Acerca de Imperio & Imperialismo, de Atilio Boron.

Camarero, Hernán

Buenos Aires, CLACSO, 2002, 159 págs.

 
Imperio, el voluminoso texto que M. Hardt y A. Negri (H&N) publicaron hace dos años, ha venido generando en todo el mundo una atención inusual, que en nuestro medio se fue instalando gradualmente desde 2001. La edición local en castellano de la obra, a comienzos de este año, le otorgó una centralidad aún mayor a esta obra. Como ocurriera en muchos otros países, el libro se está constituyendo en el mercado local en una suerte de best-seller, cuyas ideas acerca del supuesto fin del imperialismo y de la emergencia de un imperio vienen siendo recogidas, por medios de comunicación, activistas sociales y políticos e, incluso, por representantes de las clases dominantes.
 
El politólogo Atilio Boron, docente e investigador de la UBA y del CLACSO, tiene el mérito de ser el primero en nuestro país en ofrecer una evaluación profunda del texto de H&N. El escrito que aquí comentamos es una versión actualizada del que Boron escribiera en inglés en septiembre de 2001 a pedido de los editores de la prestigiosa revista socialista británica New Left Review, quienes en breve publicarán un volumen colectivo de discusión en torno a Imperio. Sus antecedentes lo situaban como un candidato propicio para acometer la tarea: en los últimos veinte años, Boron viene encarando una obra de reflexión histórica y sistémica acerca del capitalismo latinoamericano, del impacto que provocan en esta región las reformas neoliberales propiciadas por el FMI y el Banco Mundial, y del modo como fue reforzándose brutalmente la dominación imperialista, y produciéndose movimientos de resistencia popular a ese orden. Estado, capitalismo y democracia en América Latina (1991-97) y Tras el Búho de Minerva. Mercado contra democracia en el capitalismo de fin de siglo (2000), son algunos de los resultados de esta indagación teórica y empírica, que nunca renunció a un compromiso político explícito, y que, sin olvidar el juicio crítico que merecen ciertos posicionamientos políticos e institucionales del autor, representa un valioso aporte al pensamiento socialista de nuestro país.
 
El texto de Boron es de sólida factura. Como podrá apreciar el lector, retoma y profundiza planteos como los de John B. Foster y D. Bensaïd que hemos reproducido en éste y en el anterior número de Herramienta, pero construyendo un balance aún más lapidario sobre Imperio. Según Boron, la obra de H&N, más allá de sus nobles propósitos, constituye una interpretación global e insanablemente equivocada sobre la realidad presente, que resulta políticamente inconducente, e incluso contraproducente, desde una perspectiva emancipatoria, pues solo puede abrir camino a nuevas frustraciones en el campo de la praxis revolucionaria. Consciente de la importancia que Imperio posee, dada la influencia que ha venido alcanzando en el movimiento antiglobalización, y atento a la trayectoria anticapitalista de los autores (especialmente de Negri), Boron elaboró una crítica equilibrada, que intenta renunciar a verdades reveladas. Reconociendo la necesidad de que la izquierda debe actualizar sus análisis sobre el imperialismo, el autor se lanza a un desmenuzamiento de las respuestas de H&N, juzgándolas como una revisión que, a pesar de algunas fértiles intuiciones sobre aspectos puntuales, se encuentra preñada de graves errores de diagnóstico. Alerta, certeramente, que H&N, en vez de continuar desde el punto donde había llegado el marxismo y el pensamiento crítico (con los estudios clásicos de Lenin, Hilferding, Luxemburg, Bujarin o Kautsky, y con los avances que en la posguerra hicieron Mandel, Baran, Sweezy, Dobb, Magdoff, Amin, Wallerstein, Arrighi, Chomsky y tantos otros), no hacen más que retroceder, ignorando todos estos aportes. ¿Cuál es el arsenal teórico, el enfoque metodológico y el estilo discursivo que Boron descubre detrás de Imperio? Los que provienen de la dudosa contribución de los “especialistas” norteamericanos en economía y relaciones internacionales (propagandistas de axiomas neoliberales e imperialistas insustanciales, además de canallescos, como Brzezinski o Huntington) y de los filósofos estructuralistas y posestructuralistas franceses (con su eterno rechazo del sujeto). El resultado es el uso de categorías y lenguajes posmodernos, autoreferenciales, esotéricos e incomprensibles, cuyo horizonte de visibilidad es noratlántico y ajeno a la realidad del resto del universo. Sería a partir de esta malsana caja de herramientas con la que se termina erigiendo una mistificación y naturalización de la globalización imperialista, que obstaculiza la lucha contra ella.
 
Veamos algunos ejemplos. Boron demuestra la aceptación ingenua de H&N al hipócrita argumento, difundido por los voceros imperialistas del “libre comercio”, acerca de la supuesta absoluta movilidad internacional de los factores de producción, que hoy estarían haciendo desaparecer a los mercados nacionales. Boron logra desbaratar esta falsedad, recordando: a) el tratamiento que las potencias capitalistas tienen hacia la mano de obra inmigrante; b) el control de las tecnologías que practican esos países; c) la aplicación de políticas proteccionistas (tarifas aduaneras, barreras no arancelarias, subsidios especiales) en EE.UU. y Europa; d) el carácter nacional que pervive en las megaempresas (de alcance global pero con intereses, propiedad y ganancia localizada en un puñado de países centrales). El autor también logra desnudar la visión idealizada, afín a la de los gurúes de las escuelas de administración de empresas, que H&N tienen con respecto a las actuales corporaciones globales, las que son presentadas como sitios despojados de opresión social, ambiental, sexista, racista u homofóbica.
 
            Boron hace evidentes las fuertes limitaciones, inconsistencias y aporías en las que incurren H&N. En su visión, ellos nos presentan un imperio ahistórico, metafísico, carente de contradicciones estructurales y conceptualmente constituido a partir criterios formalistas y juridicistas (desde los cuales se llega a otorgar credibilidad a los cínicos planteos sobre la vigencia del “derecho global” y la “justicia internacional”, que no hacen más que embellecer tanto la naturaleza imperialista de la ONU y su rol de garante del orden colonial como el carácter guerrerista y gendarme de EE.UU.), y en donde la indagación de las condiciones materiales que sustentarían el entramado legal de ese imperio naufraga en confusas divagaciones sobre la “producción biopolítica”.
 
La denuncia que el autor hace de la falta de rigor conceptual en la obra de H&N es contundente, y puede ser resumida en este rosario de interrogantes: si el imperio es “un paso adelante” frente al imperialismo, es algo “mejor”, ¿esto supone la superación del capitalismo? ¿cuando y cómo habría ocurrido este tránsito histórico?; si el imperio es la superación histórica del estado-nación, fruto de una modernidad entendida como puro sinónimo de genocidio, esclavitud y guerras, ¿no se está ignorando los progresos que ésta última contuvo?; si lo que existiría hoy es una indiferenciación de las naciones al interior del imperio, no habría más un “afuera” de este último, los países tendrían sólo una diferencia de grado y no se debería hablar más de centro/periferia, ¿no estaríamos retrocediendo de las teorías de la dependencia a las de la interdependencia que postularon siempre la derecha y el imperialismo?; frente a las evidencias del constante ejercicio de la hegemonía yanqui, del doble standard con el que Washington juzga a los gobiernos (en donde siempre está atento a señalar cuales son los estados “enemigos”), del persistente aumento del tamaño del estado y del gasto público en los países centrales mientras se los obliga a disminuir en los periféricos, del fortalecimiento del carácter represivo del estado (como un Leviatán hobbesiano), ¿es atinado postular un derrumbe inexorable del estado-nación, cuya soberanía habría sido transferida a una nueva estructura global de dominio, en donde no existirían actores imperialistas ni un centro territorial de poder que ejerza autoridad en el orden mundial?; ¿no resulta improcedente y reñido con la evidencia empírica afirmar que el ciclo internacional de luchas ha concluido y que éstas ahora son específicas, incomunicables y sin reconocimiento de un enemigo común?; ¿no resulta absolutamente inútil e irresponsable definir al enemigo concreto de las masas oprimidas del mundo (por otra parte, entendidas bajo el vacío concepto de “multitud”, que evapora la noción de clases y la distinción entre explotados/explotadores y débiles/poderosos), en términos tan gaseosos como los de “régimen específico de relaciones globales que llamamos imperio”, recayendo en una estrategia reformista inviable en busca de la “ciudadanía global”, el “salario social” y el “derecho a la reapropiación”, eludiendo toda referencia a la revolución e inspirándose en el ejemplo de San Francisco de Asís?
 
En síntesis, creemos que el texto de Boron logra desbaratar la quimérica invención del imperio de H&N. Un ente inasible, indefinible, inhallable y, por tanto, finalmente imbatible. Frente a esta mistificación perniciosa, Boron propone volver al materialismo histórico, erigiendo una interpretación radicalmente distinta sobre la realidad en este nuevo milenio: que el imperialismo alteró algunos de sus rasgos fenomenológicos pero no su esencia, y que no hizo más que potenciar las asimetrías estructurales que definen la inserción de los países en la economía mundial, profundizar la opresión de pueblos y naciones, y fomentar políticas de regresión social, desciudadanización, destrucción del medio ambiente, envilecimiento de los regímenes democráticos, supeditación de la vida cotidiana a la tiranía de los mercados y paroxismo militarista; en suma, sembrando genocidio y barbarie.