05/12/2022

Introducción a "El país de los Sóviets. La revolución y sus contra-tiempos (1917-1924)"

Introducción del historiador Jean Batou al libro de Aldo Casas Introducción a El país de los Sóviets. La revolución y sus contra-tiempos (1917-1924), recientemente publicado por Editorial Herramienta.

 

La crónica de los acontecimientos de 1917-1924 en el país de los sóviets debe leerse y releerse teniendo en cuenta indudablemente la guerra civil y los reveses de la revolución. Sin embargo, vale la pena reflexionar sobre los desencuentros que tuvieron los bolcheviques, dirigidos por Lenin, con los socialistas-revolucionarios de izquierda sobre todo, pero también con la izquierda de su propio partido (el grupo Centralismo Democrático y la Oposición Obrera). ¿No convirtieron poco a poco necesidad -decisiones tácticas en respuesta a situaciones inextricables- en virtud, dando la espalda al protagonismo de sus propios militantes y, sobre todo, al de los trabajadores, las mujeres, los campesinos pobres y los pueblos no rusos, oprimidos y colonizados del antiguo imperio zarista? Los principales síntomas de esta lenta deriva son la multiplicación de las protestas populares, el aumento de la represión política, la pérdida de vitalidad de la democracia soviética, el debilitamiento de la smychka (la alianza de obreros y campesinos) y el creciente peso del Partido-Estado en la gestión de los asuntos públicos. Este es el tema del ensayo de Aldo Casas, que es la primera y más desarrollada parte de este libro.

A esos peligros reaccionaron, después de Brest-Litovsk (primavera de 1918), concentrando el poder en las manos únicamente del Partido Comunista (bolchevique) de Rusia (PC(b)R), generalizando los métodos del comunismo de guerra y las requisas en el campo, a falta de una orientación estratégica que combinara la revolución obrera urbana y la revolución campesina en la aldea. En el prefacio a la edición rusa de 1882 de El manifiesto comunista, Marx y Engels escribieron:

En Rusia, (...) más de la mitad del suelo es propiedad común de los campesinos. Cabe preguntar: ¿Puede la obstschina rusa -aunque es una forma intensamente socavada de la propiedad común originaria de la tierra- pasar inmediata­ mente a la forma superior de la propiedad común comunista? ¿O, inversamente, debe recorrer el mismo proceso de disolución que constituye la evolución histórica de Occidente?" (Marx/Engels, 2008: 78 s.).

Pues bien, en 1917, la revolución campesina se hizo bajo la bandera de la comunidad campesina (mir), que por entonces dominaba ampliamente el campo (Lewin, 1966: 26 s.). Sin embargo, muy curiosamente, los marxistas rusos nunca habían discutido esa hipótesis, formulada treinta y cinco años antes por Marx y Engels, y las respuestas que convendría aportar.

Con la paz a la vista, la primera respuesta del Partido al descontento social fue la represión, que culminó en el aplastamiento de las revueltas de los campesinos de las regiones de Tiumén y Tambov y de los marineros de Cronstadt, en el otoño de 1920 y primavera de 1921. Este es el contexto en que el X Congreso del Partido (marzo de 1921) con la Nueva Política Económica (NEP) opta por "retroceder'' en el plano económico y social. Al mismo tiempo, decide limitar el debate inter­ no, en tanto que los comités y sus secretarios, ampliamente asociados a la burocracia estatal, sustituían no solo el poder de los sóviets, sino el de los militantes comunistas, desde las fábricas hasta el comité central. ¿Eran inevitables estos desarrollos a causa del aislamiento de la Revolución de Octubre en un país atrasado cuya economía había sido arruinada por seis años de guerra ininterrumpida? Seguramente. Sin embargo, la mayoría de los dirigentes bolcheviques no vieron los peli­ gros, ni tomaron medidas adecuadas para enfrentarlos.

Más allá de la reflexión sobre los reveses de la Revolución de Octubre, hay tres cuestiones estrechamente relacionadas que merecen ser examinadas: las razones por las que los bolcheviques no pudieron combinar plenamente las tareas de la revolución obrera con las de la revolución campesina y la revolución nacional y colonial, y también con la revolución antipatriarcal para avanzar hacia la igualdad real entre mujeres y hombres. Esto lleva a reflexionar sobre la dinámica de la transición socialista, cuyo motor reside sobre todo en "la autoactividad, la experiencia y la creatividad de los propios trabajadores (...) sin sustituciones ni exclusivismos" (Casas, 2021). En efecto, debe apuntar a "una revolución total" contra el capital, el trabajo asalariado y el Estado, lo que implica la transformación de las relaciones sociales tanto a nivel global como a nivel de las unidades de producción y de la familia (Casas, 2021). La revolución socialista iniciada en un país, plantea también el problema de sus vínculos con la revolución internacional y, en el caso del Octubre ruso, levanta sobre todo la cuestión de su "diálogo" interrumpido con la revolución alemana, de 1918 a 1923, que condenó a la primera a un aislamiento duradero. Tales son los desafíos estratégicos de la Revolución Rusa, que permiten cuestionar las respuestas aportadas entonces por una dirección revolucionaria aguerrida y excepcionalmente capaz.

No es fácil introducir, presentar y discutir los complejos problemas que plantea el devenir inmediato de la Revolución de Octubre, sobre todo porque no siempre es sencillo distinguir, en las opciones de los revolucionarios de la época, lo que son inflexiones tácticas circunstanciales, de virajes políticos más fundamentales, no siempre reivindicados explícitamente. Se trata en realidad de revisitar las cuestiones fundamentales de la "revolución permanente", aquellas que Marx había presentido y que después muchos revolucionarios, en particular Trotsky, han intentado teorizar (Day & Gaido, 2011): cómo combinar las tareas democráticas (reforma agraria y emancipación nacional), socialistas (colectivización de la producción y destrucción del Estado burgués) e internacionales, de la revolución en la era imperialista. Los más perspicaces abordaron también la subversión de la dominación patriarcal, a lo que habría que añadir hoy el restablecimiento del metabolismo entre las sociedades humanas y la naturaleza, cuya ruptura pone en cuestión la supervivencia de sectores enteros de la humanidad.

En primer lugar, nos ocuparemos de los primeros ocho meses de la Revolución de Octubre, desde la toma del poder en Petrogrado hasta el golpe de fuerza de los socialistas-revolucionarios de izquierda, en julio de 1918, que derivó en la concentración de todo el poder en manos del PC(b)R. A continuación, nos abocaremos al "comunismo de guerra", el descontento que suscitó y la violencia que lo acompañó hasta la represión de la sublevación de Cronstadt en marzo de 1921. Luego, analizaremos las decisiones del X Congreso del Partido Comunista de Rusia (PC(b)R), es decir, el establecimiento de la NEP, la prohibición de las fracciones en el seno del Partido y la centralización del aparato estatal. También las circunstancias que llevaron a Lenin a librar su última lucha, de noviembre de 1921 a marzo de 1923. Luego, recorreremos las etapas de la Revolución Alemana, de 1918 a 1923, consideraremos su diálogo y desencuentros con la Revolución Rusa. Por último, discutiremos la actitud de los comunistas rusos hacia los "subalternos", las mujeres, los campesinos y las naciones oprimidas y colonizadas.

 

 

Ocho meses que sacudieron el mundo

El poder soviético encarna la transición al socialismo como pro­ ceso de autoemancipación. La victoria de octubre de 1917 permitió que el 11 Congreso de los Sóviets de toda Rusia se hiciera cargo de los asuntos. La sesión estuvo dominada por su ala izquierda. Al amanecer del día siguiente, se aprobó el Llamamiento a los obreros, soldados y campesinos. Después de la retirada de los mencheviques y de los socialistas-revolucionarios de derecha del congreso de los sóviets, y después también de la negativa de los socialistas-revolucionarios de izquierda a integrar un gobierno con los bolcheviques solamente, éstos formaron el Consejo de Comisarios del Pueblo (Sovnarkom) que anunció la paz inmediata, el reparto de la tierra a los campesinos, el control obrero de la producción y distribución, la abolición de las desigualdades de clase, sexo, nacionalidad o religión, la nacionalización de los ferrocarriles, los bancos, el comercio exterior y algunas industrias importantes. Sus decretos, no teniendo en verdad medios para aplicarlos, tenían un significado sobre todo propagandístico, por lo que apelaban a la iniciativa de las masas y dejaban margen de maniobra a los sóviets locales. "La vida decidirá", repetía Lenin.

La derecha aprovechó las elecciones a la Asamblea Constituyente (12-14 de noviembre 1917) para lanzar una contraofensiva, al mismo tiempo que la contrarrevolución armada amenazaba a Petro­ grado y Moscú. Fue entonces cuando se reanudaron las conversaciones para formar un gobierno socialista ampliado. Sobre la base de las condiciones adoptadas por el Comité Ejecutivo Central de los Sóviets (CEC), el 12 de diciembre, los eseristas de izquierda aceptaron ingresar al Sovnarkom, que fundó la Cheka unos días después. Pero la mayoría que surgió de las urnas era hostil al gobierno ejercido por los sóviets. En efecto, los socialistas-revolucionarios electos para la Asamblea Constituyente lo fueron en una lista única, ya que el ala izquierda del partido recién se escindió el 19 de noviembre. Sin embargo, entre el 10 y el 25 de noviembre, el Congreso Extraordinario de los Sóviets Campesinos dio clara mayoría a los socialistas revolucionarios de izquierda: 65 diputados o delegados socialistas-revolucionarios de derecha, frente a 195 de los socialistas-revolucionarios de izquierda, 37 de los bolcheviques y 22 de los anarquistas. El 3 de enero (de 1918), el CEC respaldó la ''Declaración de los derechos de los trabajadores y explotados". Por otra parte, amén de los bolcheviques, los socialistas-revolucionarios de izquierda, los socialistas-revolucionarios maximalistas y los anarquistas se negaban a reconocer una Constituyente que se opondría al poder obrero-campesino resultante del II Congreso de los Sóviets. El 5 de enero, los bolcheviques y los eseristas de izquierda se retiraron de la Asamblea Constituyente, que fue disuelta por el gobierno. Las relaciones entre bolcheviques y socialistas revolucionarios de izquierda estaban en un buen nivel. En el plano internacional, sin embargo, el poder soviético se debilitó debido al fracaso de las huelgas de marzo en Berlín, el inicio de la contrarrevolución en Finlandia y el agravamiento del enfrentamiento con la Rada ucraniana. Al mismo tiempo, la perspectiva de firmar una paz muy desfavorable con los imperios centrales divide a los revolucionarios, el Partido Bolchevique, ahora Comunista, atraviesa una crisis de orientación.

Lenin realizó entonces el "giro Brest-Litovsk" (Liebman, 1976: 143-44). En "Las tareas inmediatas del poder soviético" (28 de abril 1918), el dirigente del Partido y el Estado sopesa su confianza en la capacidad de iniciativa de las masas y da prioridad a la industrialización, la modernización y el fortalecimiento del Estado como condiciones para la supervivencia de la revolución:

La posibilidad de realizar el socialismo quedará precisamente determinada por el grado en que logremos combinar el Poder soviético (...) con los últimos progresos del capitalismo. Hay que organizar en Rusia el estudio y la enseñanza del sistema Taylor, su experimentación y adaptación sistemáticas. (Lenin, 1986a: 195).

En la primavera de 1918, los sóviets comenzaron a perder sus prerrogativas. El 18 de marzo, cuatro comunistas de izquierda dimitieron del Sovnarkom y los eseristas de izquierda hicieron lo mismo, tras meses de crítica a la política de los bolcheviques. Todos rechazaban la paz de Brest-Litovsk. Sin embargo, la ruptura de los eseristas de izquierda no llegó a ser total. Siguieron trabajando en el CEC y en la Cheka. Con el traslado del gobierno a Moscú, la supervivencia de la "comuna de Petrogrado", amenazada por el ejército alemán, se basó en la cooperación de los eseristas de izquierda, limitando el uso del terror y los excesos de la Cheka (Rabinowitch, 2007: 260-82).

Sin embargo, al reforzar la centralización, la disciplina y el papel de los expertos, en lugar de la democracia soviética y la iniciativa de las masas, el Sovnarkom se aliena cada vez más de sus antiguos aliados. La organización de destacamentos para incautar cereales y de comités de campesinos pobres para endurecer la lucha de clases en el campo terminó de irritarlos. Desde junio, la sección campesina del CEC, que efectuaba un trabajo de propaganda, formación e investigación entre los campesinos para preparar la reforma agraria, recibió informes de la extrema violencia y arbitrariedad de las requisas[1] (Rabinowitch 2007: 284-85). Por eso se adelantó la convocatoria al V Congreso de los Soviets, donde los eseristas de izquierda esperaban recibir el apoyo de los comunistas de izquierda. Más allá del sistema de votación desfavorable al campo[2], la abrumadora mayoría obtenida por los bolcheviques (678 delegados contra 269 eseristas de izquierda) convenció al comité central de los socialistas revolucionarios de izquierda de que era víctima de un fraude y lo empujó a un golpe brutal: el asesinato del conde von Mirbach, embajador alemán en Moscú, la toma de la sede de la Cheka y la detención provisional de Dzerzhinsky. El Sovnarkom denuncia un intento de golpe de Estado, arresta muchos socialistas revolucionarios de izquierda, los excluye de los sóviets y cierra sus periódicos. La sección campesina del CEC mantuvo una existencia meramente fantasmal, mientras que el mismo CEC se reunía sólo una vez al mes hasta el VI Congreso, en noviembre.

¿Pudo haberse mantenido la colaboración entre comunistas y socialistas revolucionarios de izquierda en Rusia si Lenin y el Sovnarkom los hubieran tratado mejor, como ocurrió en Petrogrado? No es posible descartarlo. Las relaciones entre comunistas y s-r de izquierda ucranianos (un partido, es verdad, con historia diferente) fueron menos conflictivas. ¿Eso tal vez hubiera hecho que los bolcheviques prestaran más atención a la defensa de la democracia soviética y a las reivindicaciones de los campesinos ante los abusos de la requisa, evitando un régimen de partido único? La paradoja, es que la voluntad de los eseristas de izquierda de forzar la reanudación de las hostilidades con Alemania chocaba frontalmente con la aspiración de los campesinos a la paz, que era, junto con el reparto de la tierra, lo que los había ganado para la revolución. Tampoco se debe exagerar la implantación de los socialistas-revolucionarios de izquierda entre los campesinos, ya que los cuadros del Partido Socialista-Revolucionario (fueran de izquierda o de derecha) habían perdido base material en las provincias con la sustitución por los sóviets de los zemstvos (asambleas territoriales creadas después de la abolición de la servidumbre), en los que habían ocupado muchos puestos secundarios.

Finalmente, según escribiera Víctor Serge en 1947, después del golpe del 6 de julio de 1918 los eseristas de izquierda fueron los primeros en proclamar por radio "un gobierno de partido único"[3] • A su ojos "Todos los partidos revolucionarios rusos" (bolcheviques, mencheviques y eseristas de izquierda) eran "autoritarios, muy centralizados y disciplinados". Todos compartían "cierta amoralidad práctica" con "una mentalidad jacobina, proletaria o no". Todos "eran estatalistas por su estructura y los objetivos que se fijaban". Los mismos anarquistas, en las regiones ocupadas por el Ejército Negro de Néstor Makhno, "ejercían una auténtica dictadura, acompañada de confiscaciones, requisas, detenciones y ejecuciones". Sólo los mencheviques de izquierda de la tendencia de Mártov "interesados en una concepción democrática de la revolución", fueron excepción. En todo caso los bolcheviques tenían la ventaja de ser simultáneamente de "convicción marxista", defender "la hegemonía del proletariado en la revolución", compartir "un internacionalismo intransigente" y preconizar "la unidad de pensamiento y de acción". Y agrega poco más adelante "No había lugar en el Imperio de los zares ni para el oportunismo parlamentario ni para los compromisos cotidianos; una realidad social simple y brutal engendraba una fe activa y completa" (Serge, 2017).

 

El comunismo de guerra

Mientras tanto, el comunismo de guerra, destinado a combatir la contrarrevolución armada con respaldo de las potencias imperialistas, da a los bolcheviques nuevas razones para que la dirección del Partido sustituya la de la clase obrera (para no hablar del campesinado). Así, las requisas forzadas, el terror rojo, la toma de rehenes y los castigos colectivos apartaron a la revolución de sus objetivos igualitarios y democráticos[4]. Los opositores de izquierda denuncian el desplazamiento de la autoridad, a todos los niveles del Partido, de congresos y conferencias a los comités electos y no electos, y de los comités a sus secretarios permanentes, cuyo número no deja de crecer, no rinden cuentas a las bases y desarrollan un verdadero espíritu de cuerpo.

Por lo tanto, Trotsky no hacía más que expresar una opinión dominante entre los dirigentes del PCR(b)R cuando escribió, en mayo de 1920:

El papel excepcional que desempeña el partido comunista cuando triunfa la revolución proletaria es perfectamente comprensible. Se trata de la dictadura de una clase. La clase se compone de diferentes capas, cuyos sentimientos y opiniones no son unánimes y cuyo nivel intelectual varía. Ahora bien, la dictadura presupone unidad de voluntad, unidad de tendencia, unidad de acción. ¿Por qué otro procedimiento podría implantarse? La dominación revolucionaria del proletariado supone dentro del proletariado mismo la dominación de un partido dotado de un programa definido de acción y de una disciplina interna indiscutible. (Trotsky, 2020: 74).

Al mismo tiempo, como reconoce Figes, el Ejército Rojo era también un lugar de educación:

A finales de 1920 había tres mil escuelas del Ejército Rojo, con más de dos millones de libros. (...) Los manuales y libros de texto estaban llenos de escenas de la vida cotidiana, familiares para los campesinos, de las que se extraían lecciones morales y políticas. Éstos eran los abecedarios del comunismo. Dora Elkina recuerda cómo en 1919 improvisó una clase de lectura (...) se volvió hacia la pizarra y escribió: "No somos esclavos, esclavos no somos". (Figes, 2027: 823).

Se organizaron clubes de lectura y grupos de debate, conferencias, conciertos, representaciones teatrales e incluso proyecciones de películas. Sin embargo, aunque la educación popular es un factor clave en la construcción del socialismo desde abajo, no es condición suficiente, porque los educadores también necesitan ser educados. ¿Y cómo podrían ser educados sin una democracia soviética viva?

Con un aparato del Partido que se confunde cada vez más con el Estado, "la emancipación de la clase obrera" ya no puede ser "obra de los trabajadores mismos" según indicara Marx en 1864, en los Estatutos de la AIT. Lenin lo advierte cuando polemiza contra Trotsky sobre el papel de los sindicatos, a los que éste pretendía confiar la gestión de la economía, aduciendo que el PC(b)R sólo tenía 600.000 afiliados, en tanto los sindicatos tenían 6 millones. Pretendiendo asignarles esa responsabilidad, creía dar más poder a la clase obrera, pero a costa de su independencia con respecto a un Estado que no es del todo suyo (cf. Rosenberg, 1934). Lenin objeta que

(...) el proletariado está todavía tan fraccionado, tan menospreciado, tan corrompido (...), que la organización integral del proletariado no puede ejercer directamente la dictadura de este. La dictadura sólo puede ejercerla la vanguardia que concentra en sus filas la energía revolucionaria de la clase. (Lenin, 1986c: 21o).

Critica a Trotsky por no ver que, entre el partido y las masas, "la máquina de los sóviets" y los sindicatos son "correas de transmisión" indispensables. Insiste en que los últimos tienen una función "educadora, una organización que atrae e instruye" al proletariado sin ejercer coacción sobre él. Y añade que los trabajadores tienen buenas razones para defenderse de un Estado que "No es del todo obrero" y tiene "una deformación burocrática" (Lenin, 1986c: 214).

Este alegato a favor de la independencia sindical indica que Lenin percibe la desconfianza de los de abajo hacia el Partido-Estado y los "burócratas rojos", cuya autoridad había ido creciendo con la centralización y fortalecimiento del aparato, provocando la resistencia del grupo "Centralismo Democrático" y de la Oposición Obrera. Sin embargo, no saca todas las consecuencias políticas de ello. En la población trabajadora el descontento aumenta; los levantamientos campesinos, en particular los de Tiumén y Tambov (finales de 1920-principios de 1921), toman proporciones excepcionales y entran en resonancia con las huelgas obreras de Moscú y Petrogrado, se transforman en la insurrección en Cronstadt, exigiendo la democracia de los sóviets, la libertad sindical, de organización, de reunión y de prensa, y la liberación de los presos políticos obreros y campesinos. Como señala Aldo Casas, la sangrienta represión de este levantamiento, que fue sin embargo aprobada por todo el Partido, debe ser considerada no sólo como "un grave error político", sino también como un "crimen" injustificable.

La salida del "comunismo de guerra" decidida en el X Congreso del PC(b)R en marzo de 1921, llegó con un año de atraso (Kowalewski, 2021 b). A partir del verano de 1920, la crisis agrícola había alcanzado el punto de no retorno que conduciría a la hambruna de 1921-22. Sin embargo, ya en marzo Trotsky había propuesto un cambio de política, juzgando que los problemas de abastecimiento estaban relacionados con que las requisas no alentaban a que los campesinos produjeran más que lo necesario para su consumo. Chubarov, un jefe de distrito de la provincia de Riazán proveniente de los eseristas de izquierda, explicaba entonces que, terminada la cosecha, los campesinos consumían todo lo que podían para reducir lo que podía quitarles el Estado, que era visto como un ocupante extranjero (Pavlioutchenko, 1996: 117). Habiendo sido rechazado todo cambio de rumbo por la mayoría del Comité Central, Trotsky intentó entonces mejorar la eficiencia del transporte apostando a conseguir en los asalariados un empeño, una emulación y una disciplina del mismo tipo que la impuesta a los soldados del Ejército Rojo, chocando en seguida con su sindicato y después con Lenin. Sin embargo, a sus ojos, esa "militarización del trabajo" no se oponía a la democracia obrera, que entendía por el contrario reforzar con el control sindical de la economía (Mandel, 1955: 55).

Pero Lenin no quiere aflojar la presión sobre el campo, teme hacer concesiones al libre cambio y quiere evitar el conflicto con el apa­ rato sindical (Mandel, 1955: 55; Pavlyoushenko, 1996: 100). Se apoya en su círculo más cercano: el núcleo duro del Comité Central. La lucha que entabla durante cuatro meses contra el jefe del Ejército Rojo divide profundamente al Partido en un período de crisis aguda. Sus partidarios toman medidas fuertes para apartar a Trotsky, Bujarin y su fracción de las instancias dirigentes. La historiografía rusa reciente tiende a sugerir que fue este enfrentamiento, y no la lucha contra la Oposición Obrera, el que llevó a Lenin a proponer en el X Congreso la prohibición de plataformas políticas enfrentadas en el seno del PC(b)R[5]. En el XI Congreso (marzo-abril de 1922), concediendo un poder excepcional al aparato del Partido y proponiendo a Stalin para el cargo de Secretario General, evidencia que aún no advertía una relación de complicidad entre la maquinaria del PC(b)R y la del Estado. Un comentario hecho en el congreso lo atestigua:

Si nos fijamos en Moscú -4.700 comunistas ocupan cargos de responsabilidad- y observamos esta mole burocrática, este montón, nos preguntamos ¿Quién conduce a quién? Pongo muy en duda que se pueda decir que los comunistas conducen ese montón. (Lenin, 1987b: 102).

 

Los últimos combates de Lenin

El viraje económico de la NEP marca una pausa. Busca incrementar la producción introduciendo regulaciones mercantiles: la venta de productos agrícolas, la formación de empresas privadas, el fortalecimiento de los directores de empresa, la restricción del derecho de huelga y las concesiones al capital extranjero. Mientras el poder siga en manos del PC(b)R, este "extraordinario" capitalismo de Estado -el calificativo es de Lenin- no amenaza las conquistas de Octubre. Su "tarea principal (...) consiste en establecer una ligazón entre la nueva economía que hemos comenzado a construir (...) y la economía campesina, de la que viven millones y millones de campesinos" (Lenin, 1987b: 82). Ese giro coincidió con la centralización del poder político y la prohibición de las fracciones en el partido. Esta medida, que Lenin habría estado dispuesto a revisar en los últimos meses de su vida política (Lewin 1967), rompió sin embargo las alas de la Oposición Obrera, para no hablar de los otros grupos todavía ligados a un proletariado debilitado.

Trotsky y sus partidarios salen aislados del X Congreso, aunque luchan junto con Lenin en el III Congreso de la Internacional, en junio de 1921. Lenin llama a que los comunistas conformen un bloque. Se depura al partido y la Inspección Obrera y Campesina y la Comisión Central de Control son reforzadas. Lenin intenta incluso expulsar a los miembros de la Oposición Obrera, a quienes acusa de "sembrar el pánico" durante "un retroceso de inaudita dificultad" (Lenin, 1987b: 95). "No podemos", repite, "luchar con pleno éxito contra el burocratismo y aplicar la democracia consecuente porque somos débiles"; el Estado no puede ser sometido al control de un proletariado desclasa­ do, agotado y desmoralizado, donde el cierre de empresas hace que "los obreros abandonen simplemente las fábricas (...) dejando de ser obreros" (Lenin, 1987a: 41)[6]. Por lo tanto, aboga por la movilización de las masas, pero no por su participación en el poder. "Puede que nuestro mecanismo sea hasta malo, pero (...) la primera máquina de vapor que se inventó también era mala (...). Lo que importa es que el inventó se consumó" (Lenin, 1987a: 116).

John Marot (2019) considera que la NEP era la única alternativa al estalinismo, garantizando más libertad a la pequeña producción campesina y a la clase obrera, a pesar de la burocratización del Estado y del Partido. No cree en cambio que hubiera podido conducir al socialismo, ni siquiera "a paso de tortuga", debido al predominio de la producción campesina a pequeña escala en Rusia (Marot, 2012). Indudablemente, Lenin no veía las cosas de la misma manera, pues consideraba que cualquier avance hacia el socialismo, en la URSS y en el mundo, dependía de un factor político clave: la dirección del Estado y de la Internacional por los comunistas y no por la burocracia. Después del segundo ataque el 21 de noviembre de 1922, que lo dejó paralizado del lado derecho y aislado por disposición del Buró polí­ tico, se alió con Trotsky en vistas del XII Congreso del PC(b)R (que se realizaría el 17-25 de abril de 1923). Criticó duramente a la Inspección Obrera y Campesina y a la Comisión Central de Control, que propuso depurar y reformar. Defendió una administración más reducida, más prudente y más ágil, capaz de trabajar por la alianza del proletariado y el campesinado[7]

En sus notas secretas, prepara una "bomba" contra Stalin, al que quiere alejar del cargo de Secretario General. Este es su famoso "Testamento" (Lewin, 1967; Buranov, 1994). Tiene la intención de proponer al congreso la lucha contra la burocracia en el seno del Partido y el Buró de Organización (baluarte de Stalin) (Trotsky, 2008: 406). Orlando Figes (2007: 990) afirma: "Si el último ataque de Lenin no le hubiera impedido hablar en el congreso de 1923, el nombre de Stalin sólo aparecería en las notas a pie de página de los libros de historia rusa". A la espera de la revolución pendiente en los países más avanzados y el fortalecimiento social y cultural de la clase obrera a través de la industrialización, la educación y la cooperación deberían permitir ganar tiempo. En todos los casos, la política del Partido y del Estado soviético debía permanecer en manos de los comunistas internacionalistas. Quizá sea ésta una de las razones, y no la menor, por las que se acercó a Trotsky, con quien libró batallas esenciales en el IW y el 1ve congresos de la Internacional Comunista, en junio de 1921 y noviembre de 1922.

 

Diálogo interrumpido y citas perdidas con la Revolución Alemana

En octubre de 1923, en tanto que Lenin ya no podía hablar ni escribir, la Revolución Rusa se preparaba para una última cita con la Revolución Alemana, en la que había depositado grandes esperanzas desde 1917. Unos años antes, a principios de 1918, en la prisión de Breslau, Rosa Luxemburgo temía el fracaso del Octubre ruso, que se había visto obligado a distribuir la propiedad de la tierra a los campesinos, a conceder la autodeterminación a las naciones no rusas del Imperio y a restringir las libertades democráticas. Aunque aprobaba la disolución de la Constituyente, abogaba por su reelección y por la coexistencia de los sóviets con un parlamento. Estimaba que la restricción de los derechos democráticos, especialmente la libertad de prensa, asociación y reunión, dificultaría la experiencia, la educación y, por tanto, el dominio de las amplias masas. juzgaba finalmente que "con el sofocamiento de la vida política en todo el país la misma vida de los soviets no podrá esca­ par a una parálisis cada vez más extendida" (Luxemburg, 2017: 65-66).

En todo caso, en el otoño de 1918, la revolución alemana se anuncia de manera más auspiciosa que su homóloga rusa. Los presos políticos fueron liberados; ningún socialista defendió la continuación de la guerra; finalmente, el gobierno imperial se derrumbó sin luchar. Los "comisarios del pueblo" que están en el gobierno son los socialdemócratas mayoritarios (SPD) e independientes (USPD), responsables ante el Comité Ejecutivo de los Consejos Obreros. Carece sin embargo de un partido revolucionario experimentado e implantado. La izquierda socialdemócrata de Bremen y Hamburgo y los espartaquistas eran débiles y heterogéneos, a pesar del prestigio de Karl Liebknecht. En enero de 1919, el flamante Partido Comunista (KPD), que contra la opinión de sus dirigentes había boicoteado la elección a la Asamblea Constituyente, no logró ganarse a los "delegados revolucionarios" en las fábricas de Berlín. Cae en una trampa al confundir la movilización defensiva contra la destitución del jefe socialdemócrata de izquierdas de la policía de Berlín con la señal de la revolución. Liebknecht y Luxemburg fueron asesinados en la represión que se desencadenó.

Ciudad tras ciudad, el ejército y los cuerpos libres acabaron con el poder de los consejos. En Berlín, en marzo, fue aplastada una huelga general al precio de 1.000 o 2.000 muertos. En Baviera, el socialista independiente Kurt Eisner es asesinado, lo que provoca el levanta­ miento de Múnich y la proclamación de la Primera República de los consejos de Baviera, el 7 de abril, que resiste durante una semana. La Segunda República de los consejos, dirigida por los comunistas, fue aplastada el 1° de mayo por tropas enviadas desde Berlín. La revolución alemana entró entonces en una fase defensiva. En marzo de 1920, el golpe militar de Kapp y von Lütwitz fracasa -excepto en Baviera- frente a la movilización de doce millones de huelguistas por los sindicatos. El KPD llamó entonces a un "gobierno obrero" y dirigió una "Carta abierta" a los socialistas y a los sindicatos para defender juntos los logros sociales y democráticos de la revolución. Esta línea de frente unido fue concebida por Paul Levi, decidido opositor a los experimentos "golpistas" de Baviera y Hungría, que expulsa al ala izquierdista del partido y logra la fusión del KPD con el USPD en diciembre de 1920, dando origen a un partido comunista de masas.

En marzo de 1921, la reacción quiso desarmar a las milicias obreras de Sajonia. El KPD, contra la opinión de Paul Levi y Clara Zetkin, llamó a la huelga general insurreccional. Fracasó, lo que dio lugar a una nueva ola represiva. Levi denunció públicamente el error político del partido y la Internacional, por lo que fue excluido. Desorientado, el KPD unificado perdió más de la mitad de sus miembros. Menos de dos años después, en agosto de 1923, la ocupación del Ruhr, la inflación galopante y la política antisocial del gobierno, llevaron a que los consejos obreros convocaran una huelga general que hizo caer al gabinete Cuno. Los comunistas entran en los gobiernos de Sajonia y Turingia para armar a los trabajadores en la perspectiva de una huelga general insurreccional, con una concepción burocrática, apoyada por Moscú, que eclipsó su preparación política. Será "desconvocada" a último momento, los socialdemócratas de izquierda y el congreso de los consejos de fábrica se negaron a apoyarla y abandonaron Sajonia a la Reichswehr y a los socialdemócratas de derecha, mientras que los comunistas de Hamburgo, ignorando la suspensión del movimiento, se levantaron solos. El fiasco marca el fin de la Revolución Alemana de 1918-1923.

La fuerza de Rosa Luxemburg reside en la comprensión del rol de la iniciativa de las masas a fin de ganar a la mayoría de la clase obrera para la revolución socialista. La subestimación de la función del Partido es su talón de Aquiles. Aunque ella advirtió, mucho antes que Lenin y Trotsky, la magnitud de la deriva conservadora de la socialdemocracia alemana, no concibió la necesidad de organizar su fracción revolucionaria. Esta contradicción nunca fue superada por sus sucesores, si se consideran tanto las innovaciones más creativas del Partido Comunista unificado de Alemania, con la dirección de Paul Levi, para ganar a la mayoría de la clase, como el izquierdismo e inmadurez de las iniciativas más desastrosas. Además, la paradoja de sus escritos de Breslau sobre la Revolución Rusa, subrayada por Antonio Louçã en su contribución a este volumen, toca su defensa de la democracia. Si bien tiene razón al afirmar que la libertad de opinión, de prensa y de organización son la condición misma de la supervivencia del poder soviético, sus críticas a la paz de Brest-Litovsk, al reparto de tierras a los campesinos o al reconocimiento del derecho de las naciones oprimidas a la autodeterminación, implican en realidad opciones más autoritarias que las de Lenin con respecto a la inmensa mayoría de las masas del Imperio ruso: el campesinado y las naciones alógenas.

 

Avances y decepciones de los comunistas frente a las aspiraciones subalternas

Desde Antonio Gramsci hasta Gayatri Spivak, la cuestión de los "subalternos" trata de los vínculos entre la posición social de los oprimidos y su subjetividad (Liguori, 2016; Spivak, 1988). En la búsqueda de pensar las luchas de emancipación nacional a partir de La ideología ale­ mana de Marx, Marko Bojcun (2021) parece haber dado un fundamento materialista a esta categoría mal definida. Para él, la lucha de clases no es, en última instancia, más que la expresión sociopolítica del rechazo a la división del trabajo y a la distribución desigual del producto que se deriva. Y a esto se debe que, incluso en la época del capitalismo, no es reductible a la confrontación entre burgueses y proletarios, y amplía su campo de acción cuestionando la división del trabajo entre hombres y mujeres, entre ciudades y campos, entre trabajadores intelectuales y manuales, entre naciones y pueblos dominantes y dominados, etc.

 

Contra el patriarcado

"Es un hecho claro e indiscutible que sin la participación de las mujeres, la Revolución de Octubre no habría podido llevar la bandera roja a la victoria", escribe Aleksandra Kollontai (1927). Fueron las obreras textiles de Petrogrado las que iniciaron la revolución del 8 de marzo, arrastrando a los obreros metalúrgicos, pese a la incredulidad de los partidos socialistas. El protagonismo de las mujeres en las luchas obreras no había dejado de crecer desde la revolución de 1905, dando vida a asociaciones y periódicos, en tanto que la guerra les abrió la puerta a nuevas funciones. Al comienzo de 1917, eran un tercio de los asalariados de Petrogrado (Marie 2017: 156). El Gobierno provisional les concedió el derecho al voto el 5 de mayo. Y si bien su lugar en los partidos, los sindicatos, los sóviets y los comités de fábrica seguía siendo modesto, figuras femeninas como la socia­ lista revolucionaria de izquierda Maria Spiridonova, las bolcheviques Aleksandra Kollontai e lnes Armand, o la menchevique internacionalista Eva Bro.ldo, ocupaban el centro de la escena. En este volumen, la contribución de María Orlanda Pinassi busca recolocar este aspecto esencial de la Revolución Rusa en su contexto histórico.

La Revolución de Octubre produjo una avalancha de decretos y medidas que tenían como objetivo la igualdad de género y la lucha contra el patriarcado: matrimonio civil, derecho al divorcio, no injerencia del Estado y la sociedad en las relaciones sexuales, des­ penalización de la homosexualidad, educación laica, protección de la maternidad y la primera infancia, igualdad de derechos para los niños nacidos fuera del matrimonio, creación de guarderías y come­ dores comunitarios, legalización del aborto (en 1920). Se adoptaron medidas sociales, como la reducción de la jornada laboral y la alfabetización, que alcanzaban directamente a las mujeres. Kollontai, que llegó a ser Comisario del Pueblo para la Protección Social, reivindica la importancia histórica de estas decisiones. Maria Spiridonova, presidenta de los II y III congresos de sóviets campesinos, tenía "más partidarios políticos que ninguna otra mujer en el mundo" (Bryant, 1918: 166-68). Las feministas radicales más reconocidas se opusieron a la paz de Brest-Litovsk al ser partidarias de la continuación de la guerra revolucionaria, lo que las aleja de responsabilidades políticas centra­ les, en la primavera de 1918

En ese momento cuando la guerra civil suspende la aplicación de los decretos revolucionarios, por falta de recursos. Los hombres se incorporan al Ejército Rojo, en tanto las mujeres que representaban el 40% de la población trabajadora en 1919, hacían frente al racionamiento, al mercado negro y a la hambruna. Sin embargo, casi 1.150 mujeres participan en el Congreso Panruso de Mujeres Trabajadoras en noviembre de 1918. El 18 de junio de 1919, Lenin deplora el hecho de que "la mujer continúa siendo esclava del hogar" (Lenin, 1919 a 1986 a OC t 39: 25). El Estado, desangrado, no tenía recursos para desarrollar guarderías, restaurantes colectivos, hogares infantiles, etc. Al terminar la guerra civil, muchas mujeres cayeron en el desempleo, y su situación no mejoró rápidamente con la NEP. La prostitución explotó, combatida a partir de 1920 por campos de trabajo. El 13 de julio de 1923, Trotsky sopesó la dificultad de "la transformación de la vida" de la cantidad inmensa de "las unidades más pequeñas de la comunidad: la familia", tarea que condiciona la "igualdad efectiva entre hombres y mujeres", sin la cual la igualdad económica y política no era más que una palabra vacía. Pese a que la "colectivización de la economía familiar y la educación de los niños" es impensable sin el enriquecimiento de la sociedad, alienta los experimentos pioneros (Trotsky, 2021).

 

Por la alianza con los agricultores

Entre 1917 y 1924, el campesinado representaba más del 80% de la población. En Rusia central, en particular, el mujik era considerado inculto, "oscuro como la noche", de ahí el énfasis de Lenin en la necesidad de educación. En los campos contaban los "hogares" (las familias y sus explotaciones, dominadas por el padre[8]), organizados por el "mir" de la aldea (comunidad que regulaba la distribución de la tierra según un principio igualitario), cuya influencia aumentó mucho con la revolución en detrimento de los antiguos terratenientes, y relativizando la de los sóviets y los comités de campesinos pobres. El jornalero agrícola, el campesino muy pobre y el campesino pobre (llamado medio) representan la inmensa mayoría de la población rural. Los incendios de las chozas, las heladas prolongadas o las sequías provocan falta de alimentos cada tres o cuatro años. El mujik practica una rotación de cultivos de tres años, siembra a mano y tiene herramientas rudimentarias. Cuando no posee un caballo o un buey, rotura sus escasas parcelas, a menudo muy separadas, a mano o con un arado de madera. El pueblo, que a menudo carece de agua potable, consume gran cantidad de aguardiente (samogon). Con el comunismo de guerra, las requisiciones[9] desalentaron la producción.

Sin embargo, con la victoria de los rojos el campesino ya no temía el regreso de los antiguos amos y pudo levantarse contra el comunismo de guerra. Por eso, a partir de la primavera de 1921, la NEP propuso una nueva alianza. Lenin se resignó tardíamente, con­ vencido equivocadamente de que "el campesinado segrega el capitalismo cada día, cada hora" (citado en Lewin, 1966: 39). En sus últimos escritos, aboga por la cooperación y pide que el Estado la apoye de la misma manera que a la industria pesada, dado que es portadora de una "revolución cultural" posibilitada gracias al desarrollo de los "medios materiales de producción"[10] (Lenin, 1923). Aquí se ocupa de las cooperativas de consumo, aunque también considera su papel en la producción sin mayores precisiones (Preobrazhensky, 1972: 310-20). El objetivo de la retirada no es construir el socialismo "en un solo país", sino "aguantar", aunque la revolución internacional se haga esperar. Debía garantizar un fondo de acumulación, promover el aumento de la productividad del trabajo y llevar a la reducción de la plétora burocrática. La industrialización fue el leitmotiv de Lenin y de la Oposición de Izquierda, al que Bujarin acabó sumándose (Lewin, 1966: cap. 4). Al comienzo, la NEP pretendía financiarla a través de los impuestos y el intercambio desigual con los campesinos, tributario de un aumento más rápido de la productividad en el sector industrial socializado que en la pequeña producción privada campesina. Al mismo tiempo, tenía el objetivo de aumentar la productividad de la agricultura (tractores, fertilizantes, electrificación, etc.) sin recurrir a la coacción política. Pero, ¿con qué ritmos, a costa de quién y con qué forma de participación popular en la toma de decisiones?

La tesis de Marot (2012), según la cual la economía campesina rusa habría sido precapitalista, homogénea e inmóvil y que, sin una imposición política externa, se reproduciría en un circuito cerrado, insensible al mercado, es una generalización apresurada. En realidad, los rendimientos eran diferentes según la región: el sur de Siberia, la cuenca del Don y Ucrania eran mucho más fértiles que la Rusia central. Aquí, la tierra era pobre en humus y la temporada agrícola muy corta (de principios de mayo a principios de octubre), un factor de fragilidad que compensaba la fuerte cohesión de la comunidad campesina (el mir). Históricamente, este contexto había favorecido un poder autocrático y un régimen de servidumbre muy duro, una especie de colonialismo interno, destinado a optimizar el excedente social en beneficio del Estado y de los terratenientes (L. V. Milov, cit. por Kowalewski, 2022). Al mismo tiempo, había secretado un poder militarizado que tendía a la continua colonización de nuevos territorios en busca de recursos (Etkind, 2011). Así, a escala del imperio, la productividad de la agricultura era bastante desigual, sus modos de explotación diferentes y sus estructuras sociales variadas, permitiendo cierta diferenciación social.

 

Contra la opresión nacional y colonial

Para Lenin, la revolución no podía triunfar sin el apoyo de los pueblos oprimidos que el chovinismo gran ruso mantenía "encarcelados". Defendió su derecho a la autodeterminación hasta la sepa­ ración. En octubre de 1914, comparó la subordinación de Ucrania a Rusia con la de Irlanda a Inglaterra. Sin embargo, a medida que avanzaba la revolución, sus posiciones se volvieron más ambivalentes, sobre todo cuando recomendó, contra Trotsky, una contraofensiva sobre Varsovia en julio de 1920, menospreciando el sentimiento nacional polaco, lo que condujo a la derrota del Ejército Rojo y la ocupación del occidente de Ucrania, lo que tuvo pesadas consecuencias para la expansión de la revolución hacia el oeste. Además, las posiciones teóricas de Lenin sobre la cuestión nacional, de las que se apartó reiteradamente en el calor de la acción, estaban lejos de ser asimila­ das y compartidas por los demás dirigentes bolcheviques. Lo que es cierto para el caso de Ucrania, que es objeto de tres contribuciones en este volumen (extensas citas de anteriores trabajos de Kowalewski, Broué, y Ford), también es cierto para el caso de Georgia, ocupada por el Ejército Rojo entre el 15 de febrero y el 16 de marzo de 1921.

El 31 de diciembre de 1922, Lenin defiende la lucha contra las "relaciones imperialistas" impuestas a las naciones oprimidas del antiguo imperio zarista, citando como ejemplo el destino de los tártaros, ucranianos, georgianos y otros pueblos del Cáucaso. Apuntando a Stalin escribió:

El georgiano (...) que negligentemente lance acusaciones de "socialismo nacionalista", (cuando él mismo es no sólo un verdadero, un genuino "socialista nacionalista", sino también un vulgar Derzhimorda gran ruso), viola en realidad los intereses de la solidaridad de clase proletaria, porque no hay cosa que retrase más el desarrollo y la consolidación de la solidaridad proletaria de clase que la injusticia nacional" (Lenin, 1978 OC t 36: 483).

Este ataque viene a completar la victoria obtenida la víspera, en el Primer Congreso de los Sóviets de la URSS, que validó su proyecto de una federación de repúblicas soviéticas con igualdad de derechos, incluido el derecho de separación. En sus notas, recomienda el uso de las lenguas nacionales en todos los ámbitos de la vida social y preveía que el próximo Congreso de los Sóviets descentralizara los comisaria­ dos del pueblo en cada república, excepto en Diplomacia y Defensa. En un momento en que el mundo colonial despertaba a la lucha antiimperialista, convirtiéndose en un aliado potencial de la Unión Soviética, los comunistas tenían que actuar de manera ejemplar en las colonias rusas de Asia Central. Fuente de materias primas, con un bajo nivel de desarrollo socioeconómico y cultural, eran herederas de un estatus discriminatorio dentro del lmperio[11]. Con el desarrollo de los ferrocarriles, sus poblaciones sufrieron el asalto de cientos de mi­ les de colonos rusos que se apoderaron de las mejores tierras (Hallez, 2012: 43). En 1921, en su Revolución Colonial, el bolchevique Georgi Safarov señalaba que la situación no había cambiado en Turquestán, donde "la dictadura del proletariado adquirió un aspecto típicamente colonial desde los primeros momentos" (cit. en Kowalewski, 2022); incluso deplora "un abismo infranqueable entre la ciudad dominada por los sóviets y las masas indígenas" (citado en Broué, 1997: 268). En el mismo volumen generaliza así su pensamiento: "La larga marcha de la historia mundial ha visto la colisión entre el capitalismo y sus herederos directos, los proletarios revolucionarios, y sus bastardos, los pueblos oprimidos" (Prezioso, 2017: 335).

 

* * *

 

En el salto de la Revolución de Octubre, los comunistas no tenían receta para la autoemancipación de un país atrasado, en tanto no pudieran apoyarse en la extensión de la revolución a uno o varios países avanzados. No tenían programa para la emancipación de la mujer y la subversión de la familia patriarcal. No "tenían un modelo para tratar la cuestión nacional" (Smith, 1999: XI) y estaban descubriendo sus colonias de Asia Central. Conocían poco a su campesinado, con relación al cual habían dado sin embargo un paso decisivo: el reparto de la tierra. En 1921, el giro de la NEP romperá con los peores errores del comunismo de guerra, pero sería también necesario conducir su desarrollo, y el del incipiente sistema de planificación, todo lo cual era imposible sin un debate abierto y un retorno a la democracia de los sóviets. En estos frentes, la centralización del Partido-Estado, el ahogo de las divergencias en su seno y la burocratización de un aparato pletórico, dominado por Stalin, abrieron el camino a una contrarrevolución de proporciones aterradoras. Víctor Serge (1947) la considera, con razón, una "ruptura sangrienta" con el bolchevismo. Pero no deja de ser legítimo preguntarse si Lenin, Trotsky y sus camaradas, iniciadores de una "ardiente y creativa forma rusa de socialismo" (Serge, 1947), supieron siempre seguir el mejor camino para evitar su aparición.

 

 

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[1] En marzo de 1919, en su "Informe del Comité Central" Lenin reconoció que los golpes contra los kulaks habían alcanzado a menudo a los campesinos medianos : "En este terreno hemos pecado muchísimo" (Lenin, 1986b: 156).

[2] La Constitución del 1O de julio de 1918 concedió el derecho de voto a todos los hombres y mujeres mayores de 18 años que vivieran de su trabajo, soldados o inválidos, con la excepción de las personas que trabajaran como empleados. Tam­ bién prevé la sobrerrepresentación de las ciudades (1 delegado por cada 25.000 votantes) en comparación con el campo (1 delegado por cada 125.000 votantes).

[3] En realidad, uno de los líderes del PS-R de Izquierda, Prosh Proshian, aparente­ mente sin aprobación de su comité central, decidió ocupar la oficina de telégrafos de Moscú y ordenó interceptar cualquier telegrama de Lenin, Trotsky o Sverdlov en nombre de su partido, ahora en el poder (Rabinowitch, 2007: 294).

[4] Hal Draper sostiene que la concepción de Lenin y los bolcheviques de la dictadura del proletariado no era la de Marx, en la medida en que sustituía la dictadura de la clase por la del Partido. En el primer aniversario de Octubre, en un discurso destinado a los hombres de la Cheka, Lenin llegó a pronunciar estas palabras extremas: «Lo importante para nosotros es que la Cheka ejerza directamente la dictadura del proletariado. (...) No hay manera de emancipar al pueblo sin suprimir a los explotadores por la fuerza. Esto es lo que hace la Cheka y en esto consiste su servicio al proletariado» (citado en Draper, 1987: 104).

[5] Véanse sobre este tema las obras en ruso de S. L. Pavlyushenko, The Order of Knights: Party and Power after the Revolution. 1917-1929, 2008) y S. S. Voytikov, Trotsky y la conspiración en el Estado Mayor Rojo (2009).

[6] De hecho, después de haber duplicado su tamaño durante la Primera Guerra Mundial, a mediados de 1918 el proletariado industrial había vuelto aproximadamente a su tamaño anterior a la guerra; se había reducido en una cuarta parte a principios de 1920, sin afectar demasiado a los trabajadore s calificado s, y en total en más de la mitad a finales de 1921 (Kowalewski, 2021a).

[7] Los últimos artículos y notas dictados por Lenin en 1923 están incluidos en el tomo 36 de Lenin Obras Completas, Akal Editor, Madrid, 1978 [Nota del editor].

[8] La tiranía patriarcal en el pueblo explica el éxito del Komsomol en la juventud rural (Kowalewski, 2021 b).

[9] Los datos y las citas de este párrafo están tomados de Lewin (1966: 21-38 y 75-95).

[10] A este respecto, Alexander Sumpf (2010) ha proporcionado una vívida imagen del trabajo de los educadores políticos rurales en Rusia en la década de 1920.

[11] A partir de 1822, las poblaciones de Siberia y Asia Central, a excepción de los tártaros y bashkires, asimilados jurídicamente a las demás poblaciones del imperio des­ de finales del siglo XVIII, recibieron un estatus discriminatorio de alógenos (Hallez, 2012: 33-34).

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