La Revolución Rusa como hazaña del progreso. Un imaginario social de la Argentina de entreguerras

 

Los vástagos rojos y ácratas de la idea del progreso
 
Intentaremos aproximarnos a una serie de lecturas sobre la Revolución Rusa como un imaginario del progreso, en la Argentina durante las décadas del 20 y el 30. Junto al análisis de Octubre como ruptura teórica y práctica con el socialismo de la II Internacional e inicio de una nueva etapa en la lucha de clases a nivel mundial, en la izquierda criolla encontramos otras formas de aproximarse a la revolución rusa. El proceso soviético fue analizado desde esquemas heredados del liberalismo decimonónico (civilización/barbarie, atraso/progreso, despotismo/libertad); como el ciclo superior de las revoluciones liberales en su proyección hacia la periferia del mundo civilizado; como un laboratorio donde se ensayaban experiencias políticas, económicas, pedagógicas etc., que podían incorporarse a medios sociales mas estáticos o como el advenimiento de sujetos sociales (juventud, hombre integral) portadores de una cultura diametralmente opuesta a la cultura burguesa.

 

 

Esta interpretación de la revolución como una utopía del progreso nos introduce de lleno en los diálogos que el pensamiento de izquierda argentino mantenía con distintas tradiciones intelectuales: a) corrientes del pensamiento decimonónico (positivismo, evolucionismo); b) expresiones del liberalismo radical (librepensamiento); c) corrientes avanzadas del pensamiento argentino (Sarmiento, Alberdi, sociólogos positivistas); d) con movimientos culturales alternativos (teosofía, esperantismo, espiritismo, etc.).
Este substrato de tradiciones hijas del universo de ideas liberales se yuxtapone hacia fines de la segunda década del siglo con una serie de referencias políticas e intelectuales hijas del mundo que emergía de la Gran Guerra. En esta atmósfera intelectual, la visión de Octubre como un imaginario del progreso dejó su huella en un corpus documental que se empezó a escribir apenas el telégrafo trajo a las orillas del Plata la noticia de la caída del zarismo y se extendió hasta comienzos de los años 30. Este corpus incluyó revistas y diarios de las corrientes de izquierda y visiones de conjunto ensayadas por intelectuales criollos.
 
Los mártires de la libertad de las estepas a la Pampa
 
Sombras de Ryleyef y de Puchkine
Mártires de Siberia y los Urales;
Manes de Herzen, Pestel y Bakunnine
de la igualdad apóstoles leales,
y tu, sabio y profeta Kropotkine
espíritus gloriosos e inmortales:
Ya las cadenas de la Rusia Santa
rotas están, y el pueblo se levanta.
 
(Enrique Del Valle Iberlucea, Canto a la Revolución Rusa)
 
Durante el otoño e invierno de 1917, uno de los rasgos salientes del primer boceto de la revolución rusa trazado en la Argenti­na fue la exaltación de los mártires del zarismo y la evocación del carácter clandestino de la oposición a la autocracia durante el siglo XIX. La revista Humanidad Nueva en el número de marzo, abril y mayo reproducía sendas conferencias sobre la caída de la autocracia dadas en el Ateneo Popular, junto a un artículo de Kropotkin sobre las luchas en tiempos del último zar[1] y un artículo de Luis Morote con una semblanza de la líder socialista revolucionaria María Spiridovna, que sufrió cárceles y vejámenes a mano de los esbirros del zar por haber ajusticiado a un represor.[2] En el número de junio, julio, agosto, traía en su portada la foto de la luchadora anti-zarista Catalina Brechkovskaia (“la abuela de la revolución”), en un campo de prisioneros de Siberia y un artículo de Lena Starkoffe (de la revista francesa La Revue) haciendo una semblanza de Brechkovskaia.[3] El editorial central del número de marzo evocaba la imagen de los luchadores solitarios preparando la intervención del pueblo en el movimiento contemporáneo:
 
Bien sabíamos que ese heroico pueblo había hecho, desde hace casi un siglo, continuos esfuerzos en contra de la tiranía de sus zares, mas no suponíamos que la masa entera de la nación se hallase pronta a secundar, sin vacilaciones la obra de la minoría revolucionaria.[4]
 
El anarquista Santiago Locascio, en un folleto publicado en Buenos Aires en 1919 con el título de Maximalismo y Anarquismo, describe en tono de novela naturalista la lucha de los nihilistas. De esa manera relata la ejecución de la joven Sofía Perovskaia que conspiraba contra Alejandro III : “(...) fue llevada a la horca y con la serenidad de los mártires enroscó su cabecita blonda en la feral cuerda; sus ojos azules suavemente tocaron el horizonte infinito y grande y su alma voló por las regiones del mundo sufriente y pensante”.[5] Para este ácrata admirador de los bolcheviques el ejemplo de estos jóvenes despertó a las masas dormidas por siglos:
 
La labor subterránea de los nihilistas se trocó en labor colectiva del pueblo hecha a la luz de la aurora, la que trajo toda una serie de acontecimientos hasta llegar al completo aniquilamiento del sistema.[6]
 
La idea de una pequeña minoría heroica despertando la rebeldía del pueblo, evocaba en los progresistas de las orillas del Plata un cúmulo de imágenes incorporadas a la tradición de la izquierda argentina. Empecemos por destacar la presencia de exiliados rusos y judíos rusos, que llegaron luego de la represión que siguió a la revolución de 1905 y de la ola antisemita de los últimos años del zarismo.[7] Por otra parte, una izquierda nacida entre grupos de exiliados de varios países europeos, reconocía como sus orígenes semi-míticos una tradición de grupos de conspiradores (carbonarismo, Joven Alemania, masonería española). La imagen del conspirador de catacumbas despertando a la masa sumisa estaba incorporada al imaginario de la izquierda criolla. La idea de la “minoría revolucionaria” estaba presente en los debates que el pensamiento socialista o afín a él mantenía sobre distintos aspectos de la realidad nacional (identidad del sujeto político, discusiones sobre el sujeto educativo).[8] Distintos ensayos historiográficos socialistas (Ingenieros, Mario Bravo, Del Valle Iberlucea) interpretaban la historia Argentina como la obra de una minoría portadora de la civilización.[9] Una línea de tribunos y proscritos que iba de los revolucionarios de mayo a la generación del 37 resguardó las ideas de la
libertad del acoso del despotismo y difundió sus contenidos en la masa del pueblo. La línea que iba desde los Decembristas a Herzen y de los nihilistas a los luchadores encarcelados por Nicolás II, encarnó en las estepas eurasiáticas una lucha semejante. También en la Argentina la figura de los mártires del zarismo convocaba imágenes mas fuertes tomadas de las luchas sociales modernas. La deportación de luchadores obreros y la represión a los movimientos populares, era recordada por los oradores que celebraban la caída del zarismo. Decía el socialista Antonio Zacagnini en el Ateneo Popular:
 
Y no hemos de olvidar que si Rusia tuvo su horca ensangrentada, su Siberia repleta de gemidos y sus millares de víctimas sacrificadas a la autocracia, nosotros tenemos también nuestra semana roja, nuestra semana de sangre vertida; el proletariado argentino no puede olvidar las trágicas jornadas de la plaza Mazzini, de la plaza Lavalle y de la Avenida de Mayo.[10]
 
 La caída de la Bastilla oriental y la emancipación del trabajo
 
La evolución del proceso revolucionario ruso fue complejizando las imágenes que se construían alrededor de él. Es interesante el itinerario que fue trazando el discurso de Enrique Del Valle Iberlucea sobre el tema que nos ocupa. Hasta su muerte en 1921 Del Valle Iberlucea fue el referente político de los sectores de izquierda que defendían el modelo de la revolución rusa. Esta labor le valió la expulsión del Senado por decisión de la mayoría conservadora de la Cámara alta.[11] Los discursos y artículos de este hombre, uno de los socialistas argentinos mejor informados de los debates políticos internacionales, acusan el impacto de las distintas etapas de la revolución de Octubre, las polémicas que estos hechos desataron en el movimiento socialista internacional y la recepción de la obra de Lenin de la que Del Valle fue uno de los primeros comentaristas en la Argentina. En su editorial sobre la revolución de febrero para La Vanguardia el senador socialista escribía:
 
El espíritu de la humanidad se dirige hoy hacia el antiguo imperio de los zares. Se comprende que el triunfo de la revolución moscovita importara el advenimiento de un nuevo régimen social, donde no existirá el contraste de la riqueza y la miseria, porque la propiedad será un derecho real de los productores, que gozaran todos del bienestar necesario.[12]
 
En su discurso en el Ateneo popular, el senador socialista expuso un esquema de interpretación de la revolución rusa como la etapa superior de la revolución liberal occidental: “...si la revolución francesa fue una conmoción política que emancipó al pueblo, la rusa debe ser una revolución social que dé al productor el producto íntegro de su trabajo...”.[13] En esta nueva etapa la revolución política se dará la mano con la revolución socialista concebida como la emancipación del trabajo a la cual el desarrollo científico, económico y tecnológico de la humanidad hace posible y necesario. En un editorial de La Vanguardia, el 1 de mayo de 1920, el senador Del Valle Iberlucea analizaba la “Declaración de Derechos de la República Rusa”; recalcando la similitud con el proceso constitucional de las revoluciones inglesa, norteamericana y francesa, en donde la Declaración de Derechos precedió a la Constitución.
Los derechos que la “Declaración” soviética incorporaba al patrimonio de la humanidad eran: soberanía de los productores, federalismo, autodeterminación de las naciones y socialismo. Los bolcheviques iban camino a reorganizar el estado desde abajo hacia arriba, concentrando el poder de decisión en el pueblo.[14]
En una conferencia de 1920 analizando la experiencia de los consejos obreros, el eje del discurso de Del Valle Iberlucea era otro. Ahora colocaba como uno de los puntos fuertes de la acción revolucionaria la afirmación del sistema colectivista en donde los productores directos se encargarían del control de la producción :
 
La nacionalización ha hecho posible el agrupamiento racional de las usinas de manera que la fabricación completa se haga en el mismo lugar y se economice así los transportes. Se ha obtenido también una concentración semejante del control. Antes había centenares de firmas que se hacían concurrencia; ahora han sido concentradas. El control obrero ha sido reglamentado de tal manera que los expertos técnicos ejercen la verdadera autoridad. La socialización ha tenido por efecto regularizar la producción.[15]
 
Para Del Valle Iberlucea el control obrero estaba inscripto en la evolución natural de la industria moderna. La gestión de la fábrica por los obreros, acabaría con una serie de prácticas irracionales y permitiría fundamentar una jerarquía basada auténticamente en la calificación técnica, al revés de lo que pasaba cuando la fábrica estaba sometida a los caprichos de un patrón. La experiencia de la gran industria fue preparando a los trabajadores para esta nueva etapa, en la cual el ejercicio de la administración y gestión de la fábrica lo llevara a superar su carácter de herramienta humana “...porque es una inteligencia puesta al servicio del interés general, porque es el principal agente - un agente consciente - de la producción y la riqueza”.[16] Una visión redentorista, hija de la cultura del trabajo de la socialdemocracia de la II Internacional, está presente en estos párrafos. Esta es la línea de interpretación mayor que este socialista argentino adopta a la hora de leer la experiencia de la socialización en Rusia. Si bien Del Valle Iberlucea incorporaba, asimilación de los escritos de Lenin mediante, la idea del consejo obrero como órgano de la dictadura del proletariado, el eje que elige es la posibilidad de la redención del productor de su alienación secular, antes que a la idea de las masas tomando el poder en sus manos. Para Del Valle el socialismo reformista y el parlamentarismo como vía de acceso al poder están agotados. No obstante, seguía pensando su modelo de construcción política y la participación del pueblo en la revolución con esquemas heredados de la cultura socialista de la II Internacional.
En esta conferencia Del Valle Iberlucea expuso un proyecto de ley que presentaría al Senado argentino, inspirado en la experiencia de los consejos obreros. Proponía crear un Consejo Económico del Trabajo formado por representantes de los sindicatos obreros y de los organismos oficiales y no oficiales especializados en tecnología industrial, investigación científica, enseñanza técnica, cooperativismo y estadística. Este organismo debía encargarse de orientar la actividad económica del país, estudiar planes tendientes a socializar parcialmente algunas áreas de la producción (“socialización de las empresas de transporte, de las grandes industrias, de las viviendas de renta y las grandes propiedades territoriales”), administrar las empresas socializadas, dirigir la colonización agrícola y fomentar la inmigración.[17] Es interesante esta apropiación de una experiencia revolucionaria para pensar un mecanismo de cogestión en una república agropecuaria de América del sur. La “democracia de los productores” podía ensayarse sin que mediara ruptura revolucionaria, ya que se trataba de una tendencia natural del desarrollo industrial:
 
Una de estas tendencias es la que nos lleva necesaria y fatalmente a la socialización de las grandes industrias, empezando por la de los transportes, y ya que se presenta la ocasión de resolver una de las cuestiones, que por las circunstancias creadas en la actualidad, interesa más a la economía de una región del país, es necesario hacerla con criterio amplio y general, inspirado en estas nuevas corrientes económicas y sociales.[18]
 
La Democracia de los productores como etapa superior de la democracia política
 
Se cree o no se cree en la Revolución Rusa; adherir a ella es un acto de fe en el porvenir, en la justicia, en el progreso moral de la humanidad.
 
José Ingenieros, Los Tiempos Nuevos
 
La socialización de la industria rusa fue vista por muchos como un test sobre si el grado de desarrollo económico, científico y moral alcanzado por la humanidad permitía la superación natural de la estructura económica capitalista. Este es el enfoque de José Ingenieros en una serie de artículos reunidos en su obra Los Tiempos Nuevos (1922). La guerra imperialista puso en entredicho varios de los presupuestos sobre el futuro de la humanidad en los cuales Ingenieros creía como legado de su formación positivista (integración del mundo por el libre comercio, la industria y la ciencia; afianzamiento de la paz y declinación del militarismo; subordinación de la política de los estados al bienestar común, etc.). Se produce en este momento de su obra una modificación de “la visión global del capitalismo”.[19] La modernidad capitalista dejaba de ser la vía de acceso a mejores horizontes para la humanidad. La revolución rusa y su obra (nacionalización de los medios de producción, establecimiento de la democracia funcional) encarnaban la nueva conciencia moral de la humanidad y, como han hecho notar otros investigadores, la concepción “organicista” de la sociedad que atraviesa toda la obra de Ingenieros le hace ver en esta experiencia un intento de adecuar los sistemas políticos y económicos a los avances del pensamiento sociológico moderno.[20]
Para Ingenieros, en 1917 las masas rusas se hicieron cargos desordenadamente del estado y el aparato productivo a los que la clase dominante había llevado al colapso. A partir de esta caos inicial se abría la posibilidad de instaurar el poder de los productores, redimir a la fábrica de la tiranía de la “clase parasitaria” y hacer de los técnicos el eje de un nuevo sistema productivo:
 
Los obreros industriales comenzaron a apoderarse de sus respectivas fábricas sin planes coordinados, en forma desordenada. Lo único que a menudo conseguían era arruinar costosas maquinarias, haciendo algo tarde el descubrimiento de que, después de todo, los directores técnicos eran necesarios.[21]
 
La política de los bolcheviques, según constataba entusiastamente Ingenieros, buscaba superar la competencia entre las empresas socializadas, colocarlas bajo el control de los organismos centrales, y consolidar el poder de decisión de los técnicos en su seno:
 
A estos administradores y expertos técnicos se les confiere verdadero poder. No están a merced del voto casual de la masa de obreros mas o menos ignorantes. Poseen la atribución de contratar y despedir a los trabajadores, con apelación ante un mecanismo de reclamos y conciliación.[22]
 
La “democracia de los productores”, era la base de una nueva racionalidad industrial que recuperaría el protagonismo del técnico y pondría la producción en sintonía con el progreso tecnológico. Nada mas alejado de la instauración del poder de decisión de la masa indiscriminada de obreros industriales. La nueva organización era hija de la lucha de clases sólo en la medida que ésta fue necesaria para derrocar un sistema agotado. La fábrica no sería la base de la dictadura de las masas. Sería la escuela en donde los obreros aprenderían a ser sujetos de los distintos procesos sociales y embrión de una nueva humanidad.
El socialista liberal de formación positivista Augusto Bunge nos dejó un análisis de la experiencia de la socialización en Rusia con varios puntos de contacto con el de Ingenieros. En su artículo “Democracia política y Democracia económica”, publicado en la Revista de Filosofía en 1920, nos volvemos a topar con un intento de leer la experiencia rusa como una evolución natural de los sistemas políticos y económicos del mundo moderno. Para este analista, el parlamentarismo y el estado gendarme habían dejado de ser los instrumentos mas idóneos para acompañar el progreso de la humanidad. El capitalismo monopolista obligó al Estado a tomar grandes responsabilidades en la economía e hizo crecer el aparato burocrático. Este proceso hizo perder al parlamento su centralidad como espacio de poder e instancia representativa del estado burgués. En esta nueva etapa de la historia debían repensarse las estructuras políticas y económicas en busca de un nuevo equilibrio entre el estado y la sociedad civil. La “democracia política y la democracia económica” en la concepción de Bunge consiste en la creación de mecanismos de participación del pueblo como consumidores y productores (representación funcional) que coexistirían con el parlamento clásico como órgano de representación política para legislar sobre cuestiones generales. Para Bunge la participación popular en el gobierno político y económico de una sociedad no podía hacerse en espacios de poder indiferenciados:
 
Así como la democracia política se expresa adecuadamente en los parlamentos, órganos indiferenciados de una función general, la democracia económica necesita dotarse de una organización adecuada a sus objetivos. Como estos están especializados en una compleja serie de procesos técnicos, necesita una organización diferenciada para las varias funciones.[23]
 
Para plasmar este esquema en una propuesta concreta, Bunge tomó elementos de las distintas experiencias de cogestión obrero patronal de la Europa de posguerra y entre ellas la experiencia bolchevique. Bunge se aproximó a la obra de la revolución a partir del análisis crítico de los escritos de Lenin y en base a la información que el periodismo traía de la marcha del gobierno bolchevique. Este autor no compartía la idea de que los consejos obreros debieran ser los órganos de la soberanía popular dirigiendo el gobierno político y económico. El esquema de una dictadura de los obreros armados suplantando al estado liberal no estaba inscripto en la “evolución natural” de la humanidad. Bunge creía que las ideas expuestas por Lenin en Estado y Revolución, adolecían de reduccionismo clasista y lo atribuía a la confianza que un líder revolucionario debía insuflar a las masas en vísperas de la revolución:
 
Que no se detuviera a meditar sobre organización indiferenciada alguna, se explica por el concepto tan simplista que tenía en esa fecha del control de la producción, y de la facilidad con que podría imponerse a los trabajadores un salario uniforme, fuesen auxiliares manuales o directores técnicos, educadores o manuales de oficios calificados. La curiosa simplicidad con que ese genial estadista veía cosas extremadamente complejas, explica la seguridad con que procedió a la conquista del poder por las armas, y también los constantes cambios y rectificaciones que las necesidades prácticas han impuesto a sus nociones iniciales, adaptando su política a los hechos.[24]
 
Bunge señala que las distintas experiencias revolucionarias de la posguerra europea debieron desechar la idea de la democracia directa de los consejos obreros encargados del poder económico y el poder político. La evolución que se estaba produciendo en la República de Weimar, a la que Bunge le reprochaba haber nacido de la represión de la revolución de enero de 1919, marcaba el camino que debía seguir la revolución bolchevique. En la legislación alemana se dibujaba la instauración del “socialismo de Guildas”, término ideado por el socialista reformista ingles G.H. Cole. Los trabajadores participarían en el gobierno de las secciones de una empresa eligiendo los comités ejecutivos que designarán a los técnicos y administradores superiores. El esquema de la “descentralización de base local con la centralización de base funcional” conciliaba la participación de los obreros con la eficiencia de la industria moderna.
 
No puede hacérsele la objeción de que expone (sic) a los mismos fracasos que en el primer año de la revolución fueron la consecuencia del control obrero en Rusia, desde que se prevé una dirección técnica general seleccionada por los mas aptos para tal selección: los representantes del comité central, que por su origen y por la educación adherida en el ejercicio de sus funciones, deben considerarse más competentes para designar y fiscalizar a los directores técnicos (...).[25]
 
¿Democracia de los productores o colectivismo anarquizante?
 
Es interesante confrontar estas tres visiones de la socialización bolchevique que, en distinta medida y de distintas perspectivas reivindican este proceso, con otra visión decididamente adversa pero que comparte con aquellas algunos ejes de interpretación. El diputado socialista argentino Antonio De Tomaso viajó a Europa en 1919, acompañando al líder del partido Juan B. Justo a la conferencia de reconstrucción de la Internacional socialista realizada en Berna. En este viaje De Tomaso se entrevisto con líderes mencheviques exiliados, con Kerenski en su exilio londinense y con el viejo revisionista Eduard Berstein que también le dio su opinión sobre la revolución rusa. Estos testimonios fueron reunidos en el libro La Internacional y la revolución (1919). De Tomaso, socialista liberal, líder de la escisión derechista de 1927 (PSI) y aliado del golpe militar de 1930 y del gobierno oligárquico del Gral. Justo, condenó la experiencia soviética en una toma de posición que guarda coherencia con las líneas generales de su trayectoria. Veamos de que manera la imagen de la revolución que construyo en base a los testimonios europeos, se corresponde a una idea del socialismo entendido como evolución natural del capitalismo. El líder reformista Kerenski le explicó a De Tomaso que el régimen bolchevique era antidemocrático y autoritario.[26] Pero los mencheviques georgianos, que habían protagonizado una breve experiencia de gobierno regional alternativo al de los bolcheviques, agregan que se trataba de una experiencia que llevó al país al caos económico y al reinado de la especulación. La socialización había hecho caer la producción bruscamente e instaurado la dictadura de grupos de obreros incompetentes en las fábricas:
 
La dirección técnica en algunas usinas ha quedado en manos del comité de los obreros, quienes no han querido, a pesar de la opinión favorable de Lenin, utilizar los antiguos ingenieros y técnicos.[27]
 
La imagen que retienen los informantes de De Tomaso es la de las masas haciéndose cargo de una serie de funciones para las que no estaban preparadas. El diputado socialista argentino anota en las páginas de su libro las noticias de los comités de fábrica aumentándose los sueldos desproporcionadamente y fomentando la negligencia de los obreros, del gobierno bolchevique subvencionando a las empresas resignado frente a una situación incontrolable y de las mujeres obreras canjeando sus cartillas de racionamiento por artículos suntuarios que vendían a las mujeres burguesas.[28] Tanto De Tomaso como sus entrevistados concluyen que la experiencia soviética quiso hacer avanzar la historia mas allá de lo que el estadio evolutivo de la humanidad permitía. Igual que en el análisis de Ingenieros, pero en sentido inverso, la dimensión ética ocupa un rol central en la explicación del proceso. Las masas, empujadas a un callejón sin salida, sacaron a la luz sus peores vicios (mezquindad, especulación). Esta idea se resume en un comentario sobre la expropiación de los latifundios:
 
Marx dijo: es necesario expropiar a los expropiadores. Lenin ha traducido esta formula en lenguaje popular diciendo: robad a los que han robado. Y los paisanos rusos que son honestos entendieron el reparto en la forma mas primitiva: cuando en un castillo de campaña encontraban un piano, lo partían a hachazos, y cada uno tomaba una parte para su leña.[29]
 
Conversando con Eduard Berstein, De Tomaso recogió una crítica mas elaborada del proceso ruso. El líder del ala derecha del socialismo alemán, que venía de aplastar la revolución espartaquista, decía lo que los mencheviques solo sugerían:
 
Los soviets se han constituido con delegados particulares de cada usina. Han creado así intereses de un grupo contra otro, de una fábrica contra otra, lo cual tiene por fuerza que detener la evolución económica. Los obreros convertidos en grupos de empresarios no pueden tener interés en promover el progreso técnico dentro de su usina, porque no querrán desplazarse a si mismos. Felizmente, en Alemania tenemos constituidos los sindicatos de industria, de modo que todo el proceso de la producción, en que participan muchas usinas de carácter distinto, puede controlarse teniendo en vista el interés colectivo.[30]
 
Para Berstein la experiencia soviética iba a contramano de la evolución de la industria moderna. El control de los trabajadores sobre la fábrica era una vuelta al aislamiento corporativo del sindicalismo del período manufacturero. La participación de los obreros debía hacerse a través de los sindicatos por industria, que cubrían el proceso productivo en sus distintas etapas, pudiendo compartir con la patronal la gestión de la empresa (cogestión). El representante de un partido con experiencia de control sobre un aparato sindical consolidado, afirmaba que el horizonte final del socialismo consistía en una política de colaboración de clases para negociar mejores condiciones de vida para las distintas capas de trabajadores según su calificación. El “colectivismo anárquico” de los bolcheviques le servía al apóstol revisionista de parámetro para medir por donde pasaba el progreso en el mundo de posguerra.
 
La utopía de la construcción de una nueva humanidad
 
La unión soviética es ya lo que sean las nuevas generaciones. Del espíritu de que sean portadoras depende el porvenir.
 
Augusto Bunge, El Continente Rojo
 
En la década de los 30, cuando en la URSS se había consolidado un estado burocrático y de la democracia de los consejos y del control obrero solo quedaba el recuerdo, en la Argentina se leían algunos aspectos del estalinismo como una hazaña del progreso, como antes se habían leído los ideales emancipadores de 1917.
En Educación y Lucha de clases, Aníbal Ponce describe la educación rusa como una experiencia que no solo había superado las limitaciones clasistas de la educación burguesa, sino que había borrado también las barreras entre la fábrica y la escuela, la producción y el trabajo intelectual y arrasado a su paso los status derivados de la división de la sociedad entre dirigentes y dirigidos:
 
Se sabe él también (el técnico) un obrero de la edificación socialista y no ignora por eso que su ciencia o su cultura lejos de descender trepan todavía más arriba cuando escuchan los reclamos del trabajo. El ambiente de las fábricas, que el capitalismo convirtió en una fuerte pestilencial de depravación y servidumbre se ha trasformado bajo el control del poder obrero en una fuente magnífica del desarrollo humano.[31]
 
Para este simpatizante del comunismo cuya formación mantenía fuertes deudas con el pensamiento liberal, el hombre soviético era un trabajador calificado técnica e intelectualmente, actor crítico de la realidad y artesano del mundo donde nacería una nueva humanidad solidaria y fraterna.
Augusto Bunge, al cabo de un largo proceso de reflexión sobre el proceso revolucionario ruso que lo llevó a replantear buena parte de su concepción moralista y elitista del socialismo,[32] construyó una imagen muy interesante de la URSS al promediar la década de los 30. En su libro El Continente Rojo (1934) Bunge pintó la Rusia de Stalin como una comuna fraterna donde el sacrificio de una generación preparaba el camino para el alumbramiento de otra generación constructora de un mundo nuevo. Para Bunge las formas mas importantes de participación de los trabajadores en la construcción del socialismo eran los mecanismos stajanovistas de trabajo industrial (“brigadas de choque”, “emulación socialista”).[33] La senda hacia la emancipación de la humanidad tomó la forma de una moral productivista y de la subordinación a una disciplina del trabajo que garantizaría un futuro mejor. Mientras el imaginario del progreso de la revolución iba agotándose, Bunge recordaba las siguientes palabras como epitafio a la utopía de una nueva humanidad con las que toda una generación comulgó:
 
No es posible regenerar al mundo libertando a los espíritus, porque el mundo los tiene encadenados.  ¡Libertemos los espíritus regenerando al mundo![34]
 
 A manera de balance
 
En los análisis sobre la revolución rusa de la izquierda argentina de los años ‘20 y ‘30, conviven dos ejes que apuntan en direcciones divergentes pero con vasos comunicantes entre si. Por un lado el análisis de la revolución como ruptura con el socialismo de la II Internacional e inicio de una nueva etapa en la revolución mundial y por el otro la lectura de Octubre como un test que permitía constatar pronósticos sobre el futuro, provenientes de distintos universos de ideas presentes en la cultura de izquierda de comienzos de siglo. Estos ejes de interpretación no se repartían siguiendo las fronteras que separaban a una corriente política de otra. En el seno de cada corriente encontramos, con distinto peso especifico, la búsqueda de un nuevo modelo de construcción política junto a la utopía del progreso. Incluso los esfuerzos mas tenaces por leer 1917 como punto de ruptura, incluyen ideas tomadas de toda la etapa previa del movimiento socialista.
Para comprender mejor el imaginario progresista de la revolución, debemos introducirnos en los diálogos que la izquierda argentina mantenía con tradiciones políticas, espacios culturales y corrientes de pensamiento hijas del universo de ideas liberal. Proponemos la siguiente hipótesis para pensar estas relaciones: La revolución de 1917, vivida por sus contemporáneos como un hecho inédito, generó un mínimo común denominador entre las fuerzas progresistas y reactivó muchos de los diálogos que el pensamiento de la izquierda mantenía con todo un substrato de ideas liberales. La reflexión sobre Octubre se convirtió en un campo de tensión, donde convivían viejas utopías con el intento de repensar un nuevo movimiento revolucionario de la clase obrera mundial. Ilustremos esta aseveración con el siguiente ejemplo. La caída del zarismo, el derrumbe de la república de Febrero y la instauración del Gobierno soviético podía interpretarse de distintas maneras: a) como la marcha progresiva hacia la abolición de todo poder; b) como la instauración de la dictadura de las masas y el agotamiento del parlamentarismo; c) como la substitución de la democracia liberal por una democracia funcional donde todas las partes del “organismo colectivo” estarían representados; d) como un experimento que ofrecía elementos para ser incorporados críticamente a la gestión de los estados capitalistas. Estos análisis, que partían de interpretaciones divergentes y de estrategias políticas encontradas, mantenían puntos de contacto influyéndose entre sí.
Es en las forma de leer la experiencia de la socialización y los consejos obreros donde la interpretación de la revolución rusa encuentra sus líneas de fuga, partiendo de un punto común. Todas estos análisis planteaban la contradicción entre la soberanía indiscriminada de la masa de asalariados o la consolidación de una estructura de poder basada en la calificación técnica. Este eje nos remite a concepciones evolucionistas del desarrollo social. Si se estaba o no en el umbral de un nuevo tipo de sociedad, sería la conformidad entre las formas de organización social y política y el desarrollo tecnológico y científico la mejor forma de constatarlo. Esta preocupación está en la base de los análisis mas críticos de los modelos de construcción política vigente (Del Valle Iberlucea), de las miradas sobre 1917 como una adecuación de la democracia y el sistema económico a la actual etapa de la historia de la humanidad (Ingenieros, Bunge) y de los que veían en la experiencia rusa la confirmación de que el progreso pasaba por reformas que no alentaban una ruptura con el capitalismo y la democracia liberal (De Tomaso).
La investigación iniciada con este artículo intenta ser un peldaño para avanzar hacia una visión de conjunto de la mirada de la revolución de Octubre en el corpus de la izquierda argentina. Algunos de los ejes sobre los que nos proponemos trabajar son: a) la ruptura entre el imaginario del progreso y la visión de la revolución como una vía de acceso al poder y de construcción del socialismo ya no como una evolución natural del capitalismo sino como un modo de producción distinto; b) el momento en que se elaboran posiciones oficiales sobre la revolución en las distintas corrientes de izquierda; c) la superposición de estas posiciones oficiales con una imagen común a todo el espectro izquierdista en donde se reivindicaba distintos aspectos del proceso soviético (educación, industrialización, política de vivienda, etc.).
 


[1] Humanidad Nueva, marzo de 1917, págs. 65-75.
[2] Ibid., págs. 76-80.
[3] Ibid, junio, julio y agosto de 1917, pág. 188.
[4] Ibid, marzo de 1917, pág. 44.
[5] Locascio, Santiago, Maximalismo y Anarquismo, Bs. As., Editor Vicente Bellusci, 1919, pág. 11.
[6] Locascio, Santiago, op cit., pág. 12.
[7] Barrancos, Dora, Anarquismo, educación y costumbres en la Argentina de principios de siglo, Bs. As., Contrapunto, 1990, págs. 141-148; Bilski, Edgardo, El movimiento obrero judío en la Argentina, Bs. As., Amia, 1986 y Corbière, Emilio, Orígenes del comunismo argentino, Bs. As., Ceal, 1984, págs. 88-90.
[8] De Lucía, Daniel Omar, El partido socialista y la enseñanza de la moral (1890-1936), en Boletín del FEPAI, Nº 20, 2º semestre de 1992, págs. 3-24.
[9] De Lucía, Daniel Omar, Historia y Política. Los socialistas argentinos y la emancipación nacional (1890-1920), en Texto y curso. VII Jornadas de Historia del IHCBA, Bs. As., MCBA, 1997, T. 1, págs. 219-238.
[10] Humanidad Nueva, marzo, abril y mayo de 1917, pág. 54.
[11] Marianetti, Benito, Enrique del Valle Iberlucea, una conducta honesta frente a la revolución rusa, Bs. As. Silaba, 1972, cap. III.
[12] La Vanguardia, 18 de marzo de 1917.
[13] Humanidad Nueva, marzo, abril, mayo de 1917, pág. 32.
[14] Del Valle Iberlucea, Enrique, La Revolución Rusa, Bs. As., Claridad, 1934, pág. 29, (La Declaración de Derechos de la República Rusa).
[15] Del Valle Iberlucea, Enrique ; op. cit., pág. 76, (La Doctrina socialista y los consejos obreros).
[16] Ibid, pág. 88.
[17] Ibid, págs. 93-97 (Consejo económico del trabajo).
[18] Ibid, pág. 99, (Fundamentación del proyecto económico del trabajo).
[19] Terán, Oscar, José Ingenieros. Anti-imperialismo y Nación, México, Siglo XXI, 1979, pág. 100.
[20] Terán, Oscar, op. cit., pág. 101.
[21] Ingenieros, José, Los Tiempos Nuevos, Bs. As., Tor, 1952, pág. 145, (1ª edición de 1922).
[22] Ingenieros, José, op. cit., pág. 150.
[23] Bunge, Augusto, Democracia Política y Democracia Económica, en Revista de Filosofía, setiembre de 1920, pág. 223.
[24] Ibid, págs. 222-223.
[25] Ibid, pág. 249.
[26] De Tomaso, Antonio, La Internacional y la Revolución, Bs. As., La Vanguardia, 1919, págs. 43-55.
[27] Ibid, pág. 36.
[28] Ibid, págs. 34-41.
[29] Ibid, pág. 40.
[30] Ibid, pág. 64.
[31] Ponce Aníbal, Educación y Lucha de Clases , Bs. As., El Viento en el mundo, 1973, pág. 164, (1ª edición de 193).
[32] Sobre este aspecto del pensamiento de Bunge ver: De Lucía, Daniel Omar, El Partido…, págs. 3-24.
[33] Bunge, Augusto, El Continente Rojo, Bs. As., Editorial J. L . Rosso, 1934, Cap. VI, punto II, págs. 176-182.
[34] Bunge, Augusto, op. cit., pág. 295, (fragmentos extractados del libro de Augusto Bunge, Culto a la Vida, Bs. As., J. L. Rosso, 1915).