La posmodernidad, "esa fachada de vidrio". Acerca del libro de Alan Rush.

Corbière, Emilio J.

Latinoamérica y el síntoma posmoderno. Estudios políticos y epistemológicos, por Alan Rush. Instituto Interdisciplinario de Estudios Latinoamericanos, Facultad de Filosofía y letras, Universidad Nacional de Tucumán, San Miguel de Tucumán, 507 páginas, 1998.

  
La obra de Alan Rush despierta interés no solo en los medios académicos, sino en los circulos culturales y políticos, por varias razones. En primer lugar porque se trata de uno de los primeros estudios sistemáticos sobre la ideología de la posmodernidad que acompaña, en este fin de siglo, a la denominada globalización capitalista.
 
En otro orden, el trabajo de Rush presenta un sólido aparato heurístico y sus opiniones, debatidas previamente en el marco del Instituto Interdisciplinario de Estudios Latinoamericanos de San Miguel de Tucumán, permite penetrar en la trama compleja de los intelectuales ganados por el llamado posmodernismo, de fuerte implante irracionalista y nihilista que, de alguna manera, expresa lo que el filósofo argentino Alejandro Korn denominó en los años veinte, al explicar el padecimiento de una generación de pensadores, como la angustia del rumbo.

 
Es más, quienes ahora parecen novedosos al proclamar el fin de la historia, de las ideologías, no hacen otra cosa que renovar las ideas de Osvaldo Spengler en su Decadencia de Occidente. Toda esa ideología burguesa decadente, desquiciada, de Spengler a Martín Heidegger, desembocó en el fascismo y en la reacción cultural.
 
Estamos ante una moda y lo que la moda trae, la moda se lo lleva. Mientras tanto es necesario enfrentar este nuevo desafío del asalto a la razón. El trabajo de Rush analiza las ideas de Giles Lipovetsky (La era del vacío. Ensayo sobre el individualismo contemporáneo - 1983; El imperio de lo efímero. La moda y su destino en las sociedades modernas - 1987 y El crepúsculo del deber. La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos – 1992); luego trata las concepciones de Jean-François Lyotard, Ilya Prigogine y del profesor cuyano Roberto A. Follari, incursionando, también, en algunos esquemas de Juan José Sebreli y del mexicano Jorge Castañeda.
 
El caso de Lipovetsky es paradigmático. Se trata de la expresión más acabada del llamado posmodernismo, que permite advertir sus aspectos más regresivos, provocadores como endebles. Incluso carece de la profundidad que tuvieron Heidegger o Giovanni Gentile en la formulación de la ideología reaccionaria de los años veinte y treinta.
 
Para Lipovetsky, los nudos esenciales de la posmodernidad son los siguientes. La política es considerada como espectáculo hedonista y carece de proyecto de transformación social. Según los posmodernistas vivimos en una sociedad “posindustrial” basada en los servicios y no en la producción. El individuo presuntamente se realizaría en el “mercado” y el ideal sería la “posmodernidad consumista”. Surgiría así una suerte de individualismo narcisista y psicologista donde el vacío de la vida sería completado a partir de grupos de interés limitados, de conciencia y práctica social segmentada. No se realiza la vida en los partidos políticos, los sindicatos, las organizaciones culturales solidarias, sino en grupos muy limitados.
 
Narcisismo y tarjeta de crédito  
 
Este “narcisismo” no es el desgarramiento personal ni la regresión social de la que habló Freud sino una supuesta mutación ligh (suave) donde se impone una moda por lo efímero y en donde seduce una “diferenciación marginal” y existen conceptos de justicia, solidaridad, ni libertad-participación. La ética es una “ética indolora” que antepone los derechos a los deberes (pragmatismo) cuyo máximo de moralidad es la “ética de la empresa privada capitalista”.
 
Desde luego no existe la lucha de clases ni las ideologías. Lipovetsky sostiene que “el consumo y el hedonismo han permitido resolver la radicalidad de los conflictos de clases” y el estandarte de ese supuesto hombre nuevo es la tarjeta de crédito, convertida, según el autor posmoderno, en el “símbolo de la nueva era”.
 
La lógica de la seducción, capitalista y posmoderna, conduce a un sistema económico-social sin contradicciones ni crisis. De todas maneras, Lipovetsky debe reconocer, a partir de su tercera obra, las crisis pasadas del capitalismo y la polarización actual en virtud de la concentración monopólica imperialista: Primer Mundo-Tercer Mundo, desempleo, miseria, dualización social, soledad, infelicidad y violencia, individualismo irresponsable.
 
La apuesta posmoderna  
 
El posmodernismo, en sus diversas tendencias, no ha podido desmentir las leyes estructurales del capitalismo, descubiertas por Carlos Marx. Para el fundador del socialismo científico y su escuela, la oposición principal en la base del capitalismo es la apropiación crecientemente privada de los medios de producción determinada por las formas mercantiles de los productos y la propia fuerza humana de trabajo. Todo ello implica contradicciones entre una minoría propietaria cada vez más estrecha y rica, y una mayoría explotada, expropiada o excluída cada vez más amplia y pobre (en términos absolutos y/o relativos).
 
Estas contradicciones serían cada vez más absolutas e insolubles dentro del sistema capitalista (sean estas crisis de sobreproducción o las actuales inflacionarias o de endeudamiento). La apuesta posmoderna es de tipo mágica, es decir ilusoria, alienante, donde un mero y supuesto hedonismo cultural o la manipulación estatal política tenderían a suprimir las contradicciones sociales.
 
Rush lo explica certeramente. El argumento posmoderno “no se sitúa en un nuevo universo de leyes y fenómenos descripto por una teoría científica novedosa y homogénea, sino que ofrece un discurso teórico inconsistente, mezcla de tesis parciales del marxismo abandonado, amalgamadas incoherentemente con invocaciones mágicas, incomprensibles, de las ‘lógicas’ e ‘imaginarias’. Esta teoría constituye un idealismo por su contenido y una ideología por su función discursiva. El posmodernismo puede haber ‘seducido’ y ‘pacificado’ a un buen número de intelectuales, políticos y empresarios, pero no ha podido envolver al capitalismo, ni pacificar sus desgarramientos sistémicos y flagrantes injusticias, que se exacerban a la vista de todos”.
 
En el trasfondo posmoderno se encuentra la idea de que el capitalismo tiende a superar las contradicciones que engendra. El revisionismo del siglo XIX y de principios de este siglo, intentó, por otros caminos más serios que los de esta fábula actual explicar la tesis poscapitalista. Si el capitalismo suprimía sus contradicciones, no se encaminaba a su fin y el socialismo dejaba de ser necesario objetivamente.
 
Rosa Luxemburgo respondió a los revisionistas diciendo que “El socialismo dáse solo de las contradicciones, mayores cada vez, de la economía capitalista, y del convencimiento por parte de la clase obrera, de la necesidad de que estas contradicciones desaparezcan por una transformación social. Si negamos las unas y desechamos la otra, como el revisionismo hace, entonces el movimiento obrero se limitará inmediatamente a simples sindicalerías más o menos socialeras, llegando, en último extremo y por propia fuerza de gravedad, al abandono de toda posición clasista”. El posmodernismo es una “fachada de vidrio”, a la que se refiere Jurgen Habermas cuando dice que “hay que hacer añicos esa fachada de vidrio”, es decir descorrer el velo de la falsa conciencia.
 
En los últimos trabajos de Lipovetsky, el intelectual posmoderno se encuentra asediado por la crisis cada día más evidente. Para él, no sería el capitalismo el responsable sino la política “neoliberal” a la que califica de “irresponsable”. El final ideológico posmoderno no deja de ser ridículo. En su obsesión de progreso ilimitado abstracto, el posmodernismo se liberaría del culto de la novedad por la novedad misma. Es, en realidad, un regreso a la pre modernidad o un fuera-de-la modernidad anti-moderno. He aquí la raíz misma de lo posmoderno, una fuerte expresión irracionalista que tiene como trasfondo un nuevo pensamiento totalitario.
 
Ideología regresiva y antihumanista  
 
La posmodernidad ha surgido, como ideología regresiva y antihumanista, sobre la base de los millares de secuestrados y asesinados por las dictaduras militares en América latina y el Tercer Mundo, la crisis del estalinismo y del posetalinismo, la imposición de falsas democracias, democracias vigiladas o condicionadas. “No es necesario tener conocimientos profundos de economía –sostiene el dirigente de la Unión Internacional de Trabajadores de la Alimentación y de la Agricultura, Dan Gallin- para comprender porqué el capitalismo, en su forma más voraz y destructiva, arrasa el planeta sin encontrar ninguna resistencia: estamos siendo confrontados por el resultado de decenios de represión, de violencia armada y de terror” (El nuevo orden mundial y la estrategia sindical, Ginebra, Suiza, 1995).
 
La obra de Rush desnuda la concepción posmoderna. Su libro es de fundamental lectura y estudio, especialmente porque deja de lado muchos sectarismos de la vieja izquierda esclerosada. Tiene buena base teórica y es de fácil acceso. Sirve de base para la necesaria refundación del socialismo en la Argentina. Su lectura no solo es una critica al posmodernismo sino un incitante llamado al debate de la propia izquierda. “El marxismo –concluía Rosa Luxemburgo en su Reforma o Revolución- no es una capilla donde se expenden certificados de ‘competencia’ y ante la cual tiene que manifestar su confianza ciega la masa de creyentes. El marxismo es una concepción revolucionaria del mundo, una concepción que ha de luchar sin descanso por obtener nuevos resultados, una concepción que nada aborrece tanto como las fórmulas fijas y definitivas y que sólo en el chocar de armas de la autocrítica y bajo los truenos de la Historia prueba su fuerza viva”.