El Manifiesto Comunista y la urgencia de emprender una crítica marxista del progreso.

Vega Cantor, Renán

Texto leído por el autor en la sesión inaugural del Cuarto Encuentro de Revistas Marxistas Latinoamericanas - Buenos Aires, 25 de septiembre de 1998

 
¿De qué depende la vitalidad de un pequeño libro como el Manifiesto Comunista? ¿Por qué siglo y medio después nos seguimos ocupando de él? ¿Por qué, aunque un proyecto como el de Marx se declara muerto y enterrado, sigue siendo centro de atención en todos los rincones del mundo? ¿Por qué, a pesar del fin de los “socialismos históricos” en su versión soviética -señalado por más de un crítico de Marx como la prueba definitiva del fin de cualquier intento revolucionario anticapitalista- hoy el análisis del Manifiesto Comunista sigue retumbando en la cabeza de la burguesía mundial y más de un capitalista se sigue asustando ante el espectro del comunismo? Todas estas cuestiones han motivado más de una reflexión en este año conmemorativo del 150º aniversario de la aparición del documento político más leído en la historia de la humanidad. Personalmente pensamos que la respuesta esencial que marca la actualidad del Manifiesto Comunista reside en dos aspectos: de una parte, la siempre viva realidad capitalista -telón de fondo de ese documento-; de otra parte, la propuesta de superar el capitalismo mediante la lucha organizada y colectiva de los trabajadores como sujetos sociales y activos de la historia.

En cuanto al primer punto, el análisis de las características estructurales y fundamentales de la sociedad capitalista aparecen ya nítidamente esbozadas en el Manifiesto Comunista, aunque en ese año de 1848 sus autores, todavía muy jóvenes, no hubieran consolidado ni desarrollado por completo sus imperecederas contribuciones teóricas y políticas. Pero lo básico ya está enunciado en el Manifiesto Comunista: clases sociales, lucha de clases, el carácter central del trabajo y la función revolucionaria de los trabajadores, la tendencia incontrolable del capital a expandirse y a rebasar las fronteras nacionales, la constitución de un mercado mundial, el papel activo de las comunicaciones en la destrucción y sometimiento de las economías precapitalistas, la ganancia como el móvil central del capitalismo, las crisis periódicas del sistema industrial moderno y sus efectos negativos sobre la población pobre, etc. Es sorprendente que en tan pequeño libro se haya elaborado un cuadro tan global y omnicomprensivo para entender el funcionamiento del modo de producción capitalista. Es el espíritu -y en muchos casos hasta la propia letra- del Manifiesto Comunista lo que no deja de asombrarnos hoy cuando la relación social capitalista abraza a todo el orbe, cuando el capital ha demolido las “últimas murallas chinas” para mercantilizar todo absolutamente todo -incluso hasta los genes- y completar su obra de deshumanización y destrucción.
Este “diagnóstico” del Manifiesto Comunista, al margen de detalles, sigue siendo muy coherente para entender el mundo actual. Es por esa razón que ningún otro manifiesto o seudomanifiesto de los que abundan en estos días, ha podido siquiera aproximarse a entender los razones fundamentales que explican las características y contradicciones del capitalismo. Es decir que ninguno de esos libelos de moda -bien sean neoliberales o posmodernos- ha podido enunciar de una manera sintética y comprensiva los rasgos dominantes de la sociedad contemporánea. Cuando mucho han llegado a caricaturizar de tal forma a esta sociedad que se han contentado con rebautizarla de múltiples formas imprecisas, como si con esos nuevos nombres se solucionara la cuestión. Lo único cierto es que, como lo enunciaba el Manifiesto Comunista, el capitalismo sigue ahí, aunque obviamente modificado, con todas sus miserias e injusticias.
Y, precisamente, acá examinamos el segundo aspecto: el relativo a los “sepultureros del capitalismo”. Si el Manifiesto Comunista se hubiera reducido a ser un “diagnóstico” sobre el capitalismo, este texto no pasaría de ser un libro más, como el de cualquier sociólogo o economista de los que hoy pululan en la cátedra universitaria. Pero el Manifiesto Comunista supera el academicismo y la “frialdad” científica, porque se atreve, con todo el rigor de la razón,pero también con todo el ímpetu de la pasión,a señalar que la modernidad capitalista ha creado por primera vez en la historia humana las condiciones para lograr la emancipación de los seres humanos.
Pero, en este punto, el Marx y Engels del Manifiesto Comunista pecaron por exceso de optimismo, al considerar que el triunfo del proletariado era inevitable, lo que supuso darle un cierto carácter de fatalidad a la historia. Para no ser injustos, tenemos que decir que aquellos eran dos hombres que al escribir ese libro vivieron en una época determinada, bastante influida por el Iluminismo y la fe en el progreso. Hace 150 años, todavía el capitalismo no había mostrado los límites del progreso, y Marx y Engels en ese momento eran tributarios de ese culto al progreso y de una concepción lineal y evolutiva de la historia. Esto, sin embargo, no debe llevar a desconocer que el acento sobre la acción de la subjetividad en la historia, la construcción de un sujeto social y la necesidad de la organización política de una clase, se constituyeron desde entonces en temas imprescindibles de la reflexión revolucionaria, como lo siguen siendo en estos momentos, aunque por supuesto teniendo en cuenta las transformaciones del mundo, tanto del capitalismo como de los proyectos revolucionarios.
Del Manifiesto Comunista debemos recuperar desde nuestra América la lectura crítica radical de la realidad capitalista del continente, para entender los efectos destructores del capitalismo sobre los seres humanos y sobre la naturaleza y también para construir o reconstruir una nueva subjetividad social, de la que formen parte activa todos los explotados y oprimidos con la intención de forjar una sociedad alternativa al capitalismo, lo cual supone tener en cuenta la diversidad étnica y social de nuestros países.
Y del Manifiesto Comunista debemos superar esa fe estrecha en el progreso, para asumir desde una perspectiva revolucionaria un proyecto social que, sin renunciar ni a la razón ni a la ciencia ni al conocimiento, rompa con el culto ciego a las fuerzas productivas, que muestre el carácter inhumano de su conversión en fuerzas destructivas al servicio del capital; que analice simétricamente las dos contradicciones fundamentales del capitalismo: la que opone capital y trabajo y la que opone capital y naturaleza; que denuncie la irracionalidad/racional de la empresa científica en este fin de siglo y la manera como la tecnociencia se ha convertido en una fuerza productiva/destructiva al servicio del capital; que combata los nuevos fetiches del mundo actual que han generado nuevas formas de esclavitud y sometimiento. En fin, una lectura actual del Manifiesto Comunista desde nuestro presente histórico y desde nuestra América debe ser profundamente crítica de todas las fuerzas que a nombre del progreso han socavado -y están socavando- a los seres humanos, a la tierra y a nuestros recursos naturales. Se debe en consecuencia, romper de una vez por todas con esa lectura tecnologicista del Manifiesto Comunista en particular y de la obra de Marx en general, lectura a partir de la cual se ha considerado a la historia del capitalismo como una fase ascendente de progreso, negándose a ver el carácter contradictorio de tal progreso, como sí fue visto por el propio Marx en sus estudios posteriores al Manifiesto Comunista, principalmente en El Capital.
Y renunciar a esa visión depredadora del predominio ineluctable de las fuerzas productivas en el capitalismo, también supone volverse a concentrar en los vencidos por la expansión mundial del capital -a los que José Martí llamaba los “pobres de la tierra”- pero, sobre todo, en sus resistencias. Esto no es, desde luego, ni pura evocación ni nostalgia histórica -aunque también debe ser parte de un programa de recuperación de la memoria de los plebeyos y de sus resistencias en los últimos dos siglos- sino un reto: el de reconstruir las fuerzas sociales necesarias para enfrentar al capitalismo y para proponer un nuevo proyecto utópico de sociedad. La reconstrucción de esa subjetividad es indispensable para hacer del ideal socialista y comunista un proyecto viable para las mayorías pobres del continente. El rescate de la revolución es, entonces, en nuestro contexto, una necesidad urgente, en el sentido que usa el término Walter Benjamin. Para él, la revolución en lugar de ser el motor del progreso debe ser “la mano con que la humanidad acciona los frenos de emergencia”. La revolución ya no sería realizada para impulsar el tren del progreso sino para detener la vertiginosa carrera de ese tren hacia la muerte.
Esa revolución se debe proponer la superación del capitalismo, puesto que ya están claramente establecidos tanto sus límites como los problemas que su existencia acarrea para los seres humanos y para la ecósfera. Pero también la superación de la civilización industrial, puesto que no es suficiente con rebasar el capitalismo sin proponer otro tipo de modernidad, que haga un replanteamiento de cuestiones vitales, entre las cuales estarían: una redistribución de la riqueza, el ataque paralelo al capitalismo y al patriarcado, la transformación radical de las políticas de industrialización hasta ahora implementadas, el abandono del progreso tecnológico como eje de las relaciones entre la economía, la sociedad y la naturaleza, la reorientación de la ciencia y la tecnología con la finalidad de que se conviertan en conocimientos que beneficien a las mayorías de la población, el abandono de la ganancia y del despilfarro de recursos a nombre de la eficiencia del mercado, etc. Una revolución anticapitalista es necesaria para evitar la catástrofe a la que nos conduce el capitalismo mundial, lo que requiere de una revisión completa del culto al progreso. Esto implica la renovación de la concepción sobre las fuerzas productivas-destructivas y la depredación de la naturaleza, así como requiere de la participación de diversos sujetos y clases sociales.
Desde luego, todo esto hoy suena más utópico que nunca, pero, ¿acaso no es precisamente esa ausencia criminal de utopía, de sueños movilizadores, lo que predomina en este fin de milenio, mientras que las utopías reaccionarias del capital con sus falsos paraísos de prosperidad y bienestar se tornan verdaderas pesadillas para más del 80 por ciento de la población mundial, y a la par la exhibición vergonzosa de la tecnología y de la ciencia se convierte en una nueva pornografía dirigida consciente y planificadamente contra el mundo pobre, ahora considerado innecesario y desechable?
Y, por supuesto, dentro de las perspectivas antiprogresistas de una revolución, es imprescindible el componente ecosocial, que requiere una nueva forma de entender y asumir las relaciones no sólo entre los seres humanos sino entre estos y la naturaleza.
Hoy, para ser revolucionario, hay que ser a la vez antiprogresista y conservador. Por eso, el socialismo debe complementar la lucha contra las consecuencias regresivas de la mundialización del capital con toda su parafernalia técnica y científica que arrasa lo que encuentra en su camino, con la lucha solidaria, con los pueblos y culturas que resisten la arremetida del capitalismo. También debe reafirmar los principios que siempre guiaron esa lucha, como son los de la justicia, la igualdad, la fraternidad, el internacionalismo, la democracia real y el comunismo. Necesitamos de un socialismo conservador para defender las conquistas que los trabajadores y los parias del mundo lograron durante el último siglo y que hoy se están erosionando en beneficio del capital mundial. Es decir, un socialismo que preserve todos los valores humanos que hoy son destruidos por las fuerzas del capitalismo a nombre de la modernización y del progreso. Como bien lo ha dicho James Petras:
 
La conservación o reconstrucción de la solidaridad o estabilidad en el trabajo, de la familia y la comunidad del pueblo trabajador en un contexto de transformación básica del poder social, define al socialismo contemporáneo en América Latina como profundamente conservador y, al mismo tiempo, radicalmente transformador.[1]


[1] James Petras, Por un socialismo conservador, en Pensamiento Propio, Nº 91, junio de 1992, pág. 43. Ver también el artículo de este mismo autor, titulado La reconceptualización del socialismo, publicado en R. Vega C. (Editor), Marx y el siglo XXI. Una defensa de la Historia y el socialismo, Editorial Pensamiento Crítico, Bogotá. 1997, págs. 487-498.