A 50 años de la muerte de Lukács

Lukács contra Stalin (II)

I. La crítica al stalinismo

En una carta a Cesare Cases del 8 de junio de 1957, un par de meses después de su liberación de la deportación, Lukács escribe como una declaración para el futuro comportamiento: “No crea que […] recurro a una estetización, a una capitulación ante la mala realidad, tal como ocurrió a menudo con la ‘reconciliación’ del viejo Hegel. Se trata, antes bien, de secundar la perspectiva. [...] es posible encontrar, incluso bajo las circunstancias más desfavorables, un ámbito de juego para la actividad. Quizás conoce, a partir de conversaciones anteriores, que mi máxima favorita es una pequeña variación sobre la famosa frase pronunciada por Zola en tiempos del caso Dreyfus: ‘La verité est lentement en marche, et à la fin des fins, rien ne l’arretrera’” (“La verdad está lentamente en marcha y, al final de los tiempos, nada la detendrá”; Lukács, 2003: 111s.). Inicia así un período en que se dedica a “mantener la línea. En publicaciones en el exterior (en casa imposible): proseguir y concretizar la crítica de Stalin” (Lukács, 1983: 224). Los puntos firmes de la lucha ideológica antistalinista de Lukács son el rechazo de una “conciliación con la realidad” y la defensa de la “perspectiva”, es decir, de un leninismo auténtico contra la deformación stalinista del pensamiento de Lenin. Si en Hungría su voz desaparece por una década, en el exterior Lukács es considerado un crítico cada vez más radical del stalinismo. Una vez más Lukács es forzado a la oposición y al aislamiento en la Hungría socialista.

Esta crítica al stalinismo no surgió inmediatamente en el pensamiento de Lukács; más aún, ante la muerte de Lenin, “como compañero de lucha viví la acción de Stalin por salvar la verdadera herencia de Lenin contra Trotski, Zinóviev, etc., y vi que con ella fueron salvadas y adaptadas a desarrollos ulteriores precisamente esas conquistas que Lenin nos transmitió. A esto se agrega que la discusión filosófica desde el ‘29 al ’30 me dio la esperanza de que el esclarecimiento de las relaciones Hegel–Marx, Feuerbach–Marx, Marx–Lenin y la liberación de una así llamada ortodoxia plejanovista habrían abierto nuevos horizontes a la investigación filosófica”.[1] Pero luego lentamente la verdad avanzó y emergieron claramente las distorsiones del stalinismo, debidas en gran parte no solo a las teorías de Stalin, sino también a su personalidad. Ahora, en 1957, a la edad de 72 años, toda prudencia puede ser abandonada y, aprovechando el momento político favorable, Lukács comienza a criticar a Stalin abiertamente.[2] En aquel momento el nuevo régimen comunista de Kádár, sin estar todavía sólidamente instaurado en Hungría, no tiene la fuerza de ocuparse de las críticas a Stalin que Lukács formula continuamente en el exterior.

Lukács da curso así a un análisis constante de un enfrentamiento entre Lenin y Stalin para develar más claramente las desviaciones de Stalin respecto de Lenin, desviaciones que sobre algunos puntos teóricos son verdaderas traiciones al auténtico pensamiento leninista. Su intención es la de negar la legitimidad fundante del stalinismo, que consistía en considerar a Stalin como el heredero más auténtico de Lenin. Lukács sostenía con razón que el vínculo entre Lenin y Stalin es “una cuestión decisiva cuando se quiere, por un lado, juzgar correctamente en qué aspecto Lenin desarrolló el marxismo y [por el otro] en qué aspecto Stalin deformó el marxismo–leninismo. Para esclarecerlo, habría que estudiar naturalmente con precisión las obras de Lenin, sobre todo entre 1917 y su muerte, y hacer emerger su contraste con Stalin” (carta del 29 de diciembre de 1963 a W. Hoffmann, ahora en Lukács/Hoffmann, 1993: 45). Pero la distinción entre los dos líderes bolcheviques es útil también para la clarificación de los roles opuestos que ambos han cumplido con relación al desarrollo de la revolución bolchevique y también para la defensa de la acción de Lenin frente a las críticas de la historiografía burguesa: “aquí, sin embargo, tiene un peso que para nada es insignificante el interés de la ideología burguesa por que recaiga en Lenin la deformación estalinista de la democracia. Tanto las corrientes burocráticas conservadoras de los inicios de Stalin como aquellas de la ‘guerra fría’ ideológica, tienen en común la tendencia a atribuirle a Lenin lo que más puedan de la teoría y la práctica de Stalin). Solo la crítica marxista de la actividad de Stalin puede aclarar la discontinuidad teórico–práctica que existe realmente entre ellos. Tal crítica mostraría también en el plano histórico que Stalin, precisamente en las cuestiones estratégicas importantes, no representó de ninguna manera más que sus opositores una línea leninista” (Lukács, 1985: 96s.). Sobre una decisión de Stalin de orden estratégico vale la pena detenerse. Lukács fue siempre favorable a la decisión de Stalin en favor la edificación del socialismo en un solo país, contra la opción de Trotski por la revolución mundial. Pero Lukács recuerda que “el socialismo en un solo país viene de Lenin. Stalin solo luego de la muerte de Lenin defendió con éxito esta idea contra la así llamada ortodoxia marxista de Trotski” (ibíd.). Luego, la concepción staliniana del socialismo se conformó siempre en torno de la unidad de oposiciones inconciliables: los contrastes de clase crecían en URSS, a pesar de que se estuviera edificando el comunismo, fase superior del socialismo. Luego, el mismo comunismo se alejó decisivamente de las pocas pero claras formulaciones que Marx había dado, hasta el punto de que Lukács concluye: “de la asimilación de estas afirmaciones que se excluyen recíprocamente nació la visión de pesadilla de una sociedad comunista en la que el principio liberador ‘A cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades’ se realiza en un Estado de policía regulado en forma autocrática” (Lukács, 1977: 16). Las contradicciones de la sociedad burguesa, en lugar de ser superadas, eran reproducidas en un nivel superior.

Otro aspecto característico del stalinismo se vinculó con la construcción del socialismo en un solo país: la cristalización de la emergencia revolucionaria, como si la revolución estuviera siempre en curso y no fuera posible construir una normal situación de convivencia civil. El enemigo estaba siempre entre los ciudadanos soviéticos, como para crear un clima de recíproca desconfianza horizontal, pero de total confianza vertical respecto del Partido, del Estado y de su demiurgo: Stalin. De tal manera ser incrementó el sectarismo, en lugar de promoverse la liberalización del debate social y de la vida cotidiana. El sectarismo garantizó el control social, pero impidió también el progreso social en todos los sentidos de lo económico a lo cultural, porque sofocó a la sociedad civil en un clima de sospecha recíproca, de constante necesidad de obediencia al jefe, de disciplina forzada, aspectos típicos de las sectas religiosas. Por lo demás, fue estimulada una antropología regresiva: “Conozco –recuerda Lukács– una serie de compañeros que eran revolucionarios de valor y generosos al comienzo de los años veinte, que más tarde confrontaron precisamente con aquello por lo que habían combatido. Conozco también personas que se volvieron burócratas dogmáticos” (Lukács, 1968: 30). El tipo humano que mejor se adaptó al stalinismo fue un perfil carente de talento y de mediocres capacidades, dispuesto al compromiso, pero que, si lograba convertirse en un ‘pequeño Stalin’, entonces era capaz de actuar y alcanzar la más alta perfección posible, y así era absolutamente incriticable. Se trata de una forma nueva de hombre, una antropología enajenada y deformada del ser social,[3] no por cierto la auspiciada por Marx. En la Ontología del ser social, Lukács reafirma que el stalinismo es una forma particular de enajenación y de cosificación del marxismo (Lukács, 1976: II, 586 y 663).

Pero el clima que se vivía en la URSS stalinista era el de una guerra civil infinita; Stalin normalizó la situación de guerra civil,[4] creó la figura de un enemigo que estaba por todas partes y era todo aquel que no respetara su dogma ni obedeciera a sus órdenes: burgueses, fraccionistas, trotzkistas. El estado de emergencia se volvió la condición de la vida cotidiana. Naturalmente con gradaciones varias según la situación interna e internacional, en el máximo grado durante la guerra (1941–45), en el mínimo luego de la victoria (1945–53). Toda forma de autonomía respecto del partido y de su líder, toda forma de democracia fue abolida. El clima de guerra facilitó la movilización de la sociedad civil rusa luego de la agresión nazi, porque los soviéticos se sentían ya en guerra. Más difícil fue enfrentar la complejidad social que la guerra había generado en la URSS: “No era ya posible dirigir, con los métodos de los años Treinta, a la masa de los intelectuales y de los obreros soviéticos, considerable en número y bien preparada, hacia la producción pacífica, extensa y altamente cualificada. Era necesario liquidar inmediatamente al menos este aspecto de los métodos de Stalin” (Lukács, 1977: 211). Pero estos métodos fueron superados solo parcialmente por stalinistas convencidos, que habían tomado el poder luego de la muerte de Stalin, y por el temor de que otros stalinistas pudieran sustituirlos en el poder, eliminándolos físicamente. Una superación efectiva del stalinismo no se realizó plenamente.

Otra decisión de Stalin encuentra el consenso de Lukács: el pacto Molotov–Ribbentrop. Según Lukács la decisión de Stalin fue solo táctica, pero permitió anticipar la agresión a la URSS, dando a los soviéticos dos años de tiempo para el rearme, y una vez sufrida la agresión fue natural el pacto con las democracias occidentales, ya en guerra con Hitler. En el momento de la suscripción del pacto las potencias europeas, Francia e Inglaterra, que se esperaban una ofensiva inmediata de la Alemania nazi a la Rusia stalinista, perdieron sus expectativas y le declararon la guerra a Alemania. Hitler se preparaba precisamente para esa ofensiva, porque él había firmado el pacto con Stalin para no respetarlo, mientras que Stalin veía en Hitler un momentáneo aliado, de quien fiarse. Pero la obstinada confianza de Stalin en el respeto del pacto por parte de Hitler creó muchas dificultades en el mundo comunista; por ejemplo, a comienzos de la Segunda Guerra Mundial, indujo a los partidos comunistas inglés y francés a combatir a su propio Estado democrático y no a la Alemania nazi, que era su aliada. Dejó libre al Partido Comunista Italiano de luchar contra el fascismo italiano, porque el pacto Molotov–Ribbentrop era con Alemania y no con la Italia fascista.

Una de las desviaciones es la del papel de los sindicatos en la Unión Soviética. Luego de la muerte de Lenin y la toma del poder por parte de Stalin acontece la liquidación de la línea política de Trotski; y bien en la política sindical es realizada la propuesta de Trotski, precisamente para aumentar el poder de control social del partido y del gobierno. Lukács comenta sobre este punto: “aquí quisiera observar que en una exposición correcta del problema incluso la leyenda occidental de una oposición metodológica entre Trotski y Stalin debería ser destruida” (carta del 11 de abril de 1964 a W. Hoffmann, Lukács/Hoffmann: 53.);[5]es cierto que Stalin, en los años siguientes, ha continuado de facto (aun si no en la argumentación) la línea de Trotski y no la de Lenin(Lukács, 1977: 118s.; las bastard. están en el original).[6] La consecuencia más importante de la política stalinista respecto de los sindicatos es la pérdida de autonomía de la clase obrera, que permanece rehén de la política del Estado, como en el caso de la transformación de los Soviets, una forma de democracia popular de base, en el Parlamento, que podía fácilmente ser manipulado desde arriba.

Sobre el partido la posición de Stalin era opuesta a la de Lenin y para Lukács el partidismo era un punto crucial de la política bolchevique. La explicamos con las palabras del mismo Lukács. Según la posición stalinista es “como si el partidismo significara solo que el arte debe ilustrar, de un modo o de otro, tal o cual resolución del partido. En mi opinión, el partidismo es una toma de posición espontánea del hombre y, en consecuencia, también del arte y de la cultura. […] El partidismo es una manifestación espontánea de la vida humana, de la vida y no solo del arte, en cuanto yo mismo oriento mi vida cotidiana a través de la aceptación de algunas cosas y el rechazo de otras” (Lukács, 1974: 102).[7] Para Stalin el partidismo era la afirmación en el mundo espiritual de la centralidad del partido, mientras que Lenin, y Lukács con él, entendía por partidismo el tomar partido, el participar espontáneamente en el mundo humano, por ende espiritual, según su propia personalidad, el tomar parte.[8] De esta concepción del “tomar parte” deriva el compromiso del artista “con las tareas histórico–mundiales del partido pero que, en todas las cuestiones concretas, debe conservar una libertad práctica, hasta el ‘derecho a la desesperación’” (Lukács, 2003: 128s.). Para Stalin el artista, ingeniero de las almas, siempre debía infundir en los lectores valores positivos, no tenía “derecho a la desesperación”, no gozaba de ninguna libertad artística, mucho menos práctica. Así, también los intelectuales o los filósofos debían limitarse a la búsqueda de las citas o de las deducciones correctas de las obras de Stalin para dar a sus producciones científicas una validez científica. Por lo demás, Lukács reconoce que él mismo era forzado a una praxis por el estilo: “yo fui obligado a conducir una especie de guerrilla partisana por mis ideas científicas, es decir, a hacer posible la publicación de mis trabajos por medio de citas de Stalin etc. y de expresar en ellos con la cautela necesaria mi opinión disidente tan abiertamente como lo permitía algún respiro de cuando en cuando debido al momento histórico” (Lukács, 1977: 18).[9]

Así, mientras que Lenin consideraba las obras de arte desde el punto de vista de la objetividad, expresando el debido respeto a la cultura burguesa, Stalin reivindicaba al general zarista Suvorov, solo porque le había opuesto resistencia a Napoleón, permitiéndole a un régimen brutal, como el zarismo, seguir dominando a las masas rusas. Naturalmente la opción de Stalin a favor de Suvorov era orgánica a su concepción de la política de dominio sobre las masas soviéticas. Para la conservación de tal tipo de dominio, Stalin llegó a modificar o censurar los mismos escritos de Lenin, como nos recuerda Lukács a propósito del partidismo en literatura: “eran interpretados de manera falsa e incluso falsificados los lineamientos de Lenin, incluso sus textos. Un ejemplo particularmente explícito es el ensayo de Lenin de 1905 sobre la literatura de partido, a partir del cual se trazó una directiva para la guía ideológica de la literatura, por más que la mujer y colaboradora de Lenin, N. Krupskaja, ya en los años Treinta declaró que ese escrito no se refería en absoluto a la literatura” (carta del 11 de abril de 1964, en Lukács/Hoffmann, 1993: 54). El partidismo staliniano oculta el arbitrio moral, pero el gran prestigio que Lenin tenía en la URSS no le permitió a Stalin instaurar su dominio sino a través de un lento proceso de alejamiento de las masas respecto de la política, de liquidación de la participación popular en la política.

La comparación entre las elecciones artísticas de Lenin y de Stalin nos pone frente al problema de la objetividad: “Lenin aquí subraya con gran vigor el lado objetivo del partidismo, más aún exige que el estudioso de partido supere a su adversario precisamente desde el aspecto de la objetividad. Solo con Stalin tenemos que ‘objetivismo’ es un insulto. En los clásicos, así, la ubicación social, la pertenencia de clase del escritor no es negada, sino conscientemente conducida a armonizarse con la investigación objetiva sobre la realidad” (carta del 22 de agosto de 1964, en Lukács/Hoffmann, 1993: 60). El stalinismo, en cambio, negaba la autenticidad del individuo particular. Pero Stalin no era marxista, porque “Lenin, hablando del partidismo […], ha dicho que el marxismo se halla caracterizado, por un lado, por la capacidad de representar la sociedad más objetivamente que la ciencia burguesa, y, por el otro, por el hecho de que mediante esta objetividad este llega al mismo tiempo a una toma de posición” (Lukács, 1974: 61).[10] El objetivismo era condenado por el stalinismo, que privilegiaba el subjetivismo, otra actitud psicológica típicamente burguesa, de dominio, que consistía en una resuelta toma de posición en torno a las cuestiones políticas. La consecuencia más relevante del subjetivismo fue que esa “pirámide de pequeños Stalin” (Lukács, 1977: 115)[11] que era el sistema stalinista se hallaba compuesta de tantos sujetos que tomaban decisiones tan rápidamente, sin tener en cuenta las condiciones concretas, que, por ende, a menudo se mostraban como decisiones irreales o grotescas.

¿Entonces por qué Stalin se encuentra tan alejado de Lenin, de quien profesaba ser el heredero? También aquí Lukács nos ofrece una respuesta satírica en su carácter drástico: “toda clase revolucionaria hereda los defectos y las virtudes de la vieja sociedad, y todo depende de la energía con la cual es capaz de liquidar los defectos. […] He aquí la enorme diferencia entre Lenin y Stalin” (Lukács, 1974: 64). Stalin siguió manteniendo los defectos de la sociedad burguesa, Lenin los superó. En general Stalin, partiendo de su creencia de ser el heredero legítimo y único de Lenin, imponía desde arriba sus decisiones inmediatamente, es decir, privándolas de todas las mediaciones dialécticas, que en cambio eran los detalles concretos que Lenin cuidaba al máximo. Lentamente la dialéctica fue dejada de lado y, junto con ella, las mismas obras de Marx fueron lentamente olvidadas. Lukács recuerda que la edición de las obras completas de Marx y Engels, dirigida por Rjazanov, fue abandonada; al mismo pensamiento de Lenin se fue lentamente superponiendo el pensamiento de Stalin (Lukács, 1968: 53). Como prueba de la inconciliabilidad del sistema de ideas stalinista respecto del método marxista (cf. Lukács, 1976: II, 554), Lukács recuerda que la teoría del valor era usada solo a propósito del valor de cambio (cf. ibíd.: I, 306). Stalin había sostenido que el valor habría desaparecido en la sociedad comunista, sosteniendo que tal tesis se hallaba en continuidad con la teoría del valor en Marx. En realidad, Marx había sostenido que el valor estaba presente, bajo diversas formas, en toda época histórica y tal presencia habría continuado también en el comunismo, donde el trabajador habría sido remunerado por todo el tiempo de trabajo empleado, salvo esa cuota de plustrabajo que habría sido usada para los servicios sociales. De modo que el plustrabajo no habría desaparecido ni siquiera en la sociedad comunista. Lukács observa a propósito de la diferencia entre las teorías económicas de Stalin y de Marx: “Stalin no hace otra cosa que poner patas para arriba esta concepción falsa de Lassalle: esta vez para declarar que la categoría del plustrabajo es inexistente en el socialismo […]. Ambos falsifican los hechos económicos fundamentales de la autorreproducción social. Lo hacen a primera vista de un modo antitético, pero esta contradicción se apoya en los dos casos en el mismo y sistemático desconocimiento de las mediaciones socio–económicas reales, en el intento de ver las diferencias entre capitalismo y socialismo en el proceso eco­nómico inmediato, donde no se encuentran” (cf. Lukács, 1985: 124s.). La asimilación a Lassalle pone de manifiesto la vulgaridad teórica de Stalin, quien aprovechaba la situación de total dominio sobre la sociedad civil soviética para forzar también el sentido de los escritos marxianos.[12]

Lukács describe con precisión el método lógico–teórico adoptado por Stalin: “La jerarquía principio–estrategia–táctica resulta evidente de modo natural en el pasaje desde el grado más elevado al grado más próximo a la vida, que sin embargo no puede jamás recorrer la vía deductiva, sino que al contrario ha sido siempre pensado como análisis concreto de toda concreta tendencia que opera realmente. Ahora Stalin dio vuelta esta jerarquía. Para él la piedra de comparación era siempre la medida táctica necesaria en el momento. Sobre esto luego se construía ‘lógicamente’ en todo caso una seudoestrategia y un sistema de principios correspondientes, que luego naturalmente mutaban según cada cambio de táctica. Esta absorción en la táctica de principios, perspectivas y estrategia sirve ante todo para volver absoluta toda definición o decisión nacida de este modo. La importantísima cuestión teórica y práctica del marxismo acerca de cómo debe ser juzgada sobre la base de los principios y de la estrategia una acción táctica eventualmente inevitable, de este modo es completamente dejado de lado y con esta también cualquier auténtica autocrítica del movimiento revolucionario, que Marx consideraba su differentia specifica respecto del movimiento burgués” (Lukács, 1968: 52s.).

El método deductivo de Stalin se parecía al descripto por Kant en La crítica de la facultad de juzgar: “Si lo universal (la regla, el principio, la ley) es dado, el juicio que opera la subsunción de lo particular [...] es determinante(Kant, 1991: 90). La característica del método de Stalin consistía precisamente en subsumir la realidad concreta particular en sus esquemas universales, rígidos y no dialécticos, no listos para modificarse sobre la base de las particularidades reales concretas; un método deducido del positivismo.[13] El método de Lenin era exactamente el opuesto: “Si es dado solo lo particular, y el juicio debe encontrar lo universal, este es simplemente reflexionante(Kant, 1991: 90). No por casualidad Lukács retoma de Lenin la teoría del reflejo en ámbito estético, pero con una clara connotación política. Por otro lado, la dialéctica entre universal y particular en el stalinismo se reduce siempre a la reducción de lo singular a lo universal. En sus apuntes sobre la ética, jamás escrita, Lukács anota: “Período stalinista. En lugar del desarrollo avanzado de moral (y derecho) sobre la ética, re–conversión de la moral en el derecho contra período stalinista Una infundada exaltación de la moral se da vuelta en lo jurídico (con todas las reservas, reservatio mentalis, hipocresía, auto–ilusión, etc., que aquí siguen necesariamente)” (Lukács, 1994: 104s., K/63 y Cf. K/53). Lukács indica claramente que la consecuencia del stalinismo es la subordinación de la moral y de la ética al derecho, una forma de fetichización del derecho respecto de la moral del individuo.

La consecuencia más relevante del método de Stalin es que las afirmaciones teóricas de Stalin aparecen apresuradas, superficiales y sofísticas, dando la impresión de que el marxismo es una simple ideología política. De hecho, la ideología stalinista no era capaz de analizar el mundo contemporáneo con todas sus complejidades. Lukács desliza cierta sospecha: “habría solo que reflexionar si desde la praxis manipulada del período staliniano no nació un sistema, un método, que constituye un obstáculo real para el retorno hoy necesario al marxismo auténtico. Me inclinaría más por el sí que por el no” (carta del 27 de agosto de 1967 en Lukács/Hoffmann, 1993: 73). El método del marxismo se diferenciaba sustancialmente respecto del staliniano por su apertura y fluidez, que le permitía captar el devenir histórico de las categorías que utilizaba y, así, de modificarlas; el método staliniano era rígido y cosificado, cerrado sobre sí mismo. El mayor daño es, así, para Lukács que “un marxismo reducido a Stalin posee una fuerza de atracción bastante menor al marxismo genuino, y aquellos que se pretenden socialistas, porque es mucho más cómodo gobernar con los métodos stalinianos que con los métodos de Marx y de Lenin” (Lukács, 1974: 131). Lo que implica un daño enorme tanto a la difusión del marxismo como a la praxis cotidiana de los socialistas y de los comunistas auténticos dentro y fuera de la URSS. La característica más relevante del método staliniano era que “para Stalin era primaria la situación táctica permanente y a esta situación él subordinaba la estrategia y la teoría general” (Lukács, 1974: 138). La primacía de la táctica sobra la estrategia induce a Lukács a formular una acusación ulterior al stalinismo: “el stalinismo se halla dominado filosóficamente por un hiperracionalisrno. […] Con Stalin el racionalismo asume una forma por el cual este alcanza una cierta absurdidad. Sin embargo, esta absurdidad es un concepto más amplio y es también distinto del irracionalismo. Yo no dudé jamás y dije también siempre que el stalinismo es un tipo de ‘destrucción de la razón’. Solo que yo no consideraría correcto criticar a Stalin poniendo de manifiesto, allí donde se puede descubrirse, digamos, un eventual paralelo con Nietzsche, porque no llegaríamos jamás por este camino a la verdadera esencia del stalinismo. La esencia propia del stalinismo consiste, en mi opinión, en el hecho de que, conservando, teóricamente, el carácter práctico del movimiento obrero y del marxismo, en la praxis la acción no es regulada por la inteligencia más profunda de las cosas, por el contrario, tal inteligencia más profunda es construida en función de la táctica del actuar” (Lukács, 1983: 136). La táctica termina por cubrir el método dialéctico marxista que impulsaba siempre a la comprensión del carácter concreto de la realidad. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que el stalinismo, aunque sea distinto del irracionalismo, elabora una forma propia de “destrucción de la razón”. En el fondo los sistemas dominantes desestructuran las formas de racionalidad que pueden ser usadas por los excluidos y los oprimidos para tomar conciencia de que es posible cambiar las condiciones de dominio.[14]

Lukács, sin embargo, pretende precisar que su crítica al stalinismo no implica el abandono de la perspectiva socialista: “la claridad en el rechazo de los métodos stalinistas, que paulatinamente he elaborado y expresado explícitamente en mis escritos de las últimas décadas, no aspira nunca a un alejamiento del socialismo; ‘solo’ es válida para muchas de sus perspectivas oficiales, ‘únicamente’ destaca la necesidad de reformar el socialismo. En esto no es lo decisivo saber cuánto tiempo será necesario hasta que se reconozca el camino correcto y los conocimientos así logrados se hagan realidad. El hecho de que yo haya llegado tan lentamente a este punto de vista tiene sus causas en lo siguiente: aun poseyendo una visión clara de toda la problemática, continúo siendo hoy un ideólogo de las reformas libremente radicales, no de la oposición ‘de principio’ abstracta y, en mi opinión, a menudo reaccionaria” (Lukács, 2003: 129). Se comprende, entonces, que su crítica se orienta a mostrar la sustancial exterioridad del stalinismo respecto del marxismo–leninismo auténtico, con la certeza de que las reformas del socialismo realizado eran posibles y de que una oposición concreta era necesaria precisamente para el progreso del socialismo.

En efecto, la superación del stalinismo implicaba la revitalización de la sociedad civil en los países del socialismo realizado,[15] su salida de la época de la cristalización, que luego de la breve primavera khrusheviana era retomada en la época de Brezhnev, significando que el stalinismo no estaba completamente superado. De hecho Khrushev no había usado métodos distintos de los de Stalin: “Sintetizando se puede y se debe decir, sin embargo, que precisamente Khrushev ha criticado y corregido a Stalin en gran parte a la manera staliniana, con métodos stalinianos, que incluso con posterioridad su actitud hacia Stalin ha tomado como modelo y método lógico la crítica a Trotski del período de Stalin. No era y todavía hoy no es el caso de hablar de un intento verdaderamente histórico, verdaderamente marxista, de crítica a la obra staliniana” (Lukács, 1968: 56). Así, para Lukács la tarea a cumplir es la de la “desaparición del stalinismo en la forma del stalinismo. Yo digo siempre que por ahora destruyamos el stalinismo en sus formas stalinistas y que luego seguirá una destrucción real si rompemos radicalmente con los métodos stalinistas” (ibíd.: 125). En tal sentido Lukács juzgaba positivamente la toma de posición de Togliatti contra la simplificación del stalinismo como mero “culto de la personalidad,” (cf. Lukács, 2013: 54) auspiciando junto al líder comunista italiano un análisis más profundo y objetivo del fenómeno staliniano, análisis que no fue hasta ahora realizado. Por otra parte, el stalinismo continuaba establemente en el comunismo chino, con el agravante de que al sectarismo staliniano se unía una fraseología fin a sí misma que predicaba la factibilidad inmediata del socialismo e instauraba un perenne clima de guerra civil. Lukács contra esta renovación del stalinismo auspiciaba “el radical ajuste de cuentas con la frase revolucionaria, para que se encuentre finalmente la definición real, correspondiente a las nuevas formas de la realidad, de la lucha de clases que de cuando en cuando necesariamente surge: los objetivos y los métodos realmente revolucionarios en la lucha en dos frentes contra el verdadero oportunismo y contra la frase revolucionaria” (Lukács, 1974: 155). Surge la necesidad, así, de liberarse de los slogans revolucionarios, de palabras de orden irrealistas, de la abstracción para confrontarse con la realidad efectiva.

 

II. El retorno a Lenin

Hasta 1956 Lukács se halla forzado a hablar de Lenin siempre bajo el manto del stalinismo dominante, aun cuando en forma disimulada logra contraponer Lenin a Stalin, como hemos visto. Luego de 1956, en los años de la vejez, su juicio sobre Lenin se vuelve más libre y objetivo. El punto desde el cual comienza su retorno a Lenin es el de la autonomía de los sindicatos respecto del partido y del Estado: “como ideólogo, yo sostengo la necesidad de volver a la línea de Lenin. Pero esto no ha sucedido todavía en ningún país socialista” (Lukács, 1974: 25). Ningún país del socialismo real, así, había realizado la propuesta de Lenin en la política sindical, que no es un punto secundario de la sociedad socialista. Por otra parte, la oposición sindical a Lenin no sucedió solo sobre la independencia del sindicato, pero también en la formación de la conciencia socialista. Lukács es muy preciso en el uso de los términos: “no por casualidad Lenin dijo, en el ¿Qué hacer?, que en el proletariado puede surgir espontáneamente solo una ‘conciencia sindical’. La conciencia socialista debe ser llevada ‘desde el exterior’ en la clase obrera, y es esta la función de la ideología” (ibíd.: 16). “Conciencia sindical” significa conciencia de los propios derechos sobre el trabajo, pero no todavía conciencia del fin de la lucha política de clase, es decir, ‘conciencia del socialismo’. Los sindicatos independientes habrían defendido los intereses del mundo del trabajo incluso contra, eventualmente, el partido, portador de la ‘conciencia socialista’, en el curso de la edificación del socialismo. Finalmente, Lenin no quería que el objetivo final sometiera a sí mismo a los medios con los que podía ser alcanzado, la suya era una posición antimaquiavélica. En efecto, en el socialismo el trabajo se debía transformar en juego, no debía mantener su naturaleza alienante, pero esto no se realizó en ningún país del socialismo realizado. Lukács, así, aprecia al Lenin que buscaba la diferencia de opiniones y la confrontación crítica como momentos de enriquecimiento en la fase de construcción del comunismo; el sindicato habría debido estimular, por un lado, y controlar, por el otro, la acción del partido y no permanecer, como en cambio sucedió con Stalin, sometido al control del partido, un mecanismo de la burocratización de la vida social de la URSS, precisamente lo que Lenin trató siempre de evitar.

Lukács recuerda que no solo la burocracia sindical se opuso a Lenin sobre este punto de la ideología que penetra en la conciencia de clase obrera, pero también “la misma Rosa Luxemburg escribió, en su momento, un artículo contra esta concepción leniniana” (ibíd.: 17).[16] La concepción leninista de la conciencia introducida desde el exterior era el resultado de un análisis marxista del movimiento interno de la sociedad civil, es decir, la constatación de que incluso algunos miembros de una clase social enemiga del proletariado podían militar en el movimiento obrero, porque este combatía por valores éticos superiores, capaces no solo de defender los propios intereses de clase, sino también de representar los valores éticos de la clase opuesta, en cuanto valores auténticamente humanos, y así el antagonismo de clase podía ser superado en una posición política superior: “Solo así, como reconocía Lenin, la herencia ética del desarrollo humano se volverá prácticamente actual” (Lukács, 1977: 147). Naturalmente la conciencia de clase del proletariado es un hecho espontáneo, que surge en reacción a la propia posición de clase y en la unidad en el curso de la lucha de clase. A partir de esta fase embrionaria de conciencia se motoriza un proceso de devenir de la conciencia, una forma de maduración de la conciencia política, que sin embargo permanece siempre conexa a las adquisiciones espontáneas. El miembro de la burguesía que adhiere al movimiento obrero, en cambio, revela una capacidad de superar estas adquisiciones y se encuentra, paradójica pero lógicamente, a un nivel de conciencia superior al espontaneísmo proletario.

En general en el viejo Lukács es relevante también en la estima por el hombre Lenin, por el político experto que podía enfrentar los problemas de la vida cotidiana desde el punto de vista del carácter concreto de las situaciones vividas. El ascetismo revolucionario se hallaba muy lejos del estilo de Lenin como revolucionario. No desdeñaba la total dedicación a la praxis revolucionaria, pero no entendía esta dedicación como la única actividad cotidiana del revolucionario, ni mucho menos se la reclamaba a los otros, ya sean revolucionarios, ya sean simples ciudadanos, una participación ascética en la praxis revolucionaria. Cada uno debía participar según las propias capacidades y según las propias necesidades, por decir con el léxico de Marx que desde los fundadores del marxismo hasta el máximo político revolucionario marxista del siglo XX no se ha exigido jamás una participación revolucionaria ciega perinde ac cadaver. La revolución reclama, sin duda alguna, una participación moral, una toma de posición, el partidismo como se decía arriba, pero no la ascesis, porque esta se convierte fácilmente en sectarismo, que es la reacción infantil a las contradicciones que puede suscitar un proceso revolucionario. El sectarismo es otra de las actitudes típicamente burguesas que fueron características de la época staliniana y a menudo es asumido por quien está en el poder contra aquellos que critican ese poder. Es cierto que la revolución parte de una minoría, pero luego necesariamente debe ser capaz de pasar de minoría a mayoría, a un movimiento de masa.[17] Lenin tomaba siempre partido en favor de la posición crítica, para aquellos que formulaban críticas, merecedoras de ulteriores réplicas o de consenso, era una estrategia moral que permitía aliarse también con elementos o facciones que no eran totalmente hostiles a la revolución proletaria, o incluso realizar objetivos políticos que no eran auténticamente socialistas y que podían ser realizados también en la sociedad burguesa, como por ejemplo la concesión de tierra y la paz.[18] Una de sus preocupaciones era que la evolución de la revolución era tan rápida como para parecer incomprensible a los hombres que participaban de ella, es decir que el factor humano y subjetivo no era capaz de seguir la evolución objetiva de la realidad.

Ello significa que Lenin tenía siempre presente también el factor subjetivo en la acción revolucionaria, es decir que los hombres que participaban en la acción o que eran el objetivo de la acción. Lukács recuerda: “es conocida la definición de Lenin según la cual la situación revolucionaria se caracteriza por el hecho de que las clases dominantes no pueden gobernar ya en el viejo modo, las clases oprimidas no quieren ya vivir en el viejo modo” (Lukács, 1975: 51). Lenin era consciente de que la dialéctica histórica ofrece las condiciones objetivas de la transformación social, pero a menudo estas condiciones no son suficientes para que el cambio tenga lugar. El factor subjetivo es representado precisamente por la voluntad de la transformación, voluntad a su vez determinada por la conciencia de que la situación concreta en la que se vive no es ya tolerable. He aquí por qué sostenía que el revolucionario debe soñar, porque el sueño representa una primera transfiguración imaginaria del deseo a realizar, de lo que se quiere en el futuro y lo que uno se esfuerza en construir en el presente. Además de soñador el revolucionario debe ser “astuto”, en el sentido en que para Lenin “la vía de la revolución es cada vez más ‘astuta’ que los proyectos más originales del mejor partido (¡y así tanto más que los del individuo privado!). Para Lenin un verdadero hombre político es aquel que sabe captar y utilizar aun de manera aproximativa en su acción esta ‘astucia’” (Lukács, 1977: 45s.). Se trata de la “astucia de la razón” de la revolución, que exige a su vez una astucia por parte del sujeto político. En la práctica Lenin era capaz de captar las tendencias sociales y, al mismo tiempo, de captar a los sujetos y su grado de maduración para hacer factible el giro revolucionario.

En efecto, el último Lukács, el del ensayo sobre la democratización, indica claramente que el ideal de democracia socialista había ya sido concebido por Lenin en Estado y revolución, es decir, antes de la Revolución de Octubre, como una tendencia en la existencia de seres humanos, y la democracia en el socialismo real debería inspirarse en ella: “Su objetivo radica en compene­trar realmente la entera vida material de todos los hombres, llevar a su expresión la socialidad en cuanto producto de la actividad persona­l de cada uno, de la vida cotidiana hasta la decisiva cuestión de [cuál] sociedad. En tiempos agudamente revolucionarios tal movimiento de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo llega a darse con explosiva espontaneidad” (Lukács, 2013: 64). La democracia es concebida por Lukács sobre la pista de Lenin como una praxis cotidiana, una manera de manifestar su propio carácter genérico, es decir, la propia pertenencia al género humano; una praxis que compromete las instituciones hasta el punto de convertirlas en una presencia en la vida cotidiana de los seres humanos, hasta el punto de ponerlas al servicio de los seres humanos, hasta el punto de hacerlas desaparecer, porque la praxis democrática las ha vuelto totalmente implícitas en la vida cotidiana. Se trata de convertir las instituciones o el Estado en un hábito de la vida cotidiana de los seres humanos, como nutrirse, trabajar, objetivar la propia humanidad. En un país democráticamente maduro y evolucionado el ejercicio de los plenos poderes políticos por parte de los ciudadanos es considerado como un hecho del todo normal. Una vez habituados a la democracia desaparece el entusiasmo, aun conmovedor, de la participación en las elecciones, que se nota en los países apenas salidos de una dictadura o de una guerra; uno se acostumbra de tal manera a la democracia que se termina por no participar más en las elecciones, porque no es ya un hecho excepcional. En países democráticos los ciudadanos, conscientes de los propios derechos, los ejercitan sin pensarlo, por hábito, y pretenden el respeto de sus derechos por parte de las instituciones y del Estado, y, al mismo tiempo, respetan naturalmente los derechos de los otros y sus propios deberes hacia los otros ciudadanos o hacia el Estado. Se ejerce la democracia como se respira, sin pensarlo, por hábito, pero este modo de ejercer los derechos es connatural a la naturaleza humana, aunque solo en el socialismo se puede ejercer libremente, sin temor. Para Lukács, Lenin tenía una concepción positiva de la naturaleza humana, del todo opuesta a la del fundador de la ideología política burguesa, es decir, Hobbes, pero totalmente en línea con la concepción marxiana: “se encuentra aquí esa metodología de Lenin que profundamente lo une a Marx y de la misma manera radical lo separa de Stalin y de sus sucesores: el vínculo orgáni­co entre reconocimiento de la continuidad de determinadas tendencias históricas y reconocimiento de su necesario y radical cambio de función en los tránsitos y subversiones revolucionarios” (ibíd.: 68).[19] Todavía la dialéctica entre continuidad y cambio, entre viejo y nuevo, la dialéctica entre los tiempos históricos de presente y pasado domina en el método del marxismo auténtico de Marx y Lenin.

Nos damos cuenta de que Lenin otorgaba un gran peso al hábito, es decir, a la facultad humana de con–formarse –es decir, de dar forma– a mejores o peores situaciones: “el hábito puede ser un elemento social de profunda transformación, pero es útil o noci­vo según la cosa a la cual uno se habitúa” (ibíd.: 123). Naturalmente Lenin prefería que la revolución mejorara las condiciones de existencia de los hombres, porque el objetivo principal de la revolución consistía en dar dignidad al ser humano. Lukács comenta este rol del hábito: “la dialéctica interna a la teoría leniniana del hábito posee de todos modos a priori una intención esencial: contribuir a realizar este dominio del presente sobre el pasado” (ibíd.: 66). El presente, si se halla lleno de sentido para los hombres que lo viven, se vuelve marxianamente el punto perspectivístico desde el cual juzgar el pasado, la historia. “La anatomía del hombre es clave para la anatomía del mono”, es el refrán continuamente citado por Lukács. El cambio, que el hábito aporta, es un cambio ontológico, y así radical, de la naturaleza humana.[20] Lenin había comprendido que el hombre nuevo no era otra cosa que la síntesis de las aspiraciones de los seres humanos particulares que se enfrentaban de manera revolucionaria con la realidad y estaban, así, listos a darse nuevos hábitos.

Si bien había hecho tanto en su propia vida, Lenin reflexionaba siempre profundamente y no empáticamente con los errores propios y ajenos, porque comprendía qué relevante era el factor subjetivo y humano en la acción revolucionaria (cf. (Lukács, 1970: 121) y a menudo encontró una fuerte oposición a este modo suyo de pensar también dentro del grupo dirigente del partido bolchevique. El partido, según Lenin, tenía precisamente la función de orientar la no–voluntad, o mejor la voluntad de negación, respecto de la situación existencial hacia el giro revolucionario, de otra manera es posible también un giro en sentido reaccionario. En el fondo Lenin era consciente de que la revolución debe hacerse con el material humano que ha sido construido por el capitalismo, porque el socialismo no estando todavía realizado no ha construido un tipo humano suyo propio. Los hombres forman parte de la situación concreta y, así, un análisis concreto de los hombres, también del nivel de miseria al cual son forzados, vuelve a ubicarse entre las tareas del partido y de los intelectuales revolucionarios, tal como precisamente lo era Lenin. Una actitud humana suya lo diferenciaba profundamente de Stalin: Lenin mantenía siempre las posiciones políticas separadas de las propias actitudes humanas, de modo que no compartía las posiciones revolucionarias de Bujarin y Trotski, sino que expresaba un juicio positivo y halagador sobre sus personalidades, como para subrayar que el juicio humano no debía jamás afectar al juicio revolucionario. Esta actitud personal permite decir que no habría puesto en acto medios extremos, como la eliminación física, contra sus opositores, algo que en cambio Stalin operó constantemente. Stalin, por su parte, exaltaba sus dotes negativas propias en las situaciones de contraste extremo. Otro aspecto de la personalidad de Lenin que Lukács pone en evidencia y el estoico “estar preparados” (ibíd.: 127) siempre, estar listos para la acción, además de participar, aunque siempre conducidos por un conocimiento profundo de la situación dentro de la cual se actúa.

Lenin sostenía que toda decisión política debía partir del conocimiento concreto de la situación concreta, dentro de la cual se cumple la acción revolucionaria. El hombre político, y entonces también el revolucionario, que actúa en la realidad debe interactuar concretamente con ella: “La misión del arte consiste en el restablecimiento de lo concreto –en el sentido mencionado de Marx–en una evidencia sensible directa. Es decir: hay que descubrir y poner de manifiesto en lo concreto mismo aquellas determinaciones cuya unidad hace precisamente de lo concreto lo concreto” (Lukács, 1966: 32). La tarea del artista es la misma que la del hombre político, es decir, ser capaces de captar lo concreto de la realidad y resolver los problemas concretos que la realidad concreta le pone adelante. Naturalmente el conocimiento concreto de la situación es precedida y seguida por elaboraciones teóricas que contribuyen a la mediación dialéctica entre teoría y praxis: “la fuerza teórica de Lenin se debe a que contempla toda categoría –por abstractamente filosófica que sea– desde el punto de vista de su acción práctica humana y, al mismo tiempo y ante toda acción –que para él debe basarse siempre en el análisis concreto de la situación concreta de cada caso– pone el análisis en una conexión orgánica y dialéctica con los principios del marxismo. Por eso no es Lenin, en el sentido estricto de la palabra, ni un teórico ni un práctico, sino un profundo pensador de la práctica, un apasionado traductor de la teoría a la práctica, un hombre cuya aguda mirada se fija siempre en el punto de mutación en el cual la teoría pasa a ser práctica y la práctica teoría” (Lukács, 1978: 71s.). Lukács recuerda que Lenin estudió con atención los grandes progresos de la ciencia moderna de su tiempo, sobre todo la física, pero jamás sostuvo que el marxismo habría debido guiar la investigación científica, en tanto Marx no había elaborado una teoría en el campo de las ciencias naturales, sino en todo caso en el campo de las ciencias sociales. “En Lenin podemos constatar esta dialéctica concreta de lo justo y de lo injusto, por la cual no existe una regla general a partir de la cual deducir si, por ejemplo, un docente universitario tiene o no tiene derecho de estar a cargo de su cátedra. Lenin no consideró jamás al marxismo como una compilación de dogmas válidos de una vez y para siempre, sino como la primera teoría correcta sobre la sociedad, teoría desarrollada en estrecha conexión con el desarrollo social, el cual, así como se ha desarrollado puede también sufrir regresiones” (Lukács, 1975: 54). En Lenin, así, emerge el carácter concreto de la toma de posición, jamás ideológica, que jamás se sobreimprime con violencia sobre la realidad, antes bien relativa al reconocimiento de la situación existente y de teorías de otros, incluso contrarias a las suyas, aun cuando exigiera que las propias teorías fueran exactas. En el campo de la ciencia o de la filosofía la lucha ideológica, enseña Lenin, no impide reconocer las razones del adversario ideológico, y así Lenin criticó a Hegel, pero lo utilizó, a su vez, en la crítica a Kant, superando todo fanatismo o ideologismo; la misma actitud que Lukács asumió con relación a las filosofías a él contemporáneas, como por ejemplo en el caso de Sartre y de su existencialismo. “Por todas estas razones, bajo la pluma de Lenin, la historia de la filosofía se vuelve viva, en movimiento y también dramática. El estilo de la crítica leniniana es vivo y vigoroso y su sentido crítico capta toda tendencia progresista, aun si se halla entremezclada de contradicciones. Lo que Lenin reprocha a los pensadores marxistas de su época, es precisamente el caráctere puramente negativo de su crítica, que él no considera ni exhaustiva ni lo suficientemente convincente” (Lukács, 1995: 261). Tal como escribí arriba, Lukács usa a Lenin como modelo para abordar no solo asuntos políticos, sino también teóricos, si no incluso como modelo humano de revolucionario.

De una manera todavía más fuerte emerge la recuperación del estilo leninista sobre el asunto de la disciplina de partido: Lenin pretendió una disciplina muy rígida en el período de la acción política en la ilegalidad y durante el comunismo de guerra, pero siempre con la adopción de la medida correctiva de la adecuación a la disciplina de partido, es decir, la que las masas debían reconocer como apta para tal disciplina, adecuada al objetivo a alcanzar, de otra manera esta se transformaba en una farsa; mientras alentó la disciplina durante la NEP –medida política pasible de ser puesta en acto también bajo un régimen burgués y en repudio evidente del “comunismo de guerra”. Lukács observa que “la contradicción, que cierto lector actual siente, es precisamente la unidad leniniana entre disciplina de Partido Comunista y democracia proletaria realizada” (Lukács, 1968: 43). Democracia proletaria que fue sofocada por la burocratización, un peligro que Lenin temía y que trató de contrastar en los últimos meses de vida.

Así, con los aliados de clase Lenin abrió una fecunda confrontación. Lukács precisa que “purga para Lenin significa control democrático de los miembros del partido, es decir, activa participación de los sin partido a las purgas en el partido, así, concepción del partido como delegado del pueblo, que obligatoriamente es controlado por el pueblo mismo” (carta del 22 de agosto de 1964 Lukács/Hoffmann, 1993: 57). Lenin era, así, favorable a una democracia directa y participada, incluso hasta el extremo de considerar como un derecho indiscutible el derecho a la secesión de los pueblos que pasaban a formar parte de la Unión Soviética. En efecto, Lukács insiste sobre el hecho de que la dictadura del proletariado era para él una forma de democracia proletaria.

La actitud de Lenin hacia los aliados se hallaba siempre inspirado en su concepción de un análisis concreto de la situación concreta, incluso estaba listo para aprender de los mismos enemigos para corregir los propios errores. Así, sobre el problema de la edificación del socialismo en un solo país, él no quería edificar el socialismo en un país con una acción de fuerza externa, con una suerte de ocupación militar, como ocurrió inevitablemente al final de la Segunda Guerra Mundial en la Europa oriental ocupada por el Ejército Rojo, antes bien, el revolucionario ruso estaba a favor de una acción de sostén a un proceso revolucionario suficientemente radicado y, así, victorioso, como sucedió en el Vietnam de los años Sesenta y Setenta. De este modo, rechazó una ayuda militar a la República Húngara de los Consejos de 1919, en la que Lukács participó activamente, porque la República Húngara de los Consejos no gozaba de un enraizamiento fuerte en la sociedad civil húngara y así toda intervención rusa como apoyo de la República se habría transformado en una ocupación militar.

Este apoyo fallido a la República Húngara de los Consejos revela que para Lenin la experiencia revolucionaria soviética no era un modelo para otras revoluciones, pero cada país debía buscar su propio camino al socialismo. Más aún Lukács afirma con claridad: “Lenin […] vio con gran claridad que la revolución rusa no correspondía al concepto ‘clásico’ de revolución, algo que en cambio hizo Stalin, que consideró la revolución rusa y la historia de la URSS como el modelo para toda otra revolución (cf. Lukács, 1966: I, 361). Marx se imaginaba que la revolución socialista ocurriría en los países capitalistas más desarrollados, de lo que derivaba que en tales países no era ya necesario un intenso desarrollo de las fuerzas productivas. Así sucedía en cambio en Rusia, donde la edificación socialista recibía una tarea de carácter completamente nuevo” (carta del 11 de abril de 1964 en ibíd.: 53).[21] En efecto, Lenin introdujo la NEP como un plexo de relaciones económicas del todo nueva, ausente en las obras de Marx, que no había jamás abordado en detalle el momento de la edificación del socialismo. Y la NEP no fue relegada al solo ámbito económico, sino que al mismo tiempo Lenin lanzó una campaña por la liquidación del analfabetismo. Lukács concluye: “Liquidar el analfabetismo significa que la gente debe leer y adquirir a través de la lectura una capacidad autónoma de orientación, sin la cual no puede realizarse la democracia socialista” (Lukács, 1974: 93).

Lukács reconoce la habilidad de Lenin de no permanecer ligado a las teorías marxistas, según las cuales la revolución habría ocurrido en un país capitalista desarrollado, de modo que Lukács, a diferencia del stalinismo, ve una diferencia entre Marx y Lenin, más aún, una superación de Lenin respecto de Marx. De hecho Lenin consideró siempre a la Revolución de Octubre como un hecho excepcional, imprevisible para Marx, pero tampoco para el mismo Lenin, solo pocos meses después de febrero de 1917. Lenin superó también las concepciones de los partidos rusos más importantes del momento, el menchevique y el socialista–revolucionario, concediendo la tierra a los campesinos y dando la paz, medidas políticas que también ellos habrían podido realizar. Respecto de esos partidos, Lenin, una vez vuelto a Rusia, supo vislumbrar e intuir que la revolución socialista era inminente, estaba ya en acto, solo había que facilitarla con la participación del partido en el movimiento revolucionario. Esto demuestra en qué medida la teoría leniniana era al mismo tiempo exacta y dúctil, en una sola palabra, dialéctica, antidogmática, no esquemática, abierta a cualquier posible transformación que no pusiera en discusión los fundamentos de la teoría marxista. Por estas razones Lukács puede afirmar: “Lenin fue la última gran figura de un desarrollo posible hace tiempo, y que en lo sucesivo se volvió cada vez más imposible” (ibíd.: 65). Pero Lenin permanece como el modelo de una figura de intelectual práctico tanto que “se podría afirmar sin exagerar que en la persona y en la obra de Lenin se ha hallado la más adecuada encarnación de la última de las tesis de Marx sobre Feuerbach: hasta ahora los filósofos solo han interpretado el mundo, se trata sin embargo de transformarlo” (Lukács, 1970: 117s.).

La brújula que guía la acción de Lenin es, según Lukács, el uso auténtico del marxismo, es decir, la capacidad de utilizar literalmente las enseñanzas de Marx y, al mismo tiempo, un uso dialéctico de estos, es decir, la capacidad de captar el espíritu de los escritos de Marx, su relación concreta con la realidad concreta. Lukács describe muy agudamente la personalidad de Lenin: “su figura se cristaliza maravillosamente por un lado en la unidad inescindible de una potente voluntad hacia lo que es radicalmente nuevo, y por el otro en una madeja de contradicciones reales a partir de cuya íntima conexión resulta al mismo tiempo la monumentalidad humana de su obra y la amplitud de los problemas que esa época abrió necesariamente para cada hombre” (Lukács, 1968: 38). Naturalmente, esta es una capacidad más única que rara en todos los marxistas representativos que vivieron luego de Marx, pero es también el límite del papel histórico de Lenin, muerto él, una personalidad como la suya es inhallable y con él se pierde esa capacidad de interacción dialéctica con la realidad. A Cases, en los últimos años de vida, Lukács confiesa amargamente: “el tipo Lenin parece haberse extinguido” (carta del 5 de septiembre de 1964 a C. Cases, en: Cases, 1985: 181).

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Artículo enviado por el autor para su publicación en el presente número de Herramienta web 35. La primera parte de la nota puede consultarse aquí, en la edición de Herramienta web 34.

Antonino Infranca es graduado en Filosofía por la Univ. de Palermo, Italia. Especialización en Filosofía por la Univ. de Pavia. Dr. por la Academia de Ciencias de Hungría y por la Univ. de Buenos Aires. Recibió la Medalla Lukács para la Investigación Filosófica. Es autor de Giovanni Gentile e la cultura siciliana (1990), El otro Occidente (en castellano: 2000), Trabajo, individuo, historia. El concepto de trabajo en Lukács (en castellano: Herramienta, 2005), Los filósofos y las mujeres (en castellano: 2006), además de otros libros. Ha coordinado varias compilaciones y publicado numerosos artículos sobre Bloch, Gentile, Gramsci, Croce, Kérényi, Heidegger, filosofía de la liberación e historia de Sicilia. Tradujo y editó, en italiano, obras de Ricardo Antunes y Enrique Dussel; en castellano, obras de Lukács (Testamento político, Ontología del ser social: El trabajo, Ontología del ser social: La alienación, Táctica y Ética, entre otras). Es miembro del Consejo Asesor de Herramienta

 

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[1] G. Lukács “Poscritto del 1957 a La mia via a Marx”, tr. it., U. Gimmelli, en Id., Marxismo e politica culturale, cit., p. 16.

[2] “Luego del XX Congreso uno podía decir abiertamente cosas de las que antes solo se podía hablar a través de alusiones veladas, con hábiles agrupamientos” (carta de Lukács a Benseler del 21 de abril de 1961, inédita y conservada en el Archivo Lukács).

[3] Nicolas Tertulian sostiene que el método staliniano era consecuencia de la forma mentis de Stalin, plasmada en su mentalidad religiosa (cf. N. Tertulian, “Lukács e lo stalinismo”, en Lukács/Hoffmann, 1993: 91-132). El filósofo rumano correctamente observa a partir de su propia experiencia personal: “Solamente aquellos que vivieron en la URSS o en los países del este conocen la presión moral que cada ciudadano sufría cotidianamente hasta en las acciones más inocentes. La represión física iba de la mano con la represión del pensamiento. Stalin creó realmente un ‘hombre nuevo’, que sobrevivió a él” (ibíd.: 130).

[4] Cf. Lukács, “L’Ottobre e la letteratura”, en Lukács, 1968: 51.

[5] Lo que a Lukács no le agradaba de Trotski eran “las características que le recordaban a Lassalle” (Lukács, 2003: 84).

[6] István Mészáros sostiene que el fallido desarrollo de las instituciones soviéticas, como los sindicatos, dejó a Lukács sin mediaciones sociopolíticas y le quedó como único instrumento político posible el partido stalinista (cf. I. Mészáros, “Lukács’ Concept of Dialectic”, cit., pp. 78 y ss.).

[7] Agnés Heller confirma el partidismo como elemento de distinción del modo de pensar de Lukács: “representaba en el máximo nivel a las teorías comunistas, sin casarse acríticamente con ellas como si fuera un soldado en la línea del frente sino antes como un partisano que elige libremente interpretar la realidad con una visión personal y crítica” (Heller, 2012: 59s.). El juicio de Heller es siempre esencialmente contradictorio sobre el problema de la adhesión de Lukács a Stalin: “Lukács fue ambas cosas, stalinista y antistalinista. La suya ha sido una constante confrontación del idealtipo propio con la sociedad y el poder soviéticos. Era un stalinista porque sostenía este idealtipo, y era un antistalinista, porque no vio jamás ‘realizado’ su propio ideal en la sociedad en que vivía, y en consecuencia se encontró en la oposición, incluso contra su propia voluntad” (Heller, 1979: 76). Puede notarse que Heller sentencia “stalinismo” en la confrontación crítica de Lukács con la sociedad y el poder soviéticos de la época (y por ende, ¡stalinistas!) y luego vuelve a la carga sosteniendo que Lukács fue antistalinista ¡“contra su propia voluntad”! Estamos frente a una noche en la que todos los gatos son pardos.

[8] Hay aquí otro punto contacto entre la visión política de Lukács y la de Gramsci (cf. “Indifferenti”, en Gramsci, 1984: 13-15). P. Matvejevic le reconoce a Lukács el uso del término original leniniano de Partyinost (en alemán Parteilichkeit, “partidismo” o “espíritu de partido”) contra el término staliniano de pristrastnost' (en alemán Parteinahme, “toma de posición”, “toma de partido”) (cf. Matvejevic, 1977: 178). Sobre la relación partido/partidismo cf. Rühle, 1965.

[9] Naturalmente los críticos de Lukács no distinguen entre las citas apologéticas de los servidores de Stalin y las citas llevadas a cabo a la manera de Lukács. Entre estos se distingue Henry Pachter, 1975: 181.

[10] Lukács hace del partidismo leniniano también un criterio de juicio de las obras de arte: “Tuvimos

ya ocasión de ver en Lenin y Engels que el partidarismo es también en la obra de arte un elemento de la realidad objetiva y de su reflejo objetivo artísticamente justo”. Y luego justifica su condena del arte como propaganda inmediata por el hecho de que “pasa por alto el sentido leniniano del concepto de partidismo” (Lukács, 1966: 29).

[11] Giulio Gentile accusa a Lukács de “subjetivismo pío” (cf. Gentile, 1976: 110ss.) sin tener en cuenta la lucha de Lukács contra el subjetivismo stalinista.

[12] En su reseña juvenil de las cartas de Lassalle, Lukács había notado que también en el jefe de la socialdemocracia alemana emergían esos caracteres típicos del “jefe” del proletariado que luego estarán presentes también en Stalin (cf. Lukács, 1972: 222).

[13] Cf. Ferrarotti, 1975: 21. En la Ontología del ser social, Lukács es muy explícito sobre este punto: “Solo con Stalin se impuso el mal hábtio teórico de ‘deducir’ toda decisión estratégica o táctica a partir de la doctrina marxista–leninista como consecuencia lógicamente necesaria, por lo cual por un lado los principios eran adaptados en modo mecánico a la necesidad del momento y por ende deformados, por el otro se hacía desaparecer la importante diferencia entre leyes generales y decisiones concretas válidas una sola vez, para dar lugar a un dogmatismo voluntarista–pragmático” (Lukács, 1976: I, 402s.).

[14] Algo parecido sostiene Hans Heinz Holz a propósito de la crítica de Lukács al irracionalismo (cf. Holz, 1989: 222). Extiendo esta idea de Holz también al stalinismo.

[15] Cf. Abendroth / Holz / Kofler, 1968: 77. Un comentario sobre Conversazioni con Lukács se encuentra en Macciò, 1968: 43-54.

[16] En Historia y conciencia de clase Lukács ofrece otro motivo de contraste entre Lenin y Rosa Luxemburg: “el contraste entre Lenin y Rosa Luxemburg consistía entonces en el problema de si la lucha contra el oportunismo, sobre la cual había entre ellos concordancia tanto en el plano político como en el de los principios, era una lucha espiritual a llevar adelante en el interior del partido revolucionario del proletariado o si debía decidirse en el plano de la organización” (Lukács, 1978: 351).

[17] Cf. Abendroth / Holz / Kofler, 1968: 80. Lukács será aún más drástico en una entrevista poco antes de morir: “mayoría y minoría son palabras abstractas y hay casos en la historia en los que la minoría tuvo razón sobre la mayoría, y otros en que no. Con los principios de mayoría y de minoría usted no llegará jamás a un resultado; lo que hay que hacer, lo que habría que hacer es analizar los procesos de la vida económica y social y, a continuación, las reacciones del hombre a estos procesos, reacciones que tienen un valor solo cuando dicen sí ciertos valores” (Bourdet, 1979: 169).

[18] Cf. Lukács, 1976: II, 486. Cf. también Lukács, 1974: 170.

[19] No es por cierto esta la perspectiva politica a la que se refieren quienes intentan vincularse al último Lukács desde posiciones althusserianas como intenta hacer Barone (1986), el cual rechaza el hegelianismo del joven Lukács, pero acepta inexplicablemente el de madurez.

[20] Me parece, así, excesiva la crítica de Carlos Nelson Coutinho a la recuperación de Lenin por parte de Lukács: Coutinho ofrece una lectura reductiva de Lukács cuando sostiene que su propuesta política de la época de madurez se reducía a un “retorno a Lenin”. Este retorno a Lenin era una clara deslegitimación del stalinismo. No teniendo en cuenta este aspecto Coutinho expresa un juicio demasiado severo con relación a Lukács y también con relación a Lenin, porque la gran riqueza del pensamiento de Lenin, si era recuperada in toto, era suficiente como para una reflexión politica amplia y profunda, ontológica y radical. La crítica de Coutinho se halla aquí claramente condicionada por su referente político, es decir, por Gramsci: en Lukács Coutinho no podía encontrar lo que era caracteristico de Gramsci y viceversa, sobre todo no encontraba en Lukács una reflexión sobre la politica institucional, es decir, el problema de cómo podría ser una teoría comunista del Estado. Cf. Coutinho, 1996: 156.

[21] Cf. también Lukács, 1968: 41. Sobre este argumento también Gramsci había captado la modificación leniniana de los cánones revolucionarios respecto de Marx (cf. Gramsci, 1984: 513-517).