El sistema de los Talk-shows. TV, Sociedad y Régimen Político en la Argentina.

De Lucía, Daniel Omar

 (A mis hermanos)

 
Un ritual expiatorio en la era de la globalización
 
En los años recientes la televisión argentina ha sido inundada por programas basados en testimonios de vida de personas que establecen un “diálogo” con panelistas, animadores y televidentes que se comunican por teléfono al aire o por escrito. Para el espectador es difícil imaginar un espacio televisivo en donde más actores sociales participen y dialoguen de igual a igual. Un programa más humanitario, solidario y comprensivo que el talk-show.
¿Pero un análisis de sus códigos, sus mensajes y del sistema en su conjunto confirma estas apreciaciones de superficie?
Nos proponemos demostrar:

 

 

a)      que los talk-shows construyen sus códigos con elementos que están presentes en el imaginario social;
b)      que con la articulación de estos códigos se forma un sistema de signos que intenta ser una representación mediática de instancias políticas o jurídicas, prácticas terapéuticas o religiosas;
c)      que este sistema utiliza procedimientos de connotación a través del cual se expresa la toma de posición política de los emisores;
d)      que el talk-show es producto de una particular relación entre televisión y poder político y de los cambios en la subjetividad de las masas en las últimas décadas;
e)      que este sistema resignifica las relaciones de poder y los conflictos sociales y es un elemento constituyente de la dimensión simbólica del poder político en la Argentina liberal-populista.
 
Nuestro primer invitado de hoy o el pecador arrepentido
 
El testimonio es la piedra angular del talk-show en todas sus variedades. Testimonio que toma la forma de la confesión de una debilidad o de una incapacidad para cumplir con las pautas sociales. Pecador o víctima el invitado es el “Otro” de los que lo interrogan desde una sobreentendida normalidad. El testimonio confesión tiene una larga trayectoria en la televisión mundial. En las últimas dos décadas por los televisores de todo el mundo han desfilado los fieles de las iglesias electrónicas contando su dolorosa trayectoria de las tinieblas a la luz. Narcotraficantes encapuchados se han declarado arrepentidos de sus delitos y dispuestos a ayudar a las autoridades. Represores que han conseguido previamente la impunidad jurídica y política han “confesado” en cámara los excesos de su accionar. Estos impactos han acostumbrado al televidente a la idea de que la televisión es el lugar más adecuado para confesar lo más trivial o lo más espantoso, ante un auditorio que no tiene forma de alterar las relaciones de fuerza que se miden ante sus ojos.
 
Con ustedes nuestro animador o el garante de la objetividad
 
La animadora tipo de los talk-shows femeninos tiene que ser una persona con carisma pero moderada. Pícara sin caer en la picardía, e ingenua sin caer en la ingenuidad. En lo posible una periodista “seria”.
La animadora debe mediar entre el invitado penitente y ese colectivo tenebroso que es el panel. Ella se para ante personas que confiesan conductas reprobables socialmente o que reconocen no tener el menor control sobre sus vidas y las hace distenderse para que hablen. Las defiende cuando el panel amenaza con pasar a la acción directa. Si hace falta poner una cuota seria recurre al personaje más inútil de toda esta historia: el profesional (psicólogo, sexólogo, abogado), que explica el punto de vista de su especialidad sobre el tema que se trata. Nunca el profesional que asesora a la animadora es un troglodita fascistoide. Generalmente se trata de un profesional que expresa puntos de vista “progresistas”, que jamás coinciden con los del panel.
 
Y ahora nuestro panel, o la inquisición doméstica
 
El que escucha no será solo el dueño
del perdón, el juez que condena o
absuelve; será el dueño de la verdad.
(Michel Foucalt; Historia de la sexualidad)
 
El tipo de panel más funcional a un talk-show tipo es un panel como el del ya fenecido programa Sin vueltas,que se emitía de lunes a viernes a las 15 horas enAmérica TV. Sus integrantes eran amas de casa de clase media de entre treinta y sesenta años. Señoras que se morían de ganas de decirle a todo el mundo cómo vivir su vida.
Rotaban lentamente para que los televidentes se habituaran a su estilo. El panel era reclutado siguiendo pautas de producción. O sea que su composición no era casual. Las panelistas escuchaban testimonios de prostitutas, lesbianas, mujeres que abortaron, etc. El espectador de estos programas sabe que el panel nunca lo va a defraudar. En sus participaciones no existen dudas y se expresan juicios que no se argumentan porque “son evidentes por si mismos”. Así desfilan afirmaciones inconmovibles. Aún las más osadas desde un punto de vista científico: “la culpa del Sida la tienen las feministas”, o “los homosexuales buscan prosélitos para su perversión”, o esta otra: “los hijos de prostitutas y borrachos son deficientes mentales”.
No importan los esfuerzos del profesional por explicar la distancia que hay entre estas afirmaciones y la realidad y los llamados a la comprensión de la animadora joven y liberal. Durante una hora veremos un programa que pretende ser una experiencia “dialógica”, pero cuyo sistema de signos se arma con códigos que anulan cualquier tipo de diálogo. Es el ritual de una confesión y una sentencia. Las estrategias de vida juzgadas asociales, las conductas sexuales no convencionales y los modelos familiares alternativos son lo anormal que debe demostrar su derecho a existir. El “otro” sale de las tinieblas confesando su falta ante un tribunal formado por gente que vive como dios manda.
Así, los paneles de los talk-shows transmiten un mensaje discriminador, oscurantista y sexista que se resume en los siguientes puntos: a) existen estrategias de vida, modelos familiares y conductas sexuales legítimas e ilegítimas; b) esto es a sí aunque los discursos científicos y jurídicos digan otra cosa; c) el carácter de mujeres y madres de las panelistas las hace poseedoras de saberes inapelables.
Esto es parte del contenido del programa. Los espectadores, por supuesto, reaccionan de distintas formas ante este bombardeo. El mensaje básico de los talk-shows se confunde con su estructura pseudo dialógica que legitimiza la idea de una moral normativa en nombre de la que deben rendir cuenta los que ensayen estrategias de vida alternativas.
Que sugiere el derecho de la gente “normal” a recluir en un gheto de muros invisibles a quienes aviven sus fantasmas. Que desafía la legitimidad de los saberes científicos afirmando la existencia de valores inmutables de los cuales el género femenino es garante y guardián. Es en este terreno que el talk-show muestra su parentesco con el sacramento de la confesión. Ambos son métodos que sirven “para producir verdad”. La verdad que siempre es establecida por el que recibe la confesión del otro.
 
Para leer al ganso Mauro
 
Los animadores de los talk-shows se defienden frente a las diatribas del periodismo “serio” afirmando que sus programas son foros en donde se escucha “la voz de los sin voz”.
Intentaremos indagar un poco sobre el precio que deben pagar “los condenados de la tierra” para que sus pequeñas o grandes historias de vida ingresen en la vidriera de los medios. Los códigos que conforman los talk-shows de alta intensidad son fascinantes. Acá los problemas no se restringen a la esfera doméstica. Toda la sociedad estalla, volviendo borrosas las barreras entre realidad y fantasía, para luego reintroducirnos en el mundo real de la manera más brutal. Nuestro análisis se centrará en un programa que fue uno de los fenómenos mediáticos de la década: Mediodías con Mauro. El marco de este programa era el panel permanente cuyos integrantes eran a la vez columnistas, actores y tribuna. El cura hacia de cura, el travesti de travesti, el represor de represor. Estos personajes que en la imaginación popular viven enfrentados, convivían en esta especie de mundo al revés. Estas gentes opinaban sobre todo, se acusaban de los peores delitos y se arrojaban objetos por la cabeza. Esta era la estructura básica del programa que englobaba a todas las demás. Este parlamento de las mil castas sociales quería ser una democracia televisiva, caja de resonancia de las cuestiones más estremecedoras. Pero esta democracia, amén de ser un cazabobos mediático, no era una democracia parlamentaria sino una democracia estamental. El panel de la TV basura no trazaba una imagen, ni siquiera caricaturesca, del pueblo como una entidad colectiva sino de los mil y un estados sociales en pugna entre si.
El mensaje es claro: La sociedad aparte de ser desigual y autoritaria esta irremisiblemente fragmentada. En la TV basura no hay hipocresías, nadie ignora que algunos testimonios son inventados y que se paga o se cobra por estar ahí. Lo curioso es que pese a esta transparencia tenga tanta fuerza en los mensajes que trasmite. Esto se debe a que este desparpajo aparenta ser un strip-tease del poder. El televidente sabe muy bien que las fuerzas armadas y de seguridad son monolíticas alrededor de una solidaridad corporativa, garantía de impunidad y de un status de casta en el seno de la sociedad. Cuando ve en la TV a bandas de ex policías bonaerenses acusarse de los peores delitos cree ver descorrerse un velo hasta ese momento impenetrable. Pero este es un strip-tease que nunca llega hasta el fin. La TV basura oculta mucho más de lo que revela.
 
El lenguaje de la violencia
 
El poder de los talk-shows alcanza toda su magnitud en su tarea de resignificación de uno de los fenómenos más inquietantes que se registran en la sociedad: la violencia. La violencia es en sí misma un lenguaje que no podemos analizar prescindiendo de los sujetos que se expresan a través de ella.
Hace mucho que en la TV Argentina se proscribió hasta la más tímida afirmación sobre que la lucha de los oprimidos pueda legitimar algún grado de violencia. Pero por alguna extraña razón las conductas punitivas que existen en la sociedad estallan en la pantalla una y otra vez. En la economía de tiempo de la TV basura los casos tipo de la violencia social e institucional ocupan un lugar principal. Entre ellos se destacan: a) la violencia de los delincuentes comunes; b) la violencia ilegal ejercida por miembros de las fuerzas de seguridad y c) la violencia de los particulares en respuesta o una agresión o un delito del que han sido víctimas.
El primero de estos fenómenos tiene contornos muy precisos. Existe un consenso general de que determinados hechos son delitos (robo, asesinato, secuestro, etc). La operación que los introduce en el universo de los medios, no altera la esencia de su percepción básica por la sociedad. Se puede magnificar detalles o pecar de parcialidad, pero estas operaciones no ponen en tela de juicio la noción del hecho delictivo en sí mismo.
Estamos ante acciones a las cuales la ideología dominante en la sociedad considera trasgresiones al orden social. El concepto de delito puede ser usado tendenciosamente, pero tiene la virtud de no ser ambiguo.
No pasa lo mismo con las otras dos formas de violencia que mencionamos. La violencia ejercida por alguien que forma parte del aparato represivo del Estado, o por alguien que pretende hacer un uso extremo del derecho a la defensa, son fenómenos cuya reproducción mediática a través de distintos procedimientos de connotación puede resignificarlos en muchos sentidos. La TV basura bautizó a la violencia policial como “gatillo fácil” y a la violencia en defensa de la propiedad o en venganza de un hecho violento como “justicia por mano propia”.
Es esta la instancia en la que el emisor toma posición. La suma ambigüedad de la expresión “gatillo fácil” se presta a una jugosa lectura. Se trata de un término paraguas que puede denominar tanto: a) una muerte accidental en un procedimiento policial; b) una muerte por negligencia; c) una muerte por excesivo celo en el cumplimiento del “deber”; d) la decisión de iniciar un enfrentamiento que se pudiera haber evitado; e) la ejecución sumaria de un delincuente; f) una venganza personal o grupal al amparo del uniforme.
La elección del termino “gatillo fácil” diluye el carácter represivo, corporativo e ilegal que la violencia policial tiene en su conjunto.
Algo semejante pasa con la violencia entre particulares como respuesta a un delito. La expresión “justicia por mano propia” tiene una fuerte connotación que sugiere que ese tipo de violencia es una forma poco ortodoxa pero racional de castigar un delito. O de que se trata del ejercicio individual de una función que el Estado dejó de cumplir. Los animadores de la TV basura arman su vocabulario con términos tomados del viejo arsenal del periodismo amarillo, audiovisual y gráfico, y que están vigentes en el imaginario social. De esta forma instalan un lenguaje que atraviesa la percepción de la violencia y hace caer los dados siempre del mismo lado.
 
Cuando el dolor toma la palabra
 
Ilustraremos la parcialidad, con que la TV basura aborda el fenómeno de la violencia analizando una de las operaciones de producción más exitosas de Mediodías… La madre de un niño brutalmente asesinado por asaltantes aparece con su familia contando su desgracia. Su aparición está rodeada de un clima de repudio hacia los delincuentes. Investida de un don carismático luego de su descenso a los infiernos, la madre del niño muerto comienza a opinar. Quiere justicia. Reclama la pena de muerte porque si no los asesinos por un artilugio legal quedan libres y porque en última instancia son “irrecuperables porque nacen con mala entraña”. El mito fundante ha nacido y ha sentado las bases de su discurso. Es un mito que no se somete a ningún testeo por que “está expresado desde el dolor” como dicen los verborrágicos panelistas y el conductor. Este dato que bastaría para hacer reflexionar sobre su parcialidad y falta de solidez en la TV basura es una virtud que lo pone más allá del bien y del mal.
En los días siguientes esta mujer cambiará su peinado y su forma de vestir y comenzará a aparecer rodeada de un grupo de familiares de víctimas de la delincuencia. Apoyada por esta falange se peleará con todo el mundo: abogados, periodistas y familiares de víctimas del “gatillo fácil”. Unos días más y aparece propiciando un petitorio para pedir una consulta popular que establezca la pena de muerte.
En quince días la madre de un niño asesinado se convirtió en un ícono mediático que lidera una campaña a favor de una medida de cuyas consecuencias no se dice una palabra. Por más que este petitorio termine, como es previsible, archivado en un cajón, eso no le quita al episodio nada de su impacto mediático.
Como la vida no se detiene, junto a la madre justiciera desfilan familiares de víctimas de la represión policial y de víctimas de asesinatos producidos en venganza de un robo o de otro asesinato.
Según pontifican los panelistas, ellos también tienen derecho a opinar porque “también hablan desde el dolor”. Hasta aquí, dolor contra dolor, empatados uno a uno. Pero pronto van a desempatar por goleada. Los profesionales que hacen de profesionales explican que el “gatillo fácil” es obra de manzanas podridas que existen en todo barril y que la “justicia por mano propia” refleja la reacción de la gente de bien ante el crecimiento de la delincuencia. Estos parientes con su “dolor” no se han convertido en un oráculo inapelable como la madre del niño. Obviamente eso no estaba en los planes de la producción del pro grama. Pero el problema es más profundo. El sistema de la TV basura no confiere la misma fuerza a todos los testimonios de las víctimas porque sólo da cuenta de “el dolor”. Y el dolor no puede servir de base para analizar problemas sociales. La madre de un niño víctima de delincuentes puede convertirse en un ícono mediático porque la delincuencia común es repudiada de forma natural por todo el mundo. Pero fenómenos rebautizados ambiguamente como “gatillo fácil” y “justicia por mano propia” necesitan ser analizados en profundidad para su correcta evaluación.
Esto implica desnudar la estructura del poder del Estado, las normas de la exclusión social y sus expresiones punitivas. Sin esta tarea los televidentes solo ven a personas que han sido víctimas de un hecho desgraciado y a veces, ni eso. Sólo podrían identificarse con ellos si su testimonio fuera acompañado de un profundo análisis de las causas que producieron su desgracia. Pero acá viene el broche de oro de esta historia. Un día se estaba tratando en Mediodías… el caso de un hombre que fusiló a un chico que le robó un objeto. Llama por teléfono la madre justiciera y brinda su apoyo moral al vecino que mató a sangre fría a un pequeño ratero “irrecuperable y de mala entraña”. Lo dicho, no todos los dolores son iguales. En la TV basura, las víctimas de un delito se solidarizan con los que mataron para defender sus bienes. Pero no cruzan jamás su camino con las víctimas de la represión institucional o social.
Todos los discursos de los damnificados tuvieron derecho a la existencia. Pero el sistema de la TV basura no dotó a todos con los mismos poderes de mito fundante. Mientras la violencia de los delincuentes debe ser reprimida de cualquier manera; el “gatillo fácil” es sólo una anomalía subsanable por medios naturales y la “justicia por mano propia” una reacción comprensible de la gente que vive en la inseguridad.
La TV basura legitimiza el avance del aparato del Estado sobre los derechos de las personas, justifica tácitamente la violencia para defender la propiedad y exorciza a la represión policial omitiendo el análisis de sus causas. Pero hace algo a un peor. Ha reconocido el derecho que tiene cada grupo de reclamar soluciones vindicatorias. Pero en ningún momento se enunció ni la más remota posibilidad de que pudiera existir un espacio común donde intentaran comprenderse las distintas clases de víctimas. En la TV basura existe “el dolor”, pero no hay posibilidad del diálogo o de la lucha por los derechos de las personas más allá del estrecho círculo al que la violencia arrojó a cada uno.
 
El talk-show piadoso: “Si querés llorar, llorá”
 
“Esto producía seres cuya ley de existencia era
monstruosamente sencilla: les permitía sufrir y
les ordenaba divertir a los demás”
(Victor Hugo; El Hombre que Ríe)
 
El sistema de los talk-shows parece tener múltiples posibilidades. Es interesante la estructura de un programa como Amor y Moria formado alrededor de un código sexista de tipo negativo. No se trata como en el panel de Sin vueltas de la reivindicación de un poder de las amas de casa como guardianas de las reglas de la exclusión sexual y familiar. Aquí las mujeres juegan un papel importante pero son otra clase de mujeres.
Los invitados de Amor y Moria son mujeres pobres con sus hijos. Los temas abarcan las distintas formas de violencia que mujeres y los niños sufren en la sociedad contemporánea. El testimonio se clasifica en relación a un estigma que define la condición de su ingreso en los medios.
Los códigos de este programa incluyen muchos elementos ficcionales. Los testimonios son presentados con una introducción que muestra imágenes de la invitada caminando por su barrio o dentro de su lugar de residencia (casa, asilo, cárcel) con una expresión melancólica. Una voz en off cuenta su caso con una música triste de telón de fondo. Luego la invitada presente en el estudio o a través de un video cuenta su desgracia ante la condolencia de un panel que es mayormente femenino, de un nivel sociocultural más elevado que el suyo y que a veces incluye a figuras del medio televisivo.
Ante los ojos del espectador pasan mujeres golpeadas, niños abusados, madres que afrontaron la maternidad en condiciones de desamparo absoluto, mujeres estafadas por familiares directos, etc. La pantalla del talk-show multiplica status y define identidades partiendo aguas entre el más allá y el más acá de situaciones limites. Son identidades “estigmatizadas” (Goffman, 1993).
Las distintas tipologías de invitadas ingresan en el éter a través del reconocimiento de un estigma (violación, adición, delincuencia, minusvalía). De la suma de estos estigmas surge una imagen en donde se mezcla género y clase. La imagen de la mujer pobre e ignorante y sus hijos como grupo sacrificial; objetos de descarga natural de las microtensiones sociales.
Frente a ellas un panel que nunca es agresivo, que no emite juicios lapidarios y que se conduele de su desgracia. Entre panelistas y animadora e invitadas se dibuja una frontera invisible pero fácilmente distinguible del otro lado de la pantalla. Es la frontera que se supone media entre la capacidad y la incapacidad para cumplir con las funciones básicas de la vida social, que define el grado de instrucción e idoneidad que permite a una persona impedir el avance sobre sus derechos. O sea, la diferencia entre ser “sujeto” u “objeto”. El mensaje que transmite Amor y Moría es que la violencia que sufren esas mujeres y sus hijos es un hecho deplorable pero que al fin de cuenta le sucede a las personas más a propósito para ello.
Por eso nunca se habla de soluciones y los testimonios se presentan, como si fueran malos argumentos de telenovelas. La razón de ser de las invitadas es mostrar un estigma y no hablar de su lucha para superarlo. Eso sería un despropósito semejante a que un fenómeno de feria en vez de exhibir su deformidad se despachara con una arenga sobre su derecho a luchar por una vida digna aun en las condiciones más adversas.
 
De la reina del Prode a las prostis que venden merca
 
Para poder relacionar el sistema de los talk-shows con el contexto social en que hace su aparición debemos analizar la evolución de la relación TV/sociedad en la Argentina en las ultimas dos décadas.
Para aproximarnos a este tema compararemos dos ejemplos de utilización comercial de historias de vida en la televisión Argentina. Uno de la década del ‘70 y otro del decenio menenista.
A comienzos de los años 70 los televidentes argentinos se enteraron de la existencia de Fabiana Lopez, una mucama gordita que vivía juntada con un obrero paraguayo en un barrio del Gran Buenos Aires. Su compañero fue el único ganador de uno de los concursos de pronósticos deportivos (PRODE). El novel millonario abandonó a su compañera y se dedicó a gastar su plata a troche y moche. El clamor popular se alzó contra este nuevo rico, descastado y arribista, que renegaba de sus orígenes humildes y abandonaba a la mujer que lo acompañó en épocas de vacas flacas. Fabiana se convirtió en la “Reina del Prode” y los canales se peleaban por tenerla en la pantalla las 24 horas del día.
Luego de un año largo de “Fabianomania” la gordita abandonada rehizo su vida y un canal de televisión transmitió su casamiento en horario central. Luego, nadie supo más de ella.
Veinte años después, en medio de un clima político y social muy distinto, dos jovencitas anónimas fueron lanzadas por el trampolín de los medios y ocuparon el interés de los televidentes por dos temporadas. Natalia y Samantha eran dos “yiritos” y eventuales vendedoras de “merca” en pequeña escala. Su fama se debió a estar involucradas en un escándalo de narcotráfico que incluía a empresarios, policías corruptos, astros de futbol, cafiolos y funcionarios. No fueron populares por haber sido víctimas de los poderosos ni por decir la verdad donde todos mentían, sino por haber hecho una exhibición de cinismo inescrupoloso donde se suponía que debía haber un código de silencio. Dos putitas que constituían los “fusibles” de una trama de sexo, dinero e influencias ayudaron a mandar presos a policías, arruinaron la carrera de a bogados del jet-set y dejaron mal parado a un juez.
Nati y Samy ganaron un montón de plata cuando las producciones de los distintos talk-shows captaron el filón que representaban estas vamps en ascenso.
Estas dos historias son representativas de la forma en que la industria televisiva lee la subjetividad popular. Hoy por hoy, la gente no se identifica con mucamitas abandonadas por nuevos ricos. Las personas anónimas que se convierten en íconos mediáticos no son víctimas inocentes sino gente capaz de pasar de víctimas a victimarios, hacer un corte de manga y sacar tajada de todo esto.
Tanto en épocas de Fabiana como en las de Samantha y Natalia los grupos de decisión que manejan la TV debieron realizar un agudo análisis de la subjetividad dominante que haría a los televidentes identificarse con uno u otro tipo de personajes.
 
TV y sociedad: Del populismo rosa al populismo negro
 
Creemos que el éxito de los talk-shows refleja una tendencia exacerbada de una inflexión más estructural de la relación TV/sociedad en la Argentina. Es interesante hacer notar que elementos y códigos de la TV basura han sido apropiados por otros programas que forman el campo periodístico de la TV (noticieros, programas de análisis periodístico, etc).
También el talk-show dejó su huella en la agenda temática a la que recurren los libretistas de programas de ficción (adicciones, fobias, minorías sexuales).
Estamos ante un sistema que transmite mensajes con mucha recepción porque es producto de ese cambio en la relación entre TV /sociedad al que aludimos. El agotamiento de imaginarios y lenguajes políticos de larga vigencia, el retroceso de los movimientos sociales de las clases subalternas y el desmontaje del aparato del Estado “Benefactor” en su versión criolla se proyectan en la mutación de la imagen que las masas construyen de si mismas.
Los gobiernos que sucedieron a la dictadura tomaron nota de esta erosión de la capacidad de respuesta política y social de las clases subalternas y el surgimiento de síntomas de intolerancia en el seno del pueblo. Así fueron apostando a una mayor rigidez frente a las demandas populares sin que esto provocara respuestas muy contundentes de parte de los explotados. En el decenio menenista se terminó de agotar el imaginario populista que veía al pueblo, en un sentido no clasista, como sujeto de las transformaciones. Fenómeno que los investigadores de la vida cultural Argentina en el último cuarto de siglo denominan el paso de “el pueblo” a “la gente” (Ruffa y Llanes, 1995).
Buscando un correlato mediático de este proceso es fácil constatar la desaparición en la televisión de distintos tipos de programas muy exitosos en décadas anteriores. Los programas populistas que construían una imagen del pueblo alrededor de discursos demagógicos y la exaltación de la solidaridad de los “pobres pero honrados”. Actualmente desentonarían los programas ómnibus en que la gente cantaba, bailaba y hacia las cosas más ridículas; los programas en que instituciones de bien público competían por dinero; o los maratones en que un animador aguantaba varios días en pantalla para recaudar contribuciones a causas benéficas. El populismo rosa ya no construye imágenes seductoras y por eso se ve desplazado por el populismo negro.
El talk-show es hijo de la relación entre poder político y la industria de los medios de comunicación en la Argentina menenista. No llama la atención que los súper-holding mediáticos mantengan una solidaridad básica con un gobierno librempresista. Pero esta relación tiene aristas particulares porque este gobierno fue el que privatizó la TV estatal y tejió una serie de acuerdos y mecanismos de compensación que le aseguraron una influencia importante en los grupos de decisión televisivos y en el campo periodístico de la TV privada.
Los multimedios consideraron al menenismo como el garante de la continuidad jurídica y política que le había permitido apoderarse de sus oligopolios mediáticos. No compartimos el esquema althuseriano que tiende a borrar toda diferencia entre aparatos ideológicos pertenecientes al área del Estado y los pertenecientes a la esfera privada. Creemos que en la Argentina actual la dependencia de cada canal respecto al poder político es inversamente proporcional al peso que tiene en el mercado de bienes simbólicos el holding de que forma parte. Pero en el conjunto de la TV privada el menenismo goza de una influencia semejante a la que el gobierno alfonsinista tuvo en la TV estatal.
No por casualidad el talk-show fue fundamentalmente un impacto que se produjo en lo que la jerga televisiva se denomina “pantallas frías”. Esto dice mucho de los criterios de marketing y de los nexos políticos de la TV basura. Las posibilidades comerciales que abrían los cambios en la subjetividad popular y el arribó al campo periodístico televisivo de comunicadores solidarios ideológicamente con la atmósfera de ideas que envolvió al país en el decenio neoliberal, están en el origen de los talk-shows. Tanto por motivos comerciales como por motivos políticos, los hijos del populismo negro, crearon un sistema de signos que traza una imagen del pueblo como fuente de todas las miserias y como un conglomerado de grupos anómicos en salvaje lucha entre si.
¿Cual es la forma en que el talk-show influye en la vida política y social en la Argentina actual? Su poder se manifiesta en la instalación de lenguajes, en la formación de representaciones colectivas y en el refuerzo de una serie de estereotipos presentes en el imaginario social. Pero difícilmente estos programas puedan dar origen a espacios políticos autónomos o sean capaces de poner en pié movimientos de presión independientes del poder político para hacer a probar reformas a los poderes del Estado.
En su análisis de la TV francesa, Bordeau contaba cómo el enfoque sensacionalista del crimen de una niña provocó el reclamo y la movilización popular por la pena de muerte y motivó una reforma que endureció las penas carcelarias (Bordeau, P; 1996). Pero hay cierta distancia entre esta “perversa democracia directa” y los usos políticos de la TV basura criolla. De la misma manera que han perdido terreno los lenguajes reivindicatorios y de lucha social, revolucionarios o reformistas, el estallido de la palabra populista fascistoide tampoco constituye un elemento de presión en el interior del bloque político en el poder. La TV basura puede ser un instrumento eficaz de la demagogia populista pero no tiene peso propio dentro del régimen menenista y sus clientelas populares.
Comparemos este fenómeno con la movilización del populacho, y en particular de las amas de casa, por la derecha chilena en vísperas del golpe del ‘73. Los mass-media trasandinos, hostiles al gobierno de la UP, aprovecharon estas manifestaciones y sus consignas para instalar en la agenda del hombre de la calle lugares comunes del discurso gorila (ineficacia estatal, rol de las madres en defensa de la familia). La “burguesía elaboró su línea de masas” (Matellart, 1973), a través de los medios en apoyo de una movilización de sus clientelas populares opuesta al ascenso revolucionario de las masas. El pinochetismo tuvo siempre plena conciencia del rol clave que había jugado la movilización de su aparato femenino, reaccionario a la hora de erosionar las bases sociales del gobierno revolucionario.
Veinte años después en la Argentina un régimen conservador con consenso en las clases bajas utiliza los lugares comunes del populismo reaccionario para pensar su relación con “la gente”. Pero el menenismo no se enfrenta a una movilización popular masiva ni a experiencias de contrapoder. Por eso en vez de sacar a las damas de caridad a la calle les da un espacio televisivo para que se peleen con las travestis. La transexual que se postuló para diputada, el pastor o el Pai umbanda que aspiran a convertirse en punteros político-confesionales y la madre justiciera son solo íconos en la simbología de un régimen que no necesita de agitadores problemáticos que ganen la calle con reclamos que traen más costos que ganancias. En cambio prefiere cosechar el apoyo pasivo de sus adherentes. La TV basura es el auxiliar natural de campañas motorizadas por el poder político en su avance sobre los derechos de las personas y las minorías. La campaña contra los inmigrantes indocumentados y la presión del gobierno nacional y vecinos fascistas sobre la legislatura para prohibir la oferta sexual callejera, encontró en la TV basura un auxiliar a la medida.
Este es el uso político de los medios que el populismo neoliberal viene ensayando con éxito. Buen instrumento de iniciativas digitadas por el poder, los tribunos de la TV basura no existen por si mismos.
 
Populismo negro y milenarismo de la desesperación
 
Hemos señalado como uno de los elementos más novedosos que transmite el sistema de los talk-shows su desafío a la racionalidad de la ciencia en nombre de valores inmutables. De esta forma queda expedito el camino para la instalación de los peores fenómenos de irracionalismo que pululan por el mundo globalizado. Por los talk-shows desfilaron curas sanadores, exorcistas y contactados por alienígenas. Estos programas y los noticieros que imitan sus códigos han difundido las imágenes de cadenas de oración formadas por personas que llevan velas y vírgenes de yeso, junto a otras que hablan en lenguas y se agitan poseídas por el espíritu santo. Estas romerías se formaron alrededor de un hospital donde una nena esperaba un donante para ser transplantada, bajo los muros de una cárcel amotinada y junto al pozo de una obra en construcción donde los bomberos intentaban infructuosamente salvar la vida de un niño. La TV basura ejerce un curioso imperialismo sobre otras ofertas periodísticas orientadas a un target popular como las revistas faranduleras y suplementos de algunos diarios que en los últimos tiempos han incorporado algunas opciones del mercado religioso-milagrero.
Mientras la solidaridad práctica está en retirada el irracionalismo canaliza los temores de vastos contingentes de explotados ante situaciones límites que abarcan toda la gama de rupturas en la vida cotidiana.
El talk-show es un evangelizador oficioso de esta fe que no tiene nada de religiosidad contestataria como cree cierta izquierda populista. Ni siquiera es un fenómeno genuinamente popular. Populares fueron las canonizaciones del rebelde Mate Cosido o de la pobre Telesita; pero la canonización de la bailantera Gilda es una mera operación de merchandansing. Toda esta religión trucha es un refrito de creencias a las que una variopinta gama de profesionales de la fe ha instalado por la vía de los mass-media.
 
La semiología del poder en la Argentina liberal-populista
 
Toda una línea de análisis de la teoría de la comunicación viene señalando desde la década del ‘60 el divorcio existente entre televisión y análisis crítico de la realidad (Braudillard, 1991; Matellart, 1973; etc).
El talk-show es una nueva vuelta de tuerca de esta tendencia de antigua data. Ya sea en su forma de “confesión”, de “democracia estamental” o de “grupo de autoayuda” los talk-shows siempre toman los problemas de forma fenomenológica. Es la práctica de un pseudorealismo encubridor del proceso que trazó la relación de fuerzas que se ve en la pantalla y encubridor de las decisiones que tomaron los emisores de este mensaje al armar sus códigos a través de distintos procedimientos de connotación. Por eso es un sistema en donde el Otro debe confesar su culpa para tener derecho a existir, donde la violencia multiplica los status legitimizando un esquema asimétrico en base al grado de poder institucional o social acumulado y en donde la estigmatización social fija la frontera entre el sujeto soberano y los objetos de la exclusión. Este sistema forma parte de la dimensión simbólica del poder en la Argentina finisecular.
Los talk-shows de baja intensidad (domésticos) legitimizan las distintas formas de opresión y exclusión que se verifican en la sociedad (clase, género, minorías). Los talk- shows de alta intensidad (TV basura) dibujan la semiótica del poder del régimen conservador populista y sus relaciones con la sociedad civil. La madre justiciera, el taxi-boy chantajista, el ex-policía denunciante y las prostis destapa-ollas pertenecen al campo simbólico en donde se dibujan las reglas de juego con que el populismo neoliberal pensó sus relaciones con la sociedad.
El régimen aspira a tener como interlocutores no a sujetos de existencia real en la estructura económica-social. Tampoco a grupos que definieron una identidad a partir de una raíz cultural común o de una experiencia de lucha. Prefiere simular un diálogo con la galaxia infinita de individuos y grupos que caen por el trampolín mediático, al que ingresan en circunstancias que le inhiben el diálogo horizontal con otros grupos. Mientras se diluye el diálogo en el seno de las clases subalternas se favorece la solidaridad vertical de franjas de la población con el régimen y sus aparatos de Estado (represivos e ideológicos).
Dentro de este marco los lobys más variopintos pueden hacer su juego. Puritanos y promiscuos, demócratas y fascistas, característicos y marginales tienen derecho a vociferar en los medios. Pueden desafiar las leyes, las cadenas de mando, los derechos y garantías, la majestad de la “justicia”, la racionalidad de la ciencia y el derecho y hasta la propia retórica “democrática” del gobierno. Están autorizados a resaltar su adhesión al oficialismo para reclamar por cualquier cosa, siempre y cuando esto no conlleve un perjuicio demasiado grande en términos políticos. El régimen es padre de todos, pero no apoya a ninguno. Aprueba todas las adhesiones, las usa para extender su poder y para avanzar sobre las libertades públicas y las minorías. Confía que ninguna de sus proyecciones capilares será capaz de montar iniciativas autónomas o movilizar voluntades por su cuenta. Es la simbología de un régimen político que sueña que los conflictos sociales y la luchas políticas se puedan reducir definitivamente a su fantasmagórica reproducción mediática
El concepto de régimen político no se reduce a un gobierno y a la fuerza o fuerzas políticas que lo apoyan. Incluye en su definición las relaciones entre la elite política y el conjunto del bloque dominante. Las formas a través de los cuales la alianza política en el poder establece su hegemonía sobre las clases subalternas. La elaboración de un sistema de decisiones y estrategias con las que el poder político define una forma de relación (oposición/ acuerdo) con la oposición. Respecto a este ultimo problema debemos hacer algunas observaciones sobre el acuse de recibo por parte de la oposición “progre” del fenómeno de la TV basura. Indudablemente el sistema de los talk-shows es mucho más apto para ser instrumento político de un gobierno como el menenista que de los previsibles reformistas que se le oponen. Una fuerza política que organiza sus estrategias discursivas como lo hace la Alianza UCR-Frepaso, no podría servirse de estas formas de comunicación. No obstante es interesante señalar la impotencia de los socialdemócratas criollos frente ante este tipo de fenómenos. Impotencia que se manifiesta en la exitosa presión con que el gobierno obligó a la legislatura porteña a prohibir la oferta sexual en la calle, restaurar los edictos policiales e introducir una figura represiva como el “merodeo”. Esta fuerza que formó una amplia alianza electoral a partir de la eliminación de la idea de conflicto en su discurso; la aceptación de la contrarrevolución liberal como algo irreversible y la reducción programática al equilibrio de los pode res y la ética administrativa; es una hija putativa de las condiciones que dieron origen a la relación TV/Sociedad, madre del talk-show.
La Alianza opositora también es un impacto mediático y le gusta más tratar con televidentes que con militantes. La oposición comparte la ilusión oficialista de tener frente a si, no a sujetos colectivos con peso propio, si no a un cúmulo de grupos y personas que se limitan a peticionar ante un poder político dador de premios y castigos. Eso por no hablar del sindicalismo “opositor” que impulsa conflictos mediáticos con forma de carpa y se desentiende de las reacciones populares que estallan en distintos puntos del país.
 
La lucha por la resignificación de los conflictos sociales
 
En un trabajo sobre el discurso político y los medios en la Argentina se hacia notar que algunas de las nuevas modalidades de conflicto social (cortes de ruta, marchas de desocupados, marchas del silencio) se inscriben en “la lógica de los géneros y los medios” (Mangone C. y Warley, J; 1994), y que en cierta medida los sujetos que las impulsan las organizan en función de su repercusión en los medios audiovisuales. En los últimos años los talk-shows y el campo periodístico influido por ellos han mostrado un interés bastante desigual respecto a los conflictos sociales “clásicos” y a las nuevas modalidades de protesta que se vienen desarrollando desde el inicio del régimen menenista. Mientras los paros nacionales y las huelgas de obreros industriales han estado conspicuamente ausentes en los talk-show y han pasado ocupar un lugar bastante secundario en los noticieros; las nuevas formas de lucha han gozado de un cierto interés por parte de la TV. basura. La crónica televisiva de este tipo de eventos puede constituir un impacto de audiencia.
Hay un hecho puntual que terminó de convencer a la industria televisiva de esta cuestión: Los altos niveles de medición de la transmisión de las secciones del juicio por el asesinato de María Soledad en 1996. La industria televisiva descubrió que los careos entre testigos atrapaban a los televidentes más que las escenas de celos de las telenovelas.
De la Fuenteovejuna catamarqueña esta tendencia se extendió a conflictos más vinculados a la resistencia popular contra la ofensiva capitalista. Las imágenes de manifestaciones formadas por familias hambrientas; los cortes de ruta; el saqueo a supermercados; las batallas entre piqueteros y cuerpos de elite y las exequias de las víctimas tienen un cierto atractivo para la TV basura.
Pero esto no es sólo una cuestión de rating. La TV basura realiza una inteligente operación destinada a diluir el carácter opositor a la ofensiva del régimen contra los explotados que estos conflictos representan. Los conductores de talk-show explican a los televidentes que estas explosiones son “el costo necesario”, las “consecuencias naturales” y las “reacciones comprensibles” frente al “proceso de transformaciones que atraviesa el país”. Esta estrategia discursiva busca instalar la idea de que la lucha de poblaciones enteras arrojadas a la marginalidad es un hecho esporádico y sin perspectivas o, peor aun, el precio necesario para que los que están “incluidos en el sistema” mantengan el status adquirido.
Y aquí los códigos del talk-show vienen de perlas para consumar esta operación. Este sistema epiléptico que pasa en 1 minuto el testimonio de un piquetero de Cutral-Co reclamando subsidios de desempleos, precedido por la queja de la ex- mujer de un actor que no recibe la cuota alimentaria de su hijo y luego deja paso a un empleado que denuncia las coimas en una municipalidad bonaerense. Los testimonios de los portavoces de un movimiento de lucha no pueden ser evaluados dentro del contexto que se producen si se los reduce al nivel de una anécdota. La pueblada en el antiguo polo petrolífero neuquino se reduce al reclamo de un desocupado mestizo, analfabeto, padre de una extensa prole que pide unos mangos para llegar a fin de mes. Un elocuente ejemplo de que estamos frente a las “consecuencias inevitables” de un “profundo proceso de cambios”.
Un caso insuperable de estos procedimientos de connotación se dió a raíz del santiagueñazo en diciembre de 1993. Cuando todavía la casa de gobierno provincial ardía en llamas en Mediodías... una mesa de diputados oficialistas arribaba a la conclusión que el estallido se debía a que el gobierno de Santiago del Estero (del mismo partido que ellos) no había tenido suficiente decisión para llevar hasta el fin las reformas impulsadas por el gobierno central. Cuando las papas queman la TV basura se pone la camiseta oficialista para conjurar los conflictos dentro del “universo cerrado del discurso” (Marcuse; 1985), elaborado por los medios para legitimizar al régimen.
El movimiento de Derechos Humanos estuvo ausente de las pantallas de los talk- shows hasta la aparición de la nueva modalidad de los “escraches”. Se trata de un tipo de conflicto original que crea su propio campo simbólico y que está personalizado en la figura de un represor en particular. De pronto la TV basura comenzó a invitar a militantes de Hijos para que se peleen en cámara con reaccionarios de todo tipo. El “Turco” Julian, ex-torturador de venido en columnista-punchimbal de los talk-shows; ha sido noqueado en cámara por miembros de la agrupación Hijos, por un abogado experto en divorcios de la farándula y por un cafiolo devenido en tribuno populista. Todo por el mismo precio.
La TV. basura retransmite en la “universalidad abstracta de los medios” (Braudillard, 1995) los conflictos en distintos puntos del país. Los uniforma alrededor de la imagen de grupos de desocupados que piden un subsidio por 2 o 3 meses, para luego volver a pedir lo mismo. O de un grupo de gente que marcha dolorida por un crimen que interrumpió la siesta provinciana. Las alternativas propuestas por los piqueteros, su experiencia organizativa, su diálogo con otros gremios y demás sectores regionales y el repudio de las poblaciones del interior al aparato policial y a la impunidad de las camarillas feudales quedan fuera de este esquema. Se levanta un muro entre los televidentes y las tendencias profundas de cada foco de conflicto. El mensaje que reciben los trabajadores de las grandes ciudades y que conservan su trabajo y un status material tolerable es que se trata de hechos protagonizados por personas que han quedado fuera del mercado laboral por su incapacidad para adaptarse a los “grandes cambios que sufre el país”. Personas que son los “excluidos-excluibles” de un proceso que al resto de la gente no la toca. De gente que se agitan por hechos que no suceden en el mundo civilizado.
Estos procedimientos no son un invento de la putrefacta TV finisecular. Hace mucho que se viene señalando que el mensaje televisivo en general no es un vehículo apto para transmitir las tendencias profundas de los movimientos de masas. Pero es interesante analizar el cambio que se produjo entre el tratamiento de las huelgas que realizaba la televisión argentina en los años 80. En ese entonces se utilizaba el clásico recurso de mostrar las huelgas como una fuente de desorden y solicitar la opinión de los usuarios damnificados. El elemento nuevo que ofrece el talk-show es la posibilidad de encuadrar los conflictos dentro de un sistema donde todo esta reducido al nivel de problemas individuales y luego neutralizarlos dentro de un discurso que afirma que el mundo tal cual es, es el único posible.
Mientras se impulsa la toma de la palabra por grupos que no representan nada fuera de la pantalla, se enfrenta a los sujetos que impulsan conflictos reales con un discurso que se presenta como un tejido sin fisuras. Una versión criolla del “pensamiento único” que es la base de las estrategias discursivas de la burguesía internacional en la actual etapa de la historia del mundo.
Este análisis pecaría de unilateralidad si no contempláramos la posibilidad que el tratamiento de los conflictos y luchas por los talk-shows pueda llegar a tener efectos no deseados. Es sugestivo que los “escraches”, luego de su difusión por estas pantallas podridas hayan sido adoptados como modalidad de protestas por grupos que reclaman por causas distintas.
Es necesario hacerse algunas preguntas. ¿Las “heridas no cerradas de los años ‘70” pueden haber superado los intentos de ser neutralizadas dentro del discurso indultador de la TV basura? ¿La difusión de nuevas formas de acción directa puede haber impulsado su adopción por gente sin mayor experiencia en movilizaciones? ¿Las marchas del silencio pueden haber impactado en los barrios que luchan contra el gatillo fácil? ¿No será que dirigentes como Norma Pla, el Perro Santillán, la Monja Pelloni y Raul Castells adquirieron dimensión nacional gracias a los oficios involuntarios de la TV basura?
La recepción de los mensajes por la masa de televidentes es un problema complejo que no podemos abordar aquí en profundidad. Creemos que a caballo de la subjetividad dominante en las masas la TV basura y el campo periodístico audiovisual en su conjunto ven favorecida su tarea de bloquear la identificación de amplias masas de trabajadores con los sectores que luchan contra el régimen. Pero esto no significa que algunos sectores del público sobreponiéndose a este bombardeo puedan asimilar parcialmente elementos de los conflictos que se le muestran en pantalla. Por otra parte la apropiación de una metodología (corte de ruta, marcha del silencio, escrache) no forzosamente significa la identificación con los objetivos centrales de los movimientos que resisten al sistema en distintos puntos del país. ¿Es posible extender profundizar y resignificar en un sentido crítico las expresiones de esta tendencia?
 
Medios de comunicación y crítica radical del sistema
 
Producto de las sucesivas derrotas del pueblo en manos del terrorismo de Estado, del “progresismo” trucho y del conservadurismo con chapa de popular, la subjetividad dominante en las masas favorece la utilización reaccionaria de los nuevos sistemas y lenguajes televisivos y representa un desafío para la militancia revolucionaria en pos de encarar un diálogo fluído con las masas. En este trabajo estudiamos los mensajes que la TV transmite a los televidentes. Debemos impulsar también la reflexión sobre las formas en que los receptores reelaboran los mensajes que reciben. Al mensaje discriminador, irracional y promotor de solidaridades verticales debemos oponer el diálogo entre los grupos e identidades que conviven en el seno de las clases subalternas. Debemos agitar el debate sobre la ofensiva de la burguesía sobre los explotados; que luego de avanzar sobre sus salarios, su trabajo, sus derechos previsionales y sobre la salud y la educación de sus hijos quiere hacer de su dolor personal un objeto de consumo y una forma de control social.
Experiencias políticas del mundo moderno demuestran que la militancia revolucionaria puede utilizar los sistemas simbólicos armados por los medios y resignificarlos en sentido crítico (Certeau, 1995; De Lucia, 1998). Pero debemos reflexionar sobre las condiciones que permiten acciones de este tipo y partir de la base de que debe ser en apoyo de las luchas que consigamos impulsar en el seno de la sociedad. Las fuerzas que impulsan la crítica del sistema no pueden jugar a la “lucha de clases televisiva” como hace la centro-izquierda. El juego de escisión de la realidad para sustituir el movimiento de los sujetos y sus luchas por la caricatura mediática de los conflictos es el juego de la clase dominante, que lo juega mejor que nadie. Debemos avivar las luchas alrededor de todas las formas de opresión que se verifican en la sociedad y ligar a estos núcleos en redes de comunicación; embriones de contrapoder. Trabajo que puede abrir la perspectiva para una modesta utilización de los medios (cable, radios comunitarias, espacios alternativos en la TV de aire) que se convine con las formas de relación directa entre militantes y masas. Debemos llevar esta tendencia al punto que la red de espacios críticos no pueda ser ninguneada ni por los más poderosos aparatos de control ideológico. No es tarea fácil. Pero es el único camino por el que los explotados pueden llegar a ganar.
 
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Una primera version de este trabajo fue presentada en las XV Jornadas de Historia del IHCBA. La Historia y los medios de comunicación, en septiembre de 1998.