Pabellón de rurales

El que rompa el silencio tendrá que hacerlo
con alguna palabra maravillosa.

Horacio Rega Molina

Mi biografía docente se iniciaba en un Instituto de Artes Plásticas de un pueblo llamado ciudad. Ese primer año de 1985 tuve, entre otros alumnos, a Rubén, una suerte de animalito del monte a fuer de tanto cohibirse por su entrada primeriza al urbanismo. Desde entonces, y hasta hoy, Rubén es mi alumno. Convengamos que no es frecuente tener un educando por diecisiete años. De modo que quiero contar esta historia de una larga relación pedagógica, basada en la búsqueda común de la palabra maravillosa, la que rompa el silencio en un territorio educativo de los despojos. O contar cómo un cementerio se transformó en el patio de los jóvenes y otras tantas cosas...

Yo había sido bicicletero durante la dictadura militar en Tucumán, así que, iniciada la democracia, obtuve por concurso una cátedra universitaria en ese Instituto recién creado, tan lejano a la gran ciudad, que no interesaba a postulantes. La cosa empezaría así: un diputado, buscando garantizar su reelección por Aguilares, creó por ley una dependencia de la Universidad de Tucumán, que diera títulos de licenciados en arte. Total, para dar títulos así nadie pondría el grito en el cielo; es más, nadie tampoco los buscaría. Después, por lógica, el diputado se borró, olvidándose del establecimiento fundado con grandes actos, guirnaldas y fiestas populares. La Facultad de Artes de la ciudad también se olvidó del asunto y ya está, quedamos profesores y alumnos a la deriva.

Con rostro y esqueleto de indio, Rubén, sin mirar a la cara, hablaba en monosílabos. Un día les conté que anotaba un diccionario sobre el habla popular de los trabajadores de la caña, entonces me mostró su cuaderno de una escuela rural de agricultura. Era como el texto de un lugar sin biblioteca, sin un sólo libro, de manera que el maestro les dictaba el manual de cultivo con las palabra y giros del lugar. Rubén estaba orgulloso de su cuaderno.

El grueso de la estudiantina venía de la ruralidad; los había también obreros de ingenio y maestras del campo. Como desde la Facultad urbana llegaban al pueblo profesores buscando currículum, enseñaban a Pollock, Andy Warhol o las últimas tendencias del minimalismo en Nueva York. Con otro colega y los estudiantes decidimos, por oposición, recorrer el campo buscando la leyenda de la tumba anónima, el ladrido del perro atorrante al que le dolía la soledad, la música de mercado que hiere oídos, el médico borracho con historias de islas fragantes. Dos maestras alumnas nos condujeron hasta un ingenio cerrado. Viajamos en un camión municipal varias veces para debatir sobre las ruinas de la producción de la gran carcasa de hierro, lo que fuera el segundo ingenio más grande de Sudamérica, y del útero de las chimeneas voladas con trotyl por los militares. Santa Ana. Estábamos en un territorio para nacer. Entre relatos orales y dibujos, más los últimos pesos cooperativizados, publicamos nuestro primer libro. De las montañas de ceniza, con esqueletos de bandidos e ídolos de piedra, con lámparas ardiendo en melaza y memoria de los canales de agua, nos ayudamos a escribir una novela, que tuvo en Buenos Aires una repercusión que jamás creímos, El sexo del azúcar.

Decidí que mi cátedra, una genérica y decimonónica Historia General de la Cultura -con el general doblemente incuestionable en la connotación a orden y "orden universal"- se ampliaría a los debates del tiempo que vivimos, sufrimos, celebramos. Después de cada clase mutua, dábamos vuelta la tierra. Nacían expresiones, tendencias estéticas originales. Rubén perdía inhibiciones, mostrándose un joven talentoso sin perder su humildad fundante. Como vive en una aldea de una docena de habitantes en la ceja de selva, está obligado a tomar dos ómnibus hasta el Instituto, y si pierde el único segundo, caminará varios kilómetros en la oscuridad, lo que es frecuente. Un día me llevó a conocer los caprichos de la selva. En el terreno tenía algo de Simbad el Marino reconociendo -detrás de la llovizna perpetua- al mundo como una sandía. Él mismo era un texto ni occidental ni de tabaco, así que le empecé a prestar la novelística latinoamericana. Llevaba un poder de análisis no usual; veía cosas que otros no, así que enseñaba al grupo cómo leer, sin estridencias, diciendo que Gaughin, Conrad, Stevenson, buscaban el rumbo de las islas perdidas, o que Charles Baudelaire aconsejaba embriagarse de vino de poesía de amor, pero embriagarse, o que había un poeta que buscaba romper el silencio, pero, para el asunto, se necesitaba una palabra maravillosa.

El grupo debatía con las nuevas camadas, entre ellos Roberto, encarcelado por una denuncia de profesora de la Facultad urbana, a la que -según se dijo- Roberto no quiso "violar". A él le tomé la materia esposado, con dos policías a los costados, y cuando a los dos años salió de la cárcel, destrozado, se cambió al Instituto lejano, al pabellón de rurales. Mestizo, único hijo, incapaz de matar una mosca, vivía gracias a una pequeña agencia de quiniela de la madre. En cuanto a Alejandro, vástago de un maestro rural y agricultor, cuando la pequeña tierra fue rematada por defunción del padre, se quedó sin pequeña tierra. Blanco desheredado.

El Instituto fue repletándose de pintura y escultura, de rostros de chicos buscando un rostro país, un rostro lugar, un lugar hambriento de poesía a veces, en otras oxidado, sumergiéndose con algo de ballena bajo la luna. Pero alquilado el local, cada tanto debíamos mudarnos a otro, empezando ediliciamente todo de nuevo. Pintar sin luz; pintar entre las ratas; tuvimos un local al lado de una panadería y el aroma a masitas enloquecía. Éramos un verdadero barco sin combustible, flotábamos a merced de las mareas de la euforia; mirábamos las estrellas, siempre. Todos los años en la Universidad se discutía el cierre del pabellón rural. El intendente, cuando una tarde fuimos en comitiva a pedirle madera para caballetes, dijo: "Ningún problema, mañana mando a los empleados a cortar árboles de la ciudad". A la semana nos entregaron los caballetes húmedos y torcidos a las pocas horas. El pueblo se quedó sin árboles.

Rubén, Roberto y Alejandro aprobaban mi materia, pero se inscribían infaltables al año entrante. Para leer con los nuevos, traían libros versados en primaveras, en revoluciones no estelares; con el dedo sobre el mapa viajábamos hacia los duraznos de enero en Chile o a las cansadas calles limeñas. El grupo me ayudó a transformar aquel diccionario de los usos populares de la caña en una arqueología de la cultura, que llamamos La Cepa, y ellos mismos escribieron para la obra artículos, hallando material gráfico, grabando y desgrabando centenares de testimonios. La cepa no es raíz ni tallo, sino la parte que une el cielo con la tierra. Tal vez el nombre saliera del antiguo cuaderno de Rubén. Alejandro dibuja bellamente con un bolígrafo porque no tiene otro material (a veces no tiene el bolígrafo), y sus dibujos fueron publicados en los tres tomos de mil doscientos artículos originales cada uno. Una diputada nacional por la docencia encontró por casualidad la obra, le pareció única aún no terminada, y consiguió del parlamento -que siempre está para otras cosas- el premio honorífico de "interés nacional". Mientras tanto, Rubén y sus compañeros organizaban presentaciones de la obra en las escuelas rurales.

De pronto, sobre el territorio ya pobre, invadido otrora por militares, más tarde por delincuentes elevados a políticos respetables, se instaló la gangrena del capitalismo neoliberal. Es decir colonial. Tardíamente colonial. Absurdamente. Horriblemente. La vida humana descendió -en sus posibilidades- a grados de color gris, negro, ausentes de luz. Rubén y sus amigos organizan desde entonces muestras de arte en las calles, presentación de libros y de músicos, porque necesitan levantar el ánimo de los pobladores. Hablan de una esperanza sin espera. Es que la gente parece extraviada en el lugar en que siempre vivió; no cruzan los caminos sino los siguen derrotados en la dirección que vuelve; la iracundia se apaga con las cajas de comidas tiradas entre las urnas electorales; las gargantas ásperas no gritan; los tallos aparecen separados de las raíces, ninguna cepa en el corazón; los envases plásticos de las botellas de cocacola se amontonan en la puerta de las viviendas, a merced del viento de la no historia; las bocas de las campanas están vacías; todas las dosis del yo mismo fueron gastadas por la televisión. Rubén y sus amigos usan el Instituto para todo. Para crear, festejar, comer, amar. Adentro no hay nada y está todo. Parece como si este colectivo dijera: es una época radiante y sucia, pero no hay que comer las cenizas de los muertos ni hablar de Dios como se habla con un general ni hablar entre nosotros sin caracoles marinos en las orejas. Se reúnen los viernes para -con las guitarras- escuchar el silencio toda la noche, como esas antenas que necesitan oír la frecuencia de seres tan inteligentes como nosotros, más allá de las estrellas. Ríen.

Los tres se reciben de licenciados en arte, junto a otros de la camada convertidos en talentos a pura ósmosis comunitaria. Sin trabajo y sin plata, leen por Internet los primeros mensajes del subcomandante Marcos. Los tres y otros más, se siguen reinscribiendo como alumnos míos. Hicieron del Instituto el cuartel general de los sueños. El lugar donde la esperanza se arruga se plancha se estira y vuelve con dientes o con violetas o con muslos, con divinidades americanas ardiendo vivas, y con algo más de espuma que de mármol. Se sienten indios sin serlo. Lo son de manera nueva. Ellos mismos son la sociedad gratuita reconstituyéndose en medio de la debacle.

Rubén decide levantar un almacén en su aldea. Compra ladrillos y cemento con los pocos ahorros. Traza un gran cuadrilátero en el lote familiar y, al amanecer, solo, cava los cimientos; después irá al Instituto hasta la noche; a la semana empieza con las hileras de ladrillos, solo. Los vecinos ven el fracaso como el destino de esta obra juvenil. Un muchacho que ni sabe de albañilería, no podrá levantar una obra así; necesita pagar a obreros. Rubén quiere demostrarles que todo lo que uno se proponga puede hacerse; demostrarles que ellos también pueden; que hay que terminar con la sociedad de la impotencia. Los amigos pintores de Rubén le ayudan aquel domingo para el encofrado del techo. Así que los vecinos se suman ahí, a la loza, sin que Rubén les pida ayuda. Comprenden que si Rubén puede con el volcado del material, ellos también. El poder será la potencia de todos si la loza tiene éxito. La loza son todos. El almacén queda terminado; yo le regalo una maquinita casera de cortar fiambres; Rubén vende más barato y se funde varias veces, aunque los vecinos le pagan las deudas porque necesitan que el almacén continúe, porque son ellos. De noche, el techo del almacén se ilumina de luciérnagas.

Un día reciente se iniciaron los suicidios de adolescentes en el pueblo. Los jóvenes, que no aguantan la catástrofe de la "reconversión" en colonia fondomonetaria, que no soportan el deterioro moral de sus padres "negociando" leyes y derechos por paquetes de fideos, que no toleran la incomprensión de que se les robe poesía sin haberla todavía conocido, se matan. En tres semanas, catorce adolescentes; la mayoría con sogas. Unos se conocían a los otros. Así que Rubén convoca al Instituto a la organización de fiestas artísticas con los secundarios; hablarles de que se inscriban en primer año en vez de matarse. Los suicidios cesaron por ahora. Recuerdo que Rubén les habló con Neruda, diciéndoles que no les hace falta ropa sino el lenguaje; que están tratando en el Instituto de recoger una suavísima, metálica flor, una rosa cuyo rocío cae perforando el suelo como una cascada de mercurio. No le entendieron, pero lo sintieron. "Eduardo, tenemos que darle apellido a la vida", me dijo.

En cuanto a mí, el viaje de varias horas de ida y vuelta hasta Aguilares, en ómnibus destrozados, mugrientos, sin vidrios a veces en las ventanillas, rotos en el camino, frenados ante piquetes de desocupados ocupantes de la ruta, para tener que pasar de a pie por el retén desesperado, empezó a cansarme. De hecho había ganado una cátedra en la Facultad y vi que mis antiguos colegas ya no estaban. Como las autoridades universitarias seguían el camino político natural de la corrupción del país, y con algunos amigos profesores impugnamos esta degradación, los sorprendidos con la linterna convinieron en condenarme por siempre al pabellón de rurales. Al nuevo concurso para revalidar mi cátedra urbana unieron, en un llamado deforme, a la cátedra rural, de forma tal que nunca pudiera ya desprenderme del viaje. Como para las autoridades lo atractivo es la posmodernidad estética en Nueva York, al Instituto van los condenados. Alcatraz. Para no viajar, un profesor amenazó con un juicio, amparándose en la Convención de Derechos Humanos de Costa Rica... Así que quedé solo, mascullando el odio, buscando la manera de zafar. Son muchos años. He cumplido mi ciclo, dije. Lo que hice, lo hice bien. Ya está.

Fue así que Rubén, Alejandro y Roberto, también Teresa que se casó con Roberto, no abandonaron desde entonces mis clases. Yo no me di cuenta al principio. Digo mal, tardé mucho en darme cuenta. Ellos entendieron que si van, yo tengo que seguir. Arman proyectos para mí; me invitan a las muestras de plástica; Roberto y Teresa se casan para que yo sea padrino de bodas. En un viaje reciente, pensé que lo más auténtico de mi obra nació allí; que las amistades más hondas las hice con ellos, ahora egresados y colaboradores en mis programas investigativos; que si en algo sirvo a la sociedad como maestro, está allí.

Cada año Rubén se enamora de alguna chica nueva del Instituto, aunque las antiguas novias ni se enojan ni le reprochan, porque jamás les prometió algo como el futuro. Para Rubén el futuro es la organización silenciosa de una praxis que ayude a vivir a los que se creen muertos. Alejandro consiguió un puesto de maestro después de encadenarse durante días en una carpa docente. En cuanto a Roberto y Teresa, ya recibidos, viajaron a España para vivir allí. No lo querían hacer aun cuando les enviaban pasajes, para no abandonar mis clases, es decir para que yo no los abandonara. Una noche, después del asado, perdiendo yo el ómnibus y ocupando en consecuencia la cama de ellos, logré convencerlos de que partieran, con tres argumentos: uno, conocer el mundo; dos, que si el mundo rico no quiere un inmigrante más, entonces con el viaje de ellos embromaban y enfurecían a los ricos; tres, que no abandonaría el Instituto. A Roberto lo operaron tan delicadamente en cuanto llegó, que en las condiciones hospitalarias del pueblo se hubiera muerto. En la sala de convalecientes del hospital, en Almería, charlaba con los labriegos operados sobre arte, no sé sobre la explotación y de que él mismo carece de trabajo; así que de cama a cama, los pacientes le consiguieron un lugar gratis para un taller artístico, y a sus hijos y sobrinos como primeros alumnos. Un domingo, que es más barato, me llamaron por teléfono recomendando que si encontrábamos la palabra, que yo los llamara a Almería, que ellos pagaban el retorno.

Habitualmente llego al Instituto a las dos de la tarde. Rubén me está esperando en el taller. Los jóvenes vienen a clase, ahora, muchos de ellos sin comer. Así que la cosa no se inicia hasta que el vendedor de pan con chicharrón pasa por la puerta, soplando una corneta. Sería inútil comenzar las clases con hambre. Compro los panes y Rubén prepara el mate con mucha azúcar que él mismo aporta. La clase se desenvuelve contenta, es decir con el estómago aliviado. A veces Rubén mismo dicta la clase.

De los tantos egresados, ni uno solo de ellos es profesor o autoridad en el pabellón. Los decanos de la Facultad sustancian los concursos sólo cuando ya tienen los urbanos candidatos amigos. Ni Rubén ni los egresados se enojan demasiado por ello; creo que ni se enojan. Gozan con la aspiración a no dañarse con el odio, necesitan la energía para sustanciar los concursos del afecto.

A propósito, los estudiantes secundarios del pueblo, que a la salida de los colegios se reunían en una esquina o en la plaza a charlar de alguna "vieja" (profesora) y reírse un poco desde los andamios de alguna botella de cerveza, son reprimidos de inmediato por la policía. Los chicos, que se quedaron sin lugar de reunión, descubrieron que en el cementerio no son molestia. Nadie se acuerda de ese lugar. Entre cruces y lápidas toman la cervecita, se tocan, tal vez sueñan en pequeño, nacen amores. El modelo que los desalojó de todo, que incluso acaba de expropiar los pocos ahorros de sus padres, que los desalojó de la salud y el trabajo, los arrinconó en el lugar de los muertos. Desde ese sitio, inconscientemente, ellos soplan a su modo sobre la vida. Por la noche, en los nichos abandonados, las prostitutas jóvenes se alquilan ante los mismos chicos que estuvieron a la tarde. Me contó Rubén que una de ellas, viviendo en casa de desocupados absolutos, a las nueve de la noche enrolla el colchón de su camita, ata el rollo con un hilo, y se la ve marchar con el bulto al cementerio, donde tiene su pieza de prostíbulo gratuito. Ni mezcla el trabajo ruin con la ruina de su hogar.

Rubén tiene decidido así hacer en el cementerio la próxima exposición colectiva de los artistas del Instituto, invitando a los habitués colegiales de la tarde y a las chicas nocturnas. Bar de pobres, prostíbulo de pobres y galería pobre, todo al mismo tiempo. Me dijo que en el acto de inauguración se va a romper la pobreza material, descubriendo la palabra maravillosa.

El decano, que fue izquierdista en el ´83 cuando para gobernar la Universidad había que presentarse así, ahora es liberal, cuando para gobernar la Universidad es necesario presentarse así, y recibir adhesiones de los que creen se salvarán entre los desastres de desigualdad. Ayer, alguien descubrió la fotocopia de un documento por el que un gobernador del genocidio lo nombraba -recién iniciada la masacre del ´76- como diseñador gráfico de la campaña militar. Eran los comienzos de su carrera.

Sé que al pabellón de rurales le debo lo que soy. Rubén sigue asistiendo a mis clases, por las dudas... Y cuando viajaba en el ómnibus otra vez hacia allá, leí de un filósofo que estuvo cuarenta años pensando en el tema, que la ética no es sino la filosofía primera. El fundamento. Quien produce un discurso está situado antes en una estructura práctica y social. Es decir ética. El pensamiento surge desde el lugar donde se halla el cuerpo, acomodado o en conflicto.

Compré los panes al oír pasar la corneta, y Rubén hizo circular el mate con tanta azúcar, que no hizo falta revelar al curso este pensamiento. Estaba en los panes y estaba en el agua, como en el vino o en la sangre. El viento, quizás el verbo, naciendo en el lugar. Como en un guión de cine, carecía de sentido que el protagonista dijera lo que ya estaba mostrando la cámara. Para qué decir un "me voy al río", cuando la cámara está filmando mi caminata al río.


Trabajo enviado por el autor para su publicación en Herramienta.