor de la Revista Herramienta / Silvia Adoue es docente de la UNESP-Araraquara y del Programa de Postgraduación en Desarrollo Territorial de América Latina y Caribe.

 

 

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