A propósito de El trotskismo obrero e internacionalista en la Argentina.

Pozzi, Pablo A.

 

Tomo 3: Palabra Obrera, el PRT y la Revolución Cubana, de Ernesto González (coordinador), Marcos Britos, Hernán Camarero, Germán Gómez y Diego Guidi. Buenos Aires, Antídoto, 1999, 2 vols.
 
Una de las ausencias más notables en los estudios históricos de la Argentina es cualquier referencia a la izquierda marxista. Al revisar muchas de las obras de historia política y social disponibles en librerías parecería que la Argentina prescindió de cualquier influencia izquierdista y que la conciencia y la combatividad sólo se desarrollaron a través del peronismo y, previamente, del anarquismo. Sin embargo, si bien una de las claves para comprender el desarrollo histórico de la clase obrera argentina es la debilidad de la izquierda para desarrollar formas de organización políticas clasistas, al mismo tiempo, es imposible comprender el desarrollo y el arraigo de una cantidad de conceptos que se han incrustado en el “sentido común” de los trabajadores sin tomar en cuenta la ardua y heroica labor gris y cotidiana realizada por miles de militantes de izquierda. La izquierda marxista y los anarquistas aportaron a la clase obrera argentina formas de organización como el sindicato por rama de industria, métodos de lucha como el boicot y las ocupaciones fabriles, conceptos como la solidaridad y el compañerismo, valores como la importancia para la libertad humana de la educación obrera y popular, y sentires que encierran fuertes contenidos clasistas como la desconfianza hacia la patronal y la policía. No se puede entender la historia argentina contemporánea si prescindimos de la clase obrera, y no se puede comprender a esta última si no tomamos en cuenta el papel desarrollado por la izquierda en su seno, con sus virtudes y defectos.
El silencio historiográfico en torno al papel de la izquierda en la Argentina implica una fuertísima lucha de clases también en este nivel: la burguesía sabe que la historia sirve para la liberación social. La lucha en este plano ha sido feroz en otros países. Intelectuales y militantes como Isaac Deutscher, Pierre Broué, Emile Témime, Rodney Hilton, Raphael Samuel, Eric Hobsbawm, Herbert Aptheker, Peter Drucker, Paul Buhle y Mike Davis entre otros, desde perspectivas muy variadas, han aportado al estudio de la izquierda europea y norteamericana. Sin embargo, en la Argentina la censura impuesta por la burguesía se ha visto ayudada por la escasa seriedad de aquellos que, desde la izquierda, han abordado esta temática. Valgan como ejemplo las obras con insuficiente investigación y marcadas por un sectarismo notable de autores como Rodolfo Puiggrós, Rubens Iscaro, Jorge Abelardo Ramos, “Pancho” Aricó y Osvaldo Coggiola.
Es debido a esto que el tercer tomo de la obra colectiva coordinada por Ernesto González marca una saludable modificación y un avance que permite aproximarnos a una síntesis de un sector de la izquierda argentina. Esta obra es una continuación de los dos tomos previos que estudiaron el período 1943-1955 y 1955-1959. Sin embargo, la diferencia entre este tomo y los anteriores es notable en cuanto a que revela un salto cualitativo tanto en la calidad de la investigación, como en la profundidad del análisis y la madurez política. Esto es aún más notable puesto que los autores integran un equipo de historia vinculado al Movimiento al Socialismo (MAS), lo que refleja los avances que está haciendo esta organización en cuanto a la aplicación del materialismo histórico y dialéctico.
Una historia de la izquierda no puede escribirse evitando o falseando cuestiones genuinamente polémicas. Tampoco puede efectuarse excusando errores o pretendiendo que la “línea fue siempre correcta” aunque ésta fracasara. Y menos aún puede realizarse prescindiendo de lo material en el análisis: la labor de los militantes y sus resultados, la respuesta de la clase obrera, y los avances y retrocesos en la lucha de clases. Así, creemos que el primer tomo apareció como una historia partidaria tradicional, centrándose en la línea política y juzgándola globalmente “correcta” más allá de sus resultados prácticos. El segundo tomo mostró un avance en cuanto a una visión más compleja, en términos de los problemas planteados y de la calidad de la investigación. En cambio, esta tercera entrega resulta una mina de oro en cuanto a la información brindada y un intento notable por lograr una síntesis histórica dialéctica de lo que fue Palabra Obrera y el Partido Revolucionario de los Trabajadores.
La obra colectiva coordinada por González se divide en dos tomos: de 1959 a 1963 y de 1963 a 1969. Su esquema es francamente ambicioso: utiliza la historia de la organización como un prisma a través del cual comprender el desarrollo de una serie de eventos a nivel nacional e internacional. Así, queda claro que la hipótesis central es que la izquierda refleja los propios avances y retrocesos de la clase obrera argentina y mundial. En esto, la obra se diferencia de muchas otras cuya tendencia ha sido ver el desarrollo de la izquierda como un problema de “líneas acertadas” o no. La realidad es que hay momentos en las que todas “aciertan” y otros en que ninguna parece ser la correcta. En la práctica, lo acertado o no de una línea política tiene que ver con la relación que ésta tiene con la lucha de clases: hasta dónde la puede sintetizar y expresar, en qué sentido se articula con los trabajadores para generar un avance, por minúsculo que éste sea, en la senda de la revolución.
El primero de los dos volúmenes de este tomo se centra principalmente en tres ejes: la Revolución Cubana; Hugo Blanco y la rebelión campesina en el Perú; y el “Vasco” Bengochea y la formación de las FARN. Estos tres temas son, quizás, algunos de los aspectos más logrados de la obra. El estudio de la revolución cubana y su relación con el trotskismo, si bien retiene un tono militante más que analítico, es de una riqueza interpretativa notable basado en un buen trabajo de fuentes dentro de las cuales se destaca el testimonio de Ricardo Napurí. En este caso la obra tiene un fuerte contenido autocrítico (“los más sectarios fuimos nosotros”, pág. 41) inusual para la izquierda argentina. Así presenta un detallado trazo del debate trotskista sobre Cuba que indudablemente podrá generar críticas de todo tipo hacia la obra, pero refleja un saludable intento de superar, desde la autocrítica, las visiones sectarias sobre la revolución cubana para tratar de llegar a un análisis en mayor profundidad. Sin embargo, en varios momentos el bizantino debate sobre el tema al interior de la IV Internacional se torna difícil de entender; asimismo no se alcanza a comprender cómo este debate influyó sobre Palabra Obrera en su desempeño cotidiano. Aun así queda abierto un tema interesantísimo para futuras investigaciones, el de la relación entre la revolución cubana, el guevarismo y el trotskismo, pero ahora basándolo en las condiciones sociales existentes y apuntando a un estudio más científico que político.
En el caso del análisis de la rebelión campesina en Perú liderada por Hugo Blanco, la riqueza de la obra se encuentra en el hecho de que contiene una cantidad de información hasta ahora inédita. Dado que tradicionalmente el papel jugado por Nahuel Moreno en este hecho ha sido criticado tanto desde afuera de Palabra Obrera como por numerosos cuadros y militantes que, más tarde, se apartaron de la organización, y por varios de aquellos que fueron enviados desde la Argentina al Perú, es de esperarse que el tono de la obra tienda a la justificación de su antiguo líder. En este aspecto los autores parecen forzar las explicaciones, las que resultan, en general, bastante menos convincentes que en el resto de su análisis.
Esta contradicción, entre ciencia y necesidades políticas, se puede ver aún más claramente en el tratamiento que la obra hace de la ruptura del “Vasco” Bengochea. Por un lado, la calidad de la investigación realizada, la documentación descubierta y la información brindada son excepcionales. Por otro, el análisis brindado adolece de una cantidad de tensiones latentes. Así, coexisten un intento por comprender el por qué de la ruptura, al mismo tiempo que por criticarla. La suposición que subyace al análisis es que Bengochea se inserta dentro de una especie de “desesperación pequeñoburguesa” producto de las derrotas sufridas por la clase obrera en los conflictos entre 1959 y 1962. Así, se lo incluye entre aquellos que se destacan por “la desesperación de los sostenedores del guerrillerismo y el terrorismo aislado de las masas” (vol. II, pág. 36). El problema central aquí es explicar acabadamente que en esa época Bengochea no fue el único en llegar a la conclusión de que la lucha armada era el camino revolucionario. El guevarismo tuvo un fuerte impacto en toda la militancia del período. Si bien no era una cuestión de masas, sí existía toda una efervescencia al respecto. Valga como ejemplo el mero hecho de que el foquismo del EGP en Salta logró adhesiones a través del país, las suficientes como para desarrollar un aparato urbano y sumar algunos combatientes.
Quizás aquí existe uno de los silencios más notables de esta obra. Bengochea era un cuadro destacado e histórico de Palabra Obrera, con años de militancia, y su ruptura debe haber no sólo causado temblores entre la militancia sino que también debía expresar problemas de fondo en la organización y en la forma en que Nahuel Moreno ejercía su liderazgo. Esto es algo que la obra no se pregunta, y por ende no responde. A juzgar por la propia información brindada por los autores, las diferencias políticas entre Moreno y otros cuadros destacados del partido nunca se saldaban a través de una síntesis superadora, sino que resultaban o en la ruptura o en la subordinación a los planteos de Moreno. Esto sugiere algo importante: si los cuadros históricos de la organización fueron alejándose de la misma y si Moreno siempre contó con el apoyo de la base partidaria, entonces lo que parece haber ocurrido es que Moreno ejercía un liderazgo de tipo caudillesco por el cual utilizaba a la base partidaria como “masa de maniobra” en contra de los desafíos que pudieran surgir en la dirección. En este sentido los autores dan la sensación de oscilar entre una crítica a Moreno y una justificación. Inclusive, en una de las instancias menos logradas de la obra los autores critican a Osvaldo Coggiola por decir que “Moreno se apresuraba a enviar una carta al Ministro del Interior, deslindando relaciones con Bengochea” (vol. II, pág. 36) y a renglón seguido reproducen la carta que, de hecho, prueba que Coggiola, por una vez, tenía razón.
Una última acotación sobre el primer volumen de la obra es lo referido al análisis brindado de la historia política y social argentina en la época de Frondizi. Aquí el contraste también es notable. La historia política no escapa de algunos lugares comunes (“no existía un partido conservador de masas”, pág. 75), dejando de lado aspectos realmente importantes como los modelos de país y de acumulación en pugna. Inclusive, el lenguaje es diferente, tomando un tono más político y menos científico (“el amo del norte”, “nuestro partido”). En cambio, la parte dedicada a lo social es simplemente interesantísima, convirtiéndose en un aporte fundamental a la historia de la clase obrera argentina. Toda la relación entre el trotskismo y las 62 Organizaciones peronistas, el tema del “entrismo” y la participación de Palabra Obrera en la Resistencia, el tema de la violencia en el movimiento obrero argentino, son riquísimos y abren puertas tanto a futuras investigaciones como a la posibilidad de profundizar un tema que aún hoy se nos escapa: un estudio histórico de la conciencia de la clase obrera argentina. Asimismo, la información brindada sobre el desarrollo (cantidad de militantes, lugares de trabajo político, etc.) de Palabra Obrera es fundamental para comprender el impacto de la organización. Aquí lo más notable es cómo una organización tan pequeña logró una influencia política muchísimo mayor.
El pecado de este apartado es la desconexión entre la parte política y la social del análisis: encarando la parte política desde la perspectiva de los modelos de acumulación de capital hubiera aportado a comprender y profundizar la conflictividad obrera que se analiza en la parte social. Una nota discordante en este apartado es que los autores persisten en la hipótesis de la derrota de la clase obrera a partir de 1959, que luego adoptaría el historiador inglés Daniel James. Es posible que tengan razón, pero esta postura no surge de los datos que brindan los propios autores, particularmente en torno a la conflictividad en los años posteriores (1963-1969). Asimismo, la obra insiste en que la “línea era correcta” si bien no prosperó (pág. 96). Habría que plantearse hasta dónde una línea puede ser acertada si no tiene éxito entre las masas. Y en esto no podemos culpar a la “traición de la burocracia”. El mero hecho de que sean burócratas implica que sus intereses son fungir como intermediarios de la venta de la fuerza de trabajo, y por ende tienden a traicionar las luchas puesto que su objetivo es utilizarlas para mejorar sus propios intereses y no los de la clase (de ahí el aforismo del vandorismo: “golpear para negociar”). Esto último es sorprendente porque el análisis y la caracterización que se hace de Vandor y del vandorismo es mucho más profunda (y conocedora de la clase y de la burocracia sindical) que la de la vasta mayoría de los historiadores. Para los materialistas históricos la línea es acertada cuando toma en cuenta la situación objetiva, la correlación de fuerzas, y las posibilidades de llevarla a cabo. Que no prospere una línea implica que, aun siendo justa, hubo una evaluación incorrecta de sus posibilidades reales, por lo que no era acertada en ese momento y en esa correlación de fuerzas.
El volumen II de la obra se centra en las luchas obreras entre 1963 y 1969, sobre todo en el Plan de lucha de 1964, y en la historia del Partido Revolucionario de los Trabajadores desde su fundación en 1965 hasta su ruptura en 1968. Una vez más la información y el análisis de las luchas obreras son muy interesantes, mostrando fehacientemente que Palabra Obrera, primero, y el PRT, después, se hallaban volcados a la actividad entre la clase con cierto éxito. Un aspecto valioso para los especialistas es que la obra demuestra que varios de los más connotados analistas del mundillo académico, como Guillermo O’Donnell y Juan Carlos Portantiero, derivaron sus hipótesis de los análisis que realizó PO/PRT en la época, si bien nunca lo reconocieron como tal. El mejor ejemplo de esto es que la burguesía se vio “atemorizada” (pág. 31) por los resultados del Plan de lucha de la CGT, lo que sentó las bases para que el golpe de estado de 1966 fuera un golpe preventivo.
En cuanto a la historia del PRT una vez más los autores se destacan por la riqueza de la investigación realizada. Esta ha sido minuciosa, intentando reconstruir detalles como por ejemplo la cuantificación del número de militantes en cada sector, El Combatiente y La Verdad, que se van a separar en 1968. Así se recuperan cartas y documentos que ayudan a esclarecer y complejizar las imágenes que teníamos hasta este momento. Sin embargo, y a pesar de la calidad de la investigación, el análisis se encuentra fuertemente cruzado por la disputa política con El Combatiente de hace ya más de treinta años. Los autores explican el surgimiento y desarrollo del PRT a través del prisma de su ruptura posterior. En este sentido dos hipótesis guían el análisis. La primera es la ya consabida tesis de que la guerrilla era producto de sectores desesperados y alejados de las masas. La segunda, es que la ruptura se debió al primer factor y al desarrollo de una burocratización en la dirección de la organización. Así “para la mayoría de las regionales [...] el eje era recorrer las fábricas, estar atentos para ligarse a los conflictos [...] distribuir la prensa partidaria [...] Por el otro, la fracción mayoritaria de la dirección y el aparato partidario, volcados a planificar la estrategia militar” (pág. 205). Suponiendo que esto fuera así, la pregunta que debería surgir es cómo una base militante había elegido una dirección que no la representaba. La respuesta parecería ser, una vez más, que la dirección sufrió desviaciones a pesar de la base que logró mantener el norte revolucionario gracias a la visión preclara de Nahuel Moreno. Guiándonos solamente por la información presentada por los autores, y sin poner en duda la burocratización de la dirección del PRT, existe otra interpretación posible. Una vez más lo que parece haber existido era una sorda lucha por el poder de la organización, basada en algunas diferencias política e ideológicas, entre Moreno y muchos de los otros cuadros de dirección. Esto no era nuevo. La obra abunda en conflictos entre Moreno y otros cuadros que terminaron siempre fuera del partido. Un factor importante en esto deben haber sido los frecuentes “golpes de timón” dados por Moreno en cuanto a la línea política.
Por otro lado, lo sorprendente en el PRT no es que hubiera una tendencia “guerrillerista” sino que surgiera una “antiguerrillera”. El “Che” Pereyra, Bengochea, Leandro Fote, Antonio Fernández, Mario Roberto Santucho, Bonet y muchos otros, en distintos momentos, entendieron que la línea de PO/PRT era la lucha armada. A menos que nos planteemos que tantos cuadros dirigentes repentinamente fueron presa de una “desesperación terrorista”, lo más probable es que el “guerrillerismo” fuera la tendencia latente y mayoritaria en la organización. Sólo así se pueden entender los frecuentes cambios de línea de Moreno a favor y en contra de la lucha armada. A su vez, es obvio que estos cambios pudieron haber generado una desconfianza entre los cuadros históricos hacia Moreno. La desconfianza, la lucha por el poder y las formas que tuvo Moreno de resolver las diferencias generaron constantes rupturas. Pero también generaron que la oposición se uniera no por los acuerdos sino “por el espanto”. En esto los autores tienen razón. El antimorenismo fue un grupo sumamente heterogéneo, que reprodujo algunos de los métodos que cuestionaban y que, una vez separados de su tronco original, también sufrió rupturas. Inclusive, esto significó que la lucha interna entre los que luego conformaron El Combatiente y La Verdad no se dio a nivel del debate político e ideológico, sino más bien en el plano personal de los infundios, el chisme y las deslealtades personales. En esto ambos sectores parecen haber tenido culpas, y esto parece ser obviado por los autores al caer en un esquema dicotómico por el cual los burócratas-guerrilleros se encuentran contrapuestos con los militantes-obreros. En realidad hubo buenos y malos militantes de ambos lados.
En síntesis, uno de los aspectos que más queda claro en la obra es que la historia de Palabra Obrera y del PRT fue, en parte, una de crisis y rupturas producto de errores, malas evaluaciones, autocríticas poco profundas, en el contexto de una militancia fuertemente ligada a las luchas obreras de la época. Lo notable es que si bien los autores profundizan en un fino análisis las rupturas sindicalistas (por ejemplo la de Rodín), no hacen lo mismo con la de las tendencias guerrilleristas, y esto a pesar de la abundante información original que reunieron.
Quizás aquí los autores deberían retomar en mayor profundidad el propio esquema analítico de la obra. La misma intenta articular el desarrollo partidario con la cuestión nacional e internacional. En esto son muy exitosos, sobre todo en el primer volumen, pero en el segundo volumen, al tratar la ruptura del PRT, los tres niveles se separan discurriendo por canales casi autónomos. Por lo tanto, se desdibuja la acertada propuesta de que la historia partidaria sea un lugar privilegiado desde el cual ver la historia obrera, cayendo varias veces en una historia por la cual las necesidades y preferencias políticas guían el estudio y no el materialismo histórico y dialéctico. De alguna manera, una organización como PO/PRT, con una fuerte ligazón a los conflictos obreros, con un cierto nivel de influencia de masas mucho mayor de lo que pueden indicar su cantidad de militantes, también se articuló con (y contribuyó a) los debates y las luchas que cruzaban el seno de la clase obrera nacional e internacional. En este sentido, las disputas, las rupturas e, inclusive, el debate sobre las vías revolucionarias a la toma del poder, no fueron producto de una discusión partidaria entre estudiantes en un café. Más bien reproducía las virtudes y los defectos de las discusiones en el seno de la vanguardia obrera y popular. No fue sólo el PO/PRT el que se vio marcado por estos debates. Todas las organizaciones que se reivindicaron de izquierda en la época sufrieron rupturas. Así, y más allá de los genuinos problemas internos, la izquierda argentina y PO/PRT tendieron a seguir detrás, y no a liderar, los eventos y debates políticos de la época. Valgan como ejemplo los Cordobazos y Rosariazos que tomaron desprevenidos a todos los revolucionarios a pesar de su mejor o peor inserción en la clase obrera.
No hemos señalado algunos errores fácticos que contiene la obra porque, de hecho, son menores (por ejemplo exagerando la cantidad de rupturas del PRT-ERP hasta 1973, pág. 229). El importante mérito de la obra es que ha avanzado por la senda de una interpretación original, bien investigada y desde una perspectiva marxista. Si entendemos al leninismo no como un dogma, sino como la aplicación del marxismo a la era del imperialismo para encontrar las formas de organización revolucionaria que mejor se adecuen a la etapa histórica transitada, entonces una profunda, seriamente investigada y autocrítica historia de la izquierda se convierte en imprescindible para poder avanzar una vez más. Si esta historia, además, se realiza desde y para la clase obrera entonces se convierte en un arma de lucha y de organización. Esto es lo que han hecho los autores. El debate franco y las diferencias aquí señaladas no les quita un ápice de mérito. Sobre todo porque cualquiera que haya militado tiene conciencia de lo difícil que es ser un materialista histórico en lo que respecta a nuestra propia historia. Allí se nos mezcla el dolor y la memoria de los cientos y miles de compañeros que regaron con su sudor, su sacrificio y su generosa sangre las luchas revolucionarias de la clase obrera. También se nos mezclan los mitos y las tradiciones en las que nos hemos forjado. El reverlas implica un desgarramiento tan profundo como el que le debe haber implicado a Lenin romper con la socialdemocracia o a Trotsky partir una vez más hacia el exilio. Y la crítica de los dirigentes históricos, a la sombra de los cuales muchísimos revolucionarios se forjaron, es tan dolorosa como cuando Lenin criticó a Kautsky y a Plejanov. Pero debemos darnos cuenta que el reconocer que eran seres humanos, con errores, problemas y virtudes, no reduce sus méritos sino que los enaltece: fueron grandes revolucionarios, con todos sus defectos.
Asimismo, el poder profundizar el análisis, el basarlo en la autocrítica más severa, y utilizar lo más acabado de las ciencias sociales para hacerlo es el único método que nos enseñaron los clásicos del marxismo para comprender la realidad y poder transformarla. Si la evolución que ha mostrado la obra colectiva coordinada por Ernesto González es representativa de su organización entonces podemos decir que, más allá de las crisis, están en el camino más sano, y doloroso, que les permitirá aportar a un reflorecer de la perspectiva revolucionaria, en formas diferentes, pero que represente una continuidad, ahora si, más sólida que nunca.
 
Pablo Pozzi