Cómo estudiar hoy al capitalismo.

Katz, Claudio

 
 Resumen:

 
Se propone un esquema de estudio del capitalismo actual partiendo de conceptos marxistas. Se destaca la utilidad de la ley del valor, para situar el proceso productivo en el centro de este análisis. Se considera prioritario investigar la difusión industrial de las nuevas tecnologías de la información. Se destaca la incidencia del aumento de la tasa de plusvalía en la reorganización productiva. Se estima que la creciente polarización social está recreando una fuerte desproporción entre la producción y el consumo. Se indagan cuáles son las tendencias que alientan y limitan la recomposición de la tasa de ganancia en el largo plazo. Se cuestiona la sobrevaloración de los fenómenos financieros, recordando que deben ser referidos al “sector real” de la economía. Se propone una interpretación de la “globalización” en función de la internacionalización productiva y de la dinámica del imperialismo. Se plantea una forma de integrar conceptos generalizadores de la lucha de clases con el movimiento objetivo de la acumulación. Se remarca la utilidad de la teoría de las ondas largas para formular hipótesis sobre el capitalismo de fin de siglo.
Este ensayo intenta precisar cuáles son los conceptos teóricos del marxismo más relevantes para un estudio del capitalismo contemporáneo. Se explican estas nociones, oponiéndolas a los criterios neoclásicos y neokeynesianos más corrientes y se detalla cuáles son los principales problemas que deberían ser clarificados. Más que una caracterización de la economía actual se propone un esquema metodológico y una agenda de los temas e indicadores que deberían privilegiarse.
                                                     
La ley del valor
 
La ley del valor es el principio básico del análisis marxista, ya que explica por qué el capitalismo funciona en forma descontrolada y desequilibrada. La ley postula que el trabajo socialmente necesario es el elemento determinante del valor de las mercancías y que las empresas deben ajustar sus formas de producción a este patrón, regulador de todos los precios.
La ley establece que a través de la concurrencia y la innovación se fijan los niveles de eficiencia productiva en cada rama. La adaptación a estas exigencias se realiza mediante el castigo (pérdidas y quebrantos) a las compañías que derrochan trabajo social (costos superiores al promedio) y el reconocimiento (beneficios transitorios) a las empresas que economizan trabajo social (costos inferiores al promedio). A partir de esta determinación cuantitativa del trabajo socialmente necesario quedan definidos, para cada sector, los niveles de inversión, las formas de la competencia, las tasas de beneficio y los ritmos de la acumulación.
La ley genera una relación profundamente inarmónica entre la producción y el consumo, ya que los bienes son producidos estimando, pero no conociendo, cual será su recepción entre los consumidores. Este desequilibrio conduce a las crisis periódicas. Solamente después que el trabajo fue efectuado e incorporado en las mercancías, el mercado dictamina si corresponde o no a las necesidades de los demandantes. Esta forma de asignar los recursos provoca una desconexión cíclica entre lo que se produce y lo que se vende.
La coordinación mercantil de la economía bajo el imperio de la ley del valor por otra parte, privilegia la ganancia esperada a la satisfacción de las necesidades sociales. Esta primacía del beneficio, sumada a la imposibilidad de regular la producción de acuerdo a un plan general, impide la optimización de los deseos de los demandantes y la introducción de formas más racionales de producción.
La ley del valor propone un esquema de análisis del capitalismo basado en la jerarquización metodológica del proceso productivo. A diferencia de los neoclásicos, que realzan el papel del mercado, y de los keynesianos, que destacan la gravitación de las instituciones, el enfoque marxista sitúa el centro de funcionamiento del capitalismo en la esfera de la producción.
Esta primacía del “sector real” exige priorizar el estudio de los indicadores que ilustran la evolución de la producción, la productividad o el ciclo. Los fenómenos comerciales y financieros deben ser referidos a su determinación productiva. Pero para indagar los fundamentals de la economía, hay que obtener una adecuada conversión de los indicadores macroeconómicos convencionales a categorías coherentes con la ley del valor. Los métodos para calcular tasas de plusvalía, composiciones orgánicas o tasas de beneficio que vienen discutiendo los economistas marxistas apuntan a permitir esta investigación. En la misma dirección se inscriben los estudios para estimar la productividad, abandonando la errónea noción neoclásica de “productividad marginal del capital”.
En un plano más concreto, la jerarquización de la ley del valor significa analizar qué cambios en el ciclo económico se han consumado desde mediados de los ‘70 hasta la actualidad. Durante este período de crisis se han registrado tres recesiones generalizadas (1973-75, 1980-82 y 1990-91), pero también importantes reorganizaciones productivas. El cuadro inicial de crisis internacional sincronizada se ha ido diversificando, dando lugar a situaciones nacionales más dispares.
La tasa de crecimiento promedio en los tres centros de la economía mundial no llega a la mitad de la de posguerra, pero mientras que en Europa se mantiene el bajo crecimiento y Japón sufre un retroceso muy severo, en Estados Unidos prevalece una recuperación continuada del PBI. Esta mejoría se asienta en cambios en la productividad y en la inversión, así como en la expansión de nuevas ramas.
Dada la magnitud y la preponderancia de la economía estadounidense, sus tendencias son definitorias del ciclo internacional. Por eso la recuperación en curso tiene una gravitación muy diferente al ascenso que, por ejemplo, protagonizó la economía nipona en los ‘80. La continuidad del crecimiento norteamericano indica que no se trata de un fenómeno puramente coyuntural, pero las políticas de “austeridad” tendientes a impedir que la recuperación derive en auge, revelan también las contradicciones interiores del fenómeno. Es indiscutible la importancia de este problema para la caracterización del capitalismo de fin de siglo.
 
Cambio tecnológico
 
Poner en el primer plano del análisis al proceso productivo significa estudiar atentamente el cambio tecnológico. Ningún fenómeno tiene tanta gravitación en la dinámica del capital como la innovación. En función de la introducción de los nuevos productos y las nuevas formas de producción se modifican los tiempos de trabajo y los valores relativos de todas las mercancías. De estos cambios surgen los beneficios extraordinarios, que desplazan la inversión de una rama a otra y las pérdidas acumulativas que desembocan en la crisis.
Pero además, en la actualidad, con la aparición de una nueva rama informática y la creciente difusión de las nuevas tecnologías de la información, en todos los sectores de la economía se está procesando un cambio general en las relaciones de valor, vigentes en la economía. Este reordenamiento afecta a los precios, a las productividades, a las ramas que ascienden y declinan y a las formas de consumo. Particularmente importante es la reestructuración de la producción como resultado de la transformación informática de los instrumentos de trabajo, los métodos de gestión y las formas de comunicación. De estos cambios han surgido una renta tecnológica y corrientes inversoras inexistentes hasta fines de los 80, que tienden a modificar el mapa sectorial y nacional de la industrial mundial.
La difusión industrial de la informática implica una revolución tecnológica. Tal como ocurrió en el pasado con el vapor, la electricidad o el conjunto de las innovaciones de posguerra, esta revolución tecnológica es un elemento central de las nuevas formas de la acumulación.[1]
 
Centralidad de la explotación
 
La valorización del capital se asienta en el trabajo generado y no remunerado a los asalariados. No hay forma de comprender el funcionamiento de la economía contemporánea soslayando este principio o presentando a la extracción de plusvalía como un “rasgo del pasado”.
El incremento de la tasa de explotación es una de las principales características de las últimas dos décadas. Los tres fenómenos que han confluido para viabilizar este aumento son la desregulación laboral, la masificación del desempleo y la expansión de la pobreza. El primer aspecto se verifica en los recortes a los derechos de los trabajadores, que han reforzado el control gerencial dentro de las empresas. Este avance patronal ha conducido al estancamiento de los salarios en los países avanzados y al retroceso absoluto en la mayoría de las naciones atrasadas. La flexibilización apunta al aumento de la sumisión real del trabajo al capital, es decir a la auto-imposición alienada de las normas laborales que fija el empresario.
El resurgimiento del desempleo en gran escala no es una consecuencia del cambio tecnológico, ni marca el “fin del trabajo”. Es un mecanismo tradicional de precarización de las condiciones laborales, que se intenta imponer alegando que “la era del pleno empleo concluyó” o que “la “tasa natural” de desocupación se ha incrementado. Mediante la ampliación del ejército de reserva se intenta consumar una reorganización capitalista del proceso de trabajo, que tiende a dualizar los ingresos y las calificaciones laborales.
La ampliación de la masa de pauperizados es un efecto de los atropellos contra la legislación social. El desmantelamiento del “estado de bienestar” está recreando en los países avanzados situaciones de miseria sofocante entre los sectores más desamparados de la población. En la mayoría de los países subdesarrollados se acentúa un cuadro de impresionante indigencia y pobreza.
La explotación se expande con el propósito de ampliar el trabajo productivo, que es el generador directo de plusvalía. Este es el objetivo de la privatización de todo tipo de actividades económicas y de la “universalización del capital” a todos los rincones del planeta. Los más distintos aspectos materiales y mentales del trabajo van quedado sometidos a la exigencia de ser generadores inmediatos de beneficios.
La ofensiva precarizadora demuestra que el “costo salarial” continúa siendo un referente central de la ganancia. El ingreso del trabajador representa para el empresario un gasto, que disminuye en proporción a la caída de los sueldos. La creencia que esta erogación se ha reducido a un “15-20% del costo total” es una extrapolación al conjunto del proceso industrial de lo que sucede en las ramas más automatizadas. En los sucesivos eslabones intermedios del proceso de reproducción del capital, el “costo salarial” resulta vital.
Por esta razón, los capitalistas invierten en los países y regiones que ofrecen salarios más “competitivos”, para la realización de tareas equivalentes en calificación y productividad. El aumento de la plusvalía es la gran motivación del capital para desplazarse hacia las regiones de mayor baratura salarial para la realización de actividades “mano de obra intensivas”.
La explotación se intensifica en todas las actividades taylorizadas que complementan al nuevo trabajo calificado, que acompaña al desarrollo de la informática. Las tareas degradadas no son resabios en extinción. Aumentan junto a la expansión de las modalidades más complejas del trabajo, porque en esta dualización se asientan las formas más lucrativas de la acumulación.
Pero esta segmentación y desvalorización del trabajo está en contradicción con las exigencias de complejidad, compromiso y autonomía laboral, que impone la creciente informatización de la producción. La valorización capitalista exige al mismo tiempo mayor explotación y mayor involucramiento del trabajador con su tarea. Son dos objetivos contradictorios y su cumplimiento simultáneo acentúa el choque entre el capital y el trabajo. Pero además, confirma la incapacidad del régimen social vigente para desarrollar la actual transformación tecnológica en beneficio del conjunto de la sociedad. Un proceso de informatización socialmente provechoso supone mejoría generalizada de las condiciones de vida, reducción de la jornada laboral y control de los trabajadores sobre sus labores. Y esta evolución es radicalmente opuesta al curso actual.
  
Producción y consumo
 
El aumento de la explotación, la desocupación y la pobreza afectan la capacidad de los trabajadores para actuar como clientes de la producción masiva. Al estancarse los ingresos de los asalariados declina el poder de compra y el ritmo de fabricación se desconecta de la capacidad de absorción de los mercados.
Este tipo de contradicción entre la producción y el consumo está recreando en las últimas dos décadas las condiciones de una crisis de realización. Con la expansión de la miseria se polariza el consumo y tienden a agotarse las formas de incremento masivo del consumo, basadas en la mejora del poder adquisitivo, que contribuyeron al crecimiento de posguerra.
Junto al abaratamiento general de los productos se vuelven muy onerosos ciertos bienes esenciales (educación, salud, seguridad social) y aumenta la brecha entre lo que el mercado induce a comprar y lo que la población preferiría adquirir, si tuviera la posibilidad efectiva de optar. La “soberanía del consumidor” es un mito particularmente insostenible, en las actuales condiciones de producción flexible y empleo precarizado. Solo quienes detentan ingresos elevados y estables pueden participar de la “economía de variedad”. El resto sufre en carne propia el desacople entre la producción y el consumo.
Este desequilibrio no obedece a la disminución natural, demográfica o psicológica de la “propensión marginal a consumir”, sino a la inadaptación del proceso de producción a las necesidades sociales. Lo que debería producirse prioritariamente no tiene suficientes compradores y lo que sobra vuelve a fabricarse, porque abastece a una demanda que ya es solvente. Esta desconexión entre las exigencias de la rentabilidad y los requerimientos sociales está acentuada por las políticas distribucionistas regresivas, pero es un resultado objetivo de la acumulación.
Es cierto, por otra parte, que en los últimos veinte años han surgido también mercados que compensan el estrechamiento de la demanda. Hay regiones que involucran a millones de consumidores -como China- que han registrado tasas de crecimiento sin precedentes. Además, la industrialización de diversas zonas (especialmente el sudeste asiático) viene ampliando sensiblemente los mercados autónomos del consumo inmediato. Pero en la balanza hay que pesar esta expansión frente al pavoroso efecto empobrecedor de las “políticas de ajuste” vigentes en todos los países subdesarrollados. El retroceso absoluto es la norma en la mayor parte de Africa, América Latina, Europa Oriental y Asia. El número de “excluidos” es muy superior a los 1.500 millones de subalimentados y semianalfabetos explícitamente reconocidos.
La gran polarización internacional de los ingresos genera obstáculos a la realización del valor que explican por qué ni siquiera la debacle de los “ex países socialistas” ha servido para canalizar -hasta el momento- la absorción de las mercancías y los capitales excedentes. Junto a las regiones que protagonizan intensos procesos de capitalización (China, ex RDA) hay zonas que sólo padecen los efectos devastadores de la acumulación primitiva (Rusia y la mayor parte de Europa Oriental). Analizar cuál de los dos efectos tiende a predominar es vital para detectar cuál será el impacto general de la creciente desproporción entre la producción y el consumo.
En todos los casos, la crisis es un resultado del dinamismo de la acumulación y no de su estancamiento. Es erróneo suponer que la “madurez” del capitalismo implica el debilitamiento de la inversión, el freno de la innovación, la subutilización de la capacidad instalada o el ajuste discrecional de las cantidades producidas, manteniendo invariables los precios y las ganancias. La competencia imposibilita un congelamiento concertado de la actividad económica de este tipo.
La contradicción entre la producción y el consumo se recrea en forma de espiral, con el aumento -en calidad y cantidad- de los bienes creados. En el capitalismo el estancamiento prolongado es tan inconcebible como el crecimiento ilimitado. Por eso hay que interpretar a la crisis como una etapa y no como un período indefinido de paralización productiva, en el cual las “fuerzas productivas cesan de crecer”. Las crisis existen porque están precedidas por fases de prosperidad. El supuesto de una “etapa final”, que mantendría agónico al capitalismo desde la Primera Guerra Mundial, es teórica y empíricamente insostenible.
Una consecuencia particularmente negativa del “estancacionismo” es su resistencia a reconocer los cambios registrados en la esfera de la producción y su tendencia a abandonar el análisis de este campo. Se argumenta equivocadamente que el funcionamiento del capitalismo ha pasado a depender de acontecimientos extraeconómicos, como la intervención del Estado o el gasto armamentista. La interpretación marxista debe desarrollarse en la dirección opuesta, explicando cómo la dinámica del capital está determinada por la acción de sus leyes en el proceso productivo.
 
 
Tendencias del beneficio
 
Otro aspecto central del diagnóstico económico actual es la recuperación limitada de la tasa de beneficio, a un nivel superior a los años ‘70 y ‘80, aunque muy por debajo del período de posguerra. Diversos estudios (tasa de retorno, participación de las ganancias en el ingreso) y evidencias (rendimiento de las acciones, balances de las corporaciones) han registrado este repunte en los países de la OCDE, en la década del ‘90.
Partiendo del postulado que el trabajo es la única fuente de valor y que la ganancia se nutre de la plusvalía, la explicación de esta recomposición de la rentabilidad se encuentra en el avance de la flexibilidad laboral, la presión del desempleo y la expansión de la pobreza. Aunque no se ha consumado una regresión decisiva en las condiciones de vida de los trabajadores en los países avanzados, la precarización del trabajo ha redundado en una recomposición del beneficio. Para que esta recuperación traspase el corto plazo, este incremento de la tasa de explotación tendría que estabilizarse.
Registrar el aumento de la explotación es una condición necesaria pero no suficiente para explicar el repunte de la ganancia. Al cabo de una crisis, la rentabilidad sólo se recompone si un proceso depuratorio de quiebras y fusiones “limpia” del mercado a las empresas menos lucrativas. Caracterizar si esta desvalorización de capitales “ineficientes” se ha consumado es una tarea muy compleja.
En la crisis de las últimas dos décadas no se ha producido un crack general tipo 1929, pero la sumatoria de los sucesivos colapsos económicos acontecidos en casi todos los países periféricos y en segmentos claves de las economías centrales puede -en cierta medida- compararse con la “gran depresión”. La masificación del desempleo, las oleadas de fusiones, la reestructuración forzosa de todas las empresas, evidencia que un gran proceso de pérdidas, quiebras y cambios de propiedad se ha concretado.
Sin embargo, un rasgo del capitalismo de posguerra que se ha reforzado hasta la actualidad es la postergación del “saneamiento” de los capitales obsoletos, con medidas de rescate instrumentadas por los Estados. Estos auxilios son habitualmente otorgados a los bancos en peligro, pero mantienen en pie también a las empresas deudoras e insolventes. A través de estos salvatajes se acota la crisis a la órbita financiera y se frena su extensión a la esfera real. La desvalorización de capitales “sobrantes” queda así pospuesta, pero también se neutraliza la recuperación plena de la tasa de ganancia.
Las dos tendencias -a la depuración del capital y a su rescate- se han reflejado en las políticas económicas predominantes desde mediados de los ‘70. El primer aspecto se expresa en la deflación de precios, la restricción monetaria, el encarecimiento del crédito y el “ajuste fiscal”. El segundo proceso se manifiesta en la expansión monetaria y el aumento del endeudamiento público, derivados del salvataje de los bancos y las empresas arruinados. Ambas tendencias se entremezclan. La desvalorización directa de capitales (quiebras), e indirecta (fusiones), así como su revalorización artificial por medio del intervencionismo estatal (coordinado internacionalmente), han actuado conjunta y complementariamente frente a cada una de las crisis recientes, a pesar del carácter opuesto de los dos procesos.
La desvalorización de capital, que permitiría una recuperación sostenida de la tasa de ganancia en el largo plazo, no parece consumada. Pero el fenómeno continúa incubándose y su correcta interpretación exige no sólo leer adecuadamente los datos, sino comprender teóricamente el movimiento del beneficio. En este terreno el gran objetivo es dilucidar cuál es la relación entre el comportamiento reciente de la rentabilidad y la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Establecer cómo se conectan el aumento de la composición orgánica del capital, la consecuente contracción porcentual del beneficio y las fuerzas que contrarrestan esta acción, con las tendencias depuratoria y rescatadora del capital prevalecientes en las últimas dos décadas, es uno de los mayores desafíos de la teoría marxista.
La vigencia de una declinación tendencial del beneficio derivada del propio movimiento “endógeno” de la acumulación es un problema de gran complejidad. Mientras que algunos autores marxistas aceptan la acción indiscutida de la ley, atribuyéndole la causa directa de las crisis (a través del achicamiento de la tasa y la masa de plusvalía necesarias para valorizar el capital), otros teóricos consideran que la ley opera plenamente en los períodos de crisis y en forma atenuada en las fases largas de prosperidad.         En los dos enfoques se rechaza la capacidad de las fuerzas contrarrestantes de la ley para anular sus efectos, por medio del aumento de la tasa de explotación, el abaratamiento del capital constante o los cambios tecnológicos “ahorradores de capital”.
Al situar el análisis de la valorización en este plano se puede ir más allá de la simple constatación intuitiva de la existencia de “rendimientos decrecientes”, caídas de la “eficiencia marginal del capital” o “contracciones de la renta tecnológica”. La ley de la tendencia decreciente de la tasa de beneficio permite estudiar tanto el origen como el movimiento de la rentabilidad.
El interés de esta investigación marxista se evidencia comparativamente frente a los estudios neoclásicos, schumpeterianos o neokeynesianos. Estos enfoques ni siquiera han logrado resolver si el beneficio es un premio al esfuerzo, una remuneración a la abstención del consumo, o el pago a un “factor” de la producción derivado de alguna cualidad del empresario (innovador, organizador, ahorrador). Además, en lugar de circunscribir superficialmente el análisis de la dinámica de la ganancia a su evolución inversa al salario (o refiriendo esta relación a las condiciones político-institucionales), el estudio de la ley de la tendencia decreciente conecta el problema de la valorización a la lógica general de la acumulación.
 
 
El rol de la especulación
 
Las fuertes convulsiones financieras que se han sucedido periódicamente desde el crack bursátil de 1987 (devaluaciones europeas, Baring Brothers, insolvencia en Japón, tequila mexicano, crisis asiática) han popularizado la interpretación de la crisis como un fenómeno primordialmente especulativo. Partiendo de la crítica al “hinchamiento de la burbuja”, se convoca a “disciplinar al capital financiero” y a “controlar los movimientos especulativos internacionales”. El objetivo es impedir que el “capital industrial sano” continúe ahogado por la “ociosidad financiera” de la “economía-casino”.
La indignación moral frente al derroche improductivo de recursos guía este ataque contra la “financiarización”. Pero conviene recordar que la dilapidación es un rasgo propio del capitalismo de todas las épocas, cuya nocividad aumenta en la depresión y se atenúa en la prosperidad. La denuncia política del parasitismo financiero no debe sustituir a la caracterización económica.
Es totalmente cierto que la hipertrofia financiera ha crecido en las últimas dos décadas, debido a la crisis y a la consecuente emigración de capitales hacia la actividad especulativa. Pero lo más novedoso en este campo no es tanto la magnitud de las sumas en juego, como el carácter primordialmente privado y sofisticado que están asumiendo todas las operaciones. Sin embargo, estos dos rasgos no son totalmente peculiares, ya que forman parte del traspaso general de actividades públicas al capital privado y de su gerenciamiento cada vez más complejo.
Interpretar la situación económica tomando primordialmente como base a los indicadores financieros puede conducir al impresionismo y a la exageración -en un sentido apologético o catastrofista- de la relevancia de las cifras consideradas. Que tantos millones de dólares circulen en tal o cual dirección, no quiere decir que el movimiento del capital sea azaroso. Hay que ver el fenómeno en su lógica productiva. Y para ello conviene distinguir el corto plazo -donde los procesos financieros tienen gran autonomía- del largo plazo, que siempre está configurado por las tendencias productivas.
Siguiendo este criterio hay que situar, por ejemplo, los movimientos de los precios de las acciones con relación a las ganancias de las empresas, observar las revaluaciones y devaluaciones de las monedas en función de las productividades de cada país y analizar las crisis del sector externo (endeudamiento y balanza comercial) de acuerdo a la competitividad internacional de cada economía. Esta metodología permite comprender cuáles son las raíces de las crisis financieras en el proceso productivo.
La creencia que la inestabilidad de la economía moderna deriva de la volatilidad de la moneda, de la “preferencia por la liquidez” y de las prácticas financieras riesgosas es propia del poskeynesianismo. Este enfoque intenta refutar la imagen neoclásica de un equilibrio intrínseco entre la producción y la circulación, que sería alterado sólo transitoriamente por desajustes en cualquiera de los dos sectores. Pero en este cuestionamiento se olvida que la pantalla monetaria no es generadora, sino receptora de los desequilibrios reales del capitalismo.
Los fenómenos financieros derivan de la acumulación de la misma forma que el dinero existe como verificador del trabajo social incorporado en las mercancías, en función de la ley del valor. Una economía que opera sin plan sólo puede asegurar su reproducción a través de medios de circulación y de pago reconocidos y validados por todos los competidores. Aunque estos instrumentos se autonomizan con el desarrollo de la acumulación, sus funciones y su magnitud continúan sometidas a las exigencias de la producción.
Nunca hay que olvidar que, en última instancia, el ciclo del crédito se contrae y se expande siguiendo al ciclo industrial, los bancos concentran y redistribuyen la plusvalía generada en el proceso de producción, e incluso los capitales ficticios emitidos sin contrapartida real dependen de las actividades industriales. Cualquiera sea su divorcio de la producción, los capitales financieros no son “puro papel”, mientras el mercado les reconozca algún precio. Y lo mismo vale para los títulos públicos. Lo que explica la circulación de cualquier forma de dinero es la existencia de valores surgidos de actividades reales y derechos derivados de la generación de plusvalía ya creada o por gestarse.
Estas conexiones tienden a quedar diluidas en la crisis, cuando se interrumpe el intercambio normal entre la esfera real y la monetaria y todas las turbulencias parecen originadas en este último sector. Tener presente que la extracción y la reinversión de la plusvalía son los cimientos del capital y que el dinero no es un fantasma autoconducido resulta esencial.
El capitalismo no funciona bajo el mandato de los especuladores, como creen -dentro del marxismo- algunos teóricos del “capital rentista”. Esta equivocación parte de considerar que el “dominio del capital financiero sobre el industrial” es una característica general del imperialismo y no un rasgo circunscripto a ciertos períodos y países.
Aunque las formas autonomizadas del capital a interés se han vuelto muy diversas (fondos de inversión, derivados, etc.) y han enriquecido a nuevas capas de financistas (Soros), conviene metodológicamente recordar que existe una diferencia cualitativa entre el capital industrial y el financiero. Mientras que la tasa de ganancia que guía al primero responde directamente a la dinámica de la acumulación, la tasa de interés que rige al segundo es una sustracción del beneficio. Por eso hay que buscar las raíces de las transformaciones financieras en la producción y a partir de allí analizar la influencia inversa.
Este enfoque es opuesto a la hiper-valorización de los acontecimientos especulativos y a su interpretación como ejemplos de un “pudrimiento prolongado” del capitalismo. Este tipo de visiones pierden de vista que junto al desborde financiero se ha ido consumando desde la década del 80 una importante reorganización productiva en la economía mundial. El aumento de la tasa de plusvalía, el comienzo de una revolución tecnológica, el ascenso de la inversión en las ramas de punta, la reconversión industrial norteamericana, la nueva división internacional del trabajo, la irrupción del mercado chino, la expansión de las exportaciones del sudeste asiático son los fenómenos claves, que el ilusionismo financiero oculta.
 
 
Mundialización
 
La jerarquización de la dimensión productiva permite una caracterización de la internacionalización de la economía superadora de la apología neoliberal de la “globalización” y de la crítica exclusivamente moralista a las desigualdades que entraña.
Para analizar si existe un salto cualitativo de la mundialización en el capitalismo actual hay que tomar en cuenta la internacionalización productiva que han desarrollado las grandes corporaciones. Partiendo de una casa matriz nacional estas empresas se organizan estratégicamente en torno al mercado mundial. Su estructuración va más allá de la implantación de filiales en el extranjero, ya que han creado espacios de circulación y localización interna de productos, capitales y fuerza de trabajo, en torno a una gestión internacionalizada.
Operar a esta escala es una exigencia competitiva tan intensa como aprovechar las diferencias de productividades, salarios y tasas de explotación, que alimentan a las plusganancias. El “espacio homogéneo” que construyen las corporaciones se basa en el usufructo de las disparidades existentes en el “medio ambiente fraccionado” en que actúan. Y de esta combinación surge la “globalización” social y económica polarizada, que describen todos los estudios del tema.
El significado teórico de este proceso es la modificación del funcionamiento de la ley del valor. La formación exclusivamente nacional de los precios y las tasas de ganancia pertenece al capitalismo del siglo pasado. Formas más combinadas se han desarrollando a partir de la gravitación creciente del mercado mundial, la constitución de bloques regionales y el desarrollo del comercio entre países con productividades y salarios diferentes. Determinar cómo opera la ley del valor a escala internacional en estas condiciones fue uno de los objetivos teóricos de la discusión sobre el intercambio desigual.
La actualización de esta investigación requiere ahora considerar la existencia de un sector internacionalizado de las 600 corporaciones “transnacionales”, que controlan un cuarto del producto bruto mundial y conforman un espacio propio de producción y valorización del capital. Cómo altera esta internacionalización productiva la constitución de los precios y cómo se forja la ganancia media en este sector, en comparación a los circuitos no internacionalizados es uno de los grandes temas de investigación.
Centrar la interpretación de la mundialización en la transformación productiva evita el rechazo dogmático al análisis de las nuevas tendencias. Hay que puntualizar los límites, pero también reconocer la existencia de un proceso original y contradictorio. Que subsista el proteccionismo, que los mercados internos sean relevantes, que las políticas monetarias y fiscales continúen gravitando, o que el grado de internacionalización sea muy dispar en cada economía avanzada no anula la nueva realidad de corporaciones produciendo a escala mundial.
El defecto inverso a esta omisión es la exageración transnacionalista, que destaca la aparición de un “capital global” centralizador de una “burguesía multinacional”, que ejercería su dominio a través del FMI y la ONU. Esta visión hereda de la vieja teoría del ultra-imperialismo la creencia que el sector más poderoso del capital puede alcanzar, en algún momento, el dominio pleno e incuestionado del proceso económico y político.
Por la misma razón que una supremacía monopólica absoluta contradice el funcionamiento del capitalismo, la existencia de una “burguesía transnacionalizada” actuando fuera del circuito de los Estados existentes y regulando la inversión y los mercados, es inconcebible. Una cosa es registrar el salto en la internacionalización y otra muy diferente es sumarse a las divagaciones sobre la “desaparición de las fronteras nacionales”. La clase capitalista no puede existir, ni el capital acumularse, sin Estados rivales que reproduzcan las condiciones de esta competencia. La internacionalización contradice el mapa político actual e induce su radical reordenamiento. Pero el nuevo trazado no está dictado por el “capital global”, sino por el conflicto hegemónico que libran las grandes potencias.
Este enfrentamiento ha tenido ganadores y perdedores en las últimas décadas, a partir de la recuperación de la economía norteamericana y el reforzamiento de la supremacía político-militar de este país frente a sus rivales. En la actualidad, Estados Unidos no es sólo el gendarme, sino también la potencia que fija la política financiera del FMI, que orienta las discusiones de coordinación cambiaria y que impone los nombres de las víctimas económicas de cada crisis monetaria. Pero este dominio revierte sólo parcialmente el resurgimiento europeo de los 70 y el desafío japonés de los 80 y no alcanza para recuperar el total dominio de posguerra. El reforzamiento del imperialismo norteamericano enfrenta además, ahora, el inesperado desafío de la concreción de la unificación monetaria europea.
Llamar la atención sobre la mundialización productiva apunta a contextualizar el fenómeno, distinguiéndolo de las formas históricamente precedentes y más extendidas de la internacionalización comercial. Cuando se afirma que “no hay nada nuevo”, porque la “economía-mundo existe desde el siglo XV”, se confunde la ampliación progresiva del mercado mundial con una forma específica de producción, que está apareciendo en la economía contemporánea. Conviene además recordar que la gran enseñanza dejada por el debate sobre el intercambio desigual es la inexistencia de formas de explotación puramente comerciales. Son siempre las diferencias en los niveles de productividad la causa de las transferencias de valor en las transacciones mundiales.
Analizar la internacionalización productiva permite evitar las simplificaciones que acompañan a las tesis de la “globalización financiera” como un fenómeno de migraciones alocadas del capital desde un país a otro. Aunque es evidente que la internacionalización de la especulación convulsiona a los mercados y que este proceso ha permitido reforzar la presión de los bancos acreedores sobre las naciones endeudadas, el fenómeno no obedece a “su propia lógica perversa”. Históricamente los bancos se adelantaron, acompañaron o indujeron a las inversiones externas y esta misma relación se mantiene hoy con la internacionalización productiva. Hay que distinguir el fluctuante e imprevisible movimiento del capital especulativo de la inversión en el mediano plazo, que está dictada por la estricta lógica de la acumulación productiva.
Una consecuencia decisiva del avance actual de la internacionalización económica es el agravamiento del desarrollo desigual y combinado entre los distintos países. La brecha que separa a las naciones ricas de las pobres se duplicó entre 1965 y 1990. Los efectos sociales de esta polarización están a la vista en los datos de pauperización, desnutrición, analfabetismo o trabajo infantil. En este plano, el término “globalización” simplemente encubre el reforzamiento de la semicolonización económica y política, que padecen la mayoría de los países africanos, asiáticos o latinoamericanos.
El contenido económico del concepto imperialismo es sumamente útil para caracterizar esta polarización. El sometimiento de las economías periféricas a las necesidades de acumulación de los países centrales, que deforma y bloquea el desarrollo industrial de las naciones “emergentes”, es una consecuencia de esta subordinación y continúa rigiendo en las nuevas condiciones de internacionalización productiva. Un ejemplo reciente es la crisis asiática.
Cualquiera sea el desenlace de la convulsión que se desató en 1997, ya ha puesto de relieve los límites que enfrentan las economías semi-industrializadas, que logran insertarse de manera periférica en el circuito de la acumulación mundial. Las nuevas empresas del sudeste asiático padecen más agudamente los efectos de la sobreinversión, están en desventaja frente a la competencia directa de sus rivales en los países imperialistas y tienen menos recursos frente al estallido de una crisis.
Actualizar el análisis del imperialismo, cuya descripción clásica data de principios de siglo, es vital para explicar porqué el capitalismo se universaliza creando mayores desniveles y formas de opresión.
 
 
Economía y política
 
 Ninguna de las transformaciones operadas en el funcionamiento del capitalismo resulta explicable desde el campo exclusivo de la economía. Cada vez más autores y corrientes reconocen la gravitación de los acontecimientos políticos y sociales en el rumbo que adopta la acumulación. Es evidente que el giro hacia el neoliberalismo de las clases dominantes, la debacle de los ex “países socialistas” o el retroceso sufrido por los trabajadores en los 80, han sido determinantes del curso actual. Es igualmente significativa la reversión parcial de este período en los 90, al calor de la crisis de las políticas thatcheristas, las dificultades de la restauración capitalista en la ex- URSS y la recuperación de las luchas populares.
Pero subrayar que “la política es importante” no basta para avanzar en el entendimiento del capitalismo. Hay que precisar que el fenómeno modificatorio de la dinámica del capital en todos los planos y sentidos es la lucha de clases. Las inversiones, los tipos de tecnología, las formas de gestión laboral, la política monetaria y fiscal se deciden y seleccionan -dadas ciertas condiciones económicas- en función de la resistencia esperada por parte de los trabajadores. Cuando se afirma que el crecimiento depende del “clima político”, de la “seguridad jurídica”, de la “estabilidad institucional” o de la “disciplina social” se recurre a eufemismos para destacar esta centralidad de la acción política y sindical de los explotados.
El rechazo a aceptar este fenómeno es la principal traba ideológica que enfrenta el análisis de la acumulación. La negativa tradicional a reconocer que las clases existen y corporizan intereses inmediatos e históricos opuestos, ha vuelto a ponerse de moda en el ambiente académico. Se habla de nuevos y múltiples “actores”, que “negocian” la “construcción de realidades sociales” diferentes, omitiendo a las clases o proclamando explícitamente su desaparición. Por esta vía no hay ninguna posibilidad de esclarecer lo que ocurre, porque se ignora que el capitalismo tardío continúa estructurado en torno a la disputa que libran las clases propietarias y desposeídas por el plusvalor.
Este conflicto se ha tornado social e ideológicamente más complejo. El primer aspecto involucra el análisis no sólo de la oposición tradicional entre expropiadores y expropiados directos del sistema, sino el estudio del choque entre distintos grupos apropiadores (que cumplen una función favorable al capital) con los diversos ejecutores del trabajo colectivo. El aspecto ideológico se ha vuelto mucho más relevante que en el pasado, por la mayor gravitación de las instituciones y los mecanismos que reproducen la hegemonía de la burguesía en los distintos planos de la vida social.
En este contexto, resulta particularmente importante conceptualizar teóricamente el impacto de la lucha de clases sobre la acumulación. Esta confrontación social sigue una lógica de flujos y reflujos, muy asociados a la tradición política y al nivel de organización y conciencia de los trabajadores. Para analizar la relación de este proceso con la economía, resulta decisivo evitar el mecanicismo, que asigna a la acción de los trabajadores un rol secundario o meramente adaptativo al movimiento del capital.
Para el enfoque mecanicista la clase obrera es un “agente” del proceso económico, que inexorablemente empuja al capitalismo hacia su derrumbe. Al capitalismo se le asigna fatalmente un destino prefigurado, como si su evolución estuviera asociada al curso relativamente previsible de las leyes naturales. Se olvida que los cambios históricos no están regidos por una “mano invisible”. Son impulsados y consumados por individuos que organizados en clases, determinan su destino por medio de su propia acción.
La distorsión mecanicista ha dado lugar al enfoque inverso de quienes proponen referir todos los aspectos del análisis económico a la lucha de clases. En esta visión se considera que la teoría del valor, las formas de trabajo o la política monetaria deben explicarse a partir del enfrentamiento clasista. Se desconoce que la lucha de clases opera en un marco de posibilidades y limitaciones, cuya investigación corresponde a la teoría económica.
Es metodológicamente indispensable reconocer que la acumulación desenvuelve un proceso objetivo, determinado por leyes, tendencias y contratendencias. La gravitación y generalidad que tiene cada uno de estos elementos es obviamente desigual (no es lo mismo la ley del valor que el abaratamiento del capital constante) y su vigencia debe ser puesta a prueba en cada investigación concreta. Pero aceptar la existencia de estas reglas objetivas, condicionantes del comportamiento de los individuos es tan decisivo como entender que su aplicación depende de la acción de los sujetos.
Para elaborar una alternativa de interpretación superadora del fatalismo y del subjetivismo hay que integrar el análisis del movimiento del capital a los conceptos generalizadores de la experiencia de la lucha de clases. En esta línea de investigación están surgiendo nuevas categorías (“ciclo de la lucha de clases”, “fases de insurgencia”, “etapas de militancia”), que prometen contribuir al análisis totalizador del capitalismo.
 
 
Ondas largas
 
La teoría de las ondas largas aporta instrumentos útiles para el análisis global del capitalismo. Propone periodizar las distintas fases de la evolución de este sistema, investigando los aspectos más directamente conectados a la producción (extracción de plusvalía, organización del trabajo, tipo de innovaciones prevalecientes) y al impacto de la lucha de clases en la acumulación.
La teoría distingue el funcionamiento primordialmente económico del capital en el ciclo de las transformaciones de largo plazo, determinadas por acontecimientos político-sociales extraordinarios y considera a la tasa de ganancia de largo plazo, como el indicador adecuado de este proceso. La teoría de las ondas largas se inscribe en la tradición de análisis del capitalismo como un sistema atravesado por etapas históricas diferenciadas. La periodización de estas fases siempre ha tomado como punto de partida el comienzo de una gran crisis (1873, 1914, 1930, 1975), considerada como el episodio determinante de los nuevos rasgos que adopta el modo de producción.
De este análisis han surgido las diferentes denominaciones (capitalismo librecambista, monopólico, imperialista, tardío) utilizadas para singularizar a cada etapa. Sobre una gran variedad de elementos se define una fase histórica. Se puede privilegiar el tipo de plusvalía extraída (absoluta o relativa), el sector predominante en la metamorfosis del capital (capital-mercancía, productivo o dinero), las formas del proceso de trabajo (taylorismo, fordismo, toyotismo), la modalidad competitiva (libre cambio, monopolio), la fracción dominante del capital (financiero, industrial, comercial), el tipo de acumulación (extensiva, intensiva), o la política estatal (liberal, intervencionista). La teoría de las ondas largas opta por integrar los componentes más vinculados al proceso productivo con el movimiento de la lucha de clases.
El enfoque es muy útil si se lo distingue categóricamente de los “ciclos Kondratieff” y de las “regulaciones sistémicas”, que postulan la existencia de fases cronológicamente preestablecidas de crecimiento y estancamiento del capitalismo, determinadas por la aparición de innovaciones radicales, o automáticas sucesiones de valorización y desvalorización del capital. Estas visiones presuponen un movimiento auto-repetitivo que regeneraría eternamente a la acumulación.
Por el contrario, en la visión de las ondas largas la dinámica pretérita del capital sólo ayuda a mejorar el diagnóstico del presente, pero no implica una definición predeterminada del porvenir. Se retratan las condiciones que posibilitan o frustran cierto desarrollo y los pronósticos no representan presagios automáticos sobre el futuro.
La teoría de los movimientos largos lleva implícito el postulado que el capitalismo de fin de siglo está sufriendo una gran transformación. Por eso el enfoque resulta tan poco atractivo para quienes, a partir del aceptable supuesto de una declinación histórica, han congelado la caracterización de este régimen social.
El mérito principal de la teoría es el esquema integrador de distintos factores decisivos en el largo plazo (“variables sociales”, “formas de organización institucional”, “papel de las potencias hegemónicas”), con el núcleo de funcionamiento del capitalismo, que es la generación de plusvalía y la acumulación de capital. Este esquema gira en torno a un concepto -la tasa de ganancia de largo plazo- cuya comprobación empírica deberá atravesar numerosas pruebas.
La teoría de las ondas largas propone ver en el capitalismo actual un choque entre las tendencias a la continuidad de la crisis y al reinicio del crecimiento, sobre la base de una reorganización productiva. Son dos hipótesis que inducen a etapas diferentes y aún no definidas. Lo importante es avanzar en el entendimiento de los elementos que determinan ambas alternativas. Su comprensión es el punto de partida para mejorar un proyecto socialista, alternativo y superador de las dos perspectivas de transformación del capitalismo.
 
Febrero 1998.

 

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 El trabajo que presentamos fue aprobado como ponencia para el II Congres Marx International que se realizara en París a principios de octubre de 1998.


[1] Analizamos estos fenómenos en nuestros dos artículos citados en la bibliografía.