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Entrada "Marxismo-feminismo" del Diccionario Histórico-Crítico del Marxismo Feminista (DHCMF)

Adelantamos un fragmento de la entrada "Marxismo-feminismo" del Diccionario Histórico-Crítico del Marxismo Feminista (DHCMF), que será editado por primera vez en nuestro país gracias a una colaboración entre el Berliner Institut für kritische Theorie (InkriT) y Editorial Herramienta. El presente texto es de la histórica socióloga y filósofa marxista feminista alemana Frigga Haug, con traducción de Lucio Piccoli.

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Marxismo-Feminismo (selección)

El m.-f. está marcado por el esfuerzo de conquistar y alcanzar para la ‘revolución feminista’ un ingreso en el marxismo. La resistencia en contra de ello le impone, en primer término, una forma antagónica, polémica. Meta de la revolución feminista es la liberación de las mujeres respecto del dominio masculino y la reconstrucción de la sociedad en una sociedad solidaria que dicha liberación hace posible. En perspectiva, se trata de fusionar la despatriarcalización de las relaciones de género con la reconstrucción socialista de las relaciones de producción, es decir, por así decirlo, de un ‘revolucionamiento’ de la revolución, que se dispone a transformar todas las dimensiones y aspectos de lo social.

Si se lo pone en práctica de manera teóricamente consecuente, el m.-f. exige pensar las relaciones de género como relaciones de producción. En Marx y Engels, esta posición encuentra su fundamento en la tesis de que el dominio del sexo masculino sobre el femenino representa la primera relación de clases de la historia, con el núcleo de la “disposición sobre fuerza de trabajo ajena” (MEW 3/32; IA, 34), y de que la esclavitud puede ser comprendida como ampliación de esta forma (AE, 94).

Entre los problemas del feminismo marxista figura, no en último término, el trato teórico y práctico con el ‘atravesamiento’ de las relaciones de género por las relaciones de clase y de ‘raza’; además, la tarea de concebir, en su resistencia, la violencia sexual hacia las mujeres, sin sucumbir a la seducción de la naturalización esencialista de una esencia masculina vs. una esencia femenina.

El marxismo feminista ha adoptado la aspiración ‘unilateralmente’ feminista y comenzado a reconstruir la teoría y la práctica en su totalidad. Histórica y conceptualmente, esta reconstrucción coincide con la inscripción estratégica de la ecología.

En la medida en que el marxismo feminista y el feminismo marxista se aproximan a sus metas, elevando, a través de ello, al marxismo, comienzan a extinguirse las particularidades antagónicas. En perspectiva y en el orden utópico-concreto, pueden, por lo tanto, ser considerados formaciones históricamente transitorias. Aunque, en tanto formaciones singulares están históricamente destinados a desaparecer, a medida que van teniendo éxito, el trabajo que han iniciado persistirá aún durante generaciones.

 

1. Origen. La expresión m.-f. surgió internacionalmente, a principios de la década de 1970, como concepto de lucha. Lo que había de designar se configuró como proceso de aprendizaje en un campo de conflictos múltiplemente condicionado, impulsado por una minoría entre feministas, y, marginalmente, entre marxistas. El contexto del surgimiento fue un movimiento estudiantil que había comenzado a leer a Marx, y un movimiento de mujeres que quería integrar el punto de vista y la perspectiva de liberación de las mujeres en el marxismo tradicional, transformándolo. La superposición parcial de ambos movimientos creó la atmósfera en la que pudieron llevarse a cabo semejantes luchas por la transformación. Las feministas entraron entonces en conflicto no sólo entre sí, sino, sobre todo, con aquellos administradores del marxismo que habían edificado una mentalidad de bastión, con sus correspondientes segregaciones y dogmatizaciones. En parte, había también entre ellos grupos de cuño estudiantil (‘K-Gruppen’ [organizaciones de cuadro]), que aspiraban a resguardar el marxismo ‘verdadero’ de infiltraciones feministas.

La vinculación entre marxismo y feminismo encontró apoyo, entre otros, en Herbert Marcuse, quien, en 1974, dio conferencias sobre el tema en los EE. UU. y también en la RFA. Sobre la “discusión que se desarrolló intensamente en los últimos tiempos, acerca de la relación de marxismo y feminismo, también en la teoría de la emancipación femenina de la RFA”, juzga Sieglinde Tömmel: “En la estimación de la prioridad de ‘clase’ o ‘género’ en la lucha por la emancipación femenina, se dividen los espíritus del propio movimiento de mujeres” (1975, 835). En primer término, prevalece el rechazo frente a la colocación del género en el lugar superior, por parte de las marxistas pertenecientes al movimiento. En el programa de cursos del Instituto Otto Suhr de la Universidad Libre de Berlín, para el semestre de verano de 1975, aparece un seminario de Ingrid Schmidt-Harzbach sobre el tema “Marxismo-Feminismo”, en el que participaron “varios cientos de estudiantes” (Lenz 2010, 212).

M.-f. es, en primer lugar, un concepto de movimiento. Se dirige polémicamente contra un marxismo que no incluye el feminismo y, a la inversa, contra un feminismo que no piensa el marxismo como parámetro. “Sobre bases marxistas, debe ser desarrollada la cuestión femenina y, para tal fin, el marxismo tradicional debe ser reconstruido, ampliado, aprovechado críticamente” (HAUG y HAUSER 1984, 17). La primera aparición del concepto puede determinarse sólo de modo aproximado. Así, una encuesta internacional de 2014 entre 30 feministas marxistas, activas ya en la década de 1970, proporcionó como respuesta a esta pregunta sólo algunas referencias vacilantes, de unas activistas a otras, y no un resultado unívoco para un libro de historia (HAUG 2014).

Internacionalmente, el concepto fue utilizado en función adjetiva como una suerte de nombre de una corriente, estableciendo una diferencia respecto de “materialist feminists” o “socialist feminists”. Las diferencias de orientación pronto se dirimieron en listas de internet. Martha E. GIMÉNEZ caracteriza las diferencias retrospectivamente: “En los exaltados tiempos del movimiento de liberación de las mujeres, podían distinguirse cuatro corrientes principales de pensamiento feminista: liberales (abocadas a alcanzar igualdad económica y política dentro del capitalismo); radicales (concentradas en los hombres y el patriarcado como causas principales de la opresión de las mujeres); socialistas (con crítica al capitalismo y marxismo, de modo que evitar el reduccionismo vinculado con el marxismo, condujo a teorías de dos sistemas, que adoptaron distintas formas de interacción entre capitalismo y patriarcado) y feministas marxistas (una posición teórica asumida por relativamente pocas feministas en los EE. UU. –incluyéndome a mí–, que intentaban desarrollar el potencial de la teoría marxista, para comprender las fuentes capitalistas de la opresión de las mujeres)” (2000, 18). La compilación y revisión de los escritos de estas corrientes internacionales ganaron nuevamente actualidad desde la crisis económica mundial de 2008ss., en revistas, congresos y programas de formación de las izquierdas; así, por ejemplo, en el congreso anual de la revista Historical Materialism.

 

2.5 Crítica feminista al feminismo en conexión con Marx. Ya a principios de la década de 1970, Donna Haraway disputa contra toda esencialización en el feminismo y concibe el género como construcción. Su duda se dirige también contra el culto a las madres en tanto retroceso a una biología que identifica, asimismo, como construcción interesada. En su Manifiesto Cyborg (1984/1995), controvertido entre las feministas, propone “una infiltración socialista-feminista de la ingeniería genética” y vincula la lucha anticapitalista con una crítica al distanciamiento feminista respecto de la tecnología. Haraway no disputa tanto por un marxismo feminista como por un feminismo más marxista. Su petición es continuada con gran influencia por Judith Butler [1990], con lo cual el desplazamiento del énfasis, el hecho de no asignar ninguna importancia esencial al género en una ciencia de la liberación, ha conducido, en numerosas simplificaciones, a fortalecer un post-feminismo que no quiere saber ya nada de marxismo. Las dudas acerca de si el género es realmente un punto de referencia esencial para el conocimiento fueron fortalecidas por la aparición de los Cultural Studies (especialmente, en los EE. UU.). Luce Irigaray (1974) ha objetado a esto que la cultura occidental en su totalidad y su orden simbólico se tornan incomprensibles sin pensar en el binarismo de género o la diferencia sexual. Recurriendo al análisis de Marx sobre el carácter doble de la mercancía, Irigaray descifra por qué las mujeres son pasadas por alto en silencio, por qué ellas, no tienen ningún estatus de sujeto, en el deseo. De acuerdo con su naturaleza social, la mujer aparece como valor de uso y valor de cambio, al mismo tiempo: por un lado, como madre y, por lo tanto, como reproductora ‘natural’, y, por el otro, como virgen, es decir, como “puro valor de cambio”, como nada más que “posibilidad” (1977/1979, 192). “La participación en lo social exige que el cuerpo se someta a una especularización, a una especulación que lo reestructura, convirtiéndolo en el portador de valor […]. La mercancía –la mujer– está dividida en dos cuerpos irreconciliables: su cuerpo ‘natural’ y su cuerpo socialmente valioso, intercambiable” (186s.). “Esta reestructuración del cuerpo de la mujer en valor de uso y valor de cambio inaugura el orden simbólico. […] Las mujeres, animales con don de lenguas como los hombres, tienen la posibilidad de asegurar el uso y la circulación de lo simbólico, sin participar, no obstante, de ello. El no-acceso, para ellas, a lo simbólico, instaura el orden social” (196). La crítica del capitalismo tendría, por consiguiente, que comenzar mucho antes, en la práctica del intercambio, su conceptualización y su papel en el pensamiento y la comprensión de la sociedad. Tove Soiland critica los intentos, surgidos en el siglo XXI, de partir de una “sobreestimación de múltiples posiciones de sujeto”, para superar la “heteronormatividad” del pensamiento hombre-mujer, en cuanto “demasiado afirmativo” (2014, 116). “Sólo bajo la condición de que los géneros son identidades coherentes” tiene sentido la representación de “la deconstrucción, que está en la base de la idea de superación de los límites entre géneros”. “Pero, ¿cómo podría deconstruirse lo que en el teorema de la diferencia sexual aparece como la imposibilidad de articular la posición femenina?” (ibíd.).

Rossana Rossanda propone aprovechar para la emancipación “la experiencia vital femenina” en la “índole insoportable de su alienación” (1981/1994, 79s.). “En esta transición –que no será fácil, y de la cual será, quizás, característica la alta medida de dolor y de conflictos en las relaciones actuales entre los géneros– […] la experiencia de las mujeres, en la medida en que se vuelve total, se convertirá también en cultura, en sentido amplio” (80). La cuestión del binarismo de género es retomada en la discusión de las relaciones de género.

2.7 Relaciones de género como relaciones de producción. A la sombra de la autodisolución de los socialismos de Estado europeos, se tornó intempestivo reflexionar sobre Marx, dado que, históricamente, parecía haber perdido. Internacionalmente, postmodernismo y postfeminismo se habían despedido de los ‘grandes relatos’, a los que también parecían pertenecer las teorías del m.-f. El hecho de que del experimento del socialismo de Estado hubieran surgido, por cierto, mujeres autoconscientes, pero que no sabían qué hacer con el m.-f., ni podían oponer resistencia eficaz a la absorción por parte del capitalismo, obligó a poner otra vez en el orden del día la conexión entre capitalismo y patriarcado.

En varias iniciativas, intervino Haug con la demanda de comprender las relaciones de género como relaciones de producción. De esta manera, no se trata ya de agregar la cuestión femenina, sino de reestructurar el concepto de relaciones de producción, de modo tal que la producción de la vida esté incluida en igual medida que la de los medios de subsistencia. En la línea iniciada por Marx y Engels en la IA, así puede también comprenderse desde sus fundamentos la interrelación de capitalismo y patriarcado, e investigar “la sujeción de los géneros a las relaciones sociales en su totalidad” (Haug 2008/2011, 310). En referencia a los caracteres sociales de los géneros, en el sentido de los hombres y mujeres históricamente existentes, debe preguntarse cómo la complementariedad, en un comienzo natural en la reproducción ha sido, cultural e ideológicamente, transformada y naturalizada en el proceso histórico. De esta manera, las relaciones de género se vuelven comprensibles en cuanto “condiciones de regulación fundamentales en todas las formaciones sociales”: “atraviesan (o son, a su vez, centrales para) cuestiones de división del trabajo, dominación, explotación, ideología, política, derecho, religión, moral, sexualidad, cuerpo y sensibilidad, lenguaje, e incluso, en el fondo, ningún ámbito puede ser analizada de manera razonable, sin investigar conjuntamente el modo en que las relaciones de género forman y son formadas.” (ibíd.; cf. “relaciones de género”).

En la RFA, después de la fundación del partido “Die Linke” [La izquierda] (2007), Haug retomó el hilo e hizo que confluyeran en la praxis los ámbitos separados por líneas de frontera, en el proyecto de la Perspectiva cuatro en uno (2008). Aquí, se trata de emancipar de su jerarquización capitalista los ámbitos de la producción de medios de subsistencia generados por el trabajo remunerado y de la reproducción social, regulada en forma mixta, de carácter privado-público, y de complementar los ámbitos desatendidos del autodesarrollo y de la acción política, como justificados, en igual medida y con iguales derechos, para todo individuo. A la interconexión de las cuatro áreas se le atribuye la significación política de sustraerse a soluciones individuales reaccionarias, y de trabajar para desatar el nudo de la dominación patriarcal-capitalista. De este modo, la lucha por el ingreso de  las mujeres en la historia y, con ello, por su estatus de sujeto, se convierte en una clave para la lucha por la democracia socialista en general, en suma, por la conquista de la competencia y la participación de todos.

En la década de 2010, se multiplican los votos a favor de un retorno marxista-feminista a la propia historia y en pro de un resurgimiento. Como ámbitos esenciales ve Meg Luxton (2013) una “política del lenguaje” ampliada, que supere la “preponderancia del inglés” (512) y que se oriente, al mismo tiempo, hacia un objetivo socialista distante, que, desde el vamos, no se subordine a una primacía imperialista estadounidense. La lucha de clases ideológica es afirmada como igualmente relevante que la comprensión de que una resistencia esencial contra la transformación radica en las estructuras de personalidad (514). La interrelación entre transformación de sí y transformación de las circunstancias sigue, por lo tanto, siendo actual. Como un heredero del feminismo en el marxismo, un m.-f. en proceso de refortalecimiento apunta a un buen vivir, a un mundo solidario, en el que “la necesidad del hombre” se haya convertido en “la necesidad humana”, y así el individuo se haya convertido “en su ser más individual, es, al mismo tiempo, ser genérico” (MEF, 141), como lo plantea Marx en cuanto perspectiva, lo que también debe ser puesto en conexión, con autoconciencia feminista, con la relación entre los géneros en su totalidad.