27/11/2022

Alto el fuego: por qué debemos rechazar urgentemente y sin reparos el militarismo

En los días que siguieron a la invasión rusa de Ucrania, el frenesí de la guerra alcanzó su punto álgido. Se hizo un llamamiento a las armas en todo el mundo para unirse al esfuerzo bélico y se enviaron cargamentos de armas desde Estados Unidos y Europa a los campos de batalla y las trincheras de Ucrania para contrarrestar el avance de Rusia. Los llamamientos a la desescalada y al diálogo fueron marginados, ignorados o malinterpretados como prorrusos o pro-Putin. Se convirtió en un tabú rechazar el militarismo en favor de la paz.

No hay soluciones fáciles para detener la guerra una vez que se han desenfundado las armas, pero a estas alturas está claro que proporcionar decenas de miles de millones de euros en armamento de alto calibre no ha detenido el conflicto. La paz no se logrará con una victoria militar y, al intentarlo, Ucrania se ha convertido en un baño de sangre y su gente en carne de cañón. A estas alturas, Ucrania es casi totalmente irrelevante en un atolladero geopolítico entre las naciones más poderosas del mundo, cuyas ramificaciones repercuten en todo el planeta.

No hay ninguna justificación para la invasión ilegal de Ucrania por parte de las tropas rusas. El presidente Putin es el responsable último de iniciar esta guerra y de la conducta brutal del ejército ruso en el campo de batalla. Pero esta guerra no se produjo en el vacío. Se produjo en un contexto en el que los Estados han aplicado rigurosamente, durante décadas, políticas que impulsan el militarismo y la guerra, en el que la valía de un Estado se mide no por su capacidad de satisfacer las necesidades de seguridad centradas en el ser humano y de su población, sino por su poderío militar. 

Aunque el militarismo permite y prolonga la guerra, desde la invasión de Ucrania los gobiernos occidentales han aumentado el gasto en defensa, han reforzado las alianzas militares y han intensificado la retórica de confrontación. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí y adónde nos llevará este militarismo desenfrenado?

Europa, de la guerra a la paz y de nuevo a la guerra

En los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, el ministro francés de Asuntos Exteriores, Robert Schuman, declaró que “no se puede salvaguardar la paz mundial sin hacer esfuerzos creativos en proporción a los peligros que la amenazan”. En 1951, estos esfuerzos creativos se materializaron en un tratado entre rivales históricos que acordaron hacer que la guerra “no solo sea impensable, sino materialmente imposible”. Así nació la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, que acabó convirtiéndose en la actual Unión Europea (UE). 

Casi 60 años después, los Estados miembros de la UE se comprometieron a “preservar la paz, prevenir los conflictos y reforzar la seguridad internacional” en el Tratado de Lisboa de 2009. Sin embargo, salvaguardar la paz ya no consistía en encontrar soluciones creativas para contrarrestar los conflictos entre rivales, sino en una oportunidad de negocio dentro de un sistema capitalista, en el que el beneficio y el crecimiento son el objetivo final, sin importar las consecuencias letales. La garantía de la paz fue aprovechada por los grupos de presión del comercio de armas, que se posicionaron como expertos en seguridad y disfrutaron de un acceso sin restricciones a los pasillos del poder. Este modelo corporativo de mantenimiento de la paz, y la política que lo sustenta, solo sirve para salvaguardar el capital, proteger a la élite y llenar los bolsillos del lucrativo sector de la seguridad privada, mientras coloca a la gran mayoría de la población mundial en un ciclo continuo de inseguridad e inestabilidad.

Para ejemplificar hasta qué punto la industria armamentística influye en la política, merece la pena examinar el Grupo de Personalidades de la Investigación en Defensa, un órgano consultivo encargado de asesorar a la UE sobre la financiación de la investigación y el desarrollo en el contexto de la Política Común de Seguridad y Defensa de la UE. El Grupo de Personalidades estaba compuesto por 16 representantes, 9 de los cuales estaban directamente vinculados con la industria armamentística. Basándose en su informe final, la Comisión Europea asignó cantidades sin precedentes de dinero público a empresas de seguridad privadas para la investigación y el desarrollo de armas. Los programas precursores iniciales obtuvieron 600 millones de euros, mientras que el Fondo Europeo de Defensa (FED) recibió un presupuesto de 8.000 millones de euros. Las empresas armamentísticas que influyeron directamente en la creación de estos fondos han recibido hasta ahora 86 millones de euros, es decir, el 30,7% del dinero asignado, aunque esta cifra aumentará sin duda cuando se conceda la totalidad del presupuesto.

En 2021, una decisión del Consejo Europeo aprobó el Fondo Europeo de Paz (FEP), de 5.700 millones de euros, que, al contrario de lo que sugiere su nombre, financia operaciones militares de la UE, como las de África Occidental o el Cuerno de África, así como el suministro de equipamiento y formación militar, siendo Ucrania el primer Estado en recibir esta ayuda. El fondo es extrapresupuestario y, por tanto, elude los procedimientos de transparencia, supervisión y rendición de cuentas.

Una investigación realizada por Statewatch y el Transnational Institute reveló que el gasto en defensa se duplicó con creces de un ciclo presupuestario a otro, con una cantidad asignada para el presupuesto de 2021 a 2027 de 43.900 millones de euros. En comparación, la cantidad asignada al Programa de Ciudadanos, Igualdad, Derechos y Valores no representa más que una fracción de esta cantidad, 1.400 millones de euros. La financiación de iniciativas civiles de paz sería mucho más propicia para la construcción de una paz duradera y se ajustaría más al principio fundacional de la UE de salvaguardarla. 

El aumento del gasto militar forma parte de una tendencia mundial, ya que el SIPRI informó de que el presupuesto militar mundial de 2021 superó por primera vez los 2,1 billones de dólares. Estados Unidos invirtió 801.000 millones de dólares, mientras que los principales países europeos gastaron 329.200 millones de dólares. El presupuesto de China fue de 293.000 millones de dólares, mientras que Rusia gastó 65.800 millones de dólares. Aunque los 43.900 millones de euros de la UE en un periodo de siete años pueden parecer comparativamente nimios, el rumbo que se pretende marcar es claro e indicativo de cómo la identidad de la UE está cambiando hacia una unión militar. Esto comenzó mucho antes de la guerra de Ucrania.

Desde la invasión de Ucrania, la Comisión Europea ha indicado que tiene la intención de aumentar las líneas presupuestarias del FED y del EPF, así como de crear un fondo de 500 millones de euros para incentivar la adquisición conjunta de armas entre los Estados miembros para reponer el material militar enviado a Ucrania. En el contexto de la Cumbre de la OTAN de junio, el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, anunció un aumento del gasto militar hasta alcanzar la cifra sin precedentes de 200.000 millones de euros en los próximos años.

Estados Unidos y la OTAN en Europa

Desde el final de la Guerra Fría, y de forma más agresiva desde la Guerra contra el Terror, ha habido una creciente obsesión por preservar un mundo unipolar y la hegemonía de Estados Unidos, en detrimento de la paz y la estabilidad mundiales. Las naciones europeas han desempeñado su papel apoyando a Estados Unidos en todo momento. 

En mayo de 1990, el entonces secretario general de la OTAN, Manfred Wörner, dijo con respecto a la Unión Soviética que “hemos dejado atrás la vieja mentalidad de amigo/enemigo y la perspectiva de confrontación”. No obstante, en lugar de abandonar la política de división en la era posterior a la Guerra Fría e incorporar a Rusia en una estructura de seguridad democratizada paneuropea, basada en la diplomacia y la cooperación, las naciones occidentales siguieron una vía de expansión. La OTAN se amplió para incorporar a 14 países del antiguo bloque soviético o que estuvieron alineados con la Unión Soviética, una medida que el presidente Putin calificó en 2007 de “grave provocación que reduce el nivel de confianza mutua”. Un año más tarde, en 2008, la OTAN anunció que sus aliados “acogían con satisfacción las aspiraciones euroatlánticas de Ucrania y Georgia y acordaban que estos países se convirtieran en miembros de la OTAN”.

En los años transcurridos entre la anexión de Crimea por parte de Rusia en 2014 y febrero de 2022, Estados Unidos financió más de 1.500 millones de dólares en entrenamiento y equipamiento militar para Ucrania, incluyendo rifles de francotirador, lanzagranadas propulsadas por cohetes y radares de contraartillería.

En la primavera de 2020, mientras hacía campaña para la presidencia de Estados Unidos, Joe Biden escribió un artículo de opinión en Foreign Affairs titulado “Por qué Estados Unidos debe liderar de nuevo - Rescatando la política exterior de Estados Unidos después de Trump”. Escribió que, bajo su liderazgo, Estados Unidos volverá a liderar el mundo, antes de abogar por una capacidad militar más aguda dentro de la OTAN “para contrarrestar la agresión rusa”.

En junio de 2021, Ucrania acogió el mayor simulacro militar financiado por Estados Unidos, la Operación Brisa del Mar, en la que participaron 32 barcos, 40 aviones y helicópteros, y 5.000 soldados de 24 países. En julio se celebraron los ejercicios militares Cossack Mace en la provincia de Mykolayiv, en los que participaron tropas estadounidenses, británicas y canadienses, entre otras, mientras que en septiembre Ucrania lideró un ejercicio de entrenamiento militar con asistencia estadounidense en Yavoriv para mejorar la interoperabilidad de las tropas estadounidenses, de la OTAN y ucranianas. 

La historia ha demostrado que alimentar una carrera armamentística conduce a la guerra en lugar de prevenirla. La carrera naval entre el Reino Unido y Alemania antes de la Primera Guerra Mundial es un ejemplo de ello. Aunque la responsabilidad de la invasión de Ucrania recae directamente en Rusia, la retórica, las políticas y el suministro de armas de Estados Unidos y Europa a su vecino oriental durante la última década han influido sin duda en el contexto en el que comenzó la guerra y ahora sirven para prolongarla. 

Fortalecimiento de las alianzas militares

Antes del amanecer del 24 de febrero de 2022, los tanques rusos entraron en Ucrania. La guerra que se avecinaba desde hacía tiempo había comenzado. El cambio de la UE de una unión política a una alianza militar se materializó de hecho cuando la presidenta de la CE, Ursula von der Leyen, se puso al lado del secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, y declaró “somos una unión, una alianza, unidos en torno a un propósito”.

El 18 de mayo, los países nórdicos Finlandia y Suecia solicitaron su ingreso en la OTAN y el secretario general de la alianza, Jens Stoltenberg, anunció en junio que “la adhesión de Finlandia y Suecia (...) haría más fuerte la alianza y más segura toda la zona euroatlántica”. En respuesta, el presidente Putin declaró que, si se desplegaban contingentes militares e infraestructuras en Finlandia o Suecia, Rusia “estaría obligada a responder simétricamente”.

Ambos países tienen una larga historia de neutralidad militar y mantenerse al margen de las alianzas militares les ha servido de mucho. Sin embargo, en tiempos de guerra abandonan una estrategia que les ha aportado estabilidad para unirse a una alianza cuya propia expansión es una causa subyacente de la guerra de Ucrania. Turquía, miembro de la OTAN, se apresuró a anunciar que solo aceptaría su ingreso a cambio de la relajación de los embargos de armas y la extradición de personas relacionadas con la lucha kurda. Teniendo en cuenta que Turquía exporta armas a zonas de conflicto y que en el pasado ha utilizado canjes similares para justificar la guerra contra los kurdos, las repercusiones de la entrada de estas naciones nórdicas en la OTAN se sentirán mucho más allá de los círculos geopolíticos internos de la alianza de la OTAN. 

En junio, en Dinamarca se aprobó, con una mayoría del 66,9% en un referéndum, eliminar la exención de participar en la dimensión militar de la Política Común de Seguridad y Defensa de la UE. En los tres países, los partidos socialdemócratas, liderados por mujeres y de tendencia izquierdista, han adoptado un militarismo sin precedentes. 

Con demasiada frecuencia, y cada vez más con la guerra de Ucrania, la neutralidad militar se malinterpreta como una postura débil, pasiva e inactiva, que permite y facilita la guerra sin aportar nada a la resolución del conflicto. De hecho, las naciones neutrales no alineadas han desempeñado históricamente un papel fundamental en la creación de las condiciones que dan lugar a un alto el fuego, proporcionando un escenario neutral para que se lleven a cabo las negociaciones de paz, acompañando estas negociaciones como mediador neutral, y sirviendo como punto de partida desde el que se pueden sembrar las semillas de una paz duradera y resolver los agravios políticos a través de la diplomacia y no de la guerra. Cuba, por ejemplo, desempeñó un papel crucial al acoger y acompañar las conversaciones de paz entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC-EP que culminaron con la firma de un histórico acuerdo de paz en 2016. Corresponde a los Estados, en particular a las naciones neutrales, utilizar sus posiciones para insistir activamente y sin reparos en que el diálogo y la diplomacia son el único camino a seguir, elevándose por encima de la política binaria de con nosotros o contra nosotros. Irlanda, que ha experimentado de primera mano los frutos de una paz negociada y que actualmente forma parte del Consejo de Seguridad de la ONU, debería dar ejemplo en este sentido. 

Alimentar las armas de la guerra

Cuatro días después del comienzo de la guerra, la presidenta de la CE, Ursula von der Leyen, anunció que “por primera vez” la UE “financiaría la compra y entrega de armas... a un país que está siendo atacado”.

El mismo día, en Berlín, el canciller alemán Olaf Scholz anunció que el presupuesto de defensa del país se incrementaría a más del 2% del PIB y que se invertirían 100.000 millones de euros en un fondo especial único para sus fuerzas armadas. Aunque esto se enmarca como una respuesta directa a la invasión de Ucrania, en realidad ya se había previsto en octubre de 2021, cuando lo propuso el ministro de Defensa de Alemania. Esto representa el mayor aumento del gasto militar de Alemania desde la Segunda Guerra Mundial.

Por su parte, incluso antes de la invasión, la administración Biden había comenzado a aumentar su ayuda militar a Ucrania con 650 millones de dólares proporcionados durante su primer año de mandato. En los días siguientes al estallido de la guerra se entregó otro paquete de armas por valor de 350 millones de dólares. Posteriormente se aprobó un paquete de ayuda bipartidista de 13.500 millones de dólares para enviar armas y ayuda humanitaria a Ucrania, antes de que se enviara la friolera de 40.000 millones de dólares, de los cuales al menos la mitad es ayuda militar. Además, actualmente hay 100.000 militares estadounidenses estacionados en Europa, la gran mayoría, 85.000, ya estaban en el lugar antes del estallido de la guerra. Este es el número más alto desde el final de la Guerra Fría y ha aumentado constantemente desde 2014.

A medida que avanza la guerra, Estados Unidos ha pedido no una desescalada y un alto el fuego, sino una Ucrania soberana y el debilitamiento de Rusia. Dado que Ucrania ha recibido una gran cantidad de equipamiento militar y entrenamiento de Occidente desde mucho antes del estallido de la guerra, es cuestionable hasta qué punto Ucrania, o cualquier otra nación que sirva a la agenda de la hegemonía de Estados Unidos y se beneficie materialmente de ella, es realmente soberana.

Empresas de armamento: los vencedores de la guerra

Aunque los Estados miembros de la OTAN no han desplegado tropas en Ucrania, sí han proporcionado artillería, armas antiaéreas y antitanques, vehículos blindados, aviones no tripulados de reconocimiento y ataque, helicópteros, armas pequeñas, como rifles, pistolas y ametralladoras, munición, chalecos antibalas y cascos. 

Desde la invasión, los beneficios de las empresas armamentísticas se han disparado. Entre el 23 de febrero y el 8 de junio, los precios de las acciones de Lockheed Martin subieron un 14%, los de Northrop Grumman un 22,3%, los de BAE Systems un 31,9%, los de Thales un 39,4%, los de Leonardo un 67,8% y los de Rheinmetall un enorme 123,9%. En este contexto, los Estados han publicado amplias listas de compras de armamento sofisticado que piensan adquirir en los próximos años para reponer sus ejércitos. 

Además, la UE tiene la intención de relajar los criterios de exportación de armas y la Agencia Europea de Defensa ha comenzado a promover la industria armamentística como sostenible, presumiendo de que “la defensa se está volviendo verde”. Existe una desconexión total entre la muerte, la devastación y la destrucción causadas por las armas y las narrativas que se venden para justificar su desarrollo, exportación y uso. Esto es aún más perverso si se tiene en cuenta que muchas de las políticas elaboradas en los pasillos del poder que permiten la expansión de la industria armamentística son elaboradas precisamente por aquellos que se benefician directamente de ellas.

Al menos 20 legisladores federales de Estados Unidos o sus socios poseen acciones de Raytheon Technologies y Lockheed Martin, mientras que en el Reino Unido los conservadores lord Glendonbrook, el vizconde Eccles y lord Sassoon, y los no afiliados lord Lupton y lord Gadhia poseen cada uno acciones de al menos 50.000 libras en la empresa fabricante de armas británica BAE Systems. Aunque no hay ninguna ley que prohíba a los legisladores formar parte de comités, redactar leyes o votar proyectos que puedan afectarles económicamente, la óptica deja mucho que desear. El hecho de que quienes ocupan puestos de poder se beneficien enormemente del militarismo es un punto que a menudo se pasa por alto cuando se analizan los motores estructurales de la guerra. 

¿Y ahora qué?

Ucrania ha sido devastada por esta guerra. En su actualización del 4 de julio, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos informó que 4.889 civiles habían muerto y otros 6.263 habían resultado heridos. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados informó que un tercio de los ucranianos ha sido desplazado, 7 millones han buscado refugio dentro del país, mientras que otros 5,5 millones han huido en busca de protección internacional. En la ciudad de Mariúpol, donde se produjeron algunos de los peores combates, la ONU estimó que hasta el 90% de los edificios residenciales y el 60% de las viviendas han sido destruidos. En todo el país, las infraestructuras, como puentes, carreteras, ferrocarriles, hospitales y escuelas, se han visto afectadas y el coste de la reconstrucción alcanzará los 750.000 millones de dólares, según el primer ministro ucraniano, Denys Shmyhal. 

Más allá de Ucrania, también se han sentido los efectos de la guerra. Según el secretario general de la ONU, el mundo se enfrentará a una grave escasez de alimentos y se espera que muchos países sufran hambrunas a causa de la guerra. Del mismo modo, los gobiernos están obligando a los consumidores a pagar las crecientes facturas de energía relacionadas con la inseguridad del combustible causada por la guerra, en lugar de abordar los enormes beneficios de las empresas. Esto afectará gravemente a los económicamente vulnerables y empujará a muchos a la pobreza.

No existe una estrategia a largo plazo ni un objetivo final más allá de militarizar por todos los medios posibles. A nivel local, el dinero que podría destinarse a reforzar el acceso a la sanidad, la educación, la asistencia social y otros servicios esenciales, se invierte en cambio en armas de guerra. A nivel global, el dinero que podría invertirse para contrarrestar la crisis climática y la destrucción de los ecosistemas, para garantizar el acceso vital al agua y la seguridad alimentaria, o para prevenir conflictos y construir la paz, se utiliza para garantizar la seguridad de unos pocos en detrimento de muchos. Recordando la suma global de 2,1 billones de dólares, ¿cómo sería nuestro mundo si hubiera un esfuerzo colectivo comprometido para invertir en la paz, no en la guerra?

Por muy mal que estén las cosas ahora, no cabe duda de que empeorarán significativamente si se materializa la amenaza de una guerra nuclear. En la actualidad, Estados Unidos y Rusia poseen el mayor número de cabezas nucleares, y el arsenal estadounidense también está disperso por Europa. Las consecuencias de una guerra nuclear son aterradoras y, sin embargo, si esta guerra continúa, puede acabar culminando exactamente en eso. Aunque solo sea por esto, los líderes mundiales deben cambiar urgentemente el rumbo a favor del diálogo, la diplomacia y la paz. Lo que está en juego, en caso de no hacerlo, es demasiado grave.

 

Traducción y publicación original por Viento Sur.

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