Transnacionalización y renacionalización. Estado nacional, nacionalismo y conflicto de clases.

Hirsch, Joachim

 I. Consideraciones previas
 
A menudo suele aludirse a la existencia de una sociedad civil mundial, una comunidad de estados o hasta una aldea global. Parece ser una realidad que las naciones y los estados nacionales pierden importancia en el curso de la llamada globalización. Consorcios multinacionales devinieron en actores económicos decisivos, una industria global de la cultura penetra hasta los últimos rincones del mundo, las redes de comunicación son más densas, personas muy alejadas entre sí se convierten en vecinos virtuales, organizaciones internacionales adquieren mayor importancia. Sin olvidar a las masas humanas que constantemente escapan de la miseria o su amenaza. Estos desarrollos parecieran relativizar en gran medida la trascendencia de la nación y el estado nacional.
Y no obstante se incrementan las erupciones nacionalistas y racistas en muchos lugares del mundo. Nación, raza, pertenencia étnica aparentemente son más importantes como referentes de identidad. Baste recordar las matanzas, los pogromos y las limpiezas étnicas en Africa, los Balcanes y últimamente también en el Sudeste Asiático. Los movimientos de extrema derecha, nacionalistas y racistas, adquieren dimensiones peligrosas, no sólo en la periferia sino también en las metrópolis.
El nuevo estallido del nacionalismo tal vez sorprenda. Luego de dos guerras mundiales desvastadoras parecía haber perdido gran parte de su importancia. La clara hegemonía de los Estados Unidos y la Unión Soviética, manteniendo a sus respectivas zonas del mundo bajo estricto control, dejaba poco margen a movimientos nacionalistas.
En el occidente capitalista, el orden económico mundial garantizado por los EEUU, parecía asegurar una era dorada de crecimiento generalizado y bienestar ascendente, que atenuaba los conflictos al interior de las sociedades tanto como entre los estados. Los movimientos de liberación nacional, que se desplegaron en la periferia capitalista, lucharon contra la opresión y explotación de las metrópolis, pero tenían generalmente objetivos más bien sociales que nacionalistas.
Esta fase finalizó con la irrupción de la gran crisis económica mundial de los años setenta. A partir de ahí vivimos en la era de la globalización —un concepto tan general como ambiguo. No puedo profundizar aquí trasfondos y dimensiones de ese proceso, me limito a señalar lo esencial: designa una estrategia económico-política, que elimina las limitaciones nacionales del tráfico de mercancías, dinero y capital, que apuesta al desencadenamiento desenfrenado de las fuerzas del mercado y con lo cual pretende crear nuevas posibilidades de expansión, revalorización y ganancia para el capital. Esto conduce a un aumento significativo del entrelazamiento económico internacional y, al mismo tiempo a una seria limitación de los márgenes de acción política de los estados nacionales. La globalización así provocó también una crisis y transformación del sistema de los estados nacionales. Se debe partir del supuesto, que esa evolución es una causa decisiva de la nueva coyuntura del nacionalismo. Estamos entonces ante la aparente paradoja, de que la crisis del estado nacional al mismo tiempo impulsa direccionalidades y movimientos nacionalistas.
Antes de abordar esta interrelación, quisiera referirme brevemente a qué entendemos realmente como nación y nacionalismo y, cuáles son sus fundamentos.
 
 
II. ¿Qué es el nacionalismo?
 
 
El nacionalismo no existe desde siempre, como tampoco las naciones. Ambos son fenómenos modernos. Su surgimiento está estrechamente vinculado a la imposición del capitalismo y la consiguiente conformación de estados burocráticos centralizados a partir del siglo XVII. En este proceso se transformaron profundamente las relaciones sociales y las estructuras de dominación: hombres y mujeres fueron sacados de sus tradicionales pertenencias y ambientes de vida, convirtiéndolos en propietarios privados y sujetos individualizados del mercado. En base a estas transformaciones económico-sociales pudieron desarrollarse las ideas modernas de libertad e igualdad de todas las personas. Se disolvieron las dependencias feudales y, hombres y mujeres fueron sometidos, como ciudadanos formalmente iguales y libres, a un poder estatal centralizado, que abarca a todos aquéllos, que habitan dentro de las fronteras estatales. Los conceptos nación y pueblo como denominación de personas iguales que viven entre determinadas fronteras, adquieren sentido recién a partir de la industrialización capitalista.
Pero precisamente ese contexto histórico original otorga al concepto nación también un significado sumamente contradictorio:
En primer lugar simboliza la unión y autodeterminación política del pueblo, integrado por ciudadanos libres e iguales, frente a las tradicionales fuerzas oligárquicas y feudales. En ese sentido, el concepto nación tiene un contenido fundamentalmente democrático, que se evidenció especialmente en las revoluciones burguesas. Nación designa entonces al pueblo que se autodetermina en base a valores y convicciones comunes.
Sin embargo, dado que el concepto de nación siempre está ligado a la lucha por el poder y a la exclusión de y delimitación frente a otros —o sea, los extranjeros, los que no pertenecen— opera al mismo tiempo como instrumento ideológico de dominación. Así es, especialmente cuando los seres humanos en realidad no son iguales y la sociedad está impregnada de intereses contrapuestos y antagonismos sociales. La proclamación de una nación permite a quienes detentan el poder estatal sugerir una unidad ficticia de pueblo, más allá de todas esas diferencias, integrado por sujetos individualizados y, por este medio, legitimando simultáneamente su dominación. En una sociedad individualizada y atravesada por divisiones sociales, la ficción de una nación común se convierte en un justificativo de las condiciones sociales y políticas imperantes. Visto en perspectiva histórica, las naciones mayoritariamente no surgieron de un proceso de autodeterminación, sino que fueron construídas mediante el poder estatal e impuestas por la fuerza.
El concepto nación entraña con eso una contradicción fundamental: se vincula por una parte a libertad, igualdad y autodeterminación, por otra parte con la exclusión de todo lo foráneo y el sometimiento al poder del estado centralizado. Es importante destacar que las naciones no son hechos cuasi naturales e incuestionables. Son más bien construidas ideológicamente siempre en base a determinadas estructuras económicas y políticas. Aunque una nación se autodefina por valores y tradiciones culturales, un idioma y origen común, éstos a menudo recién fueron creados en el proceso de su conformación. El concepto de nación comprende siempre y necesariamente la opresión de minorías y disidentes. Nación y nacionalismo están por lo tanto siempre vinculados a dominación y exclusión, a la homogeneización coercitiva y la opresión.
Debido a que el concepto de nación por principio está ligado a la exclusión y delimitación frente a todo lo foráneo, tanto dentro como fuera de las fronteras, incluye siempre también al racismo por lo menos como tendencia o sea, la discriminación y desvalorización de las personas rotuladas como diferentes o foráneos.
En la evolución histórica nación y nacionalismo adoptan por cierto significados bien diferentes. Las contradicciones inherentes al concepto se expresan de manera diversa. En las revoluciones burguesas del siglo XIX el concepto de nación estaba todavía estrechamente vinculado a los postulados democráticos, de libertad y autodeterminación. Pero ya en la Revolución Francesa la consigna era libertad, igualdad, fraternidad — ó muerte! Cuando la clase burguesa finalmente conquistó y consolidó el poder político, fue pasando a primer plano y con mayor claridad el carácter de dominación del concepto nación. Más alla de los profundos antagonismos de una sociedad de clases, cada vez más adquirió la función de sugerir una unidad ficticia de pueblo y con lo cual legitimaba el dominio existente de clase. Simultáneamente el nacionalismo se convirtió en un justificativo tan importante como efectivo para intenciones expansionistas y guerras imperialistas.
En esto es de suma importancia la interrelación contradictoria entre clase y nación. Fue en el marco del estado nacional con sus instituciones políticas, dentro del cual la clase obrera pudo conquistar, en algunas partes del mundo, derechos democráticos y sociales. Esto ocurrió por cierto muchas veces a costa de otros países y quedó básicamente limitado al estado nacional respectivo. Pero el concepto de nación permitió, al mismo tiempo también, diseñar trascendiendo las clases, una comunidad de interesesentre la burguesía nacional y la clase obrera. Para la sociedad capitalista de clases, el concepto de nación tiene entonces una importancia central en cuanto a la técnica de dominación. La movilización de ideas nacionalistas abre la posibilidad de dividir la clase obrera acorde al trazado de fronteras nacionales y, utilizar una parte de ella contra la otra. Desde sus comienzos fue el capitalismo un sistema global. Con lo cual el hecho de que esté políticamente subdividido en una multiplicidad de estados nacionales se evidencia como condición esencial para la regulación, en el sentido de la dominación, del conflicto de clases y la integración ideológica de las clases oprimidas. De ahí se entiende por qué el movimiento obrero revolucionario se definió, por lo menos en sus comienzos, como anti-nacional e internacionalista.
 
 
III. ¿Qué efectos tiene la globalización?
 
 
Luego de esta disgresión un poco teórica retomemos la situación actual. Abordar cada una de las causas y dimensiones de la reestructuración neoliberal de la economía mundial excedería el marco de esta conferencia. Cabe señalar que la globalización económica no conduce a una unificación del mundo ni cumple sus promesas de bienestar y democracia. Más importancia tienen los siguientes procesos:
(1) A escala internacional se incrementan las desigualdades económicas y sociales. Las diferencias entre el primer y el tercer mundo no han desaparecido, sino que se han multiplicado y profundizado. Algunos estados ex-socialistas se encuentran ante el colapso económico. Sobre vastas regiones del mundo pende la amenaza de quedar excluídas de todo desarrollo económico y ser marginadas. Esto a su vez es causa de crecientes movimientos migratorios y éxodos, cuyos efectos se reflejan en muchas sociedades, las cuales van adquiriendo un carácter multicultural y multinacional.
(2) Después del derrumbe de la Unión Soviética es absoluto el poder económico y político de la tríada capitalista EEUU, Europa, Japón. Esta controla económica y políticamente el mundo. El nuevo orden mundial es jerárquico en extremo y para muchos países y regiones ha intensificado su dependencia de las metrópolis centrales.
(3) La globalización económica ha modificado sustancialmente al estado nacional y al sistema de estados. Crecientes desigualdades económicas y la desintegración de los grandes imperios condujeron al derrumbe y la división de muchos de ellos. Simultáneamente se han reducido sensiblemente los márgenes de acción política de los estados nacionales en lo económico y social. Más que nunca la política estatal se ve forzada a competir con otros estados, en la oferta de condiciones óptimas para la revalorización del capital internacional altamente móvil. Los estados nacionales se han convertido en estados nacionales competitivos. Bajo el dictado del mercado mundial cada vez menos están en condiciones de asegurar materialmente, es decir con políticas sociales, la cohesión de la sociedad. Las consecuencias de ese proceso son:
- procesos democráticos se estrellan cada vez más contra los dictados del mercado mundial y las coacciones del flujo internacional del capital. Las instituciones de la democracia liberal son socavadas inclusive donde están medianamente desarrolladas y consolidadas.
- Crecen las desigualdades sociales y, los procesos de fragmentación se incrementan no sólo a escala internacional, sino también al interior de las sociedades nacionales.
- Finalmente la globalización significa una movilidad internacional casi ilimitada del capital, mientras que los trabajadores siguen siendo confinados al interior de las fronteras nacionales. En consecuencia, las sociedades pueden ser presionadas sistemáticamente a una competencia agudizada y, los segmentos nacionales de los asalariados pueden ser utilizados con mayor facilidad, para enfrentarlos entre sí.
 
 
IV. El resurgimiento del nacionalismo
 
La nueva coyuntura del nacionalismo está íntimamente vinculada a la crisis y la transformación del estado nacional, originadas por el proceso de la globalización:
(1) La creciente inseguridad social y fragmentación de la sociedad, también en las metrópolis, son un caldo de cultivo para movimientos de extrema derecha, nacionalistas y racistas. Está surgiendo un nuevo nacionalismo del tipo chauvinismo de bienestar. Este legitima repeler, en última instancia mediante la fuerza militar, a los flujos de refugiados, justificando intervenciones militares en todas partes del mundo a fin de asegurar intereses económicos y militares.
(2) La marginación económica y la segregación social hacen a la desintegración de sociedades y estados. El efecto son conflictos nacionalistas y étnicos agudizados. Luchas por privilegios relativos, alimentadas desde el nacionalismo, proliferan en todas partes del mundo. En esto desempeñan un importante papel la auto-nacionalización y auto-etnicización, o sea, la proyección ideológica de naciones y pueblos. Sobre todo en la periferia la lucha por la liberación nacional de antaño ha retrocedido para dar lugar al esfuerzo de conseguir por lo menos una anexión dependiente a las metrópolis de la tríada. La guerra en los Balcanes es un ejemplo destacado de esto: Del derrumbe económico de Yugoslavia surgieron estados, cuyo interés fundamental consiste en pasar a otros los efectos materiales de este fracaso, separándose de regiones atrasadas y creando así las condiciones para una anexión dependiente a la Unión Europea. Esto sobre todo ha atizado la erupción devastadora del nacionalismo y racismo étnico.
(3) Finalmente se puede comprender también al llamado fundamentalismo islámico como una forma del nacionalismo, orlado con la religión. Sólo es comprensible en el contexto de un orden mundial, determinado por la supremacía absoluta de las metrópolis de la tríada, que a grandes partes de la periferia niega sistemáticamente un desarrollo económico autónomo como así también la autodeterminación política y social.
El resurgimiento actual del nacionalismo no es entonces casual sino producto de las reestructuraciones del mundo en el curso de la globalización capitalista. Es principalmente la política neoliberal imperante la que fomenta más y más el nacionalismo agresivo. Es decisivo que este nuevo nacionalismo se haya despojado de contenidos democráticos y emancipadores. En cambio, va quedando en evidencia cada vez más que está al servicio de legitimar intereses de poder y movilizar intereses colectivos sociales en la lucha por privilegios económicos relativos. Pareciera que hoy se hubiese roto definitivamente la conexión entre nación y democracia.
 
 
V. ¿Es posible una política democrática nacional?
 
Primero cabe afirmar que el problema del nacionalismo persistirá mientras existan estados. Y éstos no desaparecen de ninguna manera en el proceso de la globalización, sino que adoptan un nuevo rostro y nuevas funciones.
Una política que apunte a la liberación y emancipación de hombres y mujeres se encuentra por lo tanto, ahora como antes, frente al problema de la nación y del nacionalismo, lo cual significa también que sigue enfrentándose a las contradicciones ya señaladas.
Por una parte, hay que partir de que condiciones esencialmente democráticas, por lo pronto sólo pueden desarrollarse en el marco nacional-estatal. Una condición necesaria para esto es un cierto consenso de convicciones respecto a valores, perspectivas de desarrollo de la sociedad y objetivos. En este sentido la nación sigue siendo indispensable como unidad política. Y es tanto más importante en cuanto que un fortalecimiento de la democracia a nivel nacional es una condición decisiva y un anclaje importante para enfrentar los efectos destructivos del proceso globalizador. La meta de la estrategia de la globalización consiste en debilitar los estados nacionales y privarlos de su capacidad de moldear la realidad social. Sólo una política de democratización, por lo pronto a nivel nacional, puede contrarrestarlos.
Por otra parte, toda política nacional queda necesariamente prisionera de sus propias contradicciones. Tendencialmente se orienta a la exclusión y opresión y lleva implícito un racismo estructural. Tiende a encubrir contradicciones sociales, relaciones de explotación y opresión con la ficción de la nación única y común, legitimando así el statu quo social y la dominación existente. Consolida además las divisiones político-sociales y rivalidades a nivel internacional, que en última instancia siempre perjudican a los desprotegidos.
En síntesis: toda política democrática y emancipadora se encuentra, en lo referente a la nación y el estado nacional, ante un dilema fundamental. No es fácil resolverlo. Se trata más bien de desarrollar una política democrática en el plano nacional-estatal y, trascender al mismo tiempo ese marco. Esto significa que una política democrática a nivel nacional debe ser a la vez internacionalista. Movimientos sociales y organizaciones políticas requieren de una base nacional. Pero son verdaderamente democráticos sólo cuando logran desarrollar conexiones internacionales de cooperación, que contrarresten los mecanismos nacional-estatales de dominación y opresión, es decir, creando estructuras políticas que a la vez sean democráticas y realmente transnacionales. Para esto poco sirven los aparatos nacional-estatales de dominación que compiten entre sí, sino formas organizativas y movimientos políticos independientes.
Como sabemos, el movimiento obrero histórico ha fracasado no en última instancia ante el problema del nacionalismo. Dos guerras mundiales y el fascismo fueron los resultados. El problema no está resuelto hasta hoy. La persistencia de las divisiones de la clase, basadas en los estados nacionales, es una condición decisiva para el éxito de la estrategia neoliberal de la globalización. Ante sus efectos destructivos y ante las crecientes desigualdades y dependencias internacionales, se plantea una renacionalización de la política precisamente en los movimientos y las fuerzas de la izquierda. Responder políticamente a la trasnacionalización del capital con la retirada a la nación y el estado nacional, parece a primera vista comprensible. Este camino sin embargo sería altamente peligroso, como espero haberlo demostrado. Conlleva el riesgo de sacrificar nuevamente objetivos democráticos y sociales, subordinándolos a una ideología de la dominación.