Redoblar la campaña internacional por la libertad inmediata de Toni Negri.

Negri, Toni

 

En Herramienta Nº 7 publicamos una convocatoria internacional y manifestamos nuestro compromiso solidario con la lucha por la inmediata libertad de Toni Negri. Desde entonces, lo más significativo que podemos reportar es la adhesión de importantes personalidades al llamamiento internacional: Samir Amin, P. Boulez, J. Derrida, Daniel Cohn-Bendit, P. Bordieu, R. Castel, Benjamin Coriat, J. Culler, Regis Debray, J. Dor, F. Jameson, C. Lanzmann, D. Lecourt, Rosanna Rossanda, E. Roudinesco, R. Schérer, Philippe Sollers, J.P. Vernant, P. Virilio, Immanuel Wallerstein. Además se ha realizado un acto el 3 de octubre en Madrid, donde medio centenar de personas se reunieron frente al consulado italiano e hicieron entrega de una declaración alusiva. En nuestro país, la revista El Rodaballo Nº 8 ha publicado el texto del llamamiento y también el periódico del Movimiento al Socialismo, Solidaridad Socialista, le ha dedicado en dos números sucesivos un par de artículos.

 

 

Si se pudiera sintetizar en un párrafo el motivo de la persecución a Negri por parte del Estado italiano, tendríamos que hacerlo valorando la figura del perseguido. No es a la cabeza productora de ideas, al intelectual de gabinete, aislado de su entorno social, al que la justicia burguesa pretende ofrendar en sacrificio a sus mandantes. Negri representa justamente al intelectual comprometido con su tiempo, con las luchas de los oprimidos. Su pensamiento filosófico y político, su visión de la historia y del futuro, son un instrumento filoso que ayuda a la necesaria y crítica vivisección de nuestra sociedad, para poder avanzar en su impostergable e imprescindible transformación revolucionaria.
La paradoja de su trayectoria hace que, perseguido en Italia, por el peso de su figura en la lucha anticapitalista en los duros años setenta se exilie el Francia, y que allí su figura crezca, avance en sus investigaciones filosóficas y políticas y no baje la guardia; todo lo contrario, siga siendo fiel a su compromiso social, a su trayectoria de militante revolucionario. Y su figura sigue creciendo en su consciente regreso a Italia, en su vuelta resuelta a la cárcel, como símbolo también de la voluntad indomable de no ceder, de transformar este gesto en otro peldaño para continuar la lucha democrática por la libertad de centenares de presos y perseguidos políticos en la “democrática” República Italiana, uno de los siete países más desarrollados del Primer Mundo.
En este número queremos transcribir algunas líneas significativas de El tren de Finlandia, un ensayo donde Negri reflexiona a partir del proceso judicial al cual se enfrenta con extraordinaria lucidez:
 
Se me acusa de insurrección. Me conceden la palabra. Digo: “Soy un intelectual. He vivido siempre en contacto con una realidad cuyas contradicciones y tendencias revolucionarias he tratado de comprender. Ahora me encuentro ante los jueces para responder a la acusación de insurrección armada contra los poderes del Estado. Esta acusación me honra, paradójicamente: es decir, no porque yo haya realizado una revolución imposible, sino porque he interpretado, vivido, desarrollado un acontecimiento que ya se había producido. Es probable que yo comparezca ante este tribunal porque no se quiere tomar en cuenta esta realidad, esta insurrección que la clase proletaria ha fomentado y realizado. 1968 ha sido la única insurrección que he conocido. El espíritu del hombre ha cambiado desde aquellos días, aquellos meses, aquellos años. No queréis aceptar esta verdad. Yo, por mi parte, he consagrado mi vida a desarrollar el análisis político y la estrategia de las implicaciones de esa realidad. Hoy, me acusáis de un evento que se ha inscrito en el ánimo de muchas generaciones -deberíamos sentirnos todos orgullos de esta revolución del ser-. He tratado, y seguiré haciéndolo siempre, de superar el abismo que se había abierto entre transformación de las conciencias y posibilidades de expresión política. He trabajado delante de las fábricas y en los barrios, he enseñado la crítica del mundo burgués en las Universidades. Por supuesto, algo he hecho -y haré: dar forma política a la gran transformación-. Una transformación que vio cómo miles de obreros, de estudiantes, de mujeres se liberaban de sus servidumbres tradicionales y crueles, y volvían a hallar placer en rebelarse y construir nuevas comunidades. No se trataba por tanto de un sentimiento extraordinario, de unos pocos, cuando empezamos: el deseo de revolución era hegemónico. Y poco a poco este deseo se extendió, se alimentó de experiencias de comunidad y de movimiento. Los estudiantes fueron a las fábricas; después, desde las fábricas, persiguiendo y subvirtiendo a la cada vez más fuerte socialización capitalista del trabajo, el movimiento volvió a pasar a lo social. Política insurreccional, pero más aún, política de transformación. Se trataba de comprender cuánto había arraigado en la conciencia de las masas, en estos movimientos que convertían la revuelta en circular, progresiva y expansiva. La gran transformación es la clave del desarrollo y de los antagonismos de la conciencia social de hoy. Me acusáis de haber sido un ‘malvado maestro’ -claro, desde vuestro punto de vista tenéis razón-. He enseñado que la revolución no es sólo posible, sino necesaria, porque las conciencias ya han cambiado. Señores jueces, esta época de la transformación no puede borrarse. Vuestra arrogancia es infelicidad de la conciencia y déficit de la razón. La insurrección se ha producido: sólo en este terreno podemos seguir trabajando. La insurrección ha sido la transformación profunda y súbita de las conciencias, la hora feliz en que triunfa un tiempo nuevo. Ahora sólo se plantean dos posibilidades: o reprimir esta transformación, consolidando el modo de producción existente, con una violencia tan fuerte como la transformación, o bien potenciar la fuerza revolucionaria del inmenso proletariado social productivo. Pero el primer camino resulta inviable -vosotros mismos no podréis dejar de reconocer la evidencia: es imposible actuar sobre lo que ha penetrado tan profundamente en las conciencias: la represión sólo puede rozar la ontología, jamás anularla. En Porto Marghera, en Milán, en Turín, he vivido estas realidades, esta revolución en marcha, y este escenario político que se transformaba en horizonte de guerra. Después he visto cómo generaciones tras generaciones conquistaban, con lúcido conocimiento, el placer de ser protagonistas activos de la transformación. Vosotros habéis tratado de desertizar estos campos de esperanza, y llamáis a ese desierto paz social, legalidad, justicia. […] La historia de las luchas ha producido la ontología de la nueva necesidad de comunismo, este sujeto produce ahora historia. Y entonces este proceso nuestro no es más que una caricatura de la justicia -niega la realidad de la transformación‑, mientras que sólo la revolución de las conciencias y su capacidad de traducirse en contenido, esta fuerza auténtica del proletariado, puede hoy determinar la legalidad y justicia. Nosotros estamos en el centro de este combate entre dos fuerzas irreconciliables y opuestas. No nos comprendemos, no nos comprenderemos. Vosotros me acusáis de insurrección, me hacéis responsable de una transformación del ser que sentís más amenazadora en la medida en que es efectiva. No, no desde arriba -excava, por debajo-. Excava en las conciencias de todos nosotros, y de vuestros hijos… No esperéis del futuro más que la venganza de esta transformación de los ánimos. Temed a la historia: ella no os legitima, os destruye.”