27/11/2022

El fantasma de Haití y la espada de Damocles del subimperialismo brasileño*

                                              Si los nombres se encuentran enfrentados y los unos afirman que son ellos los que se asemejan a la verdad, y los otros que son ellos ¿con qué criterio lo vamos ya a discernir o a qué recurrimos? Desde luego no a otros distintos – pues no los hay -, conque habrá que buscar, evidentemente, algo ajeno a los nombres que nos aclare, sin necesidad de nombres, cuáles de ellos son los verdaderos; que nos demuestre claramente la verdad de los seres.

(Platón, 1987: 457s.).

En la teoría social, no es necesario decir que el “übergreifendes Moment” [momento predominante], para hacer las necesarias reevaluaciones, es la propia situación socio-histórica predominante y la posición bien definida de un pensador específico en su interior.

(Mészáros, 2008: 52).

“Es esa riqueza y complejidad del fenómeno al cual apunta el concepto de    subimperialismo lo que hizo de éste, algo tan controvertido y dio lugar a tantos otros conceptos, referidos generalmente a este o aquel aspecto específico de la cuestión. Por otra parte, su inclusión en un cuadro de análisis de las relaciones Internacionales obliga a abandonar los esquemas simplistas que se aplican a ellas, basados en el dualismo y en una visión estática, como los que se expresan a través de las dicotomías este-oeste, norte-sur, centro-periferia.

(Marini, 1985).

Introducción

En las ciencias que estudian las sociedades humanas, el debate conceptual no es meramente semántico. El punto de vista que se opone a la reducción de las categorías a un asunto de convención ya estaba presente en la filosofía griega, cuando Sócrates y Platón – este último dando a conocer las lecciones del primero – se contrapusieron a Parménides y a los sofistas. En la historia del pensamiento, esa diferenciación se replanteó en más de un momento. Uno de ellos se convirtió en el choque entre posmodernismo y marxismo, con la aversión de los posmodernos a toda ontología.

Sin embargo, incluso entre los intelectuales que comparten una matriz de pensamiento como la teoría marxista, existen diferencias de análisis de una serie de fenómenos. Este es el caso del concepto de subimperialismo y su uso para la caracterización de Brasil.  Elaborada por el intelectual brasileño Ruy Mauro Marini (1932-1997), quien habría cumplido 90 años en 2022, la categoría subimperialismo según Marini, “impulsó la superación del enfoque meramente institucional —y, frecuentemente, jurídico— preponderante en los análisis de la política exterior latinoamericana, motivando a los estudiosos a investigar sus determinaciones económicas y de clase [...]”. De acuerdo con Marini (1990),

El concepto de subimperialismo se define a partir de dos vertientes – económica y política. En relación con la primera, parte del proceso de expansión e internacionalización del capital, en la línea señalada por Marx, según la cual […] un centro de acumulación de capital […] se expande, generando puntos de circulación, que progresivamente se convierten también en núcleos de acumulación, aunque subordinados (correspondientes a lo que la teoría de la dependencia denominó capitalismos dependientes). Estos núcleos [...], a partir de cierto punto de su desarrollo, dan lugar a una circulación relativamente autónoma [...] Buscan, por lo tanto, crear una esfera de circulación externa, pero lo hacen dentro de la órbita establecida por los centros dominantes; en otras palabras, crean una circulación relativamente autónoma, pero, por eso mismo, relativamente subordinada [...].

En su vertiente política, el subimperialismo parte de la consideración de que el Estado es un factor directo de acumulación [...] de manera que la política estatal se determina a partir del movimiento real del capital y de los intereses de la clase que lo representa, la burguesía. [...] Este movimiento, al darse en el ámbito de la superestructura, es algo consciente, capaz de expresarse en formulaciones ideológicas y doctrinarias, de plasmarse en metas y proyectos, de trazar líneas de acción estratégicas y tácticas. Visto desde este ángulo, el subimperialismo es [también] doctrina, proyecto, es política, en fin. (Marini, 1990)[1]

No son muchos los países que reúnen estos atributos en una misma región. La expansión subimperialista de un país se da a costa de otros pueblos y formaciones sociales. Pero, también, a expensas de la propia clase trabajadora y del pueblo que habitan el Estado que alcanzó dicha condición de poder. El subimperialismo no es un imperialismo matizado, sino un grado diferenciado de desarrollo, en el ámbito del desarrollo del subdesarrollo. O, para ser más precisos, es una formación social dependiente que asume un carácter singular sin dejar la condición de dependencia, configurando una realidad que ésta asume al llegar a la fase de los monopolios y del capital financiero. (cf. Marini, 1974)

Entre mediados de los años sesenta y ochenta del siglo XX, el capitalismo brasileño vio surgir conglomerados de la industria de transformación materializando el fenómeno del capital financiero, con la imbricación entre capital bancario y capital industrial en las ramas productoras de automóviles y electrodomésticos y las sociedades de crédito asociadas a ellos, conocidas como financieras. Brasil fue uno de los principales destinos, fuera del área de las economías dominantes, en recibir inversiones externas en el flujo del eurodólar. São Paulo se convirtió en el mayor parque industrial de América Latina y Brasil en la mayor plaza financiera. El país se convirtió en el 9° productor mundial de automóviles, superando la producción anual de Argentina y México sumadas, los otros dos principales productores en el continente latinoamericano. El Estado brasileño alcanzó la marca de participación del 60% en la formación bruta de capital fijo (tasa de inversión). Se irguió un complejo militar-industrial, convirtiendo a Brasil en el segundo mayor exportador de armas del Tercer Mundo, por detrás solamente de Israel. Se incrementó la exportación de productos manufacturados hacia otros países de América Latina y África y se inició la búsqueda del control de materias primas y fuentes de energía en el exterior, que tuvo como caso más notable el Tratado de Itaipú, firmado en 1973 entre los gobiernos militares de Garrastazú Médici y Alfredo Stroessner.

Contrario al discurso apologético que trata de enaltecer estas medidas como un periodo áureo de la historia de Brasil, éstas fueron acompañadas por la sangrienta represión practicada por el terrorismo de Estado. Y estuvieron marcadas por el aumento de la dependencia tecnológica y financiera y la agudización de la superexplotación, que aumentó brutalmente en aquellos años.

Dándole sentido a este cuadro en el que Brasil ascendía a una fase compartida por un selecto rol de economías de la periferia del capitalismo, fue con Marini y la teoría marxista de la dependencia que el término subimperialismo ganó definitivamente un estatus de concepto.[2]    

Medio siglo después ¿Qué tan pertinente sigue siendo esta categoría? ¿El Brasil de Jair Bolsonaro sigue mostrando trazos de una formación económico-social subimperialista? ¿La coyuntura actual de crisis de la producción industrial brasileña sería el ocaso de la caracterización hecha por Marini hace cincuenta años o confirmaría su evaluación con respecto de las vicisitudes que el país asumió desde la llegada - a su forma dependiente y subordinada - a la fase de los monopolios y del capital financiero?

Estas preguntas no sólo interesan a la historia del pensamiento, sino que tienen consecuencias prácticas. Después de todo, las categorías son la expresión teórico-mental de las relaciones que existen en la realidad concreta. En este sentido ¿Qué tienen que ver las elecciones de este año con el subimperialismo brasileño? ¿Cómo se presenta esta característica, considerando una victoria electoral de Lula o Bolsonaro, candidatos que se encuentran en las antípodas de la lucha de clases en el escenario lleno de agresividad que se produjo en el país?

Sin pretender dar cuenta de todas estas interrogantes, en este artículo defendemos la validez de la categoría de subimperialismo de Marini para el análisis de la realidad brasileña actual. Además de esta introducción, el texto se encuentra dividido en tres partes. En la primera sección abordamos un hecho destacado, la ocupación militar de Haití. El argumento que se defiende es que el mando brasileño en la fuerza multinacional que intervino en el país caribeño, a partir de la destitución en 2004 de Jean-Bertrand Aristide, abrió el camino para el ascenso de la generación de generales que llegarían en 2018 al Palacio del Planalto junto con el diputado federal y excapitán del ejército Jair Bolsonaro, electo a la presidencia de la República para el período 2019-2022. Aunque otros países dependientes también hayan enviado tropas a Haití, no fue casualidad que su mayor contingente y el mando durante más de diez años hayan estado en manos de un país con atributos subimperialistas en la jerarquía del poder mundial.

Sobre esta base, en los demás apartados del artículo refutamos las críticas de Claudio Katz quien, en La teoría de la dependencia: cincuenta años después (2018), afirmó que Brasil ya no sería una formación subimperialista, ni la intervención en Haití habría sido expresión de un poder de esa naturaleza.

Finalmente, en la sección final argumentamos que hechos como la decisión en 2004 de participar en la MINUSTAH (Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití), el golpe de 2016 contra Dilma Rousseff, la prisión política de Lula en 2018 y el mismo ascenso del bolsonarismo como una fuerza política ese año; aun siendo eventos con múltiples causas, poseen mediaciones que los imbrican unos a otros, concerniendo a las tendencias y contradicciones de la formación económico-social brasileña como país dependiente subimperialista. Aún en las conclusiones, sostenemos que, en las cruciales elecciones de 2022, el liderazgo de Lula tiene un enorme desafío por delante. Entre tantos designios urgentes, ésta podrá redimirse de la espada de Damocles[3] de los gobiernos del PT, derrotando en las urnas la amenaza neofascistizante que desea reeditar el bloque burgués-militar como proyecto duradero, en el país de mayor poder relativo de América Latina. De forma que la victoria de las fuerzas que se oponen al bolsonarismo será decisiva para los próximos años en Brasil y en la región.

Una intervención inesperada en un territorio asolado por una historia de intervenciones extranjeras[4]

Pensemos en una nación de 10 milloes de habitantes, en la mitad de una isla ubicada en el Caribe, con un territorio del tamaño del estado brasileño de Alagoas. Un lugar donde el 80% de la población vive por debajo de la línea de pobreza y el 66% no tiene empleo formal. Un país cuyas regiones rurales no tienen escuelas, a pesar de que el 70% viva en el campo: una tasa de analfabetismo superior al 50%, una esperanza de vida de 53 años y un índice de mortalidad infantil de 73 muertes por cada mil nacimientos, muy alto para los parámetros internacionales, en una formación social en la que el 40% sufre sin acceso al agua potable. Y donde el salario promedio diario está en torno de 90 centavos de dólar.

Y pensemos ahora que este mismo país fue el segundo Estado independiente del continente americano y el primer Estado latinoamericano en independizarse del colonialismo europeo, derrotando a las fuerzas de la ex metrópoli francesa en 1804, en una guerra de independencia que duró desde 1791 a 1804. Y más que eso: fue la primera nación negra en vencer la esclavitud, en un periodo en que la mayoría de las colonias y también de las jóvenes repúblicas independientes eran esclavistas.

Las clases subalternas de la que fue la más pujante colonia francesa y la mayor productora de azúcar, algodón y café – tres mercancías fundamentales en el proceso de formación del mercado mundial – protagonizaron una revolución anticolonial, antiesclavista y antirracista que fue un hito en la historia.

Pero cómo este país, pionero en la gesta independentista – sea por su propio triunfo, o sea por el apoyo prestado a los esfuerzos comunes, como el de los venezolanos Francisco de Miranda y, después, Simón Bolívar, para que llevaran a cabo la lucha por la liberación del colonialismo también en América del Sur – ¿Cómo, finalmente, Haití, con su historia de luchas, llegó a convertirse en el país más pobre y desgarrado de las Américas?

Para las corrientes del pensamiento dominante, en sus diferentes expresiones, sería debido a que los haitianos son incapaces de gobernarse a sí mismos[5]. Ese es el argumento racista y favorable al sistema de dominación, que intenta legitimar muchas de las ideologías imperialistas en el mundo contemporáneo, como la doctrina de la intervención humanitaria. Los países marcados por altos niveles de inestabilidad política y conflictividad social serían amenazas para la paz mundial, en situaciones explosivas que exigirían la presencia de los cascos azules de la ONU – o cuando no se cuenta con esta manta de legitimidad (de hecho, cada vez más desgastado) – por las tropas directamente de las potencias de la OTAN, comandadas por EUA.

Lo que este pensamiento lleno de cinismo pretende ocultar es el hecho de que son las mismas potencias que encabezan estas intervenciones – que expresan el poder político-económico-militar en el sistema de dominación mundial – las que causan muchas de las situaciones de abismo social y conflictos que se extienden por el mundo, interviniendo belicosamente cuando otros métodos de ejercicio del poder fallan.

Volvamos, sin embargo, a nuestro breve relato histórico. El Haití recién independiente, a comienzos del siglo XIX, enfrentando la cuestión de la esclavitud y la cuestión de la soberanía – al vetar la propiedad de la tierra a los capitales extranjeros – sufrió un aislamiento internacional que pronto se convertiría en una situación permanente de violación de la autodeterminación del pueblo haitiano para elegir su propio camino. Hasta que empeoró hacia la condición de país gobernado por títeres que se impusieron por la fuerza, con el apoyo directo del poder de Washington.

En las primeras décadas del siglo XIX, mientras EUA fomentaba la independencia de las colonias ibéricas en las Américas, no reconocía, por otro lado, al nuevo Estado haitiano. En cuanto a Francia, amenazando con bombardear a su excolonia, le impuso en 1825 una indemnización forzada para reconocer formalmente su independencia. Esta deuda financiera odiosa drenaba, en el paso del siglo XIX al XX, el 80% del presupuesto nacional de Haití.

Ante tal estrangulamiento, estalló en 1911 una revuelta de campesinos negros, que duró hasta 1920. Durante la misma, intervino EUA, reprimiendo y masacrando entre 5 y 15 mil personas, según diferentes registros históricos. Entre 1915 y 1934, el país estuvo bajo la ocupación militar directa de Estados Unidos. EUA disolvió el ejército haitiano, abolió la prohibición de la propiedad de la tierra a los extranjeros y se produjo un acelerado proceso de apropiación de las pequeñas propiedades, de los medios de vida de los campesinos independientes que se habían constituido y se aceleró la formación de una clase dominante interna.

Este yugo semicolonial ejercido por el imperialismo estadounidense y francés mantuvo su curso. Y periodos de gobiernos dictatoriales y gobiernos electos se alternaron, aunque siempre bajo la tutela de ambas potencias. Acercándonos más al tiempo presente, en 1957 se inició la dictadura de François Duvalier, quien gobernó el país con mano de hierro hasta 1971, siendo sucedido por su hijo, Jean-Claude Duvalier. Papa Doc y Baby Doc, como se les conoció, comandaron un régimen brutal, con su milicia privada organizada en forma de escuadrones de la muerte, los toton-macoutes, que hace referencia a un ser asustador. El duvalierismo utilizó los métodos más terribles, gobernando el país para la minoría rica que representa el 1% de la población.

A mediados de la década de 1980, un proceso de movilización social en respuesta a una escalada de masacres contra opositores logró derrocar la dictadura de Baby Doc. En este proceso, la Teología de la Liberación, que predicaba el fin del abismo entre ricos y pobres, jugó un papel fundamental, teniendo al sacerdote salesiano Jean-Bertrand Aristide como vocero del descontento social. Un país de 95% negros y 5% mestizos, Haití se caracteriza por tradiciones culturales como el vudú, pero también por el sincretismo religioso como el que existe en Brasil, donde sucedió una mezcla de trazos del culto católico con los cultos afrobrasileños. De forma que, en Haití, la población suele ir a misa los domingos y asistir a la práctica de vudú los jueves. El régimen de los Duvalier había promovido el vudú, un elemento importante de la cultura nacional haitiana, pero violado libertades y derechos sociales de la mayoría de la población, privilegiando al séquito de la élite política que formaba parte del círculo del duvalierismo. Es en este contexto que los sermones de Aristide adquirieron eco y se convirtieron en expresión del grito encarcelado de cientos de miles de haitianos.

La salida de Baby Doc y el fin de su régimen a mediados de los años 1980 no significó, sin embargo, el cambio de la característica eminentemente represiva, de negación de derechos, de tutela extranjera, en fin, que siguieron predominando en el país. En 1988, un hecho que se destacó fue la masacre de la iglesia de San Juan, que guarda un parecido histórico con el atentado que resultó en el asesinato de Monseñor Arnulfo Romero, de El Salvador, otro sacerdote vinculado a la Teología de la Liberación que predicaba el fin del abismo social y el cambio de un gobierno que privilegiaba a los ricos. En el caso de Aristide, con el recrudecimiento de los conflictos sociales, su destino en aquel entonces fue la expulsión de la orden de los salesianos y la excomunión por parte del Vaticano. Pero se convertiría en el principal vocero de la protesta social en el país.

Los años 1986 a 1990 fueron, por lo tanto, un periodo que algunos historiadores denominaron Duvalierismo sin Duvalier. A pesar del fin de la dictadura de Papa Doc y Baby Doc, se mantuvieron las mismas relaciones de poder, crecientemente cuestionadas. Continuaron actuando los escuadrones de la muerte. Las elecciones previstas para 1987 fueron canceladas por el ejército. Un general, de nombre Namphy, dio un golpe de Estado. Y en 1988 un golpe dentro del golpe condujo al ascenso de otro general, Avril. Pero, al año siguiente, las protestas aumentaron. Y, en 1990, cayó el gobierno dictatorial de Avril, abriendo espacio para que el movimiento social haitiano postulara la candidatura de Aristide.

En las elecciones de 1990, Aristide ganó en la primera vuelta, con el 67% de los votos, contra las expectativas de EUA, que apoyaba al candidato de la derecha, un exfuncionario del Banco Mundial llamado Marc Bazin. El discurso de Aristide decía: "todos deben tener un lugar en la mesa, los de abajo deben sentarse a la mesa". Hacía una crítica explícita a los programas de ajuste económico neoliberales, como la privatización en 1987 de la empresa estatal que controlaba el molino azucarero del país. La empresa compradora cerró el molino, despidió a sus trabajadores y pasó a importar azúcar refinada de EUA, cuya producción está subsidiada por el gobierno estadounidense. El resultado fue la eliminación de la industria azucarera haitiana, un país que en otra época fue el principal exportador mundial de este producto. En 1995, Haití importaba 25 mil toneladas de azúcar de EUA. El monopolio privado hizo que la mayoría de la población ya no pudiera comprar ese bien. Además de la propuesta de combatir la miseria enfrentando las medidas neoliberales de la economía de mercado, Aristide también defendió la justicia frente a las violaciones a los derechos humanos, con el castigo a los responsables de las masacres cometidas. Pero en 1991 un golpe de Estado apoyado por EUA acabó con la esperanza de abrir una nueva era en el país.

Actor directo en el derrocamiento de Aristide, EUA lo recibió en el exilio – en un intento por limpiar su imagen de potencia frente a la comunidad internacional. Aristide logró, sin embargo, negociar su retorno para cumplir dos años de mandato, cuando la situación creada por los propios interventores parecía fuera de control y algunos apostaban por tenerlo en sus manos, buscando cooptarlo para apaciguar los ánimos y gobernar manteniendo las cosas como estaban.

Así, en 1994 Aristide regresaría a la presidencia para concluir su mandato, que había sido interrumpido violentamente. A pesar de actuar con más moderación, no aplicó el programa neoliberal que el Departamento de Estado norteamericano y la élite haitiana intentaban imponerle. En 1995, destituyó a su primer ministro, quien preparaba un plan para privatizar los molinos de harina. Por otra parte, no mantuvo la propuesta anterior de enjuiciar a los responsables de las masacres cometidas durante el duvalierismo.

Con el cambio de siglo, Aristide fue elegido nuevamente para un periodo que se iniciaba en 2001. Su regreso a la presidencia estuvo marcado por la deuda externa disparada. En 2002, en la reunión de la ONU sobre financiamiento para el desarrollo en Monterrey, México, se comprometió a duplicar el salario mínimo diario de 90 centavos de dólar a 1,75 [6]. La forma que encontró para tratar de recaudar recursos para implementar sus reformas – después de que el Estado fuera dilapidado en más de un siglo de subordinación al imperialismo – fue reclamar del Estado francés, apelando a la opinión pública internacional en 2003, en vísperas del bicentenario de la independencia haitiana, el resarcimiento del valor que había sido pagado a Francia por la deuda financiera impuesta por la ex metrópoli. Actualizado a los precios de ese entonces, con base en una tasa de interés del 5% anual, el valor equivalía a 21 mil millones de dólares.

Esta postura suscitó reacciones inmediatas de Jacques Chirac, en ese entonces presidente de Francia, y de Dominique de Villepin, quien ocupó los cargos de primer ministro y ministro de Relaciones Exteriores en el gobierno francés. Llegamos, entonces, a las causas más inmediatas de la intervención que daría lugar a la MINUSTAH.

El hecho de que Aristide hubiera sido consecuente en la defensa de aspectos de la transformación social que lo había proyectado como líder popular, puso en jaque los intereses de la minoría que representa el 1% de la población haitiana, la cual contó con el respaldo del establishment imperialista de EUA y Francia.

Para EUA, un gobierno que propugnara reformas con algún sentido crítico debería ser cortado de raíz. Ya sea para preservar los intereses de sus corporaciones que explotan la mano de obra local con sueldos de hambre en las maquiladoras, en las industrias de ropa y artículos deportivos instaladas en zonas francas; o para mantener estabilizado un territorio al que considera parte de su área inmediata de dominio geopolítico y ubicado cerca de Cuba; o ya sea aún para evitar y contener una posible ola de refugiados, con flujos de migración clandestina hacia EUA, que un recrudecimiento de las tensiones sociales podría crear.

Para Francia, quitar a Aristide por la fuerza se presentaba como una solución para asegurar los privilegios de los empresarios franco-haitianos que operaban en el país y como una forma de mantener su prestigio, como nación imperialista, ante el reclamo hecho por la restitución de los recursos drenados por la deuda financiera de reconocimiento de la independencia. Este motivo llegó a ser reconocido por el propio informe elaborado por asesores de política exterior de Francia, entre ellos Régis Debray, ex militante de izquierda en las décadas de 1960 y 70 y convertido más tarde al credo neoliberal, convirtiéndose en asesor del gobierno de Dominique de Villepin y uno de los artífices de la participación francesa en la invasión de 2004.

El 25 de febrero de aquel año, el primer ministro Villepin publicó un comunicado llamando a la renuncia de Aristide. El 27 de febrero, Francia, EUA y Canadá anunciaron el despliegue de fuerzas militares hacia Haití. El día 29, Aristide fue forzado a abandonar el país, secuestrado y embarcado en un avión de EUA. Aún ese mismo día, el Consejo de Seguridad de la ONU votó una resolución que investía a la infantería naval estadounidense, la legión extranjera francesa y las fuerzas canadienses, que se agrupaban ya en Puerto Príncipe, con el mandato de componer una fuerza multinacional de la ONU para intervenir en el país. El 1 de marzo de 2004, el gobierno brasileño, a través de una nota del Itamaraty, expresaba interés en participar en una posible misión de la ONU en Haití, que reemplazaría a la fuerza multinacional provisional. El 4 de marzo, el presidente Lula llamó por teléfono a Chirac y éste le consultó sobre el interés de Brasil en liderar la misión.

El 30 de abril, la Resolución 1542 del Consejo de Seguridad de la ONU creaba la MINUSTAH, Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití. El 6 de mayo, un mensaje presidencial especial era encaminado a la Cámara de Diputados en Brasilia, solicitando el envío de 1.200 soldados. Y, el 31 de mayo, partía el primer contingente de tropas brasileñas. Hasta 2017, año de cierre de la misión, 37.5 mil soldados brasileños habrían pasado por Haití.

En ese período, lo que sucedió fue que el gobierno brasileño se envolvió en una misión militar en el país caribeño, desde el momento en que juzgó poder justificarla de acuerdo con el principio de la no intervención que integra la tradición diplomática brasileña. La realidad, sin embargo, es más controversial. La Constitución brasileña respaldaría la participación en misiones militares de acuerdo con los términos del Capítulo VI de la Carta de la ONU (mantenimiento de la paz), pero en desacuerdo con el Capítulo VII (imposición de la paz), como ocurría en el caso de una misión que tenía como objetivo desarmar grupos en armas e imponer la estabilización política mediante el uso de la fuerza, entrando a favelas y controlando territorios.

En los más de diez años de MINUSTAH, entre varios momentos que llamaron la atención podemos destacar: el inicio de la intervención con la bandera de la ONU y bajo el liderazgo del Estado brasileño, en 2004; el partido organizado por la Confederación Brasileña de Fútbol contra una selección haitiana, el llamado “juego de la paz” – para alejar la imagen de ocupación militar – realizado en agosto de 2005; el suicidio del general brasileño Urano Mata Bacellar, en diciembre de 2005; las elecciones de 2006, en las que salió como vencedor René Preval, quien en 1997 siendo presidente había privatizado la industria alimentaria; el control, por la fuerza, después de tres años de insubordinación de Cité Soleil, la mayor favela de Haití, en 2007; las denuncias de violaciones de derechos humanos; el terremoto de 2010; la epidemia de cólera en 2011, llevada por contingentes extranjeros que formaban parte de la MINUSTAH; la sustitución de MINUSTAH por Minijust, en 2017.

Aunque haya sido un proceso histórico aún reciente, con mucha información y fuentes por abordar, hay evidencias suficientes para cuestionarnos las explicaciones habituales sobre la crisis política de 2004, la invasión perpetrada y la participación de Brasil en la misión militar.

Las versiones dominantes hablan de la renuncia de Aristide, cuando existen fuertes indicios de que fue coaccionado por funcionarios franceses y poco después secuestrado por fuerzas estadounidenses, embarcado en un avión rumbo a la República Centroafricana. Sesenta y siete países de África y el Caribe, incluido el Caricom – bloque de naciones caribeñas – denunciaron el golpe, reconociendo en aquel momento solamente a Aristide como líder legítimo de Haití[7].

La salida forzada de Aristide no fue solamente un golpe de Estado, en el cual participaron los servicios de inteligencia estadounidenses en la preparación de grupos paramilitares que ingresaron al territorio desde la vecina República Dominicana. Fue también una violación del mandato de un presidente constitucional seguido de una invasión militar en el país, sin siquiera "autorización" de intervención en nombre de la ONU. Fue después de que las fuerzas estadounidenses, francesas y canadienses invadieran el territorio haitiano que se aprobó una resolución en el Consejo de Seguridad invistiéndola como fuerza provisional multinacional de paz.

Pero para la mayor parte de los actores involucrados en la intervención, la cuestión era que el país se encontraba en medio de una guerra civil y que era deber de la comunidad internacional ponerle fin, en nombre del derecho humanitario. Lo que poco fue dicho es que no se trataba de una guerra civil, sino de un paramilitarismo contra la mayoría desarmada. El paramilitarismo de los grupos surgidos del régimen de Duvalier, aumentados por el nuevo paramilitarismo alentado por la alta élite haitiana, respaldados por EUA y Francia, contra las reformas económicas y sociales que se propugnaban.

Casi veinte años después, el cuadro apunta a las siguientes conclusiones: primero, no se logró la propalada intención de pacificar Haití; segundo, no fue obtenido por parte de Brasil el puesto de miembro permanente en el Consejo de Seguridad; tercero, el involucramiento en una operación que consumó un golpe de Estado y una ocupación militar se reveló un autoengaño, siendo el aspecto más criticado de la política exterior brasileña por los movimientos sociales; cuarto – y principalmente – por ironía de la historia, la MINUSTAH fue uno de los eventos clave para cohesionar la generación de oficiales que, años después, llegó al control del aparato de Estado en Brasil, bajo el bloque en el poder ultraliberal neoconservador, con el bolsonarismo.

El Ministerio de Bolsonaro luego tendría cinco generales que pasaron por Haití – cuatro de ellos excomandantes de la MINUSTAH: el general Augusto Heleno, comandante de la misión en 2004 y 2005; el general Carlos Alberto dos Santos Cruz, de 2007 a 2009; el general Floriano Peixoto Vieira Neto, 2009 y 2010; el general Luiz Eduardo Ramos, 2011 y 2012. Santos Cruz dejaría el gobierno en el primer año, al entrar en divergencias, pero en esencia estas figuras se encuentran entre los ministros de mayor confianza de Bolsonaro. Heleno, el primer comandante de la MINUSTAH, llegó a ser considerado para vice de Bolsonaro en 2018, asumiendo, al final, la coordinación de la campaña electoral de aquel año. Según el investigador Rodrigo Lentz,el comando brasileño de esta "misión de paz" de la ONU promovió una "pacificación al estilo brasileño" para justificar una acción de fuerza militar destinada a estabilizar el orden político, una acción que pretendía ser "racional, suave y limitada" [...] No casualmente, el excomandante de la MINUSTAH, el general Augusto Heleno, es el actual ministro del Gabinete de Seguridad Institucional y promovió la retomada de la centralización militar del sistema de inteligencia brasileñ. (Lentz, 2022:312)

En un artículo reciente, el excanciller Celso Amorim, que estuvo al frente del Itamaraty cuando se tomó la decisión de participar de la MINUSTAH, adoptó un tono de balance crítico sobre la misión, hablando del fracaso del sistema de la ONU en Afganistán y Haití. Tal vez una autocrítica implícita, en el lenguaje de uno de los más calificados diplomáticos, que sabe el desafío que es hoy derrotar las tendencias que aparecieron en la política brasileña (Amorim, 2021). Tendencias que, a nuestro entender, no se encuentran desvinculadas ni del carácter del Estado en un país dependiente subimperialista, ni del saldo oriundo de la operación en Haití, que se reveló como una espada de Damocles que cuelga sobre la cabeza del pueblo brasileño.

Brasil y el subimperialismo: ¿pasado o presente?

En los años recientes, después de la retomada de la cual participamos en el uso de las formulaciones de Marini para aprehender las tendencias del capitalismo brasileño, con énfasis en los conceptos de superexplotación y subimperialismo (cf..Luce, 2015: 2018) surgieron críticas contra el uso de estas categorías para continuar caracterizando al Brasil de estas primeras décadas del siglo XXI. Uno de estos críticos es Claudio Katz.

Integrante del grupo Economistas de Izquierda, intelectual vinculado a las luchas políticas y sindicales en Argentina y con una destacada actuación internacionalista en análisis sobre América Latina y las relaciones imperialistas, Katz, luego de cultivar simpatías y tener aproximaciones con la teoría marxista de la dependencia, asumió paulatinamente una postura de choque con ésta.

A partir de una serie de textos en la página de sus escritos en internet, en donde se posicionó sobre diversos temas del capitalismo dependiente, los reunió bajo la forma de un libro, publicando en 2018 La teoría de la dependencia: cincuenta años después. En este trabajo, rechaza la vigencia de la categoría subimperialismo[8], especialmente en los capítulos Subimperialismo (I): revisión de un concepto y Subimperialismo (II): aplicación actual.

En este itinerario, el autor atribuye a la geopolítica una dimensión principal. Y compone una narrativa en la que va substituyendo el concepto de subimperialismo por la noción de subimperio, que se desagua al final como sinónimo de gendarme regional, una perspectiva que fuera rechazada por Marini en el mismo momento de la enunciación original de la teoría. Pero veamos cómo este desenlace aparece en las palabras de Katz:

En nuestra actualización, la dimensión económica no es tan relevante como el papel geopolítico en la caracterización de un subimperio […] [Sin embargo] la ambigüedad de Brasil se verifica, asimismo, en el plano militar. Los gobiernos [brasileños] optaron por el rearme para proteger los recursos naturales. Modernizaron barcos, aviones y sistemas de detección para custodiar las fronteras y resguardar la Amazonía, pero desplegaron una sola incursión externa con la ocupación de Haití. Coordinaron ese operativo con Estados Unidos para cumplir las mismas funciones policiales que anteriormente cumplían los marines. Lejos de brindar auxilio humanitario, contuvieron revueltas y aseguraron el orden semicolonial […] El subimperialismo no se define por la simple participación en operaciones internacionales de custodia del orden capitalista. Ciertamente, Brasil [ha]encabeza[do] la legión que interviene en Haití, pero Marini no caracterizaba al subimperialismo por la presencia bélica en acciones propiciadas por el Pentágono, por eso no aplicó el término a la intervención brasileña en la Segunda Guerra Mundial. Su tesis apuntaba a resaltar acciones específicas de la clase dominante para reforzar el lucro de las multinacionales, lo cual se aplica muy parcialmente al caso de Haití. (...) El espacio de Brasil para implementar políticas subimperiales en la coyuntura actual es estrecho […]. (Katz, 2018:256)

Katz comete una secuencia de equivocaciones. Al mismo tiempo que considera que "el subimperialismo no se define por la simple participación en operaciones internacionales de custodia del orden capitalista", afirma que el Estado brasileño se involucró ampliamente sólo en una gran operación en las últimas décadas, lo que implicaría pruebas insuficientes para corroborar la tesis de Marini: "la ambigüedad de Brasil [para proseguir subimperialista] se verifica, asimismo, en el plano militar".

Katz se contradice en las palabras. Primero dice una cosa ("desplegaron una sola incursión externa"), para después negarla como un contraejemplo fáctico ("el subimperialismo no se define por la simple participación en operaciones"). ¿Quiere decir que una mayor profusión de incursiones externas expresaría validez? Entonces, él no discrepa en que esté tomando como elemento la “participación en operaciones internacionales de custodia del orden capitalista”, lo que niega.

En seguida, Katz afirma que en el subimperialismo son llevadas a cabo “acciones específicas de la clase dominante para reforzar el lucro de las multinacionales”.

Llevando esta afirmación al terreno de la geopolítica y considerando a esta última en su dimensión estrictamente político-militar, se está a un paso de colocar un signo de igual entre la categoría de subimperialismo y la noción de gendarme regional. Es el propio Katz quien produce tal interpretación: "su tesis [de Marini] apuntaba a resaltar acciones específicas de la clase dominante para reforzar el lucro de las multinacionales, lo cual se aplica muy parcialmente al caso de Haití".

Ahora bien, en primer lugar, Marini no restringió su análisis sobre la extroversión subimperialista como estando al servicio de las multinacionales pura y simplemente. La maduración de las tendencias y contradicciones que conducen a esta actuación responde también a intereses de la burguesía dependiente. En segundo lugar, considerando la intervención en Haití, aunque el argumento anterior fuera el criterio principal para configurar el subimperialismo, sí hubo empresas – de origen estadounidense, brasileño y otros – beneficiadas con el cambio de la estructura institucional tras la ocupación de los cascos azules bajo el mando del Estado brasileño, lo que refuta otra afirmación de Katz, cuando dice: "se aplica muy parcialmente al caso de Haití" (Viana, 2011). En tercer lugar, Katz repite el error de suponer que el subimperialismo es un resultado automático de la imbricación de intereses económicos y militares en una relación mecanicista[9], como han sugerido otros autores en el pasado, entre ellos Fred Halliday, quien también rechazó el concepto acuñado por Marini [10].

En realidad, esta relación entre poder político y poder económico está llena de mediaciones, según la definición de Marini de subimperialismo observada en la introducción de este artículo. En este sentido – y esto es lo principal – no fue la presencia en sí de capitales de origen brasileño en el terreno de los blindados y hombres del ejército en operación en Haití lo que explica el mando de la MINUSTAH por parte de Brasil. Son los capitales en operación en Brasil los que explican que sus fuerzas armadas y no las de cualquier país de la región hayan asumido el puesto de mando de la MINUSTAH [11].

Así, es necesario buscar en las características de la formación económico social brasileña y de su Estado, primus inter pares en el capitalismo dependiente latinoamericano, las relaciones de causalidad del fenómeno en cuestión. Quedaría descartado que Uruguay, Bolivia o Guatemala encabezaran las fuerzas de intervención. Pero, ¿qué fue lo que hizo que Brasil lo hiciera? La dimensión de su economía, de su Estado, de sus instituciones, incluyendo sus fuerzas armadas.

Quien siguió como nosotros la génesis y el desarrollo de la participación de Brasil en la MINUSTAH sabe que las motivaciones partieron de diferentes intereses. Con motivo de los diez años de la MINUSTAH, el excanciller Celso Amorim declaró que la decisión del gobierno de aceptar el mando resultó de la evaluación de que Brasil debía adquirir una mayor proyección en el escenario mundial. Para ello, se hacía necesario fortalecer la influencia ya alcanzada en instrumentos de soft power por la diplomacia brasileña, ampliándola hacia esferas que requieren la demostración de poder político-militar, requisito para un candidato a una vacante en una eventual ampliación de las posiciones permanentes en el Consejo de Seguridad de la ONU. ¿Y cuál es la finalidad de tal proyección? La evaluación oficial que la justificó no fue ajena al objetivo de reforzar la posición económica de Brasil en un mundo competitivo (Amorim, 2014).

Mientras tanto, por el lado estadounidense, contar con un país como Brasil prestando su imagen de país "en desarrollo" para encabezar una fuerza multinacional en el Caribe, tras una violación del derecho internacional que acababa de ser perpetrada por EUA y Francia, fue utilizada como una solución más que deseada, en el momento en que EUA enfrentaba un desgaste político doméstico debido a las guerras en Irak y Afganistán.

Por otro lado, una vez conocida la historia post festum, sobresalió otra motivación. Las fuerzas armadas brasileñas también habían considerado como una oportunidad única recibir el mando de la misión en Haití, papel que desempeñarían durante trece años, mientras durara. Para Miguel Borba Sá, el mando de la MINUSTAH produjo dos consecuencias en las fuerzas armadas brasileñas. Internamente, "formó una nueva generación de generales 'experimentados' en el campo de batalla en el exterior, por más que no hubiera batalla [de guerra convencional] en Haití". Estos cuadros "comenzaron a ganar un respeto interno muy grande". Al mismo tiempo, el mando de tropas "devolvió a las fuerzas armadas el último sello de aprobación frente a la sociedad brasileña [después de veintiún años de dictadura militar, de 1964 a 1985], como si fueran fuerzas relegitimadas participando de una operación supuestamente humanitaria, para la paz, para el bien". Esto solo fue posible porque la idea de la MINUSTAH como misión humanitaria se volvió hegemónica, convirtiéndose en ideología.

En el año posterior al cierre de la MINUSTAH, en 2018, pocos meses antes de las elecciones que llevaron a Bolsonaro a la presidencia, una encuesta de opinión realizada por universidades brasileñas arrojó un índice de confianza en las fuerzas armadas del 61,1 %, frente al 8,5 % en los partidos políticos – en franco descrédito – y el 35,7% en los movimientos sociales. Un desdoblamiento de la "antipolítica" provocada por la politización de la Lava Jato, una investigación selectiva y sesgada realizada por el exjuez Sergio Moro y el exfiscal Deltan Dallagnol, en cuyo camino la legitimidad granjeada por los militares se afirmó, en detrimento de los partidos y en un desdoblamiento del golpe de 2016 en Brasil, en un coctel explosivo que mezcló campañas de difamación en los medios oligopólicos y en las máquinas de fakenews a la Steve Bannon en las redes sociales.

Pero ¿qué tiene que ver esto con la caracterización de Brasil como país dependiente subimperialista, tema de este artículo? Una formulación de Marini, en un texto de 1985, ayuda a responder a esta pregunta:

Cabe señalar que el subimperialismo brasileño no puede ser visto, como a veces se pretende, como una etiqueta aplicada a una realidad estática [...] ya tiene su historia, desde el momento en que fue formulado como un proyecto de dominación subordinada por la Escuela Superior de Guerra hasta hoy, cuando se convirtió en elemento constitutivo de la ideología burguesa y en política práctica del Estado [...] desde el momento, en fin, en que soñó con realizar anexiones más o menos disfrazadas y llevó a cabo intervenciones casi abiertas en la política interna de sus vecinos, hasta hoy, cuando privilegia la expansión económica (aunque sea a través de la venta de armas) y la penetración cultural (aun tratándose de la exportación de telenovelas) como principales medios de acción.

Y prosigue Marini:

A partir de mediados de los años 70, el subimperialismo brasileño pierde el carácter espectacular y hasta jactancioso que había adoptado hasta entonces, y lo hizo ya sea por la presión de factores internos que conducían al país hacia la redemocratización, o por la necesidad de revisar su estrategia internacional. Esta necesidad se colocó a partir del momento en que la posibilidad de una alianza ventajosa con Estados Unidos – que el acuerdo Kissinger-Geisel de 1976 casi hizo realidad – fue sustituida por la tensión impuesta por el gobierno de Carter a las relaciones entre los dos países y, pronto, por la presión abierta de Reagan para restablecer la hegemonía total de EUA en la zona. Desde entonces, Itamaraty, convertido en un instrumento de promoción de los intereses de la gran burguesía industrial y financiera en el exterior [...], buscará abrir nuevos espacios para el proyecto de potencia trazado, modificando su posición hostil hacia los países socialistas, reaproximándose con los países del Tercer Mundo y tratando de abrir brechas dentro del propio bloque imperialista. (1985)

Nótese que Marini nunca definió el subimperialismo como una colección de formas, en la que esta relación social estaría determinada, de per se, por rasgos como el desplazamiento de tropas a otros países o como la exportación de manufacturados, criterios que Katz adopta en su conceptualización. El subimperialismo implica diferentes vicisitudes, asumiendo distintas formas, aunque manteniendo una misma esencia: un país dependiente que alcanza la fase de los monopolios y del capital financiero, convirtiéndose en un poder regional, al mismo tiempo relativamente autónomo y relativamente subordinado en el ámbito de las relaciones imperialistas.

Si esto es cierto, los agentes políticos, una vez al frente del aparato de Estado, tienden a reproducir las tendencias y contradicciones del poder subimperialista, quieran o no; sean conscientes de ello o no. Y lo hacen, aunque bajo formas que difieren en el tiempo, de modo que el subimperialismo sólo se superará con la superación de la propia dependencia. Por tanto, solamente con la superación del propio capitalismo.

Pues bien: después de haberse mimetizado en la década de 2000 con la euforia de la elevación coyuntural de materias primas y el consenso de commodities que le siguió – en los años del bloque neodesarrollista y su política de colaboración de clases – el subimperialismo brasileño retomó bajo el bolsonarismo sus aspectos más violentos, con el actual bloque ultraliberal neoconservador. Y la ocupación militar de Haití constituye una mediación de la evidencia histórica que tiene lugar en esta trama.

La misión en Haití es para la generación de oficiales bolsonaristas, como la participación en la Fuerza Expedicionaria Brasileña lo fue para la generación que lanzó el golpe de 1964 contra João Goulart. En el pasado, fue la doctrina de las fronteras ideológicas y su centro de difusión, la Escuela Superior de Guerra. En la actualidad, es la misma ESG la que recupera su papel, con una nueva variante de la doctrina de las fronteras ideológicas, bajo la influencia de las ideas del General Sergio Augusto Avelar Coutinho.

Adepto a las vertientes del ultra conservadurismo estadounidense y al concepto de guerra de cuarta generación de William Lind, Avelar Coutinho sedimentó la visión de que la Guerra Fría no habría terminado. Y que el “espectro del comunismo”, que antes se ponía en contra de la propiedad privada, ahora estaría subvirtiendo valores de la sociedad y la familia tradicional, que se pondrían en jaque en un escenario de inestabilidad. Proposiciones que encontraron eco en segmentos de la burguesía brasileña – no sólo entre empresarios asumidos como bolsonaristas, sino también con convocatoria entre distintos sectores del capital, sedientos de aumentar su tasa de lucro en un contexto de crisis económica, recurriendo a la más perversa superexplotación bajo la devastación de derechos prometida por el entonces candidato Bolsonaro y su ministro de Economía, el ultraliberal Paulo Guedes.

Es sobre esta base que se entiende cómo, una vez más en la historia desde la llegada del capitalismo brasileño a la fase de los monopolios y del capital financiero, la burguesía presionó por una solución de fuerza, aunque manteniendo un tenue barniz de institucionalidad. En este resultado, constituye un factor destacado el antecedente de la misión en Haití. Además de haber replicado en Brasil, especialmente en la ciudad de Río de Janeiro, las tácticas utilizadas en terrenos urbanos de barrios periféricos contra el descontento social en el país caribeño[12], la MINUSTAH sirvió como acicate para la cohesión de un intelectual orgánico colectivo que es el verdadero núcleo dirigente del gobierno de Bolsonaro y su lema chovinista "Brasil por encima de todo…" (Brasil acima de todos). Pero Katz subestima esta cuestión. Para él, no sería un desdoblamiento relevante de la condición de Brasil como un poder subimperialista, ni consistiría en las nuevas y terribles páginas de los días actuales:el espacio de Brasil para implementar políticas subimperiales en la coyuntura actual es estrecho. El desplazamiento de Dilma fue consumado por un trípode de parlamentarios corruptos, jueces y medios de comunicación que reemplaza a los militares [SIC] en la instrumentalización de asonadas reaccionarias [...] el nuevo tipo de "golpes blandos" que el establishment efectivizó [...] [desplegó] acciones parainstitucionales [que] socavan la estabilidad requerida para implementar estrategias subimperiales. (Ibíd. :256)

Véase la equivocación de tal afirmación, que Katz no se dispuso a subsanar en las demás ediciones de su libro, publicado también en portugués en 2020 y en inglés en 2022[13], ya durante el gobierno de Bolsonaro y tras el conocimiento de abundantes evidencias fácticas contrarias a las tesis que Katz enunció en el pasaje anterior. Demostración de que mantiene la misma valoración.

Pero, volviendo a nuestra digresión, Katz insiste nuevamente en la misma tecla al comparar el caso de Brasil con el de Sudáfrica – también la mayor economía y uno de los países con mayor capacidad de poder en su entorno, consistiendo en otro caso paradigmático de subimperialismo junto con Brasil, como es estudiado por autores como Patrick Bond. Sin embargo, en opinión de Katz, ni un caso ni otro expresarían poderes subimperialistas en la actualidad:

La evolución reciente de Brasil presenta semejanzas con Sudáfrica. La principal economía del continente negro desarrolló, durante la mayor parte del siglo XX, una activa intervención en sus zonas aledañas para ampliar los negocios de las empresas localizadas en Johannesburgo y contrarrestar las rebeliones anticoloniales. El término subimperialismo fue apropiadamente utilizado para calificar esa estrategia del Apartheid […] Aun así, al igual que en Brasil, el problema aparece al momento de actualizar esa caracterización. La tesis subimperial podría ser mantenida si se prioriza la expansión de las firmas sudafricanas bajo el neoliberalismo del post Apartheid. […] No obstante, con la extinción del Apartheid, ha desaparecido la intervención militar externa explícita de las tropas de ese régimen […] Ese recorte del margen de acción bélica externa torna poco aplicable el término subimperial a la principal economía del continente negro. Al igual que Brasil, Sudáfrica persiste como un subimperio solo potencial. Confirmando el perfil variable de esa categoría, [Brasil, así como Sudáfrica] no cumple ese rol en la actualidad.  Katz, 2018:257 s.)[14]

Una vez más, se observa una asociación inmediata entre el "injerencismo militar" y la expansión de los negocios. Y, nuevamente, la presuposición de que el subimperialismo actual debería reflejar ipso facto a aquel de los años de la dictadura, que en realidad no se restringió a ese rasgo, ni tampoco fue lineal aún durante los años de los gobiernos militares, como aseverara el propio Marini.

Ahora bien, ya hemos dicho que no discrepamos en que las categorías, que expresan relaciones eminentemente históricas, asumen un perfil variable en el tiempo. Si esto es cierto, es natural que cuando se trata de objetos en movimiento, la teoría requiera actualizaciones de tiempo en tiempo. Sin embargo, se debe obedecer al rigor en el método. En el pasaje de Mészáros en el epígrafe del artículo, el filósofo húngaro sostiene que “el “übergreifendes Moment” [momento predominante] para hacer las necesarias reevaluaciones es la propia situación socio-histórica predominante y la posición bien definida de un pensador específico en su interior” (Mészáros, 2008). Pero, ¿cómo podrá Katz emprender esta revalidación, si toma supuestos erróneos al hacer un balance de la categoría subimperialismo y al proceder en el análisis concreto de una situación concreta?

Como se vio, en la propuesta de Katz para la actualización del concepto, se atribuye un mayor énfasis a la dimensión geopolítica – desatendiendo la dialéctica entre lo económico y lo político – y se utiliza una nueva noción, a la que denomina subimperio:

La categoría subimperio es particularmente apropiada para entender el estado de guerra permanente que impera en ciertas zonas para dirimir la supremacía regional. Las subpotencias recurren a la acción bélica para hacer valer su predominio. En ese sentido, Medio Oriente es el principal ejemplo de estos escenarios. Las rivalidades entre Turquía, Arabia Saudita e Irán se procesan en esos términos (Katz, 2018:260).

Bajo tal premisa, ni Brasil, ni Sudáfrica encarnarían ese estatus en la actualidad, cuando tras el fin de la dictadura militar-empresarial, en el primero; y el régimen del apartheid, en el segundo, el uso de la fuerza militar más allá de las fronteras se habría enfriado. Y como esta sería una condición determinante para configurar el subimperialismo – o subimperio, como él prefiere llamarlo – ambas formaciones sociales habrían cambiado de carácter. Estamos ante una variante de la noción de gendarme regional, bajo el término correlato de subimperio. Es el propio Katz quien lo explicita de esta manera:

Los debates teóricos sobre el subimperialismo suscitan interés, pero el concepto es relevante si esclarece la realidad contemporánea. ¿Cómo se aplicaría en el contexto actual?  […] El concepto le cuadra perfectamente a Turquía, que intervino en la reciente guerra de Siria siguiendo todas las reglas del subimperialismo. El gobierno de Erdogan buscó tumbar a su viejo rival Assad para gestar un liderazgo zonal en alianza con la Hermandad Musulmana [...] Como no logró primacía en el desplazamiento de su adversario, optó por sostenerlo. Este giro ilustra cómo despliega Turquía su estrategia de hegemonía regional […] Esa pretensión se asienta en tradiciones despótico-estatistas recreadas por la tutela militar. A diferencia de América Latina […], el fin de la dictadura no disminuyó en Turquía el peso dominante del ejército en la estructura política. Esa gravitación es un componente decisivo de la presión subimperial [...] Con ese belicismo, se busca mantener la tasa de crecimiento que afianzó el perfil económico intermedio del país. Las corporaciones de origen turco operan desde los años ochenta en varios países a través de convenios de libre comercio. (Katz, 2018: 239-241)

Una vez más, Katz atribuye un postulado de identidad entre el ejercicio del poder militar y la expansión económica más allá de las fronteras, invirtiendo el orden de los factores[15]. Contrariamente a Katz y en consonancia con lo que Marini formuló, pensamos que un poder subimperialista reúne capacidades que pueden implicar tendencialmente el uso de fuerza militar. Pero lo recíproco no es verdadero. Hay países dependientes que no son economías que lideran la acumulación de capital entre las demás naciones dependientes en sus respectivas regiones, aunque se encuentran armados hasta los dientes o son objeto de una escalada belicista.

¿Será por eso por lo que Katz titubea, considerando hipotéticamente que países como Arabia Saudita sean igualmente aspirantes a poderes subimperialistas? Tras zigzaguear entre estas conjeturas, el autor concluye que Turquía sería hoy el caso paradigmático; Brasil y Sudáfrica habrían dejado el estatus subimperialista; Arabia Saudita sería un aspirante – por ahora con pretensiones – e Irán no se habría confirmado como subimperialista.

Con la última colocación estamos de acuerdo. En cuanto a Turquía, es una realidad que debemos tener fuertemente en consideración. El problema es que Katz opone el caso de Turquía al brasileño y sugiere que sólo ese país presentaría esa condición. ¿Y por qué? Porque comparte una concepción del subimperialismo como gendarme regional: “Turquía es miembro de la OTAN y mantiene una aceitada conexión con el Pentágono. Alberga una base militar con ojivas nucleares apuntando a Rusia y ha enviado tropas a operaciones en Afganistán, Irak y Somalia” (Katz, 2018: 240). Y, de tal forma, “si se compara el nivel de intervención militar externa de Turquía con Brasil, salta a la vista el abismo de injerencia que se verifica en ambos casos. Como el primer país ofrece un modelo de intervención subimperial actual, resulta forzado extender esa caracterización a la nación sudamericana. El mismo contrapunto podría establecerse con India” (Ibíd.: 256 s.). Definitivamente, Katz puede estar pensando en otra cosa, pero no en las determinaciones descritas por el concepto de subimperialismo. De forma que el debate está mal colocado. No solo las cosas importan; el nombre también importa, ya lo decía Sócrates. En resumen, el significado de subimperialismo difiere tanto en relación con el de gendarme regional, cuanto en relación a la noción derivada, de subimperio, utilizada por Claudio Katz.

¿Fin de la fase monopolista sin superar el capitalismo?

Pero eso no es todo. Katz intenta impugnar en la vertiente económica la categoría de subimperialismo de Marini. Identificando estrictamente la cuestión con una de sus formas fenoménicas, que es la exportación de bienes manufacturados, busca refutar la solidez de esta categoría al constatar la caída de la participación relativa de los bienes industriales en la agenda del comercio exterior brasileño. Esto se puede ver en el tópico ¿Brasil subimperial hoy?, en el mismo libro La teoría de la dependencia...:

Brasil fue el principal modelo de Marini para caracterizar a los subimperios. ¿Encaja ese concepto con la realidad actual? No cabe duda de que el país mantiene su condición de economía intermedia. Ese posicionamiento persiste por el tamaño y gravitación de sus mercados. […] Esta incidencia se verifica también en el rol de las multinacionales. Hay 11 firmas de origen brasileño entre las 100 principales compañías globales […] No obstante, la economía brasileña difiere del perfil que presentaba en los años sesenta y setenta. Durante las últimas décadas, reapareció la especialización en exportaciones básicas junto con un significativo retroceso de la industria. Esa regresión coexistió con el creciente endeudamiento del Estado. Los bancos y el agronegocio han recuperado la primacía frente a los [burgueses] industriales en el bloque de las clases dominantes. (Katz, 2018: 254)

Veámoslo por partes. El autor coloca inicialmente que Brasil sigue presentando una posición intermedia en la jerarquía de la economía mundial – hasta aquí estamos de acuerdo. Inmediatamente, argumenta que el capitalismo brasileño de las primeras décadas del siglo XXI difiere del perfil que tenía en las décadas de 1960 y 70 del siglo pasado, considerando la nueva especialización productiva, en la cual se verifica un incremento de los productos básicos, así como un aumento de la presencia de fracciones burguesas representadas por el agronegocio y los bancos. También estamos de acuerdo con este diagnóstico. El problema radica en la afirmación siguiente, en la forma en que aborda el sentido de regresión. En la continuación de su texto, afirma enfáticamente:

Brasil perdió el aura de economía industrial ascendiente. Los países asiáticos, transformados en talleres del mundo, han acaparado esa fisonomía. El declive fabril brasileño es muy relevante para un diagnóstico subimperial en los términos de Marini. El pensador marxista atribuía esa condición a incursiones externas derivadas del despunte manufacturero. Si esa esfera declina, se replantea el estatus del país en la mirada dependentista. (ibíd.: 254. s)

Nótese una vez más el error de equiparar la esencia del subimperialismo con algunas de sus posibles formas. Luego de haber colocado un signo de igual entre subimperialismo e "injerencismo militar", como vimos anteriormente, Katz vuelve a la carga sugiriendo como peso de la prueba para la comprobación de la dinámica subimperialista la ocurrencia de "incursiones externas derivadas del despunte manufacturero". Su texto revela una doble confusión en términos económicos. Por un lado, extrae una afirmación que Marini nunca hizo: la de que el subimperialismo presenta un postulado de identidad con un país en sí exportador de bienes manufacturados.

Ahora bien, conforme lo colocó Marini en La acumulación capitalista mundial y el subimperialismo, "el modo mismo mediante el cual se realiza la exportación de manufacturas, o sea la forma que asume el fenómeno, señala ya diferencias, que apuntan al hecho de que no basta exportar manufacturas para ser un país subimperialista"(1977:28 s). Y más aún, la elevación de la composición orgánica del capital que da vida al subimperialismo en algunas economías dependientes no es una relación que se compruebe exclusivamente en la industria de transformación. La llegada de un país dependiente a la etapa monopolista provoca que el proceso de concentración y centralización del capital altere la dinámica de la economía en la propia producción de bienes agrícolas, como lo fue el proceso de modernización conservadora del agro en Brasil, que se convertiría en el segundo mayor productor de soya del mundo y el mayor productor de proteína animal. Pero, decía Marini:

Pasó el tiempo del modelo simple centro-periferia, caracterizado por el intercambio de manufacturas por alimentos y materias primas. Nos encontramos ante una realidad económica en que la industria asume un papel cada vez más decisivo. Esto es cierto aun cuando el capital industrial se amplía y fortalece en áreas extractivas y agrícolas [...] El resultado ha sido un reescalonamiento, una jerarquización de los países capitalistas en forma piramidal y, por consiguiente, el surgimiento de centros medianos de acumulación - que son también potencias capitalistas medianas -, lo que nos ha llevado a hablar de la emergencia de un subimperialismo (Marini,1977:21-39)

Registremos, por tanto, que Katz confunde la categoría de industria de Marx, que significa capital industrial, en el sentido de capital funcionante, con su expresión fenoménica en la forma de la industria de transformación, es decir, de las ramas de producción de la industria fabril. Y aquí radica el segundo error en su análisis económico del tema. Es sobre esta base que hace una deducción automática de una constatación al nivel de abstracción de las ramas de la producción ("el declive fabril brasileño") a una conclusión al nivel de abstracción de la formación económico-social ("Brasil perdió el aura de economía industrial ascendiente”, “se replantea el estatus del país en la mirada dependentista”).

A contrapelo de la lectura hecha por Katz, Marini acuñó el concepto de subimperialismo, relacionándolo inequívocamente con la llegada de un país dependiente a la fase de los monopolios y del capital financiero y a su burguesía integrada, en la acumulación capitalista internacional, materializando una composición orgánica intermediaria en el capital social total. La evidencia concreta confirma que ni la burguesía brasileña abandonó esta característica, ni Brasil dejó de ocupar una posición intermediaria en la acumulación internacional.

Que la producción de la industria en América Latina esté perdiendo posiciones frente a Asia no impugna la existencia de un poder subimperialista en Brasil. El país cuenta con el mayor banco privado de la región, el Itaú-Unibanco; es el principal centro financiero, con B3 – una fusión de Bovespa con la bolsa de mercancías y futuros, que negocia derivados financieros – y mantiene posiciones relativas incluso en algunas cadenas de valor, con empresas como Embraer y Petrobras, pese a las políticas privatizadoras.

Como formación dependiente subimperialista, Brasil ingresó al nuevo patrón exportador de especialización productiva mediante un proceso de aglomeración del Estado con un grupo de empresas intensivas en recursos naturales, siendo no sólo objeto, sino coadyuvante en la nueva división internacional de trabajo engendrada por la mundialización del capital.

A modo de ejemplo, la ruptura del monopolio estatal de Petrobras durante el gobierno de Fernando Henrique Cardoso, hecho que simbolizó el triunfo del Estado neoliberal en el país, fue secundada por la creación de la subsidiaria Petrobras Bolivia S.A., que incorporó en una operación de fusión y adquisición, la columna vertebral de los hidrocarburos bolivianos, que sufrían el proceso de privatización por parte del gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada. La pérdida de soberanía del pueblo brasileño estuvo acompañada de la participación del Estado y de las personificaciones del capital (a través de la capitalización de la principal empresa pública de Brasil) consumando la pérdida de soberanía de los bolivianos.

Este evento entre dos economías dependientes carecería de explicación si no fuera por la categoría de subimperialismo. Ésta cumple con una importancia decisiva para la crítica al proyecto lanzado en 2000 por Cardoso y profundizado en los gobiernos del Partido de los Trabajadores, la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana (IIRSA), cuya orientación fue la de crear corredores de exportación y explotar las riquezas naturales, a través de los territorios de los países de América del Sur, con miras a la exportación de mercancías para las economías del Pacífico y con daños socioambientales.

Otra paradoja es: ¿cómo se habrían mantenido las relaciones subimperialistas en los años de Lula y Dilma, si el discurso alentado era que los países del Sur dejaran de “dar la espalda unos a otros”? [16] Sin desconocer los cambios en el eje de la diplomacia, sostenemos que el capitalismo brasileño, durante los gobiernos neodesarrollistas, atravesó una conjunción de factores, en medio de los cuales, el patrón exportador de especialización productiva expresó relaciones subimperialistas, aunque esto fuera contrario a las intenciones de sus gobernantes.

El alza coyuntural de los precios de las materias primas en la década de 2000 y el flujo de liquidez internacional, especialmente buscando espacios de inversión con tasas de retorno más favorables luego del estallido de la crisis de 2007, reforzaron el movimiento de imbricación entre el capital bancario (función centralizadora del capital-dinero - sean bancos, sociedades por acciones, fondos de pensiones o fondos de inversión) y capital industrial en los años analizados.

Este proceso siguió dos movimientos básicos. Por un lado, las empresas brasileñas pasaron por un proceso de capitalización, a través de ofertas de acciones en la bolsa, multiplicando su capacidad de inversión en asociación con el capital extranjero; por otro lado, el Estado brasileño, utilizando los recursos coyunturalmente disponibles, transfirió montos a través de préstamos del Tesoro al Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES), lo que le permitió cumplir un papel protagónico en la política económica exterior. Con sus directores de orientación kaleckiana al frente, el BNDES impulsó la línea de financiamiento hacia la exportación de capitales, a través de servicios de ingeniería, con el objetivo de expandir la demanda interna de insumos e incrementar el volumen de negocios de las empresas participantes. Paralelamente, compró participaciones en grandes empresas exportadoras, de las ramas de la industria extractiva y de procesamiento de materias primas, incluso empresas argentinas, a través del brazo del mercado de capitales   que es la BNDESPar. Tales procesos llevaron a un crecimiento vertiginoso de las operaciones de compañías brasileñas en países de América Latina y también de África.

Si, en parámetros neodesarrollistas, tales medidas generaron empleos y demandaron bienes intermediarios producidos en Brasil – lo cual es un hecho –, bajo el escrutinio de la crítica metodológica radical, habría que decir que no se cuestionó el papel subordinado de Brasil y de América Latina en la división internacional del trabajo, como proveedora de productos de baja intensidad tecnológica. Y, además de esto, tales relaciones reprodujeron regionalmente el fenómeno del intercambio desigual que el propio país subimperialista padece como economía dependiente[17].

Este escenario sufrió modificaciones a partir del 2013. En el camino de la politización de la Operación Lava Jato, con su investigación selectiva y los vínculos con intereses del imperialismo dominante, se dio la semiparalización de las constructoras brasileñas, sumado al ataque mediático e institucional a Petrobras para rebanar sus actividades – un capítulo que salió a la luz con el escándalo de la "República de Curitiba" liderada por el dúo Moro-Dallagnol, conforme fue revelado por The Intercept Brasil (cf. Pinheiro Guimarães, 2019).

Sea como fuera, este hecho no puede obliterar la crítica del subimperialismo. Porque es eprobable que precisamente fuera por causa de este que una constelación de fuerzas buscó actuar para colocar una pala de cal al ciclo neodesarrollista – que ya estaba en crisis–, culminando en la campaña del impeachment de Dilma Rousseff y en la persecución política al expresidente Lula, con el fin de crear otro escenario más favorable en el contexto de las elecciones de 2018 para la explotación de las riquezas en Brasil y en su esfera de influencia.

Decir lo que acaba de exponerse no significa pensar que existió, antes, una burguesía interna de carácter progresista, como han sugerido algunos autores[18]. Ni mucho menos hacer una defensa positiva del estatus subimperialista del capitalismo brasileño[19]. Sino por el contrario. Es a través de la crítica al desarrollo asociado e integrado – en todas sus formas y expresiones – que transitaremos para afirmar los caminos necesarios para nuestra emancipación.

En el nuevo escenario que le siguió al golpe jurídico-parlamentario de 2016 y a la conformación del bloque ultraliberal-neoconservador, no hay supresión del subimperialismo, sino su cambio de forma hacia una mayor alineación con el imperialismo estadounidense. Aunque ponga en jaque el futuro del ya moribundo Mercosur, un elemento de las relaciones de desarrollo desiguales a escala regional con un vicio de origen en una concepción limitada y comercialista de la integración; aunque haya vaciado coyunturalmente la participación de Brasil en la diplomacia del comercio internacional, para hacer agrados inocuos al trumpismo; incluso si sabotea el intento del bloque BRICS de impulsar otra geopolítica mundial; el gobierno de Bolsonaro se muestra con varios expedientes que no escapan a la lógica de poder del subimperialismo.

No obstante la desastrosa política económica del superministro “Chicago Boy” Paulo Guedes, que acentúa aún más el retroceso de la industria de transformación en la composición sectorial del PIB brasileño, la extroversión subimperialista a través de otras fracciones del capital, como el agronegocio, los bancos e incluso las fracciones de la industria más ligadas al capital internacional – del cual son socias menores – son signos de que no ha dejado de ejercerse el poder del Estado a favor de los intereses de la burguesía asociada e integrada al imperialismo. Y más: la amenaza de coparticipar en una intervención de la OEA en Venezuela, apoyando al títere Juan Guaidó contra el gobierno de Nicolás Maduro; el respaldo al golpe de Janine Yañez en Bolivia en 2019 y el aliento a la formación un bloque conservador latinoamericano – que perdió fuerza tras la derrota de Trump, Pinẽra y Duque, aunque sigue siendo un proyecto demuestran la reanudación de rasgos más violentos del subimperialismo.

De esta manera, vemos cómo el subimperialismo sigue una realidad vigente, no solamente como categoría de análisis, sino como un elemento a ser enfrentado en la lucha por la emancipación de los pueblos en nuestra realidad social.

Conclusión

Entre los autores que estudian la economía política y la política exterior de Brasil, hay quienes ignoran la caracterización del subimperialismo o discrepan fuertemente de su valor heurístico para cualquier periodo. Hay, por otro lado, quienes aceptan o reivindican la categoría, aunque exclusivamente para el periodo de la dictadura militar-empresarial. Y hay, finalmente, quienes lo avalan o lo utilizan para los años de la dictadura y para análisis en otras coyunturas, en la historia posterior, inclusive para los años bajo Bolsonaro. Este es nuestro punto de vista (Cf. Luce, s.n; Sotelo Valencia, 2019).

En este artículo, buscamos sustentar la vigencia de la categoría subimperialismo como decisiva para comprender la realidad de Brasil en nuestros días. El subimperialismo es una formación económico-social que alcanzó la fase de los monopolios y del capital financiero, fase que sólo será superada con la superación de la dependencia y, por ende, del propio capitalismo. Más allá de una política -que puede proclamarse o no – el subimperialismo es una estructura de poder, que toma distintas formas en distintas coyunturas. De ahí la importancia de aprehender la esencia de estas relaciones, bajo pena de quedarse en la superficie de los fenómenos y no totalizar el análisis de las relaciones sociales, como enseña el método de Marx.

Si en el sistema vigente desarrollo es sinónimo de acumulación de capital (Marini, 1985), en una formación social como Brasil, que ha alcanzado un estatus subimperialista, la acumulación no asume rasgos ajenos a esta condición. Se trata del mayor parque industrial y la mayor plaza financiera de América Latina, una economía donde habitan dos tercios de la población de la región y Estado de mayor poder relativo en la realidad latinoamericana, con instituciones con capacidad de influencia en la política exterior y en las disputas por la hegemonía regional como lo son su cancillería (Itamaraty) y la Escuela Superior de Guerra (ESG), instrumentos de poder que no se configuran en las mismas condiciones en otros países dependientes en la región. Así, los agentes políticos tienden a reproducir sus tendencias y contradicciones, lo que trae desafíos adicionales desde el punto de vista de las transformaciones que se deben realizar.

Por estas razones, el subimperialismo brasileño sigue una realidad que demanda un análisis crítico, bajo pena de permanecer como una quimera si las izquierdas no alcanzan una comprensión precisa de la realidad del país, que sufre males como el resto de América Latina, al mismo tiempo que concentra recursos de poder que lo convierten en una pieza decisiva en el tablero de la región.

Tal como la esfinge de Tebas y su desafío “descíframe o te devoro”, el subimperialismo compone el enigma brasileño, exigiendo explicaciones científicas y respuestas políticas a la altura, convirtiéndose obligatorio que abordemos este problema. Trae desafíos adicionales para la superación del sistema de dominación. Pero trae potencialidades mayores de cambio, cuando las masas y sus vanguardias asuman las riendas de su destino y, transformando radicalmente los fundamentos del Estado y de la formación económico-social, pongan en marcha la liberación de sus potencias creadoras, para hacer realidad el sueño de un Brasil y una América Latina libres de toda explotación de clase y de toda forma de opresión.

Que un país de la región esté siendo gobernado por fuerzas ultraderechistas es motivo de alerta para todos los que le tienen apego a la vida y a las condiciones dignas de trabajo y de existencia. Que ese país sea Brasil es motivo de alerta aún mayor. Ser consciente del carácter subimperialista del Estado brasileño es un punto de partida fundamental para la lectura de la coyuntura. En las elecciones de este año, Lula tiene la oportunidad de usar su carisma para reconciliar a Brasil con América Latina, enfrentando el reflujo de la espada de Damocles donde ascendió el núcleo bolsonarista. Al mismo tiempo, la tarea de liberar al país de la amenaza neofascistizante sólo se decidirá con la lucha organizada de las masas, que tienen en la derrota electoral de Bolsonaro su primer paso a cumplir.

(Traducción de Luciana Oliver Barragán)

Bibliografía

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Viana, Natalia, "Empresários brasileiros fizeram lobby por "zona franca" no Haiti". 2011. En: http://cartacapitalwikileaks.wordpress.com

[1]. Cursivas en el original.

[2]. Dígase de paso, uno de los puntos más altos en la elaboración de un pensamiento marxista con raíces latinoamericanas.

[3]. En la narrativa de Cícero, en sus Tusculum Disputationes, en una alegoría que se remonta probablemente a Diodoro Sículo, Damocles acepta la invitación de Dionisio para intercambiar de lugar con él, siendo servido con beneficios y favores de la corte del otro. Hasta que Dionisio ordena que una espada afilada fuese colgada por encima de la cabeza de Damocles, asegurada apenas por un hilo delgado de la cola de un caballo, a punto de caer sobre el cuello de Damocles.

[4]. Esta sección está basada en una conferencia que llevamos a cabo en 2013, en el Auditorio de la Asamblea Legislativa del Estado de Rio Grande del Sur, en un seminario promovido por la Asociación Cultural José Martí – RS.

[5]. Para una crítica a esta narrativa racista, que remonta a la reacción que se produjo frente a la revolución haitiana, ver Martínez Peria, Juan Francisco. La Revolución Haitiana y su ideario político: la universalización de la libertad y la igualdad. En: Antolín Sánchez Cuervo, Ambrosio Velasco Goméz (Coords.). Filosofía política de las independencias latinoamericanas. Madrid: CSIC, 2012. Ver también la historiografía sobre la Segunda Esclavitud, en autores como Dale Tomich y otros que muestran cómo los ex colonizadores y propietarios esclavistas producían un ajuste espacial, con la transferencia, después de la revolución haitiana, del eje de la economía del café, del azúcar y del algodón a Brasil, Cuba y EUA, resultando en desinversiones con consecuencias en las fuerzas productivas del nuevo país.

[6]. Fue en esa misma reunión que el presidente Hugo Chávez propuso la creación de un Fondo Humanitario Internacional, una especie de anti FMI, que estaría formado por recursos de países del sur para hacerle frente a las crisis de la balanza de pagos sin tener que subordinarse a las condicionalidades de las instituciones financieras multilaterales regidas por las relaciones imperialistas.

[7]. Infelizmente, el Ministerio de las Relaciones Exteriores de Brasil se omitió, en esa ocasión, de realizar una denuncia, jamás habiendo mencionado que hubiera golpe de Estado y limitándose a decir, en una nota, que estaba preocupado con la situación política del país.

[8]. No solamente la categoría de subimperialismo, sino también la de superexplotación del trabajo, que para él no tendría sustento concreto en la realidad. Para una crítica a Katz en este aspecto, ver Jaime Osorio. Renovar en la teoría de la dependencia sin teoría del capitalismo dependiente: crítica a la propuesta de Claudio Katz. Revista de la Sociedade Brasileira de Economia Política 53, (2019), pp. 54-72; y Adrián Sotelo Valencia. Crítica a la crítica de Katz a Marini, 2017, En: http://lhblog.nuevaradio.org/b2-img/KatzPDF.pdf.

[9]. En una cita anterior en el mismo texto, Katz afirma que "Marini no aplicó el término [subimperialismo] a la intervención brasileña en la Segunda Guerra Mundial", que fue el mayor desplazamiento de tropas en la historia contemporánea de Brasil, seguida por la misión en Haití. Ahora bien, claro que no “aplicó”, pues no se configuró aún el fenómeno del subimperialismo, que es decurrente de la división internacional del trabajo y del poder mundial pos-década de 1950. Aun así, Marini sí utilizo el término para tratar sobre la participación del Estado brasileño en la intervención militar en República Dominicana, en 1966, que tiró al gobierno nacionalista de Juan Bosch. Sea como fuera, no es esto en sí la llave para la explicación del carácter subimperialista del capitalismo brasileño. Siendo en realidad una de sus expresiones posibles.

[10]. Reflexionando sobre el concepto de Marini, Halliday escribió que el autor brasileño habría hecho una lectura mecanicista de la relación entre poder económico y poder militar, de manera que para haber subimperialismo deberían ser destinadas exportaciones a países en que se intervenía militarmente, un argumento que Marini nunca sustentó. Ver, de Halliday: Iran ¿Imperialista? ¿Subimperialista? En: Iran. Dictadura y desarrollo. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 1981, p. 370.  Reserva hecha, el libro de Halliday es uno de los mejores estudios disponibles, a partir del materialismo histórico, sobre el Irán de las décadas de 1960 y 70 y el régimen de Rezha Pahlavi. 

[11].  Además de Brasil, que envió el mayor contingente, enviaron tropas, en menor número, los siguientes países latinoamericanos: Argentina, Bolívia, Chile, Ecuador, Guatemala, México, Paraguay, Perú, República Dominicana, Uruguay; los otros países fueron: Benín, Croacia, España, Indonesia, Jordania, Nepal, Filipinas y Sri Lanka, aparte de EUA, Francia y Canadá. 

[12]. La ocupación del complejo de favelas de la Maré, en 2014, en la ciudad de Rio de Janeiro, que movilizó a 2.500 hombres del ejército, marina y de la policía militar del estado de Rio de Janeiro y obtuvo el apoyo de 20 blindados, fue compuesta en un 60% de su contingente por elementos que pasaron por Haití.  Valor Econômico, edición 17 a 21 de abril de 2014.

[13]. Edición brasileña: A teoria da dependência. 50 anos depois. São Paulo: Expressão Popular, 2020. Trad. Maria Almeida; edición en lengua inglesa: Dependency theory after fifty years. Leiden; Boston: Brill, 2022. Trad. Stanley Malinowitz.

[14]. En ese pasaje citado, registremos, más allá de todo, lo inadecuado que es resumir a África y su diversidad de pueblos con la denominación recurrente de “continente negro”, una forma de prejuicio lingüístico que es rechazada por varias corrientes del movimiento negro en la contemporaneidad.

[15].  Más allá de eso, se engaña al suponer que el ejército hubiera disminuido su presencia en el control del Estado brasileño, lo que aumentó vertiginosamente bajo el gobierno de Bolsonaro, pero no exclusivamente durante éste, siendo un rasgo que presentó una trayectoria ascendiente después de 1988. Ver Rodrigo Lentz, op. cit. 

[16].  Palabras proferidas en el discurso de pose de Lula da Silva, en 2003.

[17]. Diferente de las críticas ultraliberales del bolsonarismo sobre la utilización del BNDES como banco de fomento, nuestra crítica con respeto a la política del BNDES en aquellos años es que éste se mantuvo preso a la manutención del modelo productivo vigente.

[18]. La tesis con respecto a la existencia, hasta 2016, de un “frente neodesarrollista” fue defendida por Armando Boito Jr. en varios trabajos. Ver, por ejemplo, A questão da grande burguesia interna (Caderno de Debates Consulta Popular, n. 3, 2017). Y, en el mismo volumen, conferir la crítica de Igor Fuser. Reflexões críticas sobre o golpe, a burguesia e a teoria da 'frente neodesenvolvimentista' (en: Cadernos de Debates..., op. cit.). Una contraréplica de Boito Jr. fue publicada, también, en el Apéndice de su libro Reforma e crise política no Brasil. Os conflitos de classe nos governos do PT. San Pablo: EdUNESP, 2018.

[19]. Fernando Haddad, cuando fue candidato en las elecciones presidenciales de 2018, mencionó en una entrevista a la revista Jacobin lacuestión del subimperialismo. Lo que le sorprendió a algunos fue que se haya referido literalmente con el apelo nostálgico a un carácter subimperialista de la economía brasileña, que en la evaluación de él habría sido dejado atrás después del golpe jurídico-parlamentar de 2016. En un artículo posteriormente publicado en la Folha de São Paulo, Haddad se declaró resentido con la falta de una burguesía nacionalista en Brasil. Los dos textos parecen no ser coincidencia, sino más bien una insuficiencia teórica en la comprensión del carácter del capitalismo brasileño y de su clase dominante.

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