Venezuela 10 años después. Dilemas de la revolución bolivariana. Palabras iniciales de Marcelo Maggio

Allá por el año 1999 en Buenos Aires estábamos asistiendo a la calma que anunciaba la tormenta. El tendal de pobreza, corrupción y tristeza generalizada que dejó  el neoliberalismo pudo ser aprovechado políticamente para sembrar esperanzas en remozadas fórmulas que no fueron más que un breve suspiro. Se extendía por el mundo aquella doctrina propagandizada por el sociólogo inglés Anthony Giddens: la Tercera Vía. El Estado retomaría las debilitadas riendas y el capital y el trabajo se conciliarían en un renovado contrato social. Como la historia no le da tiempo ni oportunidad a la cavilación extemporánea, en sólo dos años pasó el Argentinazo cual huracán y se llevó puesta cualquier impostura. A nivel mundial la anexión de Tony Blair a la carrera bélica imperial selló, definitivamente, el fin de esa aventura política.

En el horizonte de los posibles políticos, la izquierda latinoamericana tenía pocas ramas de las cuales agarrarse. Más bien se trataba de una resistencia ligada a la supervivencia, como aquí sucedía con el naciente movimiento piquetero de trabajadores desocupados, que tomaban cierta iconografía e imaginario político del zapatismo (“la capucha del subco”, o la idea de “ir al paso del más lento” como noción de horizontalidad contraria a los “aparatos”), y a la vez esa fuerte impronta proveniente de una práctica de movimiento social popular, en alza tras el derrumbe de las utopías de los partidos revolucionarios, donde el Movimiento de los Sin Tierra de Brasil era siempre una referencia obligada. Entre capuchas y piedras de barricada, de la olla popular al piquete, las discusiones sobre el poder y la estrategia política fueron cristalizando opciones. De momento nada pasaba de lo local, lo reivindicativo, el puchero del día a día. Tampoco había margen para plantear grandes proyectos, pues la desolación no sólo era económica, era sobre todo ideológica.

Parafraseando a Carlos Puebla, me animaría a decir que en eso llegó un tal Chávez. Si hace diez años alguien nos decía que íbamos a poder hablar nuevamente del socialismo no le hubiésemos creído, le habríamos pedido que deje la bebida. Y este es el señalamiento central, la apertura histórica que implicó la creación de nuevas condiciones de posibilidad políticas, que van más allá del propio Chávez y de la propia Venezuela. Ahora la rueda se echó a andar.

Nuestro amigo Modesto Guerrero se pregunta, “¿desde cuándo Venezuela tuvo preponderancia internacional?”. Nosotros nos preguntamos lo mismo. En primer lugar es menester reconocer que la burguesía lo advirtió más rápidamente que las vanguardias de izquierda. El diario La Nación, el vocero de los intereses más reaccionarios en este país, le dedica desde hace tiempo un lugar destacado al presidente venezolano. Fotos en todos los tamaños, de militar o con su camisa roja, en público o reunido con algún dirigente mundial, La Nación sigue su agenda muy atentamente. Pero sobre la pregunta de Modesto, ¿qué sabíamos nosotros de Venezuela? Al menos dos cosas seguro: que hacían telenovelas muy buenas (mi madre así lo afirma) y que tenían en su haber a una tal Catherine Fulop. En poco tiempo todos nos olvidamos de la bella Catherine (que sigue estando buena, pero ya no tiene la sobredosis de significado que le daba el show business) y de las novelas. Lo que en verdad aparecía en los diarios y las pantallas era un tal Chávez, y no era precisamente por ser un galán de TV. De a poco se hacía evidente, a la distancia, que no se trataba de un simple líder político sino que había todo un proceso en marcha, algo nuevo que se estaba gestando.

Cuando la curiosidad empezaba a picar un poquito, quién será este guaso, qué movimientos, partidos y militantes están metidos en esta aventura, de dónde vienen, las típicas preguntas, y cuando además algunos se jugaban alguna ficha a favor, “esto pinta interesante, che”, en medio de eso asistimos a abril del 2002. Mi generación siempre había leído con indignación la historia de América Latina, cómo podía ser que estos de la CIA pudieran hacer golpes de Estado como si nada por todas partes. ¿Y ahora, qué hacemos? Ahora somos nosotros los contemporáneos de un hecho histórico de esa magnitud y gravedad. Sin embargo, Venezuela entraba en la historia grande reciente no sólo por el ataque, sino más bien por su tremenda respuesta popular, categórica. De ahí en adelante los ojos de toda la izquierda de la región se irían posando sobre el devenir de este proceso de cambios apasionantes, le discutirán, le harán propuestas, los putearán por mil cosas, pero no pasará inadvertida ni una sola huelga, ni una sola amenaza, porque si de algo estábamos hambrientos era de la posibilidad de renovar nuestras utopías.

Fue así también que desde nuestra agencia de noticias alternativa y los grupos políticos en los que participamos fuimos conociendo algunos compañeros vinculados de distinta manera al naciente proceso político venezolano. A mí me cautivó la capacidad de nuestro amigo Modesto Guerrero de cruzar el proceso histórico de Venezuela con hechos, anécdotas y datos de la historia argentina, haciendo más comprensible la realidad caribeña. Este es un rasgo de sumo interés que está presente en el texto que sigue a continuación. Pero no sólo eso. Consideramos que es central tener un herramental de análisis adecuado para entrarle a la materia de la historia y la política, y es el materialismo histórico hasta ahora la más aguda perspectiva con la cual adentrarse. Y esto también lo encontramos en los análisis que siguen. Y tercero, en lo político también es importante la visión dialéctica que aquí se presenta, la incorporación, la síntesis, la crítica, el riesgo de lo nuevo. En eso nos sumamos no sólo a la escritura de Modesto, sino a la práctica de lucha revolucionaria de los miles de militantes venezolanos que dan cuerpo día a día a construcciones de nuevo tipo, que se animan a escribir la historia creativamente. Son los cuerpos militantes que vimos batallar en las barricadas de abril del 2002 y en tantas otras, y que adquieren una central importancia en este camino porque el socialismo tiene carácter colectivo: vamos, eso es lo social. Los consejos obreros, estudiantiles, campesinos, barriales, las cooperativas, todo un plexo de órganos sociales que se animan a ejercer el poder popular.

Cuestión ésta del poder para nada baladí. Retomando aquella historia nuestra del 2001, del Argentinazo, allí apareció de lleno la pregunta por el poder. Y si dos años antes la moda importada de Europa era la falacia de la conciliación de las clases antagónicas, ahora eran los papelitos de colores que rezaban la canción del “no poder” al ritmo de los nuevos filósofos en boga. Las construcciones que tomaron ese canto se refugiaron en lo local, en lo micro, de espaldas a las masas. Mientras esa era la canción de moda, otra vez Venezuela, a contramano, se pone de cara hacia las masas, construyendo un fenomenal movimiento social plebeyo con órganos de poder popular en crecimiento. Unas masas que no sólo no le tenían miedo al poder sino que lo empezaban a ejercer. Retomo en esto una definición clave que arroja Modesto Guerrero en su análisis: “para que el poder popular no sea una abstracción, debe existir a través de cuerpos de clase concretos, organismos genuinos con reconocimiento de masas construidos al calor de la lucha y la resistencia”.

Estas palabras de introducción no pretenden ser más que una invitación a la lectura del texto que sigue, que se encarga de sopesar logros, déficits y puntos muertos de un proceso político de luchas que ya lleva diez años con Chávez como principal referente. En el análisis de Modesto Emilio Guerrero encontrarán esas características contradictorias que están presentes en todo proceso histórico de cambio. Este texto nace o es motivado por una entrevista larga, detenida, que hicimos con el objetivo de poner en perspectiva el camino realizado por la revolución bolivariana. Ese primer texto de entrevista fue publicado en la web de nuestra agencia (ANRed) en febrero de este año al cumplirse el aniversario de la asunción de Chávez. Pero el texto se fue engordando de a poco, con su circular, y le sucedió lo mismo que a toda experiencia política de utopía, sólo necesitó ponerse a andar.

Marcelo Maggio

Integrante de la Agencia de Noticias Red-Acción (ANRed), Buenos Aires, www.anred.org