27/11/2022

El auge de la nueva extrema derecha y el problema histórico del fascismo. Entrevista a Joan Maria Thomàs

María Cruz Romero [1], Pedro Ruiz Torres [2]: En las últimas décadas se ha desarrollado una cultura del “deber de memoria” que se preocupa por mantener vivo en el presente el recuerdo de las grandes tragedias de la pasada centuria. Por ello resulta comprensible que el apoyo social cada vez mayor, dentro y fuera de Europa, a unas opciones políticas que hacen gala de un nacionalismo xenófobo y autoritario vuelva a poner de actualidad el fascismo. Sin embargo, para las ciencias sociales y desde el punto de vista del análisis histórico, la noción de fascismo resulta problemática. ¿Es el fascismo una categoría histórica, que debe ser utilizada atendiendo a su historicidad, o bien es una noción que puede definir experiencias políticas dilatadas en el tiempo y en el espacio? ¿Piensa que se trata de un concepto para dar cuenta de un fenómeno circunscrito a un espacio limitado y a un tiempo corto (Europa y el periodo entre las dos guerras mundiales) o que resulta también útil para englobar fenómenos sociopolíticos similares que en periodos más recientes se han manifestado en otras partes del mundo? ¿Concibe el fascismo con unas características (ideológicas, de movilización y acción política antes y después de la toma del poder, de organización del Estado y respaldo social) que permanecen constantes a lo largo del tiempo o, por el contrario, de un modo impreciso, ambiguo y flexible, capaz de desprenderse de algunos de sus rasgos originarios, tal como ocurrió en España durante la dictadura de Franco? ¿Qué rasgos definirían el fascismo y lo distinguirían de otros fenómenos que pueden ser colindantes, aunque no idénticos, como el nacionalismo conservador y autoritario en Europa central y oriental durante la década de 1930?

Joan Maria Thomàs [3]: Al hablar de fascismo debemos distinguir entre ideología fascista, partidos fascistas y regímenes fascistas. La ideología persiste hoy en día, si bien no con la influencia que tuvo en el período de Entreguerras y durante la Segunda Guerra Mundial. También persisten partidos de este tipo, sean supervivencias de los de los años 30 y 40 –como hoy en España La Falange, entre otros– o creaciones nuevas –como la griega Amanecer Dorado–. Eran, y son, partidos que cuentan con milicias y estructuras fuertemente jerarquizadas. En cuanto a regímenes fascistas, como lo fueron la Alemania nazi, la Italia fascista o la Ucrania ustasha, no existen actualmente ni creo puedan existir otros realmente homologables en el futuro. Tampoco regímenes fascistizados, como lo fue la España franquista. Los considero todos ellos producto de un tiempo y circunstancias históricas irrepetibles. En cambio, la ideología en cuanto tal, así como algunos partidos fascistas, han persistido o se han creado después de 1945. Pero, en cuanto tales, ni han llegado al poder en ningún país, ni han logrado el nivel de influencia política que algunos de ellos tuvieron en el período anterior, creando dos regímenes y marcando la historia europea. Tampoco me parece posible que vayan a lograrlo.

En la medida en que el fascismo representó una reacción ultranacionalista radical contra las izquierdas socialdemócratas, comunistas y anarquistas; contra la propia democracia y el sistema liberal; contra los nacionalismos periféricos y/o determinadas razas y minorías; formulando una propuesta revolucionaria específica, anti conservadora y totalitaria, se distinguió del resto de fuerzas derechistas, que eran fundamentalmente conservadoras y autoritarias con diferentes formas. Formas que iban desde el corporativismo católico semidemocrático a la apelación a la dictadura autoritaria anti izquierdista. En los casos nazi y fascista italiano, ello implicó primero alianzas con algunas de estas fuerzas y después su subordinación. Y en 1945, con la victoria aliada, desaparecieron, si bien en Italia ya en 1946 se fundaba un neofascista Movimiento Social Italiano.

En el caso de regímenes no propiamente fascistas sino fascistizados, es decir, con un componente fascista en su seno, pero sin que éste tuviese en sus manos la dirección del Estado y aplicase su programa íntegramente, como ocurrió en España con el régimen franquista y su partido único, a partir de 1945 se oscurecería y maquillaría ese componente, pero sin la voluntad de prescindir de él.

Por otra parte, tengamos en cuenta que en 1938 de la mayoría de Estados europeos – dieciséis de los veintiocho existentes, mayoritariamente del este y del sur del continente – catorce eran de tipo autoritario de derecha con múltiples formas – dictaduras militares, dictaduras monárquicas, socialcorporativas, etc.– y sólo dos fascistas. Durante la Segunda Guerra Mundial el número de regímenes autoritarios más o menos fascistizados en Europa –incluyendo los colaboracionistas creados con las ocupaciones nazi y fascista– llegaron a veintidós, pero de todos ellos tan sólo uno, el régimen ustasha de Croacia, puede ser calificado como auténticamente fascista. En otros países, como Rumanía, un intento de los fascistas por tomar el poder en 1941 fue aplastado por la dictadura militar autoritaria. Y en ese mismo año, en España, un intento de lograr de Franco la fascistización total de su régimen fue abortado, incruentamente, por el dictador.

 

MCR, PRT: Sin negar las importantes diferencias entre nuestra época y el periodo de entreguerras, ¿es posible relacionar lo que está pasando ahora con lo sucedido entonces? Por utilizar una de las ideas expuestas, a mediados de la década de 1980, por Jürgen Habermas en el Historikerstreit: ¿hasta qué punto nuestra existencia sigue ligada al contexto vital que hizo posible el fascismo y el genocidio judío por los nazis? ¿En qué sentido ha cambiado mucho o poco ese medio histórico de transmisiones familiares, locales, políticas e intelectuales que nos hace ser lo que somos y quiénes somos? Dicho de otra manera: la reaparición de viejos prejuicios discriminatorios, del miedo a todo aquello que se siente como una amenaza que supuestamente viene de fuera, de la intolerancia respecto al diferente o la revalorización de la mano dura y la autoridad ¿son o no indicadores de un modo de pensar y de actuar que, de manera recurrente en la sociedad moderna, se manifiesta políticamente en tiempos de incertidumbre y de dificultades económicas? ¿El descrédito de la “vieja política” en la actualidad, por su lentitud e ineficacia a la hora de hacer frente a los problemas sociales más acuciantes, es o no un rasgo sistémico y tiene su antecedente en la crisis del Estado liberal que tanto contribuyó en el período de entreguerras al ascenso del fascismo?

JMT: La enorme inseguridad que sienten hoy en día millones de europeos en el ámbito  económico, tras haber perdido sus puestos de trabajo y de cara a su futuro o el de sus hijos; el descrédito del sistema de partidos “tradicionales” –los hegemónicos desde los años 50 a los 80 del siglo XX–; el recelo ante el “otro” –sea el inmigrante ilegal, el inmigrante pobre o el descendiente de inmigrantes ya ciudadano de pleno derecho–; o la sensación de pérdida de valores ante un mundo nuevo, tienen indudables parecidos con la pobreza e inseguridad que se generalizaron con la crisis de los años 30; con la incapacidad de los sistemas liberal democráticos de entonces para adoptar medidas efectivas ante las consecuencias sociales de tal crisis; y con los temores a la expansión del comunismo y de proyectos revolucionarios izquierdistas, todo ello en medio de una sensación de “final de época” en relación con el propio sistema liberal. Existen similitudes, sí, pero las diferencias entre las dos épocas y los problemas que se dieron y vivieron entonces con los actuales son aplastantes.

No existía en los años 30 un Estado del Bienestar comparable al actual en buena parte de Europa, con lo que ello supone de protección sanitaria o de pensiones para buena parte de la población. Los sistemas democráticos implantados en 1918/19 en la mayoría de los nuevos Estados surgidos de la paz de París no tenían precedentes y acabaron durando muy poco, mientras que en el resto de Europa el avance del sufragio universal masculino y femenino, así como de las fuerzas de izquierda – especialmente comunistas y anarquistas – que cuestionaban la propia existencia del sistema capitalista y de la democracia, toparon con unas fuerzas conservadoras poco dispuestas – con la excepción de algunos de los países del oeste y norte – a permitir el cuestionamiento de su hegemonía por la vía electoral o revolucionaria. Por el contrario, hoy en día la democracia está asentada Europa, aunque afronta amenazas en una parte del continente. Pero amenazas diferentes a las de entonces. Desde los populismos no se la cuestiona mayoritariamente en cuanto tal, sino desde su presunto “secuestro” por parte de determinados partidos y su, también presunto, uso para el enriquecimiento de las que se denominan “castas”. Desde estos mismos populismos, sean de izquierda, centro o derecha, no se demanda su sustitución por un tipo de régimen alternativo y nuevo, sino correcciones al sistema, a veces de hondo e inquietante calado, pero sin constituir – al menos por ahora – una alternativa política estructurada. Lo cual no significa que no pueda surgir esa alternativa, como estaría empezando a ocurrir en los dos únicos países en que partidos populistas de extrema derecha están en el poder, como son los casos de Hungría y de Polonia. Ello tiene que ver con la propia inconsistencia del populismo como ideología, en absoluto comparable a las alternativas que en su tiempo significaron el socialismo marxista o el fascismo, o en el mismo liberalismo.

Desde algunos populismos no se plantea la supresión de la democracia, sino una hiperdemocracia refrendataria que tienda a prescindir de los partidos, considerados como una perversión. Desde otros, con mayor frecuencia entre los de derecha, se aboga por la imposición de limitaciones en los derechos de aquellos que suponen presuntas “amenazas” para la existencia de la nación tradicional, o incluso, en los dos países que acabo de citar, se pretende acabar con la independencia del poder judicial, o se cuestiona, como hizo el presidente húngaro Orbán en su discurso de investidura de 2014, el propio Estado de Derecho. Ello podría conllevar la imposición de regímenes democráticos “iliberales” o semidemocráticos de nuevo tipo, en los que las elecciones legislativas serían compatibles con características propias de regímenes autoritarios.

MCR, PRT: La necesidad de caracterizar y delimitar espacial y temporalmente el fascismo, propia del oficio del historiador, y las dificultades que en general tiene la gente para percibir la dimensión moderna del fascismo, ¿pueden redundar en una defectuosa comprensión de los movimientos de extrema derecha en la Europa actual? El análisis de los fenómenos sociales, como sabemos, debe tomar en cuenta las continuidades y los cambios. La perspectiva del historiador ha de ir más allá del tiempo corto y contemplar también la larga duración. Sin embargo, las comparaciones entre la época del auge del fascismo y la nuestra suelen hacerse de un modo demasiado amplio y sin tomar en cuenta los distintos medios sociales y sus respectivas trayectorias dentro de cada uno de esos dos periodos. ¿Tiene sentido establecer semejanzas y diferencias, poner en relación nuestro contexto vital y el de la época que hizo posible el fascismo, cuando no hacemos referencia solo a Europa, sino a buena parte del mundo, y las sociedades actuales son mucho más heterogéneas, fluidas, interrelacionadas y en continuo movimiento en comparación con las de Europa occidental durante el periodo de entreguerras? A la hora de llevar a cabo comparaciones entre sociedades con el fin de entender el auge de la extrema derecha en nuestros días, ¿no serían más determinantes otros factores que nada tienen que ver con los que se dieron en el periodo de entreguerras, como el mayor o menor arraigo social de unos valores que asumen la responsabilidad colectiva por lo sucedido en el pasado o los cambios socioeconómicos y demográficos como consecuencia de la globalización? Por poner dos ejemplos, ¿el distinto comportamiento electoral en el oeste y en el este de Alemania o entre regiones dentro de Francia no se explica mejor si tomamos en cuenta lo sucedido después de 1989 y no antes de 1945?

JMT: Efectivamente, creo que no tiene sentido. El relativo auge actual de las nuevas extremas derechas, del nacional-populismo, tiene causas específicas, producto de un mundo y de unas problemáticas nacidas en los últimos decenios, lo que no excluye la persistencia en una parte de sus adherentes de culturas políticas y memorias históricas de etapas anteriores. Ello es especialmente visible en Europa Occidental, en países como España e Italia, así como en la Europa Oriental post comunista. La victoria Aliada de 1945 destruyó los Estados fascistas pero no las creencias, adhesiones y convicciones de millones de europeos. Es más, los antecedentes de algunos de los partidos populistas de extrema derecha occidentales actuales se encuentran en formaciones neofascistas, monárquicas legitimistas, vichystas u otras, nacidas después de 1945. Pero el salto a una mucho mayor adhesión electoral, presencia y poder político se ha dado a partir del momento en que han apostado con la ruptura con el pasado –por la desdemonización–, como han hecho Marine Le Pen o Gianfranco Fini, en Francia e Italia respectivamente.

El actual auge del nacional-populismo tiene causas en parte compartidas de ámbito europeo e incluso mundial, pero también con connotaciones nacionales específicas. Pueden destacarse algunas. Las consecuencias de la crisis de 2008 – comparable en su impacto a la iniciada en 1929 – sobre el empleo y el nivel de vida. Los efectos de un fenómeno nuevo como es la llamada globalización o fase última de la internacionalización de las economías capitalistas, caracterizada por la mundialización financiera y comercial en un grado desconocido hasta entonces sobre las economías nacionales y las clases trabajadoras y medias. El incremento de la robotización. El auge de la inmigración económica y política a Europa desde áreas de conflicto o desde economías subdesarrolladas de otros continentes, con el auge también de la xenofobia que viene suponiendo, así como de percepciones reales o imaginadas de detrimento de protección social para los nacionales y/o de incremento de delincuencia. Los efectos de la liberalización de los intercambios económicos y demográficos dentro de la Unión Europea. La existencia de conflictos de tipo nacionalista interno dentro de algunos Estados de la UE. Los efectos de los factores económicos citados sobre las economías post comunistas del Este de Europa. La percepción en sectores de la población de la antigua República Democrática Alemana de ser “ciudadanos de segunda” dentro de la República Federal, junto a la nostalgia por algunos de los elementos, percibidos como positivos, del pasado comunista. La creencia, corriente en sectores de la población de países del Este, de estar perdiendo la independencia recuperada de la URSS ahora en favor de la UE o de venir representando algunas políticas de esa misma U.E. presuntas pérdidas de identidades nacionales tradicionales cristianas, ante la presencia, real o imaginada, de inmigrantes musulmanes. El temor al terrorismo islamista. Todos ellos, entre otros factores, son el marco en el que aparecen las respuestas nacional-populistas, que han logrado progresos muy rápidos en el último decenio y tienen muchas posibilidades de seguir haciéndolo. También en los países en los que, por razones específicas, han tardado más tiempo en aparecer, como son España y Portugal, auténticos late comers en cuanto al impacto del nacional-populismo.

MCR, PRT: ¿Se puede hablar de un retorno del fascismo en la Europa del siglo XXI? Y si es así, ¿se puede caracterizar como fascistas las extremas derechas surgidas en Europa en las últimas décadas? ¿Qué conexión guardan con el fascismo? ¿Hay semejanzas de fondo o son más importantes las diferencias? ¿Cómo definiría ideológicamente a estos grupos? ¿Qué hay de continuidad con el pasado en cada uno de ellos? Más allá de las simpatías que sientan unos por otros y del apoyo que se presten, ¿tienen algo en común estas nuevas derechas, no sólo desde el punto de vista ideológico, sino también en el tipo de organización y de cultura política y en sus propuestas de Estado y de cara a un nuevo orden internacional? De ser así, ¿en qué se diferencia esta nueva derecha, por una parte, del fascismo y, por otra, de la derecha liberal? ¿Cuáles son los nuevos mitos de la nueva extrema derecha, si es que los tiene?

JMT: No, no creo que nos encontremos ante un escenario de retorno generalizado del fascismo, ni del fascismo de aquel del período de Entreguerras, ni de una versión adaptada a nuestra época. La mayoría de partidos europeos que tienen hoy en día un ideario y estructura partidaria fascistas son marginales y residuales. Auténticas reliquias del pasado. Tan sólo en un caso, que tuvo gran repercusión mediática debido a las tácticas fascistas escuadristas que utilizaba, el griego Amanecer Dorado, ha conseguido apoyos notables – hasta el 7 % del voto en las legislativas de 2012 y hasta su máximo del 9,4 % en las elecciones europeas de 2014 –, pero en 2019 perdió buena parte del voto, deviniendo extraparlamentario en su país y bajando al 4,8 % en las europeas.

Los partidos populistas de extrema derecha pueden recibir votos de nostálgicos del fascismo o de las extremas derechas del período de Entreguerras – nostalgias y simpatías en algunos países nada despreciables –, pero no se plantean ni la imposición de dictaduras de partido único dirigidas por un líder cuya voluntad tienda a devenir ley; ni la conformación de regímenes totalitarios en los que se borren las diferencias entre el Estado y la Sociedad y donde la ideología del partido único penetre en todas las esferas de la vida política, social, asociativa y familiar; ni pretenden subordinar la economía capitalista a su política autárquica e intervencionista con el objetivo de ponerla al servicio de su proyecto político; ni pretenden subordinar completamente los medios de comunicación a las directrices del partido y del Estado; ni fascistizar la Administración y el ejército; entre otros objetivos. Nada de ello.

Comparten sí, con los fascistas, el ultranacionalismo – aunque pueda tener raíces diferenciadas, o no, del de aquellos – o su patriotismo chauvinista, sea de tipo político o económico. Así como la xenofobia, si bien algunos de esos partidos han sustituido el racismo étnico por otro de tipo cultural, rechazando el multiculturalismo pero aceptando personas no blancas en su seno siempre que tengan la nacionalidad y asuman los “valores nacionales”. De manera novedosa, son islamófobos y con frecuencia proisraelíes (por considerar a este país una cuña europea en medio del enemigo musulmán), antifeministas y anti lo que denominan “eurocracia”, es decir, el poder de los dirigentes de la UE por encima de los propios; de la misma manera que critican a los partidos “tradicionales” por no representar “al pueblo” como dicen ellos hacer. Defienden la exclusiva, o la preferencia, del Estado del Bienestar para los nacionales, así como los valores cristianos en tanto que fundamentales en la definición de las diferentes identidades nacionales.

Es decir, que si bien contienen elementos comunes con el pasado de Entreguerras – ultranacionalismo, xenofobia, antifeminismo – las propuestas nacionalpopulistas son respuestas nuevas a un mundo muy diferente del de entonces y no constituyen un corpus ideológico comparable al del fascismo. Si existe un “programa oculto” del populismo de extrema derecha, éste no es el fascismo, sino la democracia “iliberal”, aunque no está nada claro que todos los partidos de esta tendencia pretendan llegar a ella.

MCR, PRT: ¿El auge de la cultura del “deber de memoria” se ha convertido en un inconveniente a la hora de comprender el fenómeno de la extrema derecha en nuestros días? ¿Nos preocupan tanto “los ecos del fascismo” que perdemos de vista las diferencias entre ambas épocas y en sus respectivas sociedades? ¿Qué cuestiones deberíamos plantearnos para entender la novedad de un fenómeno que, si lo comparamos con el fascismo, paradójicamente comenzó a manifestarse con cierta intensidad en Europa occidental a finales del siglo XX, con el lepenismo en Francia y la Liga en Italia, es decir, poco después de la desaparición de la URSS y de los regímenes comunistas en el este de Europa?

JMT: Efectivamente, el eco del pasado traumático relacionado con los fascismos está obstaculizando la correcta compresión de las formas ideológicas, organizativas y políticas de la nueva extrema derecha. Ello no resulta nada extraño ya que una parte de las fuerzas nacional-populistas actuales provienen de fuerzas neofascistas, aunque no todas ellas. Y algunas de las de mayor éxito y perspectivas de tenerlo en el futuro han roto con los elementos nazis o fascistas de su pensamiento anterior. Marine Le Pen, por ejemplo, cortó en 2011 con la minimización del Holocausto que había venido manteniendo su padre y fundador del Frente Nacional Jean-Marie Le Pen – condenado más de veinte veces por los tribunales por insultos, amenazas, declaraciones racistas, agresión y las citadas alusiones al genocidio perpetrado por los nazis. Por su parte, el ex neofascsita y dirigente de la Alianza Nacional italiana Giancarlo Fini visitaba Auschwitz e Israel.

Pero los factores a tener en cuenta a la hora de entender el crecimiento del populismo derechista son los progresos en la globalización experimentados en los últimos veinte años y la subsiguiente aparición de masas de “perdedores” provocados por esa misma globalización en muchos países; los cambios experimentados por el sistema capitalista en el sentido de expulsión de mano de obra industrial, entre otros; la contestación ultranacionalista a los progresos de la UE hacia un mayor nivel de integración monetario y político; los efectos de la crisis iniciada en 2008 y la subsiguiente la adopción por esa misma UE de políticas de austeridad de altísimos costes sociales; la reacción contra las oleadas inmigratorias hacia Europa provocadas por los conflictos de la segunda década del siglo XXI; las reacciones contra el multiculturalismo y las políticas de género adoptadas por muchos países en los últimos veinte años, entre otros, que han ido creando condiciones para que se desarrollasen alternativas populistas de extrema derecha con un nivel de adhesión popular sin precedentes hasta ese momento.

MCR, PRT: ¿Le parece o no conveniente incluir en el análisis de este nuevo fenómeno opciones políticas como las encabezadas dentro de Europa por Marine Le Pen en Francia, Matteo Salvini en Italia, Alternativa para Alemania y Vox en España, e incluso Viktor Orbán en Hungría y el ultranacionalismo conservador en Polonia? ¿Tiene o no interés, para entender lo que está ocurriendo, tomar también en consideración la popularidad de Trump en Estados Unidos, de Putin en Rusia y de Erdogan en Turquía? En las ciencias sociales se está utilizando el término “populismo” para nombrar una amalgama de opciones que luego son calificadas de populismo de derecha, de izquierda, nacionalista, neo o post fascista, posdemocrático, etc. En su opinión, ¿aporta algo la categoría de populismo o lleva a la confusión englobar con ese nombre fenómenos muy diferentes?

JMT: Sí, en Europa los casos francés, italiano, alemán, español, húngaro y polaco tienen importantes elementos en común, aunque también matices nacionales notables. Los movimientos que dirigen Le Pen (Front National), Salvini (Liga), Orbán (Fidesz), Kaczyński (Ley y Orden), Meuthen (Alternativa por Alemania) y Abascal (Vox), constituyen casos de partidos populistas de extrema derecha -o nacional-populistas-. Como también otros en prácticamente todos los países europeos. En Noruega, Finlandia y Dinamarca están ya en el poder vía gobiernos de coalición.

Ampliando el foco hacia fuera de Europa, figuras como Trump, Putin, Erdogan. Modi o Bolsonaro utilizan el populismo en tanto que dirigentes, presentándose como ultranacionalistas representantes genuinos del alma de sus respectivos pueblos y utilizan al respecto sus innegables carismas personales, cultivando al tiempo imágenes de políticos fuertes y resolutivos. Pueden compartir igualmente en diferentes grados de xenofobia, el machismo o la tendencia a restringir derechos, o a pervertir -o a tratar de hacerlo- aspectos del Estado de Derecho en beneficio propio. Pero junto a todo esto, las diferencias entre sus regímenes son considerables y van desde la democracia estadounidense a la autodenominada “democracia soberana” rusa, en realidad un Estado semiautocrático.

Todos los citados, sean nacional-populistas derechistas o populistas de diferente signo, con sus éxitos electorales, muestran la realidad de segmentos de poblaciones europeas, occidentales y del mundo, dispuestas a seguirles a ellos y a sus políticas. Lo que, junto a la necesidad de arbitrar respuestas efectivas, debería concitar también reflexiones autocríticas en las que tales respuestas deberían basarse. Sobre lo que no se ha hecho bien en los últimos veinte años. De no hacerse, el futuro político seguirá ensombreciéndose.

MCR, PRT: El relativo éxito electoral de la nueva extrema derecha ha llegado mucho después en España que en la mayor parte del resto de Europa, ¿cómo lo explica? ¿Por qué en su opinión esa nueva extrema derecha española no puede ser calificada de fascista, ni en cuanto a tipo de partido ni en cuanto a ideología, a pesar de que entre sus votantes hay muchas personas que justifican la rebelión militar en 1936 contra la democracia republicana y comparten la versión franquista de la Guerra Civil? ¿Tal vez enlaza mejor con el tardofranquismo, recuperado ahora en tiempos de crisis, y no con el fascismo de que hizo gala el régimen de Franco en sus inicios? ¿En caso afirmativo, piensa que es posible establecer una clara diferencia entre uno y otro periodo de la dictadura? Ciertos sectores de la historiografía española insisten en la importancia del nacionalcatolicismo como rasgo característico del régimen franquista y lo contraponen a la modernidad del fascismo en Italia y en Alemania. ¿Está de acuerdo con este planteamiento? ¿Hay o no en la nueva derecha española una cultura política con una fuerte impronta de un nacionalcatolicismo más o menos modernizado?

JMT: Tanto en los casos de España como de Portugal (donde la aparición de una fuerza populista de extrema derecha ha sido aún más reciente), el hecho de haber sido las dictaduras fascistizadas más longevas de Europa retardó la aparición de este tipo de opciones. En España en concreto, la fulgurante y reciente irrupción de Vox en los parlamentos de Madrid y Sevilla ha tenido mucho que ver con la amenaza que sectores de la población han sentido y sienten frente al separatismo catalán. Otros factores han sido su respuesta a la inmigración ilegal y legal (“los españoles primero”); a las políticas proactivas de género; su crítica a los partidos y a la “partitocracia” o contra la llamada “Ley de Memoria histórica”. Estos sectores se han movilizado votando a Vox al considerar que el partido mayoritario de la derecha – el Partido Popular (PP), del que en buena parte habían sido tradicionalmente votantes – no ha actuado con insuficiente firmeza y energía ante el problema catalán y otros de los citados y se han sentido más identificados con discurso radical y de “mano dura” voxista. Es decir, que si hasta hace poco el PP actuaba como catch-all party sobre el centro derecha, la derecha y la ultraderecha, tal espacio se ha fragmentado de nuevo con la aparición de Vox, como hizo antes con la de otra opción populista, ésta de centro-derecha, Ciudadanos.

Vox no es un partido fascista, ni por ideología, ni por programa, ni por estructura partidaria. Su líder se esfuerza continuamente por defender su constitucionalismo, que hace compatible con una reforma profunda de la Carta de 1978 en el sentido de la supresión de las Comunidades Autónomas. Del resto de las propuestas de su programa pueden inferirse otros cambios constitucionales pero no un cuestionamiento del Estado democrático en cuanto tal. Vox recoge buena parte del voto de los sectores directamente ultraderechistas fascistas y franquistas, pero muchos más de la derecha. En su espectro de votantes pueden encontrarse una parte de aquellos que tienen una memoria histórica ligada al relato del bando llamado “nacional” en la Guerra Civil así como del Franquismo, pero también otros, movidos por el discurso y el programa del partido.

En cuanto a la impronta nacional-católica, una de las dos grandes culturas políticas – junto al fascismo – del Franquismo, y dominante durante la segunda etapa de este régimen, o el integrismo católico, están presentes entre un sector de los votantes de Vox y tras la importancia que se concede en el programa del partido a la defensa de la vida, a la protección de la familia, a la supresión del aborto y los cambios de género de la sanidad pública, a la derogación de la ley de violencia de género y a la aprobación de otra nueva llamada “de violencia intrafamiliar”, a la supresión “de organismos feministas radicales subvencionados” o a la exclusión de la enseñanza del Islam en las escuelas. Tras todo ello se encuentra una visión católica de España pero en ningún momento se aboga por un retorno a anteriores confesionalidades del Estado.

MCR, PRT: Tal vez para entender lo que hoy en día representa en España el partido político Vox tenga poco sentido remontarse a las distintas trayectorias de un largo periodo de régimen franquista y resulten más determinantes otros factores. Por ejemplo, que en las últimas décadas un sector amplio de la población española haya permanecido inmune e incluso rechace con virulencia la cultura del “deber de memoria” Si es así, ¿cómo se explica el alcance social más bien limitado en España, sobre todo a partir de principios del siglo XXI, de las acciones colectivas y de las medidas políticas a favor de la llamada “memoria histórica” o “memoria democrática”, que este mismo año han hecho posible la exhumación de Franco del Valle de los Caídos? ¿De qué modo podemos entender el fuerte rechazo que en algunos sectores suscitan?

JMT: Tal rechazo se basa en la existencia efectiva en España no de una, sino de dos visiones del pasado guerracivilista y franquista. El “deber de memoria” antifascista y democrático llegó tarde al país y desde que se materializó en medidas legislativas viene topando con la contestación, no sólo de los sectores abiertamente partidarios del bando “nacional” en la Guerra Civil y del Franquismo, sino con otra derivada que ofrece una valoración ambivalente del legado de la dictadura; que pone en valor los avances económicos y sociales que se dieron durante aquel régimen; que ve la Guerra Civil como algo del pasado remoto, con “culpables en los dos lados”, un pasado que además no debe “removerse” (incluidas las exhumaciones pendientes, las de las víctimas de la represión franquista); y se opone a la visión dominante en la historiografía progresista, al tiempo que se nutre de sus propios autores, con frecuencia no académicos. Y que considera a la memoria democrática como “de parte”. Medidas como la reciente exhumación del dictador, o los debates electorales y parlamentarios, han sido aprovechadas por Vox para contestar en los medios la “visión –en su propio lenguaje- progre de la Historia”, destacando la violencia socialista, anarquista y comunista en la Guerra Civil. Todo ello constituye un avance de los enfrentamientos que llegarán si un gobierno de izquierdas profundiza en la adopción de medidas de memoria democrática que vayan más allá de la reciente y simbólica, exhumación del cadáver del dictador. Y muestran la extremada dificultad por llegar a un consenso sobre el pasado de la Guerra Civil y el régimen franquista en el país.

MCR, PRT: ¿En qué se parece y en qué se diferencia Vox de las opciones políticas por las que ha mostrado públicamente una mayor simpatía, como las de Marine Le Pen en Francia, Matteo Salvini en Italia o Alternativa para Alemania? Al igual que esta nueva extrema derecha, Vox dice aceptar el orden democrático constitucional, pero lo mismo afirmaba en su época el fascismo hasta que llegó al poder. Más allá de los programas, ¿hay indicios de un plan que permanezca oculto en la nueva extrema derecha o, por el contrario, se trata de otra diferencia con el fascismo? El rechazo a los inmigrantes y el cultivo del temor que produce su llegada masiva, sobre todo por medios no legales, está siendo una de las claves del éxito electoral de la nueva extrema derecha en Europa. ¿Son motivos principalmente económicos y de inseguridad los que están presentes en sus respectivos programas y en la actitud de sus votantes o hay también un componente ideológico racista o discriminatorio, más o menos intenso y explícito, que guarda un cierto parentesco con el fascismo? ¿La islamofobia y el retorno del antisemitismo en nuestros días comparten una misma mentalidad impregnada de racismo o responden a causas muy diferentes?

JMT: Los populismos derechistas francés, italiano y alemán comparten con Vox y otras fuerzas su ultranacionalismo y su rechazo, más importante incluso que a las “partitocracias”, al extranjero, sea en la forma del rechazo a los inmigrantes, refugiados, o incluso a intereses económicos foráneos; la globalización y las deslocalizaciones industriales; e incluso – si bien que en diferentes grados – la cesión de soberanía que supone la misma existencia o determinadas políticas de la Unión Europea, como el Tratado de Schengen, entre otros. Defienden igualmente cada uno de ellos, y por encima de todo, las identidades nacionales propias frente a la presunta amenaza que suponen las etnias extranjeras, especialmente la musulmana, identificando al Islam con sus versiones más agresivas. La cuestión de los refugiados y de la gestión de la integración de los llegados en los últimos años es central en el discurso de Alternativa por Alemania, así como también la defensa y promoción de un nuevo orgullo identitario alemán. Para Salvini, los refugiados y la identidad nacional presuntamente amenazada, junto con una actitud de exigencia de rectificación de políticas de la UE, incluyendo la misma permanencia de Italia en el euro, han sido las palancas de su éxito.

Pero también existen diferencias entre las fuerzas citadas y los populismos derechistas del norte europeo, estando los del sur más influenciados por el catolicismo en cuestiones como la familia. Otro asunto a tener en cuenta es la facilidad con la que algunos de estos partidos han ido cambiando sus posiciones en cuestiones económicas, pasando, por ejemplo, el Frente Nacional del anticapitalismo inicial al neoliberalismo y después al proteccionismo, lo que es buena muestra de lo que se ha venido en llamar ideologías delgadas, por su falta de solidez en todo aquello que no afecta al núcleo del programa ultranacionalista.

Por su parte Vox, en una actitud compartida con otros partidos de la Europa católica, aparte de compartir el núcleo ideológico común, pone mucho acento en la protección de la familia tradicional. Además, se alinea con el llamado Grupo de Visegrado – formado por Hungría, Polonia, República Checa y Eslovaquia – en su propuesta de impulsar en Bruselas un nuevo tratado europeo que incluya rectificaciones notables del actual en cuanto a fronteras, soberanías – incrementando las de los Estados nacionales – y el “respeto por los valores de la cultura europea”. Igualmente se alinea con la suspensión del Espacio Schengen. Al mismo tiempo, y dentro del ultranacionalismo común a todos estos partidos, resultan característicos del programa voxista los puntos relacionados con el fomento de la lengua española, la difusión y protección “de la identidad nacional y de la aportación de España a la civilización y a la historia universal, con especial atención a las gestas y hazañas de nuestros héroes”, la demanda de devolución de Gibraltar y la defensa de la caza y la tauromaquia.

No creo que exista un plan oculto en el sentido de pretender instaurar un régimen fascista pero sí, en el caso de algunas fuerzas populistas de extrema derecha, de pretender recortar el Estado de Derecho y las libertades en el sentido citado, iliberal. Pero no existen indicios de un plan oculto en la mayoría de los programas publicados. Tampoco en el caso de Vox.

El rechazo a la llegada de los inmigrantes pobres, o a cualquier llegada masiva de extranjeros, y más si pertenecen a otras religiones o razas, ha sido recurrente en la Historia, si bien dados los orígenes neofascistas de algunos de los actuales partidos populistas de ultraderecha existen conexiones con el fascismo. Lo nuevo, por su intensidad, es la islamofobia, cuyo brote masivo tiene que ver con el terrorismo islamista, los refugiados musulmanes y la presencia de sectores de población musulmana en buena parte de Europa, aunque no en países del Este – con lo que su islamofobia resulta más singular. Por otra parte, la coexistencia de la islamofobia, del antisemitismo y de los acercamientos a Israel presentes dentro del conjunto nacional-populista, tienen causas diferenciadas, siendo las que explican los citados acercamientos el considerarse al Estado judío una cuña occidental en medio del mundo árabe y valorarse la gestión radical de la cuestión palestina por parte de Netanyahu.

MCR, PRT: En el caso de España, la situación en Cataluña ha tenido una gran influencia en el sorprendente éxito electoral de Vox durante el último año. En cierta manera lo singulariza, en comparación con las demás manifestaciones del auge de la nueva extrema derecha. El modo que los dirigentes de Vox tienen de concebir la nación española se opone a la descentralización y el reconocimiento de la diversidad de “nacionalidades y regiones”, por más que eso lo contemple el desarrollo del actual Estado de las Autonomías en España. ¿Supone una vuelta al modelo político y de organización territorial centralista, bien conocida en la época del franquismo, o aporta alguna idea o propuesta nueva que lo distinga? ¿Como se explica que la crítica al Estado de las Autonomías encuentre en España tanto eco en los votantes de la derecha y de la nueva extrema derecha? Si la propuesta de acabar con el Estado de las Autonomías o limitar en gran medida las competencias de las Comunidades Autónomas va en contra del consenso que hizo posible la Constitución de 1978, ¿no se está cuestionando de esa forma el orden político vigente en España?

JMT: El programa de Vox incluye la supresión de las Comunidades Autónomas en pro de un “Estado de Derecho unitario que promueva la igualdad y la solidaridad en vez de los privilegios y la división”. Es decir, no cuestiona directamente al propio Estado de Derecho, sino que aboga por su reforma. Por el contrario, su defensa de la ilegalización de “los partidos, asociaciones u ONGs que persigan la destrucción de la unidad territorial de la Nación y su soberanía”, se sitúa en los mismos márgenes, si no fuera de ellos, del Estado de Derecho, Tales propuestas, junto con la supresión de los conciertos económicos o de las policías autonómicas, encuentran el apoyo de sectores de la población española nada despreciables.

En ello aparece de nuevo la brecha en la que trabajan Vox y la mayoría de partidos populistas: la existencia de problemas políticos, económicos y sociales en los Estados que no siempre son resueltos satisfactoriamente por los partidos no populistas, dada su extremada complejidad, la falta de medios o a la incapacidad para abordarlos. Vox ofrece soluciones fáciles, radicales y con frecuencia demagógicas -por irrealizables- a problemas complejos, pero esos problemas existen y preocupan a la ciudadanía. La cuestión nacionalitaria, la inmigración, los llamados MENAS, el desempleo, la imposición de políticas de austeridad y los recortes en las ayudas sociales y en el Estado del Bienestar, la corrupción política y económica, la ineficiencia en el funcionamiento de algunas administraciones, la delincuencia, las leyes penales y su aplicación, la violencia de género, están ahí. Vox ofrece sus soluciones, pero para oponerse a ellas y al apoyo que millones de españoles les ofrecen hace falta mucho más que denunciar a Vox como ultraderechista. Éste constituye el reto crucial.

 

Notas

1- María Cruz Romeo es Profesora Titular del Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia.

2- Pedro Ruiz Torres es  Profesor del Departamento de Historia Moderna y Contemporánea de Universidad de Valencia

3- Joan Maria Thomàs es historiador, catedrático de Historia Contemporánea por la Universitat Rovira i Virgili, experto de reputación internacional sobre fascismos, franquismo y las relaciones de éste con los Estados Unidos. Ha sido profesor investigador en universidades de Estados Unidos, Australia, Reino Unido, Nueva Zelanda, Japón, China, Israel. Ha publicado artículos en medios de comunicación, como el diario El País. Ha recibido el Premi Ciutat de Barcelona de Historia (1992), el premio Crítica Serra d'Or (1993), la Medalla Narcís Monturiol al mérito científico y tecnológico (2015) y el Premio de Excelencia Académica ICREA (2013), entre otros.

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