Razón sin Revolución. A propósito del libro de Helmut Dubiel Teoría Crítica: Ayer y Hoy.

Gandler, Stefan

Hoy en día, en las ciencias sociales en México hay un dominio de tendencias científicas procedentes de los Estados Unidos que en su mayoría tienen (aunque en muchos casos no lo reconocen abiertamente) un cierto rasgo positivista. La teoría social se concibe más bien como una herramienta para organizar los datos adquiridos anteriormente en estudios empíricos que como una instancia crítica que cuestiona no solamente estos datos sino además la realidad social en cuanto tal. El libro de Helmut Dubiel, Teoría Crítica: Ayer y Hoy, traducido por Gustavo Leyva y Oliver Kozlarek, es un intento opositor en este contexto. Abre la posibilidad de discutir de una nueva manera sobre la Teoría Crítica de la sociedad, y por eso es bienvenido.

A continuación quiero, sin embargo, señalar algunos problemas y contradicciones que encuentro en este volumen.
 

1. Wer vom Kapitalismus nicht reden will, soll auch vom Faschismus schweigen: “Quien no quiere hablar del capitalismo debería callarse también respecto del fascismo”.
Es una de las frases más celebres de Max Horkheimer, pronunciada poco después del fin del nacionalsocialismo impuesto militarmente por la Unión Soviética, los Estados Unidos, Inglaterra y los otros aliados. Horkheimer se opuso a los intentos de teorizar sobre el nacionalsocialismo sin ver su íntima relación con la forma de reproducción capitalista. El lema del libro de Helmut Dubiel que intentamos comentar podría formularse, en contraposición a esta frase:
“Quien habla sobre el fascismo ya no necesita hablar del capitalismo”. O formulado de otra manera: “Quien no quiere criticar el capitalismo, debería reducir sus crueldades exclusivamente al fascismo”.
El intento de Dubiel es el de teorizar e investigar sobre la historia real y científica de Alemania, sobre todo en referencia al nacionalsocialismo, sin tomar en cuenta la continuidad de la forma de reproducción capitalista y de las instituciones civiles y estatales burguesas. Es decir, el proyecto científico de Dubiel es diametralmente opuesto al de Horkheimer y al de la Teoría Crítica en general. Sin embargo, y este punto llama la atención al lector informado, Dubiel declara sin más dudas e inseguridades ser miembro distinguido de la tercera generación de la Teoría Crítica.[1]
Dubiel no explica en ningún momento del libro por qué piensa que esta autodenominación de la “tercera generación de la Teoría Crítica” es adecuada para describir su proyecto científico. Se limita más bien a desarrollar varias defensas en contra de distintas críticas que se le hicieron justamente por esta autodenominación. Solamente al final del volumen, en una entrevista que le hacen Oliver Kozlarek, Miriam Madureira y Gustavo Leyva, informa al lector que era director del Institut für Sozialforschung (Instituto de Investigación Social) en Frankfurt en los años 90, cargo que tenía antes y después del exilio Max Horkheimer.[2] Esta continuidad institucional, así podría entender el lector, sería un posible argumento positivo y no solamente defensivo de por qué la autodenominación mencionada tiene su razón de ser. En términos de una escuela filosófica y de ciencias sociales que no se define a partir de un lugar institucional específico por su complicada historia provocada por el exilio, este argumento no sería muy convincente. La Teoría Crítica era más bien un proyecto colectivo e interdisciplinario que, a pesar de haberse desarrollado originalmente en el Institut für Sozialforschung de Frankfurt, continuó su fase productiva y colectiva incluso cuando los miembros se ganaron la vida en distintas instituciones en el país de exilio, pero manteniendo por varios años las estructuras de discusión. Lo que en definitiva uniría después de 1933 este proyecto teórico no era una institución formal sino más bien una pregunta en común, que aún antes del exilio hizo posible la hoy en día tan inusual colaboración de científicos de prácticamente todas las ciencias en el ámbito de lo que se conoce en la actualidad como “ciencias sociales y humanidades”. Esa pregunta era: ¿Cómo es posible que la forma de reproducción capitalista, a pesar de ser abiertamente disfuncional para organizar una sociedad que otorgue comida, techo, educación, salud, derecho, libertad y democracia a todos sus miembros, sigue siendo vigente y tiene incluso cada vez más apoyo de la mayoría de las poblaciones? Era esta pregunta y el intento colectivo de responderla lo que unía a filósofos, sociólogos, politólogos, economistas, historiadores, científicos del derecho, psicólogos, y no era realmente ningún lugar geográfico. Esto es aún así, a pesar de que se suele llamar hoy en día “Escuela de Frankfurt” a esta tradición teórica –hecho que incluso el mismo Dubiel problematiza en el libro–.[3] Nos quedamos entonces con nuestra duda terminológica inicial, de por qué Dubiel insiste en esta autodenominación de la “tercera generación de la Teoría Crítica”[4].
 
2. Antes de entrar en detalles, quiero aclarar desde qué punto, en la topología de la ciencia y filosofía social contemporánea, estoy argumentando. Dubiel conoce –en relación con la Teoría Crítica– solamente dos formas posibles de entenderla hoy en día: por un lado la defensa casi ciega de sus viejos principios teóricos y afirmaciones filosóficas que se hacen de una manera “filológica”, excluyendo la posibilidad de aplicar esta teoría a discusiones actuales. Incluye, además, en esta actitud de retomar los resultados básicos de la Teoría Crítica, la incapacidad de estar hoy en día “al interior” de los problemas políticos y sociales ,y con esto uno se queda amputado de la capacidad de intervenir en cuestiones políticas concretas.[5] Menciona el caso de teóricos que estudian esta teoría como mera parte de la historia de la filosofía, sin aplicar la radicalidad de su crítica al capitalismo de la sociedad contemporánea. Esta forma de actuar científicamente sin lugar a dudas existe en relación con la Teoría Crítica, así como ha existido y existe en relación con todos los grandes proyectos filosóficos en la historia.
Por el otro lado, Dubiel ve lo que él llama con toda humildad la segunda y tercera generación de la Teoría Crítica. La segunda sería Habermas; la tercera, sobre todo Axel Honneth y él mismo. Ellos son, según Dubiel, los verdaderos herederos de la Teoría Crítica porque retoman (esto lo da a entender sin expresarlo abiertamente) algunos de sus principios y resultados más importantes (no menciona cuales) y los aplican a problemas actuales. Si estas “aplicaciones” hacen necesario –según los que aplican– la transformación de algunos postulados o resultados básicos de la llamada primera generación, entonces se hacen, así de simple. Si esto tiene o no como consecuencia la pérdida de algunos de los conocimientos adquiridos más valiosos de la Teoría Crítica, no le importa mucho; lo que importa es la capacidad de estar “al interior”, y no quedarse en la posición de exterioridad que ve en los exiliados judíos alemanes en los Estados Unidos. (Dicho de paso, esta exterioridad geográfica la confunde Dubiel con una exterioridad política: la influencia de la Teoría Crítica, por ejemplo de Herbert Marcuse y Franz Neumann, sobre la política de los Estados Unidos en la guerra y en los primeros años después ella era mucho mayor que la influencia política que Dubiel y Honneth juntos tienen hoy en día. También la influencia política y social de Horkheimer y Adorno en los primeros años de la República Federal Alemana –RFA– fue mucho mayor a la de Habermas en toda su vida hasta hoy, por el alto impacto que su teoría tuvo sobre los estudiantes y jóvenes del ‘68 de relevantes consecuencias –aún en la actualidad– en la RFA. Esta relevancia se debía en gran parte, justamente, a no estar involucrado con ninguna organización política ni en el nacionalsocialismo ni después de 1945, lo que posibilitaba un involucramiento con la libertad –como dirían– mucho mayor de lo que Dubiel y Habermas podrían imaginarse).
Pero, ¿cuál es entonces mi posición, si no es ninguna de las dos anteriormente descritas en términos de Dubiel? Es la de seguir en lo teórico con esta crítica radical a la forma de reproducción capitalista que además era la base socioeconómica y psicológica del nacionalsocialismo, vinculado con un proyecto de intervenciones políticas fuera de los partidos establecidos. Dubiel sabe muy bien de la existencia de esta posición, que en Frankfurt ha existido por muchos años; por ejemplo en el grupo estudiantil Undogmatische Linke –Izquierda no dogmática–, que tenía por mucho tiempo la mayoría de los estudiantes participantes en las elecciones internas detrás de sí, porque nos enfrentamos más de una vez en público con él, Honneth y Habermas. Debe de tener sus razones para omitir esta tercera posición hacia la Teoría Crítica y poder presentar la segunda –que es la suya– como la única capaz de intervenir hoy en día políticamente.
 
3. Volvamos sobre el tema del nacionalsocialismo y el papel que juega para la Teoría Crítica. Dubiel trata el nacionalsocialismo como una fase histórica determinada y sin lugar a dudas terminada. La presencia actual del nacionalsocialismo la ve únicamente al nivel psicológico como posibles “traumas”[6] de los sobrevivientes y de los que lograron escaparse del destino que el movimiento popular nacionalsocialista había previsto para ellos: la muerte en la cámara de gas. Dubiel da por hecho el fin definitivo de este proyecto histórico, que tenía el apoyo, o por lo menos la aprobación por vía del silencio, de la mayoría de la población alemana (recuérdese que Hitler llegó al poder de manera democrática y se suicidó no porque las multitudes alemanas se rebelaron en contra de él, sino porque el ejército rojo estaba a unos cuántos kilómetros al este de Berlín y las tropas estadounidenses e inglesas estaban en el sur de Alemania). A partir de este supuesto, presente en todo el libro, desarrolla la argumentación de la necesaria limitación histórica de la radicalidad de la crítica de la Teoría Crítica de la sociedad. Quiere para hoy, cuando las consecuencias del capitalismo son –por lo menos en Alemania– menos inhumanas de lo que eran entre 1933 y 1945, una teoría menos radical en su crítica. Su proyecto es una Teoría Crítica, pero no tanto. La crítica à la carte sería entonces su lema, si lo entendemos bien: para Hitler su Horkheimer, Adorno y Marcuse; para Schröder su Habermas, Honneth y Dubiel.
Esta argumentación de Dubiel es cuestionable en por lo menos tres sentidos.
En primer lugar, muchos autores, también entre los que tuvieron que huir del nacionalsocialismo, estaban convencidos de que el nacionalsocialismo era una interrupción, un accidente de la historia mundial, de la historia alemana, de la historia de la sociedad burguesa y de la historia del capitalismo. Incluso entre los clásicos críticos del capitalismo, los marxistas, había posiciones en este sentido. Lo específico de la Teoría Crítica es justamente que no comparte la tesis del accidente histórico y está profundamente convencida de que solamente dentro de un contexto histórico de muy largo alcance se podría entender (o por lo menos describir) lo que pasó en el nacionalsocialismo. Pero defender o no defender esta posición no tiene nada que ver con el momento histórico en el cual un autor vive y escribe, sino se trata únicamente de diferentes posiciones y resultados teóricos.
Extrañamente, Dubiel insiste en la posición de estas otras escuelas teóricas (pienso, por ejemplo, en el Círculo de Viena, cuyos miembros también estaban en contra del nacionalsocialismo y tenían que exiliarse por esto y por ser mayoritariamente judíos), pero lo hace sin retomar abiertamente los postulados teóricos a partir de los cuales llegaron con cierta congruencia a esta conclusión. Lo que quiere es ser parte de la Teoría Crítica en lo anecdótico, pero pensar como sus oponentes más agudos en lo teórico.
El hecho es que para la Teoría Crítica el acontecimiento clave del nacionalsocialismo es la destrucción de los judíos europeos, la Shoah. Dubiel no menciona este detalle en su libro. También en este sentido se parece a ciertas teorías que hoy en día quieren relativizar históricamente el nacionalsocialismo, y por lo mismo tienen que minimizar el hecho provocado por el nacionalsocialismo más presente hoy en día en Europa: la ausencia de judíos europeos. Ninguna otra consecuencia del nacionalsocialismo es relevante para la vida cotidiana actual y, por lo mismo, no conviene mencionarlo si se quiere hablar del nacionalsocialismo como algo que pasó a la historia sin más.
Los autores que hasta hoy siguen más congruentemente en la tradición de interpretación o descripción del nacionalsocialismo son justamente personas que no se autodenominan la generación X de la Teoría Crítica. Pero sin lugar a dudas son ellos los que realmente aplican los resultados de esta teoría a la situación actual. Los productos de sus investigaciones tienen un impacto sobre el desarrollo de las sociedades actuales mucho mayor que los trabajos de la autodenominada tercera generación. Me refiero sobre todo a Raúl Hilberg, quien retoma varias de las tesis centrales del Behemoth de Franz Neumann para escribir su monumental obra The destruction of the european jews (La destrucción de los judíos europeos)[7], y a Claude Lanzmann, quien, basándose en varios puntos clave de este libro, produjo la mejor obra sobre la destrucción de los judíos europeos, que a la vez es la mejor obra cinematográfica de todos los tiempos: la película Shoah.
En segundo término,la hipótesis de Dubiel de que el nacionalsocialismo terminó de tener relevancia decisiva para la teoría social actual es falsa, porque el nacionalsocialismo no dejó de ganar. Mientras que la gran mayoría de las víctimas siguen sin nombre ni tumba y no tienen nadie que les llore o haya llorado en algún momento por ellos, los asesinos siguieron en sus puestos en la RFA en casi todos los casos, hasta su jubilación por edad o su muerte. Jürgen Habermas mismo, a quien Dubiel nos presenta como la segunda generación, defendió en su momento, en el año 1988, en los órganos colegiados de la Universidad de Frankfurt, el hecho de que el entonces rector haya invitado a cinco de los más importantes colaboradores en la economía nacionalsocialista a hablar en grandes eventos organizados para estudiantes con el fin de presentarlos como personas con biografías ejemplares.
Tuve que enfrentarme personalmente en el Consejo Universitario de Frankfurt a este Habermas que, en palabras de Dubiel, trata de hacer política “desde el interior” y no quedar fuera de la jugada. Fue justamente en este momento, a partir de la tercera posición teórica-política que antes mencioné y que Dubiel no ve como posible, que esta victoria tardía de algunos de los más destacados colaboradores de los nacionalsocialistas pudo ser impedida –aunque fuera en un espacio limitado– en la realidad política actual.
Había un solo maestro de la Universidad de Frankfurt que apoyó en ese momento en el Consejo Universitario a los estudiantes críticos: Egon Becker. Lo justificó con el hecho de que su suegro había estado prisionero en un campo de concentración. Becker fue amenazado fuertemente debido a sus críticas, por el rector durante el Consejo, y Habermas, quien en su obra siempre elogia el libre intercambio de ideas, se quedó callado para unos momentos después apoyar la propuesta del rector de “reconciliación”, que consistía en ampliar el espectro de invitados y convocar, por cada distinguido colaborador en el nacionalsocialismo, adicionalmente una persona de la izquierda intelectual alemana.
Finalmente, los estudiantes ganábamos este conflicto intra universitario con repercusiones a nivel nacional después de que el gobierno del Estado de Hessen, así como la Frankfurter Allgemeine Zeitung, el periódico conservador más importante de la RFA, apoyaron nuestra crítica a este suceso inédito en la Universidad de Frankfurt, que apoyaba la continuidad de los actores del sistema nacionalsocialista. Estos acontecimientos tuvieron cierta relevancia para el desarrollo posterior de la RFA. Según mi información, estas personas invitadas nunca osaron presentarse en alguna universidad alemana como ejemplos para la juventud. La mayoría de ellos murió sin haber logrado este “reconocimiento”, que en otros ámbitos de la RFA sí alcanzaron. Este conflicto demuestra cómo la reinterpretación de la Teoría Crítica por la autodenominada segunda y tercera generación coincide, no con la realidad del fin de la relevancia del nacionalsocialismo para la actualidad, sino que se encuentra en complicidad con la continuidad de muchas de sus estructuras y de sus actores a nivel político y social.
Y en tercer lugar,Dubiel afirma que los análisis de la Teoría Crítica se concentran únicamente en el nacionalsocialismo y que con el desarrollo de la sociedad de postguerra otros fenómenos se vuelven más importantes y, con esto, una crítica tan radical, caduca. Ahí pasa por encima del hecho de que Horkheimer y Adorno, en su Dialektik der Aufklärung –libro que usa Dubiel justamente como ejemplo para esta tesis–, analizan también la sociedad que los recibió como exiliados. Eso es sobre todo obvio en el capítulo sobre la industria cultural pero también en el capítulo sobre el concepto de ilustración. En el primero usan más ejemplos tomados de la sociedad estadounidense de los años 40 que de la sociedad alemana nacionalsocialista. Incluso en el muy relevante capítulo sobre los Elementos del antisemitismo, que de manera sistemática queda excluido o marginado en casi toda la literatura secundaria, está presente la sociedad norteamericana, sobre todo en la terminología de la tesis VII, cuando desarrollan el concepto del antisemitismo de “ticket”.
Es decir, aún de primera vista, este libro no está basado exclusivamente en la experiencia del nacionalsocialismo, sino también en la del exilio en un país de un capitalismo “regular”, “normal”. Extrañamente, podemos observar que Dubiel, a pesar de insistir en varias ocasiones en su libro en el hecho de que la mayor parte de los textos de la Teoría Crítica fueron desarrollados en los Estados Unidos, no menciona el hecho arriba descripto en su afán de quitarle la espina de la radicalidad a la Teoría Crítica, historizándola, es decir, limitándola.
 
 4. Dubiel et. al. como la tercera generación de la Teoría Crítica. Volvamos al punto en que Dubiel insiste en ser uno de los pocos representantes de la “Teoría Crítica Hoy”.
Aparte del descripto y criticado historizar de la Teoría Crítica, a Dubiel le hace falta para fundar esta autodenominación, deshacerse de otros posibles herederos de esta escuela. Por supuesto nunca se le podría ocurrir el pensar en los dos autores que ya mencionamos: están en el extranjero y son judíos. La nueva Teoría Crítica quiere estar dentro de una sociedad que mató a casi todos los judíos y de los sobrevivientes la mayoría prefirió quedarse afuera. Pero hay todavía otras personas que excluir. No se puede entrar en una discusión, que además sería poco fructífera, de quién podría ser o no más cercano a la Teoría Crítica (por supuesto en continuo desarrollo) en el ámbito universitario y/o científico hoy en día. (Hablando de México, se podría ver como un muy buen candidato a Bolívar Echeverría, quien, desde mi perspectiva, aporta más a algo como una nueva teoría crítica que el conjunto de autodenominadas nuevas generaciones en Alemania).
 Pero sí hay un caso que es necesario. Alfred Schmidt es, sin lugar a dudas, en su forma de filosofar, el pensador más cercano en el Instituto de Filosofía de la Universidad de Frankfurt –hoy en día– a la tradición de la Teoría Crítica. Dubiel, quien no se limita de mencionar nombres de posibles candidatos para las supuestas nuevas generaciones, no lo menciona en ningún momento. Con esto sigue el ejemplo de Habermas, quien intentó durante largos años llegar a ser el único heredero de la Teoría Crítica, ninguneando a Schmidt. El primero era asistente de Adorno y el segundo de Horkheimer en los años 60. Repito, no quiero entrar al debate de qué tan cercano está Alfred Schmidt de la tradición de pensamiento fundada por Horkheimer, Adorno, Marcuse, Neumann, Kirchheimer, etcétera. Pero sí salta a la vista una afirmación de Dubiel en este contexto. En la página 81 declara: “La naturaleza ya no es más –como era aun en el marxismo– un mundo de cosas suministrado en forma libre para la explotación colectiva”. Aquí Dubiel olvida por completo el mundialmente conocido libro de Schmidt del año 1966, El concepto de naturaleza en Marx. En este libro Schmidt analiza detenidamente, dentro de la discusión marxista, la relevancia de la naturaleza como instancia justamente no completamente controlable o suministrable por el ser humano y su voluntad. Pero Schmidt no era solamente uno de los primeros en la discusión filosófica del marxismo, sino dentro de la filosofía y ciencia social occidental en general en su época, quien criticó la vieja idea de una naturaleza a la merced de los seres humanos y su voluntad. Habermas, el gran ejemplo para Dubiel, en esos años ni siquiera captaba la relevancia de esta problemática. El hecho de que Dubiel haga la arriba citada afirmación sin mencionar a este libro de Schmidt está dentro de la tradición habermasiana de ningunear el otro posible “heredero” de la Teoría Crítica.
El hecho de que ni Schmidt ni sus discípulos hubieran entrado a este pleito por la herencia de la fama de la Teoría Crítica no expresa otra cosa que una mayor seriedad científica.
 
 5. Quiero terminar aquí, aunque queden sin mencionar varios puntos problemáticos en el libro de Dubiel, haciendo la siguiente reflexión final: ¿por qué insiste Dubiel en historizar la Teoría Crítica y reducirla a un “lamento de Horkheimer” sobre el nacionalsocialismo[8] o a un “shock existencial en una teoría”[9] motivado por la Shoah, mientras que a la propia teoría junto con la de Habermas la declara una teoría social general que es válida supuestamente de manera independiente de su origen socio histórico: la RFA en sus años de reconstrucción después del nacionalsocialismo? Cito a Dubiel:
 
Interrogado en torno al motivo que organiza toda su filosofía, Habermas remite a la intención de suministrar a la Teoría Crítica de la sociedad una base conceptual sólida. Este fundamento –que cree que no puede ser tocado por traumas histórico-epocales– consiste en un concepto comunicativo de la razón.[10]
 
Dubiel presenta aquí de manera afirmativa el proyecto de Habermas y lo declara supra-histórico, mientras que la experiencia del genocidio se reduce a una experiencia cuasi individual, un “trauma”, un “shock”. ¿No será justamente a la inversa?
¿Por qué no habla en ningún momento del “pragmatismo” de Habermas, cuando éste apoyó al rector de Frankfurt en 1988 cuando quiso invitar cinco o más colaboradores de primera línea del sistema nacionalsocialista, y sólo habla del “peculiar pragmatismo”[11] del Institut für Sozialforschung en sus primeros años? ¿Por qué habla sólo del papel de víctimas de los autores de la Teoría Crítica y no del hecho de que Habermas luchó en el ejército alemán por las causas del régimen de Hitler? ¿Por qué escribe de los traumas de Horkheimer y Adorno y no de los de Habermas? ¿Por qué la experiencia supuestamente democrática de la RFA es una base más sólida para una teoría universal de la sociedad burguesa –que obviamente intenta– que el análisis (más que la experiencia inmediata que solamente vivió Walter Benjamin, quien se suicidó en su huida fracasada para no caer en los manos de los nacionalsocialistas) de la fase más próspera del capitalismo en Alemania entre 1933 y 1945? O dicho de una manera más directa: ¿por qué la perspectiva de los alemanes que se quedaron en el sistema nacionalsocialista, que fueron educados por ex nazis, como es el caso de Habermas y Dubiel, es más “desde el interior” que la perspectiva desde los exiliados, los muertos y los excluidos?
La forma como Dubiel historiza a la Teoría Crítica y eterniza a Habermas, Honneth y a él mismo es –con todo respeto– la mirada del ganador. Pero no del ganador del debate libre, científico y racional, sino simple y sencillamente del ganador actual en el terreno político y social.
Dejar pasar estas versiones sin confrontarlas con la crítica que merecen sería permitir que la Teoría Crítica fuera –festejando su supuesta reencarnación en la supuesta segunda o tercera generación– enterrada para siempre. Sería la victoria tardía pero definitiva sobre la herencia de los burgueses liberales judíos (los únicos burgueses liberales que había) en Alemania. Por esto, y sólo por esto, levantamos aquí nuestra voz.
 
Por último, quiero dejar en claro que obviamente este comentario está escrito, aunque en México, desde una perspectiva de las discusiones en la RFA. Sé que las discusiones sobre teoría y praxis, crítica y negatividad, interior y exterior, condiciones históricas y validez universal, etcétera, son parcialmente otras aquí. Pero retomar estas problemáticas conformaría un comentario aparte.
Quiero agradecer en este sentido y con toda sinceridad a Gustavo Leyva y Oliver Kozlarek que hayan reabierto la discusión sobre la Teoría Crítica en México a partir del libro que editaron de Helmut Dubiel. Espero que esta discusión continúe siendo fructífera en este país, que podría ser el lugar idóneo para una nueva teoría crítica de la sociedad que retome algo más que el nombre de aquel proyecto único en la historia del pensamiento.


 
[1] “Nosotros, la tercera generación de la Escuela de Frankfurt”. Dubiel, Helmut; Teoría Crítica. Ayer y Hoy, Trad. Gustavo Leyva y Oliver Kozlarek, México D.F, Universidad Autónoma Metropolitana - Iztapalapa, 2000, pág. 47.
[2] Ibid. pág. 131.
[3] Ibid. pág. 133.
[4] Ibid. pág. 47.
[5] Véase por ejemplo: ibid. pág. 51 y pág. 61.
[6] Ibid. pág. 27.
[7] Hilberg, Raul; The destruction of the European Jews, New York, Holmes & Meier, 1985.
[8] Dubiel, op. cit., pág. 84.
[9] Ibid. pág. 82.
[10] Ibid. pág. 27.
[11] Ibid. pág. 80.