Una revalorización crítica del materialismo histórico frente al determinismo tecnológico. Acerca de un libro de Ariel Petruccelli.

Camarero, Hernán

A propósito de Ensayo sobre la teoría marxista de la historia, Buenos Aires, Ediciones El Cielo por Asalto, 1998, 187 páginas.
 
Son frecuentes las recomendaciones incitando, a los estudiosos que se inician, a no abordar problemas demasiado generales en sus primeras obras. Ariel Petruccelli viene a contradecir exitosamente esta “norma”. Este joven autor (profesor de Historia graduado en la Universidad Nacional del Comahue y conocido por los lectores de Herramienta por sus artículos escritos para la revista), se traza en su primer libro el ambicioso objetivo de realizar un análisis revalorizador y crítico de la teoría histórica de Marx. A la vez, quiere refutar uno de los últimos intentos hechos en este sentido: la visión del determinismo tecnológico, especialmente en la obra de Gerald Cohen. En nuestra opinión, el resultado del desafío es positivo y se convierte en un aporte a la cultura marxista de nuestro país.

El libro comienza, en su introducción, con un recorrido temporal de la manera como fue construyéndose la “concepción materialista de la historia” en el marxismo. Para afrontar esta labor (que se hubiera beneficiado con un tratamiento más extenso), el autor retoma observaciones de Perry Anderson, L.Kolakowsky y otros. Petruccelli nos recuerda la imposibilidad de encontrar en la obra de Marx un estudio acabado sobre el tema; se pueden detectar aisladas elaboraciones en esa dirección (la más conocida de ellas es el Prólogo de Contribución a la Crítica de la Economía Política de 1859), pero su tarea quedó apenas esbozada. Si bien Engels procuró llenar este vacío en sus últimos años, la sistematización del materialismo histórico (e, incluso, la enunciación del término) perteneció a la generación siguiente de líderes socialistas: Kautsky, Plejánov, Mehring y Antonio Labriola. Se distingue dos vertientes en los planteos de éstos: una, evolucionista, positivista y economicista, originada en los dos primeros (y también, sostiene el autor, en escritos finales de Engels, lo que nos parece una afirmación matizable); la otra, opuesta a estas tendencias, en lucha por el reconocimiento de la conciencia como objeto de estudio y la ubicación del hombre como centro de una historia no lineal, reconocible en Labriola. Fue la primera de estas vertientes la que se tornó hegemónica, por la aparición de un escrito de Bujarin y, luego, por la estructuración de la “pedagógica” visión estalinista. Petruccelli nos describe como esta vulgata enseñaba una historia “organizada” en cinco estadios únicos de evolución y resumida en el desarrollo de las fuerzas productivas; en donde las relaciones de producción se establecerían en correspondencia lineal con esas fuerzas, avanzando a su zaga. En forma mecánica, los cambios en las fuerzas determinarían cambios en las relaciones de producción (estructura), lo que a su vez se reflejaría en la ideología y ordenamiento jurídico político (superestructura). Así, concluyó edificándose una concepción de mecanicismo economicista. El autor alerta sobre la existencia de formulaciones resistentes a estos planteos en Lenin, Trotsky, Gramsci o Lukacs, aunque nunca específicas a la teoría de la historia. También sostiene, aquí con insuficiente argumentación, que Trotsky (y la tradición en él inspirada) habría aceptado las “conceptualizaciones tradicionales” de las categorías, mientras que su “teoría del desarrollo desigual y combinado”, si bien es un avance en la visión del desarrollo histórico, “no deja de estar teñida por una concepción unilineal”.
Como describió Anderson, la posguerra provocó el advenimiento de un innovador “marxismo occidental”. Petruccelli advierte que éste no imprimió una reorientación en las cuestiones referentes a la teoría histórica. Sólo hubo una producción marxista (contemporánea pero distante de esta tradición continental), que centró sus intereses en la historia: la representada por los ingleses (Hobsbawm, E.P.Thompson). Aquí, el autor pierde algo de equilibrio en sus juicios pues, mientras no duda en caracterizar como decisivos los aportes de Althusser (aún señalando problemas en su enfoque estructuralista), sostiene que generalmente “los marxistas británicos se mantuvieron fieles a una práctica empirista desdeñosa y desconfiada de las cuestiones teóricas”. Más adelante, el autor también despacha rápidamente, sin una argumentación compleja, las concepciones de un miembro clave de esta corriente, adjudicándole indiferenciación analítica en sus concepciones sobre clase. Creemos, en cambio, que debiera presentarse al pensamiento althusseriano y a la historiografía marxista inglesa (si acaso es posible agrupar a ésta en un todo uniforme), como dos formas alternativas de desarrollo del materialismo histórico. Petruccelli alude también a los “culturalistas” (catalogación adjudicada, entre otros, a los planteos de Thompson); éstos recalcarían la importancia de la cultura, la política y la ideología como componentes de la realidad social pero dejarían intacta la concepción economicista de la estructura. Este balance nos parece algo forzado, pero al menos resulta útil al autor para presentar sus propósitos: construir una “crítica del economicismo en su propio núcleo duro, reformulando las categorías de fuerzas productivas y relaciones de producción”.
Fue en las últimas décadas cuando volvió a operarse un esfuerzo sistematizador. Esto ocurrió con la aparición del “marxismo analítico”. Cohen, uno de sus máximos representantes, publicó, en 1978, La teoría de la historia de Karl Marx. Una defensa, en donde realizó una erudita presentación del materialismo histórico en los términos de un determinismo tecnológico, planteo que supone que las características de la tecnología determinan unívocamente a las relaciones sociales. Para Cohen, lo decisivo era indagar en el desarrollo de la capacidad productiva, pues las formas de sociedad crecen o decaen en tanto permiten o impiden ese desarrollo. Su argumento se apoyaba esencialmente en el mencionado Prólogo de Marx de 1859. Una de las claves del planteo de Cohen es su principio de la funcionalidad: las relaciones de producción son funcionales al desarrollo de las fuerzas y por eso adoptan la forma más apropiada para garantizar ese objetivo; la superestructura también es funcional para la existencia de las relaciones de producción. Auscultar las razones del avance de las fuerzas productivas es, entonces, para el marxista inglés, el punto de partida de toda la explicación, lo que otorga primacía al desarrollo tecnológico. Petruccelli destaca las defensas y ataques que tuvo Cohen, pero alerta sobre la ausencia de una refutación integral a su obra. Su empeño, pues, será cubrir el vacío, mostrando la gran distancia que media entre Cohen y Marx, en la concepción general y en las construcciones categoriales.
Pero antes de emprender esta labor, Petruccelli realiza, en las tres primeras secciones de su libro, una reconstrucción arqueológica de algunos conceptos claves del materialismo histórico, tal como aparece en la obra de Marx y en la de autores posteriores. En primer lugar, se rastrea en el concepto de fuerzas productivas, tras la convicción de que no es una categoría tan sencilla como se ha supuesto, pues en ella se concatenan definiciones generales y específicas, que aluden tanto a la tecnología como a ciertas relaciones entre los hombres. Advierte que, habitualmente, Marx definió a las fuerzas productivas como una capacidad (realzando los aspectos cuantitativos), pero en otras ocasiones como una materialidad, es decir, los elementos que poseen dicha capacidad (atendiendo a los aspectos cualitativos). Sólo en escasas oportunidades Marx habría llegado a homologar fuerzas productivas a medios de producción. Dentro del análisis marxiano, las fuerzas productivas, en su doble acepción de capacidad/materialidad, son también presentadas en una diversidad, en tanto sean objetivas (fuerzas naturales no humanas y medios de producción fabricados por el hombre) o subjetivas (fuerza individual de trabajo y fuerzas productivas naturales del trabajo social, como la cooperación y la división del trabajo).          
La segunda sección se ocupa de las relaciones de producción. Para Petruccelli, éstas abarcan a las relaciones de apropiación de los medios de producción/circulación, la fuerza de trabajo, los resultados de la producción y, también, a las relaciones de trabajo (sociales y técnicas), establecidas dentro de cada proceso laboral. Es perceptible en el autor un esfuerzo por superar la visión que considera a las relaciones de producción como estáticas, “marchando con muletas por detrás” de unas fuerzas productivas siempre autónomas y dinámicas. Según él, tanto las fuerzas como las relaciones de producción están en constante transformación, pues siempre es posible encontrar cambios: en las relaciones de trabajo, en la forma del plustrabajo o en las relaciones entre las clases poseedoras. Además, en ninguna sociedad existe un único tipo de relaciones de producción, sino que hay complejas interacciones entre varios de ellos. Si el autor insiste en establecer la diversidad y dinamismo de las relaciones de producción, es porque juzga que es “en la lucha de clases, en donde hay que buscar el secreto oculto de las formas y ritmos de desarrollo –así como del estancamiento o involución- de las fuerzas productivas”.
En la tercera sección, se reflexiona sobre las relaciones de trabajo, considerándose que éstas constituyen tanto una fuerza productiva como una relación de producción. A partir de establecer este doble carácter sería posible teorizar en forma dialéctica acerca del proceso productivo. Aquí, la elaboración del autor cobra aún más originalidad. Algunas de sus conclusiones son las siguientes. Las formas de cooperación entre los trabajadores no se constituyen mecánicamente a partir de exigencias objetivas de los medios de producción. Las relaciones de trabajo pueden ejercer un efecto positivo en la productividad, y por eso deben ser consideradas fuerzas productivas. Pero si estas relaciones no están automáticamente determinadas por las condiciones materiales del proceso de trabajo, tampoco es posible plantearse que las formas de cooperación y división del trabajo son exclusivamente establecidas siguiendo criterios de productividad, pues pueden prevalecer otros criterios: aumentar el volumen del producto excedente o acrecentar la coerción laboral. Las relaciones de trabajo, entonces, tienen tanto determinaciones tecnológicas como sociales. En todo proceso colectivo de trabajo hay relaciones técnicas (sujeto-objeto) y relaciones sociales de trabajo (sujeto-sujeto): las primeras hacen a la relación hombre/objeto material; las segundas, se refieren a la relación entre trabajadores, expresada en las formas cooperativas o competitivas como éstos se vinculan, la institución de jerarquías, los mecanismos de control de la producción, etc.
En la cuarta y quinta sección, se emprende la crítica específica a Cohen. Previamente, se examinan los principios del determinismo tecnológico clásico. Para Petruccelli, éste parte de una definición arbitraria de los conceptos puestos en juego: el de fuerzas productivas es restrictivo y analíticamente indiferenciado (en sus aspectos cuantitativos y cualitativos); la noción de determinación es rígida y descuidada de la dimensión subjetiva (aquí aparece como superador el aporte de R. Williams, para quien la determinación supone fijación de límites y ejercicio de presiones); en tanto que la categoría de relaciones de producción es reducida a mero antagonismo de clase. El autor también desbarata el presupuesto que establece que las fuerzas productivas poseerían una tendencia inmanente al desarrollo, y que son las transformaciones en éstas las que provocan cambios en las relaciones de producción. Lo novedoso de Cohen radica en su afán por teorizar las razones de la tendencia al desarrollo de las fuerzas productivas, y en no presuponer que sus cambios deben ser necesariamente anteriores a los ocurridos en las relaciones de producción; pues estas relaciones, más que transformarse a consecuencia de alteraciones previas en las fuerzas productivas, lo hacen con la función de desarrollarlas. Pero Petruccelli interpela teórica y empíricamente el argumento de Cohen, para concluir que éste no demuestra: a) que la tendencia al desarrollo de las fuerzas productivas, en pos de satisfacer necesidades básicas, deba imponerse invariablemente a las dinámicas que buscan satisfacer otros problemas humanos; b) que las relaciones de producción se transforman siempre para favorecer a las fuerzas productivas, y no para dar soluciones a otros requerimientos humanos. Enumera una larga lista de funciones que cumplen las relaciones de producción, no totalmente reducibles a la necesidad de desarrollo de las fuerzas productivas. Es que los cambios sociales no siempre pueden ser explicados por la propensión de las nuevas relaciones a desarrollar aquellas fuerzas. Esto no lo conduce a creer que la constitución de las relaciones de producción es un proceso azaroso; lo entiende, más bien, como un fenómeno múltiplemente determinado. De allí que la lucha de clases no es sólo un mecanismo por el cual se resuelve el antagonismo entre fuerzas y relaciones de producción; es la lucha la que contribuye a crear condiciones y abrir alternativas. Así, la evolución social es determinada por esta lucha, y su resultado es indeterminado a priori.
Si Cohen justifica su operación teórica en una obra específica de Marx, Petruccelli encontrará apoyo para su crítica al primero en toda otra obra del pensador alemán, a la que entiende como superadora del citado texto de 1859. Es que se observa en el autor la elogiable actitud de querer romper con toda concepción que considere a figuras o textos como “sagrados”; a todos los intenta juzgar en función de su aporte al materialismo histórico. Precisamente, un esbozo final de éste se propone en la ultima sección del libro. El autor resume allí sus posiciones respecto a temas decisivos de la teoría marxista: la relación entre conciencia y vida material; la realidad como totalidad concreta y unidad de lo diverso, aunque ordenada jerarquicamente; la centralidad que en ella adquieren las relaciones de producción; la idea de lo histórico como proceso objetivo sujeto a leyes pero, a la vez, resultado del accionar de múltiples individuos; y la necesidad que tiene el marxismo de establecer una vinculación real entre teoría y práctica, y ciencia y política.
Ensayo sobre la teoría marxista de la historia se concibió como un producto atento a los requisitos universitarios, pero también como expresión de una “cultura revolucionaria”, desde una práctica intelectual, docente y política en el ámbito de la izquierda neuquina. No se equivoca su prologuista, Carlos Astarita, cuando dice que “este libro pareciera estar dedicado al militante”. El propio autor reconoce que vislumbró, en el abordaje del tema, una necesidad tanto para la comprensión científica del pasado como para la acción política en el presente, pues el determinismo tecnológico se está convirtiendo en ideología legitimadora y arma discursiva del capitalismo para demostrar su supuesta insuperabilidad. No es ocioso decir que no debería haber, en el militante y el intelectual revolucionario, separación alguna entre teoría y práctica. Por eso es que una obra rigurosa como ésta, a pesar de su formato “académico”, es también un acto de militancia socialista, que requiere de la teoría como del aire mismo. Pues, como pensaba Rosa Luxemburgo: “el socialismo no es, precisamente, un problema de cuchillo y tenedor, sino un movimiento de cultura, una grande y poderosa concepción del mundo”.