21/05/2024

De la prisión académica a la libertad intelectual

Mi despedida de la Universidad Pedagógica Nacional

“Yo quería hacer un hombre de cada animal humano; ellos, más prácticos, han hecho un animal de cada hombre y se han hecho ellos mismos pastores del rebaño. Sin embargo, prefiero ser un soñador que un hombre práctico”. Ricardo Flores Magón, Carta a Nicolás Bernal, Penitenciaría Federal de los EEUU, Kansas, Octubre 30 de 1920.

Este 10 de agosto comienzan las clases en la UPN y ese mismo día he decidido retirarme de esta institución, donde he laborado durante 35 años. En agosto de 1988 me incorporé como profesor ocasional de medio tiempo en la Facultad de Educación y en septiembre de ese año gané el concurso público de profesor de planta en el Departamento de Ciencias Sociales, a donde me vinculé el 8 de febrero de 1989.

Vocación de educador

Siempre tuve claro que quería ser profesor, no llegué a este oficio como un refugio efímero o porque no pude incorporarme a otra actividad laboral. No sé si he sido buen o mal profesor, eso lo podrán decir los miles de estudiantes que me han acompañado en estos 35 años en la UPN y en mis 45 años de experiencia docente en colegios, educación de adultos y en varias universidades. Lo que sí sé, y ese es un criterio que guía mi vida -basado en mis convicciones revolucionarias y anticapitalistas- es que he sido responsable de principio a fin, y las actividades académicas e intelectuales que he desempeñado las he realizado con pleno convencimiento de causa, dedicación, entrega y pasión. Siempre me basé en el criterio de que cada clase debía ser desarrollada como si fuera la primera, y así lo he hecho hasta la última que dicté a finales de mayo de este año. De la primera a la última clase con altura, rigor, desprendimiento, respaldo documental, ironía, sarcasmo… Tal ha sido mi principal criterio pedagógico y a él me he mantenido fiel, sin ceder ni un ápice. Como lo dijo José María Arguedas sobre su condición de educador: vivo todavía convencido que nací para ese oficio.

Sigo siendo un amateur (aficionado) de la educación, si por tal entiendo a “alguien -que a diferencia del profesional- estudia algo no para labrarse una carrera, sino por amor al asunto, motivado por un sentido de la responsabilidad, el esmero y la implicación personal”[1].

Durante mi permanencia en la universidad pública, en mi condición de estudiante y de profesor, intenté ser coherente con su defensa irrestricta como espacio democrático que contribuyera al mejoramiento de la sociedad colombiana; nunca busque dadivas personales ni reconocimientos. Jamás concebí mi actividad docente o investigativa como un medio de ascenso hacía las escabrosas cimas de los micropoderes universitarios.

Como profesor participé directamente en las grandes luchas que se dieron en la universidad desde la década de 1990 hasta el día de hoy, entre ellas el paro nacional estatal de octubre de 1998 -cuando fueron asesinados varios dirigentes sindicales-, el campamento en las instalaciones de la calle 72 en 2007, la movilización de la MANE en 2011, el paro estudiantil en 2018…

Mis investigaciones y artículos se sustentan en la convicción que la escritura es una necesidad vital, una forma de demostrar que, en medio de las miserias y penurias, existimos y luchamos. “Escribo intentando que seamos más fuertes que el miedo al error o al castigo, a la hora de elegir en el eterno combate entre los indignos y los indignados”[2]. Rechazo la lógica del capitalismo académico de ver a la producción escrita como una simple mercancía y reivindico que las palabras nos deben ayudar a pensar, desentrañar y a enfrentar este turbulento mundo en que nos ha tocado vivir.

En estos largos años le brindé a la UPN toda mi energía, mi capacidad intelectual, mi espíritu de lucha y rebeldía. Me quedé en esta institución porque entendía la importancia que tiene la educación crítica en un proyecto liberador y transformador. Soporté con dolor la muerte de colegas, entre ellos mi gran amigo Darío Betancourt, de varios estudiantes que conocí en mis clases, el suicidio de un entrañable alumno, así como el encarcelamiento y persecución de otros estudiantes por las fuerzas represivas del Estado y de organismos paramilitares…

Nunca pensé en irme de la UPN a otra universidad del país o del exterior, aunque tuviera la oportunidad. Siempre afirmé, y lo sigo diciendo, que Colombia es tan injusta, desigual y antidemocrática que uno debe quedarse acá para enfrentar esa realidad e intentar cambiarla, con nuestro pequeño granito de arena, con todos los riesgos personales que eso supone. Lo más fácil es irse o, con disonancia cognitiva, mirar para otro lado, como si esa terrible injusticia no tuviera que ver con nosotros y encerrarnos en las torres de marfil del mundo académico, en ficticios y mercantiles grupos de investigación -con fuerza de trabajo docente semi-esclava incluida-, o en engordar el vanidoso Cvlac y cosas por el estilo.

Para mí la UPN no fue un lugar de paso para hacer carrera o lucrarme con jugosos asuntos mercantiles. Por el contrario, siempre fue un espacio de estudio, de reflexión y de lucha. La UPN fue mi segunda casa, un hogar que habité con pasión en sus aulas, plazas y pasillos. Mi presencia en esta casa, durante 35 años, ha quedado rubricada de múltiples maneras: con los libros y artículos que he escrito; con mis planteamientos críticos sobre la gestión privatizadora, represiva y antidemocrática de varios rectores; con mis denuncias sobre corrupción y malos manejos por parte de diversos sectores administrativos y docentes; con mi rechazo frontal (teórico y práctico) de la neoliberalización educativa del sistema universitario público desde comienzos de la década de 1990; con las cientos de conferencias que impartí y las decenas de marchas, mítines y manifestaciones en que participé, acompañando a estudiantes, trabajadores y a unos cuantos profesores; como Representante de los Profesores en el Consejo Superior; como cofundador de la Asociación Sindical de Profesores Universitarios (ASPU), seccional UPN, de la cual fui presidente por un corto período de tiempo; como miembro de la Comisión Histórica del Conflicto Armado y sus Víctimas…

Todas mis palabras y mis acciones se sustentan en un elemental precepto ético y cultural de índole socrático, que sintetizó de manera magistral el revolucionario italiano Antonio Gramsci: “Pensar bien, sea lo que sea que uno piense, y por tanto actuar bien, sea lo que sea que uno haga”[3].

Hoy digo adiós, de la misma forma en que llegué, con dignidad, decoro, con la frente en alto y en bus. Me queda la satisfacción de haber contribuido con todas mis fuerzas y energía a proporcionar instrumentos de reflexión a miles de estudiantes para que dudaran, preguntaran, cuestionaran, pensaran con cabeza propia, no tragaran entero, no creyeran que vivimos en el país más feliz del planeta y tuvieran una postura decente y ética como guía de su existencia docente y cotidiana.

Los fríos barrotes de la prisión académica

La academia terminó siendo una prisión, en la que ya no se piensa, ni reflexiona, una cárcel educativa y cultural, en la que no germina la inteligencia sino el conformismo, la resignación y la ignorancia que se cree ilustrada. Por desgracia, se ha hecho realidad nuevamente aquello que denunciaba José Carlos Mariátegui hace un siglo, cuando decía que estas universidades tienen un peor estigma que el analfabetismo, “tienen el estigma de la mediocridad”. Eso caracteriza a la UPN y a la totalidad de las universidad públicas de Colombia, y reproduce en nuestro país una tendencia mundial, un resultado elemental de haber convertido a la universidad en un despreciable nicho mercantil.

Me hastié de la mediocridad de la universidad de la ignorancia, de sus simulaciones y mentiras, de sus nuevas formas de censura, que pretenden certificar qué es conocimiento relevante (pretendidamente científico) y qué no lo es y a lo que se sale de sus cánones estrechos y restringidos lo denominan “literatura gris”, como todo lo que yo escribo.

Me cansé de ese espíritu de corrupción que medra tras el Decreto 1279, que ha generado una brutal segmentación docente y ha dado origen, en gran parte de las universidades públicas, a una nueva mafia, configurada por el cartel de los puntos, que desangran aún más el exiguo presupuesto de estas instituciones, mientras que miles de docentes soportan la precarización laboral, la inestabilidad, el maltrato, en una palabra, la explotación pura y dura.

Es insoportable la hipocresía y simulación del sistema mercantil de acreditación y de las presunciones de los rectores de turno luego de que esos comités de ocasión le conceden “acreditaciones de alta calidad” a la UPN, mientras la universidad se deshace a pedazos.

En el último año soporté matoneo y amenazas por parte de un sector de estudiantes, de profesores, de directivos académicos y la pasividad cómplice y permisiva de la alta administración, empezando por su actual rector, Alejandro Álvarez Gallego, y eso hizo que se rompiera el último hilo que me unía sentimentalmente con la UPN. Que los estudiantes no me hayan respaldado en el momento en que más lo necesitaba (desde luego, con una pocas excepciones, dignas y valerosas) y, peor aún, que un sector de ellos haya organizado el matoneo, me han quitado las ganas de permanecer en la UPN. Este ya no es mi espacio, no me dice nada, todo lo que allí pasa me parece insustancial, porque lo único que me mantenía atado a la universidad, anímica, política e intelectualmente, eran los estudiantes, por quienes lo di todo y me la jugué siempre, incluso poniendo en riesgo mi seguridad personal.

Hasta acá llego, porque considero que, la UPN ya se agotó como un proyecto educativo, cultural y político que tenga algún relieve para mí. Por eso, ya no vale la pena permanecer ni un minuto más en su interior, porque, además, existen formas mucho más interesantes de perder el tiempo.

Hoy abandono esta prisión, la de la universidad de la ignorancia y la mediocridad, y me reencuentro con la libertad intelectual. Sí, porque lo académico es lo opuesto al trabajo intelectual, prisionero como está de múltiples intereses privados, corporativos y mercantiles.

Me retiro en el momento en que mantengo mi capacidad intelectual y creativa y con ganas de proseguir mis combates en otros espacios fuera de la UPN, porque, al fin y al cabo, yo siempre dije que el mundo no comienza en la calle 72 y termina en la calle 73, sino que afortunadamente ese mundo es “ancho y ajeno”, como lo proclamaba Ciro Alegría.

Renuncio a la UPN porque la labor docente se ha convertido en un “trabajo de mierda”, según la acertada denominación del malogrado pensador anarquista y activista político David Graeber en el libro con ese mismo título, sí Trabajos de mierda[4]. En la docencia ya no interesa ser buen profesor, ni ser responsable ni comprometido socialmente, ni preparar clases e impartirlas con decoro y altura, ni leer libros, ni estar actualizado sobre lo que pasa en el país y en el mundo, ni organizarse ni implicarse políticamente en defensa de lo público. A nuestro noble oficio lo convirtieron en un trabajo de mierda, porque se han impuesto en forma antidemocrática lógicas perversas, inútiles e innecesarias, tales como llenar formularios durante todo el semestre, formar parte de inanes comités, redactar informes para fantasmales instancias burocráticas que se archivan sin ser leídos, asistir obligados a reuniones insustanciales, cuantificar todo lo que se hace (publicaciones, clases, reuniones, informes) con fines de [des]acreditación…

En el camino de mierdificación, unos pocos docentes se metamorfosearon en prósperos negociantes académicos que consiguen fondos económicos para sí y unas cuantas migajas para la universidad, se han transformado en turistas académicos que deambulan de aeropuerto en aeropuerto a la caza de cuanto estúpido seminario académico se organice en el que se discuten cosas tan trascendentales como el sexo de los ángeles, lo que, de paso, acelera el calentamiento global si recordamos que el transporte aéreo es una de las actividades que más achicharra nuestro sufrido planeta. Esos pocos son los mismos que solo escriben para revistas indexadas y sobre todo si están en inglés, pues, of course, eso incremente los puntos salariales, aunque esas revistas no las lea nadie.

En breve, la docencia como trabajo de mierda amplía la polarización y la segmentación de una vasta mayoría de proletariado académico que realiza las labores duras y mal remuneradas, sin ningún incentivo ni objetivo loable a la vista y al otro lado una minoría de mercachifles, cultores de la bibliometría y de los negocios, cuya razón de ser no es el saber ni el conocimiento sino la de recibir dinero hasta por suspirar, todo inscrito en la brutal y destructiva “cultura del puntismo”.

Renuncio a la UPN porque ya no soporto el cretinismo digital de aquellos (empezando por los estudiantes y los profesores) que andan pegados al celular, esa prótesis artificial que devino en una prolongación miserable de la mano, y rompe cualquier comunicación genuina y verdadera, la que se da cara a cara, sin intermediaciones tecnológicas. Los espacios académicos se han tornado insoportables ante la contaminación digital, en donde tiene más importancia una pantalla que un ser humano y los estudiantes están poseídos por la incontinencia (y la impertinencia) digital. Deploro la estupidez tecnológica generalizada, en donde ya no hay espacio ni para la voz, ni para la escritura, ni corazón ni cabeza, sino puro estómago y emociones primarias.

Y mucho menos puedo aceptar que a esa sumisión digital que se ha impuesto a la brava -porque detrás están los negociantes de cachivaches tecnológicos- se le aplique el epíteto de inteligente y se utilice sin vergüenza ese eufemismo del mundo contemporáneo de la supuesta “universidad inteligente”. No, la pretendida universidad inteligente es lo más mediocre e ignorante que puede existir. Además, hablar de inteligencia es un insulto al pensamiento y a la realidad, en medio de la precarización docente, de edificios destartalados que se caen a pedazos, de la tugurización del campus de la calle 72 y de ese galpón de casetas prefabricadas que se denomina Valmaria…

Para que perder tiempo hablándole a estudiantes que parecen robots amaestrados, que viven pegados a sus celulares, como si la dura realidad externa no existiera ni les preocupara en lo más mínimo. Es mejor hablarles a las paredes externas, que abundan fuera de los enmohecidos muros de esta Universidad, con plena seguridad que vamos a ser escuchados sin disgustos, ni malos ratos.

Los últimos barrotes de odio de la academia los ha colocado la corrección política y el fascismo de género, que se han apoderado de los espacios universitarios. Algunos y algunas intentaron encadenarme a este nuevo barrote de ignominia, simplemente porque me niego a seguir las estupideces de dicha corrección política, que pretende, nada más ni nada menos, censurar nuestro lenguaje, constreñir nuestra libertad de pensamiento y enterrar la libertad de cátedra. Estos nuevos censores, de diversos géneros, recurrieron a los mecanismos típicos de los mediocres, hipócritas e ineptos, esto es, a la calumnia, a la difamación a la censura, pensando que eso me iba a silenciar. Los que recurrieron a esos viles procedimientos, entre ellos profesores y profesoras del Departamento de Ciencias Sociales y de otros departamentos de la UPN, con los que me cruzaba todos los días en los pasillos y patios, los carcome la envidia destructiva, porque nunca pudieron aceptar mi seriedad, compromiso, autonomía, independencia, capacidad crítica y mi nivel de exigencia en todo lo que hago, y en primer lugar en los cursos que impartía y en los textos que escribo.

Con dignidad he afrontado un matoneo criminal -ese asesinato moral, acompañado de la política de la cancelación- emprendido contra mí por ser un profesor que no tolera la mediocridad ni la lambonería, por ser exigente y riguroso, por hablar claro y sin eufemismos, por mi compromiso político, por mi espíritu rebelde, crítico y contestario. Esto indica que, en la universidad de la ignorancia, en la que vivimos, no se puede ser exigente académicamente con los estudiantes de la generación de cristal (o “generación pulgarcita”), quienes están convencidos que usar el pulgar para chatear de día y de noche es un esfuerzo descomunal, por el que los debemos aplaudir, certificar los cursos sin ningún compromiso real con el saber y avalar la promoción automática para graduarlos. Lo más doloroso para mi es tener la certeza que de esa generación pulgarcita van a salir los “profesores” que van a “educar” a mis hijas.

Artesanía intelectual y esperanza crítica

Que me marche de la UPN y lleve en la boca el sabor amargo de la ingratitud no significa que de mí se haya apoderado el pesimismo. Por el contrario, creo en la esperanza crítica o, como la llamaba José Carlos Mariátegui, en “el optimismo del ideal”, que se contrapone al “pesimismo de la realidad”, puesto que “los que no nos contentamos con la mediocridad, los que menos aún nos conformamos con la injusticia, somos frecuentemente designados como pesimistas. Pero, en verdad, el pesimismo domina mucho menos nuestro espíritu que el optimismo. No creemos que el mundo deba ser fatal y eternamente como es. Creemos que puede y debe ser mejor. El optimismo que rechazamos es el fácil y perezoso optimismo panglosiano de los que piensan que vivimos en el mejor de los mundos posibles”[5].

Creo que la esperanza real se afinca en la lucha que libremos en los lugares en donde nos encontremos, aunque tengamos que soportar la soledad del corredor de fondo, de aquel que sabe que la carrera es larga y difícil y no puede ni debe desfallecer ante el menor inconveniente, ni desmoralizarse ante el primer obstáculo, y tiene la convicción firme de que debe mantenerse en la carrera, aunque su objetivo no sea el triunfo, ni la gloria, ni el éxito. Claro, no estoy defendiendo la lucha individual y aislada, sino que reivindico un viejo y sabio principio de los marineros (los proletarios flotantes) del siglo XVIII: “Sin asociación, las largas travesías no te hacen un hombre, sino un esclavo”[6]. Con la firme convicción de seguir luchando fuera de la cárcel académica, dado que el camino es largo y la vida individual corta, mantengo mi esperanza intacta, sustentado en un principio cardinal: “No somos optimistas; no presentamos una visión agradable del mundo con la que todos puedan entusiasmarse. Allá donde nos encontremos no tenemos más que una pequeña tarea concreta, estar del lado de la justicia, con los pobres”[7].

Ahora, tras recuperar mi libertad intelectual plenamente, sin embelecos académicos sobre normas de publicación, bibliometría, comités de acreditación, smartphones, cretinismo digital, corrección política y fascismo de género, seguiré haciendo las cosas que siempre he hecho en forma independiente y externa al ámbito universitario: acompañar a mis hijas, escribir, leer, publicar libros y ensayos, reflexionar sobre el país y el mundo, unirme a diversos sectores que mantienen la dignidad y el espíritu de lucha, sin las restricciones insoportables de la prisión académica. Mi anhelo es mantenerme como el Vagabundo de las estrellas, el personaje de la novela de Jack London, cuyo cuerpo está encerrado en una prisión, pero cuyo espíritu vuela libre lejos de ese mundo carcelario.

Y ahora que me he liberado de la prisión académica quiero seguir siendo un artesano en todos los ámbitos de mi vida, de la misma forma que durante estos 35 años pretendí ser un artesano del intelecto y la educación basándome en principios elementales y claros: hacer siempre las cosas bien, con calma y paciencia, de manera atenta, con entrega y pasión, con rigor flexible sin esperar ninguna gratificación a cambio. Lo que representa el artesano y la artesanía intelectual puede ser dicho de diversas formas con las palabras de Richard Sennett, con las que cierro esta despedida: el artesano es aquel que “produce inquietud, transmite intranquilidad, invita a pensar”; “el artesano representa la condición específicamente humana del compromiso”; “la recompensa emocional que la artesanía brinda con el logro de la habilidad es doble: el artesano se basa en la realidad tangible y puede sentirse orgulloso de su trabajo”; “hacer un buen trabajo significa tener curiosidad, investigar y aprender de la incertidumbre”; “el artesano está volcado hacia fuera, hacia su comunidad”. Y, una conclusión no menos importante que ha dictado la determinación que he tomado de retirarme de la UPN: “el buen artesano comprende cuando es el momento de parar”[8].

Bogotá, agosto 9 de 2023.

Notas

[1]. Tim Ingold, Correspondencias. Cartas al paisaje, la naturaleza y la tierra, Gedisa, Barcelona, 2022, p. 23.

[2]. Eduardo Galeano, El cazador de historias, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2016, p. 245.

[3]. Citado en Andrew Pearmain, Antonio Gramsci. Una biografía, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2022, p. 59.

[4]. David Graeber, Trabajos de mierda. Una teoría, Editorial Ariel, Barcelona, 2018.

[5]. José Carlos Mariátegui, “Pesimismo de la realidad y optimismo del ideal”, en El Alma Matinal y otras estaciones del hombre de hoy, Obras completas, Tomo 3, Editora Amauta, Lima, 1983, p. 35.

[6]. Citado en Markus Rediker, Entre el deber y el motín. Lucha de clases en mar abierto, Editorial Levanta Fuego, 2022, p. 172.

[7]. Herbert McCabe, citado en Terry Eagleton, Esperanza sin optimismo, Editorial Taurus, México, 2016, p. 9.

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