La actualidad del Manifiesto Comunista. Tres tesis sobre la mundialización del capital, trabajo y lucha de clases.

Vega Cantor, Renán

 

Al confrontar las múltiples facetas del pensamiento de Marx y Engels tal y como aparece en el Manifiesto Comunista se deben evitar dos extremos frecuentes: por una parte, considerar que la mayoría de sus análisis son letra muerta y no tendrían nada que aportar al mundo de hoy; por otra parte, dar por sentado en forma ingenua que nada ha cambiado en la última parte del siglo y que las cosas siguen siendo idénticas -concepción que es profundamente ahistórica- a como lo eran en tiempos de Marx y Lenin, y que por consiguiente debemos contentarnos a repetir en forma dogmática y canónica las afirmaciones de los clásicos del marxismo, sin preocuparnos por indagar cuál es su correspondencia con la realidad contemporánea.

Porque una cosa es que, evidentemente, las transformaciones objetivas del capitalismo mundial en el último cuarto de siglo, han supuesto modificaciones significativas de las clases sociales, del trabajo, de las clase obrera, de los Estados, etc., que sólo mentes muy obtusas y sectarias se negarían a reconocer. Pero otra bien distinta, es que en aras de la novedad se enmascare el capitalismo, cambiándole de nombre por una parte y por otra se diga que las contradicciones básicas de la “nueva” sociedad -y ya es bastante si se llegase a reconocer que está atravesada por contradicciones- ya no tienen nada que ver con la lógica del capital. De esa forma, entonces, se entrarían a privilegiar las “contradicciones” simbólicas, los imaginarios, los medios de comunicación, las identidades parciales, los consensos, el pluralismo etc., presentando todo eso como la expresión de las nuevas relaciones sociales -que de nuevas no tienen nada- y sin ningún tipo de nexo con el “viejo orden” capitalista. Eso, por supuesto, no quiere decir que todas esas cuestiones no sean importantes y no deban ser estudiadas, lo que resulta muy discutible es que se intenten separar del capitalismo, más aún cuando la relación social capitalista abraza a todo el mundo.
Al hablar del legado del Manifiesto Comunista, es pertinente recuperar un tipo de análisis y un lenguaje que hoy, es necesario repetirlo, a pesar de las transformaciones del capitalismo, permite acercarse de una forma mucho más coherente y seria a la comprensión de los mecanismos básicos del mundo actual, que lo que nos prometen y anuncian la diversidad de “nuevos” paradigmas -o mejor paradogmas-.
 
Primera tesis: tal como lo vislumbró el Manifiesto Comunista hace un siglo y medio, en la actualidad asistimos a la plena mundialización del capital, lo que ha significado la planetarización de las contradicciones propias de la realización social capitalista
 
La necesidad de encontrar mercados espolea a la burguesía de una punta a otra del planeta. Por todas partes anida, en todas partes construye, por doquier establece relaciones.
La burguesía el explotar el mercado mundial, da a la producción y al consumo de todos los países un sello cosmopolita… Las viejas industrias naciones se vienen a tierra, arrolladas por otras nuevas, cuya instauración es problema vital para todas las naciones civilizadas; por industrias que ya no transforman como antes las materias primas del país, sino las traídas de los climas más lejanos y cuyos productos encuentran salida no sólo dentro de las fronteras, sino en todas partes del mundo… Ya no reina aquel mercado local y nacional que se bastaba a sí mismo y donde no entraba nada fuera; ahora, la red del comercio es universal y en ella entran, unidas por vínculos de interdependencia, todas las naciones. (El Manifiesto Comunista, I, p.76).[1]
 
Cuando se leen el Manifiesto Comunista y El Capital -libros a los que hoy prácticamente todo el mundo considera obsoletos y pasados de moda- es sorprendente la frescura del cuadro social y económico que allí se analiza. Es como si Marx y Engels fueran autores contemporáneos y nos estuvieran describiendo los que está aconteciendo hoy en uno y otro rincón del planeta. Justamente, en términos generales, al margen de detalles secundarios que obviamente han cambiado, este es el aspecto más fuerte y perenne de la obra de Marx. La idea central, planteada en una forma simplificada, es que el capital es una relación social que tiene unas características históricas propias.
Entre tales características sobresale la universalización de las relaciones mercantiles, entre las cuales hasta los seres humanos y/o su fuerza de trabajo se han convertido en una mercancía; la extracción de plusvalía como fuente de valorización del capital, plusvalía que se convierte en el origen de la ganancia y en la razón de ser de la sociedad capitalista, mediante la imposición de relaciones despóticas en los lugares de trabajo; la extracción de plusvalía origina una polarización social, que se manifiesta en la lucha entre distintas clases sociales o fracciones de clase: el capitalismo utiliza distintos procedimientos -entre ellos la ciencia y la tecnología- para aumentar la extracción de plusvalía y valorizar el capital; la relación capitalista se despliega a nivel internacional rompiendo las barreras y los frenos que intentaban obstaculizarla.
Cuando se trata de examinar la situación actual del mundo, lo que se debe verificar es si las características esenciales del capitalismo, señaladas por Marx en la segunda mitad del siglo XIX, se han modificado o no. Con respecto al espectro más epidérmico, la generalización de la mercancía, con el cual se inicia el análisis del primer tomo de El Capital, es evidente que la mercancía se ha extendido en una forma tal que hasta de pronto ni el mismo Marx lo había imaginado. El capitalismo ha mercantilizado no sólo todas las relaciones sociales, los productos de la naturaleza, los sentimientos , sino incluso los propios órganos humanos y hasta el material genético. ¿Acaso no existe el más repugnante y criminal comercio de sangre humana, de órganos, de ojos y corneas, de niños y mujeres? ¿Acaso hoy no se puede hablar de un capital genético que supone la conversión en mercancía de la biodiversidad planetaria, de los ríos, de las plantas? Hoy son mercancías todas las cosas, desde las más microscópicas -como los genes- hasta las más descomunales -como los satélites artificiales-. Si la mercantilización se ha generalizado de tal manera, es posible decir que, por lo menos en el reino de las apariencias, el sistema que domina el mundo es el capitalismo.
Si abandonamos la esfera de lo aparente -de lo cual la mercancía es su manifestación palpable- para incursionar un poco más allá y tratar de escudriñar en la relación social que se mueve tras bambalinas, nos encontraremos con que esa relación de capital y trabajo está más extendida que en cualquier otro momento de la historia. Incluso esta relación no sólo se ha diversificado hasta llegar a los confines del mundo, sino que ha recobrado las viejas formas que se creían extinguidas desde fines del siglo XIX -por lo menos en los países capitalistas altamente industrializados- tal como se observa hoy en Estados Unidos, Inglaterra y en otros países de Europa Occidental.
Aunque, desde luego, las formas de trabajo prefordistas se combinan con las formas más sofisticadas en las que se emplea la computadora y las nuevas tecnologías, a nivel mundial todavía predominan los métodos más salvajes de explotación del trabajo, y no sólo en el Sur del mundo sino ya en regiones enteras del Norte.[2] Estas condiciones de trabajo que nos reenvían a épocas aparentemente olvidadas en la historia del capital, son empleadas como chantaje por parte del capital internacional para destruir a los últimos sindicatos que sobreviven en los países del Norte. Así vemos que se generaliza el traslado de unidades productivas, la transferencia de capital de un territorio a otro, la búsqueda incesante de trabajo cada vez más barato, hasta el punto que el autor alemán Horst Afheldt ha podido decir, en su libro Bienestar para nadie. La economía de mercado deja en la calle a sus hijos, que hoy por hoy el trabajo humano es más barato que las basuras.[3] ¿Si todo esto no es capitalismo, entonces qué es? Si todos estos elementos no tienen una extraordinaria semejanza con los análisis del Manifiesto Comunista y del tomo I de El Capital, sobre las formas de extracción de plusvalía, las características de la jornada de trabajo, la subsunción real del trabajo al capital, etc., entonces hay que trastearnos a Marte para conseguir una relación distinta que no sea capitalista.
Desde luego, que el proceso no puede ser completamente idéntico al bosquejado por Marx -aunque las líneas esenciales de su razonamiento permitan captar lo que hoy sucede en el mundo- en la medida en que la expansión del capital produce una serie de procesos que no alcanzaron a ser analizados por Marx, pero que sí fueron analizados por otros marxistas, tal como la polarización mundial que produce al tiempo riqueza en un lado y miseria en el otro. Esa mundialización del capital está entonces atravesada por dos contradicciones mayores: de un lado la que opone capital y trabajo, y de otro lado, la que opone el centro y la periferia, o para ser más precisos Norte contra Sur.
Esta polarización mundial, a pesar de todos los discursos apologéticos sobre la integración económica y los acuerdos económicos, se incrementa a diario y aumenta las diferencias entre la opulencia y el despilfarro a todos los niveles de las clases dominantes del Norte y sus congéneres en el Sur y la miseria y el desamparo de más del 80 por ciento de la población del orbe, lo que hace no mucho se llamaba Tercer Mundo. A este nivel, los conflictos se agravan y los factores de enfrentamiento aumentan día a día. Es una lucha por los recursos minerales y naturales, por la fuerza de trabajo, por sobrevivir y en un tiempo no muy lejano será por el control de las aguas del mundo. Tarde o temprano el capitalismo mundial tendrá que enfrentar esta realidad, la que a mediano y a largo plazo ya no podrá ser resuelta con sólo medidas represivas y de control demográfico. Hoy como ayer, los “bárbaros” del Sur, de todos los colores, se apresan a invadir a los “civilizados” del Norte.
Marx mismo había analizado otros elementos, que durante el tiempo de los “Treinta gloriosos” se consideraron obsoletos, pero que hoy vuelven a cobrar vigencia. Por ejemplo, el relativo a la pauperización de la clase obrera y de importantes sectores de la población. Hasta hace unos quince años, tanto en Europa y en Estados Unidos, cuando todavía no habían aparecido los nefastos resultados de las políticas neoliberales, agenciadas en Inglaterra por M Tatcher y en Estados Unidos por R. Reagan y en Francia y España por los regímenes socialistas, pocos creían en el retorno de la pobreza y de la miseria al Norte próspero. Hoy, después de esos “exitosos” experimentos neoliberales y tras el desmonte del Estado de Bienestar, ha reaparecido la pauperización relativa y en algunos casos absoluta de grupos crecientes de población. No es casual que en Inglaterra y Estados Unidos haya reaparecido el siniestro nombre de Underclass y en Francia los sociólogos hayan inventado la apelación SDF (Sans Domicile Fixe) para denominar a esas franjas de población.[4]
Marx también había visualizado la posibilidad que el capital-dinero se independizara del capital productivo y asumiera la forma de un capital especulativo que se valoriza en actividades puramente dinerarias. Y tal es la característica del capital financiero en la actualidad que asume la forma de un capital desligado de cualquier actividad productiva, para convertirse en un capital puramente parasitario que aparentemente se autovaloriza a sí mismo. Esta particularidad del capital financiero, es la fuente de imprevisibles crisis del capitalismo actual, como lo han demostrado los casos de México en 1995 y de los mercados financieros en Asia en estos mismos instantes.
Con estos elementos, solamente hemos querido mostrar cómo la mundialización del capital es, justamente, la universalización de la relación social capitalista y no la consolidación de una sociedad postindustrial, postcapitalista, de servicios, informática o comunicacional -nombres todos que hoy se emplean para encubrir la realidad esencial, explotadora e inhumana, del modo de producción capitalista y embellecerlo ante el mundo entero. Esas denominaciones, abierta o soterradamente, pretenden que los elementos substanciales del capitalismo -magistralmente comprendidos y analizados por Marx- habrían desaparecido. A pesar de las transformaciones que ha experimentado el capitalismo sigue siendo capitalismo -aunque ahora también se enmascare su esencia con la denominación neutra de “economía de mercado”-, con el agravante que la mundialización del capital ha aumentado la polarización, los antagonismos y la desigualdad en todos los rincones del planeta.
 
Segunda tesis: como lo postula el Manifiesto Comunista, las clases sociales y la lucha de clases son consustanciales a la sociedad capitalista contemporánea
 
La moderna sociedad burguesa… no ha abolido los antagonismos de clase. Lo que ha hecho a sido crear nuevas clases, nuevas condiciones de opresión, nuevas modalidades de lucha que han venido a sustituir a las antiguas.[5]
 
Esta afirmación del Manifiesto es todo un programa, tanto teórico como político, para examinar una de las características estructurales del capitalismo en sus diversas fases históricas. A partir de ese postulado, examinemos algunos elementos de la situación contemporánea.
El capitalismo por su propia lógica interna es una relación social contradictoria que no se puede concebir sin conflictos sociales, en razón de los diferentes tipo de antagonismos que lo caracterizan entre los cuales los fundamentales son la contradicción capital-trabajo y la contradicción capital-naturaleza. Así mismo, en el proceso de subordinación y destrucción de relaciones sociales no capitalistas -economías colectivistas indígenas, economías campesinas y familiares, etc.- el capitalismo origina conflictos y luchas con diferentes sectores sociales que se oponen a la subordinación o desaparición pura y simple, como todavía hoy sucede en muchos lugares del mundo en que las comunidades locales defienden sus propias formas productivas y culturales (en la India, entre los pueblos nativos de varios países de nuestra América) contra el embate embrutecedor y homogeneizante del capitalismo mundial.
Desde el punto de vista del Manifiesto, la historia del capitalismo es la historia de la lucha de clases, la que no se puede entender si, como sucede en muchas interpretaciones que privilegian factores técnicos, se desconoce la incidencia directa de la lucha de clases en los procesos de acumulación capitalista. Por dicha circunstancia ciertos autores han mencionado la manera como se puede elaborar un análisis histórico de las ondas largas del capitalismo no únicamente considerando los aspectos económicos y técnicos sino también la lucha de clases, por lo que bien se podría hablar de los ciclos y las fases de esa lucha.[6]
Entre los analistas sociales contemporáneos se ha impuesto la “moda”, predominante entre los “científicos” norteamericanos, de prescribir consciente y deliberadamente del lenguaje político a esa incómoda e impronunciable palabra de cinco letras, c-l-a-s-e, por presentar un incontestable sabor marxista. Como bien lo ha explicado el lingüista Noam Chomsky:
 
En Estados Unidos no se permite hablar sobre diferencias de clase. De hecho sólo a dos grupos se les permite tener conciencia de clase en Estados Unidos. Uno de ellos es la comunidad empresarial, que es profundamente consciente del concepto de clase. Si se lee su literatura se podrá comprobar que está salpicada de miedo a las masas, a su creciente poder y a cómo defenderse de ellas. Es una especie de marxismo vulgar, sólo que invertido. El otro grupo es el sector gubernamental que se encarga de la alta planificación. También aquí los conceptos de clase aparecen profusamente. Hablan de cómo hay que preocuparse de las crecientes aspiraciones del hombre común y de las masas empobrecidas que buscan mejorar sus condiciones de vida perjudicando al mundo de las empresas. Así que ambos grupos tienen conciencia de clase, tienen una tarea por delante. Pero es extremadamente importante convencer al resto de la población, hacerle cree que no existe eso que denominan clase. Todos somos iguales. Todos somos norteamericanos. Vivimos en armonía. Todos trabajamos juntos.- Todo es magnífico.[7]
 
El reconocimiento de la lucha de clases por parte del marxismo no es ni mucho menos una invitación a despertar los instintos supuestamente violentos del ser humano, sino la constatación de la lógica interna bajo la cual se ha desarrollado la sociedad capitalista a lo largo de los dos últimos siglos. Eso desde luego no significa ni mucho menos que las contradicciones de la sociedad capitalista sólo se reduzcan a las contradicciones de clase, pues evidentemente existen otra serie de diferenciaciones sociales de tipo cultural, sexual, étnico o generacional, que no se pueden entender en el marco exclusivo de las clases sociales. Pero eso no impide, como bien lo decía Max Horkheimer, que la distinción de las clases sociales no se muestre “superior a los otros puntos de vista, pues se puede demostrar que la supresión de las clases trae consigo siempre el cambio de las demás contradicciones, pero no lo contrario: la suspensión de las otras contradicciones no comporta la disolución de las clases”.[8]
Obviamente, para que exista lucha de clases se requieren como condiciones previas, primero que a nivel objetivo existan las clases -es decir grupos sociales con intereses contrapuestos o antagónicos tanto en el plano productivo como a nivel político- y, segundo, que la existencia de ese antagonismo genere diversas formas de conciencia social. Justamente esos dos componentes, pero principalmente el segundo es vital en la concepción de Marx sobre la dinámica social, tal como lo ha comprobado el marxismo inglés en iluminadoras obras históricas como las de Edward Thompson y George Rudé.[9] A partir de la conciencia de clase, es posible entender la historia de la sociedad capitalista desde su mismo origen, observando tanto a la clase dominante como a las clases subalternas -entre las que sobresale la clase obrera-, sus múltiples y complejas relaciones, sus alianzas y sus contradicciones.
Teniendo en cuenta esos elementos, podemos señalar que en el momento actual asistimos a una fase completamente inédita de la historia tanto del capitalismo en general como de la lucha de clases en particular. Entre otras cosas, al nivel de la lucha ideológica -que es un componente esencial de las clases y de su lucha- hoy por hoy se proclama a los cuatro vientos que una de las características del fin de la historia es el fin de las clases sociales. Y esa extinción teórica ha sido tomada como artículo de fe por parte de los voceros más radicales del postmodernismo y del neoliberalismo, para proclamar a coro que uno de los pilares sobre los que se sostenía el edificio teórico y político de la doctrina de Marx habría desaparecido como por encanto.[10] Esta celebración triunfal se acompaña con la presunción que con la desaparición de la Unión Soviética se resolvió de una vez por todas -en contra de Marx- la cuestión de la lucha de clases, pues se suponía que la URSS representaba en el plano mundial a la clase obrera o por lo menos a los intereses de los trabajadores.
Naturalmente, en las actuales circunstancias de profundos cambios mundiales se han afectado los roles y la misma estructura de clases del capitalismo contemporáneo, tanto por el lado de las clases dominantes como de las clases subalternas.[11] Esa transformación ha sido motivada por diversos factores: las modificaciones productivas, técnicas y culturales del capitalismo; la desaparición de la Unión Soviética; la reestructuración forzosa de la clase obrera en Europa occidental; el retroceso de los procesos revolucionarios a nivel planetario y a una correlación de fuerzas adversa para las clases o fracciones de clase interesadas en destruir el capitalismo.
En la actualidad casi en todos los rincones del mundo, las fuerzas revolucionarias han retrocedido, bien porque han sido derrotadas a sangre y fuego como ocurrió en América Central y en otras regiones del mundo periférico donde el imperialismo -encabezado por Estados Unidos- hizo gala de los más sanguinarios y criminales métodos de exterminio, o bien porque han sido cooptados por el neoliberalismo como sucedió en algunos lugares de Europa oriental después de 1989. ¿Esta terrible realidad significa verdaderamente el fin de las clases sociales y en consecuencia el fin de la lucha de clases? ¿Hemos llegado después de todo a ese tan anunciado capitalismo “civilizado” y de “rostro humano” que aseguraría el bienestar y la libertad de la población de todo el mundo en razón de combinar la economía de mercado y la democracia parlamentaria? ¿En lo sucesivo las diferencias sociales ya no se explican ni se resuelven en términos de intereses antagónicos y de conflictos sino en términos de acuerdos, consensos, pactos y alianzas?
Si se recuerdan algunos elementos de la lucha de clases en el último siglo, no es difícil confirmar la certeza del análisis marxista, pues en forma directa o indirecta los principales procesos que transformaron el mundo, para bien o para mal, estuvieron relacionados con diferentes expresiones de la lucha de clases, bien a nivel interno de los países o en el plano internacional, como en el caso de las luchas de liberación colonial que transformaron durante algún tiempo el mapa del orbe.[12] Un aspecto básico que marca el siglo XX, estuvo relacionado con la forma como la burguesía internacional, tras las luchas obreras y populares de fines del siglo XIX y tras la Revolución Rusa de 1917, instauró el Estado-nacional social, para romper, bloquear y encausar la lucha internacional de los trabajadores que se habían liberado sin cortapisas de fronteras nacionales desde mediados del siglo anterior.
Al limitar las luchas en el plano estrictamente nacional, en Europa occidental por lo menos la burguesía aceptó temporalmente una alianza tácita entre capital y trabajo. Este pacto supuso el reconocimiento por parte de los sindicatos -como representantes organizados de una porción de los trabajadores- de una reglamentación laboral y de adelantar luchas estrictamente nacionales. Con cierto éxito la burguesía internacional logró controlar -sobre todo después de la derrota histórica de la clase obrera durante el período fascista- las luchas reivindicativas del conjunto de las clases subalternas. De esta forma, las sujetó a los marcos estrictamente nacionales, en los que operaba la regulación del Estado, el control del mercado interior, y una legislación acorde a esos parámetros, tales como legislación laboral, código de trabajo, reconocimientos y derechos.[13] Hasta cuando esta estrategia fue funcional a las diferentes burguesías nacionales, éstas parecieron alimentar la extraña creencia de que el capital si tiene patria, siempre y cuando eso significara difundir la misma idea entre los trabajadores -en contra de lo que anunciaba el Manifiesto Comunista, de que los obreros no tienen patria. Pues bien, así se restringió la lucha social de las organizaciones obreras y populares a los parámetros nacionales, lo que no solamente generó desiguales resultados en los logros sociales, económicos y políticos -tal como se puede constatar mirando el nivel de vida que llegó a tener la clase obrera de Europa occidental, comparada con la de los países pobres- sino que contribuyó a desunir a los trabajadores a nivel mundial.
Pero resulta que hoy la burguesía internacional está abandonando su esquema de Estado-nacional social, con todo lo que eso implica de nefasto para las conquistas materiales y económicas de los trabajadores, para dar paso a un capitalismo mundial que impone condiciones similares de explotación en todos los lugares del planeta, casi sin tener en cuenta las diferenciaciones nacionales y culturales. Esto indica que estamos asistiendo al cierre de un ciclo de la lucha de clases y a la emergencia de uno nuevo, en el que cambian radicalmente las condiciones, lo que desde luego no implica ni el fin de las clases ni de sus luchas.
Ante las nuevas condiciones impuestas por la mundialización del capital, las formas tradicionales de lucha de clases subalternas -como los sindicatos y los partidos nacionales- han entrado en un proceso de deterioro y de descomposición, puesto que las nuevas condiciones que genera la mundialización suponen también el plantear nuevas formas de lucha, en las que participen tanto los actores clásicos como los nuevos actores que se han configurado en las últimas décadas, es decir los trabajadores directamente vinculados a la producción y los que se desempeñan en la circulación y el consumo. Por el momento la que conduce la lucha de clases en una forma absolutamente consciente -como una auténtica clase para sí, según los célebres términos de Marx- es la burguesía internacional, puesto que arremete en forma premeditada y planificada contra los trabajadores del mundo entero, eliminando las conquistas de un siglo y medio, tales como la jornada laboral limitada, el derecho al trabajo, reimplantando el trabajo infantil y hasta formas de esclavitud, eliminando todos los mecanismos estatales que bloqueaban la libre movilidad del capital, mercantilizado todos los aspectos de la vida social, cultural y hasta la propia naturaleza, etc.
En esas condiciones, aunque es evidente que las clases subalternas se encuentran desorientadas -desorientación que indudablemente ha sido agravada por la crisis de los socialismos históricos- y sin brújula para enfrentar los nuevos escenarios del capitalismo mundial, lo que se bosqueja a mediano y largo plazo en una reorientación de las luchas de clases de los sectores subalternos que, en primer lugar, hoy deben seguir defendiendo sus conquistas porque en ello se juegan su propia sobrevivencia y, al mismo tiempo, deben pensar en nuevos mecanismos que posibiliten la extensión de sus luchas a nivel internacional para enfrentar al capitalismo. Es decir, se debe luchar tanto a escala local como a escala global, esto es pensar y actuar local y mundialmente a la vez,[14] como lo proponen lúcidamente los zapatistas en el sur de México.
La mundialización del capital genera agudos problemas que involucran a poblaciones enteras, como sucede por ejemplo con la desaparición forzosa del campesinado y la aterradora y descontrolada urbanización de todo el mundo;[15] las frustraciones que origina la contradicción entre las bellezas que anuncian los medios electrónicos de comunicación y la imposibilidad real de disfrutarlas; la descomposición social y moral de importantes sectores de la población juvenil e infantil de los distintos continentes, etc. Todo eso pone de presente la magnitud de la andanada neoliberal del capitalismo mundial, que se puede considerar como una acción consciente de los ricos y poderosos del mundo contra los pobres y desvalidos del planeta.[16]
Podemos, entonces, decir que en estos momentos la recomposición y crisis de las clases históricas clásicas -clase obrera, campesinado- se manifiesta en la hegemonía abierta del capital mundial que desarrolla una forma particular de lucha de clases, cuyo objetivo fundamental es arrastrar con las conquistas democráticas de los trabajadores del mundo entero. La única respuesta que hasta ahora se ha vislumbrado contra esa arremetida mundial de la burguesía han sido conflictos localizados y aislados -como en Francia, Corea del Sur, México, Sudáfrica- o la descomposición y la delincuencia, que es la otra cara de ese mismo proceso. En esa medida no tiene ningún fundamento decir que las clases y las luchas han desaparecido en el mundo del siglo XXI -puesto que son claras las diferencias abrumadoras entre los pocos que todo lo tienen y las vastas mayorías que no tienen nada- sino que en estos momentos simplemente la lucha va en una única dirección: del capitalismo mundial contra los pobres desvalidos, que hoy ven amenazada hasta su propia sobrevivencia, pues contingentes significativos de población -como sucede en Africa- son considerados como población innecesaria o desechable.
Aunque todavía no se vislumbran fermentos de una nueva conciencia de clase -que esta vez tendrá que ser mundial y local al mismo tiempo-, teniendo en cuenta la historia del capitalismo y el grado de radicalización de las contradicciones sociales, de la injusticia y de la desigualdad a nivel planetario, es de esperar que se vayan gestando los embriones de una nueva subjetividad social entre las víctimas de la mundialización del capital. y eso es fundamental si se quiere que la especie humana sobreviva como algo más que una manada de parias y de esclavos, o como simple apéndice de la tecnología y consumidora irracional de mercancías.
 
Tercera tesis: aunque tanto el trabajo como la clase obrera han experimentado notables transformaciones, tal y como lo señaló el Manifiesto Comunista la base fundamental del funcionamiento del capitalismo actual sigue siendo la explotación del trabajo de la clase obrera
 
En la misma proporción en que se desarrolla la burguesía, es decir el capital, también lo hace el proletariado, esa clase obrera moderna que sólo puede vivir encontrando trabajo y que sólo encuentra trabajo en la medida en que éste alimenta e incrementa el capital. El obrero, obligado a venderse a trozos, es una mercancía como otra cualquiera, sujeta, por tanto, a todos los cambios y modalidades de la concurrencia, a todas las fluctuaciones del mercado.[17]
 
La situación del obrero moderno… lejos de mejorar conforme progresa la industria, decae y empeora por debajo del nivel de su propia clase. El obrero se depaupera y el pauperismo se desarrolla en proporciones mucho mayores que la población y riqueza.[18]
 
Teniendo en cuenta las transformaciones experimentadas por el mundo del trabajo, se formulan una serie de interrogantes significativos:
 
¿La clase-que-vive-del-trabajo estaría desapareciendo? ¿La disminución del proletariado tradicional, industrial, de la era del fordismo, conlleva inevitablemente a la pérdida de referencia y de relevancia del ser social que trabaja?… ¿La categoría trabajo no está más dotada del estatuto de rol central, en el universo de la praxis humana existente en la sociedad contemporánea? ¿La llamada ‘crisis de la sociedad del trabajo’ debe ser comprendida como el fin de la posibilidad de la revolución del trabajo? ¿El trabajo dejó de ser elemento estructurante de una nueva forma de sociabilidad humana? ¿No es más protoforma de la actividad humana, la necesidad de realizar el intercambio material entre el hombre y la naturaleza?[19]
 
Estas preguntas centrales para estudiar la situación del trabajo en el mundo actual no pueden ser respondidas en forma definitiva, si se tiene en cuenta que muchos de los procesos hasta ahora están en curso de evolución y que muestran tendencias complejas y contradictorias. Lo que sí se puede es señalar algunas de las tendencias.
En la década del 80 se presentaron una serie de transformaciones técnicas y productivas que afectaron drásticamente desde el punto de vista subjetivo y objetivo a la clase obrera, por lo que es factible afirmar que ésta ha soportado su más aguda crisis a lo largo del siglo XX.[20] Entre las transformaciones más notables se encuentran la introducción y desarrollo de las nuevas tecnologías a nivel fabril, entre las cuales descuellan la microelectrónica, la informática y la robótica. Al mismo tiempo, desde el Japón se difunde el toyotismo o el ohnismo (nombre derivado de Taiichi Ohno, el ingeniero que impulsó los principales cambios en la fábrica de automóviles Toyota)[21], que postula la necesidad de implementar formas flexibles de producción y de adecuar la producción al mercado. A nivel internacional se observa un proceso de desconcentración industrial y de traslado de las viejas industrias hacia otras zonas del mundo, principalmente del mundo periférico. En todos los lugares del mundo se asiste al desmantelamiento del Estado-nacional social, lo que supone la eliminación de importantes conquistas sociales, económicas y políticas de los trabajadores del mundo entero.[22] Así, la descentralización productiva y el avance tecnológico están íntimamente ligados en la estrategia del capital internacional, cuyo objetivo supremo continúa siendo el de siempre: aumentar los niveles de explotación y de control laboral y desorganizar, al mismo tiempo, a los trabajadores.
Consideremos con algún detalle ciertas de estas transformaciones del mundo del trabajo, principalmente aquellos referidos a la introducción de un nuevo modelo productivo o un nuevo régimen de acumulación.
En una concepción bastante evolucionista, el toyotismo, postfordismo o la producción flexible es visto como una nueva fase, superior a las demás, que estaría en proceso de difusión y de consolidación a nivel mundial.[23] Recordemos que el fordismo estaba caracterizado principalmente por la producción en masa, a través de la cadena de montaje y por la producción de productos homogéneos; el control de tiempos y cadencias mediante el uso del cronómetro; el predominio del obrero parcial, y la fragmentación de las funciones de ejecución y elaboración en el proceso de trabajo; y la existencia de un obrero masa concentrado en grandes aglomeraciones fabriles de producción centralizada. El fordismo puede considerarse como la forma de trabajo que ha predominado en el capitalismo central después de la segunda guerra mundial y que desde fines de la década de 1960 se difundió por el Tercer Mundo en forma de “fordismo periférico”.[24]
En contraposición, y en respuesta a la crisis del capitalismo, en distintos lugares ( Italia, Suecia, Alemania) se han desarrollado formas de producción que se pretenden más “flexibles”, pero como dice David Harvey siguen siendo formas capitalistas, porque se basan en la explotación del trabajo vivo y porque mantienen la dinámica técnica y organizativa propia del capitalismo.[25] Esta es la misma crítica que han enfatizado diversos autores, resaltando que en esencia es una contradicción en los términos, si se tiene en cuenta el carácter despótico y expoliador del capitalismo, que éste pueda convertirse en un modo de producción flexible. En este sentido, la difusión del toyotismo por diversos lugares del mundo es en realidad “una decisiva adquisición del capital contra el trabajo”.[26] El toyotismo se inscribe dentro de la lógica del capital, es decir la producción de mercancías y la valorización del capital mediante la extracción de plusvalía.
Si bien es cierto que en distintas factorías del mundo el modelo japonés se ha impuesto, no se puede considerar que ese modelo sea predominante ni siquiera en el mismo Japón, sino que coexiste al lado de formas fordistas de producción e incluso con viejas-nuevas formas, que han reaparecido, propias del siglo XIX, tal y como la explotación pretayloriana, es decir amparadas en la explotación pura y simple, brutal, que el capital hace del trabajo de hombres, mujeres y niños del mundo entero.[27]
Es, entonces, eurocentrista el análisis que se efectúa tanto sobre las transformaciones del trabajo como sobre el supuesto fin del trabajo en la sociedad “postindustrial”, en la medida en que no tiene en cuenta de ninguna forma lo que pasa con el trabajo en el resto del mundo, lo que no es cualquier cosa si recordamos que estamos hablando del ochenta por ciento de la población trabajadora del mundo. ¿O es que mientras se difunden las técnicas más sofisticadas a nivel productivo en Europa, Estados Unidos y Japón, al mismo tiempo no se refuerzan las formas más brutales de explotación y reaparecen formas de trabajo incluso semiesclavas y esclavas en diversos lugares del mundo?
Al respecto se pueden recordar algunos hechos significativos. Según diversos documentos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) se calcula que en la actualidad existen en el mundo unos 250 millones de esclavos, siendo una buena parte de ellos niños y niñas, que laboran en países como India, Pakistán, Sri Lanka, Brasil, Filipinas, Nepal, entre otros.[28] Y en este caso solamente estamos hablando de los esclavos “productivos”, es decir aquellos que son funcionales al capitalismo internacional, porque su fuerza de trabajo es expoliada al máximo en economías locales o regionales para proporcionar plusvalía a empresarios ligados directamente al capitalismo internacional, y no estamos hablando de las nuevas formas de esclavitud sexual y de prostitución. Si esta realidad no debe ser considerada cuando se estudia el tema del trabajo y de sus transformaciones, entonces debemos concluir que sólo interesa lo que pasa en Europa o en Japón. Porque incluso en Estados Unidos o en Inglaterra, han reaparecido formas de explotación propias de un período aparentemente olvidado del capitalismo, como es el trabajo infantil, en plenas “ciudades postmodernas” como Nueva York, Los Angeles o San Francisco.[29]
Además, implícitamente se supone en forma muy optimista que la introducción de tecnologías sofisticadas como la informática y la robótica, no acarrea ningún tipo de problema a los trabajadores ni tampoco acentúa las clásicas formas de subordinación del trabajo al capital.[30] Considerando esta combinación e interpenetración de “viejas” y “nuevas” formas de explotación, David Harvey es profundamente enfático:
 
Curiosamente el desarrollo de nuevas tecnologías ha generado excedentes de fuerza de trabajo, que permitieron el regreso de estrategias absolutas de extracción de plusvalía, más viable aún en los países capitalistas avanzados. El regreso de la superexplotación en Nueva York y Los Angeles, del trabajo en casa y del “teletransporte”, así como el enorme crecimiento de las prácticas de trabajo del sector informal por todo el mundo capitalista avanzado, representa de hecho una visión bien sombría de la historia supuestamente progresista del capitalismo. En condiciones de acumulación flexible pareciera que sistemas de trabajo alternativos pueden existir lado a lado, en el mismo espacio, de una manera que permita que los emprendedores capitalistas elijan a su antojo entre ellos. El mismo molde de camisa puede ser producido por fábricas de gran escala en la India, por el sistema cooperativo de la “Tercera Italia”, por explotadores en Nueva York, Londres o por sistemas de trabajo familiar en Hong Kong.[31]
 
Entre las grandes transformaciones del mundo del trabajo ocurridas en los últimos tiempos sobresale la desestructuración de la clase obrera clásica en Europa y en Estados Unidos, al mismo tiempo que con los proyectos neoliberales adelantados desde finales de la década del 70 se desorganizó gremial y políticamente a los sectores sindicales más fuertes para establecer condiciones favorables al capital. Como resultado en Inglaterra, por ejemplo, se restablecieron condiciones laborales propias del siglo XIX, tales como la eliminación del salario mínimo, de la jornada laboral limitada, eliminación de sindicatos, aumento de los niveles de explotación, todo tipo de facilidades al capital internacional, que hacen que hoy por hoy Inglaterra esté entre los primeros países del mundo en cuanto inversión de capital extranjero. Se llega hasta dar el caso, por cierto irónico, que inversionistas coreanos y taiwaneses -es decir provenientes del Sur- prefieran invertir en Inglaterra antes que en sus propios territorios, pues les resulta más barato pagar salarios en el lugar que fue la cuna de la revolución industrial y no en sus países de origen.[32]
La derrota del movimiento obrero en los centros capitalistas, ha tenido diversas implicaciones mundiales entre las que sobresalen la deslocalización de empresas hacia países periféricos; la descentralización productiva de los grandes conglomerados y de las multinaciones con el fin de pagar salarios miserables y de aumentar su nivel de ganancias; la eliminación pura y simple del derecho laboral, para imponer condiciones salvajes de explotación de la fuerza de trabajo; la generalización del trabajo infantil y femenino en todos los rincones del globo; la difusión del trabajo parcial, precario y temporal, incluso en países como Francia, Estados Unidos e Inglaterra., Con todas estas modificaciones se percibe, como es natural, una notable transformación y recomposición de la clase obrera mundial, la que desde el punto de vista objetivo ha crecido hasta niveles nunca antes vistos, pues a ella se han incorporado importantes contingentes de los países del Sur, donde avanzan procesos de industrialización salvaje, como ha sucedido entre los tigres asiáticos y los llamados nuevos países industrializados (como Brasil y México).
Pero este proceso de crecimiento de los trabajadores asalariados a escala mundial, entre lo que se destaca particularmente la importancia del trabajo femenino, ha ido acompañado de una desorganización, desconcentración y despolitización, es decir por la fragmentación de la conciencia de clase y por el aumento de la subordinación y el control por parte del capital internacional.
Considerando este carácter contradictorio, se puede decir que nunca como ahora desde el punto de vista del ser de clase (clase en sí), la clase obrera fue tan numerosa en una perspectiva mundial, pero tampoco nunca como hoy en el plano de su conciencia (clase para sí). fue tan débil y tan fragmentada. Y ésta, justamente, es la situación contradictoria que en la actualidad vive la clase obrera y el conjunto de trabajadores, puesto que en la perspectiva marxista, el factor subjetivo -el grado de conciencia de su papel histórico- es aún más importante que el factor objetivo en el proceso de lucha contra el capital. Y la crisis del movimiento obrero no solamente los afecta a ellos sino que gravita en el conjunto de la sociedad, en la medida en que las transformaciones estructurales del siglo XX en el ámbito político y democrático han estado ligadas a las luchas y conquistas obreras o a sus derrotas y fracasos.
En síntesis, si existe un capitalismo flexible, no sería tanto por las bondades que de él se anuncian en cuanto a los beneficios que produciría a los trabajadores -y que implicarían el fin de la alienación- sino porque el capitalismo combina distintas formas de trabajo de diversas épocas, desde las formas más avanzadas tecnológicamente hablando hasta la resurrección y generalización en algunas zonas del mundo de formas esclavas y semiesclavas de trabajo. El geógrafo marxista norteamericano David Harvey en forma aguda sintetiza el proceso en curso:
 
La insistencia de que no hay nada esencialmente nuevo en el empuje hacia la flexibilización y de que el capitalismo sigue periódicamente esos tipos de caminos es por cierto correcta (una lectura cuidadosa de El Capital de Marx sustenta esta afirmación). El argumento de que hay un agudo peligro de exagerar el significado de las tendencias de aumento de la flexibilidad y de la movilidad geográfica, dejándonos ciegos ante la fuerza que todavía tienen los sistemas fordistas de producción implantados, merece cuidadosa consideración. Y las consecuencias ideológicas y políticas de la superacentuación y de la flexibilidad en el sentido estricto de la técnica de producción y de las relaciones de trabajo son lo suficientemente serias para llevarnos a hacer sobrias y cautelosas evaluaciones sobre el grado dominante de la flexibilidad (...). Sin embargo considero igualmente peligroso fingir que nada ha cambiado, cuando los hechos de la desindustrialización y de la transferencia geográfica de fábricas, de las prácticas más flexibles de empleo de trabajo y de la flexibilidad de los mercados de trabajo, de la automatización y de la innovación de productos miran a la mayoría de trabajadores frente a frente.[33]
 
El desarrollo técnico en el capitalismo, que está directamente relacionado con el proceso de valorización y de extracción de plusvalía, supone la tendencia a que el capital constante desplace al capital variable, es decir que el trabajo muerto sustituya al trabajo vivo, lo cual no supone como plantean las utopías reaccionarias del capital -tipo Alvin Tofler y otro tecnofanáticos- la eliminación completa y definitiva de los trabajadores y mucho menos en los países del Sur del mundo, donde a la par de la innovación tecnológica se observan procesos de explotación salvaje de los trabajadores, en las zonas francas, en las industrias de explotación, en la agricultura comercial, en las zonas mineras, etc.
La mundialización del capital tiene efectos contraproducentes sobre el mundo del trabajo, entre los que sobresalen la destrucción de los sindicatos; la homogeneización por lo bajo de las condiciones laborales y productivas; la creciente movilidad del capital frente a la pretensión capitalista de fijar a los trabajadores sobre sus países o regionales de origen, lo que está íntimamente ligado a la política xenófoba y antimigratoria que se impulsa hoy en Europa occidental y Estados Unidos; la generalización de las zonas francas en los países periféricos, en donde predomina el trabajo infantil, femenino y semiservil; el uso intensivo de la tecnología en algunas regiones del Sur, con el fin de debilitar las organizaciones sindicales del Norte y de reducir salarios y aumentar ganancias por parte de las empresas multinacionales y los capitalistas europeos o norteamericanos, etc.[34]
Desde el punto de vista de la calificación del trabajo también la situación actual es profundamente ambigua, puesto que a la par con la existencia de un aumento de la cualificación técnica de ciertos grupos de trabajadores -que es propio de los círculos de calidad japoneses de la industria automovilística, por ejemplo-, grandes contingentes de fuerza de trabajo sufren una descalificación absoluta, hasta el punto que casi no necesitan saber ni leer ni escribir para realizar actividades productivas en diversos sectores, como por ejemplo en cierto tipo de servicios (comidas rápidas, supermercados, ventas, etc.).[35]
El otro punto clave es el de la desmaterialización del trabajo o las generalización del trabajo intelectual.[36] Y en cuanto a este punto la situación es igualmente contradictoria, puesto que se observan procesos productivos muy sofisticados, por ejemplo en la informática, en telecomunicaciones, electrónica e ingeniería genética, en que el trabajo intelectual tiende a desplazar el trabajo material, o para ser más exactos este último deviene cada vez más abstracto e intelectual. Pero al mismo tiempo, en otros sectores y actividades se observa el abandono absoluto de cualquier tendencia hacia la intelectualización por el reforzamiento de las formas más bestiales e inhumanas de explotación material, como sucede en la mayor parte de industrias “tradicionales” del mundo pobre, tales como la minería, la construcción, las industrias químicas, etc.
En conclusión, hemos tratado de demostrar que el mundo del trabajo en la actualidad no se caracteriza por una tendencia exclusiva y generalizable a todo el mundo, sino por ser un proceso complejo y contradictorio, como el propio capitalismo. Teniendo en cuenta todos estos procesos a escala orbital es muy dudoso pensar que el proletariado esté en vía de desaparición o que el trabajo sea un valor social en vía de extinción. En este sentido la clase que vive-del-trabajo sigue siendo fundamental en la sociedad contemporánea y de seguro lo seguirá siendo en el próximo siglo,[37] aunque desde luego esté soportando un doloroso e inhumano proceso de recomposición social, política y cultural y sea una de las principales víctimas de la arremetida mundial del capital y de la imposición del neoliberalismo.
Si a esta catastrófica situación de los trabajadores del mundo, le sumamos la no menos crítica situación ambiental del planeta -producida directamente por la lógica de funcionamiento del sistema capitalista-, podemos comprender entonces las dos contradicciones fundamentales del capitalismo: capital-trabajo y capital-naturaleza. En esta perspectiva, las palabras finales del Manifiesto Comunista relacionadas con el hecho de que al destruir el capitalismo los obreros no tienen nada que perder, salvo sus cadenas, y tienen un mundo que ganar, pueden ser actualizadas diciendo que la gran masa de la humanidad sufrida y explotada no tiene nada que perder, salvo sus cadenas. A cambio tiene un planeta por salvar.
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[1] Nos hemos basado en la edición del “Manifiesto del Partido Comunista” que aparece incluida en el importante libro analítico y documental Biografía del Manifiesto Comunista, Cía. general de ediciones, México, quinta edición, 1969.
[2] Ver, por ejemplo, Walden Bello, Dark Victory. The United States, Structural Adjustment and Global Poverty, Pluto Press, London, 1994, pp. 95 y ss.
[3] Citado en Osvaldo Bayer, “Basuras del mundo, uníos”, Casa de las Américas, No. 202, enero-marzo de 1996 pp. 125-127.
[4] Ver: Herbert J. Gans, The War Against The Poor, BasicBooks, New York, 1995, pp. 27 y 22.
[5] Manifiesto Comunista, I, p. 73.
[6] Esta postura es explícita en Ernest Mandel, Las ondas largas del desarrollo capitalista. La interpretación marxista, Siglo XXI Editores, Madrid, 1986, pp. 33-55.
[7] Noam Chomsky, Mantener la chusma a raya, Ed. Txalaparta, Tafalla, 1995, pp. 85 y ss. (El subrayado es nuestro).
[8] Max Horkheimer, Ocaso. Ediciones Anthropos, Barcelona, 1986, p. 154, citado en Eugenio del Río, ¿Ha muerto la clase obrera?, Ed. Revolución, Madrid, 1989, p. 5.
[9] Ver, por ejemplo, George Rudé, Revuelta popular y conciencia de clase, Ed. Crítica, Barcelona, 1981; Edward Thompson, Costumbres en Común, Ed. Crítica, Barcelona, 1995.
[10] A nivel de la historiografía se observa, en distintos lugares del mundo, la pretensión por parte del postestructuralismo -una variante del postmodernismo- de abandonar definitivamente el término clase como forma de analizar las contradicciones sociales, objetivas, de una determinada sociedad para ocuparse prioritariamente de la retórica y del imaginario que dominan en cierta época. Ver, para un análisis crítico al respecto, Bryan Palmer, “¿Existe, si es que alguna vez existió, la clase obrera?”, en Varios, A propósito del fin de la Historia, Ediciones Alfons el Magnanim, Valencia, 1994, p. 172.
[11] Un análisis sistemático de la estructura de clases del capitalismo contemporáneo ha sido realizado por el escritor marxista norteamericano Eric Olin Wright en una serie de exhaustivas investigaciones sobre el tema que han sido sistematizadas en su libro Clases, Siglo XXI Editores, Madrid, 1994.
[12] Jacques Kergoat, “Lutte des classes et Etat national social”, L’Homme et la Société, No.3-4. 1995, pp.60 y ss.
[13] René Gallissot, “Lutte de classes: quelques problèmes”, L’Homme et la Société, No. 3-4, 1995, pp. 81-89.
[14] Jean Chesneaux, La modernité-monde, La Découverte, París, 1989, pp. 226.
[15] Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX. 1914-1991, Ed. Crítica, Barcelona, 1995, pp. 290 y ss.
[16] Eduardo Galeano, “Las ecología en el marco de la impunidad”, en Joaquín Sempere (Presentación), Ecología solidaria, Editorial Trotta, Barcelona, 1996, pp. 55-62.
[17] Manifiesto Comunista, I, p. 79.
[18] Manifiesto Comunista, I, p. 85.
[19] Ricardo Antunes, ¿Adiós al trabajo? Ensayo sobre la metamorfosis y el rol central del mundo del trabajo, Impresos Piedra Azul, Caracas, 1996, p. 10.
[20] Ibid, p. 13.
[21] Ver, entre otros, Helena Sumiko Hirata (éd.) Autor du “Modele” japonais Automatisation, nouvelles formes d’organisation et de relations de travail, L’Harmattan, París, 1992; Robert Boyer y Jean-Pierre Durand, L’apres-fordisme, Syros, París, 1993.
[22] Varios autores, El trabajo en los noventa. Rupturas y conflictos, Universidad Nacional de Colombia, Universidad de Cartagena, Bogotá, 1994, pp. 15-37 y 76-85.
[23] Esta concepción se aprecia, por ejemplo, en R. Boyer y J. P. Durand, op. cit.
[24] B. Coriat, El Taller y el Cronómetro. Ensayo sobre el taylorismo, el fordismo y la producción en masa, Siglo XXI Editores, México, sexta edición, 1999; A. Lipietz, Espejismos y milagros. Problemas de la industrialización en el Tercer Mundo, Tercer Mundo Editores, Bogotá, 1992; R. Antunes, op. cit., pp. 30-32.
[25] David Harvey, A. Condicao Pos-Moderna, Sao Paulo, Ed. Lotola, 1992 citado en R. Antunes, op. cit., p.19.
[26] R. Antunes, op. cit. p.29.
[27] Alternatives Economiques, No. 137, mayo de 1996, consagrado al tema “Les habits neufs du Taylorisme”.
[28] Organización Internacional del Trabajo. La esclavitud, el tráfico de niños, la prostitución y demás formas intolerables de trabajo infantil en el punto de mira de la conferencia de Amsterdam, Informes de Prensa, 25 de febrero de 1997, copia a máquina.
[29] W. Bello, op. cit. pp. 98 y ss.
[30] Denis Hayes, “Silicon Valley: poisons dans la salle blanche”, Terminal, No. 50, julio-agosto de 1990, pp. 21-24.
[31] D. Harvey, op. cit., citado en R. Antunes, op. cit. p. 19.
[32] Richard Farmetti, Le royaune désuni. L’économie britannique et les multinationales, Syros, París, 1995, pp. 65 y ss.
[33] D. Harvey, op. cit., citado en R. Antunes, op. cit., p. 19.
[34] Henk Thomas, Editor, Globalization and the Third World Trade Unions. The Challenge of Rapid Economic Change, Zed Books, Londres y New Jersey, 19954; Varios, Extranjeros en el Paraíso, Editorial Virus, Barcelona, 1995.
[35] R. Antunes, op. cit., p. 40.
[36] A. Gorz, “La declinante relevancia del trabajo y el auge de los valores post-económicos”, Herramienta. Revista de debate y crítica marxista, No. 2, noviembre de 1996 - marzo de 1997, pp. 27-38; Paolo Virno, “Notes on the ‘General Intellect’”, en Saree Makdisi, Cesare Casarino y Rebecca E. Karl, Editores, Marxism Beyond Marxism, Routledge, Nueva York, Londres, 1996, pp. 265-272; Toni Negri, Fin de siglo, Paidos, Barcelona, 1992, pp. 61 y ss.; Maurizio Lazzarato y Antonio Negri, “Travgail immatériel: la grande entreprise”, Futur Antérieur, No. 10, 1992, pp. 55-61; M. Lazzarato, “Le ‘cycle’ de la production immatérielle”, Futur Antérieur, No. 16, 1993, pp. 111-120.
[37] R. Antunes, op. cit., p. 46-47.