La maldad.

1. Objeto
 
El temor por el futuro coexiste con el temor al pasado. En los 90, la Historia acaba de derrumbar el Muro del Tiempo, escribe Paul Virilio. Esto es, un travelling hacia atrás, el retroceso de la Historia implicando la retirada de los logros, la retirada del progreso. Como si todo hubiera pasado: los ideales políticos, la ética, la conciencia de lo que es justo y de lo que es bello. Un vaciamiento es cierto que implicaría por sí mismo un cambio de perspectiva, pero antes el proceso continuo de depredación de valores humanísticos. Un engullimiento hasta tocar -otra vez como en el inicio de los tiempos históricos- los relatos de la maldad. El ciberfascismo. Cuando cada ser humano carga en la espalda números de un código de barras indicando su precio en el mercado. (Al menos la palabra ser tenía algo de poético entre los romanos, quienes la habrían tomado del chino para designar al gusano de la seda, y de allí Serica al país de la seda donde habitan los seres. Por eso también sericultura, etcétera).

En 1998 pasa por Buenos Aires el sociólogo catalán Manuel Castells, de la Universidad de Berkeley. Asegura que la maldad se ha privatizado (Clarín, 16/8/1998). El lenguaje apocalíptico, los recursos literarios sacados de algún pasaje de la Bestia, dan cuenta de aquel travelling hasta chocar con el fondo de la Historia. Pero con un fondo tan profundo y oscuro, que el texto se mitologiza, se torna ambiguo unas veces, en otras delirante. Sólo en los finales del tercer milenio no hay profecías. El contenido de los escritos apocalípticos no lo forman revelaciones acerca del porvenir, sino acerca de toda la Historia que se devoró el presente. Una escatología de la depredación. Un esoterismo de otro diseño: únicamente a través de la voluntad de los medios televisivos (ex Dios) se puede llegar al público. Revelaciones hechas con nuevos símbolos -entre ellos el de la maldad- cuyo objetivo es demostrar que la decisión final pertenece al Gran Capital (ex Dios), aunque para ello ni siquiera sea necesario esperar la llegada del juicio final.
La entrevista al sociólogo ocurría por las bombas a las embajadas norteamericanas de Kenya y Tanzania: 210 muertos y 5.000 heridos. El redactor del diario le pregunta si parece que fueran los países pobres y no los poderosos “los que ejecutan el mal”. El otro responde que sí, pero a condición de que se cambie la palabra país por cultura o grupo social. No invalida la simbología del mal, modifica sí a los actores-productores de tal simbología. Allí está el horror, cuando a Occidente que se creía ya seguro, le suceden la voladura del edificio de Oklahoma City por miembros de las milicias norteamericanas luchando contra la globalización, o ciertas formas de radicalismo terrorista vasco, etcétera. El sociólogo sabe y lo dice que la causa de todo ello es la exclusión. En los EE.UU. el 20 por ciento de la población, en el Oriente Medio el 80 por ciento. Los Estados incluso perdiendo su capacidad de control de los medios de violencia a gran escala. Cualquier cosa se puede obtener en el mercado. “Se ha privatizado todo”. Incluso el mal. Se han privatizado los explosivos y, probablemente, aunque todavía no lo sabemos, las armas bacteriológicas, elementos nucleares, pero también los ex agentes de servicios secretos. La privatización de todo, doblándose hasta tocar su otro extremo, lleva a la privación de la seguridad en el propio sistema.
Hay una línea social de corte. Por arriba de esa línea, para un tercio de la población de los países avanzados las cosas van mejor que nunca. Minorías que viven en un mundo más creativo, más informado y más interesante que nunca. La globalización les permite disfrutar del planeta entero. Una economía dinámica en lo productivo y creadora en lo consumista. Tienen arte y ciudades bellas. Son los productores de globalización y devoradores de su parte calificada. Para Castells éste es un centro que se va achicando toda vez más. Sobre la misma línea, los grupos que sobreviven sin muchas perspectivas refugiándose en su individualidad. Para estos parece claro que no se puede hacer nada y el “sálvese quien pueda” pasa a su dinámica ontológica. Una mayoría que en los países ricos entra en una especie de apatía y sigue estrategias individualistas.
Por debajo de la línea las zonas de exclusión social. Son los que sobran y molestan. A quienes la crisis económica, la crisis cultural, la fragmentación y dilución de sus poderes golpea de una manera jamás vista. Se atrincheran entonces en valores fundamentales como Dios, Familia o Patria, que no pueden ser disueltos por los flujos de la globalización. Pero también se instalan en los grandes circuitos de la delincuencia sistémica. Es su última probabilidad. Declarados muertos civiles por el prototipo de desigualdad, no tienen ya nada que perder.
Muchos de esta franja inferior dicen “yo, en este sistema de globalización, competitividad y tecnología, no tengo nada que hacer”. Entonces ejercen una oposición al sistema desde fuera del sistema. Aunque aún sin crear una cultura propia. La lucha de clases podía ser una coexistencia conflictiva. Pero la oposición de marginados e integrados es, “en el fondo, como la oposición de alguien que no pertenece a la misma especie humana y, por lo tanto, se lo puede destruir con toda la violencia”. Lo que Castells trata de decir con ello, es que la lucha de clases de la modernidad ha sido sustituida por un fílmico, virtual combate entre el mal y el bien. Entre sujetos espaciales no humanos y humanos. Replicantes contra legítimos. Se desbarata incluso la solidez de la palabra ser, ese principio constitutivo de las cosas La violencia de los exclusivos se dirige contra los no seres. Subhumanos. Aquellos que, sin nada que perder, entran a una embajada envueltos en explosivos.
En las ciudades del sur tucumano, cuando faltaban unos meses para el fin del milenio, los adolescentes y jóvenes que salían de colegios secundarios se reunían a tomar cerveza. Perseguidos por la policía, conseguían un último lugar donde conversar, tomar y mirarse sin represión: los cementerios. El cementerio era el espacio que el modelo reservaba para los jóvenes. El símbolo no podía ser más dramático. Los chicos encontraban en el cementerio un lugar para ellos, algo para ellos, algo que no perteneciera al modelo que era todo lo demás. La exclusión los arrinconaba en el cementerio. (Recordemos que el primer sujeto de exclusión es la juventud). Pero al mismo tiempo y desde el cementerio, ellos elegían la sociabilidad y la vida. El símbolo de la vida se iniciaba en el símbolo de la muerte. Casi un parto prehistórico, un acto ritual rodeado de íconos y monolitos. Desde el cementerio, entre cervezas, los chicos miraban al mundo y al terror en los rostros de sus padres. Desde aquí lo que el terrorismo de Estado primero, y el terrorismo económico después, habían logrado en las almas de sus padres. El cementerio era el lugar ideal para apartarse de la descomposición de los vivos y ver el mundo desde un sitio donde el zapping estuviese obturado. Arrinconados en el cementerio, recuperaban la vida.
Pero también están los otros, los de la franja de corte en las periferias, los que intentan prenderse ilusoriamente a la globalización para seguir siendo. En los noventa noroestinos, mediante la compra de un electrodoméstico a crédito se regalaba un teléfono digital. Se podía ver en las calles a centenares de pobres llamando con los teléfonos móviles, pero no a la Bolsa, sino al vecino para hacer un chiste. Pronto los abandonaron porque no podían pagar las cuentas. En Buenos Aires se contaba de alguien que hablando por la calle pisó un agujero y se mató en el golpe. Cuando recogieron el teléfono observaron que era de juguete. Murió tratando de impresionar que estaba prendido a la globalización.
Para los EE.UU., es la pequeña burguesía de movilidad descendente la que organiza los atentados. En el caso del mundo islámico, una reacción al fracaso del proyecto de modernización del nacionalismo árabe, boicoteado por el propio imperialismo que ahora recoge el estallido de lo que sembró.
Ben Laden por ejemplo, hermano de Rambo III. En los años 80 el imperio reclutó combatientes musulmanes para enfrentar con muyaidines auténticos, voluntarios hasta la muerte, al mal, a los invasores comunistas en Afganistán. Hijo de una familia saudí de origen yemenita con una fortuna calculada en cinco mil millones de dólares, Ben Laden era uno de los ocho mil emires de Arabia Saudita, miembro de la familia real, que entrenado por la CIA en un campo cercano a Estambul, se convirtió en jefe legendario. Durante tres años combatió con el fusil Kalashinikov en una mano y el Corán en la otra, a la superpotencia “atea y comunista”. Pero EE.UU. después no le dio lo que pedía (ya lo había usado) o no le dio todo, y a los 44 años declaraba que los norteamericanos eran el enemigo del Islam: “y por eso es de todo buen musulmán matarlos, sean civiles o militares”. Allí, en Afganistán, había combatido el héroe de los héroes del capitalismo de los 80, Rambo, un Reagan contra los rusos masacradores de afganos junto a un Ben Laden, un Pinochet ficcional. “Nosotros tuvimos un Vietnam, ahora ustedes tienen su Afganistán”, explica justicieramente Rambo III. Los héroes Ben Laden disparaban sus armas para la democracia occidental. Allí está ubicado ahora, en el mismo Afganistán ocupado por los talibanes (monjes-soldados estudiantes de las escuelas coránicas), pero contra la globalización, Ben Laden, jefe del Frente Islámico Internacional, el que metería las autobombas en las embajadas de EE.UU. en Africa. Lo que la CIA le enseñó.
También los nacionalistas fanáticos norteamericanos odian a la globalización, y son dos millones de militante activos. Reacción contra el hundimiento de los valores tradicionales, contra el desalojo rural por parte del gran capital, contra el desalojo de la asistencia y una educación con chances.
La globalización excluye individuos, grupos, zonas y a todos aquellos sectores que no tienen capacidad para seguir su ritmo. Se trata de un proceso dictatorial. Los que no pueden aguantar el ritmo lo perciben, se enloquecen, odian, o se tornan pasivos. Otros no preparados psicológicamente para los cambios ordenados por el capitalismo tardío, se refugian en los valores del pasado muerto.
En los EE.UU. de los 90 se generaba mucho empleo, pero calificado. Los salarios del tercio inferior disminuían en términos reales y sus condiciones de trabajo empeoraban. En la familia tipo (“Hogar dulce hogar” de Young, con Lorenzo, Pepita y sus dos hijos, el empleo, la lavadora y el american way of life de los años 40) antes hacía falta un salario, pero ahora se requiere dos. También la globalización rompe con esta familia. La proporción de hogares norteamericanos que siguen el modelo tradicional de papá, mamá y los chicos de cualquier matrimonio, es sólo del 23%. Si se trata de hijos biológicos de esa pareja entonces la tasa cae al 7% de los hogares. Esto es lo que queda de la familia norteamericana de Lorenzo oficinista y Pepita ama de casa moderna y bonita. Se desmoronó la familia patriarcal que era el refugio psicológico del estilo de vida americano. Los que caen de la franja sienten que dejan de ser ciudadanos, que pierden de continuo controles sobre los procesos que afectan su vida cotidiana; que el Estado ya no les sirve. Entonces se atrincheran en una Iglesia apocalíptica, una idea contra la maldad, o en la salvación individual.
Los propios debeladores de la fragmentación, no quieren verse ni por un momento afuera del sistema. Horror. Una sección entera de un diario porteño del domingo 16 de agosto de 1998 estaba encabezada -y luego cada artículo- con esta leyenda “Globalización y Barbarie”. Reproducía el Civilización y Barbarie sarmientino, pero un siglo después y con otra dirección. Todo lo que no es globalización es barbarie. Todos los que no alcanzaron el ritmo, la eficiencia, el saber, la inclusión, son los bárbaros. No decir para el caso que la forma expansiva de la globalización, sin un cómo ni un para qué, dogmática, autoritaria, es una manera de la barbarie. No decir para el caso que la globalización como documento de civilización puede contener elementos inequívocos de barbarie. Finalmente, en este corte discursivo, Ben Laden no tendría nada que ver con los EE.UU.
El mundo que produce la globalización parece dejar al mundo que sólo la consume en manos de talibanes y Ben Laden. Estos cierran las fronteras, golpean a los que se resisten e insultan a los de afuera. ¿Qué fue el menemismo sino una mafia de preparados en el Corán del neoliberalismo? El fundamentalismo privatista privó a millones incluso de sus antiguos derechos.
En los contornos de la maldad y para una sección de generación -la de los Beatles-, la frase de Aragón: “Una noche cualquiera, el futuro pasa a llamarse pasado”. Por lo mismo, en esta idéntica noche, y construida por la misma generación, el pasado al que se observaba en sus exequias, pasa a llamarse futuro. La feudalización posmoderna, las fragmentaciones en castillos de incluidos abroquelados, defendiéndose y atacando, inserta relatos también medievales. Los filmes preferidos son de caballeros, escuderos y sus andanzas intergalácticas arrasando con la Bestia del Apocalipsis. Hay que acogotar a la maldad. Pero la maldad está dentro del sistema y allí es cuando ocurre lo impredecible. El preparado por la CIA, el emir saudí, el amigo del tercer Rambo, hace volar por los aires la embajada del propio Rambo.
 
 
2. Historia
 
 
El valor maldad tiene una historia reciente, complicado con la crisis del capitalismo que vulnera la estabilidad del sistema, con la sensación de no remediabilidad pacífica de sus contradicciones, de las histerias colectivas, la brutalidad sobre lo diferente, la congoja por los cálculos erróneos, la opacidad del futuro, cerrazones del sentimiento, lobreguez, insatisfacciones acumuladas, disgregación de las salidas compartidas. El disparo de lo individual contra todos los que están alrededor y se intuyen enemigos, contra todos los que se piensan deben perecer por sustancia de perdedores. La maldad se erige como la marca, la frontera ideológica romana.
Al libro lo distribuyó en español la embajada alemana en Buenos Aires hacia 1940-1941. Publicado por la Editorial Volkund Reich de Berlín, se titulaba: Los horrores polacos. Cometidos en Polonia con los miembros de la minoría alemana. La primera frase, los horrores polacos, se mostraba en letra cursiva, cruzada sensacionalmente sobre la portada del libro.
El texto se inicia con una serie de citas históricas que comprueban la maldad del pueblo polaco, y la consecuente justificación de por qué la ocupación y guerra contra el polaco. Hasta noviembre de 1939 la cifra de 5.437 alemanes civiles asesinados en Polonia. Después de la ocupación y hasta febrero de 1940: 58.000. (Es decir después de la ocupación, la cifra se multiplicó por diez). En Bromberg y Posen se crearon tribunales cuyas sentencias eran dictadas de acuerdo con las leyes alemanas, y trataron sobre las “Atrocidades cometidas por polacos en Bromberg, Pless y Stopanica contra individuos de origen alemán”.
Se explica que el acuerdo germano-polaco de conciliación de 1934 fue saboteado por los enemigos de la aproximación, por asociaciones clauvinistas, sometidas a un fuerte influjo judío. A renglón seguido los documentos de los tribunales de Bromberg, donde se demuestra cómo el terrorismo polaco presenta el rostro de la maldad pura: “Los alemanes fueron abandonados indefensos, por la policía, a los improperios de la multitud excitada, a sus golpes, bofetadas, patadas, puñaladas, latigazos, pedradas y botellazos, pero con mucha más frecuencia entregados a los soldados polacos, maltratados y asesinados”.
Después de la sección “Documentos” que incluye las declaraciones de alemanes que salvaron sus vidas, viene una parte horrorosa de fotografías, por lo común de cadáveres descompuestos, desenterrados de fosas luego de la ocupación. Algunas leyendas debajo de las fotos: “Willy Heller, de 19 años de edad, otra de las víctimas del lago Jesuitersee, 33 puntazos con puñal o bayoneta”; “Otto Kutzer, de 73 años de edad. Junto con él fueron asesinados su hijo, el pastor Kutzer, de 46 años de edad y cinco alemanes”.
Los documentos de los tribunales se acompañan con títulos como: “Una mujer en meses avanzados fusilada y arrojada a una pocilga”, “El Padre Breitinger, cura de almas de los católicos alemanes de Posen, describe el convoy de evacuados de Posen”, “Una locomotora aplasta a dos vagones ocupados por alemanes arrancados de sus hogares”, etcétera.
Recapitulemos. En la vieja Polonia terrateniente el cuarenta por ciento de la población no era polaca. Los círculos gobernantes polacos oprimían con crueldad a las minorías nacionales. En 1926, el cabecilla de los militaristas , el mariscal Pilsudsky, inauguró en el país la revuelta fascista. Las organizaciones obreras fueron desbaratadas y destruidas. Millares de demócratas sufrían en prisiones y campos de concentración. El 1° de setiembre de 1939 Hitler ordenó la invasión de Polonia, arrojando las principales fuerzas del ejército alemán. La cúspide gobernante polaca abandonó al ejército, al pueblo, y huyó del país. Muchas unidades del ejército y la población de Varsovia enfrentaron la invasión, pero en tres semanas los nazis ocuparon todo. Comenzaba la II Guerra Mundial, culminación a otra escala de la crisis de 1929.
En Buenos Aires el libro, tirado de a miles de ejemplares, ayudaba en la demostración de la justeza de la lucha contra la maldad.
Decía el inglés Edward Carr que la historia es aburrida cuando no sirve para nada. Aquella lucha contra la maldad polaca fue la justificación para que Alemania nazi construyera en Polonia “fábricas” de exterminio. Las más titánicas de la civilización occidental. Y el pueblo es el que pagó con sus vidas. Las minorías perseguidas, como los judíos, después de la ocupación no fueron liberadas, sino conducidas de a millones a los campos.
Los atentados terroristas sobre las embajadas norteamericanas en Kenya y Tanzania resultan injustificables para la conciencia humana. Tan bochornosos como lo habían sido las persecuciones del fascismo polaco sobre las minorías. Pero arrancan también de una crisis reflejada en las Bolsas, con la diferencia que sesenta años atrás se iniciarían en el centro -Wall Street- y ahora se instalan en la periferia, tratando el centro de recibir sólo sus ondas más débiles.
Pero lo grave es la respuesta de EE.UU., porque de esta forma se crea el conflicto de la maldad. No un discurso fundamentalista sino de repente dos. La diferencia es que el segundo tiene todas las armas del mundo, como las tenía Alemania en 1939.
Primero. El lenguaje de la maldad, apocalíptico, mediante revelaciones hechas con nuevos símbolos, tiene como objeto demostrar que la decisión final pertenece a los EE.UU., y para ello no es necesario esperar la llegada del juicio final. El juicio está tomado. Frente a la maldad la libertad, es decir el poder de EE.UU. de involucrarse libremente en el comercio de sus ideas y sus bienes materiales en cualquier parte del mundo. El que desconozca algo de estos derechos del Gran Señor se convierte en un pueblo que odia la libertad. En consecuencia será tratado como tal. “Lejos de ser sagrado, el terrorismo presenta el rostro de la maldad pura (...) Creemos en la libertad y eso significa la libertad de involucrarnos en el comercio de nuestras ideas e ideales así como también de nuestros bienes materiales y servicios. Todo individuo o grupo que busca privarnos de esta habilidad de movernos como miembros de la comunidad internacional es un enemigo del pueblo amante de la libertad en cualquier lugar del mundo y será tratado como tal” (William Cohen, Secretario de Defensa de los EE.UU., en Clarín 23/8/1998).
Segundo. Si de un lado está la maldad, del otro sin falta la bondad. En la sociedad civil y política, el pensamiento binario (negro-blanco, malo-bueno, libertad-subversión), es siempre autoritario. Si eso se hace extensivo a las relaciones diplomáticas, las consecuencias son aún peores. El “bueno” tiene el derecho de intervención y aplastamiento sobre la parte del mundo que considera lo “malo”. Rambo es fuerte y valiente porque es bueno. “Sólo podemos permanecer libres mientras continuemos fuertes y valientes. Pretendemos hacer precisamente eso. Esos Estados que promocionan o respaldan actos de terrorismo no están más allá del alcance del poderío militar de los EE.UU.” (W. Cohen).
Tercero. El que emite el discurso de la maldad del otro lo hace con el poder mediático de la posmodernidad. Ya no es el Ministerio de la Verdad basado en la prensa y la radio como en 1939, ahora se agregan televisión y ciberespacio. En el lugar de la palabra comunismo, desaparecida, el Señor de la Bondad instala la palabra terrorismo. Contra la maldad ni siquiera se pondrán en guerra organizaciones militares, sino: yo y mis amigos; o yo solo. “Como siempre, trabajaremos con nuestros amigos en todo el mundo donde podamos, pero también estamos listos para actuar unilateralmente” (W. Cohen). Al terrorista -que es aquel que interrumpe la circulación de ideales y mercancías de los EE.UU.- se le aplica el terrorismo de Estado global. La globalización convertida en eso, terrorismo global.
Cuarto. Un ser de la maldad no es lo mismo que un ser de la bondad. Los “otros” son seres vivos como las cucarachas, los “nuestros” son seres humanos. La ecuación de igualdad tiene este carácter, todo lo que pierde de humanidad uno de los términos del binomio, lo gana en humanidad el otro. Los doce norteamericanos muertos en las embajadas no tienen la misma identidad que los otros 200 y 5.000 heridos. Pero los doce son incomparablemente más humanos que esos civiles muertos en los lanzamientos de misiles “inteligentes” sobre Sudán y Afganistán: los Tomahawk (hacha de guerra de los indios de las grandes praderas de América del Norte). Los seres de la maldad -como en las películas de Rambo- no tienen alma, ni una madre ni un hijo. Son seres borrosos, y al pasar toda su humanidad al otro término, los humanos se vuelven semidivinos. La maldad se esconde como las ratas. “Aquellos que atacan a ciudadanos de los Estados Unidos no encontrarán ningún lugar seguro donde esconderse” (W. Cohen).
Quinto. Declarada la guerra a la maldad, comienza en efecto la verdadera guerra. El mismo informe nazi atestiguaba que las pérdidas de ciudadanos alemanes en Polonia, después de la ocupación, se habían multiplicado por diez. La “razón” bélica que pretendía evitar la muerte, la había elevado por diez.
Pero las multitudes de finales de los 90 parecían cansadas y la nueva guerra no las fascinaba como en 1939. Querían trabajo, aunque las Bolsas se los negase. Por lo demás, el explosivo plástico usado contra las embajadas era de fabricación norteamericana, vendido por las grandes empresas. ¿No eran éstas acaso terroristas?
Erich Fromm decía en 1962 que no había duda de que estaba naciendo un mundo uno y quizás fuese ese el acontecimiento más revolucionario de la historia. Pero la cuestión es si este mundo naciese como un mundo habitable o terminaría por ser un gran campo de batalla único. La guerra entre un Islam fanático y un Occidente también fanático vulnera toda la tradición bíblica, allí donde Oriente se encontraba con Occidente en las palabras de Isaías, considerando que todos los pueblos tienen el favor de Dios y no hay ningún pueblo predilecto.
El terrorismo del adiestrado por la CIA, el emir saudí Ben Laden, el amigo de Rambo III, es apenas un epifenómeno primario de los tomahawk, es decir de lo más alto en la ciencia y tecnología aplicadas a la destrucción. El misil que viaja entre diez y cuarenta metros sobre el suelo, estableciendo en un sistema de coordenadas de su computadora la topografía de manera que logra viajar a 900 km/h siguiendo en paralelo los accidentes del terreno, evitando su localización por la baja altura y por su segundo motor que casi no libera calor, corrigiendo el rumbo mediante el satélite y lo central, atravesando mil kilómetros hasta dar en el blanco con un margen de error de cinco metros. En la ojiva del misil, la ideología de la maldad.
Los indios de las praderas norteamericanas tal vez lo imaginaron. Pero no que les robarían incluso el nombre de sus hachas de guerra.
 
 
3Cambios culturales
 
 
La primera característica histórico-mítica del mal es lo sombrío, lo misterioso, lo escondido. De aquí -dice Alan Macfarlane (1987)- su asociación con noche, oscuridad, negro, secreto. De aquí también la segunda característica: fuerza agresiva que trata de destruir la felicidad y el bienestar de la sociedad “normal”, por lo tanto insidiosa, de motivos perversos, que pone de cabeza los valores sociales. Una gran cantidad de energía empleada en las sociedades campesinas de origen antiguo, tratando de contener y derrotar al mal mediante el empleo de hechiceros, tanto en colectividades católicas, hindúes o mahometanas. La vida y la sociedad amenazadas por una guerra que nunca concluye.
Durante la dictadura de 1976-83, un Santo Oficio militar de Inquisición societario instrumental del Estado, estableció una maquinaria compleja, entre legal y clandestina, para descubrir y destruir el mal encapsulado, enroscado. Fue una hoguera tan alimentada que incluso hizo desaparecer las realidades humanas. La vasta conspiración subversiva del comunismo internacional, que en realidad venía a prolongar la persecución a heréticos, judíos, luteranos, mahometanos, masones, gitanos, etcétera. Con una distinción sustantiva: la nueva Inquisición debía servir al parto de una clase. El viejo Demonio se expulsaba con tormentos. La Guerra de Contrainsurgencia -con especialistas adiestrados en las bases norteamericanas entre ellas Panamá- prolongaba los cuatro siglos de Guerra Santa librada en Hispanoamérica.
Caído el nazismo, el mundo del mal fue abandonado en masa por los pueblos europeos. Ocurrió como un desencantamiento de sus posibilidades, alcances y consecuencias. Se entraba en la economía del llamado capitalismo de bienestar. El mal quedó relegado -a lo sumo- a caricaturas inofensivas del suspenso en los filmes de Hollywood. Tal vez Hitchcock en “La ventana indiscreta” (1954) o “Psicosis” (1960).
Las dictaduras latinoamericanas de los 70 caen al concluir lo que ellas piensan su obra inmortal: la destrucción de la sociedad civil. Así instalan la economía de mercado; luego continuada por la clase recién parida, vestida de democracia de la desigualdad.
Cambios tecnológicos, científicos, de organización y acumulación, redujeron en el hombre de los países centrales su vulnerabilidad. Se eliminó lo misterioso o quedó circunscrito. Al mismo tiempo, la exclusión social en la periferia del mundo, acentuó -en particular en las geografías árabes- la idea del mal, como un acto de desesperación aferrado a la conciencia religiosa. En el mundo central la gente empezó a percibir que todo puede ser explicado ese día o al día siguiente. Las mejoras en el modo de vida, el seguro social, los viajes turísticos, la reducción de los riesgos, las pautas lógicas, la convicción asentada de que ya no habrá más revoluciones, ni grandes sacudidas sociales. La sociedad de la satisfacción creando un hombre confiado que, para defender esta seguridad, cierra las fronteras de Europa, cierra las de los Estados Unidos y cierra las de Japón. Entonces cae el Muro de Berlín, desintegrándose la URSS y el llamado “campo socialista” de Europa oriental. El último enemigo de Occidente acababa de extinguirse. Y esa era la palabra, “extinción”, apagarse, como un fuego que no lograba permanecer encendido. Se apagaba también por no soportar la competencia en los gastos de la Guerra Fría, y porque el capitalismo flexible y atosigado se mostraba como un sistema que podía seguir dando más, sin competencia frente a las burocracias creadas por el modelo estalinista de socialismo. El mundo rico dejaba de tener enemigos, y eran los filmes de un Drácula bueno, un Frankestein gracioso, un Abismo estrictamente de efectos especiales, un Péndulo sin otros efectos. El árbol del mal destruido cuando sus raíces quedaban al aire merced a la irrupción del capitalismo tardío. Parecía incluso que la ciencia sustituía enteramente ya a la magia. Parecía que la adolescencia del mundo había por fin acabado. Que los delirios encontraban después de una cama empapada, la luz del sol. Que los caprichos del ayer se sustituían por las ecuaciones fulminantes de los ordenadores. Que cualquier desastre podía entrar en la prognosis. Que se sabe lo suficiente como para que casi todo pueda ser explicado. El mal se marchitó en las conciencias de estas multitudes relativamente acomodadas.
Entonces ocurrió que a la caída del Muro y a los estragos del capitalismo depredador en Africa o América Latina, los negros del Sur y los pobres del Este empezaron a presionar y golpear sus cabezas contra las fronteras de la Europa segura y los Estados Unidos seguros. Entonces ocurrió que el complejo militar-industrial norteamericano necesitó crear otro enemigo que justificara la continuidad de su mercado. Entonces ocurrió que las zonas de exclusión del mapa se aferraban a cualquier religiosidad que diera respuestas al porqué se quedaban sin economía, sin educación, sin salud, sin trabajo, sin esperanzas. Entonces ocurrió que el capitalismo se mostró tal y cual es, lanzando por la ventana el ropaje del Estado benefactor, una vez que el mundo observó cómo aquello que se llamaba socialismo había fracasado en la realidad de un modelo de materialidad competitivo. Entonces el capitalismo se tornó colonialismo de la posmodernidad, transformó sus organizaciones financieras en estructuras de poder colonial, transformó su modo de producir, desbarrancó a centenares de millones de seres de sus puestos de trabajo afuera y adentro de las fronteras, movilizó sus capitales de un lado para otro, destruyó todo lo que podía ser competitivo desde las economías distributivas, periféricas y cooperativas, aniquiló a miles de organizaciones sociales y sindicales, volteó derechos de los de abajo como palitroques en el juego de bolos, se multiplicó y adueñó de lo que pudo creando a un tiempo hipermercados globales que maravillaran a las multitudes con sus góndolas de formalidad infinita; ganó los sueños de los desesperados; creó los ricos de mayor riqueza de la historia, redistribuyó dejando a las dos terceras partes de la humanidad sin nada pero con televisores de cien canales eufóricos mostrando lo que se puede hacer y tener si se logra atravesar la línea hacia la inclusión. Y la palabra mal, que parecía olvidada, desaparecida como valor social, retornó como un sudario de los sin nada, y como una paranoia de los poderosos. Un agotamiento del modelo en sí, un entumecimiento del brazo que sólo en una década golpeó a miles de millones de seres con frenesí fundamentalista de mercado. Las crisis de las bolsas, los efectos tequila, arroz, bovino, cualesquiera rompieron la representación del progreso indefinido de la acumulación de un lado y pauperismo gozoso del otro. Empezó a financiarse desde arriba el mercado del mal. Esto es, un nuevo producto cultural autónomo, una manifestación del desmayo del brazo castigador. La maldad cayó en la rueda del curso ideológico del capital, otra vez, pero ahora como acto globalitario de los poseedores de todo. Por lo mismo una narcosis, un coma, una alucinación de enemigos por doquier. Una pesadez de simulacros y otras guerras como entrenamientos de muerte sobre los oscuros, escondidos, negros, nocturnos, secretados. Otra corrección en la civilización occidental. Guerra del Golfo como el primer conflicto bélico colonial de una posmodernidad dirigida por exclusivos. Masacres en Ruanda y Zaire como los primeros conflictos bélicos de unos basureros coloniales en la posmodernidad de excluidos. Infiernos con otras sustancias.
Super Nintendo. Misión 6: El Enemigo Final es el Halcón Rojo. Aparecerá desde arriba, tendrá dos garras y en cada una de ellas sostendrá una criatura parecida a una serpiente. Dispara y cuando hayas destruido una de las garras, puedes eliminar la otra saltando y agachándote antes de precipitarse sobre ésta sin dejar de disparar. Si juegas a dúo puedes destruir ambas garras simultáneamente. Luego le dispararás a la cabeza esquivando a las criaturas que caen de cada garra. En el juego a dúo uno de los jugadores dispara contra la cabeza mientras el otro lo cubre. En esta etapa existe un sistema para llegar al número máximo de vidas. Después de un rato de dispararle a la cabeza aparecerá el Cerebro del Halcón Rojo. Cuando el helicóptero te eleve para sacarte de la base serás atacado por última vez por el cerebro, y lo hará desde abajo. Utiliza tus bombas y disparos para destruirlo. El cerebro es rápido pero su derrota te resultará sencilla y podrás encaminarte a un final verdadero, con un espectáculo muy extenso y la totalidad de los créditos.
Fue durante la Guerra del Golfo que el show de la destrucción de la maldad (Saddam y todo el pueblo iraquí) fue sostenido psicológicamente en los EE.UU. por dos acontecimientos: uno abajo en las calles, y otro arriba en la cultura. En la ciudad de Los Angeles unos veinte policías le rompían el alma a patadas a un negro pobre, transmitiendo el jefe de la patrulla por radio policial: “¡Mi Dios! puedo jurar que hacía mucho no le pegaba así a un tipo”. Esto mientras el público miraba en los cines The silence of de lambs (aquí, El silencio de los inocentes) donde una agente del FBI debe apresar a un violador de mujeres que despelleja a sus víctimas para vestirse con su piel, visitando por ello en prisión para que la oriente, a un psiquiatra psicópata que canibalizaba a sus víctimas. La sociedad norteamericana debía defenderse del mal en las calles, es decir del negro Rodney King vestido en la madrugada del 91 con un automóvil desvencijado, o bien de aquellos otros vestidos de pieles de mujeres despellejadas. Mientras esto ocurría por abajo, por arriba se discutía si editar o no la novela de Bret Easton Ellis American Psycho. Patrick Bateman (podía leerse Batman) es un elegante yuppie de 26 años, agente en Wall Street, que sale de una fiesta de etiqueta donde se presenta una nueva marca de equipos de remo computarizados. Los valores con los que se relata la vida son a partir de las marcas más caras de que se compone precisamente la vida. El personaje se autodescribe con su moño de seda de Saks, mocasines charolados de Baker-Benjes, gemelos con diamantes de las Galerías Kentshire, una chaqueta de Luciano Soprani, una billetera de avestruz de Bosca, un Rolex de oro comprado en H. Stern. Está aburrido y ya es de noche. Pasa caminando por la calle Catorce. Un vagabundo negro yace en la puerta de una tienda, rodeado de bolsas de basura y un carrito de compras, con un cartón pintado a mano y pegado en la parte delantera del carrito que dice: “Tengo hambre y soy un homeless por favor ayúdeme”. Hay olor a excrementos. El vagabundo tiene barba de varios días. El protagonista describe las marcas de la ropa que el infeliz borracho lleva puesta, y le pregunta si necesita dinero. El homeless asiente. El yuppie extrae de su billetera un billete de diez dólares, cambia de idea y le muestra uno de cinco. Pero no se lo da y le dice: “¿Por qué no se consigue un trabajo?”. El otro contesta que perdió su trabajo: “Tengo tanta hambre”, continúa. El protagonista insiste: “¿Por qué no se busca otro trabajo?” El otro responde que tiene hambre. El protagonista insiste: “Escuche: ¿le parece justo sacarle plata a la gente que sí tiene empleo? ¿Que sí trabaja?”. El negro masculla con voz áspera: “¿Qué puedo hacer?” El otro le aclara: “Consígase un condenado empleo. Su actitud es negativa. Yo lo ayudaré”. El vagabundo dice llorando: “Es usted muy amable, señor. Muy amable”. Bateman agrega: “¿Sabe lo mal que huele? Apesta. Apesta a ... mierda. Deje de llorar como un marica. No sé... no tengo nada en común con usted. ¿Se da cuenta de qué clase de maldito perdedor es usted?”. Entonces el protagonista saca un delgado cuchillo dentado y le arranca un ojo. El linyera está demasiado sorprendido para gritar. Después Bateman lo apuñala en el estómago una y otra vez, arrojándole una moneda de 25 centavos a la cara: “Andá a comprarte un chicle, negro hijo de puta”. Camina y entra al Mc Donald's de Union Square donde pide un batido de leche con vainilla.
Después de muchas polémicas públicas el texto llegó a las librerías, pero nadie se animó a filmarlo. Era como mostrar una escena del Nuevo Orden Internacional creado con la Guerra del Golfo, escribiría Tcherkaski en 1992. Luego de los atentados sobre Sudan (fábrica que producía la mitad de los medicamentos del país) y Afganistán, la película, ya filmada, podrá verse en cine en los próximos días.
La crisis de las Bolsas está haciendo estragos en el capitalismo. Es el anticipo de una nueva gran escala de concentración de capitales, de recesión y exclusión para millones. Como en los años 30, en el horizonte se divisa otra vez la maduración de una salida: guerras con fascismo. Lo distintivo es hoy, que ya no hay entusiasmo por esta alternativa. A lo sumo se la verá por televisión. En tiempos históricos -es decir de una brevedad que supera el lapso de una vida humana- no hay otra salida que una redistribución global de la riqueza. Incluso es posible que la conciencia de la redistribución global haya comenzado.