Vos, que hacéis repetir siglo pasado...

Martedí, Eduardo

 

James Petras insiste, en Globaloney, en su convicción de que la hegemonía cultural conquistada por el imperialismo entre los intelectuales ha impuesto un lenguaje eufemístico, que oscurece intencionadamente la comprensión del mundo real. Así es como una voz clara y connotante, imperialismo, troca en globalización. Venimos sufriendo el intento de estructurar un mundo de ficción vía neologismos que disfrazan la realidad o engañan sobre la misma.
Ese lenguaje ideológicamente trastocado, es desnudado desde el título: Baloney en inglés significa estupidez o tontería. La novedosa globaloney podría traducirse como "globalización de la estupidez". Puede agregarse que las nuevas formas institucionales autoritarias se llaman transiciones democráticas, las nuevas formas de superexplotación y precarización del trabajo mutan en flexibilización, el desmantelamiento de las conquistas obreras seculares ha sido nombrado ajuste, la intervención activa del Estado para regular el mercado como agente de la banca financiera se bautizó desregulación, los cortesanos del Poder Ejecutivo elevados a nueve miembros de indemne venalidad, constituyen la Solemne Corte Suprema, y la Cámara de Senadores (o la de Diputados) universalmente denunciada por corrupta, lleva adosado casi como prefijo un protocolar Honorable, un plan económico ya no se hace para sustento de una clase o sector social: se lo neutraliza haciéndolo sustentable.
Esto es, digamos, lo nuevo. Contrariamente, en el ámbito de la izquierda, ocurre que continuamos utilizando un viejo léxico para nombrar categorías propias de un desaparecido escenario social: el del siglo XIX. Por mecanismo inverso, el de viejas palabras para nombrar cosas nuevas, pareciera que nos solazamos, también, viviendo en la ficción.
 
El escenario
 
El éxito de Octubre, que lo hizo clásico, amenguó la capacidad analítica y crítica de la izquierda orgánica en el siglo XX, plasmándolo como único modelo de revolución. Allí, una clase obrera urbana triunfó para aplastar el poder de la nobleza, la burguesía, la pequeñoburguesía urbana y el multitudinario campesinado. La composición social de Rusia era ampliamente desfavorable al proletariado. La clase obrera rusa era a los intereses distintos y antagónicos de las clases oponentes como 1 es a 9.
Pero ocurre que el siglo no transcurrió en vano, y sus décadas trajinaron para que la profecía del Manifiesto transitara de potencia a acto. Hoy, aquel pronóstico sobre una sociedad que iba simplificando sus actores se ha hecho realidad y diagnóstico: somos una formación social dividida en dos clases. Los que viven de su trabajo (todos los que necesitan trabajar para vivir, incluidos los desocupados y los delincuentes comunes) y los que viven del trabajo de los demás. Nunca tanto poder económico se ha concentrado en una tan reducida burguesía, además, transnacionalizada. Se ha invertido la relación de fuerzas estructural. La burguesía argentina es al interés único, antagónico, irreconciliable de su clase oponente como 1 es a 9.
Esta clase-que-vive-de-su-trabajo es la que salió a las calles de la Capital Federal para proponer la rebelión del noventa por ciento. Y aunque rebelión, no es de las masas, como las definiera Ortega. Antiguo mote descalificatorio, aún usado por nosotros, que habría que desterrar[1]. Solían ser votantes, ruinosos ciudadanos abstractos, que hace años venían anunciando estar reflexivamente hartos, cuya última abstracción, plena de augurios, la fechó la inercia del cronograma electoral "14 de octubre", y están haciéndose ruidosamente ciudadanos concretos. Ya ha habido varios cacerolazos generales y muchos parciales (como los últimos contra la Corte), y se inicia la institucionalización del poder (potentia) que volteó dos presidentes, con las asambleas barriales. Y vienen por más: se hace evidente la necesidad de una "Asamblea Popular Constituyente", como anunciaba una pancarta.
Esta clase-que-vive-de-su-trabajo transita el camino que la conduce de su rol de consumidor abstracto al de consumidor concreto por vías diversas. Un sector, expropiando supermercados. Otros, iniciando el boicot a los formadores de precios que aumenten más del 10% sus productos, o llamando a boicotear a las telefónicas y a Clarín, acorralando a los bancos, impidiendo la salida de combustibles de las petroleras. Velado por la eclosión callejera, el amilanado trabajador abstracto ha estallado en múltiples conflictos, aún defensivos pero ampliamente extendidos: comienza a aparecer el trabajador concreto, el que asumirá a conciencia su tarea de articulador del explotado en todo el proceso de circulación del capital y del poder, y devenga consumidor y ciudadano de nuevo tipo, inventando en el decurso de su curso formas de lucha que se correspondan con tal articulación.
 
El modelo ruso
 
            En algunos de nuestros periódicos puede leerse: «la situación que vivimos es pre-revolucionaria».[2] Las sobreexigidas categorías para caracterizar una "situación" están tomadas de Trotsky: me parece que no nos sirven, por la sencilla razón de que la sociedad y el mundo para el cual las escribió han cambiado radicalmente. Se verá con qué suplantarlas (quizás debiéramos describir la realidad y orientarnos a tientas), pero deberíamos reflexionar sobre si esos viejos, estereotipados conceptos no están tan muertos como las realidades históricas a las que aluden.
¿Cuáles son los componentes sociales incluidos en la caracterización de Trotsky?
1) La burguesía en crisis: esa burguesía ya no existe tal cual era, perdió su base nacional, su coto de caza privado, su territorio, está entregada al capital financiero internacional, que es el que decide, casi sin mediaciones, la política nacional. Esto es importante, porque al programa que incluiría, digamos, nacionalizaciones y control de cambios, expropiación de grandes grupos económicos, etcétera, hoy se suman las pymes, y de allí para abajo, todo.

2) Las clases medias radicalizadas es otro muerto mal enterrado, que persiste como concepto y perdura en nuestro lenguaje: no hay más clases medias estatutarias como las del siglo XIX: hay una clase-que-vive-de-su-trabajo: el 90% de la población, la que compone los cacerolazos, cortes de ruta, conflictos fabriles. Es altamente homogénea respecto del capital reconcentrado (a lo sumo el 10% restante), y padece de una heterogeneidad interna que los días por venir precisarán cómo se articula y, por ejemplo, el rol que al respecto cumplirán los docentes. También se dice: «la bancarrota de amplios sectores de la clase media estafada», o «los trabajadores y el pueblo todo», donde se insiste con la "clase media" y se hace una diferencia entre "trabajadores" y "pueblo todo": es evidente que se sigue pensando en términos de proletariado, campesinado, pequeñoburguesía urbana, etcétera.

3) El proletariado, vanguardia de las masas explotadas, la clase social revolucionaria por antonomasia, ha muerto de muerte natural, absorbido en el multitudinario proceso de asalarización de las viejas clases medias. No es, obviamente, que no haya obreros industriales, sino que el rol histórico al que estaban llamados por el marxismo decimonónico ya no es su tarea: no se trata, ahora, de un proletariado industrial enfrentado con la multitud campesina, la pequeñoburguesía urbana, la burguesía y la nobleza de sangre, como lo vivieron Lenin y Trotsky en el '17. Hoy es un sector más de los asalariados. Con el proletariado muere también la dictadura del proletariado, esa dictadura no solo social, sino política, que posibilitaba la estructura socio-económica de una época en que enfrentaba al 90% de la sociedad.

 

4) El partido revolucionario marxista y bolchevique. El siglo pasado resultó didáctico respecto de esta cuestión. La forma partido de Lenin, que modeló las prácticas de la izquierda, se mostró (particularmente después de Yalta) inservible, aparatosa en su externalidad, sustituista de la gente ("las masas"), respondiendo a las perentoriedades de la política, y montada sobre una ética jesuítico-jacobina en la que cualquier medio es válido tras el logro del objetivo final, éste bueno en sí mismo, lo cual cristaliza en una conducta basada en la razón de Estado. Y esto en el mejor de los casos: las corrientes antistalinistas. Hacia adentro, funciona como pirámide taylorista/fordista en la que el savoir faire de los disciplinados militantes ha sido expropiado por esa, además todopoderosa, oficina de administración llamada Comité Central. Esa comprobación no debe haber estado ajena a la conclusión del poeta marroquí Abdelatif Laabi, que supo escribir: "Hay que aprender las lecciones que nos deja la derrota....¿qué cosa monstruosa hemos engendrado, igual a la que hemos combatido?".[3] El "partido-vanguardia de las masas", última categoría de la "situación revolucionaria", padece la pulsión del último de los mohicanos: diasporizado en decenas de siglas, pretende evadirse del sitio al que lo ha enviado la historia: el museo, junto a la rueca y el hacha de bronce.
Otro tanto parece ocurrir con "las etapas": 1917, heroico, fue retratado por la pluma de Trotsky en la Historia de la revolución rusa. Allí se lee su biografía en trazos firmes: Revolución de Febrero, Jornadas de Abril, Jornadas de Julio, Kornilov, Revolución de Octubre. Casi ninguna de esas fechas coincide con los meses de Occidente, porque la iglesia ortodoxa había impuesto mantener el calendario juliano, que en esa época difería en trece días del gregoriano.
Siguiendo a la ortodoxia griega, mantenemos los conceptos de ese noble pasado, pero ahora la diferencia no se mide en días: este reloj atrasa un siglo. Se compara la situación argentina con el Febrero ruso, o se rechaza la comparación, con la misma lógica, porque no ve cerca Octubre. Este concepto -en su totalidad- conviene a otro escenario social e histórico y obedece a otro programa, a otra comprensión común de los acontecimientos y las tareas. Aquí la cuestión es ardua, porque los bolcheviques cronometraron su historia de la revolución con el pulso taquicárdico de los tiempos de la política, y nosotros quizás debiéramos hacerlo con el más calmo y sereno discurrir de los tiempos de la cultura.
La revolución en curso es cultural, cruza todo el enramado social, es lerda, pero también más segura, porque su hacer es más sólido. También es política, puro movimiento, en el sentido gramsciano de guerra de maniobras; pero es, debiera ser para tener futuro, un hacer de trincheras, y aunque haya tormentas variadas en la superestructura política, y caigan y suban gobiernos, y aunque debamos participar de esas maniobras, la atención debería estar centrada en el microespacio, democratizando el barrio y poniendo a funcionar la escuela, abriendo comedores, cooperativizando la existencia, haciendo clubes de trueque, asediando la comisaría, entablando relaciones profundas con los gerentes y empleados de las sucursales bancarias, limando las asperezas con los comerciantes, y un largo etcétera que incluye el trabajo para la transformación de la vida cotidiana con periódicos, radios, programas televisivos, funciones de teatro. Ir acumulando esos logros sin la preocupación obsesiva de tomar el poder, tendiendo hacia la disolución progresiva de las estructuras estatales en la sociedad civil (la clase que vive de su trabajo más las pymes). Ir disolviendo el Estado en la sociedad. En tanto, al menos inicialmente, el accionar múltiple y multitudinario de la gente está basado en la negatividad hacia el macroespacio: es impedir que gobiernen, presionar para que no hagan más daño. En esa negatividad hacia el macroespacio combinada con el hacer positivo en el barrio o en el trabajo, finca, creo, su futuro el proceso en curso.
Entonces ¿cuánto tiempo requiere el nuevo hacer? ¿Ocho meses? ¿Del 23 de febrero al 25 de octubre? El concepto "revolución democrática de Febrero" es inservible, inatinente fuera del viejo calendario ruso, y está atado, anudado, soldado a su final: la "revolución socialista de Octubre". ¿Eso pretendemos? ¿La construcción de la Cheka y de los tempranos campos de concentración? ¿El inmediato vaciamiento de los soviets? ¿La dictadura sobre, que después será contra, el proletariado? ¿El golpe de Estado contra el campesinado? ¿La disolución de la Asamblea Constituyente? Ese camino llevó al repulsivo, innecesario, asesinato del zar y su familia, al inocultable, brutal, descalificante crimen de Kronstadt, y desbrozó el terreno al Leviatán stalinista. Son los tiempos de la revolución política, considerada acontecimiento, que incluyen la lógica de la toma del poder, que es la lógica del enemigo, y lleva implícita la conducta de una "vanguardia" que se guiará por la razón de Estado. No toma del poder: disolución de las prácticas de poder en una revolución asumida como proceso, que nos lleve a una futura gestión de lo poco que quede Estado en una asociación libre de productores iguales.
            El modelo de la revolución rusa nos sirve tanto como el de la revolución de 1905, la Commune de 1871, las revoluciones románticas del '48, la revolución francesa de 1789 o la de Cromwell en 1642. Incluso como la rebelión de Espartaco en 70 a.C. Es decir, no nos sirve para nada. Lo cual también significa que se constituye como un buen ejemplo de lo que no hay que hacer. En todo caso, la actualidad tendría cierto parecido con el levantamiento unánime del Tercer Estado, solo que aquí y ahora el Tercer Estado excluye a la burguesía y es casi toda la sociedad. Es decir, la Gran Revolución tampoco atiene.
 
 
La dictadura del proletariado
 
Dictadura del proletariado es un concepto que Marx elaboró para que los obreros industriales hicieran valer sus intereses sobre una sociedad estratificada, con al menos otras cuatro clases sociales con intereses antagónicos: la burguesía, los restos de la nobleza (que en algunos países europeos aún era políticamente dominante), las estatutarias clases medias urbanas (descendientes de los empleados jerárquicos de la burguesía, de los notarios, médicos y abogados jacobinos y girondinos), y la heterogénea población del campo. En ese marco, el Manifiesto Comunista contenía una profecía: la sociedad capitalista, a diferencia de los múltiples estamentos característicos de las anteriores formaciones sociales, había simplificado al mínimo la contradicción porque llevaba a confrontar a solo dos clases. Burgueses y Proletarios es el título de su primer capítulo. Pero la contemporaneidad europea (y mundial) en 1848 era otra. Dictadura del Proletariado intentaba responder a esa realidad de múltiples clases propietarias o estamentales. Queda dicho que, hoy, la sociedad ofrece otra vista.
Dictadura del proletariado tiene otro problema. Marx la propuso en oposición a la dictadura de la burguesía, pero la hizo sinónimo explícito de conquista de la democracia. Aquí tampoco fue vano el siglo. Algunos muy tardíamente (también los que nos negamos sistemáticamente a considerar socialistas a los diversos stalinismos, incluido el castrista), caímos en la cuenta de que esos Estados tampoco habían sido "Estados obreros burocratizados" con formas autoritarias de dominación, sino puras y duras dictaduras que explotaban centralizadamente la plusvalía de toda la población asalariada. Como corolario, advertimos que no solo hay que luchar contra la barbarie capitalista, sino que se hace imprescindible el combate contra la barbarie stalinista: el fenecido siglo mostró (1984 lo predijo), que no es descartable la alternativa bestial de un mundo gobernado por burócratas (o "clases no patrimoniales", según un antropólogo) y nos propuso que rescatáramos un concepto pequeñoburgués del XIX: hay Sociedad Civil contrapuesta al Estado a secas, y debemos alentar desde ahora toda acción tendiente a diluir al Estado en la Sociedad.
La cultura de izquierda –que componen los partidos pero que es mucho más amplia que ellos- tiene un bagaje teórico e ideológico y una larga experiencia acumulada para aportar en el actual proceso, a condición de hacerse cargo del principal legado marxista: la crítica radical de lo existente. “Lo existente” nos incluye: la autocrítica apremia.
 
Si al influjo del paradigma semiológico que supo invadir las ciencias sociales, aceptamos el valor del capital simbólico y su peso decisivo en la creación de una contracultura poiética, creativa, alterna, subversiva, confiramos al vocabulario el cuidado que amerita. Démosle el honorable entierro que se merecen a las palabras que la vida mató: basta de dictadura y basta de proletariado, basta de masas y de vanguardias, adiós a las clases medias y bienvenida la-clase-que-vive-de-su-trabajo.[4]
Un semiólogo finaliza su novela anunciando que de la rosa "solo su nombre tenemos". No es imprescindible abogar por el nominalismo para escuchar el eco de El nombre de la rosa. Procedamos, entonces, a poner en condicencia las palabras y las cosas.
 


[1] "Movimiento de masas", arcaísmo que alude a turbamulta, soldadesca, populacho, plebe, gentuza, chusma, y su inseparable "vanguardia", palabras cargadas que refieren a la separación intelecto-trabajo, partido-sociedad, comité central-base, se usaba para poblaciones analfabetas: hoy el 90% de las "masas" tienen la primaria, 46% la secundaria, 13% cursa en la universidad, además de los profesionales, gerentes, técnicos, etcétera.
[2] Hay textos que proponen un "frente de izquierda". Opino que un tal "frente" potenciaría a los aparatos, que son un obstáculo a la acción autodeterminada. Me parece que deberíamos formar parte de ese movimiento general que tiende al debilitamiento creciente de todos los aparatos.
[3] Laabi fue fundador de un PC disidente ganado por el maoísmo. Nos lo informa Benoit Mély en "¿Por qué nos cuesta tanto extraer algunas enseñanzas de nuestra historia?", Debates N° 1, Antídoto, Buenos Aires, agosto de 1998.
[4]Sumemos: "argentinazo" (no estamos viviendo el Cordobazo, ni un símil), "reestatizar con control obrero" o "consignas transicionales": todo viejo, ajeno, perimido, y por eso, peligroso.