Contra Y Más Allá Del Capital. Prólogo de Raúl Zibechi

Zibechi, Raúl

Aquel que crea falsas leyendas revolucionarias para el pueblo, aquel que le divierte con historias cautivadoras es tan criminal como el geógrafo que traza mapas falaces para los navegantes.
H.P.O. Lissagaray (Historia de la Comuna)

¿Cuál es la diferencia entre saber y no saber?

Dicho de otro modo: puesto que saber y no saber son opciones humanas, políticas, ¿qué impulsos encarnan?, ¿qué rumbos esbozan?

Hay una idea que podría resumirse con la “parábola del niño perdido” y que quisiera desarrollar muy brevemente: un niño en la oscuridad, presa del miedo, se tranquiliza canturreando; perdido en la noche, se cobija como puede o se orienta a duras penas con su cancioncilla. Esa canción es “como el esbozo de un centro estable y tranquilo, estabilizante y tranquilizante, en el seno del caos”[1]. La canción le permite saltar del caos a un principio de orden.

¿Quién de nosotros no ha experimentado algo similar en su vida afectiva? La necesidad de certeza, ante la sombra de la muerte que derrama el desamor, de que un día, aún lejano, el amor renacerá. ¿Y en la vida política? La necesidad de encontrar un punto de apoyo cuando todas nuestras certezas se desmoronan, en particular desde 1989: la certeza en la inevitabilidad de la revolución; la certeza de que podremos vencer a las elites y construir un mundo mejor, sin humillaciones, sin hambre, sin injusticias; la certeza de que la humanidad progresa hacia un mañana mejor y que el mundo no desaparecerá por la codicia de los menos... ¿Cuántas incertidumbres intentamos disolver repitiendo lo ya conocido, haciendo como que ignoramos que esos caminos no son sino atajos inconducentes?

No es fácil plantarse en medio del caos y la oscuridad, la incertidumbre y el miedo sin apelar a alguna cancioncilla salvadora. John Holloway en muchos de sus trabajos, pero, especialmente, en Cambiar el mundo sin tomar el poder nos coloca desnudos ante este conjunto de incertidumbres y no hace nada para aligerar nuestra angustia. En particular, no intenta tranquilizarnos, tranquilizarse, a través del camino sencillo de repetir una vez más aquello que tantas veces nos llevó al fracaso. Saca conclusiones de más de un siglo de derrotas –en el empeño de construir un mundo nuevo desde el Estado– y busca ir más allá, explorando a tientas nuevos territorios.

¿Qué busca Holloway al reconocer, cada pocas páginas, que no tiene respuestas ante preguntas serias, trascendentes? “Murmuro, farfullo hacia mis adentros y… no tengo respuesta…”, nos dice. Sostiene, en lo que parece ser una verdadera herejía, que el movimiento anticapitalista es “un movimiento hacia lo desconocido”. ¿Luchamos acaso para ir “hacia lo desconocido”?

Volvamos al niño. Su única certeza es que está perdido en la oscuridad, y que tiene miedo. El primer problema, entonces, es que nos negamos a reconocer que estamos perdidos y que no sabemos hacia dónde ir, ni cómo ni por dónde hacerlo. Presos de la cultura machista, reconocer nuestras debilidades es casi un pecado, una herida narcisista. Más aún si somos militantes comunistas. ¿Cómo reconocer-nos incapaces de darnos respuestas, siempre acertadas, siempre racionales, siempre correctas?

El segundo problema es que cuando cantamos siempre la misma canción, no somos capaces de reconocer que lo hacemos para darnos ánimo, para encontrar-nos, como hace el niño perdido, sino que nos afirmamos en la certeza de que ésa es la canción, la línea correcta. En este punto, el niño perdido en la oscuridad nos lleva la ventaja de la humildad, de que no ignora, ni rehúye, su situación ni su temor.

Holloway no repite la vieja historia conocida, pero en su “intento de ver en la oscuridad”, se percibe, subterránea, la sombra de Marx, el modo como abordó sus propias dudas. El comunismo no es un ideal, menos aún una ideología, a implantar a fuerza de decretos. Si el comunismo es posible, es porque está enraizado en nuestras vidas cotidianas, en esas gentes “bastante comunes, es decir, rebeldes…” de los zapatistas. “Hay en cada intercambio cotidiano un movimiento subterráneo de comunismo”, dice Holloway. El problema es, por tanto, nuestro: no somos capaces de distinguir en la vida cotidiana aquellos aspectos que revelan impulsos emancipatorios, por más pequeños o moleculares que sean.

La consideración de la organización como movimiento y no como institución es algo no separado de la vida cotidiana y, por tanto, no especializado, ni jerarquizado, in-clasificable, in-identificable. Todo lo contrario que el partido, o el Estado. Ahí también puede intuirse un cierto Marx, el que considera que capitalismo es también alienación, separación, cosificación; categorías que, a menudo, son dejadas de lado, quizá porque no son fáciles de encorsetar en la categoría de “línea política”. A muchos les puede parecer aventurado –como dice Holloway– que no exista otra posibilidad que “caminar en la oscuridad”, y hasta espontaneísta considerar que “cada paso es una prefiguración de la meta: autodeterminación social”. Parece poco, ciertamente, si lo que pretendemos es andar con paso seguro en sendas despejadas y, de ser posible, rectas, lineales, acumulativas. Pero el camino que nos propone transitar es otro: hurgar en las miles de brechas y grietas abiertas por la resistencia al capital, re-conocer las menores briznas de rebeldía, sentir, vivir las fisuras existentes en la cotidianeidad de la dominación para, partiendo de ellas, intensificarlas, expandirlas, multiplicarlas, sin dirigirlas ni fijarles metas desde afuera. ¿Para qué? ¿Con qué objetivo? Si rehuimos la instrumentalización de las fisuras, debemos responder, una vez más, que no sabemos, que expandimos las grietas como parte de nuestra potencialidad emancipatoria y, por lo tanto incierta, contradictoria, enigmática.

 

La experiencia de los aymaras bolivianos desde la guerra del agua de 2000, en Cochabamba, hasta las guerras del gas de 2003 y 2005, renueva y fortalece las esperanzas nacidas al calor de las insurrecciones populares de los últimos años en nuestro continente. Esperanzas que no se agotan en su capacidad de destituir presidentes neoliberales e instituir al primer presidente indio del continente, sino en mecanismos sociales que anidan en lo más profundo de su sociedad comunitaria. No sólo no tienen un “programa”, aunque tienen demandas como el gas, el agua y una asamblea constituyente, sino que tampoco cuentan con una organización que unifique sus luchas. No cuentan, digamos, con un comando central. Pese a ello, y quizá gracias a ello, han realizado acciones realmente importantes: derribaron dos gobiernos en veinte meses, crearon regiones fuera del control del Estado boliviano y deslegitimaron el modelo neoliberal. Todo eso sin partidos de vanguardia, sin dirigentes externos (a sus propios dirigentes los denominan “rellenos”, o sea que son lo menos importante del movimiento), sin representantes, y con un conjunto de organizaciones dispersas que son articuladas por las bases cuando se movilizan.

 

En los territorios aymaras existen hasta diez “cuarteles”, siendo el de Qalachaka el primero y quizá el más importante, nacido durante los movimientos de los últimos cinco años. Muy cerca del poblado de Achacachi, a escasa distancia de la escuela-ayllu de Warisata y del lago Titicaca, está el cuartel aymara. Quien lo visite encontrará un cerro de mediana altura con una cumbre pedregosa… y nada más. ¿Un cuartel? ¿Un cerro abandonado?

Ellos insisten en que ahí está el cuartel y no es el caso ponerlo en duda. La lógica aymara, por cierto, es otra. Los cuarteles, o sea las comunidades en estado de militarización, aparecen y desaparecen, son discontinuos según la lógica formal. Las continuidades están en otros lugares: son las comunidades, rurales y urbanas, que se expresan de formas diferentes según los momentos. Son ayni (ayuda mutua) en el trabajo; son rotación en las tareas de autoridades; son asamblea en las decisiones colectivas; son muchas otras cosas… y son cuarteles durante los levantamientos. No hay separación ni organizaciones diferentes o separadas de la vida cotidiana: la misma “organización” que sustenta el trabajo o la fiesta, sostiene la movilización y el levantamiento armado.

Pensar que los pueblos están desorganizados y la tarea de los revolucionarios es organizarlos, supone un insulto y un desprecio grosero a la vida de las personas. Pensar que ahí abajo hay caos y oscuridad y que los revolucionarios les llevaremos orden y luz, es tanto como pretender modelarlos según la lógica estatista, anulando sus impulsos emancipatorios.

Mucha humildad y una buena dosis de ternura son necesarias para reconocer que no sabemos y que, allí entre las personas comunes, brotan tanto los impulsos liberadores como, en germen, las bases de un mundo otro.

La diferencia entre saber y no saber es la pulsión por ir más allá. El trabajo intelectual de Holloway es parte del impulso hacia la autodeterminación, del que se nutre y contribuye a profundizar. Forma parte del rompecabezas emancipatorio que sólo la actividad social colectiva puede ayudar a componer; que mientras va colocando piezas las va dispersando, porque la emancipación no tiene fin ni instrumento, es apenas un camino sin sendero, deseo sin objeto, verbo sin sustantivo, y movimiento, fluir…


Montevideo, 17 de marzo de 2006


1. Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil mesetas, Valencia (España), Pre-Textos, 1994, pág. 318.

Raúl Zibechi: Premio Prensa Latina 2003, miembro del consejo de redacción del semanario Brecha del Uruguay. Participa como docente e investigador sobre movimientos sociales en la Multiversidad Franciscana de América Latina. Es activo colaborador con organizaciones sociales, barriales y medios de comunicación alternativos y autor de numerosos libros y ensayos.