Argentina en los '90, ó la pulsión cortoplacista del capital.

Aronskind, Ricardo

Preguntas

 
¿Cómo explicar los orígenes de lo ocurrido en la economía argentina en la década del 90 y cómo evaluar las posibles consecuencias?
¿Cuándo empezó realmente la “transformación estructural” de la última década? ¿Son los cambios evidentes los más importantes o se produjeron otros cambios más profundos que pasaron desapercibidos?
¿O quizás es más significativo aún lo que no cambió, lo que permanece inmutable en la estructura económica y social de la Argentina?

 

 

 
El marco de la economía mundial
 
Luego de la crisis de los años 70 comenzó en el ámbito mundial un ciclo diferente, marcado por la preeminencia del capital financiero sobre el productivo, la creciente interconexión entre las economías nacionales, una extraordinaria ola de fusiones y adquisiciones que viene generando macroempresas mundiales y un salto tecnológico formidable a partir de la aplicación masiva de la informática, la ingeniería genética y el desarrollo de nuevos materiales.
Este proceso, que no ha sido fruto espontáneo de la naturaleza, sino resultado de decisiones de gigantescas organizaciones económicas, académicas y políticas, se ha producido fundamentalmente en los países centrales: Estados Unidos, la Unión Europea y Japón.
De allí que los resultados de estas transformaciones tengan como primer subproducto un extraordinario fortalecimiento de la posición relativa de estos países en la escena internacional, un posicionamiento imbatible de las empresas surgidas en estos países con relación a las empresas de la periferia y también un desbalance entre el poder relativo de los asalariados y las capas medias con relación a los dueños del capital y la tecnoburocracia a nivel global.
La desaparición del régimen soviético en Rusia y los demás países satélites creó un clima adicional de triunfo del capitalismo y redujo las “amenazas potenciales” que ayudaban a sustentar en Occidente las políticas de equilibrio social.
 
El Fondo Monetario y el Banco Mundial: condicionalidad y hegemonía neoliberal
 
La periferia había llegado, en los ‘70, a su punto más alto en cuanto a presencia internacional, habiendo logrado que se reconociera su situación, mediante preferencias comerciales y transferencias de recursos de los países centrales para financiar el desarrollo. Si bien se percibía al orden mundial como injusto, existía una suerte de consenso generalizado en la dirección de procurar reducir las diferencias existentes.
La oportunidad generada por los shocks petroleros en 1973 y 1979 no fue aprovechada para impulsar el desarrollo ni la igualdad en los países petroleros, ni en sus “hermanos” del Tercer Mundo. Fue, en cambio, el comienzo de un ciclo de endeudamiento masivo de los países de industrialización media, como una parte de América Latina, países de Europa del Este y de Asia.
Los vaivenes de la economía internacional, el cambio de la política monetaria norteamericana y la irresponsabilidad o connivencia de los gobiernos en la periferia, produjeron una crisis de endeudamiento que puso en cuestión las “vías hacia el desarrollo” seguidas previamente.
Las tradicionales visiones “nacionales y populares” de la periferia, que veían en la intervención del Estado, las políticas proteccionistas de la industria y la redistribución del ingreso las llaves del desarrollo, se vieron violentamente confrontadas con un paquete de políticas (llamado posteriormente Consenso de Washington) que reclamaba desmontar el Estado interventor, abrir las economías en materia comercial y financiera y abandonar las estrategias planificadas de desarrollo, en favor de la iniciativa privada. Las regulaciones que limitaran las demandas del “mercado” debían ser eliminadas y el gasto estatal reducido en la mayor medida posible.
“Despolitizar la economía”, dotarla de una lógica costo-beneficio inmediata, eran las ideas movilizantes de una vasto conjunto de intereses económicos, políticos y sociales que encontraron sus puntos de referencia internacionales en las gestiones de Ronald Reagan y Margaret Thatcher.
 
Argentina: historia de una economía rentista
 
En la Argentina, a pesar de que ya en 1945 el producto industrial superó al agropecuario, nunca se terminó de consolidar un consenso general en cuanto al papel estratégico de la industria, la ciencia y la innovación en un país que quiera consolidar su independencia y ofrecer a la población estándares de vida crecientes.
La Argentina, que pretendía vivir eternamente de la renta agraria, fue impulsada por la crisis de los años 30 a una industrialización sin convicción, como último recurso para evitar la ruina de amplios sectores de la población. La posterior industrialización impulsada desde el Estado por el peronismo, estuvo inmersa en la lógica de la construcción de mercados autónomos, cada vez más inviables a medida que la tecnología de producción requería crecientes dimensiones de mercado para ser rentable y amortizar las gigantescas inversiones.
En América Latina, la industrialización debió haber sido acompañada por un claro proceso de integración regional, para poder viabilizar una industria con capacidades competitivas, que no la obligara a replegarse permanentemente sobre sí misma. Sin embargo, esta no fue la historia. Cada país ensayó su propio proceso de sustitución de importaciones, entre los cuales, el caso argentino avanzó alimentado por las transferencias de la renta agraria y la protección frente a las importaciones.
El capital extranjero ingresó reforzando los problemas comerciales y financieros de estos países, sin que se generara una dinámica de difusión tecnológica autónoma. Ya en los años 60, diversos autores comprendieron que esta dinámica mostraba limitaciones, pero había creado fuertes intereses en su mantenimiento. Argentina no había resuelto racionalmente cómo avanzar en una industrialización más sustentable, cuando la dictadura militar del ‘76 se instaló para destrozar parte del tejido social y productivo producido por la industrialización.
El endeudamiento externo inducido en los años 70, más allá de negocios individuales, estableció una permanente sangría de recursos de la economía nacional, una dependencia reforzada con relación a los organismos financieros internacionales y acreedores externos y un agotamiento sistemático de los recursos estatales.
El alfonsinismo, luego de una frustrante búsqueda de plafón internacional para aliviar el problema del endeudamiento externo, decidió acometer la infructuosa idea de afrontar la crisis local y externa acudiendo al impulso inversor y exportador de las grandes empresas locales.
La hiperinflación fue el resultado final de esta “colaboración” entre un gobierno débil, un Estado quebrado y el empresariado más concentrado.
Desde el punto de vista social, la catástrofe que representó la hiperinflación llevó a que amplias capas de la población estuvieran dispuestas a aceptar cualquier solución que los alejara del terror al hambre y el desamparo que generaron aquellos meses entre marzo y julio de 1989.
El capitalismo argentino creció impulsado por el mercado mundial hasta los años 30 y por el Estado a partir de ese momento. El papel central que el Estado tuvo en la construcción de una economía industrial se superpuso a su debilidad como aparato técnico eficaz para implementar políticas y al permanente desorden político, producto de las pujas sectoriales entre los viejos y nuevos actores nacidos de la industrialización. La renta agraria permitió por décadas sostener un nivel de vida relativamente alto para la población (con relación a América Latina) y continuar con escaso dinamismo la producción agraria e industrial. La debilidad estatal se manifestó en las pobres políticas tendientes a sustentar un proceso autónomo basado en las capacidades científicas locales y en la deficiente forma de implementar políticas que en otros contextos resultaban exitosas. El conflicto político guardó escasa relación con los principales dilemas que planteaba la evolución de la economía. La reducción relativa de los ingresos por exportaciones del país con relación a sus necesidades de importación creó el contexto para una crisis fiscal permanente y un desacuerdo interno exacerbado en cuanto a cómo distribuir la riqueza. La deuda externa generada por la última dictadura militar y por un conjunto de grandes empresas locales, terminó por descontrolar las finanzas públicas. Así, el alfonsinismo fue arrasado por una situación fiscal imposible de manejar sin una drástica redefinición de los ingresos y egresos públicos.
El bajísimo nivel del debate público, la incomprensión mayoritaria de los hechos que se vivían y la capacidad del establishment por ir generando hechos consumados, permitieron arribar a la salida menemista de la hiperinflación. Esta fue una oportunidad para generar modificaciones estructurales revolucionarias en la forma de funcionamiento de la economía argentina, al tiempo que permitía renovar las fuentes de rentas de los grupos económicos dominantes.
Si durante el período alfonsinista se lograron extraordinarias transferencias de ingresos desde el Estado al sector privado a través de los empréstitos públicos (emisiones de bonos y letras de Tesorería), la continuidad del perverso sistema de subsidios sectoriales y regionales, la impunidad para la evasión impositiva y la hiperinflación marcaron el agotamiento de estas posibilidades.
Sin embargo, la hiperinflación creó las condiciones políticas y psicológicas para dar manos libres al equipo menemista para avanzar en la implementación de las demandas del establishment local e internacional, a cambio de paz cambiaria, estabilidad de precios y unificación del discurso en torno a nuevos ejes hegemónicos.
 
Momentos de la década
 
1. Los años revolucionarios
 
Fue Erman González, luego del turbulento período en el cual el grupo Bunge y Born manejó el Ministerio de Economía, quien finalmente realizó la “cirugía mayor sin anestesia”. Se avanzó decididamente en el proceso privatizador, se redujo a niveles ínfimos el gasto público, se desmonetizó bruscamente la economía a través del Plan Bonex y se crearon las condiciones propicias para que el Banco Central acumulara una masa de dólares suficientes para poder respaldar la cantidad de pesos existentes. Esto se hizo en un contexto de total desorientación en los sectores ligados al viejo aparato estatal y de amplio triunfalismo de las fuerzas sociales del neoliberalismo.
Domingo Cavallo se hizo cargo del ministerio en un momento propicio: se había perfilado un acuerdo entre los sectores dominantes nacionales y extranjeros, que veían en las privatizaciones, la desregulación y la apertura una inmensa oportunidad de negocios conjuntos. El financiamiento internacional estaba disponible en grandes cantidades, el Banco Central había acumulado las divisas indispensables para sostener la convertibilidad y el país llevaba tres años de estancamiento con picos hiperinflacionarios. La convertibilidad aparece entonces como una oferta atractiva para sectores amplios de la población: se percibe una caída brusca de la inflación, una reactivación del aparato productivo, la reaparición del crédito para el consumo y el ingreso de producción importada barata.
Los años 1991-1994 serán los de oro del “modelo”, en los que al tiempo que va creciendo la desocupación, una parte de la población (que excede largamente a los sectores de altos ingresos) ve mejorar su situación, o al menos alejarse el peligro del hundimiento social. En 1994 ya se observaban síntomas de agotamiento de esa dinámica expansiva, basada especialmente en el aumento del consumo de bienes nacionales e importados, a partir de un sistema de créditos financiado por préstamos externos. La capacidad de endeudamiento comenzó a saturarse, así como empezaron a agotarse los fondos que ingresaban a las arcas públicas gracias a la venta de las empresas estatales.
El Tequila: fue sin duda una maravillosa oportunidad para señalar al mundo, y en especial a México, como responsables de los problemas de la economía argentina, del repentino desplome de la tasa de crecimiento y del salto en la desocupación y subocupación. En realidad, la crisis financiera internacional desatada por la devaluación mexicana mostró la debilidad de un esquema jugado al financiamiento (endeudamiento) externo permanente como motor de crecimiento.
La convertibilidad sobrevivió costosamente a ese momento, en el que numerosas entidades financieras incurrieron en insolvencia, que fue comprensivamente ignorada por el Banco Central. Debemos decir que de haberse producido la quiebra masiva del sistema bancario, las consecuencias para la economía y la población hubieran sido graves y dolorosas. Argentina recibió, además, el aporte invalorable de la demanda externa de Brasil, país que en el contexto del Plan Real y las nuevas reglas del Mercosur, se convirtió en un notable consumidor de productos industriales y agrarios argentinos, dando un tiempo adicional al esquema de la convertibilidad.
 
2. Roque Fernández: piloto automático y heterodoxias
 
Superado el momento dramático, se volvió al esquema anterior: endeudamiento externo, ingreso de crédito y mercaderías del exterior, inflación casi nula y creciente segmentación del mercado nacional, con una profunda grieta de ingresos al interior de las capas medias. Las fantasías cavallistas de una década de crecimiento al 7% anual (necesarias para reducir el desempleo y mantener bajo control los servicios de la deuda externa) quedaron en el olvido. Cavallo, a través del conflicto con Menem y Yabrán, obtuvo una excusa inmejorable para retirarse de la función pública como ministro exitoso y bastión contra la mafia. Su reemplazante, Roque Fernández, merece ciertas observaciones, como la corriente de pensamiento rígidamente monetarista que representa: por una parte, descree de cualquier política activa por parte del Estado (lo mejor que puede hacer el Estado es desaparecer, dejar libre a la “iniciativa privada”); pero esto lo lleva a ser menos permeable a las demandas de favores por parte de los sectores políticos o empresariales: no se debe distorsionar con la intervención pública las señales del mercado. Algunos de los enfrentamientos entre Fernández y diversos sectores productivos y el propio Menem tienen que ver con esa visión, que sólo muestra sensibilidad ante los requerimientos del sector financiero concentrado.
En todo caso, Fernández veía con muy buenos ojos la trepada de la deuda externa argentina a los 150.000 millones de dólares, entre pública y privada: cuanto más deuda, más injerencia de los organismos multilaterales de crédito y menos margen de maniobra para los políticos demagogos, populistas y desarrollistas.
 
3. Crisis asiática y devaluación brasileña
 
A mitad de 1997, otro caos provocado por la combinación de políticas irresponsables de desregulación financiera y una especulación privada de dimensiones colosales generó una crisis en el sudeste asiático, que amenazó a todo el sistema financiero internacional. La sucesión de devaluaciones, caídas bursátiles y derrumbes productivos y sociales continuó reptando por el mundo durante 1998, teniendo como punto destacado al “default” (no-pago de deuda) de Rusia. Hacia comienzos de 1999, el propio esquema económico de Brasil entró en crisis y debió devaluar drásticamente la moneda.
Mencionamos brevemente estos episodios, porque todos ellos incidieron en sucesivas “crisis” locales, acompañadas por “pérdidas de confianza”, declaraciones presidenciales llamando a la “dolarización completa” de la economía argentina y expresiones del arco empresarial y político de adhesión desesperada al modelo, cuyos defectos llevaban precisamente a esa situación de endeble estabilidad.
Después de la recuperación de 1996-1997, la producción y el nivel general de actividad en Argentina volvieron a caer, evaporándose definitivamente la mística del nuevo “tigre sudamericano”, que crecería inconteniblemente a partir de las sabias recetas neoliberales. Se llegó así a las elecciones de 1999, en las cuales la adhesión a un modelo a todas luces deficiente (y que genera crecientes dudas con relación a su sustentabilidad en el corto plazo), tuvo nuevamente el sentido de parar una corrida contra la moneda (de financistas locales y extranjeros), un derrumbe del sistema financiero y una abrupta contracción de la producción, con el consiguiente salto en la desocupación y la pobreza.
 
El “crecimiento” en la década: revisar un mito
 
Si bien a esta altura de los acontecimientos es innecesario demostrar que el esquema liberal no genera más crecimiento que el anterior, sino menos, vale la pena hacer ciertas puntualizaciones. El crecimiento económico de la década está centrado especialmente en el sector servicios (que, por definición, no son exportables). En la industria crecieron muy pocas ramas, en tanto que numerosas decrecieron y algunas desaparecieron. La rama que creció más significativamente fue la automotriz, gracias al comercio regulado por una reglamentación específica con Brasil. Pero, si bien se producen muchos más automóviles, la proporción de partes importadas en su composición creció significativamente. Crecieron también en forma importante ramas extractivas, como la explotación petrolera, gasífera y minera. Aumentó la producción de soja y aceite de soja y la explotación pesquera. Es decir, crecieron producciones exportables que requieren muy escasa elaboración y uso de recursos locales. Tienen bajo impacto en la actividad industrial y en el empleo y sus beneficios son apropiados en importante medida por firmas transnacionales. La concentración empresaria se manifestó en todas las actividades, contribuyendo al crecimiento del desempleo y la concentración de la riqueza.
Los consumos populares siguieron las alternativas de los ingresos de la población. Luego de los “años de oro” se estancaron nuevamente. En promedio los salarios cayeron un 30% con relación al promedio del período radical anterior, desmejorándose considerablemente las remuneraciones, las condiciones de trabajo y la capacidad de negociación de los trabajadores.
 
Efectos contundentes
 
Si dejamos de lado el “crecimiento” de 1991 a 1994 (compuesto en partes iguales por reactivación y expansión real de la producción), el período siguiente presenta fuertes fluctuaciones, bajo crecimiento y un cuadro económico impredecible, sujeto a alternativas inesperadas: euforias o depresiones del sistema financiero internacional. El balance productivo es pobre. El aumento de la productividad media de la economía se debe más a la quiebra de empresas de baja productividad que a una transformación tecnológica masiva en el tejido industrial.
Los aumentos de eficiencia existen, pero no son generalizados, y muchas empresas que lograron encararlos continúan en una situación de crisis porque el contexto financiero, tecnológico y comercial les dificulta una salida expansiva. En el agro la situación de los productores de menor dimensión se ha vuelto muy endeble, producto de la evolución de los precios internacionales, mercados donde Estados Unidos, la Unión Europea y Japón aplican las medidas que más convienen a sus respectivas estrategias nacionales, contrapuestas a las necesidades de los países productores de productos primarios o semielaborados.
Las exportaciones se han incrementado basándose fuertemente en la utilización de recursos no renovables, lo que implica que en el mediano plazo tenderán a caer, a menos que se recurra a otros recursos... no renovables, para continuar apuntalando las coyunturas. Las inversiones extranjeras continúan con la lógica mercadointernista tan criticada por el neoliberalismo: apuntan a aprovechar la demanda de las franjas de altos y medios ingresos de la población, a los cuales proveen de cuanta innovación sofisticada en materia de servicios surge en los países desarrollados.
El Estado, luego de desprenderse de su sector productivo, continúa en estado de crisis fiscal latente, ya que ha vuelto de la mano de Cavallo y Fernández a los elevados déficit, pero con la novedad de que se producen en un contexto de pésimas prestaciones a la sociedad. Recordemos que el viejo Estado interventor, también deficitario, repartía subsidios y transferencias que creaban un piso de “bienestar” para buena parte de la población. La crisis fiscal del Estado, que comentaremos más adelante, pone en estado vegetativo al desarrollo científico y tecnológico local, ya que se carece de fondos para aplicar a la investigación y difusión de conocimientos.
El sector privado local y extranjero brilla por su ausencia en esta actividad central, en tanto canta loas a la modernización y a la globalización, que es vista como un fenómeno externo, al que se debe adherir. La renuncia implícita del país al desarrollo tecnológico autónomo constituye otro elemento clave en el refuerzo de la dependencia. Probablemente esto forme parte de un tema bastante más amplio, que es la renuncia a utilizar las capacidades intelectuales de la población para mejorar el funcionamiento material y cultural de la sociedad, por parte de quienes dirigen la Argentina.
El deterioro de las capacidades intelectuales, técnicas y profesionales de las nuevas camadas de egresados del sistema educativo encuentra su contrapartida en el perfil de la demanda desde el mundo empresario: se generan pocos puestos laborales que requieran perfiles sofisticados y muchos que requieran simplemente una formación elemental. La baja de la inflación a niveles cercanos al cero, eliminó una fuente de estafa a los sectores de ingresos fijos (asalariados, jubilados), que antes financiaban gratis al Estado y a las empresas. Y pudo haber creado un contexto positivo para la inversión productiva, si no hubiera mediado el conjunto de medidas neoliberales que volvieron estéril contar con un horizonte temporal más largo para realizar el cálculo económico. La desconfianza en la economía argentina continuó, más allá de las declaraciones del establishment, y se expresó en los 90.000 millones de dólares que continúan invertidos en diversos lugares del mundo y que no retornaron a pesar de que “se hicieron los deberes”. Más de la mitad de los depósitos existentes en el sistema financiero están nominados en dólares, lo que muestra una desconfianza persistente hacia el Estado nacional y hacia los hacedores del milagro neoliberal y máximos adalides del respeto a la moneda. Pero lo que sí proporcionó la convertibilidad y la inflación casi cero es una certeza casi absoluta en materia de planeación financiera, para establecer la tasa de rendimiento de las inversiones de corto plazo en la Argentina, para locales y extranjeros que necesiten mover sus capitales de acuerdo a las ganancias esperadas.
El desempleo, subempleo y empleo precario crecieron rápida y persistentemente. La combinación de achicamiento “fácil” del Estado (eliminando personal y también prestaciones), mejora “fácil” de la productividad (reduciendo personal para igual nivel de producción), apertura “fácil” de la economía (abriendo las importaciones sin preparar capacidad exportadora equivalente), condujeron al cuadro conocido. La revolución tecnológica en marcha tiende sistemáticamente a reducir puestos de trabajo en el ámbito mundial, pero en la Argentina se agrega la renuncia a generar puestos de trabajos nuevos, ligados a la producción de nuevos conocimientos y aplicaciones. La extrema pasividad del país con relación al fluido contexto internacional aceleró aún más el crecimiento del desempleo.
La pasividad pública frente a las consecuencias lógicas sobre el empleo del paquete de políticas públicas implementado no puede ser interpretado sino como intento de construcción de un contexto disciplinador de los asalariados y de creación de una nueva cultura laboral basada en la existencia de derechos mínimos para los trabajadores.
 
El pantano impositivo
 
Es un lugar común señalar que en Argentina el sistema impositivo descansa fundamentalmente sobre los sectores de ingresos pequeños y medianos y que con relación a países semejantes (Brasil, Chile), Argentina recauda menos impuestos a las ganancias y a la propiedad.
En la década menemista estos rasgos, que reflejan una característica fuertemente antisocial de la clase dominante argentina, se acentuaron. El Estado sólo alcanzó durante un trienio a cubrir sus necesidades con el aporte de los ingresos por privatizaciones. Cuando estos desaparecieron, resurgió el déficit público. Los intentos por avanzar sobre los sectores con mejor capacidad contributiva fracasaron (el IEPE fue hundido en el Congreso por los lobbies empresariales y sus diputados y el impuesto a la riqueza fue no pagado con total impunidad), sin que el Estado mostrara voluntad alguna de ejercer su poder de policía para castigar la evasión.
Por otra parte, ésta consta de un amplio consenso social, generado en parte por la desconfianza hacia el Estado, hacia los políticos y por otra, por los escasos lazos de solidaridad y de compromiso con su entorno que caracterizan a vastos sectores de la población.
Además, el menemismo generó un debilitamiento inédito del aparato judicial independiente, esterilizando aún más a los tímidos esfuerzos de la burocracia recaudadora. Recaudar impuestos para cualquier gobierno honesto en la Argentina puede ser un Viet Nam. La mala estructura tributaria, sumada a la pésima capacidad recaudatoria, merecen ser pensados desde una visión más amplia que la fiscal. Son el reflejo de las relaciones sociales en la capacidad recaudadora, en las instituciones que deben hacerse cargo de estas cuestiones.
En el fondo, si un país no se plantea ninguna proyección futura y su población está suficientemente postrada como para no poder reclamar con fuerza sus derechos, ¿para qué hace falta cobrar impuestos?.
 
Algo sobre la inversión extranjera directa
 
Los años ‘90 se caracterizaron por la renovación del flujo de capitales hacia los países de la periferia. Esto fue presentado por Menem y Cavallo como resultado virtuoso de las políticas locales, consistentes en “hacer los deberes” derivados del consenso de Washington. En realidad, la creciente masa de capital generado por los procesos de ahorro en los países centrales se lanzó hacia todas las regiones del planeta donde los beneficios fueran suficientemente altos para compensar los riesgos asumidos. En plena guerra civil en Afganistán, diversas compañías petroleras occidentales negociaban con los talibanes y sus opositores sobre el trazado de los nuevos oleoductos a construir, mientras que la inversión extranjera en Cuba creció en la última década a mayor velocidad que en la “buena alumna” Argentina.
En nuestro caso se recibió una masa de capital externo como no se había producido desde fines del siglo pasado. Los cálculos de expertos independientes señalan que en América Latina, de cada tres dólares ingresados, sólo uno fue a invertirse en el sector productivo y dos fueron al circuito especulativo-bursátil. Pero, a su vez, de ese dólar que fue al sector productivo, sólo un tercio generó nueva inversión (que es la que importa en un proceso genuino de acumulación), en tanto los dos tercios restantes sirvieron para comprar empresas ya existentes. Esa fue la base del impresionante cambio de estructura de la propiedad en Argentina y con menor intensidad, en toda Latinoamérica.
 
¿Qué significa la extranjerización de las empresas argentinas?
 
El impresionante proceso de venta de las empresas argentinas (industriales, agrarias, comerciales, financieras, de servicios) parece tener pocos precedentes internacionales en países de tamaño similar al de Argentina. La explicación más razonable apunta a entender el proceso como el aprovechamiento de una oportunidad “única” por los capitalistas argentinos: nunca sus empresas valieron tanto en dólares, pero el futuro es incierto porque implica una creciente competencia en todos los mercados (aquí y afuera). Si los empresarios no se sienten respaldados por una tejido productivo poderoso, ni por un fuerte sector bancario, ni por un Estado que sostiene la acumulación del capital nacional, tiene cierta lógica que se apresuren a desprenderse de sus empresas antes de que sean destruidas por la competencia de las megaempresas mundiales.
Esta nueva situación, inédita por su extensión y profundidad, genera nuevos interrogantes: ¿implicarán los cambios de propiedad la introducción de nuevas modalidades gerenciales, más modernas y eficientes (lo que consolidaría al sector productivo sometido a competencia)? ¿Se incluirá a las empresas locales en lógicas empresariales mundiales, con baja consideración por el mercado local? ¿Repercutirá la existencia masiva de empresas extranjeras en la formación de proveedores locales más modernos?
En términos macroeconómicos, es claro que el cambio se está notando en la balanza de pagos, donde se está incrementando rápidamente el monto de las remesas de ganancias, pagos de patentes, etc., a sus filiales en el mundo. El elevado piso de importaciones imprescindibles para la continuidad de la producción doméstica muestra también el proceso de sustitución de producción local por importada, inducida por el modelo.
 
El modelo implícito
 
Si algo caracterizó a la potente publicidad neoliberal en los años 70, 80 y 90, fue su denuncia del Estado como despilfarrador y como distorsionador de una economía privada que, librada a sus capacidades, se volvería competitiva. Luego de diez años de apelación a la iniciativa privada, poco se logró en materia de crecimiento, se retrocedió en cuanto a inserción internacional y mucho se destruyó en materia de progreso social. Pero, en rasgos muy generales, se puede sostener que el modelo es básicamente un modelo de desequilibrio externo generador de endeudamiento.
Dada la inacción oficial en cuanto a crear capacidades sustentables de producción y de inserción en el intercambio mundial, queda definido, por defecto, un espacio de endeudamiento y de fragilidad financiera creciente. El endeudamiento permite sostener determinado nivel de consumo interno, que genera cierta legitimidad social. A su vez, el endeudamiento externo torna extremadamente frágil a la economía argentina, exponiéndola a una salida acelerada de capitales (locales y externos), si las expectativas de los inversores financieros se tornan desfavorables a alguna decisión gubernamental, o son atraídos por alguna oportunidad de negocios más atractiva en otro rincón del planeta.
 
La teoría del examen permanente: un sistema de disciplinamiento internacional e interno
 
Argentina siempre está rindiendo algún examen. El establishment local, los organismos financieros internacionales, las grandes empresas calificadoras de riesgo y los medios en manos del neoliberalismo “evalúan” sistemáticamente el comportamiento de la economía y sus actores. Esta evaluación no está vinculada con la obtención de parámetros determinados de desarrollo humano y social, sino con la capacidad de pago de las deudas contraídas. Si bien no siempre estos dos criterios son contradictorios, es indudable que en ciertas ocasiones, son incompatibles.
Por otra parte, los evaluadores están atravesados por prejuicios e intereses, lo que los ha llevado a calificar muy positivamente a México antes del “tequila” y al sudeste asiático, antes de julio de 1997. En todo esto hay poco de ciencia y mucho de manipulación política. Es precisamente de esto de lo que se trata: se ha construido un extraordinario dispositivo de control y veto sobre cualquier política nacional autónoma. La Argentina no ha logrado acercarse en estos años al “investment grade” y se ha mantenido en el pelotón de los países recomendados para inversiones de corto plazo. El menemismo logró desaprobar la materia economía, bajo cualquiera de los criterios disponibles.
 
¿Cuál es la racionalidad estratégica del establishment?
 
Propongo una hipótesis: fuera de la bastante primitiva idea de que se debe acumular lo máximo posible, en el menor tiempo posible y de la forma más líquida posible, no hay ninguna otra racionalidad. Quien quiera ver un proyecto económico claro, preciso, coherente, está llamado a encontrar sólo cenizas. No hay tal cosa. No hay idea de hacia dónde o cómo debería insertarse Argentina en el mercado mundial. Ciertas fracciones quisieran avanzar hacia una unión con los Estados Unidos, pero no cuentan con un eco significativo en el Norte. Otros pretenden contrabalancear la influencia norteamericana con la europea, buscando mayores grados de libertad política. Sin embargo, desde el punto de vista económico, la perspectiva europea no agrega demasiadas oportunidades de progreso a los estrechos límites del proyecto panamericano.
Las instituciones monetarias, financieras y comerciales globales reducen los pequeños márgenes de maniobra con los que cuentan los países pobres y los presionan en dirección al liberalismo subdesarrollante. La periferia está jugando, desde hace unas décadas, el incongruente y autocontradictorio papel de ser receptora de financiación y de producción de los países centrales.
Como receptora de créditos, mejora la tasa de beneficios del capital financiero. Como receptora de mercancías, mejora la rentabilidad de las actividades productivas. Como consumidora de tecnología, contribuye a amortizar los costos de investigación en los países centrales. El problema es que esta ubicación, que contribuye a estabilizar la economía de los países centrales, desestabiliza a los periféricos, sumiéndolos en crisis de balanza de pagos, hiperinflaciones, devaluaciones, etc. El pésimo uso del crédito externo en la periferia garantiza la continuidad del atraso y del lugar cada vez más subordinado en el escenario global. La novedad de la década del 90, la venta de activos públicos y privados para pagar deuda, alcanza un límite al enajenarse la mayoría de los mismos. ¿Qué nuevas situaciones son esperables si persiste la función incongruente de la periferia en el sistema mundial?
 
Tendencias
 
Si el panorama descripto se acerca a la realidad, una de las deducciones posibles es que su propia dinámica debilita a las fuerzas sociales que deberían encargarse de cambiar esta forma de funcionamiento. La reversión del ciclo de desindustrialización, concentración y subdesarrollo requiere de un vigoroso impulso que no parece estar presente en la coyuntura actual. Cobra entonces más relevancia el escenario externo, que puede quitar bases de sustentación a la actual forma de funcionamiento económico argentino. Si la burbuja financiera internacional se extiende en el tiempo, continuará el proceso de endeudamiento externo –hasta que se torne riesgoso para los propios inversores– y de extranjerización de la economía, sin cambios sustanciales en las tendencias internas manifestadas en la década menemista.
Si, en cambio, se desequilibra el escenario internacional (lo que puede ocurrir por múltiples razones, no controlables por los mercados ni los gobiernos occidentales), el cambio en los flujos financieros producto de algún pánico puede causar una situación insostenible para la convertibilidad y para el conjunto de negocios y políticas asociados a ella. Ninguna crisis tiene la garantía automática de ser resuelta favorablemente a las necesidades de la población, salvo que surjan actores sociales con capacidad de proponer salidas viables y aceptables por la mayoría.
La alta dependencia de la periferia con relación a la evolución de los países centrales y la debilidad relativa de las clases subordinadas de la periferia deberían hacer reflexionar sobre la necesidad de articular esfuerzos entre el conjunto de agredidos por el sistema global, que conserven aún capacidad de respuesta material y cultural.
 
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