La crisis, un pronóstico social y cualitativo

A partir del inicio de la crisis comenzaron a interactuar factores que se potenciarán mutuamente, profundizando la recesión hasta el punto en que puede derivar en una depresión. Es desde este punto que puede encararse la discusión sobre un pronóstico del desarrollo inmediato de la recesión en marcha.

Obsérvese en primer lugar que muchos de los supuestos sobre los que se construyen las ecuaciones del análisis macroeconómico habitual no se verifican una vez que estalla la crisis. Por ejemplo, hemos visto que las tasas de interés que efectivamente rigen en los mercados no pueden ser manejadas a voluntad por las autoridades monetarias, debido a que dependen de las condiciones de oferta y demanda de los flujos dinerarios en los mercados monetarios y de capitales. De la misma manera, el multiplicador keynesiano –según el cual una autónoma inyección del gasto genera una cadena de gastos reactivantes de la demanda– tiende a embotarse si hay incertidumbre, debido a las malas condiciones económicas. Los consumidores y las empresas buscan hacerse de reservas líquidas, o bajar el nivel de endeudamiento, y en consecuencia no se desata el mecanismo multiplicador que generalmente se postula en los manuales de macroeconomía. Tampoco la inversión tiende a responder según lo que dice la teoría del mainstream académico. Como se recordará, usualmente se sostiene que la inversión es función de la tasa de interés real, y que siempre que baje la segunda, subirá la primera. Pero si ya en épocas “normales” esa relación no se verifica, se puede decir que durante una crisis se cumple aún en menor medida. Al llegar a lo más hondo de la depresión las tasas de interés generalmente se derrumban, sin que esto signifique un aumento de la inversión si las perspectivas de la demanda no mejoran. Sin embargo lo más importante es que para que funcionen las ecuaciones neoclásicas, los comportamientos de los seres humanos deberían ser rígidamente deterministas, e iguales. Y el problema está en que –como lo había advertido Hegel, como también lo sabía Marx– en la historia humana no se reencuentran jamás las mismas condiciones. Es cierto que hay leyes de movimiento del capital, pero éstas no prescriben los comportamientos de alguna forma rígida e inmediata, ya que el capital es históricamente determinado, y “la historia no vuelve a pasar siempre por el mismo camino” (D’Hont 1987). Los seres humanos cambian, aprenden, actúan en entornos sociales que ellos mismos siempre están cambiando. Esto explica de fondo el porqué las mecánicas (subrayamos, mecánicas, no sociales) “económicas” de que hablan los modelos neoclásicos no se registren en la realidad.

Pero al no cumplirse esas relaciones simples que postulan las ecuaciones macroeconómicas usuales, los pronósticos económicos cuantitativos –tasa de caída de la economía, del consumo– se convierten en meros ejercicios de adivinanzas, sin sustento.

En cuanto a la teoría marxista, si bien la noción de la crisis está en el seno de sus análisis, tampoco tiene herramientas para adelantar pronósticos cuantitativos precisos. Las leyes de la acumulación y la crisis no operan a la manera de los sistemas mecánicos, como ya hemos apuntado. En la complejidad de las interrelaciones y reacciones subyace la naturaleza anárquica del mercado, esto es, la aguda incertidumbre acerca de las posibilidades de realizar el valor y/o valorizar el capital cuando los trabajos privados no pueden hacerse sociales. Esa complejidad se multiplica, a su vez, debido a la intrincada madeja que se establece, en las sociedades capitalistas modernas, entre el sistema de crédito y la producción. Y se potencia todavía más con la mundialización de la economía, y las interrelaciones que se establecen entre los diferentes espacios nacionales de acumulación.

Para ver la complejidad de estas interrelaciones, pongamos un ejemplo sencillo. Podemos decir, por caso, que la desaceleración de la economía estadounidense repercutirá negativamente sobre las exportaciones de China; y que la caída de estas exportaciones tendrá efectos multiplicadores negativos sobre el PNB chino. Bajarán la producción, la inversión y el empleo en industrias exportadoras; lo que a su vez afectará negativamente la demanda; lo que repercutirá en nuevas caídas de la inversión y el consumo; lo que a su vez incidirá en los balances de los bancos que estén comprometidos en créditos otorgados a empresas exportadoras, o al consumo. Lo que a su vez agudizará la desconfianza en la economía, etcétera. A este escenario habría que sumar las incógnitas sobre la reacción del gobierno (¿cuántas de sus reservas utilizará para estimular el gasto? ¿Hasta qué punto respondería la economía a esos estímulos?). Por otra parte, la baja de la economía China llevaría a la disminución de sus importaciones; lo que a su vez tendría efectos negativos sobre la economía de Estados Unidos (y sobre otras economías). Las interacciones pueden continuar analizándose casi al infinito.

Pues bien, esto demuestra que para hacer un pronóstico más o menos preciso de lo que sucederá en los próximos años, sólo con este aspecto de la crisis, deberíamos poder calcular hoy (principios de noviembre de 2008) cuánto bajarán las importaciones de productos chinos de Estados Unidos; de qué magnitud será el efecto multiplicador en China; cuánto repercutirá a su vez en Estados Unidos; cuánto en cada uno de los sistemas financieros; cuánto de la baja en estos sistemas reactuará negativamente sobre el consumo y la inversión en cada uno de estos países, etcétera. De qué manera afectará a los bancos y otras instituciones de crédito, y cuánto de éste efecto actuará a su vez sobre la inversión y el consumo en China, afectando de nuevo las importaciones chinas, y por lo tanto ejerciendo efecto repercusión sobre Estados Unidos, etcétera. Y sencillamente nadie puede dar números a estas interrelaciones cuantitativas, entre otras razones porque dependen de reacciones de seres humanos que están actuando en escenarios que cambian día a día.

Sin embargo sí es posible y necesario tener en cuenta las relaciones básicas que se establecen en toda gran crisis capitalista, y establecer un pronóstico cualitativo. Hay una lógica, un vínculo interno en la dinámica de la crisis, que es posible exponer en sus ejes centrales. Veamos entonces una dinámica posible.

Empezamos por la caída de las ventas en algún sector importante, que frena la acumulación en ese sector. Es el caso de la construcción, que comenzó a paralizarse en Estados Unidos en 2006. Al frenarse la producción en un sector clave, muchos obreros van a la calle; en consecuencia baja drásticamente su consumo. Las industrias que proveen insumos al sector que se ha frenado, también bajan las horas de trabajo; de manera que vuelven a disminuir empleos e ingresos de asalariados, impulsando más la caída de la demanda de bienes de consumo. Estas caídas pueden ser compensadas, sin embargo, durante un tiempo y parcialmente, por el aumento de la demanda de otros sectores, como exportaciones o inversiones en infraestructura, o gasto público.

Sin embargo la crisis en el sector clave arrastró a la crisis al sector bancario y financiero; empieza a haber despidos en este sector, lo que agrava la caída de la demanda de bienes de consumo. También baja la compra de bienes industriales (por ejemplo, software y equipos de informática, etcétera); y la venta o alquiler de oficinas. Más grave aún, sube el costo del crédito, afectando negativamente los activos financieros, e iniciando el proceso de desvalorizaciones y desapalancamientos que hemos descrito. La bolsa de valores cae, y aumenta la desconfianza. Se ensombrecen las perspectivas de la economía en general. Los consumidores empiezan a postergar las compras de bienes de consumo durables; las empresas que producen estos bienes reducen primero horas de trabajo (se anulan horas extraordinarias, se eliminan contratados) y luego siguen las suspensiones, etcétera. También cancelan proyectos de inversión. Lo cual provoca nuevas caídas de la demanda, y son afectadas otras empresas y ramas. También se reducen las importaciones. Los países que producen estos bienes empiezan a sentir los efectos de estas reducciones de ventas sobre su actividad económica.

El problema se agrava porque la recesión se ha desatado no sólo en Estados Unidos, sino en el resto de los países más poderosos, Europa y Japón. Por supuesto, la economía de Canadá se ve también afectada en pleno.

Muchos países subdesarrollados, que vendían en estos mercados, son afectados en pleno. Algunos habían hablado de la “desconexión” –habría economías desconectadas de la crisis, en medio de la globalización–, pero prudentemente ya no hacen referencia al asunto. Los precios de las materias primas fueron los primeros en caer. Por eso empeoran las cuentas fiscales y los balances de cuentas corrientes de los países atrasados exportadores de materias primas. Además, se acumulan existencias sin vender, y las empresas tienen muchas dificultades para financiar estos stocks. Cientos de millones de campesinos –que apenas sobrevivían con lotes de menos de 3 o 4 hectáreas– caen en la miseria más absoluta.

Por otra parte, capitales dinerarios que se habían invertido en los países atrasados continúan retirándose de éstos y buscando refugio en Estados Unidos. Las monedas nacionales se deprecian, con lo cual se acentúan las tensiones competitivas entre diferentes mercados nacionales. Los spreads de tasa de interés que pagan los gobiernos y capitales de los países subdesarrollados suben todavía más que en los países adelantados.

Como es sabido, lo peligroso de la situación en los mercados monetarios y en el sistema bancario de los países adelantados ha llevado a los bancos centrales a inyectar miles de millones de dólares. Esas inyecciones impiden que la hemorragia se transforme en colapso bancario. Pero las carteras de créditos de los bancos no se curan mágicamente. La caída de los ingresos de los consumidores ha hecho que ahora no sólo sean incobrables muchos préstamos hipotecarios, sino también tarjetas de crédito y otras formas de financiamiento del consumo. Los bancos restringen más el crédito al consumo. Continúa profundizándose la caída de ventas de las empresas que producen bienes de consumo.

También están comprometidos los créditos que los bancos habían otorgado a las industrias; si éstas no venden, no pueden devolver los créditos. Algunos habían pensado que con los rescates de los Estados se salvaban los bancos. Pero todo lleva a que aumenten las carteras “intoxicadas”. Hay que seguir mandando a pérdida créditos; lo que obliga a recoger más capital, y a solicitar nuevos paquetes de auxilios financieros por parte del Estado.

Las continuas inyecciones de gasto fiscal agravan el déficit. Si bien puede ser financiado por los capitales que buscan refugio en la liquidez de los bonos del Tesoro, a largo plazo el endeudamiento representará una punción negativa sobre la plusvalía para el conjunto del capital. En otros países, cuyas monedas no son reservas de valor, los auxilios fiscales que se financian con deuda llevan a aumentos de las tasas de interés; agravando más las condiciones de reproducción del capital.

Por otra parte, la búsqueda de liquidez para afrontar compromisos, lleva a que haya que vender mercancías a cualquier precio. Los precios caen y asoma un nuevo peligro, la deflación. La caída de los precios aumenta el peso real de las deudas; esto induce a reducir aún más el gasto de inversión, viviendas o bienes de consumo durable. Nadie quiere comprar hasta que no sienta que la deflación tocó piso. Las autoridades monetarias tratan de contrarrestar la deflación imprimiendo billetes –consejo ya dado por Bernanke durante la deflación japonesa– pero puede ser demasiado tarde. La obsesión por el “peligro de inflación”, y el temor a incentivar nuevas burbujas, pueden haber mantenido durante demasiado tiempo una política monetaria que terminó por generar deflación.

La desocupación en los países centrales se extiende, y afecta de pleno a los trabajadores inmigrantes. Ya cuando estalló la crisis se habían cerrado las fuentes de empleo que representaban los países adelantados para los trabajadores de los países subdesarrollados. Después comenzó un lento goteo de inmigrantes que volvían a sus países de origen. Ahora son decenas de miles los que emprenden el camino del regreso; muchos son expulsados con los peores métodos, otros se van porque ya no hay nada que hacer. Alguien comenta que se acabó el sueño americano (o español, o alemán, etcétera). Bajan las remesas de dinero que iban desde los países adelantados a los países atrasados. En algunos países (como en los centroamericanos), y en épocas de prosperidad, las mismas habían llegado a representar del 20 al 30% del PNB de esos países.

Sigue aumentando el número de desempleados, bajan los salarios y empeoran las condiciones laborales en casi todos los países atrasados.

Debido a que disminuyeron las exportaciones desde los países subdesarrollados hacia los países “del Norte”, y hacia otros países subdesarrollados, los efectos de repercusión y multiplicación negativos se expanden en la economía mundial. El encarecimiento del crédito afecta la financiación de las exportaciones, agregando presión negativa al comercio.

Miles de fábricas cierran, otras miles trabajan con amplia capacidad ociosa, y millones de obreros van al paro en todo el “Tercer Mundo”. Aunque algunas grandes economías subdesarrolladas sólo hayan experimentado una desaceleración fuerte, la misma representa terribles padecimientos para millones, que pierden sus empleos. El panorama en los países “del Norte” y “del Sur” es similar: fábricas paradas y obreros sin trabajo. Gente con hambre y necesidades sin fin, y almacenes llenos de mercancías que no se pueden vender. Los capitales mercancías se desvalorizan, a la par que se desvaloriza la fuerza de trabajo.

Debido a la recesión, los gobiernos, con el aplauso de los capitalistas de casi todos lados, detienen las inversiones y cualquier tipo de proyecto para disminuir los problemas ambientales, empezando por el calentamiento global. Algunos gobiernos incluso dan carta blanca para que avance la deforestación y se profundice la erosión de los suelos. El argumento que resuena en todos lados es el mismo: no es hora para esas sutilezas. El efecto invernadero continúa avanzando, amplias zonas del planeta padecen sequías, y otras son azotadas por catástrofes naturales. Pero no hay dinero para socorrer a millones de damnificados. Los recursos se utilizan principalmente para intentar reavivar la acumulación capitalista. También para reforzar los aparatos de seguridad y represivos, porque la crisis agudizó demasiado las tensiones sociales.

Para colmo, han reaparecido conflictos y tensiones entre países. En la economía en crisis actúa tanto la tendencia a la profundización de la mundialización del capital, como la tendencia a la exacerbación de los nacionalismos y los amagues proteccionistas. Lo cual aumenta el clima de inseguridad e incertidumbre, y retrae más la inversión.

¿Cuánto sigue cayendo la economía? Nadie lo sabe, precisamente porque la incertidumbre se ha adueñado del centro del escenario. Es incertidumbre “a lo Keynes”, esto es, “no se sabe” porque no hay elementos para precisar más el análisis. Pero sí hay conciencia de que en tanto la economía no toque fondo, no es momento de invertir ni de retomar el consumo de bienes durables, o el gasto en construcción. A medida que se desciende en la depresión, la tasa de interés se derrumba; pero nadie toma crédito porque sigue primando la desconfianza generalizada. Tampoco los bancos otorgan créditos, dadas sus carteras llenas de “incobrables”.

Las consecuencias sobre las relaciones sociales de la caída de la economía son inmediatas. Los desocupados se sienten inútiles; los hijos de los desocupados vagan por las calles, organizados en bandas, procurándose alimento como pueden. Miles de mujeres de volcaron a la prostitución. Aumentan las enfermedades nerviosas y mentales, el alcoholismo, el uso de la droga. Líderes religiosos y conservadores dicen que se debe a que los seres humanos abandonaron el camino de dios, y piden por el arrepentimiento.

Los niveles de crímenes son altísimos. Algún estadista propone como solución sacar el ejército a la calle y transformar las fábricas cerradas en cárceles. Las clases medias empobrecidas y angustiadas aplauden; algunos proponen que en lugar de mantener a los presos en cárceles, se los obligue a trabajar en campos de concentración. Soluciones de este tipo se escuchan por doquier. Los índices de escolaridad, acceso a la educación superior, de salud, han disminuido. Los trabajadores que conservan sus puestos se ven obligados a aceptar más precarización de sus empleos y bajas salariales. Al comenzar la crisis muchos se habían apresurado a declarar que se había acabado el neoliberalismo. Lo cierto es que por todos lados continúa la ofensiva del capital sobre el trabajo. Alguno recuerda lo que había diagnosticado Marx, acerca de que nunca el capitalismo sale de sus crisis mejorando la vida de los asalariados, sino todo lo contrario.

Si la desocupación es masiva, los sindicatos tienen menor poder para defender posiciones. Alguno también recuerda lo que había planteado Trotsky, sobre que durante una depresión es muy difícil que haya ofensivas revolucionarias de los trabajadores. En cualquier caso, los programas por reivindicaciones elementales y defensivos frente al capital, de los sindicatos y partidos de izquierda, están a la orden del día. En muchos lados hay estallidos sociales; aunque no se enhebran salidas políticas y programáticas superadoras del sistema.

En tanto, en las facultades de economía se sigue enseñando el sistema del equilibrio general de Walras, y se explica que la desocupación es voluntaria, y que el sistema de libre empresa regula bien, provisto que los mercados sean libres. Los docentes de economía no se explican por qué muchos estudiantes no creen en sus explicaciones. Algunos heterodoxos sostienen que no debería extrañar la incredulidad en los viejos dogmas neoclásicos. Desde el inicio de la crisis los medios han registrado un preocupante aumento en las ventas de El Capital.

Finalmente la crisis toca fondo y el ciclo empieza revertir. A esta altura hay decenas de millones de nuevos desempleados en el mundo. Los salarios bajaron y los empleos se precarizaron aún más que antes de la crisis. La crisis también ha provocado que los capitales más débiles hayan desaparecido. Quebraron industrias y comercios, y bancos y financieras, demostrando de paso que este sector –que el profano imagina todopoderoso– no es inmune a las leyes del capital y sus crisis. Miles de millones de dólares se han evaporado en la vorágine de la masiva desvalorización del capital; es la “revolución de los valores” de la que hablaba Marx al referirse a las crisis. “En una crisis se produce… una desvalorización o destrucción general del capital” (Marx, 1989, t. 1, pág. 406).

La tendencia hacia la centralización del capital –esto es, fusiones de empresas– experimentó una nueva vuelta de tuerca, debido a que los peces más grandes se comieron a los más chicos. Lentamente se van generando las condiciones para que se reanude la acumulación del capital. La rentabilidad de los negocios se restablece paulatinamente, y renace el optimismo que induce a la burguesía a consumir e invertir. Así, en algunos meses estará en marcha la fase ascendente de un nuevo ciclo a nivel mundial. La crisis empieza a quedar atrás, y el costo principal de su “solución” habrá recaído sobre los explotados y oprimidos.

Sobre esta base habrá entonces nuevos desarrollos de las fuerzas productivas; los ejércitos mundiales de asalariados bajo el mando del capital alcanzarán mayores dimensiones, y la contradicción entre el capital y el trabajo se hará aún más abierta. Los profesores de economía volverán a enseñar tranquilamente los tranquilos modelos del equilibro general, y sus sofisticadas teorías sobre la utilidad y la productividad marginal. El estudio de Marx volverá a ser relegado al rincón de las curiosidades históricas; aunque una minoría comenzará a interesarse seriamente por lo que dijo este pensador.

Los gurúes de Wall Street pronosticarán que “ahora si” estamos en una nueva economía, que el ciclo económico ha perdido vigencia, y trabajarán frenéticamente en elaborar alguna compleja y novedosa ingeniería financiera… hasta la próxima crisis. Que tenderá a ser más mundializada, y abarcar más fuerzas de la producción.

Tal vez la lección más importante que se puede sacar de todo esto es que en tanto no se cuestione la relación de explotación capitalista, esta historia estará destinada a repetirse, en sus rasgos más gruesos.

 

Bibliografía

D’Hont, J. (1987): Hegel, philosophe de l’histoire vivante, Paris, Presses Universitaires de France. 

Marx, K. (1989): Elementos fundamentales para la crítica de la economía política, México, Siglo XXI. 


Enviado por el autor para su publicación en Herramienta. Escrito en noviembre de 2008, este trabajo es el último capítulo del libro El capitalismo roto, Edición La linterna sorda, Madrid,2009.