Hilos de la madeja

Fiori, José Luis

Otoño de 2003

No se trata de crecer "para los ricos y para afuera", sino de crecer "para los pobres y para dentro". Hoy es preciso producir, distribuir y hacer políticas sociales universales simultáneamente. O sea, cambiar nuestro estilo de desarrollo excluyente.

M.C. Tavares, FSP, 29/09/2002.

Este momento exige discutir el futuro. Pero antes es preciso estar de acuerdo sobre la historia, y las "largas duraciones" del desarrollo brasileño. Rediscutir las consecuencias de ser un país periférico, situado en el contexto americano, sin una moneda fuerte y sin peso dentro del juego geopolítico internacional. Y releer la historia que está detrás del debate económico y de la lucha política que atraviesa el siglo xx, entre las distintas generaciones de "metalistas" y "papelistas", y de todos ellos juntos contra los socialistas y los "reformistas".

El Brasil y los demás estados latinoamericanos que nacieron de la descomposición de los viejos imperios ibéricos se mantuvieron durante el siglo xix en la condición de periferia independiente, dentro del sistema mundial dominado por los europeos. Fueron una excepción notable, en momentos en que los nuevos imperios europeos optaron por la ocupación colonial de sus dominios africanos y asiáticos. Desde el punto de vista geopolítico, América Latina quedo completamente al margen del dinamismo producto de la competencia de las grandes potencias. Desde el económico, el continente fue transformado en este periodo en un laboratorio de experimentación del "imperialismo del libre comercio", concebido teóricamente por los padres de la economía política clásica y dirigido o impuesto en la práctica por Inglaterra.

En este contexto se formó el estado brasileño y se definió su lugar dentro del sistema mundial, articulado por el imperio británico. No era un dominium anglosajón, pero estaba completamente sometido al sistema monetario y financiero inglés, y copiaba cada vez más el modelo político y la legislación norteamericana. Aun después de proclamada la república, el Estado brasileño siguió siendo una organización nacional frágil con baja capacidad de incorporación social y movilización política interna, y sin voluntad ni pretensiones expansivas. Desde un punto de vista estrictamente económico, fue una economía primaria exportadora hasta la crisis mundial de 1930, siguiendo una trayectoria de crecimiento y modernización restringida a sus actividades ligadas a la exportación y sometiéndose enteramente a las reglas y políticas liberales impuestas por el patrón oro.

Esa forma de inserción económica internacional permitió que el Brasil creciera hasta los años 1930, gracias a la complementación entre su economía y la economía mundial y gracias sobretodo a la integración del país con las finanzas inglesas que permitieron que el país obtuviese en las fases recesivas del ciclo el financiamiento externo indispensable para evitar crisis más agudas en el balance de pagos, como la que llevó al país a la moratoria en 1897. Aun así, esta primera experiencia liberal de desarrollo demostró tener un limite crónico de "restricción externa", impuesto por sus problemas de balance de pagos y por la fragilidad de su moneda.

Entre la crisis de los años treinta y el comienzo de la segunda guerra mundial, el Brasil fue obligado a una respuesta política interna que resultó en la reforma y fortalecimiento del estado central, y aprovechó en el campo exterior el espacio abierto por la lucha entre las grandes potencias por la supremacía mundial. Su margen de autonomía sin embargo fue pequeño y corto, y en 1938 el Brasil se alineó una vez más con el liderazgo angloamericano. Con todo, desde el punto de vista económico la respuesta a la crisis de los años treinta obligó al Brasil a un proceso casi espontáneo de "sustitución de importaciones" y a un proteccionismo pragmático, buscando enfrentar el problema de la escasez de divisas. Este proceso impulsó la industrialización, pero este proceso casi espontáneo enfrentó limites claros e inmediatos, y la continuidad del desarrollo solo fue posible cuando la restricción externa dio origen a partir de 1937/1938 a un proyecto de industrialización dirigido por el estado y volcado al mercado interno.

Luego de la segunda guerra mundial, el lugar del Brasil dentro de la competencia geopolítica entre los Estados Unidos y la URSS tuvo un papel decisivo en la definición de los caminos de su desarrollo. El Brasil no tuvo una posición relevante en la geopolítica de la Guerra Fría, sino que fue colocado en la condición de principal socio económico de los Estados Unidos, dentro de la periferia sudamericana. No hubo un Plan Marshall para América Latina ni un proyecto regional sustentado por el acceso privilegiado a los mercados norteamericanos. Aun así, el Brasil contó con apoyo norteamericano, tanto en el período democrático como el autoritario, y acabo transformándose en una experiencia original de desarrollo "excluyente", que contó con el apoyo de los organismos multilaterales y con la complementación entre las inversiones estatales y la inversión directa del capital privado, de casi todos los países capitalistas centrales. Durante todo el "período desarrollista" el Brasil mantuvo una de las más elevadas tasas medias de crecimiento del mundo. Pero el crecimiento no fue acompañado de una igualdad social, y la fuerte presencia económica del Estado no implicó la existencia de un Estado fuerte, con un claro proyecto de poder nacional.

En el decenio de 1970 este cuadro sufre una modificación importante gracias a la "crisis de hegemonía" norteamericana y una gran disponibilidad de liquidez internacional que permitió el aflojamiento de las restricciones externas. El fin del patrón dólar se sumó a la derrota de los Estados Unidos en Viet Nam, abriendo un margen para una nueva intento brasileño de autonomización de su política externa, con el proyecto frustrado del gobierno Geisel de promoción del Brasil a la condición de "potencia intermedia" dentro del sistema mundial. La abundancia de crédito privado para los países en desarrollo permitió una aceleración de las tasas de crecimiento, y en el caso del Brasil, permitió que avanzase en el proceso de industrialización iniciado en los años 1950/1960, complementando su matriz industrial con la producción de bienes de capital y de insumos necesarios para el funcionamiento de la economía. La contrapartida de este proceso fue un endeudamiento externo que fue mas allá de las posibilidades del balance de pagos, siendo responsable en gran medida del estrangulamiento del crecimiento, en momentos en que la economía brasileña fue sometida -a final de los años setenta e inicio de los ochenta- a cuatro golpes fatales: elevación de las tasas de interés internacionales, recesión de la economía mundial, deterioro de los términos del intercambio e interrupción del financiamiento externo luego de la moratoria mexicana. Estos fueron los principales factores que sometieron a la economía brasileña a una severa crisis del balance de pagos y que obligaron a los gobiernos del decenio de 1980 a una política de promoción activa de las exportaciones y de control sobre las importaciones, para enfrentar el servicio de la deuda externa. Como consecuencia, el país vivió una recesión seguida de una reducción de su tasa media de crecimiento, a lo que se sumaron varias desvalorizaciones cambiarias y una aceleración de la inflación.

A comienzos de los años noventa, la victoria americana en la guerra fría, la nueva utopía de la globalización, y una onda de liquidez internacional crearon las bases materiales e ideológicas del nuevo giro liberal en las elites y el estado brasileño. Desde el punto de vista geopolítico -en particular en el período FHC- el gobierno brasileño apostó al nacimiento de una nueva sociedad civil y política internacional o global. En la practica lo que ocurrió fue un aumento de la internacionalización de los centros de decisión brasileños y una fragilización del Estado, cada vez más dependiente del apoyo norteamericano, en las situaciones de crisis.

Desde el punto de vista económico esta disponibilidad de capitales internacionales financió el abandono de la estrategia desarrollista y la vuelta al librecambismo de la vieja república. Hoy está cada vez más claro que la onda expansiva de las inversiones externas en la década de 1990 no tuvo el mismo efecto dinamizador del periodo desarrollista. Como consecuencia, a comienzos de la nueva década, la economía brasileña retornó a su vieja y permanente "restricción externa", una especie de marca indeleble del lugar periférico del Brasil, dentro de los imperios británico y norteamericano.

Mirando para atrás, en esta historia se destacan algunas "recurrencias" importantes para el futuro: i) todos los grandes cambios del rumbo estratégico del país ocurrieron en momentos de crisis o transformaciones mundiales; ii) la posición y el apoyo de los capitales y gobiernos anglo-americanos tuvo un papel decisivo en las decisiones brasileñas; iii) en todos los casos, la "restricción externa" económica y la fragilidad monetaria pesaron contra la autonomía brasileña y a favor de un estado débil; iv) las elites brasileñas nunca necesitaron de la incorporación popular para garantizar la reproducción y acumulación de su riqueza patrimonial o mercantil, en los circuitos financieros internacionales y con el apoyo de su propio Estado.

En 2002, la victoria electoral de Lula, con su nuevo proyecto estratégico para el Brasil, sucedió también, en un momento de cambios internacional. El mito de la globalización fue a parar a la basura, y la guerra volvió al epicentro del sistema mundial, donde los Estados Unidos acumulan un poder financiero y militar incuestionable. El eje geopolítico del sistema se mudó a gran distancia de América Latina, y la economía mundial se balancea al borde del precipicio de la deflación, que si ocurriera podría globalizar la parálisis que hoy aqueja al Japón. La moneda brasileña sigue débil como siempre y la restricción externa volvió a golpear con fuerza en la puerta. Luego de ocho años de reformas liberales. El Estado aparece débil una vez más, desarticulado y con baja capacidad de iniciativa estratégica. En este contexto, la gran novedad de la victoria de un partido de izquierda con un proyecto popular y nacional de democratización del desarrollo, es una innovación histórica en todos los sentidos. La viabilidad del proyecto dependerá de su capacidad de movilizar al pueblo y construir una voluntad nacional, obligando a las elites a volcarse hacia su propia tierra y su gente. Si ocurre esto, el Brasil pasará a tener una posición y un poder externo completamente diferente, independiente del contexto mundial conservador y recesivo, justamente porque el mundo necesita urgentemente un modelo sustitutivo, a la hora de la muerte de la utopía de la globalización.

(Traducción: Francisco T. Sobrino)