Líbano. La guerra de los 33 días y la resolución 1701 del Consejo de Seguridad

Achcar, Gilbert

La resolución adoptada por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas el 11 de agosto de 2006 no ha satisfecho ni a Israel ni a Washington ni a Hezbollah. Esto no significa que sea "justa y equilibrada", sino sólo que es la expresión temporal de un impasse militar. Hezbollah no ha logrado infligir una derrota militar mayor a Israel, posibilidad excluida de todas formas por la desproporción de las fuerzas en presencia, igual que había sido imposible a la resistencia vietnamita infligir una derrota militar decisiva a los Estados Unidos.

Pero Israel tampoco ha logrado infligir a Hezbollah una derrota militar importante o, en realidad, ni siquiera una derrota militar. En este sentido, Hezbollah es sin duda alguna el verdadero vencedor en el terreno político e Israel el verdadero vencido de esta guerra de 33 días desencadenada el 12 de julio, y ningún discurso de Ehud Olmert o de George W. Bush podrá contradecir esta verdad flagrante.[1]

A fin de comprender lo que está en juego, hay que resumir los objetivos de la ofensiva de Israel, asumidos por los Estados Unidos.

El fracaso de Israel

El objetivo central que buscaba el ataque israelí era, por supuesto, la destrucción de Hezbollah. Israel intentó alcanzarlo mediante la combinación de tres medios principales. El primer medio consistía en asestar un golpe fatal a Hezbollah llevando a cabo una campaña de bombardeo "post-heroico", dicho de otra forma, de una gran cobardía, sacando provecho de la "superioridad aplastante y asimétrica" de la fuerza de choque israelí. La campaña intentaba cortar a Hezbollah de sus líneas de reavituallamiento, destruir una buena parte de su infraestructura militar (stock de misiles, lanzamisiles, etcétera), eliminar un gran número de sus combatientes, y decapitar el movimiento asesinando a Hassan Nasrallah y otros dirigentes de la organización.

El segundo medio utilizado consistía en volver contra Hezbollah a su base de masas entre los chiítas libaneses, designando para ello a Hezbollah como responsable de su tragedia, por medio de una campaña frenética de guerra psicológica. Esto suponía, por supuesto, que Israel infligiera a los chiítas libaneses un desastre a gran escala por medio de una campaña extensiva de bombardeos criminales, arrasando deliberadamente pueblos y barrios en su totalidad, y matando a centenares y centenares de civiles. No era la primera vez que Israel recurría a este tipo de estratagema, que constituye un crimen de guerra clásico. Cuando la OLP estaba activa en el Líbano sur, en lo que se llamaba el "Fatahland" antes de la primera invasión israelí en 1978, Israel tenía por costumbre machacar con fuerza las zonas habitadas alrededor de los puntos desde donde eran lanzados proyectiles contra su territorio, incluso si éstos eran lanzados desde terrenos muy amplios. En aquella época, esta estratagema había logrado alienar a la OLP una parte importante de la población del Líbano sur, facilitado por el hecho de que direcciones reaccionarias representaban aún una fuerza importante en la región y que los combatientes palestinos podían fácilmente ser rechazados como intrusos, debido a su comportamiento generalmente desastroso. Esta vez, dado el estatus incomparablemente mejor de que goza Hezbollah entre la población chiíta, Israel ha pensado que podía alcanzar el mismo resultado sencillamente aumentando de forma espectacular la extensión y la brutalidad del castigo colectivo.

El tercer medio consistía en perturbar masiva y gravemente la vida del conjunto de los libaneses, tomándolos como rehenes por medio de un bloqueo aéreo, marítimo y terrestre a fin de incitar a la población, en particular a las comunidades que no son chiítas, contra Hezbollah y crear así un clima propicio a una acción militar del ejército libanés contra la organización chiíta. Es la razón por la que, al comienzo de la ofensiva, los responsables israelíes han declarado que no deseaban ver ninguna fuerza, exceptuado el ejército libanés, desplegarse en el Líbano sur, rechazando en particular la perspectiva de una fuerza internacional y denigrando la que estaba ya en pie: la FINUL[2]. Este proyecto era, de hecho, el objetivo perseguido por Washington y Paris desde que habían trabajado conjuntamente para producir la resolución 1559 del Consejo de Seguridad de la ONU en septiembre de 2004, que llamaba a la retirada de las tropas sirias del L íbano y al "desmantelamiento y desarme de todas las milicias libanesas y no libanesas", es decir Hezbollah y las organizaciones palestinas en los campos de refugiados.

Washington creyó que una vez retiradas las tropas sirias del Líbano, el ejército libanés, equipado y formado principalmente por el Pentágono, sería capaz de "desmantelar y desarmar" a Hezbollah. El ejército sirio se retiró efectivamente del Líbano en abril de 2005, no debido a la presión de Washington y París, sino a causa de las conmociones políticas y de la movilización de masas que habían resultado del asesinato, en febrero del mismo año, del entonces primer ministro libanés Rafia Hariri, un aliado muy cercano de la clase dirigente saudita. El equilibrio de las fuerzas en presencia en el país, a la luz de las manifestaciones y contramanifestaciones gigantescas que el asesinato había provocado, no permitió a la coalición aliada a los Estados Unidos contemplar una resolución de la cuestión de Hezbollah por la fuerza. Se vio incluso obligada a participar en las elecciones parlamentarias del mes de mayo siguiente en el marco de una gran coalición que comprendía a Hezbollah y a gobernar luego el país con un gobierno de coalición que incluía dos ministros miembros de la organización chiíta. Este decepcionante resultado decidió a Washington a dar luz verde a Israel para su intervención militar.

Solo quedaba por encontrar un pretexto adecuado, que fue proporcionado por la operación llevada a cabo por Hezbollah el 12 de julio al otro lado de la frontera.

En relación con el objetivo central y los tres medios descritos antes, la ofensiva israelí ha sido un fracaso total y flagrante. Lo más evidente, es que Hezbollah no ha sido destruido, ni de lejos. El partido ha mantenido lo esencial de su estructura política y de su fuerza militar, ofreciéndose incluso el lujo de bombardear el norte de Israel hasta el último momento anterior al alto el fuego de la mañana del 14 de agosto. No ha sido separado de su base de masas, más bien ha logrado ampliarla considerablemente, no sólo entre los chiítas libaneses, sino también en el seno de las demás comunidades religiosas libanesas, sin hablar del inmenso prestigio que esta guerra le ha otorgado, sobre todo en la región árabe y en el resto del mundo musulmán. Y, para completar el cuadro, todo esto ha conducido a una evolución del equilibrio de fuerzas en el Líbano en una dirección exactamente contraria a lo que Washington e Israel deseaban: Hezbollah ha salido de la batalla mucho más fuerte y más temido aún por sus adversarios declarados o no declarados, los amigos de EE UU. y del reino saudita. El gobierno libanés ha optado en lo esencial por Hezbollah durante los combates, haciendo de la protesta contra la agresión israelí su prioridad.[3]

No es necesario insistir más en el fracaso flagrante de Israel: basta con leer la avalancha de comentarios críticos muy reveladores que emanan de fuentes israelíes.

Una de las críticas más vivas ha sido expresada por Moshe Arens, tres veces ministro de "Defensa" de Israel, experto incontestable en la materia. Ha escrito un pequeño artículo en Haaretz que dice mucho al respecto: "Ellos (Ehud Olmert, Amir Peretz y Tzipi Livni) han tenido algunos días de gloria cuando han creído que el bombardeo del Líbano por el ejército del aire israelí haría saltar en pedazos a Hezbollah y nos traería una victoria casi sin trabajo. Pero cuando la guerra que han dirigido tan mal se agotaba... se han desinflado progresivamente. Aquí y allí, han hecho aún algunas declaraciones belicosas, pero han comenzado a buscar una puerta de salida -un medio de salir del giro tomado por los acontecimientos que han sido manifiestamente incapaces de controlar. Han intentado aferrarse a una quimera, y qué mejor quimera que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Ninguna necesidad de alcanzar una victoria militar contra Hezbollah. Que las Naciones Unidas declaren un alto el fuego, y Olmert, Peretz y Livini podrán simplemente declarar victoria, se crea o no... La guerra que, según nuestros dirigentes, iba a restablecer la capacidad de disuasión de Israel, ha logrado destruirla en un mes".[4]

Arens tiene razón: cuando Israel se mostró cada vez más incapaz de alcanzar cualquiera de los objetivos que se había fijado al comienzo de su nueva guerra, ha comenzado a buscar una puerta de salida. Mientras compensaba su fracaso mediante una escalada en su furor destructivo y vengativo sobre el Líbano, sus socios norteamericanos cambiaron de actitud en la ONU. Tras haber ganado tiempo para Israel bloqueando toda tentativa de formular una resolución del Consejo de Seguridad que llamara a un alto el fuego -uno de los casos más graves de parálisis de la institución intergubernamental en sus 61 años de existencia- Washington decidió tomar el relevo continuando la guerra de Israel por medios diplomáticos.

Las trampas de la resolución 1701 de las Naciones Unidas

Al cambiar de actitud, Washington se ha acercado de nuevo a Paris sobre el expediente libanés. Teniendo en común con los Estados Unidos, sus competidores, el deseo de sacar provecho de la riqueza de los sauditas, principalmente vendiéndoles material militar[5], Paris toma regularmente y de forma oportunista partido por los sauditas cada vez que emergen tensiones entre los proyectos de Washington y las preocupaciones de sus más antiguos clientes y protegidos de Oriente Medio. La nueva guerra llevada a cabo por Israel en el Líbano ha proporcionado esa oportunidad: en cuanto la agresión criminal de Israel se ha mostrado contraproducente desde el punto de vista de la familia reinante saudita, aterrorizada por la perspectiva de una desestabilización creciente de Oriente Medio que podría ser fatal para sus intereses, los sauditas han reclamado el cese del conflicto y la búsqueda de soluciones de recambio.

París se ha pronunciado inmediatamente a favor de esta actitud y Washington ha acabado por seguirle, pero sólo tras haber dado a la agresión israelí algunos días más para que intentara marcar algunos puntos y salvar su cara en el terreno militar. El primer proyecto de resolución preparado por las dos capitales circuló en las Naciones Unidas el 5 de agosto. Era una tentativa flagrante de lograr diplomáticamente lo que Israel no había logrado en el terreno militar. A la vez que proclamaba un "apoyo firme" a la soberanía del Líbano, el proyecto llamaba sin embargo a la reapertura de sus puertos y aeropuertos solo "para fines estrictamente civiles de forma verificable" y preveía la instauración de un "embargo internacional sobre la venta o el suministro de armas o de material conexo al Líbano, exceptuadolo que esté autorizado por su gobierno", en otras palabras, un embargo a

Hezbollah.

El proyecto franco-americano reafirmaba la resolución 1559, a la vez que llamaba a otra resolución que habría autorizado "en virtud del capítulo VII de la Carta, el despliegue de una fuerza internacional mandatada por las Naciones Unidas para ayudar a las fuerzas armadas y al gobierno del Líbano a establecer un entorno seguro y contribuir a la puesta en práctica de un alto el fuego permanente y de una solución a largo plazo". Esta formulación es tan vaga que no podía sino designar, en realidad, una fuerza internacional autorizada a emprender operaciones militares (capítulo VII de la Carta de la ONU) con vistas a la aplicación de la resolución 1559 por la fuerza, en alianza con el ejército libanés. Además, ninguna disposición limitaba esta fuerza a la zona al sur del río Litani, que, según el proyecto de resolución, debía ser una zona sin armamento de Hezbollah, la zona que Israel ha reivindicado como espacio de seguridad tras haber fracasado en desembarazarse de Hezbollah en el resto del Líbano. Esto significaba que la fuerza de las Naciones Unidas habría podido ser llamada a intervenir contra la organización chiíta en el resto del Líbano.

Este proyecto, sin embargo, no podía basarse, en absoluto, en lo que Israel había logrado obtener en el terreno y quedó desbaratado. Hezbollah se opuso a él firmemente haciendo saber claramente que no admitiría ninguna fuerza internacional diferente de la FINUL, la fuerza de la ONU desplegada a lo largo de la frontera de Líbano con Israel (la "línea azul") desde 1978. El gobierno libanés se hizo eco de la oposición de Hezbollah y reclamó la modificación del proyecto, apoyado a coro por los Estados árabes, incluidos los clientes de los Estados Unidos. Washington no tuvo entonces otra opción que revisar el proyecto, que, de todas formas, no habría sido avalado por el Consejo de Seguridad. Además, el aliado de

Washington en este asunto, Jacques Chirac, cuyo país se consideraba que iba a proporcionar la mayor parte de la fuerza internacional y la dirigiría, había declarado públicamente dos semanas después del comienzo de los combates que ningún despliegue sería posible sin acuerdo previo con Hezbollah.[6]

El proyecto fue pues revisado y renegociado, mientras Washington demandaba a Israel esgrimir la amenaza de una ofensiva terrestre mayor y comenzar a ejecutarla como presión para que Washington pudiera obtener las mejores condiciones posibles para su punto de vista. A fin de facilitar un acuerdo que llevara a un alto el fuego que se hacía cada vez más urgente por razones humanitarias, Hezbollah aceptó el despliegue de 15.000 soldados libaneses en el sur del Líbano y flexibilizó su posición general. Así, la resolución 1701 pudo ser aprobada en el Consejo de Seguridad el 11 de agosto.

La concesión principal hecha por Washington y Paris ha consistido en abandonar el proyecto de crear una fuerza multinacional ad hoc regida por el capítulo VII. En su lugar, la resolución autoriza "el aumento de la fuerza de la FINUL hasta un máximo de 15.000 soldados", reorganizando así y aumentando considerablemente la fuerza existente. La astucia principal consistía, sin embargo, en redefinir el mandato de esta fuerza de forma que pudiera "asistir a las fuerzas armadas libanesas tomando medidas" para "el establecimiento entre la línea azul y el río Litani de una zona libre de todo personal armado, equipamiento o armamento diferente de los del gobierno libanés y de la FINUL". La FINUL puede ahora, también, "emprender toda acción necesaria en las zonas de despliegue de sus fuerzas y según lo que considera adecuado a sus capacidades, para asegurar que su zona de operaciones no sea utilizada para actividades hostiles de cualquier naturaleza que sean".

Combinadas, las dos formulaciones precedentes se acercan mucho a un mandato bajo el capítulo VII o, en cualquier caso, podrían fácilmente ser interpretadas de esa forma. Además, el mandato de la FINUL es extendido de hecho por la resolución 1701 más allá de sus "zonas de despliegue" puesto que puede ahora "ayudar al gobierno libanés a su pedido" en sus esfuerzos por "asegurar sus fronteras y otros puntos de entrada a fin de impedir la entrada en el Líbano de armas o de material conexo" -una frase que no se refiere ciertamente a las fronteras del Líbano con Israel, sino claramente a su frontera con Siria, que se extiende del norte al sur del país. Son estos puntos los que representan las principales trampas contenidas en la resolución 1701, y no la formulación concerniente a la retirada del ejército de ocupación israelí, sobre la que se han concentrado muchos comentarios, puesto que esta retirada está determinada en cualquier caso por la fuerza disuasiva de Hezbollah y no por ningún tipo de resolución de la ONU.

La "continuación de la guerra por otros medios"

Hezbollah decidió dar luz verde a la aprobación por el gobierno libanés de la resolución 1701. Hassan Nasrallah pronunció un discurso el 12 de agosto, en el que explicó la decisión del partido de dar su acuerdo para el despliegue mandatado por las Naciones Unidas. Su discurso comprendía una evaluación de la situación mucho más sobria que en algunos de sus discursos precedentes, así como una buena dosis de sabiduría política. "Hoy, dice Nasrallah, estamos ante los resultados naturales razonables y posibles de la gran firmeza que los libaneses han expresado a partir de sus diversas posiciones". Esta sobriedad era necesaria, pues una reivindicación presuntuosa de victoria, como las que han hecho los aliados de Hezbollah en Damasco o Teherán, habría obligado a Nasrallah a añadir, como el rey Pirro de la Grecia antigua, "otra victoria como ésta y estaría perdido". El jefe de Hezbollah ha rechazado prudente y explícitamente entrar en una polémica sobre los resultados de la guerra, subrayando que "nuestra verdadera prioridad" es frenar la agresión, recuperar los territorios ocupados y "lograr la seguridad y la estabilidad en nuestro país, así como la vuelta de los refugiados y de las personas desplazadas".

Nasrallah definió la posición de su movimiento como sigue: respetar el alto el fuego, cooperar plenamente con "todo lo que pueda facilitar la vuelta de los refugiados y personas desplazadas a su país, a sus casas y todo lo que pueda facilitar las operaciones humanitarias y de socorro". Al mismo tiempo, afirmó que su movimiento está dispuesto a proseguir el combate legítimo contra el ejército israelí mientras éste permanezca en territorio libanés, a la vez que proponía respetar los acuerdos de 1996, en virtud de los cuales las operaciones de los dos campos serían restringidas a los objetivos militares y evitarían los civiles. Sobre este punto, Nasrallah ha insistido en que su movimiento no ha comenzado a bombardear el norte de Israel más que como reacción a los bombardeos israelíes sobre el Líbano tras la operación del 12 de julio, y que hay que acusar a Israel por haber sido el primero en extender la guerra a las poblaciones civiles.

Nasrallah expuso luego una postura sobre la resolución 1701 que podría ser descrita de la forma más precisa como una aprobación con muchas reservas, a la espera de su verificación en la práctica. Expresó una protesta contra el carácter injusto de la resolución, que se ha abstenido en sus preámbulos de condenar a Israel por su agresión y sus crímenes de guerra, añadiendo sin embargo que habría podido ser bastante peor aún y manifestando su aprecio por los esfuerzos diplomáticos que han permitido evitar eso. Su argumento central fue subrayar que Hezbollah considera numerosos problemas tratados por la resolución como asuntos internos libaneses que deben ser discutidos y arreglados por los propios libaneses. Puso el acento, en este tema, en la preservación de la unidad y de la solidaridad nacionales libanesas. En las circunstancias dadas, la posición de Nasrallah era la más correcta posible.

Hezbollah ha debido hacer concesiones para facilitar el fin de la guerra. Como toda la población libanesa estaba tomada como rehén por Israel, toda actitud intransigente hubiera tenido consecuencias humanitarias desastrosas además de resultados espantosos de la furia asesina y destructiva de Israel. Hezbollah sabe perfectamente que lo verdaderamente importante está mucho menos en los términos de una resolución del Consejo de Seguridad que en su interpretación y su aplicación efectivas, y que son la situación y la correlación de fuerzas en el terreno los determinantes a este respecto. En respuesta a las fanfarronadas de Georges W. Bush y de Ehud Olmert sobre que su victoria estaría expresada, para ellos, en la resolución 1701, basta con citar la respuesta anticipada de Moshe Arens en el artículo ya mencionado: "Ha comenzado a derramarse la retórica apropiada. ¿Qué importa si el mundo entero ve este arreglo diplomático, al que Israel se ha sumado cuando recibía aún su dosis cotidiana de misiles, como la derrota infligida a Israel por algunos miles de combatientes de Hezbollah? ¿Y qué importa si nadie cree que una FINUL "reforzada" desarmará a Hezbollah, y que Hezbollah, con miles de misiles aún en su arsenal y verdaderamente reforzado por su victoria en un mes contra el poderoso ejército israelí, va ahora en convertirse en un socio para la paz?"

La "continuación de la guerra por otros medios" ha comenzado ya con fuerza en el Líbano. Cuatro cuestiones principales están en juego, expuestas aquí en orden inverso a su preeminencia. La primera, en el plano interno libanés, es la suerte del gobierno. La mayoría parlamentaria existente en Líbano es el resultado de elecciones llevadas a cabo bajo la cobertura de una ley electoral defectuosa y deformadora, impuesta por el antiguo régimen dominado por los sirios. Una de sus consecuencias mayores ha sido la deformación de la representación del electorado cristiano, con una fuerte subrepresentación del movimiento conducido por el general Michel Aoun que, tras las elecciones, ha llegado a una alianza con Hezbollah. Además, la reciente guerra ha alterado profundamente la moral política de la población libanesa y por ello la legitimidad de la mayoría parlamentaria actual es muy discutible. Por supuesto, un cambio de gobierno en favor de Hezbollah y de sus aliados alteraría radicalmente el sentido de la resolución 1701 en la medida en que su interpretación depende mucho de la actitud de gobierno libanés. Sobre esto, una de las principales preocupaciones es evitar el corrimiento hacia una nueva guerra civil en el Líbano: es lo que Hassan Nasrallah tenía en la cabeza cuando subrayó la importancia de la "unidad nacional".

La segunda cuestión, que concierne igualmente a los asuntos internos libaneses, es el esfuerzo de reconstrucción. Hariri y sus aliados saudíes habían construido su influencia política en el Líbano dominando los esfuerzos de reconstrucción tras la guerra de quince años acabada en 1990. Esta vez, estarán enfrentados a una fuerte competencia de Hezbollah, apoyado por Irán y con la ventaja de sus estrechos lazos con la población libanesa chiíta, principal objetivo de la guerra de venganza de Israel. Como el conocido analista militar Ze´ev Schiff ha escrito en Haaretz: "Mucho dependerá también de quién ayudará a la reconstrucción del Líbano sur.

Si fuera Hezbollah, la población chiíta del Líbano sur quedaría dependiente de Teherán. Habría que impedirlo".[7] Este mensaje ha sido recibido claramente en Washington, Riad y Beirut y hoy mismo hay artículos que dan el alerta sobre este tema en los principales periódicos de los Estados Unidos.

La tercera cuestión es naturalmente la del desarme de Hezbollah en la zona delimitada del Líbano sur para el despliegue del ejército libanés y de la FINUL reorganizada. El máximo que Hezbollah está dispuesto a conceder sobre este tema es "ocultar" sus armas al sur del Litani, es decir evitar exponerlas, y almacenarlas en lugares secretos. Todo paso más allá, sin siquiera mencionar el desarme de Hezbollah en el conjunto del Líbano, está ligado por la organización a una serie de condiciones que van de la recuperación por el Líbano de las granjas de Chebaa, ocupadas por Israel desde 1967, a la existencia de un gobierno y de un ejército capaces de defender la soberanía del país contra Israel y determinados a hacerlo.

Esta cuestión representa el primer problema fundamental sobre el que la aplicación de la resolución 1701 podría dar un traspié, puesto que ningún país del mundo está actualmente en posición de desarmar a Hezbollah por la fuerza, tarea en la que el más formidable ejército moderno de Oriente Medio, y una de las principales potencias militares del mundo, ha fracasado completamente. Esto significa que toda otra fuerza desplegada en el sur del Litani, sea libanesa o mandatada por la ONU, deberá aceptar la oferta de Hezbollah, con o sin disfraz.

La cuarta cuestión es, por supuesto, la de la composición y la misión de los nuevos contingentes de la FINUL. El plan inicial de Washington y Paris era repetir en el Líbano lo que tiene lugar en Afganistán, donde una fuerza supletoria de la OTAN, con una hoja de parra de la ONU, lleva a cabo la guerra de Washington. Pero la resistencia militar, así como política, de Hezbollah ha contrarrestado el plan. Washington y Paris han creído sin embargo que podría ejecutarse gradualmente, bajo camuflaje, hasta que estuvieran establecidas las condiciones políticas en el Líbano para una prueba de fuerza que opusiera a la OTAN y sus aliados locales a Hezbollah. Efectivamente, los países que se supone van a enviar los principales contingentes son todos miembros de la OTAN: Francia, Italia y Turquía están a la espera, mientras que Alemania y España son solicitados con insistencia para seguirles. Sin embargo Hezbollah no se engaña. Está trabajando ya para disuadir a Francia de ejecutar su plan de enviar tropas de élite, apoyadas a lo largo de las costas libanesas por el único portaviones que tiene en el Mediterráneo.

Sobre la última cuestión, el movimiento antiguerra en los países de la OTAN podría ayudar mucho a la resistencia nacional libanesa y a la causa de la paz en el Líbano, movilizándose contra la expedición de fuerzas de países miembros de la OTAN, contribuyendo así a disuadir a los gobiernos de esos países de ayudar a Washington e Israel en su trabajo sucio.

Lo que necesita el Líbano es de una fuerza verdaderamente neutral de mantenimiento de la paz en su frontera sur y, sobre todo, que le permita a su pueblo resolver sus problemas internos mediante medios políticos pacíficos. Toda otra vía conduciría a la renovación de la guerra civil libanesa en el momento en que Oriente Medio, y el mundo entero, tienen ya muchas dificultades para enfrentarse a las consecuencias de la guerra civil que Washington ha desencadenado y continúa alimentando en Irak.

16 de agosto de 2006


Artículo publicado con autorización del autor y de Viento Sur. Traducción de Alberto Nadal, para Viento Sur. Revisión por Andrés Méndez, para Herramienta. Los subtítulos han sido añadidos para esta edición.

[1] Sobre las implicaciones regionales y mundiales de estos acontecimientos, ver mi artículo "Los planes imperiales de los EEUU son un barco que se hunde", en http://www.vientosur.info.

[2] Fuerza de interposición creada por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en 1978 para ser desplegada en el sur del Líbano.

[3] Como ha dicho un observador israelí en un artículo de título muy revelador: "Fue un error pensar que la presión militar podría generar un proceso que llevaría al gobierno libanés a desarmar a Hezbollah". Efraim Inbar, "Prepare for the next round", Jerusalem Post, 15 de agosto de 2006.

[4] Moshe Arens, "Let the devil take tomorrow", Haaretz, 13 agosto 2006.

[5] Tanto los Estados Unidos como Francia han concluido importantes contratos de armamento con los sauditas en julio.

[6] Entrevista concedida al periódico Le Monde, 27 julio 2006.

[7] Ze’ev Schiff, «Delayed ground offensive clashes with diplomatic timetable », Haaretz, 13 de agosto de 2006.