«La fotografía y otros ensayos. El ornamento de la masa», de Siegfried Kracauer

La fotografía y otros ensayos. El ornamento de la masa
Siegfried Kracauer
Traducción de Laura S. Carugati
Prólogo de Christian Ferrer
Posfacio de Karsten Witte
Barcelona, Gedisa, 2008, 140 págs.
 

La publicación de esta antología amplía con una serie de artículos sustanciales[1] la exigua cantidad de obras de Siegfried Kracauer disponibles en castellano. La escasez de traducciones y de bibliografía sobre el ensayista alemán resulta tanto más lamentable cuanto que Kracauer es una figura sobresaliente dentro de la más numerosa y destacada generación de ensayistas que haya generado la literatura en lengua alemana; una generación a la que pertenecen, entre otros, Ernst Bloch, György Lukács, Walter Benjamin y Theodor W. Adorno. Imposible dar cuenta, en una breve reseña, de la densidad de pensamiento y de la brillantez formal que señala a las obras de esta compilación; nos limitaremos a comentar algunos de los motivos conductores que recorren esos artículos –publicados entre 1927 y 1931 en la Frankfurter Zeitung, y que permiten comprender su significación intrínseca y la influencia que ejercieron desde el momento de su aparición. Entre estos motivos se encuentra la tentativa para establecer las bases de una sociología de las clases medias, justamente en el momento histórico en que estas se encontraban en Europa (y, sobre todo, en Alemania) en medio de una profunda crisis histórica. Esta tentativa, a la que se dedicó también Kracauer en Los empleados (1930) –uno de los más importantes ensayos alemanes de comienzos del siglo XX–, suponía analizar la situación económica, pero aún más las estructuras de pensamiento y sentimiento que definen a dichas clases. De manera profética, y desde una perspectiva que habría de ejercer una gravitación importante sobre Ernst Bloch, Kracauer advierte que la posición de las clases medias se ha alterado por efecto de los procesos económicos, pero su modo tradicional de entender la realidad se ha mantenido invariable, ratificando la tesis marxiana según la cual la superestructura solo se adecua lentamente a la evolución de la infraestructura. Es así que los sectores medios, tal como se dice en Los empleados, “nutren una falsa conciencia. Querrían mantener diferencias cuyo reconocimiento social enmascare su situación; profesan un individualismo que solo poseería un fundamento si aún pudieran configurar sus destinos como individuos”.[2] La obstinación en olvidar su proletarización económica real eludiendo toda afinidad con el proletariado, y la creencia ilusoria en que es posible alterar el sentido de la historia y regresar a una etapa previa al capitalismo monopólico, explican la ideología anacrónica o –para emplear la terminología blochiana– “asincrónica”, “no contemporánea” [ungleichzeitig] de las clases medias, que con frenético furor tratan de aprovisionarse de divertimentos capaces de nutrir su falsa conciencia, de alentar sus quiméricas expectativas de resucitar una realidad ya fenecida. En los artículos que integran La fotografía pueden verse reflexiones muy próximas a las de Los empleados; así, en “La revuelta de la clase media. Un discusión con el círculo Tat” (1931), las ideas de dicho círculo son presentadas como expresión de “la difícil situación de la clase media, ya que remiten a una posición que en un sentido esencial es irreal y contradictoria” (p. 87). La contradictoriedad de la situación se expresa, en las publicaciones de Die Tat, en el hecho de que en ellas conviven la invocación del mito –que presenta intensas analogías con la filosofía de Spengler y con el fascismo– y la del fantasma, ya históricamente insostenible por entonces, del hombre individual, tal como había sido configurado por el capitalismo liberal. No menos incompatibles entre sí son la fe neorromántica en un Estado que surge y crece de manera orgánica, y la determinación de impulsar un socialismo basado en la planificación económica; un oxímoron semejante basta para demostrar cuán irrealizable es el proyecto de Die Tat, que trata de moverse, al mismo tiempo, en direcciones opuestas, y que “Expulsa a la razón del templo del Estado-pueblo y en el mismo instante la incorpora a las oficinas de la economía de Estado” (102). La idea de Kracauer es que las antinomias de Die Tat son, en el fondo, las de las clases medias, que tratando de impulsar la historia en sentidos antagónicos, no hacen más que girar constantemente sobre sus propios dilemas.

El análisis de los “bienes culturales” consumidos por esta clase numerosa y heterogénea ayuda a corroborar la condición paradójica que la define. En “La biografía como forma de arte de la nueva burguesía” (1930) se explica que el arrollador éxito de masas alcanzado, a comienzos del siglo XX, por las biografías de “grandes personalidades”: en momentos en que la literatura modernista (pensemos en Kafka, en Musil o en Brecht, para mencionar a tres casos disímiles, pero igualmente representativos) muestra la disolución del sujeto soberano a partir del ingreso en la era de las masas, la pequeña burguesía busca una vía de evasión en las historias de vida de las figuras históricas del pasado. El público lector burgués y pequeño burgués, en efecto, “siente el poder de la historia en carne propia y se da cuenta […] de que el individuo se ha vuelto anónimo”, pero “no extrae, a partir de sus concepciones, […] ninguna concusión de tal índole que le permita esclarecer la situación actual” (p. 82). Las biografías, que huyen aterrorizadas ante la realidad contemporánea, terminan confirmando de manera paradójica el fin del individualismo, al mostrar que este se ha replegado al museo de las grandes personalidades. La incapacidad para afrontar el presente y el propósito escapista de las biografías, su culto idealista de los héroes, se enlaza, en términos más explícitamente políticos, con el anhelo de ver en un Führer la única alternativa posible para un capitalismo ante el cual retroceden horrorizadas las clases medias, sin explorar alternativas que respondan racionalmente a las condiciones contemporáneas. En “Sobre los libros de éxito y su público” (1931), donde se desenvuelven de manera más minuciosa estas tesis, se muestra que el sentimentalismo es, en el contexto de comienzos del siglo XX, una ideología característica de las clases medias empobrecidas, que cultivan la falsa (y la mala) conciencia con vistas a olvidar la realidad histórica; el sentimiento “humaniza la tragedia sin anularla y enturbia la crítica que podría tornarse peligrosa para la conservación de contenidos arcaicos” (pp. 75-6). En esta estrategia de falsificación social se pone de manifiesto la esencia de las clases medias, que “perciben su posición intermedia como una perdición pero a la vez quieren mantenerse en ella bajo cualquier circunstancia” (p. 75). Los comentarios acerca de las ilusiones de las clases medias se enlazan con una reflexión acerca de la literatura de masas que anuncia ya el análisis sociológico y psicológico del cine desplegado años más tarde en De Caligari a Hitler (1947). Kracauer entiende que el éxito de la literatura trivial no obedece a las cualidades estéticas de las obras, juzgadas como productos autónomos, sino de la aptitud de estas para satisfacer los deseos –a menudo inconscientes– de las masas de lectores anónimos.
El develamiento de las propiedades específicas de la cultura de masas no conduce a una condena general y elitista de sus productos, como la que dictarán luego Adorno y Horkheimer; a diferencia de estos, y a semejanza de Benjamin, Kracauer cree que los objetos de la industria cultural no solo son una herramienta insoslayable para comprender la psicología de las clases medias, sino también una producción más legítima y actual que la que anacrónicamente adoran aquellos “hombres cultos” [die Gebildeten] que con arrogancia idealista impugnan, al margen de toda reflexión, los divertimentos de las masas. Esta idea vertebra “El ornamento de la masa” (1927), el ensayo fundamental del volumen y, en sí, uno de los exponentes más destacados de la ensayística alemana del siglo XX. Una alusión a la rigurosa geometría que delineaban las coreografías de las Tiller girls le permite establecer al autor una correlación entre los espectáculos de danza que hipnotizan a las masas y la organización taylorista del proceso de trabajo, contemporánea a aquellos: así como el trabajador se ve reducido a ocupar un lugar fijo dentro de la línea de montaje, cuya estructura global ignora, así también cada una de las bailarinas realiza su rutina con la mayor precisión posible, pero sin abarcar el dibujo dentro del cual se halla inserta. Con la geometría de las figuras conformadas por las Tiller girls se corresponde la obsesiva racionalidad del proceso de producción capitalista, regido por el imperativo de la calculabilidad; si dicho proceso se ha sustraído a las manos de los hombres que lo pusieron en movimiento, renunciando a toda función social auténtica, también la danza ornamental es un fin en sí mismo, ya que ha perdido su significación religiosa, erótica, militar o gimnástica para convertirse en una suma de dibujos carentes insustanciales. El capitalismo fordista y el ornamento de la masa coinciden, además, en su carácter colectivo, en su reluctancia a conceder validez específica a la personalidad individual; y, sin embargo, Kracauer se niega a condenar la danza ornamental, y la define como una representación estéticamente válida: el placer estético “que provocan los movimientos ornamentales de masas es legítimo”, por cuanto tiene sus bases en la realidad:
una representación estética es tanto más real cuanto menos renuncia a la realidad que se encuentra fuera de la esfera estética. Por más escaso que se considere el valor del ornamento de masas, este se encuentra, según su grado de realidad, por encima de las producciones artísticas que cultivan los sentimientos nobles obsoletos en formas pasadas, aunque luego no tenga ningún significado posterior (56).
El movimiento de piernas de las Tiller girls es tan actual y real, en su artificialidad, como el de las manos de los trabajadores en las fábricas taylorizadas; y frente a uno y otro fenómeno, no tiene sentido refugiarse nostálgicamente en el pasado. Se trata de ir más allá del trabajo alienado, y no de retroceder a un estadio previo a él y presuntamente libre de alienación. De ahí que el ensayo se pronuncie enfáticamente en contra de aquellos que reprochan al capitalismo su racionalismo antihumano, y anhelan el resurgimiento de una comunidad tradicional. Si el irracionalismo se revela ineficaz como solución histórica, es porque no entiende que el problema del capitalismo no es que racionaliza demasiado, sino demasiado poco: la humanidad que se liberó del mito solo podrá liberar a la naturaleza del hechizo en el que se encuentra sumida si aplica medios racionales. Somos –como diría luego Adorno– los hijos de la Ilustración, y el mundo desencantado es una realidad irrevocable, por lo que la emancipación social deberá producirse apaciguando a la naturaleza sojuzgada por el hombre: haciendo la paz con ella, ya que, para Kracauer, no hay utopía sin redención del mundo natural. Un anticipo de estas ideas se encontraba ya en “El viaje y el baile” (1925), donde, luego de analizar estos dos fenómenos en sus formas contemporáneas de manifestación, Kracauer procura definir su propia posición en cuanto pensador: apartado igualmente de los partidarios de un culto radical del progreso y de quienes huyen románticamente de la situación con la que deben enfrentarse, el ensayista se aferra “a las promesas sin privarse de la palabra y comprende los fenómenos que se emanciparon de su fundamento, no solo definitivamente como deformaciones y reflejo distorsionado”, sino concediendo “a esos fenómenos posibilidades propias, ciertamente positivas” (p. 48).
La lectura de “El ornamento de la masa” basta para mostrar hasta cuál punto se encuentran en deuda con Kracauer los autores de Dialéctica de la Ilustración, pero también cuán vinculadas están las ideas expuestas en ese ensayo con las propuestas de Max Weber, de Georg Simmel y del Lukács de Historia y conciencia de clase. El ensayo sobre “La fotografía” está mucho más emparentado con ideas desarrolladas luego por Benjamin,[3] como también con la estética del cine construida por el propio Kracauer durante el exilio. En efecto, Kracauer piensa que las imágenes fotográficas no registran la experiencia vivida del pasado, sino tan solo la configuración espacial de un instante; configuración que, en cuanto tal, carece de profundidad y aguarda su redención, su desciframiento crítico emancipador. Un tratamiento aparte, por su singularidad, merece el ensayo más antiguo que integra esta compilación: “Los que esperan” (1922): bajo la influencia de Kierkegaard y del Lukács de Teoría de la novela, Kracauer define su lugar distanciándose tanto de aquellos que son escépticos por principio (Max Weber) y que desesperan de hallar una salida a la situación contemporánea, como de los “hombres cortocircuito” (Rosenzweig, Bloch), que se evaden de los dilemas de la sociedad burguesa refugiándose en una fe que pone fin a sus búsquedas, y que alimenta el autoengaño. Para Kracauer, la alternativa es la espera: “Quien se decide por ella no obstruye su camino hacia la fe como el que afirma obstinadamente el vacío, ni oprime la fe como el nostálgico a quien su nostalgia le vuelve desenfrenado. Él espera y su esperar consiste en un dubitativo estar abierto, en un sentido ciertamente difícil de ser explicado” (p. 122). Afín a Benjamin, esta espera persistirá en Kracauer como una continua aversión a violentar la historia sometiéndola a un propósito instrumental; también como una apertura constante a la realidad material, con la intención, no de subyugarla con fines utilitarios, sino de redimirla de su encantamiento.
Acompañada de un estudio preliminar de Christian Ferrer y de un postfacio de Karsten Witte, que aportan elementos significativos para comprender tanto estos ensayos como, en general, el pensamiento antisistemático de Kracauer, esta edición contribuye eficazmente a propagar a un autor cuya influencia en el ámbito hispanohablante podría –y debería ser– ser capital.


[1] Los artículos incluidos en este volumen corresponden a la sección “Außere und innere Gegenstände” [Objetos externos e internos] de la compilación Das Ornament der Masse. Essays (1920-1931), editada por Kracauer en 1963.
[2] Kracauer, Siegfried, Los empleados. Un aspecto de la Alemania más reciente. Trad. y notas de Miguel Vedda. Introd. de Ingrid Belke. Prólogo de Walter Benjamin. Posfacio de Miguel Vedda. Barcelona, Gedisa, 2008, p. 194.
[3] Cf. el ensayo “Pequeña historia de la fotografía” (1931).