28/05/2024

El “mal menor” como argumento y como táctica, desde Marx hasta el presente

En principio, el concepto del “mal menor” es aplicable a cualquier elección entre alternativas, ya sea por individuos o por organizaciones. Puede referirse a acciones específicas o a problemas generales y ha sido invocado por todas las orientaciones políticas. En la tradición marxista, este concepto ha sido en su mayor parte más comúnmente referido a las decisiones sobre si dar un apoyo táctico momentáneo a una u otra formación política burguesa. Pero la discusión esencial para un enfoque sobre el “mal menor” puede surgir en los niveles más diversos. Puede ser usado refiriéndose a instituciones básicas, enfrentando a la república democrática contra alguna forma de gobierno autoritario. También puede ser usado para discutir una retirada o compromiso estratégico ante las amenazas a la supervivencia de un movimiento o de un régimen.

En una república democrática, puede ser usada para defender un frente unido con partidos burgueses contra la represión o a favor de políticas sociales progresistas. O en el contexto particular de las campañas electorales, puede ser usado para caracterizar la táctica de apoyar a un candidato o partido que no es de la clase obrera contra otro (una táctica que puede o no implicar argumentar que el candidato favorecido es en algún grado “menos malo”).

En todas estas decisiones es común el compromiso subyacente de esforzarse por conquistar el presunto “bien”, que a largo plazo sería la sociedad de “productores asociados”, y a corto plazo es el crecimiento de un movimiento obrero independiente, o la consolidación de un régimen revolucionario. En cada caso, las respuestas varían desde una posición maximalista, que afirma que la tarea positiva de promover la revolución eclipsa en importancia toda posible preocupación sobre si una expresión del poder burgués puede ser peor que otra, hasta una minimalista, que se va absorbiendo tanto con la necesidad de responder a las amenazas inmediatas que pierde de vista a la meta original del movimiento. Los maximalistas a veces utilizan la peyorativa expresión “malmenorismo”. Intentando desacreditar la idea de dar siquiera un apoyo limitado y transitorio a cualquier formación burguesa. Sin embargo, de hecho, las determinaciones del mal menor (o la menor cantidad de daño) están intrínsecas en toda decisión que exija cálculos defensivos, en contraste con cuando se emprende una clara prosecución de una meta positiva. Es imposible evitar esos cálculos; el desafío, para un partido revolucionario, es mantenerlos dentro de límites apropiados.

Por otra parte, fuera de la tradición marxista y más allá del nivel de los cálculos puramente pragmáticos, en la década pasada el concepto del mal menor ha adquirido un papel bastante novedoso como una supuesta justificación ética para el capitalismo en una época de crisis intensificada (tanto ecológica como económicamente) y de una desenfrenada intervención militar global de los Estados Unidos.

Marx y Engels y los cálculos electorales

El debate político sobre el mal menor es tan viejo como la actividad organizada de la clase obrera. Se originó con el proyecto de constituir a la clase obrera como una fuerza política independiente. Desde un principio, Marx y Engels trabajaban en este proyecto. Ya desde 1847, gran parte de sus escritos estaban directamente relacionados con sus esfuerzos organizativos en lanzar un movimiento comunista en el contexto de la monarquía prusiana. El reducido número de opciones electorales rápidamente los confrontó con un caso del “mal menor”. Ya en junio de 1848, para Marx y Engels era evidente la alianza de la gran burguesía con la reacción feudal. Discutiendo sobre las elecciones a la asamblea constituyente prusiana de 1849, sin embargo, Marx distinguía entre las tácticas electorales del movimiento y su organización a más largo plazo: “Donde hay una lucha contra el gobierno existente, nos aliamos hasta con nuestros enemigos (…) Ahora, luego de la elección, afirmamos nuevamente nuestra vieja posición implacable no solo contra el gobierno sino también contra la oposición oficial”.

En este enfoque subyacía la convicción de Marx de que un Estado democrático, comparado con cualquier régimen absolutista, para el proletariado tenía la ventaja de no velar los antagonismos sociales. En este sentido, el Estado democrático, sobre cuya base social él no tenía ilusiones, era verdaderamente para Marx un “mal menor”.

Sin embargo, dado que el marco institucional ya no estaba en cuestión, el énfasis de Marx cambiaba dramáticamente. En marzo de 1850, hablando en nombre de la Liga de los Comunistas, él y Engels decían que “en todas partes se pusieran los candidatos de los obreros frente a los candidatos democráticos burgueses” y que los obreros “no deben permitir que los sobornen esos argumentos de los demócratas, como por ejemplo, que al hacerlo están dividiendo al partido democrático y dando la posibilidad de triunfar a los reaccionarios”. Pero debería notarse que el único peligro que anticipaban era “la presencia de unos pocos reaccionarios en el cuerpo representativo”. En este marco, continuarían haciendo hincapié en la centralización de la organización obrera independiente. En el caso en que el Estado pudiera limitar los avances de la clase obrera, ellos no dudarían en elaborar una estrategia y una acción por fuera de la estructura parlamentaria. Luego de la clausura en 1849 de la Nueva Gaceta del Rin, para Engels, aunque el parlamentarismo había surgido inicialmente en Alemania como un mal menor comparado con el absolutismo, la lucha callejera pasó a ser vista como un mal menor, para evitar el peligro mayor de la cooptación parlamentaria.

Lenin y el constitucionalismo burgués

En la Rusia prerrevolucionaria, Lenin no consideraba al constitucionalismo burgués como una opción viable (y menos aún un régimen potencialmente preferible), sino como una estructura opuesta, cuyas implicancias para la organización de la clase obrera eran totalmente diferentes de las de sus propios entornos políticos. En ¿Qué hacer? (1902), gran parte de su discusión sobre el carácter de la organización revolucionaria, concluye con que estaba dictada por la “falta de libertad política” en la Rusia de entonces. Pero el grado de represión zarista también estaba sujeto a cambios, dependiendo del equilibrio de las fuerzas de clase. Cuando surgieron las posibilidades para la “agitación legal” en 1907, Lenin insistió en que el partido debía utilizarlas para no quedar aislados de su base obrera. Votando en esa ocasión para la participación en la Duma (un débil organismo parlamentario permitido por el zar luego de 1905), Lenin fue criticado por camaradas del partido que lo vieron como un acto de traición. Por supuesto, esa crítica reflejaba la falta de distinción entre las decisiones tácticas o coyunturales y la meta a largo plazo. Las decisiones tácticas habitualmente implican un compromiso. En la medida en que una sucesión de esas decisiones pueda alterar el resultado a largo plazo, el problema puede no ser tanto de traición como de un reconocimiento insuficiente de las fuerzas que están en juego.

El ensayo de Lenin “sobre los compromisos” escrito ocho semanas antes de la revolución de octubre de 1917, fue debido a una coyuntura similar a la de 1907. La ventaja que procuraba era la libertad de acción para los bolcheviques; la concesión que proponía era que los bolcheviques apoyarían la continuación en el poder de una coalición menchevique/socialista revolucionaria (1917). Esta concesión era, dadas las circunstancias, un “mal menor” comparado con el riesgo de que la agitación de los bolcheviques fuera reprimida antes de que ellos hubieran logrado ganar un apoyo suficiente para poder tomar el poder.

Luego de tomar el poder, en una posición de poder estatal, los bolcheviques enfrentaron una nueva amenaza. La propuesta de Lenin de firmar un acuerdo de paz desfavorable con Alemania arriesgó provocar una división en el partido bolchevique, pero en su discusión con Trotsky sobre esta decisión, afirmó que era “mejor una división en el partido que el peligro de una derrota militar de la revolución”. Más adelante, en la discusión sobre la producción, hizo claramente su llamado para una “disciplina férrea” y para depender de los expertos burgueses como “un compromiso” y “un paso atrás”, pero consideraba que estas medidas eran menos riesgosas que la alternativa, que él veía como dominada por “el elemento de la anarquía pequeño burguesa” y que conducía “la indisciplina, la laxitud y el caos”. También razonó de manera similar al formular la Nueva Política Económica (NEP), a la que propuso como una medida necesaria para evitar que creciera la oposición en un país donde el proletariado estaba enormemente sobrepasado por “el campesinado predominante”.

En todos estos casos, la elección que se hizo fue, en términos inmediatos, un éxito, en el sentido de que se preservó la posición bolchevique en el poder. Sin embargo, estos compromisos tuvieron también efectos secundarios, que aparecieron tiempo después. Esos posibles efectos secundarios acentúan la importancia de la coyuntura particular en la que se tomó la decisión original. Entre las decisiones que se han mencionado, la capitulación militar aparece retrospectivamente como la menos controvertida, dada la abrumadora oposición popular en Rusia a la continuación de la guerra. Las otras dos decisiones tuvieron ramificaciones más complejas. La NEP fortaleció y alentó a sectores hostiles a la socialización y ayudó a legitimar el eventual surgimiento de estratos sociales privilegiados. La implantación de una dura disciplina fabril tuvo el efecto de bloquear toda posible evolución de movimientos incipientes hacia la autogestión obrera, que podrían haber contrarrestado el proceso burocratizador de la planificación en la nueva sociedad rusa

De este modo, una elección del “mal menor” puede crear costos posteriores que no se alcanza a ser previstos inicialmente. Una evaluación apropiada de los mismos, debería también tener en cuenta no sólo a la sociedad directamente afectada, sino también al impacto de esta sociedad en la escena mundial. En el caso soviético, la toma del poder estatal bajo condiciones que eran lejanas de ser óptimas ayudaría a explicar, junto a la intervención extranjera hostil, la emergencia de un régimen que afectaría negativamente la imagen del socialismo, pero al mismo tiempo la simple existencia de este régimen, aún con sus defectos, pudo facilitar progresos revolucionarios en otras partes del mundo.

¿Puede el compromiso evitar al “mal mayor”?

La discusión más acabada de Lenin sobre el compromiso se halle en su obra La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo (1920), donde describe ejemplos de la experiencia bolchevique y de la política en los regímenes parlamentarios. Distinguiendo entre las formas aceptables de los compromisos y las inaceptables, utiliza el concepto del “mal menor” para describir a las primeras: “Se debe distinguir entre un hombre que cede su dinero y armas a los bandidos para disminuir el mal que estos le pueden hacer […] y un hombre que entrega su dinero y armas a bandidos para compartir el botín”. Aquí utiliza como ejemplo para el compromiso del “mal menor” al Tratado de Brest-Litovsk. Y su contraejemplo, una “traición” al papel que jugaron los partidos de la II Internacional con el apoyo que les dieron a las políticas bélicas de los gobiernos europeos durante 1914-1918, como “cómplices en el bandidaje”.

Las luchas parlamentarias durante las siguientes décadas ofrecieron muchos ejemplos en los que se debatiría la opción por el mal menor. Pero generalmente sin ninguna perspectiva para los partidos de izquierda de llegar a tomar el poder. El caso más agudo de este tipo fue el que planteó el ascenso del nazismo. Sin entrar en detalles sobre los intensos debates que provocó este tema en la Alemania de Weimar, podemos notar aquí que aparte de la posición maximalista del KPD (Partido Comunista Alemán) de restar importancia a la amenaza nazi-fascista; por ejemplo, el discurso de Thälmann en el plenario de febrero de 1932, y la posición minimalista del SPD (Partido Socialdemócrata Alemán), existía la idea generalizada de que los partidos de izquierda, sin minimizar su crítica al Estado burgués, deberían al menos unir fuerzas para confrontar a los nazis.

Como describió Trotsky la elección entre las fuerzas políticas burguesas alternativas en 1931: “En la escala musical hay siete notas. La cuestión de cuál de estas notas es ‘mejor’ […] no tiene ningún sentido. Pero el músico debe saber cuándo tocar y qué notas tocar”. Sin embargo, no se pudo superar la división entre el KPD y el SPD, y en la elección presidencial de 1932, la única alternativa “elegible” ante Hitler fue el Mariscal de Campo Von Hindenburg. Esto representó un estrechamiento extremo de las opciones, en la medida en que el “mal menor” victorioso (Hindenburg), simplemente allanó el camino para su adversario, nombrándolo entonces como canciller, confirmando de ese modo la idea de que la opción, tal como fue ofrecida no era en absoluto una opción correcta.

¿Mal menor o bien mayor?

Desde la época de la revolución bolchevique hasta el colapso del bloque soviético, hubo fundamentos para argumentar que la “órbita socialista” se estaba expandiendo. Sus rasgos negativos podían ser racionalizados como fenómenos transitorios cuya severidad podría esperarse que disminuiría con el tiempo, y una presencia socialista en la arena internacional podía ser considerada como un bastión contra las manifestaciones más adversas del capitalismo. Era con ese espíritu que Lukács pudo decir, en 1968, “siempre he pensado que era mejor vivir en la peor forma de socialismo que en la mejor forma de capitalismo”.

Con el “nuevo orden mundial” posterior a 1989, sin embargo, el discurso del mal menor tomó una nueva dimensión. En interés del capital, el desmantelamiento del “socialismo existente” debía resultar permanente. Aunque las tendencias polarizadoras del capitalismo no mostraban señales de disminuir, sus defensores dejaron de ensalzar las virtudes del sistema para proclamar simplemente que cualesquiera puedan ser las virtudes o defectos del capitalismo, “no hay alternativa”. Más precisamente, ningún descubrimiento sobre el capitalismo podría igualar, desde este punto de vista, al mal implacable del “comunismo”. El altamente difundido Livre noir du Communisme buscó sobre todo poner al comunismo al mismo nivel moral que el nazismo, aunque al mismo tiempo insinuando, por su tendencioso cálculo de víctimas mortales, que el comunismo era aún peor. El Livre noir… a su vez incitó una serie de conferencias internacionales durante 2000-2001, culminando en el 2004 en una antología titulada El mal menor: enfoques morales en las prácticas de genocidio. Las discusiones aquí son más cuidadosas al juzgar a uno como “peor” o “menos malo” que el otro. Sin embargo, reviviendo el concepto unificador del totalitarismo, relacionando implícitamente al “comunismo” con el socialismo, aunque divorciando al nazismo del capitalismo, e ignorando al registro histórico y continuo de atrocidades masivas e intervenciones militares alentado por el capitalismo. Los ensayos de conjunto apuntar a convencer que no hay otro “mal menor” que las instituciones de la democracia liberal (burguesa).

 

Nota

Traducción, reseña y selección: Francisco T. Sobrino. Artículo publicado en Socialism and Democracy y, posteriormente, en Marx for Today, editado por Marcello Musto en 2014. Traducido al castellano y publicado con el título de De regreso a Marx (Buenos Aires, Editorial Octubre, 2015).

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