Para leer a Gramsci, de Daniel Campione

Ouviña, Hernán

Buenos Aires, Ediciones del Centro Cultural de la Cooperación, 2008

Para (re)leer el Gramsci. Ensamblando algunas piezas de un cortaziano modelo para armar
¿Cómo leer al que lee? es una de las preguntas más recurrentes e inasibles de la literatura. Se sabe: leer a Gramsci implica (quizás al igual que al abordar a cualquier otro escritor, aunque es cierto que su asfixiante situación lo exacerba) como mínimo una doble hermenéutica. Nino es un lector voraz e insomne, que desde muy joven se apasiona por hojear cuanto tiene a mano, llegando durante su período carcelario a deglutir “más de un libro por día”, según confiesa en unas de las tantas cartas enviadas desde su celda. Pareciera que este acto, solitario y a la vez dramáticamente intersubjetivo, le permite disimular el encierro. Y algo de eso hay en su incesante apuesta pascaliana por la lectura.  

Daniel Campione levanta el guante y nos ofrece una ventana por donde asomarnos a ese caleidoscópico laboratorio en donde Gramsci va puliendo, cual artesano, sus dispersas notas de recluso. A lo largo de su libro Para leer a Gramsci, logra sortear con éxito la tentación de todo interprete de un autor clásico: la trágica y reiterada “manualización”. Lejos de ello, advierte desde las primeras páginas que el objetivo no es otro que el que “construir un ‘puente’ que facilite la comprensión y estimule la lectura directa de sus escritos”. Para ello se vale de un Glosario, que constituye algo así como la columna vertebral de su obra. Estructurado en su mayor parte por una transcripción literal de fragmentos, seleccionados de la edición crítica de los póstumos Cuadernos de la Cárcel (lo que no impide caracterizar, al decir de Althusser, como una lectura explícitamente culpable a su empresa), dicho glosario brinda una aproximación genuina y original a ese universo caótico y en permanente movimiento que son las “notas” gramscianas, verdadero cortaziano modelo para armar al decir de Pancho Aricó.

Es conocida la genealogía de la primera edición de los Cuadernos de la Cárcel. Abrigados en la clandestinidad de Italia por iniciativa de la cuñada de Gramsci, a instancias de Palmiro Togliatti, fueron resguardados en la Unión Soviética hasta la caída del fascismo. Una comisión especial, coordinada por el secretario general del Partido Comunista Italiano, se dedicará durante los primeros años de la posguerra a “pulir” y sistematizar –por ejes temáticos y haciendo caso omiso tanto de su alternada producción cronológica, como del contexto histórico que los condiciona– los borradores escritos por Gramsci entre 1929 y 1935. De allí surgirán los famosos “libros” que el sardo jamás supo que iban a publicar bajo su nombre: Notas sobre Maquiavelo, la política y el Estado moderno; El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce; Los intelectuales y la organización de la cultura; Il Risorgimento; Literatura y vida nacional, llegando al absurdo de meter como en cajón de sastre todos los fragmentos restantes (considerados “residuales”) en un volumen titulado Pasado y Presente. Sin duda no fueron tenidas en cuenta por Togliatti aquellas palabras expresadas por el propio Gramsci en una de sus notas carcelarias, en donde advertía que
[…] entre las obras del pensador estudiado, hay que distinguir las que él mismo ha terminado y publicado, de las que ha dejado inéditas por no estar consumadas y luego han sido publicadas por algún amigo o discípulo, no sin revisiones, reconstrucciones, cortes, etc. O sea, no sin una intervención activa de editor. Es evidente que el contenido de estas obras póstumas tiene que tomarse con mucha discreción y cautela, que no puede considerarse definitivo, sino sólo como material todavía en elaboración, todavía provisional.
Hubo que esperar hasta 1975 para que finalmente –en idioma italiano, al menos– se publicara una edición crítica e integral de los Cuadernos, esta vez a cargo del notable teórico Valentino Gerratana, que fue difundida en castellano muy posteriormente.
Cabe recordar que de aquellos libros se nutrió buena parte de la intelectualidad latinoamericana durante los años sesenta, setenta e incluso ochenta, lo que obturó una lectura crítica de la “obra” gramsciana. Como señaló Aricó en su momento, la difusión de sus textos se produjo al precio de omitir la originalidad de sus reflexiones con respecto al marxismo clásico. A la vuelta de la historia, hoy podemos decir que ello redundó en una simplificación al extremo de su pensamiento tanto pre- como propiamente carcelario. Leninista ortodoxo, populista empedernido o precursor del eurocomunismo y de la llamada transición democrática, en todos los casos su marxismo viviente padeció las modas teóricas y los vaivenes políticos que la coyuntura continental y mundial imponía. Frente a ese abuso (o “uso” meramente instrumental) de Antonio Gramsci, Campione nos propone exhumar los principales conceptos que sobrevuelan su producción militante, para dar cuenta de la complejidad y del contexto que los constituye, así como de su necesaria –y por definición inacabada– integración en una totalidad orgánica: la filosofía de la praxis.
Pero su aporte no se acota a ello. Al mismo tiempo, en dos sendos Apéndices el autor aventura una interesante interpretación del concepto de hegemonía a la luz de las transformaciones sufridas en las últimas décadas en la región, y liga su análisis a una original caracterización de los intelectuales de Nuestra América centrándose en la categoría de “cosmopolitismo”. Luego de pasarle el cepillo a contrapelo a la izquierda “estadolátrica” latinoamericana y de realizar un balance autocrítico de cómo ésta tendió a reducir el cambio social a un mero suceso vanguardista de asalto al poder, propone reconstruir una praxis revolucionaria que se nutra de las diversas tradiciones y realidades socioculturales que anidan en nuestro continente, logrando articularlas entre sí de manera tal que confluyan en un mismo proyecto ético-político. Para ello –nos dice– resulta prioritario despojarnos del ropaje cosmopolita que opera como camisa de fuerza a la hora de construir una voluntad colectiva de raigambre nacional-popular. Hipótesis ésta por demás sugestiva, en la medida en que brinda pistas en torno a los porqués del trágico desencuentro entre el marxismo y la “cuestión peronista”, equivalente quizá en importancia, ejercicio de traducción mediante, a la cuestione meridionale que Gramsci esbozó inmediatamente antes de su encarcelamiento.
Por todo esto, y frente al predominio, durante el siglo XX, de un marxismo anquilosado que tendió a opacar a un sinfín de otras tradiciones heréticas –que Ernst Bloch denominó “cálidas” y que cual perros muertos aún se empecinan en ladrar a oídos receptivos–, el libro de Daniel Campione puede ser pensado como un calefactor para lecturas de invierno. Será cuestión de atreverse a encender la mecha en pos de aclimatar nuestras reflexiones, de manera tal que el fuego de la rebeldía conmueva nuevamente la realidad.