La crisis

El crack global del crédito se ha convertido en las últimas semanas en una crisis que abarca al capitalismo a nivel mundial. Los gobiernos de muchos países han tratado de salvar a sus principales bancos mediante inyecciones masivas de capital, mientras que muchos mercados de valores se han derrumbado a niveles no vistos en más de dos décadas. ¿Qué está pasando? ¿Se trata solamente de una crisis temporaria, restringida en su mayor parte a los mercados financieros como resultado de los bancos hipotecarios norteamericanos que habían tomado riesgos excesivos y empeorada por una minoría de especuladores en el misterioso mundo de los fondos de inversión libre ¿Es una crisis mas amplia del modelo neoliberal anglo-sajón del capitalismo que se dirige a la vuelta de una mayor regulación estatal y a refrenar los excesos especulativos? ¿Es una crisis mucho más amplia en el capitalismo global que exige una nueva conferencia al estilo de Bretton Woods para crear un sistema de gobernabilidad económica internacional que refleje la globalización de la vida económica y el surgimiento de nuevos poderes económicos? ¿O se trata de una crisis del capitalismo, es decir una oportunidad para volver a poner al socialismo en el orden del día?

¿Una burbuja especulativa?

Hasta las espectaculares quiebras de septiembre de 2008 en Wall Street y en Washington -Lehman Brothers, AIG, Fannie Mae y Freddie Mac-, el consenso entre los economistas académicos, los financistas y los políticos era que el crack crediticio se debía fundamentalmente al préstamo riesgoso de hipotecas a familias de bajos ingresos en los Estados Unidos (el mercado “sub-prime”) y a la política de titulización por parte de los prestamistas de hipotecas. Estos prestamistas descubrieron que podían empaquetar los préstamos sub-prime en valores comerciables y venderlos a inversores. Como estas hipotecas se habían tomado cuando las tasas de interés eran muy bajas a principios del 2000, el registro de cancelación de hipotecas era muy bueno. Por lo tanto, las agencias que evaluadoras de créditos, dieron a estos préstamos titulizados un puntaje AAA libre de riesgos. A medida que las tasas de interés fueron subiendo a partir de 2004 y los salarios reales quedaron estancados o cayeron para muchos de los hogares más pobres, la cantidad de hipotecas impagas fue aumentando lentamente, hasta que se hizo evidente que muchos de los valores que se basaban en las hipotecas, se habían depreciado totalmente. Quienes habían comprado estos valores basados en hipotecas de los bancos y de las empresas constructoras, se negaron ahora a seguir haciéndolo, con lo cual bancos como el Northern Rock, ya no pudieron financiar más sus préstamos planeados.

Nada de esto habría desembocado en una crisis crediticia generalizada, si no fuera por el crecimiento en importancia en los últimos años, del mercado de préstamos interbancarios. Históricamente, los bancos siempre dependieron de los préstamos a corto plazo entre sí para proveerse de dinero para cubrir necesidades inmediatas, como por ejemplo fechas de préstamos o devoluciones importantes. Este mercado había tenido su propia tasa de interés, la LIBOR (siglas de la London Interbank Offered Rate) y gran parte de estos préstamos eran sólo por 12 horas o por unos pocos días. Sin embargo, en el verano de 2007, el problema de la deuda hipotecaria “tóxica” y la pirámide de productos derivados asociada a ella, repentinamente alertó a los bancos que hasta estos préstamos interbancarios de corto plazo, podrían estar en riesgo, si el banco tomador del préstamo colapsaba por insolvencia. Esto es exactamente lo que pasó con el Northern Rock: ya no podían encontrar a nadie que les quisiera prestar dinero para financiar las hipotecas que ellos mismos habían emitido. Luego de ese colapso, los bancos en general se dieron cuenta de que no podían confiar en que los demás seguirían siendo solventes y devolverían sus préstamos. Como resultado se congelaron los préstamos interbancarios, obligando a los bancos a restringir su provisión crediticia en forma más generalizada. En los meses siguientes la crisis sub-prime se hizo más evidente para banqueros e inversores. Las bolsas de valores comenzaron a identificar a aquellos bancos que estaban más en riesgo, hundiendo los precios de sus acciones e imposibilitando que consiguieran fondos en las formas habituales, tales como la emisión de acciones. Entretanto, los bancos más fuertes trataron de fortalecer sus balances, mediante inyecciones de capital de inversores poderosos, especialmente las instituciones financieras estatales, creados por los gobiernos en los países productores de petróleo en el Medio Oriente y los países florecientes de Asia.

Durante un año más o menos desde septiembre de 2007, pareció que la crisis sub-prime podía ser contenida. La restauración de la confianza (señalada por un renacimiento del préstamo interbancario y una menor tasa LIBOR) se vio diferida por ocasionales quiebras bancarias, siendo la más notable la de Bear Stearns, un banco de inversión de segunda fila de Nueva York, en abril de 2008. Pero la mayoría de los comentaristas (me incluyo entre ellos) esperaban que el continuo crecimiento dinámico en China y en la India, permitirían que la economía mundial en su conjunto, “saldría” de la crisis, con los bancos sacando suficientes ganancias de ese crecimiento como para que pudieran enjugar sus pérdidas de la crisis sub-prime. El continuo aumento de los precios del petróleo, de los minerales y de los alimentos, sólo podía darse debido a que el crecimiento global iba a continuar: por cierto, esto justificaba la opinión tanto del Tesoro como del Banco de Inglaterra de que la inflación seguía siendo una amenaza grave y que solo se podía contener, manteniendo altas las tasas de interés. Las quiebras de septiembre de 2008 desacreditar en gran medida este escenario optimista: ya no era más la crisis hipotecaria sub-prime, sino una crisis general de liquidez en la que cualquier banco o inversor que tuviera dinero para invertir no podía confiar en nadie que pidiera créditos. Este colapso de la confianza amenazó al sistema financiero global.

¿Una crisis del neoliberalismo anglosajón?

El sistema financiero global se ha transformado en los últimos treinta años, gracias al surgimiento del neoliberalismo. Esta ideología económica ha estado asociada estrechamente al acceso al poder de Margaret Thatcher en Gran Bretaña en 1979 y de Ronald Reagan en los Estados Unidos en 1980. Se trata de un renacimiento del mercado libre, de la ideología de libre comercio del liberalismo que había sido eclipsada por la Gran Depresión de 1930 y el surgimiento de las políticas keynesianas de administración económica estatal. Durante la década de 1970, el crecimiento de la posguerra se disipó en un retorno al desempleo masivo y a la aparición de niveles altos de inflación en gran parte de Occidente. Los remedios keynesianos convencionales parecían impotentes para tratar este fenómeno sin precedentes de una “estanflación” y la economía se transformó gracias a la revolución monetarista dirigida por Milton Friedman. Éste decía que la inflación era siempre y necesariamente debida a una excesiva oferta de dinero: “Demasiado dinero corriendo detrás de demasiado pocas mercancías”. Este exceso monetario a su vez se debía mayormente al gasto público excesivo, que además tenia el efecto de “excluir” a la inversión privada, al absorber una porción demasiado grande de los ahorros disponibles.

Durante las décadas de 1980 y 1990, la nueva doctrina económica se convirtió en un modelo universal para quienes tomaban las decisiones en la política económica y se centró en la privatización del sector público, en la limitación estricta del gasto y de la deuda públicos, más bajos impuestos y la desregulación de los mercados del trabajo, de los bienes y del crédito. El modelo se difundió a buen ritmo desde sus orígenes en los Estados Unidos y Gran Bretaña, mediante su imposición primero en gran parte del Tercer Mundo después de la crisis de la deuda en 1982, luego en el Este europeo después del colapso del modelo socialista de estado en 1989 y finalmente en la Unión Europea bajo la forma del Tratado de Maastricht en 1992. Este modelo pasó a ser conocido ampliamente como “el consenso de Washington”.

El triunfo generalizado del neoliberalismo ha sido resistido de muchas maneras en los medios académicos, en la política parlamentaria y en las calles. Si bien el neoliberalismo es a menudo ridiculizado por ser dogmático (comúnmente se ha criticado su “método de medidas que sirven para todos lados” y como todas las ideologías realmente hegemónicas, en la práctica ha sido aplicada con mucha flexibilidad en todos los países, con variantes substanciales en casi cada elemento del modelo. Esto no se debe solamente a una resistencia más o menos efectiva por parte de sus víctimas, sino también a diferencias objetivas en las circunstancias nacionales. Estas diferencias aparecen en parte debido a variables en el tamaño, en los niveles de vida y en el grado de integración internacional de las diferentes economías, y en parte también debido a diferentes , instituciones y prácticas heredadas, por ejemplo en la organización sindical o en las normas financieras empresarias. Esto ha inducido a muchos investigadores y comentaristas progresistas -por ejemplo Will Hutton en su libro The State We're In (1994)-, a identificar un modelo alternativo de “organización” o de “mercado coordinado” del capitalismo avanzado, ejemplificados por Japón y Alemania. Mientras tanto, las calamidades de África y América Latina sufridas bajo los lineamientos del Consenso de Washington contrastaban con el modelo exitoso de “estado en desarrollo” del este asiático, tales como Corea del Sur, Taiwán y más tarde (para algunos investigadores), la República Popular China.

Durante gran parte de septiembre de 2008, los críticos del neoliberalismo se sintieron alentados por las evidentes dificultades a los Estados Unidos y Gran Bretaña por la quiebra del crédito, aunque también con ecos en otros países tales como Irlanda y España que habían experimentado un rápido incremento en los precios de las propiedades inmobiliarias.

Parecía que la solución era adoptar un modelo alternativo no neoliberal y revertir de este modo los cambios de políticas más extremos del libre mercado, tales como la desregulación radical de los mercados financieros. Pero hacia el fin de ese mes, se evidenció que los bancos de todo el mundo habían sido arrastrados al agujero negro financiero de los créditos sub-prime y los seductores atractivos de las prácticas financieras “anglosajonas” en general.

A pesar de todas las diferencias aparentes en las instituciones y prácticas económicas, el enfoque neoliberal había penetrado hondamente en las áreas cruciales de la oferta crediticia y la administración monetaria. Como resultado, a pesar del mayor rol estatal que parecía haber habido en la Europa continental o en el este de Asia, sus gobiernos no pudieron intervenir públicamente en forma decisiva y efectiva.

¿Una crisis de la globalización?

Entretanto, las autoridades británicas y norteamericanas debieron recurrir a más y más medidas desesperadas. Además del rescate de emergencia a ciertos bancos en particular, a mediados de septiembre el Secretario del Tesoro Paulson propuso asignar 700 mil millones de dólares de fondos públicos para restaurar la confianza, comprando las “deudas tóxicas” consideradas responsables del congelamiento de los mercados crediticios. Irónicamente, este método ha sido usado en los antiguos países del bloque soviético en la década de los noventa, cuando éstos luchaban por restaurar al capitalismo. Pero ahora, lejos de resolver el problema, esto sólo agravó las cosas. Si las estimaciones de los bancos sobre sus balances habían perdido toda credibilidad, sería seguramente porque ni ellos ni “los mercados” tenían la menor idea del alcance real de las pérdidas que estaban enfrentando y el “verdadero valor” de las deudas tóxicas. Ciertos economistas astutos, propusieron diversas formas de remates para establecer un “precio justo”, pero esto no servía para nada si nadie estaba comprando a ningún precio.

Cuando el Congreso finalmente aprobó un paquete enmendado, con propuestas para extender la asistencia al default de las hipotecas a las familias al igual que a los bancos, ya era demasiado poco y demasiado tarde. La caída de los precios en las bolsas obligó a más y más bancos y a otras instituciones financieras, a revaluar hacia abajo sus patrimonios, infringiendo una de las pocas regulaciones universales que todavía quedaban: la exigencia de mantener una adecuada base de capital para cubrir el posible retiro de los depósitos. De esta manera, el centro de la política giró hacia la necesidad urgente de recapitalizar los bancos. Y con pocos inversores privados (ni siquiera las instituciones financieras estatales) que pudieran traer capitales frescos, la única opción para hacerlo que le quedaba a los gobiernos, era intercambiarlos por porciones considerables de las participaciones accionarias. Si bien se considera en general a Gordon Brown como el arquitecto de este nuevo enfoque, ya había sido utilizado con mucho éxito en Suecia en 1992 y más tarde con un éxito más limitado en Japón.

Sin embargo, a esta altura se hizo evidente (especialmente con el colapso de los grotescamente sobre-expandidos bancos de Islandia) que una intervención nacional ad hoc iría simplemente a transferir la presión y el pánico al próximo banco que siguiese en la fila. Por fin, dio un paso al frente el Fondo Monetario Internacional, invento del largamente desacreditado John Maynard Keynes. Desde la devaluación del dólar en 1971 y el subsiguiente crecimiento explosivo de las finanzas privadas globales, el FMI había sido soslayado en lo que se refería a las economías capitalistas hegemónicas; si bien formalmente continuaba coordinando las políticas de balanza de pagos y tasas de cambio, su último préstamo significativo a un país del G7, fue a Gran Bretaña en 1976, que había sido devuelto hacía mucho por medio de los ingresos petroleros del Mar del Norte. En cambio, el rol principal del FMI -más adelante seguido por el Banco Mundial- había sido el de imponer el modelo neoliberal a los endeudados países del Tercer Mundo mediante sus préstamos condicionados. Al tiempo de escribir la presente, se está llevando a cabo una rápida sucesión de reuniones cumbres que incluyen no solamente al G7, sino también a Rusia y a otras economías emergentes. Parecería que ha llegado el momento para una reestructuración substancial y significativa de la gobernabilidad global económica y monetaria. Mientras tanto, ante sus puertas el FMI tiene una fila creciente de países suplicando por rescates, comenzando por Islandia, Hungría, Ucrania y Pakistán.

La cuestión crucial aquí, es que todas las anteriores crisis bancarias fueron esencialmente nacionales, aún cuando su solución ha implicado préstamos de las instituciones internacionales y una política coordinada con otros gobiernos. La crisis actual es evidentemente global, en el sentido fundamental de que exige una solución global. Sin embargo, entenderla como una crisis de la globalización implicaría en primer lugar que la crisis fue en particular el resultado de la globalización y en segundo lugar, que ahora es necesario, y además posible, dar marcha atrás con la globalización. Por el contrario, lo que hemos dado en llamar globalización económica: la dependencia cada vez mayor de todas las economías capitalistas respecto del comercio, de la inversión y de las finanzas internacionales, fue una consecuencia y no una causa de la revolución neoliberal. Y volver atrás a un mundo de mayor autosuficiencia nacional, propugnado por Keynes en 1933, no debido a que era un sistema mas seguro, sino simplemente para resolver el colapso del comercio y las finanzas internacionales después de la crisis de 1929, requeriría costos enormes de ajuste, que todos tendríamos que sostener.

Una crisis del capitalismo: ¿nos rescatará Keynes?

¿Estamos pues presenciando una crisis importante del capitalismo convencional, aunque sea la primera de verdadero carácter global? Ciertamente, las crisis periódicas en la “economía real”, en la que se detiene el crecimiento económico, caen las ganancias y las inversiones, y crece el desempleo, han sido un elemento clave en los perpetuos ciclos económicos del capitalismo, y es normal que una caída del crédito sea una señal del comienzo de tales crisis. La exuberancia del auge económico induce a una confianza desmedida de parte de los inversores y la especulación en la bolsa (usando dinero prestado) empuja el precio de las acciones mucho más allá de lo que podría justificarse “razonablemente” por sus rendimientos futuros.

Y esa exactamente es la cuestión: dada la poderosa incertidumbre de los mercados capitalistas, la “razón” juega un papel secundario con respecto a lo que una gran economista keynesiana, Joan Robinson, llamaba “los espíritus animales”. Cuando un auge alimentado por el crédito vacila, se produce un pánico en el que cada uno busca la seguridad relativa del dinero, vendiendo todos los activos financieros que puedan. Pero estos activos financieros, ya sean acciones, bonos, hipotecas u hoy en día una gama vasta e incomprensible de los denominados “derivados” -todos ellos tienen valor sólo porque le dan derecho a su dueño a compartir las ganancias generadas por el trabajo productivo en sectores que fabrican bienes y que proveen servicios no financieros. Al final, la percepción de que estas ganancias serán insuficientes para cubrir las infladas expectativas de los inversores es lo que induce al pánico por vender. Parece como que la crisis se origina en la economía “financiera” y que luego se propaga a la economía “real”. Lo cierto es que las dos siempre se mantienen íntimamente relacionadas y es en la economía “real” donde la crisis tiene tanto su origen como su resolución.

Por fin, aparecen en la escena los trabajadores. Lo que nos ha sido presentado a todos como una crisis del crédito o de los mercados, desconectada del mundo cotidiano del trabajo, se convierte en algo demasiado real. Las empresas responden a la disminución en el crecimiento de las ventas suspendiendo obreros y cancelando las inversiones planeadas. El énfasis se traslada ahora a cortar los costos y mejorar la productividad, procurando aumentar las ganancias para cualquier nivel dado de producción. Como todos los empleadores hacen esto al mismo tiempo, hay rápidos descensos en las ventas minoristas, lo cual lleva a mayores retracciones en las órdenes de compra. Hoy en día, como hay niveles mucho mas altos de comercio internacional, esto efectos se difunden rápidamente a través del capitalismo global. El impulso sin precedentes del crecimiento económico de China y de la India, así como el gasto de vastas acumulaciones recientes de dinero en los estados productores de petróleo y de minerales, sólo puede enmascarar la crisis por un tiempo.

En vista del predominio del gasto del consumidor en la demanda global total, el creciente desempleo y las crecientes dudas sobre el pago de las deudas lo que constituye el foco de la próxima fase de la crisis. Para compensar las caídas del consumo privado y de la inversión, Keynes recomendaba un aumento del gasto público, financiado por el crédito. En condiciones de recesión, eso no produce de ninguna manera inflación, como argumentan los monetaristas. Los inversores de todo tipo se están dando cuenta que las empresas y los consumidores no quieren tomar préstamos de ellos, aun cuando las tasas de interés empiezan a bajar. El gobierno ya no es el “prestamista de última instancia” de los bancos en problemas, sino el tomador en última instancia para quienes tienen dinero para invertir: éstos prefieren comprar bonos estatales con al menos algún beneficio, antes que dejar ocioso al dinero y no ganar nada. Más aún, no es cierto que “eventualmente habrá que subir los impuestos”. Si comienza una recuperación, y cuando tal sea el caso, un renovado crecimiento económico genera una recuperación aún más rápida de las recaudaciones, dadas las tasas progresivas del impuesto a las ganancias y los derechos de sellado sobre las compras inmobiliarias, así como una rápida disminución del gasto en subsidios sociales. Por último, lo dicho por monetaristas irredentos, como en la carta que apareció en el Sunday Telegraph el 26 de octubre pasado, en la que sostienen que los gobiernos no son competentes para decidir en qué sectores hay que invertir, es ridículo. El actual gobierno se propone adelantar inversiones de infraestructura en transportes, en la construcción, y en educación, lo que por definición beneficiará a todos los sectores.

Reforma/transformación: un programa socialista

Frente a la perspectiva de un colapso total de los sistemas bancarios mundiales, no hay ninguna duda de que los socialistas deberían apoyar las reformas a todo nivel, incluyendo inversiones estatales en los bancos, la re-regulación de los mercados financieros y una reestructuración de la gobernabilidad global que refleje una mayor interdependencia internacional y el surgimiento de nuevas potencias económicas. Sin embargo, la resurrección del keynesianismo necesita ser complementada con iniciativas que van mucho más allá de las limitaciones de lo que sigue siendo un enfoque esencialmente liberal-capitalista, en el que de hecho se salva al capitalismo de sus propias tendencias auto-destructivas. De otro modo, una vez inaugurada la recuperación, sólo será cuestión de tiempo, antes de que los ricos propietarios comiencen a irritarse por las restricciones que se les han puesto, y sus portavoces/animadores de tribunas en el mundo académico y los comentaristas de los medios, inicien un renovado asalto ideológico para retornar a los “mercados libres”, o sea al dominio sin trabas de la propiedad privada.

En primer lugar, es de importancia vital insistir en que los reanimados sistemas de regulación estatal y gobernabilidad global, no estén concebidos y manejados solamente por las elites políticas, gubernamentales y sociales. Los sindicatos, que en muchos países todavía representan a una cantidad considerable de obreros, necesitan volver a tener la palabra, luego de varias décadas de retroceso en las negociaciones con los empleadores, bajo el título de “gremialismo empresarial”. Como en todo el mundo más y más obreros están sufriendo la carga de la contracción económica, ellos tienen el derecho de exigir que sus entes representativos luchen a su favor. Si bien la tarea más urgente es luchar por mantener el empleo y mantener o aumentar los beneficios sociales, los sindicatos también deberían presionar para lograr que haya representantes obreros en la dirección de las inversiones de sus fondos de jubilación. Difícilmente lo harán peor que los denominados expertos financieros, que actualmente gozan de un monopolio legalmente respaldado para ubicar las inversiones. Los sindicatos también enfrentarán reclamos para postergar las reformas sociales progresivas, como ya pasó en relación a la flexibilización de horarios de trabajo para obreros que tienen responsabilidades familiares. Seguramente sufrirán fuertes presiones en los lugares de trabajo para reducir los costos de atención médica y de seguridad, para imponer horas extras obligatorias en lugar de reemplazar a los jubilados, etcétera.

En segundo lugar, si los gobiernos intentan seriamente encarar inversiones públicas en infraestructura, todas las instituciones de la sociedad civil, así como los gobiernos locales, deberán tener voz para decidir la naturaleza y la escala de estas inversiones. Hay muchas evidencias de que la gente quiere que estas inversiones estén asociadas a un compromiso más profundo para combatir los efectos del cambio climático, por ejemplo promoviendo las energías renovables, poniendo niveles ambientales mucho mas estrictos en la industria de la construcción, restaurando la oferta estatal de viviendas e invirtiendo en ferrocarriles más que en aeropuertos o autopistas. Pero los fondos necesarios, podrían ser complementados masivamente por fuertes reducciones en el gasto militar y aumentos realmente significativos en los impuestos para los ricos. Necesitamos luchar para asegurarnos de que la renovación económica implique un verdadero compromiso con la paz y una mayor igualdad.

Por último, necesitamos aprovechar la ventaja del caos en que están sumidos la derecha y el centro político (incluyen a todos los demás, menos las franjas más radicales del New Labour) para establecer un nuevo programa que pueda al fin unir a la izquierda tanto tiempo fragmentada y abandonar las ineficaces políticas de los denominados “movimientos sociales”. Hasta aquí, la única alternativa visible (o complementaria) a las campañas sobre temas energéticos, ha sido el partido político convencional. Pero durante muchos años hemos visto el fracaso serial de todos los distintos intentos por crear un nuevo partido de la izquierda. Estos nuevos partidos no sólo fracasan porque se dividen tan a menudo por problemas sectarios heredados y por las malignas tradiciones del “centralismo democrático”. También fracasan porque, en lo fundamental, aceptan la definición liberal de la política, como un ámbito separado del resto de la sociedad, centrado en un estado puesto por encima de los ciudadanos y practicados por unos pocos “militantes” seleccionados que se arrogan el derecho de determinar la política que destinada a una ciudadanía por lo demás totalmente pasiva y desinteresada. En la teoría y práctica leninista, el partido es y debe estar siempre “adelante de las masas” formando una elite que, como lo muestra la historia, se abusará de todo poder que obtenga.

Una política alternativa de la izquierda debe revertir radicalmente esta relación. Las ideas y las capacidades que necesitamos para construir una sociedad socialista, se hallan presentes en el capitalismo de hoy en día. Este fue un paso crucial en las razones de Marx al proclamar ofrecer un fundamento práctico y crítico para la política socialista. ¡Y qué ricas han sido estas ideas diversos tiempos y lugares, esparcidos en la historia del capitalismo! El movimiento cooperativo construyó zonas de verdadera autonomía económica, basadas en el control democrático de los activos productivos, complementadas por iniciativas en la provisión del bienestar. En el campo de la recreación y de la cultura, clubes y sociedades de todo tipo continúan enriqueciendo la vida de la gente, sin necesidad de financiación u organización por parte del capital privado o del Estado. Pero es justamente en épocas de colapso económico o bajo los estragos de la guerra, que los trabajadores ha mostrado siempre sus verdaderas capacidades, poniendo hombro con hombro energía e ideas que en tiempos normales son simplemente desperdiciadas y despreciadas por nuestros amos económicos y políticos: la creación de los primeros soviets en Rusia en 1905 y nuevamente en 1917; los movimientos revolucionarios post-1918 en muchos países; Cataluña en 1936 después del levantamiento nacionalista; las secuelas de la Segunda Guerra Mundial allí donde la derrota de los poderes del Eje dejó un vacío y un colapso gubernamental; las revueltas del Este de Europa en 1956, 1968, 1970 y 1989.

¿Podrán movilizarse estas energías en estos nuevos tiempos anormales? Si nuestros gobernantes no logran resolver la presente crisis económica todavía puede sobrevenir el colapso social y éste ya está acechando como una consecuencia de la probable aceleración del cambio climático. Pero, ¿por qué tendríamos que esperar al colapso? Ocultos en millones de lugares de trabajo de todo el mundo, trabajadores de todo tipo, independientemente de su educación y de sus habilidades (por no mencionar el género, la raza o la religión) cooperan voluntaria y activamente en la producción de bienes y servicios. Hace demasiado tiempo que hemos permitido a nuestros gobernantes a clausurar lo que Marx llamaba “la sede oculta de la producción”, para separarla de la sociedad y sobre todo de la política, como a ellos les gusta definirla. Sin embargo, al final, es lo que producimos y cómo lo producimos, lo que fundamentalmente conforma la condición social. Si alguna vez nos vamos a hacer realidad la igualdad y la solidaridad, así como la libertad para todos y no sólo para los propietarios, necesitamos comenzar por transformar nuestros lugares de trabajo y más ampliamente nuestras comunidades, en escenarios del debate político. En caso contrario, las únicas soluciones que se nos ofrecerán serán aquellas que ante todo sirven a los intereses de los ricos y de los poderosos que controlan hoy en día nuestro orden político.


Enviado especialmente por el autor el 04/11/2008 para Herramienta. El texto, escrito en noviembre de 2008, fue publicado originalmente en Red Pepper 163, Dec. 2008 / Jan. 2009, págs.18-21. Traducido por Sibila Seibert. Corrección de Francisco T. Sobrino.