21/02/2024

La libertad no avanza, la guerra contra el pueblo sí

La pesadilla se tornó realidad. ¿Cómo fue posible? Debemos indagar con honestidad intelectual las causas que pueden explicarnos que paso. ¿Pues si no nos atrevemos a las preguntas que importan, cómo esperamos encontrar las respuestas? No se trata de un diagnóstico para el registro académico, es vital para pensar cómo actuar, que modificar para encarar las imprescindibles resistencias populares y desde allí proyectar alternativas que configuren un modo diferente, insumiso, de hacer política.

Tal vez lo que más lastima es ver celebrar como suya esta victoria a quienes el actual dúo gobernante y sus aliados se encargaran de centrifugar hacia los márgenes más inhóspitos.

La dimensión y el impacto de la derrota no deberían ocultar que la derecha repitió, en conjunto, aunque cambiando el orden de los candidatos, los números que anticipó en las elecciones de 2019. Las boletas en las urnas, como es obvio, no implican programas ni compromisos, no explican por qué, ni cómo fue que Milei, un sociópata de extrema derecha, ultra-neoliberal, con problemas psíquicos y sin ningún mérito ni trayectoria, acompañado por Victoria Villarruel, una figura nefasta, negacionista obtusa que reivindica el genocidio, que es anti LGTB y antiabortista, cuyo discurso nos retrotrae al periodo más oscuro y tenebroso de nuestra historia, fueron elegidos para gobernar el país, con un margen superior al previsto y con el explícito apoyo del clan Macri, que ya se hizo del control de una parte sustancial del gobierno. En todo caso es una demostración más de cuán lábiles son las certidumbres electorales.  

Quienes consideran que la llamada batalla electoral es la única forma de su participación democrática y aceptan en ese acto ceder su soberanía por cuatro años, ante la derrota, cuanto menos deberían preguntarse en qué condiciones se llegó a esta contienda donde el  principal protagonista fue el miedo, repitiendo una mecánica frustrante de una  política de opciones limitadas.

De la necesidad de autocrítica, de no repetir sistemáticamente los mismos errores, del ejercicio de un pensamiento crítico, hoy casi inexistente, nadie debería sentirse exento y en esta reflexión incluye también a la izquierda política y social. La simplificación de culpar al otro, sin analizar los desatinos propios, nos condena a caminar en redondo y siempre terminar en el mismo lugar. Es preciso tomar nota de los procesos y cambios que el capitalismo globalizado ha impuesto en todo el planeta y que atraviesan nuestra sociedad, determinando nuevas subjetividades, nuevos sujetos activos y sus modos de pensarse a sí mismo y su relación con los demás.

La concentración de la riqueza, la financiarización de la economía, la deslocalización de la producción, la transformación de los modos de producir, la pauperización de la mayor parte de la humanidad, los estragos causados por el cambio climático, la cultura de la posverdad, son algunos  fenómenos globales  que  confluyen en una sinergia de causas múltiples, que en estos 40 años de la  democracia fallida, con altibajos y momentos disruptivos, esencialmente  no se modificaron, sino que en muchos aspectos se agudizaron. Desigualdad y desocupación crónica, privatizaciones, primarización de la económica atada a los commodities, destrucción de la naturaleza y el medio ambiente, avance de la megaminería, la sojización y el agronegocio, todas actividades expulsivas, que condujeron al crecimiento de las grandes ciudades, con fragmentación y segregación socio-espacial y enormes bolsones de pobreza en hábitats totalmente precarizados, territorios donde lidiar por la supervivencia es tema del día a día.

A este cuadro se le suma cambios y hábitos socio-culturales que se profundizaron durante la pandemia, y sobre la cual se ha tendido un manto de olvido. Lo que Ricardo Antunes define como uberización y auto explotación del trabajo, la sociedad delivery, el home-working, él cuentapropismo, la exaltación de la meritocracia, el estímulo al hedonismo consumista y a un individualismo cerril y refractario de todo lo comunitario y lo público, son formas que fueron moldeando una subjetividad negativa y metabolizan el cuerpo social, creando un campo fértil para que avancen quienes pervirtieron el término libertad.

Este es el sustrato que la dirigencia política ayudó a profundizar, como polea transmisora de los intereses del poder real y que la mayoría tiende a ignorar en favor de simplificaciones, falsamente ilusionados con atajos que solo conducen una y otra vez a nuevos fracasos y frustraciones.

Una sociedad fragmentada que recibe solo la información que procesan los medios hegemónicos, ha extraviado el deseo de saber, alienada y confundida se ha vuelto incapaz de relacionar los hechos, es permeable a cuanto falsedad y mentira se repite hasta transformarla en una un parodia de la verdad, ha perdido su autonomía, exponiendo su vida en redes y capas neuronales a las que no tiene acceso. Poco a poco vamos advirtiendo como las políticas y la cultura neoliberal está alterando nuestros estilos de vida, nuestras maneras de trabajar, nuestras formas de socializar e interactuar, mientras en nuestras sociedades aumenta el abismo entre las diferencias de clase.

La derrota cultural, es entre otras cuestiones, la pérdida de la cultura como resultado colectivo de la comunidad, sus lazos físicos y sus valores simbólicos. Cuando se acepta que comercio y cultura se confundan, cuando todo se vuelve mercancía, la cultura se degrada

La principal derrota, más allá de esta coyuntura, es del ideario de izquierda, entendido como una visión integral de  la sociedad, en muchos aspectos es una derrota autoinfligida por quienes abandonaron esa praxis, adaptándose a las reglas de la posmodernidad y también  por quienes a pesar de su demostrada vocación de lucha se ven superados por sus limitaciones propias y la abrumadora cantidad de cambios y  recursos que hegemonizan los territorios donde naturalmente ese ideario debería ser reproducido.

Hacia la derecha y marchando

Todo lo que se dice y se hace se da en el marco de un sistema socioeconómico que no se puede tocar, sin capacidad de pensar una alternativa transformadora. El sueño de la revolución fue descartado hasta por la propia izquierda, tal vez esta es una de las principales derrotas culturales que se arrastran desde fines del siglo pasado, porque en los peores momentos, no se aceptaba que el capitalismo y su sistema serían eternos. Hoy ante un horizonte cerrado, donde el tiempo parece repetirse sin salida, es un peso que agobia y desalienta, pero también desespera y  violenta y explica en parte el crecimiento de las variopintas ultraderechas aquí  y en todo el mundo. El panorama de una ultraderecha consensuada esta en Europa, con personajes como Viktor Orbán en Hungría y de Mateusz Morawiecki en Polonia, así como de Marine Le Pen en Francia, Giorgia Meloni y Matteo Salvini en Italia, es Vox en España o Alternativa Alemana, es la Rusia de Putin, se afirma en otras latitudes como la India de Narendra Modi y la Turquía de RecepTayyip Erdoğan y el gobierno genocida de Netanyahu. Con sus particularidades e intereses locales, se despliegan en todo el planeta con actos autoritarios, nacionalistas y xenófobos, con medidas que limitan de manera radical las libertades públicas e individuales y ponen en práctica el “estado de excepción” del que habla Giorgio Agamben.

No pretendo en estas líneas abordar el debate abierto sobre si estas nuevas-viejas derechas, son fascistas, posfascistas, neofascistas o merecen otra calificación. Lo que es evidente es que el fascismo original surgió en la Europa de entreguerras como respuesta a la derrota de sus imperios en la primera guerra mundial, al Tratado de Versalles, a la crisis capitalista de los años 30 y sobre todo a la existencia de la Revolución Rusa y el temor de los partidos burgueses a que la radicalización de los trabajadores se expandiera con su ejemplo. No es el contexto actual. El llamado fascismo clásico tenía como uno de sus ejes, junto al revanchismo, el anticomunismo, la posibilidad de la revolución social fue su enemigo real. Hoy el cuadro es diferente, sus discursos de odio tienen otros destinatarios. Nada aparece aún a escala mundial desde la izquierda que pueda amenazar seriamente su dominio como no sean las consecuencias fatales de su propia crisis.

Quienes desde el equilibrio de una gobernabilidad en andrajos, dicen enfrentarlos, tienen importantes coincidencias en cuanto a los intereses económicos que lo sustentan. Entre otros rasgos en común que si lo identifican con el fascismo clásico es la capacidad de las elites industriales y financieras de usar figuras de la marginalidad política y transformarlas en interlocutores válidos, aunque sus rasgos sean esperpénticos como Milei, Bolsonaro o Bukele. Trump mismo, a pesar de haber sido presidente por el partido Republicano, no forma parte de su burocracia estructural. Lo que desalienta de estos tiempos, es que no aparece ninguna fuerza que pueda, no ya vencerlos, sino ponerles límites.

El fascismo italiano o alemán tenía un discurso mítico, hablaban de una nueva civilización y sus glorias históricas. El planteo de Milei de volver a una Argentina como la dirigida por una oligárquica exitosa, a principios del siglo XX, es tan falaz como ignorante, es solo un camuflaje para justificar sus verdaderos planes. Por el contrario, intentan borrar la memoria y todo lo vivido y aprendido de nuestra historia, no solo de las dictaduras, sino incluso del pasado más reciente. El objetivo es profundizar la persistencia de las políticas neoliberales de saqueo que imponen los dueños de la globalización, arrasando para ello con los límites que le ponen las conquistas de décadas de lucha y sacrificio de las mayorías populares. La metodología es el viejo y represivo mensaje del orden, el palo crudo y duro, sin zanahoria, la doctrina Chocobar, de Bullrich, Villarruel y sus secuaces.

A la relegitimación de lo actuado durante la dictadura, donde la resistencia popular de esos años es estigmatizada como actos terroristas, se le suma la condena por complicidad extendida a las organizaciones de DDHH y a todo aquel que oponga resistencias.

Reinventar la política

El ahora ex oficialismo, siguió insistiendo en proponer candidatos de derecha, cuestionados por su propia fuerza, como Sergio Massa, quien acompañó a Macri a Davos y le sostuvo el apoyo a todas sus leyes y decretos.

La mentira del oficialismo y la oposición acerca que la sojización, el agronegocio, la megaminería, la explotación del litio y Vaca muerta, son la llave para el bienestar del pueblo carece de sustento, no hay derrame, pues entregando todo eso y más, el país tiene 140 % de inflación, más del 40% de pobres e indigentes, una fraudulenta deuda externa y una  deuda interna a niveles imposibles de saldar. La caída del salario y las jubilaciones, el descalabro económico y social y las fallidas recetas que propuso el gobierno con el apoyo de sus aliados, alimentaron la percepción generalizada de que Massa era más de lo mismo. Volvieron a usar el recurso del miedo como único método, empobreciendo la política, la manida apuesta al mal menor, se agota rápidamente, pues siempre deriva hacia un mal mayor. De Scioli a Macri y de Alberto Fernández y Massa a Milei y nuevamente de facto a Macri.

La ausencia total de un programa cierto, y la decisión de frenar toda movilización, auguraban que este sería el resultado. Nada de lo actuado insinuaba un camino diferente. Eludir e invisibilizar el conflicto con los sectores dominantes, es someterse a ellos, las contradicciones son reales e insalvables, pero como era previsible eligieron ceder. Las apelaciones a terminar con la grieta, y otras expresiones pastorales, solo son banalizaciones de lo que realmente ocurre en la sociedad.  A pesar de un balbuceo anti-neoliberal, la genuflexión hacia EEUU y ante el FMI rememora mucho del peronismo menemista del cual muchos protagonistas actuales fueron parte y seguirán con el nuevo gobierno.

La degradación de esta democracia es fruto de la verticalización de la política, la ausencia de protagonismo popular y haberla vaciado de contenido. La fe mesiánica en el culto irrestricto a la jefatura, considerada infalible, es el camino que desmovilizó, amansó voluntades y generó impotencia. El sostenimiento de feudos  provinciales administrados por inescrupulosos caudillos  como satrapías, la vigencia de una burocracia sindical, corrupta, matoneril y propatronal, la falta de vida asamblearia en sindicatos, universidades y colegios, la ausencia  de espacios colectivos donde se teje  la conciencia y la voluntad transformadora, aunada a la lógica de concebir la  militancia como trabajo y el trabajo como militancia, que ata las ideas al salario, hacen  que se potencie la percepción, particularmente en los jóvenes que no han vivido otras experiencias, que la única manera de progresar remite, a que cada cual se arregle como pueda, en un sociedad que canibaliza las relaciones.

La sucesión interminable de actos de corrupción que involucran a todas las fuerzas que gobernaron durante estos 40 años, la naturalización de la idea, que se puede robar sin ser castigado, se puede comprar periodistas y llenar las redes de trolls profesionales, contando con la dirigida impunidad que les da una justicia venal, ha ido erosionando la credibilidad de los políticos burgueses que es utilizada como falsa bandera por los supuestos outsider de la política.

La derecha viene marcando la agenda de lo que se debe decir y hacer. Las peores prácticas políticas son naturalizadas como lo dado e inevitable, como el único horizonte posible. Miguel Mazzeo en un estupendo análisis nos habla de quienes prohijaron el “Huevo de la serpiente”, actualiza la imagen de la película Ingmar Bergman que con el mismo nombre, describe magistralmente el surgimiento del nazismo.  Escribí en abril que el desespero de quienes eran responsables de pavimentar el camino de la ultraderecha, solo se aferraban a un milagro electoral que sostenga su supervivencia. El milagro no se dio, no hubo intención de cambiar el rumbo.

“El pueblo no delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución” establece su artículo 44. La representación que se expresa a través de partidos políticos, es una falacia, no existe como tal. Es tan ficcional como la división de poderes. No hay vida política real en casi ningún partido, son agencias de distribución de cargos, un puñado de personajes autoritarios, decide, hace y deshace, sin escrúpulos y sin control, tejen alianzas sin principios y se pasan de una silla a otra sin pudor. Nadie se siente compelido a rendir cuentas ante una sociedad que no se las exige. El cretinismo parlamentario alcanza niveles grotescos y la justicia sigue siendo el reducto donde se defienden los intereses de los poderosos, solo que ahora esa práctica se exhibe obscenamente.

La conformación de frentes, que cambian de nombre, aunque nada cambie, son una caricatura de lo que debería ser un frente popular, en el FDT y UPP, el sector del peronismo que los dirige jamás convocó ni debatió con el resto de sus integrantes, que sin voz ni voto, toleran y aceptan complacientes, con el único motivo de sostener su supervivencia. Mucho menos convocar a sus bases. En la derecha de Juntos por el cambio, y sus variantes, recicladas, lo único que los une es la chequera y su voracidad depredadora de todo lo público.

La despolitización, el vaciamiento ideológico y cultural hizo estragos. El cuadro político actual, salvo el hartazgo, tiene poco que nos recuerde la rebelión del 2001. No hubo reacción, durante el macrismo,  una sociedad intencionalmente desmovilizada y  desarticulada políticamente, desarmada  y sin espacios  sociales donde organizarse y,  canalizar su desespero en el apoyo resignado al candidato oficial o peor aún, aunque en la  práctica se transforme en un autocastigo, expresó  su impotencia  y su  enojo dando legitimación y consenso a  la ultraderecha.

Como esperar que los jóvenes, cuya vida se halla a la deriva, y enfrentada a un vacío proyectual, vean la política de otra manera, sepan leer la realidad con otros códigos que no reconozcan el oportunismo más visceral y sus trampas y engaños, si quienes tienen las herramientas apropiadas para hacerlo, realizan todo lo contrario.

El kirchnerismo, con el transcurso del tiempo ha ido perdiendo su capacidad disruptiva, se ha ido deshilachando en una deriva sin rumbo y sin mística.  Se somete ante el FMI y avala el pago de la deuda. Durante el macrismo no convocó ni construyó un camino de resistencia apostando a la gobernabilidad, su única táctica fue esperar las elecciones para capitalizar el deterioro. La intención de despegarse discursivamente de quienes eligieron, no resultó creíble. La insólita ausencia del binomio Fernández-Fernández, con mutuos reproches para justificar la fantasmal parálisis que culminó con su bochornosa exclusión de la campaña electoral, fue otro símbolo de la descomposición de un gobierno, que estuvo muy lejos de las moderadas expectativas que generó entre quienes lo eligieron y que influyó directamente en la derrota en las urnas. El mantenimiento de este estatus quo, se explica porque ninguno quería se repita otro “que se vayan todos”, el recuerdo de la fuga en el helicóptero, blindo la situación para garantizar la gobernabilidad y el tránsito entre pares sin mayores sobresaltos.   

Las consecuencias de la permanente conciliación con los intereses de los poderes dominantes y los responsables del desastre macrista, debe ser una de las enseñanzas que no se puede soslayar. El caso testigo de Vicentín y la decisión de no tomar medidas para investigar la deuda externa, como todos sus negociados y actos de corrupción, permitió, a partir de la desmemoria cultivada por tirios y troyanos, que el macrismo y sus socios se mantuvieran indemnes, para volver como si nada hubiera ocurrido, la casta ahora es socia con peso determinante, del mutilador social.

La posición frente al genocidio del pueblo palestino, es sin duda un parteaguas que define a quienes están efectivamente por la defensa de los derechos humanos. El apoyo  a la política de exterminio del Estado israelí en Gaza y Cisjordania, el alineamiento  con EEUU, tanto de Milei como de Massa, y la admiración de ambos  por el ex alcalde de Nueva York, Rudy Giuliani es un ejemplos donde se verifica la porosidad existente  entre unos y otros. 

El doble discurso de lo que se presenta como lo nacional y popular y al mismo tiempo entrega la riqueza de la tierra y paga al FMI con la sobreexplotación del trabajo y la naturaleza dejó de ser creíble. De allí a la sinrazón el camino fue muy corto.

Resistiré

Todos los llamados a enfrentarlos antes de las elecciones fueron vanos, desoídos. ¿Que hacer frente a un gobierno que obtuvo el 55% de respaldo electoral agitando un discurso atroz, de perfil represivo y destructor de todo lo que duramente se conquistó con años de lucha? ¿Qué hacer ante un gobierno que ante el impasse y la tregua de la ahora oposición acelera el shock que arrasará incluso con una parte de quienes lo votaron? La limitada fórmula de votar en contra, ejercida como único recurso, esta vez le funcionó mejor a la ultraderecha. Sin subestimar el respaldo que tiene, fue evidente que no hubo euforia masiva en la asunción del binomio, en una parte del 55% que lo voto hubo más una decisión de terminar con el gobierno del peronismo, que comprensión cabal de lo que representan Milei y Villarruel.

La paupérrima presencia internacional que acompañó a Milei el domingo 10, es también una señal de la desconfianza  en el nuevo presidente y las posibilidades de su gestión, si bien las medidas anunciadas son parte del reclamo histórico  de  los que esperan ser beneficiarios con el nuevo paquete de privatizaciones y las ventajas impositivas.  

Pensar cómo organizar la resistencia de quienes se verán avasallados por la acción del neoliberalismo más violento, debería ser prioritaria. El repudio verbal no alcanza. Recordemos que ante el macrismo hubo más resignación que confrontación. Son millones los que están al límite y no tienen donde replegarse. Esperar algo de quienes llevaron a esta situación y borraron de su vocabulario los verbos luchar, organizar, movilizar, resistir y que están dando señales apaciguadoras, apostando a la convivencia y al desgaste para volver dentro de cuatro años, es un suicido social y político. Si prevalece el miedo y el repliegue lo por venir será más trágico aún.

Ante lo que está en marcha, es preciso desplegar una resistencia positiva que contenga en su cuerpo social no solo el esencial rechazo y la actitud defensiva, sino que sea portadora de una alternativa superadora, pensar y hacer política como una herramienta transformadora, con un perfil anticolonial, anti patriarcal, feminista, ecosocialista y de democracia popular. Esto significa también rehabitar los espacios abandonados y construir nuevos, recomponer lazos y fortalecer la confianza en la fuerza propia, reconocernos en los otros, saber que no estamos solos. El funcionamiento asambleario, que adoptará la forma que cada sector quiera y pueda darle, es clave para enfrentar estos tiempos oscuros. Nada está asegurado, pero permanecer paralizados, insistir recurrentemente en liderazgos mesiánicos, aceptar lo dado como irreversible nos condujo a esta oscura realidad. Dicen que la segunda causa de ceguera son las cataratas, porque la primera es la religión, si concebimos la actividad política como un cúmulo de creencias y mitos incuestionables, la necedad nos lleva también a la ceguera.  Resistir no es olvidar nuestros sueños, sino luchar por ellos.

Buenos Aires, 11 de diciembre de 2023

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