Por donde recomenzar (Las luchas sociales y diseño de la sociedad socialista en el Brasil reciente).

El capitalismo contemporáneo, con la configuración que viene asumiendo en las últimas décadas, acentuó su lógica destructiva, donde se diseñan algunas de sus tendencias que vienen afectando fuertemente el mundo del trabajo. El patrón de acumulación capitalista, estructurado bajo el binomio taylorismo y fordismo, viene siendo crecientemente alterado, mezclado y en algunos casos hasta substituido por las formas productivas flexibilizadas y desreglamentadas, de las cuales la llamada acumulación flexible y el modelo japonés o toyotismo son ejemplos.

De manera sintética, entendemos el binomio fordismo/taylorismo como expresión del sistema productivo y su respectivo proceso de trabajo que dominó la gran industria capitalista a lo largo de buena parte del siglo XX, fundado en la producción en masa, responsable por una producción mas homogeneizada. Este binomio se caracterizó por la mezcla de la producción en serie fordista con el cronómetro taylorista, además de fundarse en el trabajo parcelario y fragmentado, con una línea demarcatoria nítida entre elaboración y ejecución. De ese proceso productivo y de trabajo centrado en la gran industria concentrada y verticalizada se expandió el operário-masa, el trabajador colectivo de las grandes empresas fuertemente jerarquizadas.
Del mismo modo, el welfare state, que dió sustento al modelo socialdemócrata y conformaba el aparato político, ideológico y contractual de la producción fordista, en varios países centrales, viene también siendo oculto por la desreglamentación neoliberal, privatizante y antisocial. Teniendo en la reestructuración productiva del capital su baste material, el proyecto neoliberal asumió formas singulares e hizo que diversos países capitalistas reorganizaran su mundo productivo, procurando combinar elementos del ideario neoliberal y dimensiones de la reestructuración productiva del capital. Cada vez más próximos de la agenda neoliberal, los diversos gobiernos socialdemócratas de Occidente, han dado enormes ejemplos de compatibilización como también defensa de este proyecto. De Felipe Gonzalez a Miterrand, pasando también por el New Labour de Tony Blair, en el Reino Unido, el agotamiento del proyecto socialdemócrata clasico se evidencia, metamorfoseandose en un programa que incorpora elementos básicos de neoliberalismo, con un barniz cada vez más ténue de la era contractual de la socialdemocracia.
Fue en este contexto que el proceso de recuperación capitalista, iniciado despues del 45 en Japón, emergió como una receta con fuerza creciente en el mundo occidental a partir de mediados de los años 70, como una tentativa de recuperación de la crisis estructural capitalista que entonces se diseñaba en los países centrales. Habiendo sido responsable de un avance vigoroso del capitalismo en Japón, el toyotismo se presentaba entonces como el mas estructurado recetario productivo ofrecido por el capital, como un posible remedio para la crisis. El tototismo o “modelo japonés” puede ser entendido, sintéticamente, como una forma de organización del trabajo que nace a partir de la fábrica Toyota, en el Japón, despues de la Segunda Guerra, siendo que ella se diferencia (con mayor o menor intensidad) del fordismo, basicamente, en los siguientes trazos: 
            1) Es una producción mas directamente vinculada a los flujos de la demanda.  
            2) Es variada y bastante heterogenea y diversificada. 
            3) Se fundamenta en el trabajo operario en equipo, con multivariedad 
y flexibilidad de funciones, en la reducción de las actividades improductivas dentro de las fábricas y en la ampliación y diversificación de las formas de intensificación de la explotación del trabajo. 
            4) Tiene como principio el just in time, el mejor aprovechamiento posible
del tiempo de producción y funciona según el sistema de kanban, placas o señas de comando para reposición de piezas y de stocks, que en el Toyotismo deben ser mínimos. Mientras en la fábrica fordista cerca del 75% era producido en planta, en la fábrica toyotista solamente el 25 % se produce en su interior. Ella horizontaliza el proceso productivo y transfiere a “terceros” gran parte de lo que anteriormente era producido dentro de la fábrica.
            La falacia de “calidad total” pasa a tener un papel de relevo en el proceso productivo. Los círculos de control de calidad proliferaron, constituyendose como grupos de trabajadores que son incentivados por el capital para discutir el trabajo y su desempeño, con vistas a mejorar la productividad y lucratividad de la empresa. En verdad, es la nueva forma que el capital utiliza para apropiarse del savoir faire intelectual del trabajo. El despotismo taylorista aparece entonces mezclado con la manipulaión del trabajo, con el "involucramiento" de los trabajadores, a través de un proceso todavía más profundo de interiorización del trabajo alienado (extrañado).  El operario debe pensar y hacer por y para el capital, lo que profundiza (contrariamente a rebajar) la subordinación del trabajo al capital. En Occidente, los CCQ han variado en cuanto a su implementación, dependiendo de las especificidades y singularidades de los países en que ellos son implementados.
Esta  vía particular de desarrollo del capitalismo contemporâneo japonês se mostró para Occidente, como una alternativa posible de ser incorporada por el capital, con más o menos modificaciones en relación a su proyecto fordista original, variando en función de las condiciones particulares de cada país y de la propia vitalidad del fordismo. Y fue en base a varios experimentos del capital, de la vía japonesa a la experiencia de los EE.UU. (California), del Norte de Italia y de la experiencia sueca, entre tantas otras, pero teniendo al toyotismo como su proyecto más avanzado,   que el capital rediseñó su proceso productivo, mezclando estos nuevos elementos, a su patrón productivo fordista anterior. (Ver, por ejemplo, Gounet, 1991; Bihr, 1991 y Antunes, 1999)
Por la propia finalidad a que conducen estas tendencias, que en verdad, se constituyeron en respuestas del capital a su propia crisis estructural, caracterizada por su tendencia depresiva contínua y profunda (Mészáros, 1995; Chessnais, 1996), es que se acentuaron los elementos destructivos que presiden su lógica. Cuanto más aumentan la competitividad y la competencia intercapitalista, más nefastas son sus consecuencias, de las cuales, como decimos más arriba, dos manifestaciones son particularmente virulentas y graves: la destrucción y/o precarización, sin paralelos en toda la historia moderna, de la fuerza humana que trabaja, de la cual el desempleo estructural es el mayor ejemplo; la degradación creciente, que destruye el medio ambiente, en la relación metabolica entre hombre y naturaleza, conducida por la lógica de una sociedad volcada prioritariamente a la producción de mercaderías y para el proceso de valorización del capital.
Se trata, por lo tanto, de una aguda destrucción, que en el fondo representa la expresión más profunda de la crisis estructural que azota la (des)socialización contemporánea: destruye la fuerza humana que trabaja; se destruyen los derechos sociales; se brutalizan enormes contingentes de hombres y mujeres que viven de la venta de su fuerza de trabajo; se torna depredatoria la relación producción/naturaleza, creándose una monumental “sociedad de lo descartable", que tira todo lo que sirvió como “embalaje” de las mercaderías y/o su sistema, manteniendo y agilizándose mientras tanto, el circuito reproductivo del capital.
            En este escenario, caracterizado por una tríada que domina el mundo (EE.UU. y su Nafta, que aunque claramente hegemónicos económica, política e ideológicamente, tienen próximos a Alemania que lidera Europa unificada, y a Japón al frente de los demás países asiáticos), cuando uno de los polos de la tríada se fortalece, los otros se resienten y debilitan. Veáse por ejemplo, la actual crisis que se intensifica en el Japón y en los paises asiáticos y cuyo potencial de propagación es avasallador. Así, en el embate cotidiano que emprenden para expandirse por los lugares del mundo que les interesan y también para co-administrar sus situaciones mas explosivas, en suma, para disputar y al mismo tiempo controlar las crisis, acaban por acarrear mayor destrucción y precarización. El vuelo libre, parasitario y destructivo de los capitales volátiles es también una clara expresión del caracter estructural de la crisis crisis contemporânea.
            América Latina se "integra" a la llamada mundialización, destruyéndose socialmente. Los niveles de indigencia social hablan por sí solos. De Argentina a México, pasando por el Perú del pequeño bonaparte Fujimori, sin hablar del Brasil de FHC, mezcla pomposa de pequeñez fujimorista con un toque jocoso de "nobleza" inspirada en la dama de hierro del neoliberalismo inglés, que lo consolidó como el príncipe del servilismo al gran capital. En Asia, la enorme expansión se dá a costas de una brutal superexplotación del trabajo, de lo que la huelga de los trabajadores de Corea del Sur, en 1997, es una firme denuncia. Superexplotación que atañe tambien profundamente a mujeres y niños. De Africa, el capital ya no quiere casi más nada. Sólo le interesa su parte rica...
             Qué decir de una forma de sociedad que desemplea o precariza más de mil doscientos millones millones de personas, cerca de un tercio de la fuerza humana mundial que trabaja?
Esto es así porque el capital es incapaz de realizar su autovalorización sin utilizar el trabajo humano. Puede reducir el trabajo vivo, pero no eliminarlo. Puede precarizarlo y dejar sin empleo a parcelas inmensas, pero no puede extinguirlo.
            Este contexto, cuyos problemas más agudos aquí solamente indicamos, tiene conse cuencias enormes en el mundo del trabajo. Solamente vamos a señalar las más importantes:
1) diminución del operario manual, fabril, "estable"; 2) aumento acentuado del nuevo proletariado, de innumerables formas de subproletarización o trabajo precarizado;            3) aumento sustancial del trabajo femenino al interior de la clase trabajadora; 4) enorme expansión de asalariados medios en el “sector de servicios"; 5) exclusión de los trabajadores jóvenes y de los trabajadores “viejos”; 6) intensificación y superexplotación del trabajo con la utilización brutal del trabajo de los inmigrantes, de los negros, además de la expansión de los niveles de trabajo infantil; 7) aumento del desempleo estructural; 8) expansión de lo que Marx llamó trabajo social combinado (Marx, 1994), en el que trabajadores de diversas partes del mundo participan del proceso de producción y de servicios. Lo que es evidente, no camina en el sentido de la eliminación de la clase trabajadora, pero sí de su complejización, utilización e intensificación de manera cada vez más diversificada, acentuada y precarizada, acentuando la necesidad de una estructuración internacional de los trabajadores para confrontar al capital. Por lo tanto, la clase trabajadora se fragmentó, se heterogeneizó y se complejizó, aun más.  (Antunes, 1999)
            Estas consecuencias al interior del mundo del trabajo evidencian que, bajo el capitalismo no se constata el fin del trabajo como medida de valor, pero sí una mudanza cualitativa, dada,  por un lado, por el peso creciente de su dimensión más calificada del trabajo multifuncional, del operario apto para operar con máquinas informatizadas, de objetivación de actividades cerebrales[2] y, por otro lado, por la intensificación llevada al límite de las formas de explotación del trabajo, presentes y en expansión en el nuevo proletariado, en el subproletariado industrial y de servicios, en el enorme abanico de trabajadores que son explotados crecientemente por el capital, no sólo en los paises subordinados, sino en el propio corazón del sistema capitalista. Al contrario del fin del valor-trabajo,se puede constatar uma interrelación complejizada en la relación entre trabajo vivo y trabajo muerto, entre trabajo productivo e improductivo, entre trabajo material e inmaterial, acentuando aún más las formas de extracción de plusvalia relativa y  absoluta, la que se realiza a escala ampliada y mundializada.
            Estos elementos - aquí solamente indicados en sus tendencias mas generales -, repetimos, no posibilitan conferir estatuto de validez a las tesis sobre el fin del trabajo bajo el modo de producción capitalista.   Lo que se evidencia aún más cuando se constata que dos tercios de la fuerza de trabajo es parte constitutiva de los paises del llamado Tercer Mundo (eufemisticamente llamados "emergentes"), donde las tendencias anteriormente apuntadas, tienen, incluso, un ritmo bastante particular y diferenciado. Restringirse a Alemania o a Francia, y a partir de ahí, hacer generalizaciones y universalizaciones sobre el fin del trabajo o de la classe trabajadora, sin considerar lo que pasa en paises como India, China, Brasil, México, Corea del Sur, Rusia, Argentina etc, para no hablar de Japón, se configura como un equívoco de gran significación. Vale todavia señalar que la tesis del fin de la clase trabajadora, aún cuando esté restricta a los paises centrales está, en nuestra opinión, desprovista de fundamentación, tanto empírica como analíticamente. Una noción ampliada de trabajo, que tome en cuenta su caráter multifacetico, es por tanto un fuerte ejemplo para responder a este equívoco.
            La imprescindible eliminación del trabajo asalariado, del trabajo fetichizado y extrañado (alienado) y la creación de indivíduos libremente asociados está, por lo tanto, indisolublemente vinculada a la necesidad de eliminar integralmente el capital y su sistema de metabolismo social en todas sus formas. Si el fin del trabajo asalariado y fetichizado es un imperativo social decisivo e inalienable, esto no debe, mientras tanto, impedir un estudio cuidadoso de la clase trabajadora hoy, así como diseñar sus principales metamorfosis. Asume especial importancia la forma por la cual estas transformaciones arriba resumidas vienen afectando el movimento social y político de los trabajadores (incluído el movimento sindical y partidario), especialmente en países que se diferencian de los países capitalistas centrales. Si estas transformaciones están llenas de significados y consecuencias para la clase trabajadora y sus movimentos sociales, sindicales y políticos en los países capitalistas avanzados, también lo están en países intermediarios y subordinados, pero dotados de relevante porte industrial, como es el caso de Brasil. 
            Es sobre algunos de los principales desafios que se colocan para el movimiento social de los trabajadores, con mayor detenimiento para el denominado nuevo sindicalismo, a lo que nos dedicaremos en la parte siguiente de este artículo.
 
                                                                              II
 
                El capitalismo brasileño, particularmente su patrón de acumulación industrial desarrollado desde mediados de la década del 50 e intensificado en el período posterior al golpe de 1964, tiene una estructura productiva “bifronte” donde, por un lado, se estructura la producción de bienes de consumo durables, como automóviles, electrodomésticos, etc., para un mercado interno restricto y selectivo, compuesto por las clases dominantes y una parcela significativa de las clases medias, especialmente sus estratos más altos. Por otro lado, se tiene la producción para la exportación, no sólo de productos primarios, sino también de productos industrializados de consumo. La rebaja creciente de los salarios de los trabajadores posibilitó niveles de acumulación que atrajeron fuertemente al capital monopolista. De este modo, la expansión capitalista industrial se sustentó (y todavía se sustenta) en un proceso de superexplotación del trabajo, dado por la articulación de bajos salarios, una jornada de trabajo prolongada (en los períodos de ciclo expansionista) y de muy fuerte intensidad, dentro de un patrón industrial significativo para un país subordinado. Este patrón de acumulación se desarrolló con mucha fuerza, especialmente a lo largo de las décadas del 50 al 70.
            Durante los años 80 este proceso comenzó a sufrir los primeros cambios. Aunque los trazos básicos del patrón de acumulación de su "modelo econômico" permanecieron, fue posible presenciar algunas mutaciones organizacionales y tecnológicas en el interior del proceso productivo y de servicios, aunque evidentemente con un ritmo mucho más lento que el experimentado por los países centrales. Eso porque, hasta entonces, el país todavía estaba relativamente  distante del proceso de reestructuración productiva del capital y del proyecto neoliberal, en curso acentuado en los países capitalistas centrales.
            A partir de 1990, con el ascenso de Fernando Collor y después con Fernando Henrique Cardoso, este proceso se intensificó de manera importante, con la implementación de innumerables elementos que reproducen, en sus trazos esenciales, el recetario neoliberal. Por eso, en el momento actual la reestructuración productiva del capital en el Brasil es más expresiva y sus impactos recientes son más significativos. Se combinan procesos de “downsizing”[3] de las empresas, un enorme aumento de las formas de superexplotación de la fuerza de trabajo, verificándose también mutaciones en el proceso tecnológico e informático. La flexibilización, la desreglamentación y las nuevas formas de gestión productiva están presentes en gran intensidad, indicando que el fordismo, todavía dominante, también se viene mezclando con nuevos procesos productivos, con las formas de acumulación flexible y varios elementos oriundos del llamado toyotismo, del modelo japonés, que configuran las tendencias del capitalismo contemporáneo.
            Es verdad que la inexistencia de una fuerza de trabajo "calificada" o multifuncional, en el sentido que le es dado por el capital (apta para operar con maquinaria informatizada) puede constituirse, en algunas ramas productivas, como elemento con potencial para obstaculizar en parte el avance capitalista. Pero es decisivo enfatizar que la combinación obtenida por la superexplotación de la fuerza de trabajo y su baja remuneración, con algunos patrones productivos y tecnológicos más avanzados, se constituye en elemento central para la inversión productiva de capitales. En verdad, para los capitales productivos interesa la confluencia de fuerza de trabajo "calificada" para operar con los equipamientos microelectrônicos, como también la existencia de patrones de sub-remuneración y explotación intensificada, además de condiciones plenas de flexibilización y precarización de la fuerza de trabajo. En síntesis, la vigencia de la superexplotación del trabajo, combinando la extracción de plusvalía relativa con la expansión de las formas de extracción de lplusvalía absoluta, esto es, combinando avance tecnológico junto con prolongación e intensificación del ritmo y de la jornada de trabajo.
            Este proceso de reestructuración productiva del capital, desarrollado a escala mundial a partir de los años 70, forzó una redefinición del Brasil país en relación a la división internacional del trabajo, como así también su (re)inserción junto al sistema productivo global del capital, en una fase en que el capital financiero e improductivo se expande y también afecta fuertemente al conjunto de los países capitalistas. Por cierto, la conjugación de estos experimentos más universalizantes, aliados a las condiciones económicas, sociales y políticas que particularizan a Brasil, han generado fuertes consecuencias al interior de su movimiento social, en particular a los movimientos obrero y sindical.
            Durante la década del 80, antes de la acentuación de estas tendencias más generales, el movimiento sindical de los trabajadores (el nuevo sindicalismo)vivenció un momento particularmente positivo y fuerte, que puede ser detectado cuando se constata que: 
1)      hubo un enorme movimiento de huelgas, desencadenado por los más variados segmentos de trabajadores, como los obreros industriales (destacándose los metalúrgicos), los asalariados rurales, los empleados públicos y diversos sectores asalariados medios, en un vasto movimiento que se caracterizó por la existencia de huelgas generales por categoría, huelgas con ocupación de fábricas, huelgas por empresas, y huelgas generales nacionales;                                                         
               2) se dió una expresiva expansión del sindicalismo de los asalariados medios y del sector de servicios, como bancarios, profesores, médicos, empleados públicos etc., que crecieron significativamente durante este período y se organizaron en importantes sindicatos;
            3) hubo continuidad del avance del sindicalismo rural, en ascenso desde los años 70, permitiendo una reestructuración organizativa de los trabajadores del campo, que influenció, posteriormente, el nacimiento del Movimiento de los Trabajadores Sin-Tierra (MST);
            4) se dió el nacimiento de las centrales sindicales, como la Central Única de los Trabajadores (CUT), fundada en 1983 e inspirada, en su origen, en un sindicalismo clasista, autónomo e independiente del Estado. Heredera de las luchas sociales y obreras de las décadas anteriores, especialmente de los años 70, la CUT resultó de la confluencia entre el nuevo sindicalismo, nacido en el interior de la estructura sindical y el movimiento de las oposiciones sindicales, que actuaban fuera de la estructura sindical y combatían su sentido estatal, subordinado, maniatado y verticalizado; 
            5) se procuró, aunque de manera insuficiente, avanzar en las tentativas de organización en los locales de trabajo, debilidad crónica de nuestro movimiento sindical, a través de la creación de innumerables comisiones de fábricas, entre otras formas de organización en los locales de trabajo;
            6) se efectivizó además un avance significativo en la lucha por la autonomía y libertad de los sindicatos en relación al Estado, tanto a través del combate al Impuesto Sindical, como a la estructura confederacional, cupulista, jerarquizada, con fuertes trazos corporativistas, que se constituían en instrumentos usados por el Estado para subordinar y maniatar a los sindicatos. (ver Antunes, 1994).
 
            El conjunto de estos elementos arriba indicados, permite decir que, a lo largo de la década del 80, hubo un cuadro nítidamente favorable para el nuevo sindicalismo (en cuanto movimiento social de los trabajadores, con fuerte carácter de clase), que seguía en dirección contraria al del cuadro de crisis sindical ya presente en varios países capitalistas avanzados.
 
Entretanto, en los últimos años de aquella década, comenzaban a despuntar las tendencias económicas, políticas e ideológicas que fueron responsables, en la década del 90, de la inserción del sindicalismo brasilero en la onda regresiva.
            Las mutaçiones en el proceso productivo y en la reestructuración de las empresas, desarrolladas dentro de un cuadro muchas veces recesivo, provocaron un proceso de desproletarización de importantes contingentes obreros, además de la precarización e intensificación todavía más acentuadas de la fuerza de trabajo, del cual la industria automovilística es un fuerte ejemplo.
            Las propuestas de desreglamentación, de flexibilización, de privatización acelerada, de desindustrialización, tuvieron, inicialmente en el gobierno Collor y posteriormente en el gobierno Fernando Henrique Cardoso, un fuerte impulso, una vez que, cada uno a su modo, se adaptó y siguió en lo esencial una política de corte neoliberal. Paralelamente a la retracción de la fuerza de trabajo industrial, se amplió, también el subproletariado, los tercerizados, los sub-empleados, o sea las distintas modalidades del trabajador precarizado. Cupo al gobierno FHC intensificar el proceso de desmontaje de los parcos derechos obreros, construídos durante varias décadas de lucha y acción de los trabajadores.
            Esta nueva realidad arreció y tornó más defensivo el nuevo sindicalismo que se encontraba, por un lado, delante de la emergencia de un sindicalismo neoliberal, expresión de la nueva derecha, sintonizada con la onda mundial conservadora, de la que Fuerza Sindical (central sindical creada en 1991) es el mejor ejemplo. Y, por otro, delante de la inflexión que viene ocurriendo en el interior de la CUT, inspirada por su núcleo dominante, que cada vez más se aproxima a los modelos del sindicalismo europeo socialdemócrata. Todo esto viene dificultando enormemente el avance cualitativo de la CUT, capaz de transitar de un período de resistencia, como en los años iniciales del nuevo sindicalismo, hacia un momento superior, de elaboración de propuestas económicas alternativas, contrarias al patrón de desarrollo capitalista aquí existente, que pudiesen contemplar prioritariamente el amplio conjunto que representa nuestra clase trabajadora.
            En este caso, el desafío mayor de la CUT es articular su postura combativa anterior, con una perspectiva crítica y anticapitalista, de nítidos contornos socialistas, compatible con los nuevos desafíos de los años 90.  Y, de ese modo, dotar al nuevo sindicalismo de los elementos necesarios para resistir a los influjos externos, a la avalancha del capital, al ideario neoliberal, en su aspecto más nefasto. Y, por otra parte, resistir también a la acomodación socialdemócrata, que a pesar de su crisis en los países centrales, viene aumentando fuertemente sus lazos políticos e ideológicos con el movimiento sindical brasileño. El sindicalismo contractualista, de tipo socialdemócrata, procura entonces presentarse cada vez más como la única alternativa posible para combatir al neoliberalismo. No obstante, la ausencia de perspectiva política e ideológica anticapitalista, hace que se termine aproximando cada vez más a la agenda neoliberal.
            Por todo esto, el cuadro crítico del sindicalismo brasileño se acentuó bastante a lo largo de los años 90. El sindicalismo de Fuerza Sindical, con fuerte dimensión política e ideológica, ocupa el campo sindical de la nueva derecha, de la preservación del orden, de la sintonía con el diseño del capital globalizado, que nos reserva el papel de país ensamblador, sin tecnología propia, sin capacitación científica, dependiente totalmente de los recursos externos.
            En la Central Unica de los Trabajadores, los desafíos son de gran envergadura. En su núcleo dominante, se desarrolla una postura de abandono de concepciones socialistas y anticapitalistas, en nombre de una acomodación dentro del orden. La defensa de la política de participación en las negociaciones con la patronal, de las cámaras sectoriales, de la actuación conjunta entre capital y trabajo, con vistas al "crecimiento del país", todo eso se estructura de acuerdo con el proyecto y con la práctica sindical socialdemócrata, de lo que viene resultando inclusive una disminución creciente en la voluntad política de romper con los elementos persistentes de la estructura sindical amarrada al Estado y su consecuente relativa adaptación a esta estructura sindical de cúpula, institucionalizada y burocratizada, que caracterizó al sindicalismo brasileño posterior a los años 30. 
            Los resultados de esta postura sindical no han sido nada alentadores: cuanto más se participa dentro del Orden, menos se consigue preservar los intereses del mundo del trabajo. Las "Cámaras Sectoriales", por ejemplo, que se constituían en bandera programática de Articulación Sindical y que fueron concebidas como modelo para reestructurar el parque productivo y aumentar el empleo, después de varias experiencias, resultaron un enorme fracaso, contabilizándose enormes pérdidas de puestos de trabajo, como se puede constatar en el caso de la "Cámara Sectorial" de la rama automovilística del ABC paulista. Eso sin hablar del significado político e ideológico de esta postura, que llevó al Sindicato de los Metalúrgicos de San Bernardo inclusive a concordar e inclusive defender una reducción de impuestos para el capital vinculado a la industria automovilística, como forma de dinamizarla y de esa manera preservar empleos. (3)
            En los sectores claramente socialistas y anticapitalistas, que han crecido en importancia dentro de la CUT, los desafíos y las dificultades son de gran envergadura. No obstante ha sido posible presenciar importantes experiencias como, por ejemplo, la del Sindicato de los Metalúrgicos de Campinas, que siempre se mantuvo contrario a la participación en las Cámaras Sectoriales, a las negociaciones y a los pactos con el gobierno. Se trata de un Sindicato importante, organizado en un fuerte centro industrial de Brasil, y que se estructura
 
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(3) La participación de la CUT, nuevamente a través de su núcleo dominante, en la llamada reforma de la Ley Jubilatoria (en verdad, un proceso de desmontaje de los parcos derechos jubilatorios en el Brasil), durante el gobierno de FHC, fue otra expresión del equívoco de esta postura sindical y política. Esta postura tuvo impacto desmovilizador sobre el movimiento sindical de los trabajadores, que preparaban y organizaban acciones de resistencia y oposición a FHC y a su (contra) refermo de la (no ) jubilación.
 
como un movimiento sindical y social de base, clasista y socialista, de peso relevante tanto en el interior de la CUT, en oposición a la inflexión socialdemócrata de su núcleo dominante, como en el impulso en dirección a una acción con contornos más acentuadamente de base y
socialistas en el interior del conjunto del sindicalismo brasileño. Este mismo desafío - el de
pensar una alternativa crítica y contraria a las cámaras sectoriales- ha pautado la actuación del
Sindicato de los Metalúrgicos de San José dos Campos, donde se sitúa la fábrica General Motors, entre tantos otros sindicatos.
            Del mismo modo, se viene desarrollando un esfuerzo significativo en el sentido de unificar y articular de manera más efectiva el conjunto de sectores socialistas y anticapitalistas en el interior de la CUT. En su Congreso Nacional, realizado en 1997, hubo um crecimiento de los sectores de izquierda que ampliarom su presencia en el interior de la CUT, beneficiados en parte por el nuevo contexto de las luchas sociales, dado especialmente por la acción del Movimiento de los Trabajadores Sin-Tierra (MST). Este fue responsable, en el inicio de 1997 (un año después de la bárbara masacre de muchos trabajadores sin-tierra ocurrido en Pará) por el más importante acto popular de oposición al gobierno de FHC. A través de marchas que partieron de varias partes del país, pasando por innumerables ciudades, donde se realizaban actos a favor de la lucha por la tierra y contra la política del gobierno, hasta encontrarse y unificarse en Brasilia, donde obligaron al gobierno a recibirlos, en medio de una pujante manifestación social y política de masas.
            Ese nuevo cuadro ha posibilitado visualizar, para los próximos años, el retorno de acciones sociales en Brasil en un nivel tal vez superior al actual. Para eso, mientras tanto, es muy importante también una clara definición del sindicalismo brasileño reciente. ¿El se amoldará a una acción pactada dentro del orden, negociador y contractualista, como es la propuesta del núcleo dominante en el interior de la CUT, a través de las cámaras sectoriales o del énfasis en la participación negociada, en las "asociaciones" con el capital, con vistas al "crecimiento", "desarrollo", "aumento de la productividad", "incentivo a la venida de capitales extranjeros" etc, puntos éstos que se encuentran claramente en sintonía y subordinados ideológicamente al capital?
             O, al contrario, conseguirán los sectores ubicados más a la izquierda, elaborar conjuntamente con movimientos sociales y partidos políticos de perfil socialista, una alternativa contra el orden, con claros contornos anticapitalistas? En verdad, el desafío mayor de los sectores de izquierda de la CUT, que tienen mayor proximidad con el MST, con las luchas sociales y las experiencias sociales de base de los trabajadores, será avanzar en la elaboración de un programa con un diseño alternativo y contrario al actual, formulado bajo la óptica de los trabajadores, capaz de responder a las reivindicaciones inmediatas del mundo del trabajo, pero teniendo como horizonte una organización social fundada en valores socialistas y efectivamente emancipadores y que no tenga ilusiones en reformar el carácter destructivo de la lógica del capital
            El desafío mayor está, inicialmente, en gestar un diseño de organización social que se inicie por la eliminación de la superexplotación del trabajo que, como vimos arriba, particulariza también al capitalismo industrial brasileño, cuyo salario mínimo tiene niveles degradantes, a pesar de la fuerza e importancia de su parque productivo en nuestro país. Ese proyecto deberá, en sus contornos básicos, iniciar el desmontaje del patrón de acumulación capitalista vigente, a través de un conjunto de medidas que recusen una globalización y una integración impuestas por la lógica del capital, integradora para afuera, para el capital y destructiva y desintegradora para los trabajadores. Deberá realizar una reforma agraria amplia y radical, contemplando los varios intereses solidarios y colectivos de los trabajadores y desposeídos de la tierra. Deberá impulsar el nivel tecnológico brasileño, pero con bases reales, con ciencia y tecnología de punta desarrolladas en nuestro país y con formas de cooperación con países que tengan similitudes con Brasil y cuyo eje de avance tecnológico y científico esté volcado prioritariamente para el enfrentamiento de las carencias más profundas de nuestra clase trabajadora.
            Deberá, además, controlar y cohibir fuertemente a innumerables sectores monopólicos, contradecir la hegemonía del capital financiero y limitar las formas de expansión y especulación del capital-dinero, incentivando, al contrario, las formas de producción volcadas para las necesidades sociales de la población trabajadora, para la producción de cosas socialmente útiles. Las tierras y asentamientos colectivos, organizados por el MST son ejemplares, cuando se piensa en el universo agrario brasileño, sus potencialidades y sus brutales carencias. Carencias que son consecuencia de la estructura latifundista concentrada y especulativa y que, cuando es productiva, está volcada centralmente para la exportación.
            Un proyecto con estos contornos, aquí solamente indicados en algunos pocos puntos, será resultado de la articulación de experimentos sociales de base y reflexiones colectivas. Este proyecto podrá crear las condiciones necesarias, preliminares, para su profundización, ya dotado de un mayor sentido univerzalizante y socialista, en un espacio que necesariamente transborda el espacio nacional. Esto porque los experimentos del llamado "socialismo en un solo país" se mostraron enteramente fracasados. El desafío, por lo tanto, es dirigir la mirada hacia una sociedad que va más allá del capital, pero que tiene que dar también respuestas inmediatas a la barbarie que arrasa la vida cotidiana del ser social que trabaja. En otras palabras, buscar la imprescindible articulación entre los intereses inmediatos y una acción estratégica de clara conformación anticapitalista, teniendo como horizonte una organización social fundada en los valores socialistas y efectivamente emancipadores. Lo que recoloca una vez más la importancia decisiva de la creación de nuevas formas de organización internacional de los trabajadores.
            Además de participar activamente en la elaboración de un proyecto con los contornos ya citados, de manera articulada con los partidos de izquierda y con los movimientos sociales de base (teniendo claridad de que su horizonte social es para más allá del capital y de la actual sociedad capitalista), el sindicalismo de izquierda en Brasil se encuentra también frente a un conjunto de desafíos más propiamente organizacionales y que hablan sobre la propia sobrevivencia de los sindicatos en cuanto movimientos sociales de trabajadores. Estos desafíos atañen tanto al movimiento sindical de los países subordinados, dotados de un significativo porte económico, social y político, como México, Argentina, India, Corea del Sur, entre tantos otros, como al movimiento sindical existente en los países centrales y que han experimentado un cuadro crítico muy acentuado.
            El primer desafío, fundamental para la propia sobrevivencia de los sindicatos, será romper la enorme barrera social que separa a los trabajadores “estables”, en franco proceso de reducción, de los trabajadores de tiempo parcial, precarizados, subproletarizados, en significativa expansión en el actual escenario mundial. Deben organizar y auxiliar en la auto-organización de los desempleados, al revés de expulsarlos de los sindicatos a causa de la obligatoriedad de pago de las cuotas de afiliación al sindicato por los trabajadores desocupados que, obviamente, no pueden pagar. Deben empeñarse fuertemente en la organización sindical ampliada de los trabajadores hoy desorganizados. O los sindicatos organizan a la clase trabajadora en su conjunto o estarán cada vez más limitados y restrictos a un contingente minoritario y parcial de los trabajadores.
            Deben además reconocer el derecho de auto-organización de las mujeres- trabajadoras, parte decisiva del mundo del trabajo y que siempre estuvieron excluídas del espacio sindical dominado por los hombres-trabajadores. Deben articular las cuestiones de clase con aquellas respectivas a la cuestión de gênero. Del mismo modo, deben abrirse para los jóvenes-trabajadores, que tampoco han encontrado eco a sus aspiraciones junto a los organismos sindicales. A los trabajadores-negros, a los cuales generalmente el capital le destina los trabajos más precarizados y con peor remuneración. Deben incorporar las nuevas categorías de trabajadores y trabajadoras que no tienen la tradición anterior de organización en sindicatos en un sindicato contemporáneamente clasista, en el horizonte del siglo XXI, si no quiere restringirse al ámbito reducido y cada vez menor de los "trabajadores estables". Los sindicatos deben incorporar también aquellos amplios contingentes del nuevo proletariado que venden su fuerza de trabajo en las empresas de fastfood, en los McDonalds etc, en tantas áreas donde se amplía el universo de los asalariados.
            Deben romper radicalmente con todas las formas de neocorporativismo que privilegian sus respectivas categorías profesionales y que, consecuentemente, acaban disminuyendo o abandonando sus contenidos más acentuadamente clasistas. No hablamos aquí solamente de corporativismo de tipo estatal, tan fuerte en Brasil, México, Argentina, sino también de un neocorporativismo social, en expansión en el sindicalismo contemporáneo, que es excluyente, parcializador, y que preserva y acentúa el carácter fragmentado de la clase trabajadora, en sintonía con los intereses del capital que procura cultivar el individualismo y la alternativa personal, contra los intereses solidarios, colectivos y sociales. Del mismo modo, deben eliminar cualquier resquicio de tendencias xenófobas, ultranacionalistas, de apelo al racismo y de connivencia con las acciones contra los trabajadores inmigrantes, oriundos de los países subordinados.
            Es decisivo también para el sindicalismo de izquierda romper con la tendencia creciente de institucionalización y burocratización, que tan fuertemente ha marcado el movimiento sindical a escala global y que lo distancia de sus bases sociales, aumentando todavía más la fosa existente entre las instituciones sindicales y los movimientos sociales autónomos. La experiencia de los COBAS (Comitati di Base) que despuntaron a partir de la década del 80 en Italia, contra la moderación de las centrales sindicales dominantes, como también la de tantas otras manifestaciones de base de los trabajadores, como la presión que ejercieron en la reciente Huelga de los empleados públicos franceses, en noviembre/diciembre de 1995, contraponiéndose a la moderación y adhesión de algunas centrales sindicales, son ejemplos importantes de esa imperiosa necesidad de retomar la base social de los sindicatos de izquierda y romper su burocratismo e institucionalismo.
            También es fundamental revertir la tendencia, desarrollada a partir del toyotismo, hoy avanzando a escala global, que consiste en reducir el sindicato al ámbito exclusivamente fabril, al llamado sindicalismo de empresa, más vulnerable y atado al comando patronal. Las respuestas de los sindicatos de izquierda deben ser de otro tipo: la empresa fordista era verticalizada y tuvo como resultado un sindicalismo también verticalizado. La empresa "toyotista", que sigue el recetario del "modelo japonês" es horizontalizada. Un sindicato verticalizado está imposibilitado de enfrentar los desafíos de clase en el capitalismo contemporáneo. Por eso, el sindicalismo debe horizontalizarse, lo que significa ser más ampliamente clasista, contemporáneamente clasista, incorporando el amplio conjunto que comprende la clase trabajadora hoy desde los más "estables" hasta aquellos que están en el universo más precarizado y "tercerizado", en la denominada "economía informal" etc, o que están entre los desempleados. El rescate del sentido de pertenencia de clase es hoy su desafío más decisivo.
            Incluso teniendo claro que este elenco debe, en muchos aspectos ser ampliado, hay todavía otro desafío agudo y fundamental, que me gustaría indicar aquí, sin el cual la clase trabajadora queda orgánicamente desarmada en el combate contra el capital: ella debe romper la barrera, impuesta por el capital, entre lucha sindical y lucha parlamentaria, entre lucha económica y lucha política, articulando y fundiendo las luchas sociales, extra-parlamentarias, autónomas, que dan vida a las acciones de clase. Como el capital ejerce un dominio extra-parlamentario, es un grave equívoco querer derrotarlo con acciones que se restrinjan o privilegien el ámbito de la institucionalidad. (Mészáros, 1995). Los sindicatos y los movimientos sociales de trabajadores deben procurar ampliar y fundir sus luchas sindicales y políticas, dando amplitud abarcativa a las acciones contra el capital y evitar de todos modos la disyunción, operada por el capital y realizada también por la vía socialdemócrata del sindicalismo y del movimiento obrero, entre la realización de la lucha económica (efectivizada por los sindicatos) y la actuación político-parlamentaria (de responsabilidad de los partidos). Esta segmentación mecánica está completamente incapacitada para derrotar el sistema totalizante de dominio del capital.
            Se torna imperioso, por lo tanto, para los movimientos sociales de los trabajadores, la necesidad de avanzar en la dirección de un diseño social estructurado a partir de la perspectiva del trabajo emancipado y contrario al capital, con su nefasta división social y jerárquica del trabajo. Articular las acciones que tengan como punto de partida dimensiones concretas de la vida cotidiana, con los valores más generales, que posibiliten la realización de una vida auténtica, dotada de sentido. Es preciso tener como horizonte cada vez más próximo la necesidad de alterar substancialmente la lógica de la producción social; ésta debe estar prioritariamente volcada hacia la producción de valores de uso y no valores de cambio. Se sabe que la humanidad tendría condiciones de reproducirse socialmente, a escala mundial, si la producción destructiva (en ella incluída la producción bélica) fuese eliminada, y si el resultado del trabajo social fuese volcado no hacia la lógica del mercado, sino para la producción de cosas socialmente útiles. Trabajando pocas horas por día, en una forma de trabajo auto-determinado, el mundo podría reproducirse, atendiendo sus necesidades sociales fundamentales, de manera no destructiva. Y el tiempo libre, ampliado de manera creciente, podría, entonces, ganar un sentido verdaderamente libre y también él auto-determinado. (Antunes, 1999)
            La producción de cosas socialmente útiles debe tener como criterio el tiempo disponible y no el tiempo excedente, que preside la sociedad capitalista contemporánea. Con eso el trabajo, dotado de mayor dimensión humana y social, perdería su carácter fetichizado y alienado (extrañado), tal como se manifiesta hoy y, además de ganar un sentido de auto-actividad, abriría posibilidades efectivas para un tiempo libre lleno de sentido además de la esfera del trabajo, lo que es una imposibilidad en la sociedad regida por la lógica del capital. Incluso porque no puede haber tiempo verdaderamente libre erigido sobre trabajo cosificado. El "tiempo libre" actualmente existente acaba siendo conducido hacia el consumo de mercaderías, sean ellas materiales o inmateriales. El tiempo fuera del trabajo también está fuertemente poluído por el fetichismo de la mercadería. (ídem)
            Para que esta formulación no quede desprovista de contenido concreto y real, es preciso partir del interior de la vida cotidiana e intensificar las mutaciones y resistencias que afloran en las manifestaciones de rebeldía y descontento de los seres sociales que viven de la venta de su fuerza de trabajo o que estén (temporariamente) excluídos de este proceso por la lógica destructiva que preside la sociedad contemporánea. Pero es fundamental que estas acciones tengan, en su sentido más profundo, una dirección esencialmente contraria a la lógica del capital y del mercado. A título de ejemplo: la lucha por la reforma agraria, exigida por el más importante movimiento social en el Brasil, el Movimiento de los Sin Tierra, posibilita visualizar formas de producción con trazos nítidamente colectivos, como son los asentamientos del MST. O incluso, la acción mundial de los trabajadores por la reducción de la jornada o del tiempo de trabajo, sin reducción salarial y sin pérdida de los derechos sociales, permite colocar en el centro del debate la siguiente cuestión: ¿ qué sociedad se quiere construir? ¿ Qué y para quién se debe producir? Lo que posibilita (re)diseñar un proyecto de organización social radicalmente contraria al capital.
            Las luchas sociales en Brasil, y en particular su movimiento sindical de izquierda, han sido al mismo tiempo parte y resultado de las acciones de clase que se desencadenaron contra el capital. La huelga de los trabajadores públicos, en Francia, mostró, por ejemplo, como es posible resistir - y no adherir - al neoliberalismo y sus intenciones destructivas. El mundo contemporáneo ha presenciado varias formas de resistencia y huelgas contra el capital. Podemos recordar la confrontación desencadenada por los 2 millones de obreros metalúrgicos de Corea del Sur en 1997, o la huelga de los trabajadores de la United Parcel Service, en agosto de 1997, o de los trabajadores metalúrgicos de la General Motors en 1998, ambas en los EUA, o incluso la huelga de los dockers en Liverpool, que perduró por más de 2 años, todas éstas paralizaciones contrarias a las tentativas de precarización del trabajo o la pérdida de derechos adquiridos por los trabajadores. O la explosión de Los Angeles em 1992, la Rebelión de Chiapas en el histórico 1º de enero de 1994, que fueron manifestaciones de repulsa de los negros o de los campesinos indígenas, de los trabajadores de la ciudad y del campo, contra las brutales discriminaciones étnicas, de color y de clase que caracterizan la (des)sociabilidad contemporánea, contra las degradaciones crecientes de las condiciones de vida y trabajo de hombres y mujeres. Las recientes Batallas de Seatle, contra la Organización Mundial del Comercio, de Washington, contra el Banco Mundial, como así también las acciones desencadenadas en todo el mundo el !º de mayo de 2000, corroboran y amplían el sentimiento y las acciones de contornos claramente anti-capitalistas. 
           
Me gustaría concluir con el ejemplo del Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra de Brasil (MST), que concretiza lo que arriba tematizamos. Su emergencia, como el más importante movimiento social y político del Brasil actual, haciendo renacer y resurgir la lucha de los trabajadores del campo y convirtiéndola en el centro de la lucha política brasileña y de nuestra lucha de clases, es nuestro más significativo ejemplo de la fuerza y de la necesidad del retorno, sobre bases nuevas, de la centralidad de las luchas sociales en Brasil. El MST, en verdad, se constituyó en el principal catalizador e impulsor de las luchas sociales recientes y, por los fuertes lazos que mantiene con sectores sociales urbanos, ha posibilitado visualizar el retorno de acciones sociales de masas en Brasil, a un nivel posiblemente superior a aquél vivenciado en los últimos años. Su importancia y peso devienen del hecho que:
            1) el centro de la actuación del MST está volcado hacia el movimiento social de los trabajadores del campo y no hacia la acción institucional o parlamentaria. La segunda (la acción institucional) es consecuencia de la primera (la lucha social) y nunca lo contrario;
            2) aunque sea un movimiento de trabajadores rurales, ha incorporado a los trabajadores excluídos de la ciudad, que retornan para el campo (en esta inversión del flujo migratorio en Brasil), expulsados por la "modernización productiva" de las industrias, resultando una síntesis que aglutina y articula experiencias y formas de sociabilidad oriundas del mundo del trabajo rural y urbano;
3) resulta de la fusión de la experiencia de la izquierda católica, vinculada a la Teología de la Liberación y a las comunidades de base de la Iglesia, con militantes formados ideológicamente dentro del ideario y de la praxis de inspiración marxista, retomando las dos vertientes más importantes de las luchas sociales recientes en Brasil;
            4) tiene una estructuración nacional, con fuerte base social que le otorga dinámica, vitalidad y movimiento y, de ese modo, posibilita a los trabajadores vislumbrar una vida cotidiana dotada de sentido, en la medida en que el MST les permite luchar por algo muy concreto, que es la posesión de la tierra a través de la acción y de la resistencia colectivas. Esto dá a este Movimiento mucha fuerza y vigor. En la brutal exclusión social del país, hay un manantial de fuerza social a ser organizada por el MST. Y, cuanto mayor sea su importancia, cuanto mayores sean sus lazos con los trabajadores urbanos, más su experiencia ayudará a posibilitar el retorno de las luchas sindicales de clase en Brasil. Y el hecho de que el MST tenga como eje de su acción las luchas sociales concretas, ha operado como una decisiva fuente de inspiración también para la izquierda sindical, para que estos sectores no se vean envueltos en el ideario de las negociaciones, ideológicamente subordinados al capital, sino que actúen directamente, en cuanto un movimiento sindical, social y político capaz de participar de la construcción de una sociedad  más allá del capital.           
            Es, por lo tanto, necesario rediseñar un proyecto alternativo socialista, que rescate los valores más esenciales de la humanidad. Un buen punto de partida para tal acción es desarrollar una crítica contemporánea y profunda a la (des)sociabilización de la humanidad bajo el capital. Teniendo, entretanto, como centralidad y eje decisivos, las acciones sociales de los trabajadores del campo y de las ciudades en sus movimientos sociales, sindicales y políticos que contestan y confrontan la lógica destructiva del capital.
 
BIBLIOGRAFIA
 
- ANTUNES, Ricardo (1999) Adiós al Trabajo? Ensayo sobre las Metamorfosis y el Rol Central del Mundo del Trabajo. Buenos Aires: Editorial Antídoto/Colección Herramienta.
- _________________ (1999a) Os Sentidos do Trabalho: Ensaio sobre a Afirmação e a Negação do Trabalho. São Paulo: Boitempo Editorial.
- __________________(1994) " Recent Strikes in Brazil:The Main Tendencies of the Strike Movement of the1980s".Latin American Perspectives .Issue 80 Vol. 21, n. 1 Winter, Sage Publications.
-BIHR, Alain. (1991) Du Grand Soir a L’Alternative (Le Mouvement Ouvrier Européen en             Crise).Paris: Les Editions Ouvrieres.
- CHESNAIS, Francois (1996) A Mundialização do Capital. São Paulo: Xamã.
- GOUNET, Thomas (1991) “Luttes Concurrentielles et Stratégies D´Accumulation dans l'indústrie Automobile",  Estudes Marxistes10. Bruxelles.
- LOJKINE, Jean (1995) A Revolução Informacional.São Paulo:Ed. Cortez.
-MARX, Karl (1994) Chapter Six, COLLECTED WORKS, Vol. 34. London:Lawrence&Wishart.
- MÉSZÁROS, István (1995) Beyond Capital (Towards a Theory of Transition). ,London: Merlin Press
 * La traducción del portugués pertenece a Nora Ciaponi y Armando
 
[[2] A expressão é tomada de Lojkine, 1995.
 [3] Se refiere al ajuste y reducción de personal para bajar los costos. N. del E.