Franz Kafka, soñador insumiso Michael Löwy

Traducción de Eliane Cazenave Tapie y Adrien Pallaumail

México, Taurus, 2007, 151 páginas.

El propósito de este libro de Löwy es indagar un aspecto novedoso y polémico de la obra de Kafka: la presencia de una insumisión radical, de una aversión hacia toda forma de autoritarismo, que como un hilo rojo atraviesa toda la escritura literaria y personal del escritor checo y que encuentra su expresión más sustancial en los tres fragmentos novelísticos.
La originalidad del aporte de Löwy se destaca con particular nitidez ante el abigarrado trasfondo de interpretaciones metafísicas, ahistóricas o, en todo caso, apolíticas que pueblan la bibliografía sobre Kafka, y que se obstinan en ver en este a un inofensivo y tímido funcionario que, mediante su literatura, habría procurado reflejar las irrevocables miserias de una conditio humana eterna que, a la manera de un castigo mítico, les habría sido impuesta desde lo alto a los resignados mortales. En contraposición con tales lecturas –insostenibles aun en los planos biográfico y filológico–, el libro que reseñamos subraya la rebeldía de un autor obsesivamente encauzado abocado la tarea de representar estética y políticamente una barbarie social cuyas raíces no son metafísicas, sino históricas, y se enlazan con un capitalismo tardío cuyo funcionamiento no se trata de reflejar, sino de iluminar críticamente. Löwy llama la atención sobre la sutil ambigüedad de la conocida afirmación kafkiana según la cual las cadenas de la humanidad están hechas de papel de oficina (Kanzleipapier): la fórmula destaca tanto el carácter opresivo del aparato burocrático, que sojuzga a los hombres con implacable severidad, como la fragilidad de unas cadenas que, hechas de papel, podrían ser destruidas merced a la insurrección de sus víctimas. En la convicción de la fragilidad última del capitalismo se apoya esa inagotable sed de libertad que motiva a los personajes de Kafka, y que indujo a este a confesar, en carta a su prometida Felice Bauer del 19/10/1916: “tengo una infinita sed de autonomía, de independencia, de libertad en todas las direcciones […]. Cualquier lazo que no he creado yo mismo, aunque sea contra partes de mi yo, carece de valor, me impide caminar, lo odio o estoy a punto de odiarlo” (cit. en 42).
 

Atraviesa, pues, la obra kafkiana una sed de autonomía que Löwy rastrea, en primer lugar, en el plano biográfico; para ello, se apoya en las Conversaciones con Kafka editadas por Gustav Janouch, en las que Kafka declara haberse sumergido en las biografías e ideas de Godwin, Proudhon, Stirner, Bakunin, Kropotkin, Tucker, Tolstoi y Ravachol; también haber asistido a reuniones anarquistas públicas o clandestinas de militantes libertarios que compartían con el escritor el empeño en “hacer posible la felicidad de los hombres sin recurrir a la Gracia” (26). En particular, Kafka asistió recurrentemente a las sesiones del Club de los Jóvenes, una organización antimilitarista y anticlerical frecuentada por escritores tales como Stanislav K. Neumann, Michal Mares, Jaroslav Hasek y Frana Sramek. Más allá de la evidencia del probado interés de Kafka en el movimiento socialista libertario checo, sería errado suponer que la literatura de aquel revela la influencia de dicho movimiento; antes bien, lo que existe entre Kafka y el socialismo libertario es un “aire de familia”, una afinidad electiva que explica que el autor de La condena, “a partir de sus propias experiencias y de su sensibilidad antiautoritaria, haya elegido “frecuentar durante años esos medios (y leer algunos de sus textos)” (41).

Aún más relevante que estas constataciones biográficas es la tematización del dominio y de la insumisión frente a este en las obras literarias. A través de un persuasivo análisis de la parábola “Ante la ley”, y apoyándose en comentarios de Felix Weltsch, Löwy muestra en qué medida el fracaso del “hombre del campo” se explica sobre la base de que este no ha querido emprender el camino hacia la ley atravesando la puerta sin autorización; en otras palabras, el personaje “se dejó intimidar: no es la fuerza lo que le impide entrar, sino el miedo, la falsa de confianza en sí mismo, la falsa obediencia a la autoridad, la pasividad insumisa” (95). El punto más controversial del libro se encuentra, según nuestro parecer, en el análisis –en sí, convincente y sugestivo– de El proceso; Löwy observa correctamente que Joseph K. es degradado y aniquilado por la maquinaria del Estado, pero deja de lado el hecho de que el protagonista de la novela no es una víctima inocente, sino un burócrata en quien despuntan rasgos atroces, y que, a semejanza del “hombre del campo” –y de su predecesor, el “comerciante Block”– va renunciando a su inicial rebeldía para quedar atrapado entre las redes de la burocracia legal, y convertirse en personificación de esa modalidad de vida degradada a la que Kafka ha designado como “existencia perruna” (hündische Existenz): de ahí la sumisión que revela al final frente a sus verdugos. Particularmente lúcida son, en nuestra opinión, las consideraciones de Löwy sobre El castillo. A contrapelo de quienes ven en la última novela de Kafka una alegoría teológica, Löwy advierte en el castillo la representación de un “aparato burocrático, jerárquico e impersonal, autoritario y enajenado” (107). Frente a la cosificada institución del castillo y sus autoridades enigmáticas, el agrimensor encarna a la víctima prototípica del sistema: el desamparado trascendental, el hombre sin papeles ni tierra; el entranjero que se halla al margen de las instituciones establecidas y que formula “la exigencia universal de todos los excluidos y parias de las sociedades modernas: ‘No pido favores […] al castillo, sino mi derecho” (116). Con esta perspectiva extrañada y lúcida del excluido se ha sentido siempre identificado Kafka, quien, por lo demás, se consideraba a sí mismo “un extranjero apenas considerado por el mundo que lo rodea como un extranjero apenas tolerado” (77). El énfasis puesto en la importancia que en Kafka posee la figura del excluido es un mérito más de este libro que –esperamos– habrá de marcar de ahora en más la recepción hispanoamericana de la obra kafkiana.