12/04/2024

140º aniversario de la muerte de Karl Marx: un debate necesario sobre su obra

“En muchos aspectos, Karl Marx fue un hijo de la Revolución francesa de 1789; pero fue otra revolución, más lenta pero aún más arrolladora, la que marcaría por encima de todo su vida y sus obras: la Revolución Industrial” (Liedman, 2020).

Marx es una figura imprescindible para entender el final del siglo XIX y todo el siglo XX. A Marx se le ha intentado enterrar intelectualmente muchas veces, pero su genio y su obra emergen continuamente. Una de las últimas ediciones masivas fue a partir de la gran recesión de 2007 y 2008 donde sus obras, especialmente las nuevas ediciones de El capital, se volvieron a publicar en varias lenguas y editoriales. Los estudios sobre la obra y la biografía de Marx no cesan. Los archivos MEGA[1] siguen siendo una fuente casi inagotable de información, a partir de su correspondencia como de sus borradores. Por lo tanto, sobre Karl Marx no hay nada definitivo y mucho menos esta pequeña aportación. Durante cincuenta años he formado parte de esta corriente de pensamiento. Escribir sobre la obra de Marx (con una mirada más lejana que en el siglo pasado) no es un ejercicio de nostalgia. Marx sigue teniendo actualidad y la influencia de sus ideas (no siempre bien transmitidas) llegan a muchas y muchos jóvenes que quieren encontrar en su rebeldía un fondo ideológico o teórico. Creo que la obra de Marx debe analizarse dentro de la época en la que vivió, sin atribuir a Marx lo que dijeron los marxistas posteriores.

Marx fue una de las figuras más destacadas de su época. Su huella en el siglo XX es indudable. Creo que el significado de su obra puede ser comparado –partiendo de disciplinas muy diferentes– con la de su coetáneo Darwin o con el creador de la escuela del psicoanálisis Sigmund Freud. Sin embargo, como todas las teorías, ya sea en el campo de las ciencias sociales como en otros campos científicos, la obra de Marx no debe escapar a la crítica. Hubo un tiempo de sacralización y otro de demonización. Este artículo intenta apartarse de esas dos lógicas.

Hoy en día, los marxólogos trabajan sobre campos en los que ya se venía estudiando en el siglo XX y también otros nuevos. Creo que se podrían destacar varias líneas de trabajo. Algunas están concentradas en los debates sobre la Teoría del Valor y el fetichismo de la Mercancía;[2] otras sobre los últimos trabajos de Marx y su relación con la naturaleza (Bellamy Foster, 2008; Saito, 2020 y 2022); los debates sobre el marxismo y su relación con los estudios de género, raza y clase, han sido casi continuos (Harvey, 2014; Federici, 2010; Meiksins Woods, 2013); son también numerosos los estudios filosóficos relacionados con la conciencia de clase (Lukács, 1975), o el psicoanálisis; y también se han editado nuevas biografías con materiales de archivo que antes se desconocían (Stedman Jones, 2018; Liedman, 2020; Heinrich, 2021).

1. Marxismos tras la muerte de Marx

Es de sobra conocida aquella frase en la que Marx dijo que él no era marxista. En los debates de la AIT, en las luchas fraccionales entre los partidarios de Marx y Engels por un lado y los de Bakunin por otro, era común el calificativo mutuo de “marxistas” y “bakuninistas”. Al principio se trataba de una especie de insulto o descalificación (Hobsbawm, 1979). Sin embargo, a la muerte de Marx el término se empezó a usar en Alemania, ya no como descalificación sino como una forma de agrupamiento de los partidarios de Marx frente a la corriente reformista de Lasalle. Fue Kautsky el primero en utilizar dicho nombre (incluso cuando todavía vivía Engels). El uso que hace Kautsky del concepto de marxismo en un editorial de Neue Zeit es el de una oposición al socialismo ecléctico. En realidad, Marx cuando fue preguntado sobre la definición de su doctrina dijo que prefería el nombre de “socialismo materialista crítico”. Algo parecido también dijo Engels (materialismo crítico revolucionario) (ibíd.).

A la muerte de Engels en 1895, la herencia teórica de Marx quedó prácticamente en manos del ala marxista de la socialdemocracia alemana. Kautsky junto con otros miembros como Bernstein, Bebel, Liebneck (padre), hicieron su propia interpretación de Marx. El marxismo alemán de la II Internacional tenía un carácter esencialmente positivista y esquemático, y se desarrolló sobre un nuevo movimiento obrero centrado en unas luchas económicas en un período de crecimiento del capitalismo. No sería la única interpretación del marxismo. Los socialistas austriacos de Friedrich Adler representaban un sector más a la izquierda aunque finalmente se fusionaron con el ala de centro (Kautsky) de la socialdemocracia, como alternativa a la III Internacional.

El marxismo ruso (que después de 1917 tendrá una importancia central) se formó en torno a la figura de Plejanov. Desde 1903 dividido en dos tendencias, los mencheviques (Mártov) y los bolcheviques (Lenin). Una ruptura marcada por diferencias sobre la concepción del partido y la relación entre la clase obrera y el campesinado. Independiente de estas dos tendencias se situó León Trotsky, más cercano a las posiciones internacionalistas de Rosa Luxemburg. Rosa mantuvo un pensamiento coherente hasta su muerte (al contrario por ejemplo de Trotsky que viró a partir de 1917 a las tesis de Lenin). Ese pensamiento revolucionario e internacionalista aglutinó a importantes marxistas europeos antes y después de su asesinato como Pannekoek, Mattick, Bordiga, Liebknecht (hijo), Korsch, H. Gorter, etc. Y tuvo el respeto de revolucionarios de todo el mundo, incluidos marxistas libertarios como Victor Serge, o los propios bolcheviques.

Por supuesto que el pensamiento de los marxistas tras la muerte de Marx y Engels no se puede reducir a cuatro o cinco personalidades. La síntesis nos obliga a centrarnos en aquellos personajes que dejaron un impacto a lo largo de todo el siglo XX. El leninismo es sin lugar a dudas la corriente marxista que salió ganadora tras la primera guerra mundial. En mi opinión, las aportaciones de Lenin no se encuentran en la obra de Marx aunque él lo reclamara en sus escritos. La teoría sobre el Estado y el partido es original de Lenin, ya que muy poco pudo desarrollar Marx sobre esos aspectos. Menos aún la práctica bolchevique a partir de la toma del poder en octubre de 1917. Ninguno de los escritos de Marx sobre la Comuna de París nos puede conducir a una concepción estatalista de la transición al socialismo. No sabemos lo que hubiera opinado Marx sobre la disolución de la Asamblea Constituyente o la ilegalización de anarquistas, socialistas disidentes o sindicalistas acusados de hacer huelgas, pero nos inclinamos a pensar que el compromiso de Marx con las libertades democráticas y el respeto a los derechos de la clase obrera iba más allá de la frase “la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”. Una de las tesis que se han debatido sobre el leninismo es la influencia que pudieron tener en los bolcheviques las teorías de los populistas rusos (narodniki) en cuanto al carácter centralista del partido y, sobre todo, las similitudes con los jacobinos franceses y su concepción del Estado y del uso de la violencia revolucionaria (Guerin, 1964).

Pero el marxismo leninismo convertido en estalinismo no puede ni debe considerarse una corriente del marxismo. Es una involución del pensamiento emparentada con el chauvinismo y el nacionalismo y alejada de los debates marxistas. Es un proyecto de Estado termidor al servicio de una contrarrevolución interna al movimiento obrero y externa al conjunto de las sociedades. La victoria de Stalin transformó y destruyó el pensamiento marxista tal como se había desarrollado hasta 1930 aproximadamente. Solo quedaron grupos minoritarios alrededor o relacionados con Trotsky o los trotskistas (Broué, 2008). Sin embargo, otros marxismos se empezaron a desarrollar en círculos académicos, como muy bien explicó Perry Anderson en su trabajo sobre el marxismo occidental (Anderson, 2012).

Esos nuevos marxismos dieron un impulso teórico sobre diferentes temas. Anderson ha resaltado el dinamismo de los marxismos alrededor disciplinas tan diferentes como la economía, el psicoanálisis, la política, la historia, la sociología, la filosofía, la ética, las matemáticas, el arte, etc., etc. Hagamos algunas menciones.

La escuela de Frankfurt con intelectuales notables como Adorno, Habermas, Walter Benjamin, Georg Lukács, Marcuse, Ernest Bloch, Eric Fromm, etc. Los historiadores ingleses como Isaac Deutscher aglutinados primero en torno a la historia social o la historia desde abajo como E.P. Thompson, Hobsbawn, Rudé, Christopher Hill, Rodney Hilton, etc; y más tarde las revistas como la New Left Review, o la Monthly Review. Los debates económicos tuvieron como protagonistas a numerosos marxistas como Isaac Rubin, Henryk Grossmann, Paul Mattick, Robert Bremner, Maurice Dobb, Paul Sweezy, David Harvey, Ernest Mandel, Roman Roldosky, Amwar Shaik, Michael Heinrich, Fred Moseley, etc. También en otros ámbitos de la política, la cultura y la sociología como Andreu Nin, Antonio Gramsci, N. Poulantzas, Juan Carlos Mariátegui, Daniel Bensaid, Lacan, Ellen Meiksin Wood, A. Negri, Cornelius Castoriadis, Manuel Sacristán, Perry Anderson, Fredric Jameson, T. Eagleton, I. Wallerstein, Slavoj Zizek, Erik Olin Wright…Y a finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI irrumpen con fuerza los debates sobre cambio climático, entre los que debemos destacar a Michael Löwy, Bellamy Foster, Andreas Malm, Daniel Tanuro, Kohei Saito; Fernández Durán, Jorge Riechmann; o los feminismos que retoman la herencia de Raya Dunayevskaya o Alejandra Kollontai, como Silvia Federici o Nancy Fraser.

También es importante mencionar aquellas personalidades que, en la frontera con los marxismos, influyeron o fueron influidos por ellos. Desde los tiempos de Marx una personalidad descollante como Williams Morris pasando por libertarios como Victor Serge (más cercano al marxismo), Enma Goldman, Daniel Guerin; socialistas honrados como George Orwell; antropólogos como Karl Polanyi; filósofos como Albert Camus, J. Paul Sartre, Michel Foucault; matemáticos como Albert Einstein o pintores como Pablo Picasso.

2. El capital: crítica a la economía política 

Marx dedicó más de veinte años de su vida al estudio de lo que Engels y él denominaron el modo de producción capitalista. Unos estudios que se podría decir comienzan a finales de los años 40 con los Manuscritos filosóficos, que continuarán con los Grundrisse y Contribución a la crítica de la economía política, y que culminan con las dos primeras ediciones de El capital, tomo I.[3] Es de sobra conocido que los tomos II y III corrieron a cargo de Engels que, a la muerte de Marx, se encontró con un montón de borradores incomprensibles para cualquier persona que no fuera su íntimo colaborador. Por esa razón siempre me pareció injusto acusar a Engels de malinterpretar los manuscritos de Marx.

Se ha escrito mucho sobre El capital,[4] imposible abarcar ese universo de estudios generales o específicos sobre algunos conceptos de El capital, como la Teoría del Valor, el fetichismo de la Mercancía o la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. El objetivo de este artículo no es iniciar en el estudio sino exclusivamente hacer una valoración de su obra. Es ahí donde encajan los argumentos que afirman que El capital o los Grundrisse son obras perfectamente actuales. Esa es mi opinión. No es por casualidad el regreso contínuo a Marx en la perspectiva de la crítica al capitalismo. Los Grundrisse aportan una visión más filosófica que El capital; pero ambos son una crítica sistemática al capitalismo tanto del siglo XIX como del siglo XXI. El inicio de El capital es antológico “La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un enorme cúmulo de mercancías” Nos hace recordar a esas frases legendarias “En un lugar de la Mancha” (Cervantes); “Mucho tiempo he estado acostándome temprano” (Proust); o “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía…” (García Márquez). Marx, además de un pensador profundo, era un excelente escritor y de hecho su libro El 18 Brumario de Luis Bonaparte está considerado en Francia entre las diez obras maestras de todos los tiempos.

Lo que da fuerza a la crítica de El capital es lo que algunos han creído una debilidad. Es un libro que no detalla la sociedad capitalista del siglo XIX (salvo algún capítulo como el de la acumulación originaria o los ejemplos que ilustran los conceptos). Es tan válido para analizar los procesos de acumulación o crisis del capitalismo tanto hoy como hace 150 años. Se trata, como dice el título, de un análisis del capital como un modo de producción y no del capitalismo como una formación social histórica y concreta. Por eso su estructura es a veces compleja y abstracta.

Sin embargo, el análisis sobre el fetichismo de la mercancía, la teoría del valor trabajo, la producción de la plusvalía, la circulación de capital, los ciclos económicos; son conceptos aplicables a las sociedades capitalistas actuales. Las definiciones que hace sobre el capital, no como una “cosa”, sino como una relación social y un proceso de valorización ininterrumpida que escapa a la voluntad individual de cada capitalista; que la producción capitalista no está basada en cubrir las necesidades de la sociedad sino la obtención de la mayor masa de ganancias, todo ello nos arroja luz sobre los motivos de las recurrentes crisis capitalistas. Crisis que, en la mayoría de las ocasiones, son una forma de destruir capital para volver a iniciar un nuevo ciclo.

Otros aspectos de El capital son más discutibles, como la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Debates que se siguen desarrollando entre economistas marxistas (Mattick, 2014) y que, particularmente, considero no están cerrados.

Otros escritos anteriores de Marx como los Grundrisse (1857) o los Manuscritos económico-filosófico (1844), han ido adquiriendo importancia a medida que han salido a la luz correspondencia y borradores. Se ha debatido mucho entre los que, como Althusser, consideraban que éstos reflejaban un Marx diferente al que escribió El capital y los que, como Maximilien Rubel, entienden que toda la obra de Marx es coherentemente antihegeliana y guiada por un impulso ético y humanista (Rubel, 2012).

Para terminar, siempre quedará la duda de cómo hubieran quedado los Tomos II y III de El capital si hubieran sido redactados y corregidos por Marx, o cómo hubiera sido ese otro Tomo IV que tenía pensado también escribir sobre historia económica (reflejado en parte en las Teorías de la Plusvalía, otra obra no acabada y publicada por Kautsky). Entre la publicación del primer tomo en 1867 y su muerte (1883) pasaron nada menos que dieciséis años ¿Por qué no abordó ese trabajo si había sido su prioridad durante veinte años? Se habla de todas las vicisitudes personales por las que pasó, los acontecimientos revolucionarios en los que se vio envuelto como la Comuna de París, la forma de trabajar que le llevaba a revisar una y otra vez lo que ya había escrito, incluso también se habla de que casi abandonó el proyecto porque en sus últimos diez años estuvo persuadido por otros temas como la relación entre ser humano y naturaleza; en fin, temas que abordaremos más adelante.

3. El materialismo histórico: una controversia

Marx afrontó las guerras o los conflictos políticos de su tiempo desde perspectivas muy distintas. El 18 Brumario de Luis Bonaparte es un ejemplo de cómo analizar una situación poniendo al lector sobre los hechos. Detallando el papel de los personajes y de las instituciones, extrayendo categorías y conclusiones brillantes que han sido útiles a generaciones posteriores. El 18 Brumario fue un folleto elaborado en poco tiempo y que nos dejó frases tan memorables como el comienzo del libro: “Hegel observa en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal acontecen, por así decirlo, dos veces. Olvidó añadir que, una vez, como tragedia y la otra como farsa” (Marx, 2015).

Sin embargo, si lo que se ha entendido o se entendió como materialismo histórico son las bases del Prólogo a Contribución a la crítica de la economía política (1859), es otra cosa muy diferente (Marx, 2010). Creo que ahí Marx desarrolló una serie de tesis que han dado lugar posteriormente a la creación de una visión de la historia unilateral y equivocada.

Marx intentó combatir el idealismo anterior planteando que las formas políticas o jurídicas no pueden entenderse al margen de las relaciones económicas. Sin embargo, el Prólogo y posteriores escritos de Engels (Anti-DühringDel socialismo utópico al socialismo científico) y ya no hablemos de discípulos como Kautsky y Bujarin, redujeron las interpretaciones históricas de Marx a una simplificación mecanicista, cargada de tópicos, con un sesgo economicista, donde las categorías se transforman en abstracciones vacías y cajones donde guardar los hechos de la vida real. Un ejemplo extremo es el marxismo estructuralista de Althusser donde los conceptos del materialismo histórico aparecen como una construcción artificial. Los hechos o la evidencia empírica están subordinados a la ideología (Thompson, 1981).

Marx trató de dar una explicación al curso general de la historia, pero creo que el intento de generalizar llevó posteriormente a una simplificación excesiva. Es muy difícil encajar toda la historia de las civilizaciones desde la antigüedad hasta nuestros días en cuatro grandes modos de producción (asiático, antiguo, feudal y burgués). En última instancia, esas clasificaciones nos sirven muy poco y a veces son tomadas de excusa para evitar la interpretación de la complejidad. Algo así como la tan mencionada cita de la “historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases”. Una afirmación que podría tener un valor más agitativo que analítico, pues me parece un grave error el de reducir la historia de la humanidad a la lucha de clases. Hay conflictos, guerras e incluso, hay sociedades, donde las clases sociales ni siquiera estaban constituidas como las hemos conocido posteriormente.

Raymond Williams y E.P. Thompson, entre otros, criticaron el concepto y la relación establecida entre base y superestructura. La primacía de lo económico (base) sobre lo jurídico o político (superestructura):

Pienso que las categorías provisionales del marxismo a las que se ha referido Perry Anderson, las de clase, ideología y modo de producción, son difíciles, pero todavía son conceptos creativos. Pero, en particular, la noción histórica de la dialéctica entre el ser social y la conciencia social -aunque a veces es una interrelación dialéctica que preferiría invertir- es extraordinariamente poderosa e importante. No obstante, también veo en la tradición presiones hacia el reduccionismo, que dan prioridad a la economía por encima de la cultura; y una confusión radical introducida por la azarosa metáfora de base y superestructura (Thompson, 2000).

Bertrand Russell (2010) va más allá y critica:

Marx acomodó su filosofía de la Historia a un molde sugerido por la dialéctica hegeliana. El creía indudablemente que todo movimiento dialéctico era, en algún sentido impersonal, un progreso […]. Pero incluso en ese sentido, una filosofía está determinada por otras causas sociales, tanto como por las económicas. La guerra, especialmente, tiene su parte en la motivación histórica; y la victoria de la guerra no se inclina siempre del lado del que tiene mayores recursos económicos.

Perry Anderson pecó de optimismo marxista cuando escribió en su libro Tras las huellas del materialismo histórico que la corriente aglutinada en torno al materialismo histórico había demostrado en el siglo XX una superioridad intelectual sobre el resto de historiadores (Anderson, 2013). Pienso que no es así. La corriente de historiografía marxista ha sido y es muy importante, pero no podemos subestimar otras escuelas e historiadores como March Bloch, Fernand Braudel, Jacques Le Goff, Henry Pirenne, Antony Beevor o Ian Kershaw por poner algunos ejemplos.

4. La clase obrera y el socialismo científico

En el año 1880, es decir, tres años antes del fallecimiento de Marx, Engels publica el folleto Del socialismo utópico al socialismo científico. Se trataba de un intento de divulgar las ideas del Anti-Dühring, contraponiendo lo que ellos definían como “socialismo burgués” de Owen o Fourier; al socialismo científico basado en un análisis materialista de la historia. Más tarde, el llamado socialismo científico fue adquiriendo vuelo propio y argumentos renovados. La idea básica es que en las sociedades capitalistas se produce un momento de contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción. En esos momentos históricos estallan las revoluciones sociales.

Marx y Engels habían planteado que en el proceso histórico la burguesía vino a jugar un papel revolucionario ante los sistemas feudales (Marx y Engels, 1977), pero que el carácter social de la producción capitalista, junto con el carácter privado de la propiedad de los medios de producción generaría una contradicción irresoluble. La vieja sociedad burguesa sería reemplazada por el socialismo gracias al papel de un proletariado convertido no solo en sujeto de explotación, sino de liberación. Es evidente que, desde el punto de vista histórico, esta teoría revolucionaria no se ha cumplido. El capitalismo ha solventado sucesivamente esta contradicción y las fuerzas productivas se han seguido desarrollando pese a los vaticinios apocalípticos de muchos marxistas. Hoy en día, cuando queremos imaginarnos un mundo sin capitalismo se nos vienen a la cabeza, más que un comunismo igualitario en el planeta, una sucesión de catástrofes medioambientales o distopías tecnofascistas al estilo hollywoodiano.

Lo que falló no fue solo la predicción sino el sujeto revolucionario: “El hecho de que una parte del proletariado se haya orientado en una dirección revolucionaria siempre ha sido un fenómeno transitorio” (Heinrich, 2008). Esto es una evidencia a lo largo del siglo XX. En realidad, el capitalismo como sistema mundial, ha tenido treinta años (1914-1945) de crisis profunda. En esas tres décadas estuvo la posibilidad de un cambio de rumbo pero se frustró por culpa del estalinismo y la victoria de las democracias liberales El proletariado como clase protagonizó la revolución rusa y jugó un papel principal en Alemania, Hungría, Italia o España, pero fue derrotado bien por el fascismo o por regímenes bonapartistas. A partir de 1945, salvo en países periféricos, el peso de los movimientos emancipatorios tuvo como protagonistas a trabajadores del campo como en China, Cuba o Nicaragua; y no al proletariado industrial. Y en ninguno de estos casos estaba expuesto el capitalismo como sistema global.

Nos equivocamos. Se equivocaron Marx y Engels al anunciar en el Manifiesto Comunista que la ruina de la burguesía y la victoria del proletariado son igualmente inevitables. La condición de explotación de la clase obrera y el carácter insustituible del trabajo en la producción de valor (plusvalor) en la sociedad capitalista, no la hicieron (hasta la fecha) intrínsecamente revolucionaria. Tampoco se confirmó la tendencia histórica a la pauperización de las condiciones de vida de las clases trabajadoras.

Hay ejemplos de la historia donde las clases oprimidas no consiguieron echar abajo -históricamente- a las clases dominantes. Los esclavos de la antigüedad protagonizaron rebeliones como Espartaco, pero no construyeron proyectos sociales alternativos ni en Grecia ni en Roma. Lo mismo los siervos en la Edad Media y las cientos de revueltas populares. Los oprimidos empujaron la historia en una dirección pero no lograron deshacerse de sus cadenas. Creo que ni el socialismo ni el capitalismo son o han sido invencibles o inevitables. Marx tenía razón cuando dijo que la historia la escribimos los seres humanos. Siempre habrá situaciones en las que hasta los regímenes más poderosos podrán ser derribados por la acción de mujeres y hombres.

El economista marxista Michael Heinrich aporta un argumento interesante:

En la historia del marxismo se llegó con frecuencia a dos conclusiones erróneas con respecto a las clases y a la lucha de clases. Por un lado, de la situación de clase se infirió la existencia de una conciencia de clase que necesariamente se desarrollaría antes o después. Por otro lado, se supuso que esta conciencia de clase debía tener un contenido más o menos revolucionario (íd.).

Sin embargo, otros escritos de Marx suministran elementos contradictorios que ayudan a comprender cómo, pese a la desposesión de los medios de trabajo y la alienación, la sociedad capitalista es un “enorme cúmulo de mercancías” que invita a integrarse en un modelo inclusivo de consumo para muchos grupos de asalariados. A todo esto deberíamos agregar otros factores de índole político y cultural que están presentes en nuestras sociedades capitalistas. Los debates siguen y seguirán abiertos como no podría ser de otra manera.

5. La necesidad de una lectura moral de crítica al capitalismo y a la burocracia

Algunos marxistas han afirmado orgullosos que el marxismo no es una crítica moral al capitalismo. Es cierto, pero yo no lo considero una fortaleza sino una debilidad. También se afirma que, aunque no explícita, la crítica moral a la depravación, la opresión, la destrucción o la aniquilación a lo largo de doscientos cincuenta años, ha sido continua implícitamente. En mi opinión, una teoría social y revolucionaria debe tener un soporte ético, si no es así, podemos llegar a justificar la doble moral jesuita. Tenemos ejemplos históricos.

Las críticas de los anarquistas a los bolcheviques (Volin, 2014), o en la guerra civil española sobre la burocratización, los privilegios, el uso indiscriminado del poder, la mentira, la corrupción, etc.; contienen elementos políticos y morales suficientemente fuertes como para considerar que ambas cosas no están tan delimitadas. Rakovski (1928), cuando escribe a Trotsky sobre la burocratización estalinista en 1928, habla de la vida del funcionario comunista rodeado de lujos, coches oficiales y prostitución; en una sociedad donde ya se daban casos de canibalismo ante las hambrunas. Otro ejemplo es el debate sobre Kronstadt donde Victor Serge y Trotsky polemizaron. La defensa de Trotsky (2021) de una “moral proletaria o revolucionaria” que permite tomar rehenes y fusilar como medida política fue un grave error; ya que bajo ese paraguas, caben todo tipo de atrocidades. Victor Serge, al contrario, sostenía una fuerte crítica política y moral a los bolcheviques por su actuación en el aplastamiento de Kronstadt en 1921.

Bertrand Russell opina que si Marx rechazó las argumentaciones éticas es porque consideraba “el progreso como una ley universal […]. Sólo por esta creencia en la inevitabilidad del proceso creyó Marx que era posible prescindir de consideraciones morales. Si el socialismo tenía que venir, era preciso que fuera una mejora” (2010). Con ello no estoy señalando una relación automática entre las carencias de Marx y la práctica de los bolcheviques y, ni mucho menos, entre éstos y el terror estalinista; pero me parece fundamental que estas experiencias se tengan en cuenta y, sobre todo, por la gente más joven.

Quizás una de las personas que mejor supo sistematizar la necesidad de una revisión moral de la obra de Marx fue el historiador E. P. Thompson. En particular la biografía sobre William Morris. Para él, Marx representaría la cara crítica a la economía capitalista y Morris la crítica moral. Ambas son complementarias y no subordinadas la una a la otra: “Los veo a las dos unidas de forma inextricable en el mismo contexto de la vida social. Las relaciones económicas son, a la vez, relaciones morales; las relaciones de producción son al mismo tiempo, relaciones de opresión o de cooperación entre personas; y existe una lógica moral, al igual que una lógica económica, que se deriva de estas relaciones” (Thompson, 2000).

Una de las mejores descripciones sobre la sociedad a la que aspiramos está muy bien expresada en el artículo de Albert Einstein “¿Por qué el Socialismo?”:

En segundo lugar, el socialismo está guiado hacia un fin ético-social. La ciencia, sin embargo, no puede establecer fines e incluso menos inculcarlos en los seres humanos; la ciencia puede proveer los medios con los que lograr ciertos fines. Pero los fines por sí mismos son concebidos por personas con altos ideales éticos y -si estos fines no son endebles, sino vitales y vigorosos- son adoptados y llevados por muchos seres humanos quienes, de forma semi-inconsciente, determinan la evolución lenta de la sociedad (2011).

6. La ecología de Marx

A partir de los años 80 del siglo pasado se empezó a abrir un debate sobre la obra de Marx y su relación con el ecologismo. Obviamente, a medida que se ha ido acelerando la problemática del cambio climático el debate se ha intensificado. A esto hay que sumar el hecho de que sigan apareciendo cartas y escritos en las investigaciones en torno al proyecto MEGA. Uno de los pioneros de estos debates fue el filósofo Manuel Sacristán, que llamó la atención sobre la crítica que Marx realiza en El capital o en los Grundrisse (Sacristán, 2021).

Durante décadas habíamos sostenido que Marx y Engels (ya no hablemos de los Estados gobernados por partidos estalinistas como la URSS o China), estaban inmersos en la lógica productivista del capital. Generalmente, se había opinado que numerosos textos de Marx y Engels (como el Manifiesto Comunista) apuntaban a una idea de progreso muy vinculada al desarrollo de las fuerzas productivas y de las ciencias (poniendo énfasis en el desarrollo tecnológico). En mi opinión, no se trata de ninguna invención sino que los textos existen. De ahí se deducía que estas carencias habrían provocado fuertes tendencias productivistas y cientificistas. Una temática que se adapta a los rasgos economicistas del marxismo positivista y vulgar, y, ya no digamos, a la prioridad que, desde octubre de 1917 dieron los bolcheviques al desarrollo industrial y la extracción de materias primas en la URSS. El concepto madre de que el ser humano debe adueñarse y transformar la naturaleza ha sido una idea central de los marxismos hasta bien entrado el siglo XX.

Sin embargo, la conciencia sobre el cambio climático está cada día más consolidada, a excepción de los negacionistas vinculados al capitalismo y los combustibles fósiles o las corrientes más reaccionarias; han sacudido todas las percepciones que se podían mantener en el siglo XX. Desde que el científico Paul Crutzen habló del Antropoceno hasta el día de hoy, en donde el marxismo ecológico de Andreas Malm caracteriza el período de la revolución industrial hasta nuestros días como el Capitaloceno, están sucediéndose año tras año acontecimientos que golpean el planeta, como la subida de 1,1 grados de la temperatura, la desaparición de numerosas especies, la pandemia de Covid 19, o el deshielo acelerado de los glaciares.

En mi opinión, es el contexto el que ha llevado a que se esté revisando la obra de Marx en su relación con la ecología retomando algunos apuntes de Sacristán. Algunos marxistas como J. Bellamy Foster (2008), Burkett o Kohei Saito (2022) han planteado una defensa de Marx en cuanto a que su pensamiento fue ecologista. Se apoyan esencialmente en los escritos y las investigaciones de Marx en sus obras económicas (Grundrisse y El capital), como en las posteriores. Dicen que cuando Marx descubrió a Liebig (un científico que estudió la agricultura moderna y el uso de fertilizantes) cambió muchas de sus opiniones. Y esto le llevó a profundizar durante años en estudios antropológicos y científicos. Entre ellos, la llamada fractura metabólica (el capitalismo provoca una ruptura entre el ser humano y la naturaleza en perjuicio de ésta). De ahí sus opiniones en las críticas al Programa de Gotha. Según Kohei Saito, Marx sería un ecosocialista de su época. La diferencia esencial entre el siglo XIX y el siglo XXI es que esa fractura se ha agravado hasta unos niveles que pone en peligro la existencia del ser humano sobre el planeta.

Otros marxistas, ecosocialistas, como Michael Lowy y Daniel Tanuro, matizan las opiniones de Kohei Saito. Sin negar algunas aportaciones, señalan que el pensamiento y la obra de Marx son mucho más contradictorios: “Antes de El capital (1867) podemos encontrar en los escritos de Marx una evaluación más bien acrítica del progreso capitalista, una actitud descrita a menudo con el vago término mitológico de prometeismo. Esto salta a la vista en el pasaje del Manifiesto Comunista que celebra “el sometimiento de las fuerzas naturales por la mano del hombre y la roturación de continentes enteros gracias al capital”; pero también es aplicable a las London Notebooks (1851), a los Manuscritos económicos (1861-1863) y a otros escritos de aquellos años. Saito parece eximir a los Grundrisse (1857-1858) de su crítica. Esta excepción no está justificada, teniendo en cuenta hasta qué punto Marx admira en este manuscrito “la misión civilizadora del capitalismo, en relación con la naturaleza y con las comunidades precapitalistas, prisioneras de su localismo y su idolatría de la naturaleza!” (Löwy, 2019). Finalmente, Michael Löwy señala que lo que le movería a Marx a preocuparse por la relación entre el ser humano y la naturaleza, no tiene nada que ver con las motivaciones del ecosocialismo en el siglo XXI donde las condiciones de degradación se están llevando hasta sus últimas consecuencias.

En cualquier caso, independientemente de los escritos de Marx sobre la naturaleza, el tema ecológico ocupará un lugar principal en los debates de este siglo (como también el tema de género). En ello la obra de Marx todavía tiene cosas importantes que decir. Un ejemplo es el trabajo de Andreas Malm titulado capital Fósil, donde el autor ha volcado con seriedad un estudio histórico sobre el surgimiento del vapor en la revolución industrial y la utilidad de la teoría del valor para analizar los actuales procesos de degradación medioambiental y las emisiones de CO2 sobre nuestro planeta (Tanuro, 2020). En un sentido parecido se inscriben también los trabajos de Daniel Tanuro o Jorge Riechmann.

7. A modo de conclusión

A riesgo de pecar de cierto esquematismo o eclecticismo he tratado de presentar un Marx con todas o, mejor dicho, con algunas de sus contradicciones. He dejado algunos debates en los que no me he podido documentar lo suficiente como la cuestión de género o el debate de Marx sobre Rusia (Taibo, 2022) con Vera Zasulich. Los archivos de Marx siguen siendo estudiados y es posible que en el futuro puedan salir temas nuevos.

Marx no es responsable de lo que se escribió en su nombre a partir de su fallecimiento el 14 de marzo de 1883. Pero lo es de lo que sí escribió, aunque ahora no lo compartamos o las predicciones no se cumpliesen. En mi opinión, la obra de Marx contiene un legado muy rico sobre la crítica al capitalismo; sin embargo, esa misma crítica adolece de un poderoso discurso ético y humano que, en cambio, he podido leer en otros autores o incluso dentro de corrientes del socialismo libertario. Hagamos lo que dijo el mismo Marx cuando escribió en el prólogo a la primera edición de El capital: "Segui il tuo corso, e lascia dir le genti!"

 

Bibliografía

Anderson, P., Consideraciones sobre el marxismo occidental. Madrid: Siglo XXI, 2012.

Anderson, P., Tras las huellas del materialismo histórico. Madrid: Siglo XXI, 2013.

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Notas

[1] MEGA: Marx Engels Gesamtausgabe. Edición completa de sus obras.

[2] Sobre estos debates es interesante señalar las investigaciones de Robert Kurz, Anselm Jappe o los integrantes de la corriente “Una nueva lectura de El capital”, cuyo miembro Michael Heinrich citaré varias veces en este trabajo (Rubin, 1928; Heinrich, 2018 y 2020; Jappe, 2019; Marx, 2017; Harvey, 2014; Mattick, 2013).

[3] Cf. la presentación del editor de El capital en la editorial Siglo XXI.

[4] La bibliografía sobre los debates de El Capital es muy amplia, desde Mandel, Roldolski, Harvey, Heinrich, Althusser, Diego Guerrero, Mattick, etc. Sin embargo eso no puede eximir la lectura directa de Marx. La mejor edición en castellano es la de siglo XXI.

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