24/06/2024

BIELORUSIA: Lo que el país puede perder en la batalla

Por Revista Herramienta

Recuperar el proceso democrático quebrado no debe acarrear el coste de la desigualdad y la corrupción a que se enfrentan ahora otras antiguas repúblicas soviéticas.

Ahora que la crisis política en Bielorrusia se agrava, una cosa está clara: la responsabilidad sobre la situación corresponde enteramente al presidente Alexander Lukashenko, quien se mantiene en el poder desde 1994. Fue él quien presidió la evidente falsificación de la elección del 9 de agosto, condenada por fraudulenta por Occidente y que incluso el ministro de Exteriores ruso ha tachado de “no ideal”. Lukashenko también es el mando supremo de los servicios de seguridad que han brutalizado a miles de manifestantes pacíficos durante la última quincena. Sin embargo, el reconocimiento de estos hechos y del historial de actos autoritarios y crueles de Lukashenko no debería ocultar la preocupación por las consecuencias potencialmente desastrosas de un cambio de régimen mal gestionado.

Las estimulantes escenas de poder popular en Minsk recuerdan vivamente las movilizaciones en pro de la democracia que desbarataron el intento de golpe de Estado orquestado por el búnker soviético para deponer al entonces líder soviético Mijaíl Gorbachov hace exactamente 29 años, en agosto de 1991. Ahora bien, ni aquellas manifestaciones ni ninguna otra revuelta masiva importante desde entonces han dado pie a la creación de Estados democráticos estables en lo que fue la Unión Soviética.

Con la excepción de Letonia, Lituania y Estonia, que nunca aceptaron del todo que formaban parte de la Unión Soviética, la caótica implosión de la URSS dio lugar a una docena de Estados más o menos disfuncionales. Tres décadas después, ninguno de ellos ha sido capaz de liberarse de la corrupción, el autoritarismo o la intromisión de Rusia. Una parte importante de la ciudadanía de todos estos países –un tercio de la población ucraniana, más de la mitad de la bielorrusa, cerca del 70 % de la rusa y hasta un 80 % de la armenia, según un sondeo de 2017 del Pew Research Center– ha acabado lamentando la desaparición del antiguo orden, cuyas ventajas solo se vieron plenamente a toro pasado, en plena revuelta social y económica.

Al igual que sus predecesoras soviéticas, la población bielorrusa tiene mucho más que perder a raíz de una transición mal gestionada que lo que puede parecer a primera vista. La fobia patológica de Lukashenko a la reforma ha contribuido a crear el impás actual, pero también ha ahorrado a Bielorrusia la terapia de choque económica y la privatización masiva que hizo que los activos industriales soviéticos pasaran a manos de cargos políticos y criminales organizados en las vecinas Rusia y Ucrania. Hoy, Bielorrusia tiene una tasa de paro más baja que la media de la eurozona y sigue siendo una de las sociedades menos desiguales del mundo.

Pese a la palpable sensación de estancamiento, la población bielorrusa ha visto triplicarse el PIB per cápita desde 1995. Mientras que el PIB del país sigue siendo más bajo que los de Polonia y los países bálticos –miembros establecidos de la UE, que en la época de la disolución de la URSS contaban con economías mucho más desarrolladas–, duplica el de las antiguas repúblicas soviéticas cercanas de Ucrania y Moldavia. Durante el último cuarto de siglo, Bielorrusia también ha registrado un aumento del 24 % del Índice de Desarrollo Humano, que mide el progreso a largo plazo de datos como la longevidad, el acceso a la educación y el nivel de vida, recopilados por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo. Es un avance significativamente mayor que el de la vecina Polonia (18 %), Rusia (17 %) o Ucrania (11 %).

Y aunque durante mucho tiempo ha sido objeto de burlas por seguir la política económica anticuada de mantener la minería de potasa y la industria pesada, la economía bielorrusa ha logrado algunos éxitos inesperados. Además de tractores y vehículos pesados utilizados en la minería, el país también ha desarrollado un avanzado sector regional de tecnologías de la información a través de su Parque de Alta Tecnología, una incubadora de empresas con ventajas fiscales creada por Valery Tsepkalo, antiguo diplomático que más tarde pasó a ser uno de los líderes de la oposición y se ha visto forzado a huir de Bielorrusia este mismo mes. Su esposa, Veronika, es una de las tres mujeres –junto con la candidata presidencial Sviatlana Tijanouskaya y Maria Kolesnikova, directora de campaña de Viktor Babariko, antiguo banquero cuya candidatura fue prohibida– que han encabezado el movimiento de oposición.

Bielorrusia tampoco comparte la corrupción galopante que asola a otros Estados postsoviéticos. De acuerdo con el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparency International, que mide los incidentes autoevaluados de soborno y otras corruptelas, Bielorrusia está mejor situada no solo que Rusia y Ucrania, sino también que algunos países miembros de la UE, como Hungría, Bulgaria y Rumanía.

Estas estadísticas no exoneran al régimen de Lukashenko, que con su desdén por la democracia se ha ganado el resentimiento de miles de personas que actualmente se manifiestan en todo el país aun a riesgo de sufrir la represión violenta. Son más bien una muestra de las ventajas logradas a base de un trabajo duro que todo sucesor o sucesora democrática deberá defender incluso en su esfuerzo por introducir las reformas necesarias. Deberá explicar claramente al electorado cómo un gobierno legítimamente elegido protegerá la economía en gran medida regulada de Bielorrusia frente a los despidos masivos, el desmantelamiento de industrias y las privatizaciones a favor de amiguetes que asolaron las llamadas transiciones democráticas de los países vecinos.

De momento, las y los líderes de la oposición no han manifestado su compromiso expreso de preservar el principal activo de Bielorrusia: su igualdad social y económica. Preocupa que dos dirigentes clave de la oposición, Tsepkalo y Babariko, sean conocidos por sus puntos de vista incondicionalmente favorables a la empresa privada y su apoyo expreso a la privatización.

El 14 de agosto, la candidata presidencial Tijanouskaya anunció la formación del Consejo de Coordinación, un grupo encargado de arrebata el poder a Lukashenko y formar un gobierno de transición. De sus 33 miembros inicialmente anunciados, seis son empresarios del sector de tecnologías de la información, un sector que aportó apenas el 5,5 % del PIB en 2018. Uno solo, Serguey Dylevsky, trabajador de la Fábrica de Tractores de Minsk, representa a la clase obrera, que constituye la espina dorsal de la economía del país. En los últimos días, el Consejo ha decidido reequilibrar la composición, nombrando a Gleb Sandras, de la Planta Bielorrusa de Potasa, y creando siete puestos adicionales para representantes del personal de las grandes empresas industriales.

Para Serguei Oushakin, antropólogo y profesor de la Universidad de Princeton, experto en transiciones poscomunistas, quien está escribiendo un libro sobre Bielorrusia, la manifiesta influencia en las protestas del sector tecnológico, que es más joven y abierto, puede oscurecer el hecho de que “el sistema actual de capitalismo de Estado mantiene una base de apoyo relativamente amplia”. El personal de las empresas tecnológicas “vive en una especie de burbuja económica”, me ha contado. El sector atiende más al extranjero y contribuye muy poco a la recaudación fiscal del país, que sigue nutriéndose de la construcción de maquinaria pesada y de la minería de potasa. Y para el grueso del mercado de trabajo del país, todo cambio económico puede acarrear graves riesgos. “La desindustrialización ha marcado la mayoría de las transiciones políticas en Europa Oriental”, dice Oushakin. “Quienes hacen huelga, ¿qué harán en el futuro, cuando cierren sus fábricas? No obstante, este temor no ha impedido que se levanten en defensa de su dignidad personal.”

Un panfleto hallado en la Fábrica de Automóviles de Minsk por un periodista del principal diario independiente de Rusia, Novaya Gazeta, dice: “¡Queridos conciudadanos, amigos! No temáis perder vuestros puestos de trabajo, vuestro país os necesita. ¿Queréis vivir con dignidad? Entonces salid a la calle.” De momento, la mayor parte de la población bielorrusa parece haber dejado de lado las consideraciones materiales a favor de las morales. “La gente está harta de las mentiras, la propaganda, la falta de esperanza”, me ha contado el veterano activista de oposición y excandidato presidencial Alec Lahviniec. Pero ¿cuánto tardarán en ponerse sobre el tapete cuestiones relacionadas con los salarios y las condiciones de trabajo?

Hasta la fecha, nada indica que el movimiento de oposición haya elaborado algún programa político o económico amplio. Sus objetivos actuales son puntuales y de carácter inmediato: fin de la violencia estatal, liberación de todos los presos y presas políticas y nuevas elecciones de conformidad con las normas internacionales. Estas fueron las tres demandas formuladas el 19 de agosto por el Consejo de Coordinación. Su declaración oficial reiteró además la constitucionalidad de las protestas, en referencia a los artículos que protegen la libertad de expresión, el derecho de huelga y el derecho de manifestación pacífica.

Una de las personas más famosas que forman parte del Consejo de Coordinación es la Premio Nobel Svetlana Alexiévich. Perseguida durante mucho tiempo por el gobierno de Lukashenko, pasó una década en el exilio antes de volver a Bielorrusia en 2011. En una reciente entrevista en Radio Liberty/Radio Free Europe ha urgido a Lukashenko a “abandonar antes de que sea demasiado tarde”. La obra estrella de Alexiévich, Tiempo de segunda mano: el final del hombre rojo, una historia oral de la caída de la Unión Soviética y sus postrimerías, atestigua el trauma y la desilusión de las transiciones apresuradas. Una tras otra, las personas entrevistadas cuentan cómo su deseo idealista de cambio se estrelló contra la realidad de políticas corruptas y capitalismo desbocado. “Pensábamos entonces que cada minuto… había fuera autobuses esperando para llevarnos a la democracia”, le dice una persona a la autora en el libro. Y tal como cuenta otra, cuando la gente salió a la calle en 1991, lo hizo “para morir por la libertad, no por el capitalismo”, añadiendo que “me considero una persona que ha sido engañada”.

Se le acaba el tiempo a la oposición para emitir un manifiesto en que explique concretamente cuáles son sus intenciones en materia de reforma económica, incluidas las privatizaciones, y otras cuestiones controvertidas como las relaciones con la OTAN y Moscú. Hasta que esto ocurra, la sustitución del sólido autoritarismo de Lukashenko por otra encarnación más de una cleptocracia postsoviética es una amenaza muy real. Como demuestra el escrito de Alexiévich, la historia postsoviética rara vez ha dado la razón a los optimistas. Si mantiene la vigilancia y la solidaridad, es posible que finalmente la población bielorrusa logre abrir un nuevo capítulo prometedor.

20/08/2020

https://www.thenation.com/article/world/belarus-lukashenko-election-protests/

Vadim Nikitin, nacido en Murmansk y residente en Londres, es un analista sobre Rusia y especialista en delitos económicos.

Traducción: viento sur

Publicado por VientoSur - 28/08/2020

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