La revolución rusa de José Ingenieros: elitismo y progresismo.

Acha, Omar

 

 
Las revoluciones son siempre la obra de minorías educadoras y actuantes; son minorías, también, los partidos reaccionarios. La gran masa es neutra y constituye siempre un obstáculo a cualquier género de progreso que la saca de sus hábitos y rutinas.
José Ingenieros, Los tiempos nuevos (1918-1920)
 
I. Las elites y la construcción de los ideales
A través de una extensa obra, José Ingenieros desplegó con cambios y matices un conjunto de perspectivas vinculadas a la comprensión del tiempo, de la historia, de la sociedad, de los géneros, del poder, cuyos rasgos aún no han sido del todo explicitados. Realizar esta tarea parece necesario cuando en esta época, nuestra, de rearticulación del campo cultural de las izquierdas es imprescindible una reevaluación de las grandes figuras de la acción y el pensamiento emancipatorios. Sin duda, Ingenieros fue uno de ellos para importantes tradiciones de las izquierdas en la Argentina. Si bien desde el socialismo nunca se le perdonó del todo su abandono del Partido Socialista en 1902, fue de todas maneras un antecedente importante de su prosapia. El comunismo, en cambio y gracias a la tarea de Aníbal Ponce, lo consideró hasta bien entrada la década de 1980, un ancestro reivindicable. Es hora ya de que las jóvenes camadas den cuenta de quién fue y qué pensó Ingenieros, y quizá la historia intelectual pueda evitar los gestos identificatorios bajo el modo imaginario que gobernó las miradas desde las izquierdas.
Varios son los campos en los que puede hacerse la tarea. Aquí discutiré su lectura de la revolución rusa de 1917. La elección puede interesar si se recuerda que se trató de un evento significativo, evocador de las pasiones políticas y síntoma de un cambio epocal, que tuvo un efecto movilizador en un Ingenieros que había dejado durante quince años toda militancia política organizada. Se ha dicho en numerosas ocasiones que Ingenieros redescubría aquí, con una fuerza inusitada, una nueva vinculación con la política, que aunaba la solidaridad con el experimento soviético, la simpatía con la reforma universitaria, y el apoyo al antiimperialismo latinoamericano. Oscar Terán ha sugerido que el elitismo y el darwinismo social con los cuales observaba los fenómenos revolucionarios estaban aún inmersos en una madeja teórica compleja, en los modos de pensar sustancialmente heredados de tiempos previos. Ha propuesto que ello era parte de una crisis del proyecto liberal que signó en gran medida la imaginación política de Ingenieros. Frente a la persistencia del trasfondo teórico presuntamente propio de una era que se iba, pareciera difícilmente explicable cómo Ingenieros sostiene, a pesar de todo, la consistencia de su mirada.[1]
Nuestra lectura de las posiciones de Ingenieros sobre la revolución rusa, sin separarse de esta última mirada, pretende argumentar dos hipótesis sobre esta peculiar persistencia: a) que el acontecimiento revolucionario era para Ingenieros un sector relativamente indiferenciado de un proceso más amplio y capital: el reemplazo del antiguo régimen por una sociedad secularizada y progresista, y b) que la transformación posible que era pensada al calor de los sucesos rusos que poco tenían de específicos, sino que mostraban –según creía Ingenieros– la verdad en su confianza en que las elites ilustradas realicen el cambio histórico.
Argumentaré, pues, la idea de que Ingenieros no veía la revolución rusa como un acontecimiento fundador o innovador. Esto implicaba necesariamente una interpretación peculiar del hecho, un encorsetamiento a prueba de retoques, un forzamiento de la realidad, para ajustar sus aristas a las mallas de la perspectiva teórico-política ingenieriana. Para ello mostraré los rasgos de la comprensión de lo político en el Ingenieros tardío, subrayando la importancia del tipo de cambio social y cultural que preveía, y destacando su visión del agente del cambio. En otras palabras, una explicación de su teoría de la historia y del elitismo.
La vinculación entre el evolucionismo del Ingenieros temprano y las cualidades de su reformulación en clave historiográfica en La evolución de las ideas argentinas (1918-1920) no puede ser tratada aquí con extensión. He aquí lo fundamental: el evolucionismo finalista de sus primeros textos dejaba parte de su espacio discursivo a una inteligencia del proceso histórico en términos de confrontación entre mentalidades progresivas y reaccionarias. No se trataba en sus escritos de la década 1910-1920 de que las creencias darwinistas y economicistas desaparecieran o fueran objeto de crítica, sino más bien que se ocultaban detrás de la escritura historiográfica limitada a la historia de las ideas. El finalismo consistía, en este segundo momento, en que la imposición del progreso era ineluctable pues siempre habría elites que propendieran al cambio. Si bien la transformación positiva coincidía con la formación de la unidad nacional frente a la disgregación feudal, este supuesto nacionalista era subsidiario de un proceso mayor de secularización de la sociedad. Las fuerzas de la reacción se enfrentaban con las fuerzas del progreso. Podríamos resumir esta concepción señalando que la formación de un Estado-nación capitalista y liberal era la meta a la que tendía una historia que era tanto argentina como occidental. En su interpretación histórica modulaba en odres evolucionistas los relatos de Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López.
El progreso cultural y económico, producido bajo la guía lúcida de las elites, era la prueba de la verdad de la teoría de la lucha por la vida. En efecto, que las elites, es decir, los mejores, fueran el resultado y el motor de la evolución social obedecía a una separación exacerbada entre masas y elites. La vinculación entre evolucionismo e igualitarismo era difícilmente comprensible en el pensamiento de Ingenieros. La lucha por la vida exigía la imposición de los más aptos, que eran también los mejores. Si bien el concepto de lucha por la vida ya no era frecuente en la escritura de Ingenieros, su sombra sostenía el resto de sus nociones.
Donde más claramente se evidencia esta conexión es en la justificación moral e ideal de la supremacía de las elites. La distinción entre elites y masas ha implicado desde su misma enunciación una determinada política de dominación de éstas por aquéllas. El concepto de elite supone otro de masa inferiorizada.[2] A diferencia de las perspectivas conservadoras, en Ingenieros esta superioridad de las minorías no se basaba en la sanción de la tradición ni en la propiedad, sino en la propensión al cambio. La innovación era la cualidad definitoria de una persona perteneciente a una elite por derecho propio.
En una serie de libros sobre moral escritos durante la década de 1910, Ingenieros presentó una teoría que carecía de originalidad, pero que le prestaba sustento a las preocupaciones sociales que nunca lo abandonaron. Bajo el lema de una moral de la experiencia fijaba una moral que estaba profundamente anudada en su biologicismo. En efecto, una comprensión de las condiciones de la existencia humana parecía historizar toda búsqueda de un fundamento metafísico de la moral, y por ende de los principios de las relaciones humanas. No era una propia dialéctica de la sociedad o de las personas lo que movilizaba a la realidad, sino que lo hacía la intervención, activa, de un ideal. Quienes poseían el monopolio de los ideales eran las elites, destinadas a ofrecer a la mediocridad mayoritaria las ideas-fuerza que llevaban a la superación de la humanidad.
Las minorías eran espiritualmente jóvenes, pues eran inconformistas. Ingenieros establecía una relación causal entre juventud e innovación, muy típica en el modernismo arielista. Distintas modulaciones de esta inteligencia de lo juvenil recorren su obra, y aquí adoptaba una coloración política y ética específica: la juventud es una cualidad de las elites. Esta relación no era de ninguna manera nueva, y con El hombre mediocre (1913) adopta una preeminencia que otorga claridad a una visión del mundo.[3] Si anteriormente el elitismo de Ingenieros estaba diseminado por todos los rincones de sus textos, a partir de estos años pasa a ser uno de los ejes articuladores. Quizás, con la insistencia sobre la problemática del amor, sea uno de los núcleos callosos de la reflexión de Ingenieros hasta su muerte.
El concepto de elite era una extensión de aquel de hombre superior. Digo hombre porque las mujeres, para un Ingenieros largamente misógino, eran siempre mediocres y por ende inclinadas a la envidia.[4] La capacidad de las elites de afirmarse como tales, por el contrario, era signo de su virilidad. Esta suplementación del elitismo con consideraciones de género fue más evidente en sus primeros escritos. En una urbe como Buenos Aires, en raudo proceso hacia una gran ciudad, las profecías intelectuales y las vinculadas al Estado y a la escritura hicieron del elitismo y de diversas formas de discriminación (étnica, sexual, social, etaria) una práctica que intentaba formular y gobernar una sociedad aluvial.
En este contexto es comprensible que Ingenieros fuera extremadamente sensible a la intervención social y/o política de las elites, en ese principio del siglo XX cuando se tornó un intelectual orgánico del Estado, y se hacía eco de “los presentimientos de esa dolorosa conflagración social que entre nosotros comienza a revelar su existencia”[5]. En sus trabajos de interpretación histórica el papel dinámico de las elites es presentado en toda su importancia, aunque en los primeros años coexiste con un muy fuerte determinismo biológico-economicista. Su apreciación en nada cambia luego de la Revolución Rusa, que en su lectura fue realizada verdaderamente sólo por los bolcheviques.[6]
Sin embargo, no se explica todavía satisfactoriamente por qué las elites tendrían tal capacidad. Por una parte las elites están compuestas por jóvenes, que son los creadores de nuevos valores. Existiría una relación inversa entre pertenecer a una multitud o ser masa y desarrollar valores superiores. “La moralidad –nos asegura Ingenieros– está en razón inversa de la superstición [...] la masa ignorante posee menor moralidad que las minorías cultas”[7]. Una y otra vez nuestro autor se refería al carácter supersticioso de la plebe.[8]
Se ha señalado que en la perspectiva de José María Ramos Mejía, las masas eran feminizadas, del mismo modo el estado de pasividad propio de la masa era comprendido por Ingenieros con la ayuda de imágenes de género.[9] Sucedía en tal contexto que la masa era sugestionable y voluble, y en ciertos momentos hasta femenina. No vale sólo ello para las multitudes anarquistas, pues la grey católica también estaba disminuida por una incapacidad viril. La idea ya había sido tematizada, no era una creación de Ramos Mejía, y también G. Le Bon –en quien se inspiraba éste– utilizaba esta metáfora de género; el Ingenieros temprano compartía tales proposiciones, con una variación importante: además de la reivindicación de los aspectos económicos de las acciones de las multitudes, se resistía a reducir la relación con éstas a la sugestión para defender el lugar de la conducción intelectual por parte de una minoría lúcida, que más que sugestionar debía hacer ciencia. Pues el acontecimiento inesperado de una multitud insurrecta era el temor que invadía a estos intelectuales puestos en legisladores de la normalidad. Para Ingenieros el nudo a cortar es la turba en movimiento, incontrolable, anormal.[10] En esos instantes sobreviene la canalla, digna de ser aludida con los atributos de la psicopatía sexual; la turba anonadada por la explotación deviene en mujer, hasta poder asimilarse a la desgracia de las prostitutas.[11] Inversamente, Ingenieros se sumaba a una metaforización de la masculinidad como lo activo, lo que produce, lo que crea el cambio. La vejez, en cambio, era siempre un estadio de mediocridad, de pequeñez, de aspiraciones mínimas y conservadoras.
Ahora bien, esta concepción elitista era una perspectiva política. La democracia tal como existía era el imperio de la medianía. Era una mediocracia. Esa fue la meta del aburguesamiento: una sociedad integrada por individuos conformistas. “La civilización parece concurrir a ese lento y progresivo destierro del hombre extraordinario, ensanchando e iluminando las medianías”[12], concluía. La democracia suponía una igualdad incompatible con la evolución.
La futilidad de la democracia existente residía en que no representaba el ejercicio efectivo de la participación política, como una vida activa en la polis, sino la imposición soterrada de los intereses de ciertos sectores. Pero estos sectores no eran sino aristocracias que se tornaban mediocres, conservadoras. Ingenieros no combatía la idea de aristocracia, sino el origen socioeconómico de las aristocracias existentes. El problema consistía en que éstas lo eran por su tener y no por su ser. No merecían su status de aristocracia por sus méritos, sino por sus posesiones. En cambio, las auténticas aristocracias eran las del espíritu, las renovadoras de los ideales que guían a la sociedad, es decir, las que iluminaban el camino a seguir por las y los mediocres.[13] La democracia igualitarista era necesariamente una ficción, pues no todas las personas estaban capacitadas para intervenir en las decisiones políticas.
Si bien Ingenieros no proponía la fijación de un dominio meritocrático, en la conclusión era que su derecho al poder era innegable. Esta demanda platónica sin embargo no daba cuenta del proceso de cariocinesis que toda elite sufre al tomar las riendas del Estado. A diferencia de ciertos enfoques sociológicos contemporáneos, Ingenieros no pensaba en la concreción política de estos pensamientos. Su función era eminentemente crítica respecto a la política de su tiempo. El refugio de esta carencia supone ya justificada la necesidad de la superioridad de las elites, ocupándose al finalizar El hombre mediocre de las condiciones de las elites verdaderas: aquellas de los forjadores de ideales. ¿Cuáles eran estos ideales? Los propios de la nación. Nación y elites se implicaban.
Pero el triunfo de las elites no estaba decidido por el destino. Por el contrario, frente a las multitudes de seres de la medianía, el hombre superior debía ser hostilizado e incomprendido. A la sombra de una falta de reconocimiento de sus aptitudes que él consideraba notables, Ingenieros daba cuenta de su propia situación.
 
II. Guerra y revolución como enfrentamiento de ideas
La Gran Guerra fue una experiencia que la intelectualidad occidental vivió como un desencadenamiento del desastre. Salvo algunas franjas que saludaban a la guerra en tanto justa medida del atrevimiento de los mejores y exaltación de la técnica, los sectores intelectuales, que por entonces con matices confiaban en el progreso según el trazo europeo-norteamericano, sintieron el enfrentamiento bélico como un evento siniestro (es cierto: luego de los primeros gestos chauvinistas a los que una minoría escapó).
Ingenieros, interesado profundamente por los sucesos europeos, produjo una de las intervenciones entre las plumas americanas más notables de su tiempo. En efecto, en “El suicidio de los bárbaros” de 1914 comprendía lo ominoso de la guerra como una consecuencia de un cambio societal amplio, de cuyas peripecias el conflicto era una excrecencia. Producto de los estertores de una crisis civilizatoria, se dirimía en los campos de batalla la alternativa entre progreso y reacción. Este enfrentamiento de dos entidades contrarias y recíprocamente excluyentes será el rasgo central, también, de su evaluación de la revolución rusa. El sistema económico imperante y la organización política, en estos términos, estaban subordinados al sentido de la historia con el cual cada contendiente podía identificarse. Simpatizante al principio de la guerra con un capitalismo ligado a una sociedad civil como la estadounidense, Ingenieros observaba el espectáculo europeo como el retorno de lo que se consideraba vencido.
“La civilización feudal, imperante en las naciones bárbaras de Europa –decía– ha resuelto suicidarse, arrojándose al abismo de la guerra”[14]. Señalaba así al menos dos suposiciones: a) que existía una primacía aún de la civilización feudal en Europa, y b) que la primera guerra mundial era un punto de no retorno. Bajo esta inteligencia del proceso, aspiraba a mostrar la dramaticidad con que debía analizar el decisivo antagonismo.
La coherencia de la acusación es significativa en cuanto Ingenieros rechaza la impronta conservadora de la ideología feudal que relegaba permanentemente a los espíritus inquietos, que eran la avanzada de las fuerzas morales: “Durante cuatro siglos la casta feudal, sobreviviente en la Europa política, siguió levantando ejércitos y carcomiendo naciones, perpetuando la tiranía de los violentos; la minoría pensante e innovadora, a duras penas respetada, sembró escuelas y fundó universidades. [...] Las fuerzas malsanas oprimieron a las fuerzas morales”. Dejando en un plano secundario toda referencia a la explotación de las clases subalternas, Ingenieros se indigna por el escaso respeto prestado a las minorías pensantes.
Frente a ese juicio histórico, en las circunstancias contemporáneas y considerando el avance logrado por la civilización, Ingenieros concluía que “es necesario que la civilización feudal muera del todo, exterminada irreparablemente”. Todavía, esa aniquilación se entendía en términos morales, es decir, de los valores prevalecientes entre los vencedores que lo merecieran por defender el sentido del progreso. Esta lectura era muy sintomática respecto a la representación del mundo que imponía Ingenieros: las naciones en guerra, y fundamentalmente los imperios centrales, eran culpables de esa persistencia en la feudalidad. Como tales, acusaban los caracteres bárbaros de esa condición arcaica que era la feudal. Pues bien, esto significó un forzamiento evidente de la realidad: Ingenieros no podía ver que no era el retraso evolutivo de ciertas naciones la causa de la guerra. Todos los países implicados eran claramente capitalistas. Pero Ingenieros parecía incapaz en 1914 de hallar la barbarie en el capitalismo, debía asignarla en una exterioridad retrasada.[15] La crítica del capitalismo no cumplía función alguna en “El suicidio de los bárbaros”.
Dada esta comprensión, la pesadumbre expresada en “El suicidio de los bárbaros” no lograba afectar una evolución de las ideas que creía más profunda e inevitable. La esperanza residía en que el movimiento esencial de la historia transcurría por un nivel diferente al de los acontecimientos, en la medida en que no importaba decisivamente quién triunfara. La victoria más profunda, es decir, la imposición de la nueva moral, era ineludible. Muy consistentemente insistía Ingenieros en que “sobre la carroña del imperialismo se impondrá otra moral y los valores éticos se medirán por su Justicia” (TN, 11).
La realización cabal de esos valores sería la victoria de los arquetipos representativos del trabajo y la cultura. Ingenieros presentaba ejemplos nacionales de estas cualidades: “Los arquetipos de nuestra historia espiritual fueron tres maestrescuelas: Sarmiento, el pensador combativo; Ameghino, el sabio revelador; Almafuerte, el poeta apostólico”. Con tales ejemplos, las características de las elites se resumen en los varones intelectuales progresistas, con una relación con la escritura que posibilita la enseñanza. La educación resuelve así de un trazo la aspiración elitista de Ingenieros. La medida del carácter reaccionario de un sistema social se mide, más que por las relaciones económicas que lo tejen o las relaciones de poder que lo sujetan, por la progresividad educativa instalada. En otros términos, por el lugar alcanzado por las elites en la ilustración de la sociedad.
Esto no significa que Ingenieros abandonara la panoplia de adjetivos posibles de sumar a las virtudes intelectuales de las elites. Si son tales, las elites aúnan a su capacidad intelectual una fortaleza física que previene de la degeneración, y una virilidad a toda prueba que conjura la duda. El lugar de la educación aparecía, pues, vinculado a la fortaleza física (tomada como metáfora): “Y para no ser ciegos ni paralíticos en un mundo que será movido por nuevos ideales, no conocemos, hasta ahora, sino una profilaxis segura: la educación” (TN, 26). Otros atributos colaboraban a ese feliz desenlace: la juventud que nada tenía que aprovechar de la persistencia de lo antiguo. La conclusión de esta presentación era claramente positiva: “Hombres jóvenes, pueblos nuevos: saludad el suicidio del mundo feudal, deseando que sea definitiva la catástrofe” (TN, 12). Las masacres reales de la guerra son el costo necesario de la propia barbarie que se autodestruye siguiendo sus deseos esquemáticos. Prontos a tomar el relevo de la vieja Europa, las juventudes y los pueblos que son jóvenes aparecían en el horizonte sin que la dominancia del capitalismo en todo el mundo problematizara esta concepción idealista del cambio social. En efecto, viendo la guerra como la inmolación recíproca del feudalismo, Ingenieros se privaba de ver cuánto de la barbarie aún debía venir. Pero si tal regreso arcaico persistía, quizás habría que pensar en razones diferentes para explicar la guerra que la diferencia de ideales o la barbarie. Esta última posibilidad, empero era menos aceptable para el esquema ingenieriano, en la medida que el lugar dinámico y constitutivo de las elites ilustradas se vería así menoscabado.
La cadena conceptual es similar a la actuante en la mayoría de los textos de Ingenieros, a saber, una correlación arielista entre juventud, progresividad, moralidad y cultura. Una sombra amenaza esta familia conceptual cuando es posible que la historia no sea la realización de las elites, sino que posea un nervio sin sujeto y sin pensamiento. El humanismo e idealismo del acontecimiento de la Gran Guerra, pues, no le permitía a Ingenieros analizar la más profunda significación del acontecimiento. Traducido a su presunción del progreso de la civilización, ver la barbarie en el corazón de la cultura era una absoluta imposibilidad de su pensamiento.
La evaluación ingenieriana de la revolución rusa compartía estos supuestos y derivaba en conclusiones similares. La impronta de Los tiempos nuevos fue su plasmación. “Este libro –aclaraba Ingenieros– contiene reflexiones que la guerra europea y la revolución social han sugerido a un hombre que no se cree obligado a pensar con la cabeza de los demás”. Agregaba que estaba guiado por un “cálido idealismo fundado en la experiencia”, y que había logrado “eludir las rutinas del profesionalismo universitario”. Es que el autor estaba, según su autorrepresentación, movido por el “anhelo de encontrar los gérmenes del porvenir [en la guerra]. Sin lamentar la agonía de un régimen social caduco, ha auscultado los balbuceos de un naciente mundo moral” (TN, 7).
A este examen atribuía una cuota de militancia que era del todo justificada, pues ella parecía imprescindible cuando los ataques dirigidos al experimento ruso no eran escasos. En presunta consecuencia con su obra anterior, la tarea del momento no sería sino una expresión de justicia: “Contra las pasiones beligerantes, primero, y contra la coacción reaccionaria, después, el autor se ha mantenido fiel a los anhelos de renovación ideológica que han dado algún valor moral a sus libros precedentes”. Se sentía obligado moralmente a ello por la “mentira sistemática de la prensa internacional [que] se ensañó particularmente contra los revolucionarios rusos, para impedir que sus anhelos de renovación contagiaran a los demás oprimidos del mundo” (TN, 8): “Ante esa conducta inmoral, no vaciló el autor en libertarse de cierta opinión pública, corrompida por la prensa, reiterando su simpatía a los ideales simbolizados por la Revolución Rusa, [...] [que] a pesar de sus inevitables imperfecciones, revelaba poseer un contenido ideológico más generoso que el estratégico wilsonismo” (TN, 8). Estas citas muestran claramente el sentido de la escritura ingenieriana como un ajuste de cuentas con la mentalidad reaccionaria que se obstinaba en desacreditar la experiencia soviética. Una valoración positiva de la revolución, sin embargo, merece una interpretación. En efecto, aún no nos dice mucho respecto a su análisis del capitalismo, del comunismo, de la democracia soviética, y de las prácticas políticas que la sublevación obrera y bolchevique presentó en primer plano.
Pues bien, Ingenieros no intervenía en el espacio de las múltiples prácticas y discursos referidos a la revolución rusa como parte. Si bien reclamaba una evaluación específica, se situaba como un observador simpatizante pero también distante. En los diversos textos dedicados a analizar la revolución y el naciente Estado soviético, Ingenieros nunca adoptó el modelo revolucionario para ser aplicado a todo lugar, pero sobre todo fue alterando poco a poco su mirada, desde un progresismo antifeudal hacia una posición que mantenía esta creencia pero que fue acentuando su rechazo del capitalismo parasitario.
Pero lo fundamental es que no hallaba una novedad radical. El destino de la revolución era relativamente diferente de aquello de lo cual era un síntoma: la senectud de los viejos ideales. “El destino ulterior del esforzado gobierno bolchevique –sentenciaba– es independiente del proceso revolucionario, cuyo desenvolvimiento histórico parece irreversible; el espíritu renovador, representado por los ideales nuevos, ha vencido ya, imponiéndose a la conciencia de todos los pueblos” (TN, 9). Estos ideales, al estar escindidos del proyecto revolucionario del bolchevismo, mostraban que no eran consustanciales al mismo. En realidad, la revolución había mostrado el apremio de la renovación, pero poco tenía ello que ver con la destrucción del capitalismo y la construcción de una sociedad sobre bases diferentes. En ningún momento surge en Ingenieros que los nuevos ideales exigieran una política socialista revolucionaria.
Estas fueron las condiciones iniciales de la lectura ingenieriana de la revolución rusa. En tanto los sucesos rusos apenas aparecían en el escenario, Ingenieros juzgaba en su conferencia “Ideales viejos y ideales nuevos” (1918) los términos del combate que comenzaba a dirimirse.
Sintéticamente expresado, en este texto Ingenieros argumentaba por la preferencia que poseen los ideales nuevos sobre los viejos, correspondientes estos últimos a un mundo pasado. Sus efectos no eran sino perniciosos y toda evocación romántica de los mismos era reaccionaria y estaba condenada por la historia. “Cuanto más se estudia la historia, mayor es el eco sentimental que despiertan los restos de las civilizaciones pasadas”, decía Ingenieros subrayando que era una “ilusión peligrosa, no rara en personas de cultura exquisita, la regresión a las supersticiones, escombros del pasado, llega a ser confundida con la construcción de ideales, arquitecturas del porvenir” (TN, 13). Contra esa tentación, aclaraba, “sólo una clara inteligencia del progreso puede impedir que tales sentimientos se conviertan en firme obstáculo a la comprensión de la historia misma”. Era esa idea del Progreso, que se reflejó tanto en su criminología como en su sociología, la que entonces era un instrumento de juicio sobre asuntos políticos que, como los otros, estaba teñido de un pensamiento moral.
Pero no habría que deducir simplemente de ello que ahora la importancia de la historia dejaba de valer. En efecto, la historia concebida en el marco general de la filogenia y el lamarckismo, poseía una cualidad acumulativa que transmitía a los individuos marcas del pasado. Era por eso que el desprenderse del pasado no era una operación que se pudiera concebir acabada como un desgajamiento natural. Si es cierto que la fuerza renovadora del progreso actuaba permanentemente, quizás invernando oculta en los momentos de reacción para resurgir luego con mayor vigor, existía también la potencia conservadora de la historia pasada. De tal manera, la ilusión de la evocación romántica del pasado como una patria perdida no carecía de un sustento histórico-natural. Sin embargo, y como una rebeldía respecto a esa servidumbre que amenazaba aun a pensadores exquisitos, las supervivencias arcaicas eran tratadas sin clemencia: “la necesaria transitoriedad de las ideas y sentimientos de cada época, la falacia de todo esfuerzo que intente poner en el pasado los ideales presentes, la certidumbre de que el tiempo irá borrando las supersticiones que todavía sobreviven como bazofia de ideales cuya extinción parece ya indefectible”.
Tarde o temprano vendrá una crisis de esos ideales. ¿Por qué? Ingenieros señalaba que “Todos los falsos ideales, asentados sobre esos cimientos de barro que se llaman la ignorancia, superstición, mentira, convencionalismo, ceden al primer rayo de sincera crítica inspirada lealmente en el deseo de la verdad. Y en esto se distinguen los falsos ideales de los verdaderos; los unos son contradichos por la experiencia mientras los otros viven sobre ella, la completan imaginariamente, representan su perfección” (TN, 16). Aquí reencontramos la típica expresión de los meandros conceptuales que inspiraban la fuerza y la flaqueza de la prosa ingenieriana cuando se abocaba a establecer ideales (corporales, políticos, y en este caso morales).
La concepción historicista que predicaba la correspondencia contextual asumía la existencia de una conexión estrecha entre esa correspondencia, la verdad y la validez de los valores morales. Con esto quiere expresar que, además de ser históricamente adecuado, un conjunto de valores posee un estatuto epistemológico que lo hace verdadero. Esto es, que no se trataba de una correspondencia práctica, sino también de una adecuación gnoseológica. “Los ideales –decía Ingenieros– son la antítesis de las supersticiones” (TN, 20). Pero además, existía otra cualidad: la validez. No solamente, entonces, los valores correspondientes son históricamente funcionales, sino que son verdaderos y convalidados por los sujetos reales a través de su persistencia. La validez consistía en su imposición, por el desarrollo mismo de la vida social, en la conciencia, la acción y la voluntad de los sujetos sociales.
Ahora bien, está claro que el historicismo que hacía relativos todos los valores a su tiempo, destruía toda pretensión de superioridad objetiva y universal, que era una creencia que también funcionaba en Ingenieros. En efecto, Ingenieros, como evolucionista ortodoxo, pero también como historicista hereje, creía que los valores que se sucedían en la historia eran cada vez más avanzados. De allí su fatalismo histórico. Sin embargo, no consideraba que la realización de los valores morales superiores se realizaban automáticamente. Por eso su razonamiento era inconsistente. La transformación de los ideales debía ser índice de una transformación de la realidad objetiva extradiscursiva (pues los ideales son discursivos), a la cual correspondían. Pero la historiografía no mostraba esa dinámica histórica y él mismo era un idealista.
Ingenieros era no era consciente de esa dificultad de su propio argumento, que era suturada con otro expediente que le era querido: la teoría de las minorías ilustradas como dinámicas respecto a las masas (consideradas naturalmente pasivas y retrógradas). Pese a esta distinción que parece social, en ningún momento Ingenieros daba cuenta, así sea marginalmente, del hecho de que la gran mayoría de las minorías occidentales desde el Renacimiento se inscribían en la consolidación de la ideología de las burguesías urbanas. Teóricos como Maquiavelo o Marsilio de Padua no eran solamente minorías sino, además, pensadores que vivían en medio de la efervescencia de la emergencia burguesa. Es que Ingenieros no alcanzaba a sociologizar la construcción de los valores morales. Por eso le era posible luego absolutizar los valores a toda la sociedad. Los valores si eran verdaderos y legítimos, no poseían marcas de clase, de género, de etnicidad. Las elites, en esta mirada, estaban libres de todas las ataduras a las cuales la sociología de la intelectualidad está hoy habituada a estudiar. Un imaginario de sociedad armónica sostenía estas posiciones.
Nada sorprendente era la explicación que intentaba de las revoluciones francesa y norteamericana: es decir, por obra de minorías revolucionarias, defensoras de nuevos ideales. En los textos más antiguos, en Ingenieros funcionaba una explicación monista de la causalidad histórica, siendo esta atribución conferida a la lucha por la vida (de la cual el economicismo de Achille Loria era una variante) y la moral no sería otra cosa que un atributo secundario. Sin duda se encontraban pasajes de esos mismos textos donde la exigencia de una moralidad era muy visible, pero aquí refiero a los enunciados teóricos de Ingenieros. En Los tiempos nuevos (como en La evolución de las ideas argentinas), en cambio, la causalidad se invertía: eran los valores morales los que guiaban las acciones de los seres humanos en la transformación de la sociedad. Esta proposición necesitaba al menos dos condiciones: a) que existieran minorías capaces de percibir y desarrollar los valores a imponer y b) que la voluntad iluminada de éstas fuera el auténtico agente del cambio histórico. Y ciertamente, la transformación histórica era entonces vista con un notable acento antropocéntrico, curiosamente sin exigir que Ingenieros revisara el profundo determinismo al que nunca renunció.
El gran tema de este ensayo de 1918, la guerra, era valorada y calificada en los términos de este dispositivo teórico. “La pavorosa guerra actual, destruyendo las energías vivas de la parte más civilizada [recordemos que en El suicidio los denominaba como bárbaros] de la humanidad, señala un momento crítico de la lucha entre un mundo moral que nace y un mundo moral que llega a su ocaso.” Su lugar en esa confrontación, sus preferencias se justificaban en el terreno de los valores y no aparecían criterios políticos o económicos definidos. Situado en ese espacio de intransigente partidario de los nuevos valores, la distinción entre buenos y malos combinaba elementos de lo más heterogéneos (pues necesariamente era él quien los establecía): “Mis simpatías –aclaraba Ingenieros– están con Francia, con Bélgica, con Italia, con los Estados Unidos, porque esas naciones están más cerca de los ideales nuevos y más reñidas con los ideales viejos. Mis simpatías, en fin, están con la revolución rusa, ayer con la de Kerensky, hoy con la de Lenin y de Trotsky; con ella, a pesar de sus errores; con ella aunque sus consecuencias hayan parecido por un momento favorables al imperialismo teutón” (TN, 22). Nuevamente la simplificación: “Esta guerra me interesa y me apasiona: guerra de ideales nuevos contra ideales viejos, guerra de la humanidad joven contra la humanidad senil” (TN, 23). Pervive aquí, con toda su fuerza argumentativa, la metáfora de la juventud/vejez, un procedimiento evidentemente autoconfirmatorio de su pensamiento: lo nuevo, la intervención de las elites, era lo joven. El juvenilismo de Ingenieros, que sería exacerbado en su cultivo de la Reforma Universitaria, constituía un aspecto de su mirada asociológica de los procesos históricos en beneficio del idealismo.
 
III. La revolución de los mejores
Con su artículo “Significación histórica del movimiento maximalista” (1918), también incluido en Los tiempos nuevos, Ingenieros comenzaba su examen de la revolución rusa. En este texto se suponía desde el principio que la conjura de los antiguos valores (la espada y la cruz) son dirigidos contra el advenimiento de la “Soberanía Popular” (TN, 29). Es de notar que un buen número de los conceptos que gobernaban la economía discursiva del ensayo anterior encontraba nuevos significados contextuales. En efecto, la presencia de la revolución social como eje de la argumentación desalojaba parcialmente la validez indiscutida que anteriormente poseían los términos joven, progresivo, sin adjetivos. Pues no se le escapaba a Ingenieros que los Estados Unidos defraudando sus esperanzas puestas en el wilsonismo, también era joven y progresista. Es que la cuestión social emergía con trazos que no eran ya aquellos que lo preocuparon respecto a la nonata ley de trabajo de 1904 o en los artículos de La montaña. Como un centro de gravedad, el resto de sus conceptos era subordinado a la atracción del significante Revolución Social. “La humareda de los combates –escribía pensando en la primera guerra mundial– cegó a casi todos, a los sabios lo mismo que a los ignorantes; los instintos del hombre primitivo apagaron toda luz de la razón. Pocos recordaron lo que hasta la víspera había sido su espantajo o su esperanza: la Revolución Social inevitable, espantajo para los que tenían privilegios que perder, esperanza para los que tenían derechos que reivindicar” (TN, 30). ¿En qué sentido empleaba Ingenieros esta fórmula un tanto mesiánica?
El ensayo estaba marcado por cierto jacobinismo. Ingenieros criticaba la pusilánime actitud de Kerensky, mientras discutía los ataques a la revolución rusa por la violencia desatada: “comparando la revolución rusa con sus congéneres, ella se caracteriza hasta ahora por cierta dulzura de procedimientos, casi angelicales frente a los de la gloriosa Revolución Francesa, cuyos beneficios disfrutamos, sin recordar la mucha sangre que costó”. Con todo, esa solidaridad no evitaba la relativización de su aplicabilidad a otras situaciones. Pues –y aquí sí en consonancia con los textos previos– la revolución compartía con otras perspectivas sociopolíticas la renovación de los ideales que establecía un terreno común. No sorprende entonces que Ingenieros estableciera una comunidad entre Lenin y Wilson: “Lejos de inspirarnos el menor recelo, las aspiraciones maximalistas pueden mirarse como una justa integración del minimalismo democrático enunciado por Wilson” (TN, 39, ver también pág. 41). Por otra parte, como se trata de ideales y no tanto de una guerra de clases, Ingenieros creía que “las aspiraciones maximalistas serán muy distintas en cada país, tanto en sus métodos como en sus fines” (TN, 39). ¿No es necesario eliminar todo carácter clasista a la revolución para hacer relativos los fines de la misma?
Ingenieros insistía en que “las aspiraciones revolucionarias serán necesariamente distintas en cada país, en cada región, en cada municipio, adaptándose a su ambiente físico, a sus fuentes de producción, a su nivel de cultura y aún a la particular psicología de sus habitantes”, concluyendo que “el maximalismo se manifestará como la aspiración a realizar el maximum de reformas posibles dentro de cada sociedad, teniendo en cuenta sus condiciones particulares” (TN, 40). En otras palabras, el maximalismo puede ser reformista. La equivalencia propuesta por Ingenieros entre el gobierno bolchevique de Rusia y el laborismo inglés es la prueba del amplio espectro que deseaba cubrir con aquel significante. La prestancia que esta ubicuidad del maximalismo se recorta con más nítidos bordes cuando notamos que el concepto de revolución en Ingenieros pretende ser radical.[16]
Que esa anulación del carácter de clase de la revolución rusa sea consistente con su pensamiento de la sociedad lo confirma el que piense la revolución como producida en toda la sociedad, por sus deseos de renovación, conducidos por una elite. “Los resultados benéficos de esta gran crisis histórica dependerán, en cada pueblo, de la intensidad con que se definan en su conciencia colectiva los anhelos de renovación. Y esa conciencia sólo puede formarse en una parte de la sociedad, los jóvenes, en los innovadores, en los oprimidos, pues son ellos la minoría pensante y actuante de toda sociedad, los únicos capaces de comprender y amar el porvenir” (TN, 41).
Otra consecuencia de su mirada idealista es que, como él mismo planteó, los medios podían diferir de un contexto a otro. Muy astutamente, señalaba Ingenieros que no se tratará la revolución de un acuerdo de hombres ilustrados y razonables, pues aunque esto sería muy bello es una hipótesis absurda. “No lo es tanto –respondía– pensar que algunos gobiernos inteligentes, entre los muchos que se turnarán con frecuencia en cada país, podrán dar saludables golpes de timón y poner la proa hacia el puerto feliz de las aspiraciones legítimas, pensando más en construir el porvenir que en defender el pasado”. Ingenieros se engañaba a sí mismo con un paralogismo. Escribía que sería absurda la idea de un acuerdo ilustrado para llevar adelante los cambios, pero a renglón seguido sostenía que los gobiernos inteligentes harán las reformas progresivas necesarias para convalidar los nuevos ideales (como el de la justicia social). Esta contradicción se debía a la incómoda coexistencia del elitismo ingenieriano con un reformismo que tensionaba su discurso sobre la revolución.
Sin embargo, debe reconocerse que en su texto se planteaba un punto de ruptura, donde surgía la pregunta de qué sucederá cuando las aspiraciones maximalistas ocurran, cuando se presenten con crudeza. “Cuando llegue, en la medida que deba llegar, sólo causará daños graves a los que pretendan torcer el curso de la historia y a los espantadizos” (TN, 42). Tampoco se trata aquí de que la contrarrevolución defienda intereses de clase, sino los viejos ideales. Entre la contrarrevolución y la revolución había en lo profundo un debate de ideas.[17] En otro ensayo integrado a Los tiempos nuevos, “La Internacional del Pensamiento” (1919), Ingenieros se refería a los movimientos de intelectuales que se solidarizaron con la revolución rusa, como el grupo francés Claridad (Barbusse, Rolland, Aragón). Esta referencia decía mucho sobre el modo en que ponía en discurso la revolución rusa. Identificado con una elite intelectual, la posición de sujeto de Ingenieros era la del sabio que dictamina progresos y arcaísmos en la historia. En cambio, en “La democracia funcional en Rusia” (1920), se abocaba, ya más informado, a las transformaciones sociales de la república de los soviets.
La impugnación del mundo de entonces, que Ingenieros tomaba en 1920 de la novedad rusa, se aplicaba a tres campos que desarrollaría en sendas exposiciones: la política, la educación y la economía.
Respecto al primer punto, Ingenieros criticaba la ideología de la representación de la democracia liberal, que suponía un individuo libre y autónomo como base de la política. En cambio, basándose en una realidad que aparentemente negaba la inmediatez entre concepto de representación y libertad individual, Ingenieros acusaba la falsedad de las confianzas de los países occidentales respecto a sus sistemas políticos.
La solución que Ingenieros presentaba a este respecto es de una importancia capital para comprender su punto de vista político. Lo decisivo aquí era que Ingenieros no confiaba en la intervención libre de los individuos, sino que consideraba necesaria ciertas instancias de representación corporativa de las funciones sociales.[18] En otras palabras, abogaba por una organización por ocupaciones e intereses sociales. En efecto, la democracia de entonces, presuntamente representativa de cada individuo y en su conjunto promediado del pueblo le parecía excesivamente simplificadora.
La representación del pueblo no podría lograrse mientras no se reconociese que el pueblo era un conjunto con sectores heterogéneos, con funciones diversas, imposibles de representar a través del mecanismo abstracto propuesto por el liberalismo. Aquella organización que pretendía gozar del poder delegado del conjunto de la población le merecía la crítica de su incapacidad de representar, precisamente los diversos intereses contrapuestos en la sociedad. “Las actuales asambleas parlamentarias –se preguntaba–, ¿representan las funciones diversas con que la actividad social satisface sus necesidades actuales y prepara la satisfacción de las futuras? ¿Quién representa la producción, la circulación y el consumo de las riquezas, y quién la agricultura, la industria, el comercio, los bancos? Y dentro de cada función, ¿quién representa a los capitalistas y quién a los trabajadores?” (TN, 61). Por ello, la propuesta ingenieriana consistía en una organización por ocupaciones, que articulase armoniosamente los diversos intereses de los grupos sociales.
Mostraba que con la proliferación de consejos en Rusia existía un sistema de representación funcional. “La llamada ‘república federal de los soviets’ no es, en efecto, otra cosa que una primera experiencia del sistema representativo funcional [...] el principio básico del sovietismo es el reemplazo de la representación indiferenciada y cuantitativa, por la representación técnica y cualitativa” (TN, 62). La organización funcional, válida en lo económico y en lo político, eliminaba el problema del poder al unificar sociedad y Estado.[19]
En la aprobación de la política funcional del trabajo y la organización de la producción que Ingenieros veía como la más progresiva, sin embargo, existía una lectura muy peculiar de la experiencia soviética y de los objetivos revolucionarios. Pues si bien la necesidad de elevar la producción en las condiciones económicas de la guerra con los ejércitos blancos la organización del trabajo pudo emplear métodos de organización capitalistas, no caben dudas de que ello se veía como una exigencia transitoria de una condición de emergencia: la revolución debía sobrevivir.[20] En cambio, Ingenieros, poco apto para comprender la transformación de los lazos de sujeción, hacía de la necesidad una virtud. Allí donde la dirigencia temprana del gobierno bolchevique promovía la organización de la producción a riesgo de la derrota de la revolución, Ingenieros veía la administración más adecuada de las diferencias sociales. Como su concepción clasificaba a cada individuo en diversos lugares, tales lugares eran los que definían sus incumbencias. Si una persona era una obrera, debía ser obrera y sumarse a la representación funcional de obreras y obreros. Si era arquitecto, debía integrarse a la institución que nucleaba a quienes poseían el saber de tal arquitecto. Pero Ingenieros no pensaba que la organización de la producción debía carecer de jerarquías, ni tampoco que la organización de la sociedad podía prescindir de las diferenciaciones estables. La predisposición de Ingenieros para clasificar a los seres humanos en tales o cuales categorías los fijaba en esas etiquetas y, por ende, la más justa modalidad de representación era la democracia funcional, donde cada individuo delegaba su palabra a un organismo que lo representaba en tanto poseedor de ciertas capacidades. En Los tiempos nuevos no aparece una línea donde la condición obrera –como perspectiva– deje lugar a una realización más integral de cada individuo.
En modo alguno la intervención de las masas ofrecía alguna inteligencia de la revolución. Sabemos que para Ingenieros las masas era una entidad atávica y regresiva. Por eso, cuando consideraba las potencialidades de la educación en la Rusia soviética, en “La educación integral en Rusia” (1920), su perspectiva era otra vez elitista, buscando al individuo selecto que encarnase la voluntad de cambio: “Las grandes obras –decía– son frutos naturales de la madurez de los tiempos; llegan a su hora, inevitablemente, sin que nada ni nadie pueda retardarlas. Pero enseña la historia que necesitan encarnarse en un hombre, que es su abanderado o su símbolo, su guía o su ejecutor, sumándose en él las aptitudes más excelentes para pensar o hacer, cuando el medio social crea la oportunidad” (TN, 77-78).
Pero donde las tensiones más agudas se presentaban era en su tratamiento de las “Enseñanzas económicas de la revolución rusa” (1920). En efecto, en esta época, ya definido el rumbo que con la revolución de febrero era aún incierto, la constitución de unas relaciones sociales que implicaban la expropiación al menos parcial de los medios de producción exigía tomas de posición definidas. En efecto, ya no se trataba de los ideales o de las teorías de la disciplina en la educación, sino de la presunta inviolabilidad de la propiedad burguesa. Notemos aquí que Ingenieros comprendió la distancia que respecto a la socialización de los medios de producción y de cambio se establecía entre quienes estaban a favor y quienes estaban en contra del socialismo. Ahora bien, ¿realizaba Ingenieros una crítica de la explotación capitalista?
Partícipe aún de ciertas creencias en la degeneración y el parasitismo que marcaba a la burguesía en los tempranos textos de La montaña (1897), en su análisis de la oposición a la revolución rusa, Ingenieros retornaba a la argumentación sobre la degeneración de los capitalistas. Este capitalismo pervertido, pues, se oponía a la revolución por su degeneración y no por intereses de clase. Ciertamente, Ingenieros pronunciaba una frase: el capitalismo está condenado a desaparecer. Pero no por contradicción alguna entre relaciones de producción y fuerzas productivas o por la actividad revolucionaria de ciertos grupos, sino porque introducía una clase consumidora y parásita, numerosa y voraz, que anejada al Estado burgués se apoyaba en las iglesias y en los ejércitos para sostener los valores caducos. Su función, en este contexto, era indudablemente conservadora.
La eliminación del capitalismo no era para Ingenieros la destitución de las jerarquías entre los seres humanos. Su acendrada convicción de que existían siempre característicos y mediocres no podía ceder ante la eventualidad revolucionaria. Pues, decía, las “diferencias de gustos e inclinaciones personales son utilísimas para la armonía social; toda sociedad que aspire a aumentar la felicidad de sus componentes debe satisfacer, y aun estimular, esas justas desigualdades humanas, pues no son incompatibles con la justicia. Téngase presente que el fin perseguido es la justicia y no la igualdad; la injusticia no está en la desigualdad, sino el privilegio” (TN, 130). No se lea aquí que Ingenieros reivindicaba la diferencia como un valor político frente al igualitarismo abstracto. Sin duda había allí un planteo antiburgués en clave nietzscheana, que se lleva bien con su elitismo, aunque no con su evolucionismo.
 
IV. Conclusiones
Para José Ingenieros, la revolución rusa fue un fragmento de una historia más amplia, que incluía la alfabetización, la revolución francesa, la invención de la imprenta, la separación de Estado e iglesia. Así como en estos acontecimientos se pueden rastrear las peripecias del enfrentamiento entre la conservación y el progreso, la experiencia bolchevique era reducible a un fenómeno que lo incluía y le restaba radicalidad. La especificidad de la revolución rusa era desintegrada en favor de una confrontación cultural de dos entidades que poco tenían en relación con el proyecto original bolchevique.[21] Dejando de lado la política de clase que Lenin y Trotsky decían llevar adelante, desdibujando la promesa anticapitalista de su experimento, la recepción de la revolución por Ingenieros fue posible a condición de ajustar su radicalidad a un evolucionismo cultural que le era caro. Pues la intervención de las elites era cómo veía la política bolchevique, a la cual las masas ignorantes debían seguir. El elitismo permeaba toda su interpretación del acontecimiento, imprimiendo en ella la mirada señorial y orgullosa de quien puede captar la lógica de lo que otros y otras hacen sin saberlo.[22]
¿Significa esto que Ingenieros tomara a la ligera el retorno a la simpatía por la revolución social? La opinión hostil de Manuel Gálvez así lo aseguraba:
Fue una conversión, y por cierto, espectacular, la vuelta al socialismo –a las ideas socialistas, no al partido que las representaba–, del ex secretario de Roca, del que se burlaba de los internacionalistas y elogiara el imperialismo alemán y todos los imperialismos. Al estallar la revolución rusa, cuando no se sabía bien lo que fuese, dio una conferencia en un teatro en la que explicaba y alababa al maximalismo. No es imposible que en el fondo de su espíritu hubiese permanecido siempre el anhelo de la justicia social, pero es indudable que quienes lo empujaron al socialismo bolchevique no fueron el corazón y el convencimiento sino el Jockey Club, Sáenz Peña y esa necesidad de llamar la atención, que le persiguió toda su vida. El esnobismo es una fuerza poderosa e irresistible cuando se une con el resentimiento y con el deseo y el placer de la venganza.[23]
Sin embargo, era mucho más que esto. Era la voluntad de articular, con herramientas que hoy vemos más bien modestas, los trazos de una situación política donde no era imposible que todo lo sólido se desvaneciera en el aire.
Su inteligencia de la revolución no obedecía a una comprensión conflictiva de la disputa política. Mientras las fuerzas revolucionarias sabían que su suerte se jugaba en la lucha desesperada y desigual con los ejércitos blancos y las invasiones de las potencias occidentales, Ingenieros observaba con sosiego esta batalla. Y lo hacía por razones muy comprensibles de acuerdo con un rasgo básico de su obra: su evolucionismo implicaba una idea de progreso que necesariamente hacía su camino. Resumen de su itinerario intelectual y político, su defensa de la revolución no se distinguía de otras lecturas que se hicieron en la Argentina contemporánea.[24] Antes de la conformación de una cultura comunista argentina, estas lecturas imprimían a la revolución las exigencias de las preferencias locales. Ingenieros realizaba una lectura cuyo anticapitalismo no poseía un rasgo económico marcado, sino que se implicaba en su crítica a la moral y a la mediocridad existente en las denominadas democracias liberales. Elitista y reformista, Ingenieros aspiraba a una gradual transformación de la política, lugar donde las minorías selectas (él incluido) tuvieran un lugar reconocido.
El cambio respecto a las primeras aspiraciones quizás explique algunas de las características de la intervención de Ingenieros. En efecto, la diferencia respecto a aquel joven médico que ingresó al Estado capitalista en calidad de técnico era por demás evidente. Una vez que su lugar académico fue cuestionado, Ingenieros había decidido romper con las fuerzas dominantes, es decir, había aceptado que el reconocimiento que siempre había perseguido para ser considerado como un intelectual orgánico del Estado no iba a prosperar. Entonces fue cuando, con la textualidad de El hombre mediocre, su posición de sujeto fue la de un miembro de una elite intelectual alternativa que ejercía la crítica del conformismo propio de la permanencia de lo existente. Así despreciaba Ingenieros a una clase dominante que lo había rechazado a pesar de sus esfuerzos por integrarse a ella. Esa negativa indicaba sin dudas las taras de los sectores hegemónicos cuya superioridad podía llamarse aristocrática, pero que no poseía las cualidades desigualmente distribuidas en la sociedad a favor de las elites. Toda elite, pues, era una elite del cambio. Ese rasgo, que se vislumbraba en las obras del novecientos, adquiría en la década de 1910 un status diferente: era la prueba de que la reforma de la sociedad debía llevarse adelante a través del reconocimiento de la supremacía de las elites y por la escucha de sus opiniones. Sin embargo, Ingenieros tampoco pudo ser el consejero de Hipólito Yrigoyen.
Las elites auténticas, concluía, no podían ser estatales. Frente a las aristocracias en lo profundo mediocres favorecidas por la parcialidad del Estado, las elites mostraban la senda del futuro. Por este motivo fue que una serie de acontecimientos que presagiaban alteraciones progresistas debían ejercer en Ingenieros una atracción difícil de evitar. Podría inquirirse por los estorbos con que Ingenieros podría encontrarse para hacer sistema entre un elitismo que apenas se matizaba en algún pasaje de Hacia una moral sin dogmas y una voluntad de un cambio revolucionario que emancipase a las masas oprimidas. Sin embargo, sabemos que este era un falso dilema para el pensamiento ingenieriano.
Respecto a la valoración de Ingenieros para la joven generación y la nueva sensibilidad, su intervención en el antiimperialismo latinoamericanista[25] y la presunta sanción absolutoria que brindaría el reconocimiento como maestro de juventudes por José Carlos Mariátegui, ninguno de los rasgos discutidos puede ser realmente alterado.[26] Tampoco lo hace lo cierto de su contribución a la defensa de la revolución rusa, así sea en su particular comprensión de la misma, en un contexto muy pronto hostil por parte de grandes sectores de la sociedad argentina. Y si durante la década de 1920 y aun después las nuevas generaciones adoptaron algunos lemas irreverentes de Ingenieros para conducir sus deseos de revuelta, es preciso destacar que esas lecturas dan más cuenta de la necesidad de hallar magisterios por las jóvenes camadas inquietas que de un autor cuyo horizonte intelectual debía rendir frutos a la voluntad emancipatoria al precio de notables cegueras.


[1] Oscar Terán, “Estudio preliminar” a José Ingenieros: pensar la nación, Madrid, Alianza, 1986, pág. 83.
[2] T. B. Bottomore. Minorías selectas y sociedad. Madrid, Gredos, 1965.
[3] La generación del ‘37, por razones evidentes, ya presentaba esta vinculación. Una historia de la idea de juventud aun se echa en falta en la historiografía.
[4] En cualquier caso, la envidia de una mujer es siempre una envidia hacia otras. Las mujeres no envidian, según Ingenieros, sino la belleza: “Toda culminación es envidiada. En la mujer la belleza. El talento y la fortuna en el hombre. En ambos la fama y la gloria, cualquiera sea su forma. [...] La envidia femenina suele ser afiligranada y perversa; la mujer da su arañazo con uña afilada y lustrosa, muerde con dientecillos orificados, estruja con dedos pálidos y finos. Toda maledicencia le parece escasa para traducir su despecho; en ella debió pensar Apeles cuando representó la Envidia guiando con mano felina a la Calumnia”. El hombre mediocre. Buenos Aires, Universo, 1964, pág. 132.
[5] Ingenieros. La psicopatología en el arte (1903). Buenos Aires, Elmer, 1957, pág. 57.
[6] Los tiempos nuevos (1ª ed. 1920), Buenos Aires, Elmer, 1956, pág. 74. Ver también, Las fuerzas morales. Buenos Aires, Elmer, 1956, págs. 133-134, 138.
[7] Las fuerzas morales, op. cit., pág. 96.
[8] Por ejemplo en La evolución de las ideas argentinas, op. cit., vol. 2, pág. 153.
[9] Karen Mead, “Gendering the Obstacles to Progress in Positivist Argentina, 1880-1920”, en Hispanic American Historical Review, vol. 77, Nº 4, noviembre 1997, pág. 658. A pesar de que esta era la concepción de Ramos Mejía, a quien Ingenieros había criticado (“Las multitudes argentinas” en Sociología Argentina,1ª ed., 1908), en este punto había una similitud considerable. Sobre ambos autores, ver: Josefina Ludmer. El cuerpo del delito. Buenos Aires, Perfil, 1999, y Horacio González. Restos pampeanos. Buenos Aires, Colihue, 2000. En cualquier caso, en la historiografía de la izquierda en la Argentina, el enfoque de género se hace crecientemente necesario para arrojar luz sobre convicciones que aún persisten y que tuvieron una larga eficacia política, casi invariablemente negativa.
[10] Sobre la distinción entre los fenómenos psicológicos colectivos y las “reuniones accidentales que se llaman multitudes”, véase “La psicopatología en el arte”, en el citado libro homónimo, pág. 21. “La reunión de individuos en el agregado psicológico ‘multitud’ –señala Ingenieros–, modifica intensamente la personalidad individual, inferiorizando, por lo general, la inteligencia y la moralidad de los componentes”. La simulación de la locura, Buenos Aires, Elmer, 1956, pág. 80.
[11] La psicopatología en el arte, op. cit., págs. 62-63.
[12] El hombre mediocre, op. cit., pág. 184.
[13] Ibíd., pág. 187.
[14] “El suicidio de los bárbaros”, 1914, incluido en Los tiempos nuevos, op. cit. En adelante, citaré en el texto como TN.
[15] O. Terán, “Estudio preliminar” en José Ingenieros: pensar la nación, op. cit., pág. 75.
[16] “Sólo merece el nombre de Revolución un cambio de régimen que importe hondas transformaciones de las ideas o radicales desequilibrios entre las clases que coexisten en el Estado; por un vicio de lenguaje suelen confundirse con ella los motines y pronunciamientos en que ajetrea la historia de ciertos pueblos”(TN, 53).
[17] En este punto hay que despejar la posibilidad de que Ingenieros comprenda los “ideales” como la producción de hegemonía, lo que se vincula con una disputa sobre la noción de qué es la realidad, puesto que por realidad aquel comprendía algo que se enfrentaba y distinguía de las “ideas”.
[18] Con esto Ingenieros polemizaba con las lecturas socialistas que sólo veían un rasgo positivo de la revolución en un posible parlamentarismo (bajo el ejemplo de las dumas posteriores a 1905). Por ejemplo, Antonio De Tomasso. “La revolución rusa”. Buenos Aires, La Vanguardia, 1917, pág. 28: “El sufragio universal y el gobierno parlamentario significan en esta época toda una revolución. Porque, ciudadanos, ¿qué hará una cámara elegida por el sufragio universal de obreros y campesinos, y de cuyo seno surja el poder ejecutivo de la nación? ¿Qué hará en nuestra época, sino realizar una política de carácter social?”.
[19] Augusto Bunge, quien compartía con Ingenieros perspectivas socialistas reformistas, le reprochaba precisamente que no considerara el momento específico de la construcción de lo político. “Su simpatía por la representación funcional y el sistema de los soviets”, escribía en la revista dirigida por el criticado, “le arrastra a la negación del parlamentarismo, sin tener presente que con ello niega el propio principio funcional que defiende: porque la coordinación general en servicio del interés común es también una función, y la más preeminente de todas”: A. Bunge, “Democracia política y democracia económica”, en Revista de filosofía, septiembre de 1920, pág. 226. En otras palabras, reparaba en que habría entonces una reificación del poder político y de los lugares en la producción, anulando la problematización del poder que controla la coordinación de las funciones. Ver Tulio Halperin. Vida y muerte de la República verdadera (1910-1930). Buenos Aires, Ariel, 2000, págs. 76 y 77.
[20] Esto no quiere dejar en la sombra el productivismo (incluso taylorista) que sostenía Lenin, ni el que pronto se instalaría como un rasgo indeleble del sistema soviético.
[21] “El fenómeno sociológico ruso es un simple accidente de un proceso necesariamente universal, pues la interdependencia económica de los pueblos se ha duplicado en el último quinquenio. Cada fenómeno nacional o regional presentará, evidentemente, características propias dentro del proceso general, pero ninguna persona ilustrada puede suponer que un país cualquiera podrá sustraerse a la saludable renovación que regenerará a todos los que con él mantienen relaciones económicas” (TN, 131).
[22] Para una mirada muy diferente, puede consultarse: Néstor Kohan. De Ingenieros al Che, Buenos Aires, Biblos, 2000. Recordemos que la salida del Partido Socialista se produjo en una cómica circunstancia en la que el Ingenieros juvenil ingresó a una reunión vestido de jaquet y galera de felpa, planteando que se había convencido finalmente de que el mundo se dividía en gentes gregarias y gentes elegidas. Dardo Cúneo. Juan B. Justo y las luchas sociales en la Argentina. Buenos Aires, Solar, 1997, págs. 266-267. Y no se trataba sólo de una más de las boutades del bromista impenitente, sino de una convicción muy firme.
[23] Manuel Gálvez. Amigos y maestros de mi juventud, 1900-1910. Buenos Aires. Guillermo Kraft, 1944, pág. 161.
[24] Daniel O. De Lucía, “La Revolución Rusa como hazaña del progreso. Un imaginario social de la Argentina de entreguerras”, en Herramienta, Nº 5, Buenos Aires, verano 1997/1998.
[25] Aunque no puedo extenderme al respecto, es posible indicar algunas pocas citas donde el anticapitalismo que se consolidó junto al antiimperialismo se muestra con rasgos similares a los señalados para el caso ruso: “¡Las fuerzas morales! He ahí el capital invencible que aún puede poner un freno en el mundo a la inmoralidad de los capitalismos imperialistas”, en “Por la Unión Latinoamericana”, 1922. Ante el proyecto de hacer continental el concepto de patria, en una forma confederal para que “cada uno pudiera acentuar y desenvolver sus características propias, dentro de la cooperación y la solidaridad comunes”, señala Ingenieros que mientras no es factible pensar que llevarán a cabo esa labor “los gobiernos deudores sin que les corte el crédito el gobierno acreedor, podría ser la misión de la juventud latinoamericana”. En el artículo “Glorificación de Lenin”, de 1924, decía: “De ese nuevo espíritu, de esa nueva conciencia social que anima a los hombres jóvenes de todos los países, bien puede ser la revolución rusa un símbolo tan glorioso como hace un siglo lo fuera la Revolución Francesa”. Se trata de textos reproducidos en J. Ingenieros. Antiimperialismo y nación. Introducción de O. Terán. México, Siglo XXI, 1979.
[26] La atención que la “nueva sensibilidad” juvenilista prestó a Ingenieros era parte de cierta eficacia de su discurso. En efecto, Ingenieros se dirigía a sus pares y a la juventud. Salvo en sus primeras intervenciones anteriores a 1900, nunca se dirigió a la clase obrera, y tampoco lo hizo en lo fundamental en las conferencias públicas que ofreció en torno a la revolución rusa. A pesar de las diferencias políticas en la lectura de la revolución (que aquí no tengo espacio para discutir) lo que más distingue a las intervenciones de Enrique del Valle Iberlucea, paralelas a las de Ingenieros, es que aquel (real o imaginariamente) se dirigía a la clase obrera y no sólo a la “juventud” básicamente universitaria en la que pensaba éste. Ver E. del Valle Iberlucea. La revolución rusa. Buenos Aires, Claridad, 1934, págs. 91, 145-146. Nótese también que De Tomasso (ver nota 18) se dirigía a los “ciudadanos”.