Reflexiones ante el 80º aniversario de la Revolución Rusa. Recuerdos del futuro.

Romero, Aldo Andrés

 

La suerte de la República de los Soviets no puede ser separada de la suerte de la revolución mundial. Nadie puso a nuestra disposición siglos ni décadas para usar sin control. La cuestión se decide por la dinámica de la lucha, en la que el enemigo se aprovecha de cada error, de cada torpeza y ocupa cada centímetro de terreno no defendido (...) No es verdad que podremos construir “el socialismo integral” si la Internacional comunista prosigue la política que se expresó en la capitulación del partido alemán en 1923, en el putch estoniano de 1924, en los errores ultra-izquierdistas de 1924-25, en la vergonzosa comedia del Comité anglo-ruso en 1926, en la cobarde política de la dirección polaca en 1926, en la serie ininterrumpida de faltas que hicieron perecer la revolución china de 1925-27 (...) La Internacional comunista no resistirá otros cinco años de faltas semejantes. Y, si la Internacional comunista se derrumba, tampoco la URSS resistirá mucho tiempo. Los salmos burocráticos proclamando que en nuestro país ya están realizados 9/10 del socialismo (Stalin) se mostrarían entonces como charlatanería estúpida. Ciertamente, incluso en tal caso, al fin de cuentas la revolución proletaria sabría abrir nuevas vías hacia la victoria. ¿Pero cuándo? ¿Y al precio de cuántos sacrificios y cuántas víctimas innumerables? La nueva generación de revolucionarios internacionales debería unir el hilo roto de la herencia y volver a conquistar la confianza de las masas en el mayor acontecimiento de la historia, que puede ser comprometido por un encadenamiento ininterrumpido de faltas, de volteretas y de falsificaciones en el terreno de las ideas.[1] 
 
León Trotsky, 1928.
 
¿Cómo recordar y reivindicar la Revolución rusa, sin perder de vista que la URSS ya no existe, en el Kremlin flota la bandera tricolor de la vieja Rusia, Leningrado nuevamente se llama San Petersburgo... y la confianza de las masas en esa revolución está, como mínimo, severamente comprometida? En primer lugar, enfrentando la omnipresente campaña que pretende impedirnos imaginar siquiera un sistema distinto del capitalismo, y se empeña -incluso con voluminosos libros- en identificar el legado de Octubre con las consecuencias del estalinismo y condenar la “ilusión” de la Revolución. Por ejemplo, el historiador francés (y ex-estalinista) Furet, quiere hacernos creer que las posturas de Gorbachov o Yeltsin representarían algo así como una postrer autocrítica de los líderes revolucionarios, y para ello escribe:

 

 

El fin de la Revolución rusa, o la desaparición del Imperio soviético, deja al descubierto una tabla rasa sin relación con lo que habían dejado el fin de la Revolución francesa o la caída del imperio napoleónico (...) Lenin (...) no deja ninguna herencia. La revolución de Octubre cierra su trayectoria no con una derrota en el campo de batalla, sino liquidando por sí misma todo lo que se hizo en su nombre.[2]
 
Nuestro balance es muy distinto, y comienza por escapar de los lugares comunes (tanto los de derecha como los de izquierda). Identificarnos con el impulso emancipador que gestó el poder soviético, no nos exime de un balance riguroso, con la convicción de que la Revolución rusa no debe ser considerada sólo como un hecho ocurrido en tales o cuales circunstancias, sino más bien como experiencia estratégica de la clase obrera y las organizaciones revolucionarias. Por otra parte, consideramos necesario referirnos al estalinismo y el llamado “socialismo real”, porque también de los desastres cabe sacar conclusiones. Nuestra convicción socialista no se sustenta en la idea de ineluctabilidad, pues no creemos que el camino hacia ese objetivo esté predeterminado por alguna fuerza que no sea la misma acción de los hombres. Asumiendo pues que “la liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”, para proyectar este combate hacia el siglo que viene resulta imprescindible sacar todas las lecciones de lo vivido en el siglo que se acaba.
 
La revolución del siglo en “el siglo de las revoluciones”.
 
La zaga de la revolución, el poder de los soviets, la industrialización de la URSS, la conformación del “campo socialista” y su vertiginosa caída suelen ser considerados como momentos diversos de un mismo impulso histórico. Así, Eric Hobsbawm escribe:
 
¿Cómo hay que explicar el siglo XX corto, es decir, los años transcurridos desde el estallido de la primera guerra mundial hasta el hundimiento de la URSS, que, como podemos apreciar retrospectivamente, constituyen un período histórico coherente que acaba de concluir?[3]
 
También se habla de “la primera revolución socialista triunfante”, dando por sentado que fijó el camino que habrían seguido -con más o menos desviaciones- las revoluciones que vinieron luego.
A diferencia de ese punto de vista tan generalizado, preferimos enfatizar todo lo que hizo de ella una experiencia única e inacabada y llamar la atención sobre una paradoja notable: la Revolución que marcó el siglo XX y contribuyó directa e indirectamente a hacer del mismo “un siglo de revoluciones”, no tuvo en un sentido estricto continuidad.
Digámoslo de otra manera. Hubo muchas y muy diversas revoluciones (sea cual fuere el alcance que asignemos al término) y algunas se proclamaron continuadoras de la gesta de Octubre. Pero en ninguna de ellas, como sí ocurriera en la Rusia del 17, la estrategia de los dirigentes y el protagonismo genuino de los obreros y campesinos convergieron para fusionar, en un mismo movimiento, al alzamiento revolucionario contra el desacreditado y odiado viejo orden, la tumultuosa autodeterminación de las masas y la voluntad de construir con los restantes pueblos de Europa y la Tierra, un mundo nuevo: la revolución socialista. Lo mismo cabe decir del internacionalismo teórico y práctico del nuevo poder, o de su apasionado debate alrededor de ideas, proyectos y realizaciones revolucionarias. Esa conjunción levantó en millones de trabajadores y oprimidos de todo el globo reivindicaciones, esperanzas y confianza en las propias fuerzas, capacidades e iniciativas hasta niveles jamás vistos (ni antes, ni después). Así enfocada la cuestión, no sólo se podrá advertir lo excepcional de la Revolución Rusa, sino que la excepcionalidad tiene varias caras.
 
Revolución en las calles... y la teoría
 
En primer lugar, la Revolución Rusa fue “anormal” por imprevista y transgresora, a todos los niveles. Sorprendió a los gobiernos y estados mayores que, enfrascados como estaban en una guerra de barbarie sin precedentes, pasaron de buenas a primeras a vérselas con la amenaza de los abominables “rojos”. Abominables porque con ellos las masas desarrapadas habían conquistado el poder en Moscú y Petrogrado. Abominables porque renegaban de la diplomacia secreta y los tratados internacionales. Abominables porque llamaban a la confraternización revolucionaria con voces que calaban hondo en las masas europeas hartas de la carnicería imperialista, podían ser comprendidas por los humillados pueblos coloniales y convocaban a todos los perseguidos y proscritos -socialistas, anarquistas, sindicalistas revolucionarios...- a un reagrupamiento revolucionario internacionalista sobre nuevas bases.
La revolución apareció también como la anormalidad que desautorizaba las “verdades” del marxismo adocenado de la Segunda Internacional, que fragmentaba . la problemática de la revolución en la consideración de casos nacionales, y evaluaba las “condiciones objetivas” de la revolución socialista con criterios propios del evolucionismo positivista: el determinismo económico establecía que los países atrasados deberían pasar por una etapa de desarrollo capitalista antes de que pudiera vislumbrarse una alternativa socialista; la apreciación puramente sociológica de las fuerzas motrices de la revolución indicaba que donde la clase obrera era minoritaria debía jugar un rol secundario; y se consideraba que la educación política de los trabajadores requería del pasaje obligado por las “escuelas” del sindicalismo y el parlamentarismo burgués.
Contra semejante modelo los marxistas revolucionarios recuperaron y utilizaron el concepto de totalidad. Con matices diversos, ellos partían de una apreciación global: la dominación capitalista-imperialista del mundo -con las contradicciones explosivas que conllevaba- y la conformación de una clase obrera mundial capaz de una acción independiente. Ellos asumieron la actualidad de la revolución proletaria y socialista -entendida como posibilidad abierta, y no como resultado “natural” de factores objetivos-. Y comprendieron también que la lucha de las masas obreras, el desarrollo de su conciencia y la formulación del programa requería también de la apuesta subjetiva de los revolucionarios en una labor orgánica de masas indisociable de la tensión hacia el socialismo.
En las condiciones terribles creadas por los años de Guerra, tras el primer embate con el que las masas de Rusia derriban al zarismo y forman los soviets -febrero de 1917-, cuando los partidos reaccionarios y reformistas se empeñaron en mantener el cuestionado poder de un heterogéneo gobierno burgués, Lenin y Trotsky tradujeron la renovación teórica en política revolucionaria: denunciaron que el poder burgués significaba continuación de la Guerra, miseria creciente y sangrientos golpes militares contrarrevolucionarios, y reivindicaban en cambio ¡Todo el poder a los soviets!”. En nuestros días, una vez más, vemos que se recurre a los más impúdicos montajes “históricos” para presentar la Insurrección de Octubre como la manipulación de una minoría calculadora y fría obsesionada por llegar al poder sea como fuere, pero la patraña es poco consistente. Esa leyenda negra fue refutada hace ya mucho por los mismos protagonistas, por ejemplo con la crónica vívida y fidedigna de Los diez días que conmovieron al mundo de John Reed, o la inigualada reconstrucción del rol de las masas y su vanguardia hecha por Trotsky en su Historia de la Revolución Rusa. Pero no es inútil insistir en esto, citando a Victor Serge:
 
El llamado de Lenin a la iniciativa de las masas es constante. Ve en la espontaneidad de las masas la condición indispensable para el éxito de la acción organizada del partido. El 5 de noviembre firma un llamamiento a la población, invitándola a combatir el sabotaje. La mayoría del pueblo está con nosotros, nuestra victoria es segura: “¡Camaradas, trabajadores!: Recordad que de aquí en adelante sois vosotros mismos los que administráis el Estado. Nadie os oyudará si no os unís por impulso propio y si no cogéis en vuestras manos todos los asuntos del Estado. Agrupaos en torno a vuestros soviets, dadles solidez. Poned manos a la obra desde abajo, sin esperar que os den señal alguna. Inaugurad el orden revolucionario más severo, reprimid implacablemente los excesos anárquicos de borrachos y gente de mal vivir, de los junkers contrarrevolucionarios, de los elementos de Kornilov, etc. Estableced el más riguroso control de la producción y proceded al inventario de los productos. Detened y entregad al tribunal del pueblo revolucionario a cualquiera que se atreva a perjudicar a su causa...”
Se invita a los campesinos a “tomar ellos mismos, en el acto, la plenitud del poder”. ¡Iniciativa, más iniciativa, siempre iniciativa! Tal es el santo y seña que Lenin lanza a las masas el 5 de noviembre, a los diez días de la insurrección victoriosa.[4]
 
Efectivamente, los dirigentes revolucionarios rusos alentaron sistemática y consecuentemente a que los campesinos tomaran las tierras, los obreros tomaran el control de las fábricas y que los soviets de obreros, soldados y campesinos tomaran todo el poder. Con esa orientación ganaron la conducción de las masas y aseguraron la victoria de la Insurrección, que fue también la mejor convocatoria para que otros pueblos de Europa se levantaran contra la guerra imperialista. 
Así, contra lo previsto en viejos libros, la revolución socialista pudo comenzar en la atrasada Rusia, donde los obreros pusieron un sello soviético y emancipador a las revoluciones campesinas y nacionales que se desarrollaron concomitantemente. Pero la dialéctica recuperada también les hacía advertir a los marxistas revolucionarios que esa revolución sólo podía desarrollarse en el terreno internacional y culminar a escala mundial. Con teorías y formulaciones distintas, en esto coincidía también Rosa Luxemburgo. Fue ésta quien escribió:
 
El destino de la revolución en Rusia dependía totalmente de los acontecimientos internacionales. Lo que demuestra la visión política de los bolcheviques, su firmeza de principios y su amplia perspectiva es que hayan basado toda su política en la revolución proletaria mundial (...) Todo lo que podía ofrecer un partido, en un momento histórico dado, en coraje, visión y coherencia revolucionarios, Lenin, Trotsky y los demás camaradas lo proporcionaron en gran medida. Los bolcheviques representaron todo el honor y la capacidad revolucionaria de que carecía la socialdemocracia occidental. Su Insurrección de Octubre no sólo salvó realmente la Revolución Rusa; también salvó el honor del socialismo internacional.[5]
 
La Revolución Rusa, deformada y ocultada por las normas del estalinismo
 
Las revoluciones y la guerra siguen cursos sinuosos, imprevisibles, dictados por el choque de las fuerzas sociales y políticas enfrentadas. El ejemplo práctico y las ideas del marxismo revolucionario tuvieron impacto universal, convocaron a millones de enfervorizados adherentes, y la revolución sacudió el equilibrio del mundo. Pero ello no fue suficiente. El contraataque burgués imperialista, con la colaboración de los grandes partidos socialdemócratas y laboristas que conservaban un relativo control sobre masas aturdidas aun por la catástrofe bélica, contuvo y derrotó sucesivos alzamientos proletarios, fundamentalmente en Alemania. La revolución debió marcar el paso en las fronteras del flamante Estado soviético (que variaban según el curso de la guerra contra los ejércitos Blancos y las tropas de los ejércitos imperialistas), y el nuevo poder marchó a tientas entre las exigencias de la supervivencia política y física y las exigencias de mantener el rumbo socialista. No sólo se debió confrontar un secular atraso, agravado por el pillaje de los contrarrevolucionarios y el derrumbe de la producción, sino también el agotamiento de los trabajadores y masas soviéticas tras los años de guerra y el desastre económico. Era esto lo que advertía con notable penetración Rosa Luxemburgo cuando escribió:
 
Nos vemos enfrentados al primer experimento de dictadura proletaria de la historia mundial (que además tiene lugar bajo las condiciones más difíciles que se pueda concebir, en medio de la conflagración mundial y la masacre imperialista, atrapado en las redes del poder militar más reaccionario de Europa, acompañado por la más completa deserción de la clase obrera internacional). Sería una loca idea pensar que todo lo que se hizo o dejó de hacer en un experimento de dictadura del proletariado llevado a cabo en condiciones tan anormales representa el pináculo mismo de la perfección. Por el contrario, los conceptos más elementales de la política socialista y la comprensión de los requisitos históricos necesarios nos obligan a entender que, bajo estas condiciones fatales, ni el idealismo más gigantesco ni el partido revolucionario más probado pueden realizar la democracia y el socialismo, sino solamente distorsionados intentos de una y otro.[6]
 
De hecho, Lenin y sus compañeros fueron impelidos por las exigencias de la supervivencia, a improvisar sobre la marcha medidas a veces contradictorias, ineficaces otras y en algunos casos con efectos imprevistos y dañinos. El esfuerzo no fue en vano, pues la guerra civil se ganó, la URSS sobrevivió y durante ese período tumultuoso la Internacional Comunista se fundó y realizó cuatro congresos (entre 1919 y 1922) que consolidaron y desarrollaron el patrimonio teórico-político marxista. Pero el costo y las contradicciones acumuladas (en términos no sólo económicos, sino también humanos y políticos) fue inmenso. Esta combinación de circunstancias internas e internacionales, provocó arduos debates teóricos y duras confrontaciones políticas, en una Rusia donde los obreros no lograban ejercer realmente su poder, los soviets se habían vaciado, el Estado crecía incontroladamente y se imponía la prepotencia de una ascendente burocracia. Todo esto hay que decirlo, porque ignorar las contradicciones, los vaivenes e incluso los errores del poder soviético implica también menospreciar las causas materiales y sociales, históricamente condicionadas, sobre las que pudo montarse Stalin. Por lo demás, ya en aquellos años, la letanía de que todo estaba solucionado o en vías de resolverse era la cantilena autosuficiente de los aparatchikitkis que cerraban filas junto al crecientemente poderoso “Secretario General” Stalin y exigían manos libres para administrar “su” Estado, enfrentando las réplicas cada vez más alarmadas y violentas de Lenin. Ya en 1920 había dicho:
 
Era natural que en 1917 habláramos de un Estado obrero, pero ahora es un error manifiesto decir: “puesto que este es un Estado obrero donde no hay burguesía, ¿contra quién hay que defender a la clase obrera y para qué? Se trata de que no es un Estado completamente obrero. Lo que en realidad tenemos ante nosotros es un Estado obrero con esta particularidad: primero, lo que predomina en el país no es una población obrera sino campesina, y segundo, que es un Estado obrero con deformaciones burocráticas”.[7]
 
Dos años después llevaba la crítica mucho más allá:
 
(...) denominamos nuestro a un aparato que, en los hechos, nos es fundamentalmente extraño y que representa una mezcolanza de supervivencias burguesas y zaristas; que nos fue en absoluto imposible transformarlo en cinco años, ya que no contábamos con la ayuda de otros países y predominaban las “ocupaciones” militares y la lucha contra el hambre.[8]
 
No se sostiene pues la remanida afirmación de la continuidad entre Lenin y Stalin. Por el contrario, la desaparición física del primero coincide con una brutal ruptura política. El estalinismo fue expresión y agente de un proceso contrarrevolucionario, “una reacción lenta, rastrera, envolvente” que culminó con las Purgas y el Terror de los años '30. La burocracia, erigida en “(...) única capa social privilegiada y dominante, en el sentido pleno de estas palabras, en la sociedad soviética”[9], falsificó las tradiciones de la revolución para montar el monstruoso régimen coronado por Stalin, afirmó a sangre y fuego su poder totalitario, eliminando hasta los vestigios de dominación proletaria tanto en el terreno político-institucional como en el económico-social.[10]
La nueva casta gobernante formuló un “programa” a su medida: en lugar de la revolución socialista mundial, “construcción del socialismo en un sólo país”; en lugar de socialización y transformación permanente de las relaciones sociales, “industrialización y crecimiento de la producción” en base a la superexplotación y el terror, y en lugar de la progresiva desaparición del Estado, su hipertrofia e idealización. Las siglas que se diera el poder de los soviets, pasaron a ser la denominación de un mastodóntico Estado burocrático, que lejos de expresar o conservar una dominación social del proletariado, actuó hacia dentro de sus fronteras en defensa de los intereses de la burocracia y las formas sui generis de explotación desarrolladas, en tanto que a nivel mundial se integraba (no sin conflictos) en el sistema mundial de estados y la economía capitalistas, aportando para ello la colaboración (abierta o disfrazada) de Partidos Comunistas convertidos en correa de transmisión de las políticas del Kremlin. Ya antes, pero sobre todo después de la Segunda Guerra, al mismo tiempo que se rendía un culto formal a la “Gloriosa Revolución de Octubre”, el “marxismo-leninismo-stalinismo” imponía nuevas reglas que, en primer lugar, apuntaban a impedir nuevas revoluciones que alteraran la fisonomía del Sistema Mundial de Estados pactado en Yalta y Postdam.
Debemos recordar que la derrota del nazi-fascismo fue acompañada por un ascenso de masas sin precedentes por su extensión y amplitud geográfica, madre de diverso tipo de revoluciones, pero se combinó -exactamente al revés de lo vaticinado por Trotsky- con el fortalecimiento y extensión del estalinismo: al salir de la Segunda Guerra Mundial, la influencia y prestigio del Estado burocrático presidido por Stalin alcanzaron su cúspide (y dialécticamente, comenzó su crisis y descomposición):
 
De hecho, en 1944 una especie de ánimo revolucionario gana el conjunto de Europa, a medida que se hunde el ejército alemán, tanto en la Europa Occidental como en la Oriental. Pero, objetivamente, sus posibilidades de concretarse parecían más reales en el Oeste. Sin embargo, serán los países de Europa Oriental los que se convertirán en Democracias Populares, en condiciones sorprendentes: pese a la receptividad de los medios populares, de las masas populares y de los antiguos grupos guerrilleros con espíritu revolucionario, las revoluciones se harán desde arriba -mediante el Partido y bajo el control del Ejército Rojo. Queda por establecer por qué la revolución se dio en el este y no en el oeste, donde tenía mayores posibilidades de estallar, y porqué prefirió imponerse desde arriba, más que con una base a veces ganada.[11]
 
Si las cosas ocurrieron así, fue porque Stalin usó el prestigio ganado por el pueblo soviético en la Guerra, y todo el peso de su Estado -que se prolongaba a través de los Partidos Comunistas- para impedir las revoluciones en Europa Occidental, contribuyendo al salvataje del capitalismo de manera particularmente visible en Francia, Italia y Grecia. Y en el Este de Europa, cortó brutalmente la dinámica revolucionaria de las masas imponiendo Estados burocráticos “satélites” de la URSS.
Por otra parte, incluso en los casos en que el impulso revolucionario no fue subordinado por la ocupación del Ejército Rojo, y los líderes comunistas desacataron las órdenes del Kremlin, como ocurriera en los casos de Yugoeslavia y China, ese trabajo de encuadramiento fue realizado por los partidos-ejércitos que tomaron el poder implantando un modelo estatal también estalinista.
No hay dudas de que en gran parte de Europa y el mundo semicolonial se produjeron revoluciones y transformaciones democráticas, agrarias, nacionales y antiimperialistas, y hubo incluso expropiaciones que dieron lugar a experiencias no-capitalistas. En muchos casos, directa o indirectamente, las masas alcanzaron importantes conquistas socio-económicas. El fin del latifundismo y el peso opresivo de los terratenientes y el clero en gran parte de Europa oriental, progresos en la industrialización de las repúblicas más rezagadas, empleo y mejoras significativas en salud, educación y, más en general, una mejoría relativa en las condiciones de vida, eliminando o disminuyendo la miseria absoluta son hechos que no discutimos, independientemente de que el inventario de costos y contradicciones que acompañaron este “progreso” todavía está por hacerse. Nuestro énfasis está puesto en destacar que de cualquier manera, en esos países no hubo desarrollo del poder obrero, ni un genuino impulso hacia transformaciones socialistas. En realidad, con ritmos y por vías diversas, cada uno de estos triunfos o progresos parciales se transformaron en lo contrario: derrotas y desastres sociales. Esta dialéctica de triunfos que se transforman en derrotas y regresión cuando la revolución se descompone y se bloquea su desarrollo en sentido socialista, es una característica de la posguerra que se prolonga hasta nuestros días. La resultante general de estas revoluciones sin socialismo[12] nos merece un juicio claramente negativo: el capitalismo imperialista prolongó su dominación (y agonía) por un nuevo período, en tanto que el movimiento obrero y el combate por el socialismo sufrieron el freno de los aparatos burocráticos y las manipulaciones del mal llamado “campo socialista. Así pues, la Revolución Rusa continuó siendo una completa anormalidad.
 
Sacar todas las lecciones
 
En condiciones terribles de aislamiento y persecución, hubo minorías que resistieron y batallaron -entre otras cosas- por mantener la vitalidad del marxismo revolucionario y rescatar las lecciones de Octubre. En este terreno descuella la labor de Trotsky y el puñado de internacionalistas reagrupados por el fundador de la Cuarta Internacional. Teniendo presente las secuelas que la degeneración burocrática del socialismo acarrea aún hoy, se destaca el valor de este combate por el patrimonio marxista y las tradiciones de combate y organización revolucionaria[13]. Pero debemos evitar la autocomplacencia, y descubrir nuestras propias limitaciones incluso en la comprensión de la Revolución Rusa.
Quiero al menos señalar que, en el afán de combatir la falsificación estalinista, caímos en representar a la Revolución Rusa y a los primeros años de la Internacional Comunista como un modelo acabado, sin fisuras ni errores significativos. Se trata de una apreciación histórica equivocada, que tuvo consecuencias metodológicas y políticas dañinas, una de las cuales fue, por ejemplo, la ignorancia o subestimación de aportes importantes de la misma Oposición rusa en el análisis de la degeneración burocrática del poder obrero:
 
Esta posición política (la de clase dirigente) no carece de peligros; por el contrario, los peligros son muy grandes. No me refiero ahora a las dificultades objetivas derivadas del conjunto de las condiciones históricas, del cerco capitalista en el exterior y de la presión pequeñoburguesa en el interior del país. No; se trata de las dificultades inherentes a toda nueva clase dirigente, que son consecuencia de la misma toma del poder y de su ejercicio, de la capacidad o incapacidad para servirse de él (...)[14]
 
Estas dificultades podrían llamarse “los peligros profesionales del poder”, como señalaba Racovsky en 1928, en un estudio magistral donde además de analizar la conformación de la burocracia dirigente como un grupo social no sólo materialmente, sino también subjetiva y moralmente ajeno a la clase obrera. Aproximadamente en esa misma época, en una carta a Trotsky hacía un severo balance:
 
Nosotros teníamos la esperanza de que la dirección del Partido crearía un nuevo aparato realmente obrero y campesino, nuevos sindicatos realmente proletarios y nuevas costumbres en la vida cotidiana. Es preciso decirlo francamente, claramente, abiertamente: el aparato del partido no cumplió esa tarea; en el doble rol de preservación y educación dio pruebas de una total incapacidad. Entró en bancarrota. Quebró.
 
Citamos esa amarga reflexión de un protagonista de primera línea, para insistir en que la reivindicación de los principios estratégicos que inspiraron los primeros años del poder ejercido por los bolcheviques, no justifica desconocer que se cometieron errores, más graves y perniciosos cuando se los cubrió con justificaciones teóricas que -amén de ser luego aprovechados por el estalinismo para sus propios propósitos- pesaron negativamente en las ideas y la acción de los revolucionarios. Sin pretender un análisis exhaustivo del asunto, cabe señalar algunos ejemplos particularmente significativos.
El hecho de que por una suma de circunstancias el poder efectivo y el aparato del Estado quedara en manos de los bolcheviques, dio lugar a la concepción de que la dictadura del proletariado sólo podía ser ejercida a través del Partido, con lo que se distorsionó la idea de la dictadura, del estado y del partido mismo. El aparato estatal se alejó de la participación directa y la supervisión de las masas, y se fusionó con los órganos dirigentes del partido, al tiempo que la democracia interna de éste se restringía (prohibición de fracciones internas, selección y promoción de los cuadros realizada desde el Centro a través de las “cooptaciones”, etc.). Se llegó a creer que la mera idea de conformar otro partido llevaba el germen de la guerra civil y el mismísimo Trotsky demoró casi quince años en reclamar el derecho a la existencia de diversos “partidos soviéticos”...
En otro terreno, la necesidad absoluta de relanzar la producción condujo al principio de dirección única en la fábrica y a reforzar la idea equivocada que la gestión y organización del trabajo era una cuestión “técnica”. Más en general, tanto en las reflexiones teóricas como en la practica se divorció la consideración de las fuerzas productivas de las relaciones de producción, y la prioridad asignada a la industrialización relegó la batalla por la transformación de las relaciones de producción y el conjunto de las relaciones sociales. La contrarrevolución estalinista utilizó esta distorsión para afirmar su propia política que llevó a los extremos monstruosos de la colectivización forzada, la industrialización acelerada, y la exaltación de los índices de crecimiento a costa de la superexplotación de las masas. Pero también hay que decir que gran parte de la izquierda mundial creyó en las bondades de que “el Estado obrero” tratara de competir con el capitalismo produciendo las mismas cosas y de la misma manera, lo que es una grosera caricatura de la idea de revolución total que implica el socialismo.
Tampoco apreciamos todas las consecuencias de que apenas comenzada la construcción esta Internacional de nuevo tipo, el proyecto resultara sangrientamente
mutilado[15]. Tampoco nos detuvimos lo suficiente en el hecho de que, primero para afrontar las condiciones de una virtual guerra civil continental, y luego para acelerar la construcción de partidos comunistas capaces de ganar la conducción de las masas que aún seguían a los partidos socialdemócratas, se proclamaron principios de disciplina y organización que el mismo Lenin criticó en el Cuarto Congreso -noviembre de 1922- como “excesivamente rusos” y de imposible comprensión y aplicación en el resto del mundo:
 
En mi opinión, lo más importante para todos nosotros, tanto para los rusos como para los camaradas extranjeros, es que a los cinco años de la revolución rusa debemos estudiar (...) Nosotros debemos estudiar en general; ellos deben hacerlo en particular, llegar a comprender realmente la organización, estructura, método y contenido de la labor revolucionaria. Si se logra este objetivo, estoy seguro de que las perspectivas de la revolución mundial serán no sólo buenas, sino excelentes.[16]
 
Claro está que ese objetivo no se logró. La llamada “bolchevización” de los Partidos comunistas lanzada poco después por Zinoviev, los sujetó completamente a las directivas del Kremlin. Y todavía nos debemos el esfuerzo teórico-práctico reclamado por Lenin.
Reivindicar y asimilar las enseñanzas de la Revolución también implica reconocer limitaciones y errores. Al no hacerlo así, y presentando a la Revolución Rusa y a la URSS “de Lenin y Trotsky” como “la norma” o modelo del combate por el socialismo, contribuimos sin quererlo a desdibujar lo más valioso e imperecedero de la Revolución Rusa, que fue su voluntad y relativa capacidad de proyectarse como parte de un movimiento más amplio y rico que contribuía a poner de pié: el proceso vivo de la revolución socialista europea e internacional, el desarrollo impetuoso de la actividad, la autonomía y la conciencia de las masas explotadas, el desarrollo de la teoría y las organizaciones marxistas revolucionarias a través de experiencias diversas, confluencias, divergencias y confrontaciones.
 
Socialismo o Barbarie
 
En el primer cuarto del siglo, los marxistas revolucionarios sintetizaron los alcances históricos del combate para el cual se preparaban en los términos de “Socialismo o Barbarie”. Tomando en consideración el conjunto de los desequilibrios y convulsiones que marcan la situación mundial de nuestros días, entendemos que esa alternativa se replantea, cotidiana y dramáticamente. Socialismo o Barbarie es una alternativa realista, en el sentido de que está inscripta en la realidad social como desarrollos alternativos posibles, pero es un planteo que también incorpora una imprescindible dosis de voluntad revolucionaria, enderezada a convertir en una potente alternativa subjetiva el polo del socialismo. A ello buscan aportar las consideraciones que venimos haciendo sobre la Revolución Rusa y algunas apretadas “conclusiones” que la misma sugiere.
Considero probado que “el poder de los obreros armados” no podrá prescindir de un cierto tipo de Estado para reorganizar la producción y transformar las relaciones económicas y sociales, pero debe impedirse su transformación en un nuevo Leviatán erigido sobre la sociedad como un poder separado y autónomo. La norma no sólo debe ser la destrucción del viejo Estado, sino reducir al mínimo imprescindible el tamaño y las facultades de las instituciones y funcionarios del nuevo poder. El Estado obrero, de transición al socialismo, deberá estar subordinado a los soviets, Consejos o como se llamen y al desarrollo de formas de poder directo de los trabajadores y el pueblo. La transición no implica un continuo crecimiento del Estado (ni siquiera del Estado “obrero”), sino la cuidadosa utilización de sus recursos para ayudar a una creciente socialización en las esferas económicas, sociales y políticas, que vaya abriendo paso a la apropiación directa del producto social por los trabajadores, todo ello en correlación con el desarrollo del internacionalismo y la lucha por la derrota del imperialismo a nivel mundial. La dictadura del proletariado no es un conjunto de reglas autoritarias, sino el proceso de efectiva constitución del proletariado en clase dominante. Lenin decía: una dictadura de nuevo tipo, por ser la imposición de la inmensa mayoría sobre la minoría, y también democracia de nuevo tipo, más extendida y profunda porque va más allá de las formas y la esfera política. Pero es preciso agregar sin ambigüedad que la democracia de nuevo tipo excluye la idea del Partido como único depositario del poder efectivo, y exige el libre choque de ideas y diversas organizaciones políticas, puesto que sin efectiva democracia obrera los órganos de poder de las masas se convierten en decorativos.
Si la ampliación y profundización de la democracia desde abajo y directa, el predominio de lo social sobre lo político y la progresiva desaparición del Estado, son dimensiones inseparables del socialismo, la planificación no puede asumir un carácter imperativo regido por la lógica de maximización económica, sino directrices democráticas y flexibles que prioricen el progreso social y cultural de las masas y la reducción cualitativa de la jornada laboral.
Por supuesto, estas apretadas “conclusiones” constituyen más bien un programa de trabajo a desarrollar polémica y colectivamente, abierto hacia el pasado y el futuro. Como escribiera la más ilustre crítica de los bolcheviques:
 
(...) la cuestión del socialismo fue y sigue siendo el problema más candente de la época. No se trata de tal o cual cuestión táctica secundaria, sino de la capacidad de acción del proletariado, de su fuerza para actuar, de la voluntad de tomar el poder del socialismo como tal. En esto, Lenin, Trotsky y sus compañeros fueron los primeros, los que fueron a la cabeza como ejemplo para el proletariado mundial (...) Esto es lo esencial y duradero en la política bolchevique. En ese sentido, suyo es el inmortal galardón histórico de haber encabezado al proletariado internacional en la conquista del poder político y la ubicación práctica del problema de la realización del socialismo, de haber dado un gran paso adelante en la pugna mundial entre el capital y el trabajo. En Rusia solamente podía plantearse el problema. No podía resolverse. Y en este sentido, el futuro en todas partes pertenece al “bolchevismo”.[17]
 
 
Anexo 1
 
Lenin en el III Congreso de los Soviets
 
El III Congreso de los Soviets se había reunido en Petrogrado, del 10 al 18 (23-31) de enero. Se comprenderá cómo estaba constituido, por haber designado a un Comité Ejecutivo Panruso, integrado por 160 comunistas, 125 socialistas-revolucionarios de izquierda, siete socialistas-revolucionarios de derecha, siete socialistas-revolucionarios maximalistas, tres anarquistas-comunistas, dos mencheviques y dos mencheviques internacionalistas. Trotsky y Kamenev relataron las negociaciones de Brest-Litovsk. Las discusiones más importantes habían sido las referentes a la organización del poder de los soviets. Nos detendremos únicamente a reseñar las intervenciones de Lenin, que fueron por lo demás fundamentales.
Empezó felicitándose, en su informe acerca de la actuación del Consejo de Comisarios del Pueblo, de que el poder de los soviets hubiera durado ya, con aquel día, cinco días más que la Comuna de París (que sólo duró dos meses y diez días). Subrayó la importancia de la colaboración del proletariado con los campesinos más pobres, prueba de la cual era el bloque de los partidos bolchevique y socialista-revolucionario de izquierda; hizo resaltar una vez más que no se trataba de imponer a los campesinos el socialismo. Afirmó la necesidad de la violencia:
“Jamás en la historia se ha decidido ninguna cuestión relativa a la lucha de clases sin la violencia. Nosotros somos partidarios de la violencia a condición de que emane de las clases trabajadoras y vaya dirigida contra los explotadores...”
A los que le conjuraban a que pusiese término a la guerra civil, les replicó: “¿Y qué me decís del ejemplo de las clases posesoras y de sus represiones implacables? Estamos lejos todavía de llegar al verdadero terror, porque somos fuertes.” “Para tener a los capitalistas a merced bastaría con confiscarles sus bienes.” “El pueblo ya no teme al soldado -dijo, repitiendo una frase que había oído casualmente en una estación a una anciana-. Después de esto, importa muy poco que nos traten de ‘dictadores’ y de ‘usurpadores’.” Y anunció entonces la creación del ejército rojo, equivalente a la nación armada.
Denunció dos calamidades: el sabotaje de los intelectuales y los instintos egoístas de las masas retrasadas. “Los profesores, los educadores, los ingenieros, hacen de su ciencia un instrumento de explotación del trabajador; quieren, vienen a decir, que sea la burguesía la que utilice sus conocimientos, o no trabajarán.”
Pero los peores elementos sociales que nos ha legado el antiguo régimen son los vagabundos, que no tienen más que un solo deseo: arramblar con lo que pueden y escabullirse. Tienen todas las taras del pasado, hay que arrojarlos de las fábricas. No olvidemos esta alusión de Lenin al bajo individualismo de los retrasados, que se ha desarrollado y ha sido fomentado por la competencia capitalista, tan poderosa en la pequeña burguesía. Lenin insistirá una y otra vez para vilipendiar ese individualismo, para combatirlo y denunciar el peligro inmenso que supone. Dirigirá constantes llamamientos a la iniciativa de las masas contra los ladrones, los aventureros, los aprovechadores de la revolución. Dice, dirigiéndose a los campesinos: “Disponed de las tierras a vuestra conveniencia. Con seguridad que cometeréis equivocaciones, pero ésa es la única manera de aprender.” Puso en conocimiento del Congreso que “había lugares en que el proletariado se ponía en contacto con las asociaciones patronales a fin de asegurar la dirección de ramas enteras de la producción”. Y terminó haciendo consideraciones generales acerca del lugar que ocupaba la revolución rusa en la revolución mundial:
Marx y Engels solían decir: “El francés será el que empezará, pero el alemán la terminará”; “el francés empezará -decían-, porque en el transcurso de sus revoluciones, que han durado decenas de años, ha adquirido la abnegación y la iniciativa revolucionaria por las que se ha colocado en la vanguardia de la revolución socialista... Nosotros, en cambio, decimos que el movimiento empezará con mayor facilidad en los países que no pertenecen al número de los explotadores; éstos disfrutan de la posibilidad de saquear (a las colonias) para corromper luego a las capas superiores de la clase obrera... Rusia es la que ha empezado; los alemanes, franceses e ingleses acabarán, y el socialismo habrá vencido.”
Lenin aludió aludió varias veces claramente a la supresión del Estado. “Las ideas anarquistas -dijo- adoptan formas plenas de vida en esta época nuestra de demolición radical de la sociedad burguesa. Aunque para derribar esta sociedad es antes que nada necesaria la enérgica potencia revolucionaria de las clases trabajadoras, el poder del Estado revolucionario... Las nuevas tendencias del anarquismo se colocan decididamente del lado de los soviets.”
Días después, hablando a los agitadores enviados a provincia, les decía (y aquí nos encontramos con otra idea que no pierde Lenin ocasión de poner de relieve): “Todo obrero, todo campesino, todo ciudadano, debe comprender que sólo él mismo se puede ayudar; que nada puede esperar sino de sí mismo.”
 
Victor Serge, El año I de la revolución rusa, pág. 226, Siglo XXI, México, 1983.
    
 
Anexo 2
 
Grandes Días
 
Suponemos que los zares y popes, antiguos dueños del Kremlin moscovita, nunca imaginaron que entre sus grises paredes se reunirían los representantes del sector más revolucionario de la humanidad actual. Sin embargo, es lo que está sucediendo. en uno de los salones de un antiguo juzgado, donde aún vagan los penosos fantasmas de las leyes criminales de los códigos zaristas, hoy deliberan los delegados de la Tercera Internacional. Por cierto, el topo de la historia no cavó superficialmente bajo las paredes del Kremlin...
Este lugar en que sesiona el Congreso comunista es un símbolo de los profundos cambios ocurridos en los últimos diez o veinte años en la situación mundial.
En el época de la Primera y en la de la Segunda Internacional, la Rusia zarista era el principal baluarte de la reacción mundial. En los congresos socialistas internacionales, la revolución rusa estaba representada por emigrados, a quienes la mayoría de los dirigentes oportunistas del socialismo europeo observaban con irónica condescendencia. Estos funcionarios parlamentarios y sindicales estaban firmemente convencidos de que la suerte de la Rusia semiasiática asiática era sufrir los males de la revolución, mientras que Europa tenía asegurada una evolución gradual, indolora y tranquila, del capitalismo al socialismo.
Pero en agosto de 1914 las contradicciones capitalistas acumuladas hicieron jirones la “pacífica” fachada del capitalismo, con su parlamentarismo, con sus “libertades” reglamentadas y su prostitución política y de cualquier otro tipo, legalizada. Desde las alturas de la civilización la humanidad fue arrojada al abismo de la barbarie escalofriante y la brutalidad sanguinaria.
No obstante el hecho de que la teoría marxista había previsto y pronosticado la sangrienta catástrofe, los partidos social-reformistas fueron tomados de sorpresa. Las perspectivas de un desarrollo pacífico se esfumaron y se convirtieron en deshecho humeante. Lo único que los dirigentes oportunistas fueron capaces de hacer fue convocar a las masas obreras a la defensa del estado nacional burgués. El 4 de agosto de 1914 la Segunda Internacional pereció innoblemente.
Desde ese momento, todos los revolucionarios auténticos, los herederos del espíritu del marxismo, se propusieron como tarea la creación de una nueva Internacional, la Internacional de la lucha irreconciliable contra la sociedad capitalista. La guerra desatada por el capitalismo sacó a todo el mundo capitalista de su equilibrio. Todos los problemas se manifestaron claramente como problemas de la revolución. Sus viejos remendones pusieron en escena toda su habilidad para preservar una apariencia de antiguas esperanzas, de viejos engaños, y vieja organización. Fue en vano. La guerra (no es la primera vez en la historia) resultó ser la madre de la revolución. La guerra imperialista fue la madre de la revolución proletaria.
A la clase obrera rusa y a su Partido Comunista, templado en la lucha, pertenece el honor de haber iniciado el camino. Mediante su Revolución de Octubre, el proletariado ruso no sólo abrió de par en par las puertas del Kremlin a los representantes del proletariado internacional, sino que colocó la piedra fundamental de la Tercera Internacional. Las revoluciones en Alemania, Austria y Hungría, la tempestuosa oleada del movimiento soviético y la guerra civil, sellada por el martirio de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo y de muchos miles de héroes anónimos, han demostrado que el camino de Europa no es diferente del de Rusia. La unidad metodológica en la lucha por el socialismo, reflejada en la acción, garantizó ideológicamente la creación de la Internacional Comunista, y al mismo tiempo, hizo impostergable la convocatoria del Congreso comunista.
Hoy, este congreso se reúne dentro de los muros del Kremlin. Somos testigos y participantes de uno de los más grandes acontecimientos de la historia universal. La clase obrera ha tomado la más inexpugnable fortaleza enemiga, el ex imperio zarista. Con este baluarte como base, está unificando sus fuerzas para la decisiva batalla final.
¡Que alegría vivir y luchar en tiempo como éstos!
 León Trotsky, mayo de 1919.
 
 
[1] León Trotsky, ¿Y ahora? (Carta al VI Congreso de la Internacional Comunista. 12 de julio de 1928), Oeuvres, vol. 2, 2ª serie, pág. 62-63, Instituto León Trotsky, Francia, 1989.
[2] Francois Furet, El pasado de una ilusión, F.C.E., México, 1995, pág. 9-10.
[3] Eric Hobsbawm, Historia Del Siglo XX. 1914-1991, Crítica, Barcelona, 1995, pág. 15.
[4] Victor Serge, El año I de la revolución rusa, pág. 108, Siglo XXI, México, 1983.
[5] Rosa Luxemburgo, La Revolución Rusa, Obras escogidas, tomo 2, Editorial. Pluma, 1976, pág. 171 y 178.
[6] Idem, pág. 171-172.
[7] Vladimir Ilitch Lenin, Obras completas, tomo 42, Ed. Progreso, Moscú 1986, pág. 213.
[8] V. I. Lenin, El problema de las nacionalidades o de la “autonomía”, 30 de diciembre de 1922, Contra la burocracia, Pasado y Presente, Córdoba, 1971, pág. 141.
[9] L. Trotsky, La Revolución Traicionada, Editorial. Crux, 1924, pág. 219.
[10] “De un Estado proletario con deformaciones burocráticas -como definía Lenin la forma de nuestro Estado- estamos pasando a un Estado burocrático con restos proletarios comunistas”, escribió certeramente Christian Racovsky en 1930 (Declaración en vista del XVI Congreso, Cahiers León Trotsky Nº 18, junio de 1984).  
[11] Hélène Carrère d'Encausse, L'URSS de la revolution a la mort de Staline, Ed. du Seuil, París, 1993, pág. 272.
[12] Nahuel Moreno había señalado hace años esa dialéctica de triunfos convertidos en derrotas, pero el balance general que propongo se aleja del que proponía Moreno en Actualización del Programa de Transición, en gran medida porque no comparto la idea de que las revoluciones de posguerra fueron revoluciones socialistas “congeladas”. Creo más certera la denominación de revoluciones sin socialismo utilizada por Dario Renzi (dirigente de SR de Italia), de quien la tomo sin que ello signifique darle los mismos alcances.
[13] Combate que es también el mío, pues adherí al trotskismo e ingresé al Partido Revolucionario de los Trabajadores liderado por Nahuel Moreno en 1965, y desarrollé actividades en diversos países y agrupamientos internacionales en representación de la sección argentina: el Secretariado Unificado en los años 75-78, el Comité Internacional (Cuarta Internacional) en 1981, y la Liga Internacional de los Trabajadores fundada en 1982.
[14] Carta a Valentinov (más conocida como Los peligros profesionales del poder), en Cahiers León Trotsky Nº 18.
[15] El empeño inicial de la Tercera Internacional ya nació afectado por el asesinato de Rosa Luxemburgo, quien además de ser la máxima dirigente de la Liga Espartaco de Alemania era portadora de una tradición teórico-política distinta de las que habían confluido en el Partido Comunista (bolchevique) de Rusia. Además, el período para que maduraran y decantaran los debates planteados en la Internacional Comunista fue muy breve. En el Cuarto Congreso -noviembre de 1922- Lenin señaló que era urgente repensar el conjunto de cuestiones relativas a la organización y el contenido mismo de la actividad revolucionaria y afirmó: “lo más importante del período que comienza es el estudio”. Pero cuando el eco de esas palabras resonaba en los corredores del Kremlin, Zinoviev-Stalin lanzaban la completa regimentación de los Partidos comunistas llamada “bolchevización”.
[16] V.I. Lenin, Idem, T. 33, págs. 398-399.
[17] R. Luxemburgo, Idem, pag. 203.