22/06/2024

Apartar la mirada

En La guerra en Ucrania y Estados Unidos he afirmado que una tregua entre Rusia y Ucrania sería bienvenida. Y que los EEUU no deberían buscar prolongar la guerra siguiendo sus propios intereses geopolíticos, ya que la guerra es claramente, además de una lucha de Ucrania por su soberanía y su libertad, una guerra del poder de los EEUU para debilitar a Rusia. Coincido con los críticos en la izquierda en que necesitamos ver la guerra en Ucrania recordando las agresiones imperialistas y las invasiones militares estadounidenses en Vietnam, Afganistán, Irak, Serbia y muchas otras regiones. Pero también he afirmado que Ucrania tiene el derecho a ganar la guerra en el campo de batalla y tiene el derecho a aceptar armas defensivas de donde sea que pueda encontrarlas, incluyendo a los Estados Unidos. Las victorias de Ucrania en el campo de batalla seguramente la ayudarán para ganar una paz negociada más fuerte cuando llegue ese momento. Ya he advertido contra los problemas del campismo, de condenar cualquier posición, por más remota e indemostrable que pueda ser asociada con el imperialismo o la cultura norteamericana y occidental (con un nacionalismo inverso al de “en enemigo de mi enemigo es mi amigo”). Ciertamente, se pueden identificar posiciones campistas entre distintas tendencias de la izquierda, algunas de las cuales apoyan abiertamente a Putin contra los EEUU. Por supuesto, no se necesita ser un campista para apoyar a Putin; se puede ser un cristiano blanco evangelista nacionalista en guerra con la comunidad LGBTQ, cortada en el molde de una Marjorie Taylor Greene[1] (de quien se rumorea que sería una posible candidata a vicepresidenta de Donald Trump en las elecciones presidenciales de 2024).

Hay numerosas posiciones sobe la guerra en Ucrania lanzadas por analistas de izquierda, todas las cuales tienen algo para que las analicemos. El profesor emérito de Princeton, Richard Falk, advierte sobre el oportunismo geopolítico de los EE. UU., “buscando derrotar a Rusia y disuadir a China de atreverse a desafiar la unipolaridad hegemónica lograda luego de la desintegración soviética de 1992”. Y concluye que "es esta enorme inversión en su identidad militarista como el único ‘Estado global’ lo que explica este abordaje a lo cowboy del riesgo nuclear y las decenas de miles de millones gastados en empoderar a Ucrania en una época de sufrimiento interno del pueblo en los EE. UU., coexistiendo con este costoso modo de extralimitación internacional”. Falk busca “cursos de acción pragmáticos racionales, prudentes y pragmáticos” y desde el día uno del ataque apoyó firmemente la conveniencia de hacer un esfuerzo total para lograr “un cese inmediato del fuego, seguido por negociaciones sobre compromisos políticos perdurables, no sólo entre Rusia y Ucrania, sino también entre la OTAN/EE UU y Rusia”. Falk afirma que los EE. UU. “están arriesgando al mundo a sufrir un Armagedón mundial y, por lo tanto, su autoridad normativa como superpotencia mundial debe ser cuestionada enérgicamente”. Esta actitud ha llevado a facciones de la intelectualidad de izquierda a afirmar que EE.UU. necesita buscar una salida a la guerra y solucionarlo cuanto antes en interés de la paz mundial, incluso a costa de la soberanía e incluso la supervivencia de Ucrania. A algunos les gustaría que las potencias occidentales dejaran de lado a Ucrania y negociaran un acuerdo directamente con Rusia. Mi opinión es que corresponde a los ucranianos decidir si siguen defendiendo su libertad y soberanía en el campo de batalla. Sin embargo, soy consciente de que EE.UU. ejerce una influencia considerable sobre cómo y cuándo deben desarrollarse esas negociaciones y qué resultado deben tener. El profesor de Yale, Timothy Snyder, escribe que “la guerra en Ucrania terminará cuando las victorias militares ucranianas alteren la realidad política rusa, un proceso que creo que ha comenzado”. Snyder cree que una victoria ucraniana mejorará el mundo, y el miedo en EE.UU. y en las potencias occidentales a una guerra nuclear impide una comprensión lúcida de los posibles resultados en Ucrania. Y escribe:

Ahora mismo, sin embargo, tenemos una cierta dificultad para verlo, incluso mientras los ucranianos avanzan. Esto es así debido a que gran parte de nuestras imaginaciones están atrapadas por una única y bastante improbable variante de cómo terminaría la guerra: con una detonación nuclear. Creo que nos sentimos atraídos por este escenario, en parte, porque parece que carecemos de otras variantes, y se lo siente como un final. Sin embargo, utilizar el hongo nuclear como cierre narrativo genera ansiedad y dificulta la claridad de pensamiento. Centrarnos en ese escenario en lugar de en los escenarios más probables nos impide ver lo que está ocurriendo realmente, y prepararnos para los futuros posibles más probables. De hecho, nunca debemos perder de lo mucho que una victoria ucraniana mejorará el mundo en el que vivimos.

Snyder no quiere que cedamos al "chantaje nuclear" ya que "es casi seguro que esta guerra no va a terminar con un intercambio de ataques nucleares. Los Estados con armas nucleares han estado luchando y perdiendo guerras desde 1945, sin utilizarlas. Las potencias nucleares pierden guerras humillantes en lugares como Vietnam y Afganistán y no utilizan armas nucleares". Y afirma que actuar por miedo a una guerra nuclear es, en efecto, "sacar de apuros" a Putin de una guerra desastrosa creada por él y, de hecho, haría más probable una futura guerra nuclear. ¿Cómo es eso? Snyder nos responde:

Hacer concesiones a un chantajista nuclear enseñaría a éste que con este tipo de amenazas conseguirá lo que quiere, lo que garantiza más escenarios de crisis futuras. Enseña a otros dictadores, futuros chantajistas potenciales, que todo lo que necesitan es un arma nuclear y algunas fanfarronadas para conseguir lo que quieren, lo que significaría más enfrentamientos nucleares. Tiende a convencer a todo el mundo de que la única manera de defenderse es construir armas nucleares, lo que significaría una proliferación nuclear mundial.

Algunos argumentarán que la posición de Snyder es peligrosamente caprichosa, pero no es probable que ellos sean los ucranianos que luchan por su libertad, la que algunos ven como una lucha por la propia democracia occidental. Snyder esboza una serie de posibles escenarios que podrían detener la guerra, incluyendo la movilización de civiles por parte de Putin para luchar en la guerra, las realidades del campo de batalla a las que se enfrentan los mercenarios “Wagner” de Prigozhin[2], la moral decaída del ejército ruso, el debilitamiento del control informativo de Putin sobre los medios de comunicación, las luchas de poder en Moscú y la retirada de Putin de Ucrania para asegurar su propia supervivencia.

Apartar nuestra mirada

Hace poco leí un artículo de Slavoj Zizek en el Jordan Times, que describía un nuevo documental del cineasta esloveno Miran Zupanič. Se titula Sarajevo Safari y detalla uno de los episodios más horribles del asedio a la capital bosnia entre 1992 y 1996. El contenido lo podemos describir mejor con las propias palabras de Zizek:

Es bien sabido que los francotiradores serbios disparaban desde las colinas que rodean la ciudad arbitrariamente a los habitantes que caminaran por las calles, y que se invitaba a algunos aliados a los serbios (en su mayoría rusos) a efectuar algunos disparos. Sin embargo, ahora nos enteramos de que no sólo se ofrecía esta oportunidad como un gesto de gratitud, sino también era una especie de actividad turística para los clientes dispuestos a pagar por ella. Mediante esos "safaris" organizados por el ejército serbio de Bosnia, decenas de extranjeros ricos, en su mayoría de Estados Unidos, el Reino Unido e Italia, pero también de Rusia, pagaron mucho dinero por esa oportunidad de poder disparar a civiles indefensos.

Zizek continua caracterizando a los turistas ricos que asumían la posición de un “cazador” en este espantoso safari, como predadores que ocupaban un “lugar seguro por encima de la ciudad” y podían experimentar “la perversa emoción” de saber que éste no era un “video game” sino un asesinato real y al mismo tiempo estar excluidos de la “realidad ordinaria”. Era una “fusión tóxica de realidad y espectáculo”. Y luego pregunta, en su típico estilo zizekiano: “¿Acaso los políticos de alto nivel y los directivos de las empresas no se dedican también a una especie de safari? Desde su segura posición en sus oficinas centrales, los ejecutivos suelen arruinar muchas vidas”. Y agrega que Dmitry Medvédev, ex presidente ruso que ahora es vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia, atribuyó recientemente una lógica similar a los líderes políticos occidentales.

Haciendo caso omiso a las advertencias de Estados Unidos y la OTAN sobre las consecuencias de un ataque nuclear táctico ruso, Medvédev afirmó que "para la Alianza del Atlántico Norte, la seguridad de Washington, Londres y Bruselas es mucho más importante que el destino de una Ucrania moribunda que nadie necesita". El suministro de armas modernas es sólo un negocio para los países occidentales. Los demagogos de ultramar y europeos no van a perecer en un apocalipsis nuclear. Por lo tanto, admitirán el uso de cualquier arma en el conflicto actual".  

La cínica afirmación de Medvédev de que "nadie necesita a Ucrania" y su descripción de Ucrania como un país "nazi" y un "vecino hostil", refleja la opinión de Putin de que Ucrania no es más que una colonia rusa, una invención frankensteiniana de ese ruin comunista, V.I. Lenin, y que sugiere que "las potencias occidentales deberían pasar por alto a Ucrania y negociar un acuerdo con Rusia". Esta postura contribuye a la idea de que una Ucrania victoriosa "dejaría a Putin acorralado y, por tanto, peligroso". Zizek advierte contra la lógica de Medvedev, que llevaría a "los izquierdistas occidentales... a hacer el juego a Putin en esta cuestión". También afirma que “si hubiéramos seguido el consejo de los pacifistas y no hubiéramos enviado armas a Ucrania, ese país estaría ahora totalmente ocupado, y su subyugación iría acompañada de atrocidades mucho mayores que las encontradas en Bucha, Izium y muchos otros lugares”. Una postura mucho mejor ha sido la adoptada por los Verdes alemanes, que no sólo abogan por un apoyo total a Ucrania, sino también por reformas estructurales para acelerar la transición hacia eliminar el consumo del petróleo y el gas, lo que a su vez alejará a la humanidad del catastrófico cambio climático. El resto de la izquierda occidental ha estado de safari, rechazando una intervención que no desafíe su modo de vida establecido. En este sentido, Zizek recurre (como era de esperar de un hegeliano) a la dialéctica amo-esclavo de Hegel.

Los pacifistas argumentan que Rusia necesita una victoria o concesión que le permitiría "salvar la cara". Pero esta lógica es válida en ambos sentidos. Tras las amenazas nucleares de Medvedev y Putin, son Ucrania y Occidente los que ya no pueden comprometerse y seguir salvando las apariencias. Recordemos que Medvedev predijo que Occidente se negaría a responder militarmente a un ataque nuclear ruso porque es demasiado cobarde y codicioso para hacerlo. Aquí entramos en el terreno de la filosofía, porque las palabras de Putin y Medvedev se hacen eco claramente de la dialéctica amo-esclavo de Hegel. Si dos autoconciencias se enzarzan en una lucha a vida o muerte, no puede haber un vencedor porque una morirá, y el vencedor ya no tendrá otra autoconciencia alrededor que pueda reconocer a su propia autoconciencia. Toda la historia de la cultura humana se basa en el compromiso original por el que alguien se convierte en el siervo que "aparta la mirada" para evitar la destrucción mutua.

Medvédev y Putin suponen que el Occidente decadente y hedonista apartará la mirada. Y eso nos devuelve a la dinámica captada en el Safari de Sarajevo. Las élites privilegiadas sienten que pueden intervenir en el mundo real de forma estratégica y sin peligro personal. Pero la realidad acaba por alcanzar a todos. Cuando lo haga, no debemos hacer caso a los consejos de quienes sólo se preocupan por no provocar a la bestia del valle.

Por lo tanto, podemos ver que hay muchas posiciones en juego en torno a la guerra en Ucrania, y muchas de ellas merecen ser consideradas y debatidas en nuestras aulas, nuestros centros de conferencias, nuestras iglesias, sinagogas y mezquitas, y en la plaza pública. Hay demasiado en juego para permanecer en silencio. A mí también me preocupa que Occidente "aparte la mirada" por miedo a provocar a la bestia, pero, al mismo tiempo, me preocupa que Occidente se enfrente a nuevas realidades si, o cuando, Trump asuma la presidencia en las próximas elecciones de 2024. Los republicanos ya están cambiando su apoyo a Ucrania. Si Trump llega al poder de nuevo, es probable que ocurra cualquier cosa, y su base dentro y fuera de los recintos gubernamentales probablemente le seguirá a donde su locura lleve al país. Si la retirada de la ayuda militar a Ucrania por parte de Estados Unidos provoca una paz negociada, muchos izquierdistas alabarán a Trump por convertirse en el siervo hegeliano que aparta la mirada pues habrá salvado al mundo de una potencial destrucción nuclear. O, si como opina Snyder, ¿habrá aumentado Trump las posibilidades de una conflagración nuclear en el futuro, convenciendo a otros dictadores, tiranos y futuros chantajistas nucleares de que la adquisición de armas nucleares les dará todo lo que quieran, provocando así la proliferación de armas nucleares, y aumentando las posibilidades de destruir el mundo? Si Trump va más allá en su apoyo a Putin de lo que hizo durante su primer mandato y lo abraza como a un hermano perdido que ha sido incomprendido e injustamente agraviado por los belicistas del Partido Demócrata "comunista", eso podría convertir la actual carpa geopolítica en una especie de “buscapiés” que arrastraría a los aliados de Estados Unidos hacia un escenario de pesadilla, mientras Putin pondría sus miras en la expansión de su imperio y Trump avanzaría un paso más hacia su deseo de recrear a la civilización moderna a su propia imagen. ¿No se negará Trump simplemente a provocar a la bestia, sino que unirá la ambición de la bestia con la suya propia si ello le ofrece la oportunidad de ganar dinero? Unas brillantes “Torres Trump” en el corazón de Moscú, no muy lejos del Patriarca Kirill y de la Catedral de Cristo Salvador, donde Marjorie Taylor Greene pueda dar discursos sobre lo maravilloso que sería Putin como líder cristiano.

¿Podría vender eso a su base? ¿Y su versión del "Estado profundo" se lo permitiría? ¿Y sería esto visto por algunos izquierdistas como un intercambio justo por la paz mundial, mientras los ucranianos serían llevados a los gulags, y a los centros de tortura y serían "desnazificados" en los campos de concentración establecidos para ellos? Los estadounidenses están viviendo su propio Gólgota mientras los expertos de Fox News advierten a sus oyentes sobre el racismo contra los blancos, mientras los gobernadores republicanos que se burlan de la raza envían autobuses llenos de refugiados a lugares conocidos como "enclaves liberales" y mientras el neo nazismo va creciendo. Es alarmante que la lista de miembros de Oath Keepers[3] incluya ahora a cientos de agentes policiales en actividad, jefes de policía, miembros activos del ejército estadounidense, pastores y políticos. Con un poco de empuje de su propio partido, Trump podría poner a Ucrania en la mezcla de su construcción de empresas fascistas.

 Zizek se hace eco de un temor similar:

¿Y si el predecesor de Biden, Donald Trump, gana las elecciones presidenciales de 2024? Además de reprimir a la disidencia y a la oposición política en su país, podría pactar con Rusia, abandonando a los ucranianos del mismo modo que lo hizo con los kurdos en Siria. Después de todo, Trump nunca ha sido reacio a solidarizarse con los autócratas del mundo. Durante el levantamiento ucraniano del Maidán en 2014, una grabación filtrada de una llamada telefónica captó a una alta funcionaria del Departamento de Estado de EE.UU., Victoria Nuland, diciéndole al embajador de EE.UU. en Ucrania: "Que se joda la Unión Europea". Desde entonces, el presidente ruso Vladimir Putin persigue precisamente ese objetivo, apoyando el Brexit, el separatismo catalán y a figuras de extrema derecha como Marine Le Pen en Francia y Matteo Salvini en Italia. El eje antieuropeo que une a Putin con ciertas tendencias en Estados Unidos es uno de los elementos más peligrosos de la política actual. Si los gobiernos africanos, asiáticos y latinoamericanos siguen sus viejos instintos antieuropeos y se inclinan hacia Rusia, habremos entrado en un nuevo y triste mundo en el que los gobernantes se solidarizan entre sí. En este mundo, ¿qué pasaría con las víctimas marginadas y oprimidas del poder irresponsable, a las que la izquierda ha tradicionalmente defendido?

La memoria redentora

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A menudo me preguntan qué parecería un mundo compuesto por gobiernos fascistas. En esos casos, cedo la palabra a George Orwell, quien hizo un buen trabajo respondiendo esa pregunta luego de la Segunda Guerra Mundial en su obra clásica: 1984. Tengo un ejemplar de este libro, editado por Signet en 1950, que en su tapa posterior hace la siguiente pregunta: “¿Quién serás en 1984?” Hay cuatro opciones: proletario, agente policial, miembro masculino del partido y miembro femenino del partido. La tapa se centra en la última elección con una imagen artística de una mujer que viste una prenda con un botón cercano a su cuello que dice “Liga Anti Sexo”. Quizás el mensaje de la tapa pretendía decir “ten cuidado con lo que deseas”, lo que estaría coincidiendo con las estrategias propagandísticas de la industria publicitaria estadounidense de esa época, pero carece de los importantes matices del libro de Orwell. Un mensaje que él transmite tan brillantemente es que las personas están ansiosas para ceder sus libertades y las libertades de los otros para su propio sentido de la seguridad. Orwell tenía la intención de titular a su libro como El último hombre en Europa,  como un saludo a la cualidad central que distinguía al hombre con respecto al mundo que lo rodeaba, que era su potencial para pensar por sí mismo. Un país cuya población cede su necesidad natural de reflexionar, a su espíritu independiente y a su necesidad de un análisis crítico en aras a la seguridad y el bienestar físico, ofrecidos por demagogos similares a los que dirigen cultos, tales como Putin y Trump, se enfrenta con la consecuencia de haber “apartado la ” hasta el extremo en que se acepta voluntariamente a la ceguera como un estado permanente de la conciencia política, lo que Freyre llamaría una consciencia semi-intransitiva cuando los individuos siguen a los líderes fuertes que tomarán las decisiones por ellos. Cuando eso sucede, la humanidad se marchita y desaparece. Edmond van Den Bossche describe la geopolítica de 1984 como sigue:

La supervivencia de cada uno de los tres Estados orwellianos [Oceanía, Eurasia y Asia Oriental] se basaba en las siguientes estrategias interiores y exteriores: el Estado tenía que someter a sus ciudadanos hasta convertirlos en una masa descerebrada que ejecutara la voluntad del Gran Hermano; el Estado tenía que alimentar el odio de la población contra su enemigo mediante un permanente estado de guerra limitada; el Estado debe tener en todo momento la capacidad de destruir a los demás Estados para que la fuerza militar de cada uno de ellos sea un elemento disuasorio de la guerra total; los Estados deben cambiar periódicamente sus alianzas para evitar la unión de dos Estados contra el tercero.

¿Qué compromisos hay que hacer para evitar la catástrofe nuclear? ¿Qué sacrificios conllevan estas estrategias? ¿Y deben estar siempre implicados en el acto de apartar la, que con demasiada frecuencia en la historia ha sido sinónimo de una ceguera voluntaria, una amnesia motivada en torno a las consecuencias de elegir entre dos males al menor? La guerra se ha invisibilizado, se ha transformado en un bucle de retroalimentación autodirigido, parte del discurso ordenado de la naturaleza, sus antecedentes históricos están enmascarados, lo que hace que la guerra sea más difícil de condenar.

El cambio que debe producirse en torno a los peligros de la guerra debe provenir de todos los antagonistas implicados. Tenemos que fomentar y hacer realidad las potencialidades dentro de las condiciones discursivas y materiales de nuestras comunidades. Ello requiere luchar contra las restricciones que atan a la libertad y a la justicia, responsables de reiniciar dialécticamente el caso de la guerra. Necesitamos una acción enérgica en defensa de la paz, lo que no es fácil en una época en la que las universidades funcionan simplemente como agencias para otorgar credenciales, y crear cadenas de producción para facilitar la ciudadanía del consumidor, en lugar de crear ciudadanos críticos vibrantes mediante una política interseccional impulsada por los desafíos contra el capitalismo racial. No basta con reprender a los políticos y exigirles que respeten nuestras responsabilidades con nosotros mismos y con otras naciones. Lograr la paz es una estrategia contingente, no una planificada de antemano. Si es necesario, podemos ir construyendo el automóvil durante la carrera. Para ejercer una influencia en la producción de la guerra, debemos encontrar formas de hablar y actuar por fuera de los sistemas de pensamiento totalizadores, creando perspectivas metacríticas y relacionales vinculadas al imperativo de un proyecto unificador de paz. Los educadores y los trabajadores de la cultura deben cruzar las fronteras y penetrar en zonas culturales diferentes, en lugar de construir subjetividades que simplemente se reafirmen como formas monádicas de una totalidad, facilitadas por la ética consumista y la lógica del mercado. Debemos empezar siempre por recordar a las víctimas de la guerra en todo el mundo.

En el contexto de los crímenes históricos del pasado, ¿cómo comprender la memoria de manera que nos ofrezca una esperanza para el futuro? Para responder a esta pregunta, retomaré algunas reflexiones anteriores sobre la política de la memoria como medio para comprender las formas de pensar en las narrativas históricas relacionadas con la guerra desde una perspectiva crítica y emancipadora. Walter Adamson ha utilizado el término “memoria” como un dispositivo heurístico para llevarnos a una conversación más profunda con la historia. Desarrolló una distinción muy esclarecedora entre lo que él llama modos de "memorizar", "memoria" y "recuerdo". El modo de “memorizar” está asociado con la idea de la Ilustración de una "facultad" mental o memoria a través de la cual los individuos tratan de recordar o captar un registro fáctico de los acontecimientos históricos "tal como fueron realmente". La memorización como un modo de realismo y comprensión histórica considera que el pasado histórico es algo que ya existe como un artefacto sociocultural que espera ser descubierto. El modo de la memoria es bastante diferente y Adamson lo asocia con el idealismo del siglo XIX, que afirmaba que aunque la memoria no pueda proporcionar un relato exacto (en el sentido de "factual") de la historia, puede, sin embargo, proporcionar a los individuos un relato interpretativo del pasado que es "mejor que el propio pasado entendido". Como dicen Da Silva y McLaren:

Surgido como una ruptura con la tradición histórica tras la Primera Guerra Mundial, el “recuerdo” es para el modernismo y el "textualismo" francés lo que la memoria es para el idealismo y el historicismo, y la “memorización” para la Ilustración y el cartesianismo. Mientras que la memorización trata de recordar lo que fue, y la memoria sueña con descubrir el código maestro -la Piedra Roseta- con el que descubrir la interpretación correcta del pasado, el recuerdo es un modo crítico y redentor que no intenta comprender mejor el pasado, sino entenderlo de otra manera.

Este modo emancipador no se interesa en establecer nuestra diferencia radical con el pasado, sino que "busca restaurar nuestra relación con él". Da Silva y McLaren amplían esta idea de que la memoria

es un modo crítico en el sentido de que "reconoce que siempre estamos operando dentro de un horizonte cambiante -de expectativas, de problemas, y de necesidades- que nos lleva a plantear diferentes preguntas históricas y a recibir diferentes respuestas" (p. 233). Desde este punto de vista, la historia no se concibe como una sucesión lineal de acontecimientos en la que las víctimas oprimidas se ven obligadas "a absorber una memoria ajena, desecada y estéril, fabricada por el opresor, para que se resignen a una vida que no es la suya como si fuera la única... Más bien, la historia se compromete como un discurso vivido dentro de la plenitud del tiempo en el sentido de que nos proporciona un punto de ético y político, no para recuperar o descubrir el pasado, sino para entrar en un diálogo con el pasado Recordar, en este caso, concibe la historia no como una limitación sobre el presente, sino como una "fuente o precondición del poder" que puede iluminar nuestro proyecto político de emancipación.

Aquí la historia puede ser comprendida "como una fuente de poder imaginativo, ya que recordar nos invita a recordar de diferentes maneras para comprender nuestra situación social y política, y en este sentido, recordar es afín al concepto de Benjamin de la "historia redentora". Este concepto se aleja de la noción simplista de que "los que no recuerdan el pasado o ignoran la historia están condenados a repetirla" y se acerca más al concepto de Freire de la "conscientização". Adamson, siguiendo a Benjamin, insiste en que, en la época actual, el recuerdo debe adoptar la forma de una perturbación radical -una explosión- lo suficientemente fuerte como para romper la represión inconsciente. Para Arendt, el recuerdo debe mediar siempre entre las impresiones sensoriales y el pensamiento. Esto invita a recordar para convocar una esperanza que pueda "despertar las energías emancipadoras dormidas".

Como afirman Da Silva y McLaren, "la memoria redentora cuestiona la amnesia social y desafía las relaciones de dominación. Reconoce que la vida social está descentralizada radicalmente y que los individuos habitan un terreno cultural que está ocupado de manera desigual por discursos conflictivos. Es un modo de ensoñación social que tiene una capacidad redentora en el sentido en que no sólo reconoce el carácter parcial, contingente e incierto de todo conocimiento y la heterogeneidad de la vida social, cultural e institucional, sino que busca transformar el conocimiento en beneficio del poder y de los sin poder". Hay aquí una afinidad con la ensoñación de Ernst Bloch que se propone rescatar los momentos emancipatorios respecto de la "depravación de la historia". Es una ensoñación que reconoce que la opresión es porosa y que no debemos insistir en las grietas de un pecado social como el racismo. La hegemonía tiene fugas. La memoria redentora habla de un compromiso crítico y de una resistencia a la hegemonía de la guerra, "una sociedad que posee un potencial paralizante para descapacitar a los oprimidos para que mantengan una actitud suplicante y aplacada hacia los regímenes de dominación".

La memoria redentora puede liberarnos de la mistificación resultante de vivir irreflexivamente en tales discursos y de las limitaciones materiales, desmitificando el presente al permitirnos reconocernos como opresores y oprimidos, “pero también mantiene rastros de una posibilidad futura en su reconstrucción del momento presente". En este sentido, se asemeja al concepto de una reflexión crítica y un sueño social de Paulo Freire: un acercamiento a la Aufhebung, un paso al todavía-no. Las memorias de cuando la sociedad era más esperanzadora tienen el potencial para reivindicar al sujeto revolucionario y las condiciones históricas de la resistencia, a la manera de las imágenes dialécticas utópicas de Walter Benjamin en su intento de "abrir el continuo de la historia" para traer "a la conciencia los elementos reprimidos del pasado (sus barbaridades realizadas y sus sueños no realizados) que "colocan al presente en una posición crítica". Como afirman Da Silva y McLaren, la historia pasa a ser reconocida "como algo más que un artefacto del pasado, o como la simple sustitución de las narrativas temporales de nuestro inconsciente político por la tiranía del signo", sino como "los dolores de parto del momento liberador", de la praxis crítica freireana, del despertar de la "pesadilla" que pesa sobre el cerebro de los vivos, a la que Marx consideraba nuestra “herencia del pasado". En otras palabras, la memoria "necesita estar vinculada tanto a las narrativas históricas que han sido reprimidas, como a una identidad forjada a partir de dicha vinculación que esté firmemente basada en un compromiso con la metanarrativa y no con la narrativa maestra de la libertad humana". Aquí nuestra memoria se vuelve anticipatoria en el sentido descrito por Richard Kearney, una memoria que "redescubre en la historia muchas prefiguraciones narrativas posiblemente verdaderas, aunque ahora reprimidas u olvidadas". Esto se convierte en parte de la construcción de una imaginación ética que presupone la existencia de una cierta identidad narrativa que "recuerda sus compromisos con el otro (tanto en su historia personal como colectiva) y recuerda que estos compromisos aún no se han cumplido". Aquí "se entiende a la acción histórica como  asumiendo la autoría de la propia vida, como un narrador que revisa y reinterpreta constantemente la propia historia en relación con sus conexiones históricas y discursivas con los archivos culturales de la comunidad más amplia, de modo que la identidad personal se sitúa siempre en los intereses del público más amplio". Lo que estamos considerando aquí es el recuerdo redentor como una forma de la contra-memoria desde la cual interpretar y juzgar las pretensiones de verdad y justicia de cualquier historia. Lipsitz describe la contra-memoria como sigue:

La contra-memoria es una forma de recordar y olvidar que comienza con lo local, lo inmediato y lo personal. A diferencia de las narraciones históricas que comienzan con la totalidad de la existencia humana y luego ubican acciones y eventos específicos dentro de esa totalidad, la contra-memoria comienza con lo particular y lo específico y luego construye hacia afuera una historia total. La contra-memoria busca en el pasado las historias ocultas excluidas de las narrativas dominantes. Pero a diferencia de los mitos, que tratan de separar los acontecimientos y las acciones del tejido de cualquier historia más amplia, la contra-memoria obliga a revisar las historias existentes aportando nuevas perspectivas sobre el pasado. La contra-memoria encarna aspectos del mito y aspectos de la historia, pero mantiene una persistente sospecha de ambas categorías. La contra-memoria se centra en las experiencias localizadas de opresión, utilizándolas para replantear y reenfocar las narrativas dominantes que pretenden representar la experiencia universal.

La contra-memoria va más allá de la historia y el mito, especialmente de las narrativas históricas de los países capitalistas occidentales. De hecho, la contra-memoria juega con los mitos contra la historia, señalando "el camino hacia una nueva síntesis, que ofrezca dignidad indistintamente a todos los pueblos sin forzarlos primero a una identidad imaginaria construida desde una perspectiva descendente sobre las experiencias humanas". Es una esperanza comunitaria que afirma la prioridad del diálogo sobre los discursos totalizadores; sitúa nuestra relación ética con el otro antes de nuestra relación ontológica, cosmológica y epistemológica con la guerra. La contra-memoria enseña que la opresión es una forma de cuestiones entrelazadas, cuestiones que, en conjunto, constituyen el "alma" de nuestra humanidad que conforma la nación y repercute en nuestra relación con otras naciones. Como afirma el reverendo William J. Barber II,

Oh Dios mío. Los trabajadores más pobres se están organizando como nunca antes. Algo está ocurriendo en este país, y me alegro de ello porque voy a contarlo: Hay una cara de la moneda: Las personas pobres y con bajos recursos se dan cuenta de que abordar estos problemas interconectados, como el racismo sistémico, la pobreza sistémica, la devastación ecológica, la negación de la asistencia sanitaria y la economía de guerra, son fundamentales para el alma de la nación. Si la gente deja de creer que la nación tiene alma, eso es el caldo de cultivo para demagogos, autócratas. Así es como los Hitleres, los Putines y otras gentes llegan a los altos cargos. Ese no es un terreno saludable. Lo vimos el 6 de enero. No quiero ver nunca que 140 millones de personas pobres y con bajos recursos de este país pierdan la esperanza y empiecen a actuar desde la desesperación.

La contra-memoria exige desarrollar y alimentar una desobediencia epistémica hacia la colonialidad bio-política que pone en peligro cualquier posibilidad de un diálogo productivo sobre la cartografía política de la guerra que proyecta los márgenes y los centros epistémicos de futuros posibles que no se garantiza que sean dominados por el pasado. Nunca es demasiado tarde para empezar a dialogar, pero debemos intentar que ese diálogo se produzca antes de que empiecen a caer los proyectiles y comience la carnicería de los cuerpos cautivos. No tenemos derecho a imponer nuestras interpretaciones sobre la comprensión de aquellos ucranianos que están siendo expulsados de sus edificios de apartamentos y casas de pueblo durante los ataques de misiles y artillería de Putin contra objetivos civiles, pero sí tenemos la responsabilidad de escuchar con compasión sus historias. Y elegir si "apartar la mirada" o no, y qué implicaciones tiene hacerlo para el futuro de la humanidad. Habría sido mucho mejor para la humanidad que no nos hubiéramos metido en esta situación para empezar.

En estas líneas surge claramente que necesitamos una pedagogía crítica de la pacificación. Una pedagogía que surja en el desordenado mundo de la vida del compromiso en los diálogos, que tiene lugar en las escuelas, en los sitios del culto religioso, en los foros cívicos, en los colegios y en las universidades, en los grupos de reflexión y las salas de discusiones, donde los individuos estén dispuestos a impugnar las realidades sociales, políticas y económicas de la vida cotidiana. Donde se puedan crear nuevos y más amplios dominios de interacción social en los que el análisis económico de la explotación capitalista pueda unirse a la sociología del conocimiento y de la clase para comprender las formas de organizar un universo social que no dependa de la producción de valor. Donde el valor inherente de todos los seres humanos no se base en su fuerza de trabajo. Una pedagogía de este tipo debe poder movilizar una política que desafíe al dominio hipertrofiado de la alienación social y el pesimismo político, provocado por las tecnologías de la cuarta revolución industrial y que expanda las fronteras de la vida cívica, donde el conocimiento y la producción cultural puedan ser dirigidos a responsabilizar a quienes tienen el poder y los privilegios, donde se pueda lograr la responsabilidad mutua y ampliar los esfuerzos internacionales para fomentar relaciones de cooperación sostenibles entre las naciones. A medida que el aprendizaje maquinista, la automatización y la robótica, la nanotecnología y la biotecnología, el “Internet de las Cosas”  la computación cuántica y en la nube, la impresión en 3D, el ancho de banda 5G, la realidad virtual y las nuevas formas de almacenamiento de energía dominan nuestros mundos vitales digitales a través de la expansión y la capitalización del mercado, necesitamos una pedagogía crítica que comprenda a la información como un poder social y que se comprometa a resistir su transformación en armas a nivel nacional sobre la base de la raza, de la clase, del género y de la orientación sexual, y a nivel internacional sobre la base de la influencia política, la expansión imperialista, la colonialidad del poder y la lucha por una hegemonía unipolar y global.

Tal pedagogía puede crear una ciudadanía global informada, dedicada a la coexistencia no violenta. Podemos luchar para que suceda esto. Y si sucede, sólo quizás tendremos un mundo para ganar.

 

Traducción de Francisco T. Sobrino.

[1] Política, empresaria y teórica de la conspiración​​​ de extrema derecha​​​ estadounidense, representante Georgia en el Congreso de EEUU.

[2] Evgueny Prigozhin es un empresario ruso aliado a Vladimir Putin, que fundó el “Grupo militar privado Wagner”, integrado por mercenarios.

[3] “Guardianes del juramento”, un grupo paramilitar ultraderechista​ y antigubernamental estadounidense.

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