Universidad, sociedad y política 

El 9 de septiembre: Una efeméride olvidada

Unas semanas atrás planteamos aquí nuestra opinión sobre las omisiones que caracterizaron la conmemoración organizada por las autoridades de la UBA en ocasión de su Bicentenario.

Al destacarse sus logros y sus méritos, que fueron muchos y que indudablemente existieron a lo largo de su historia, se ocultaron o minimizaron las dificultades y especialmente las luchas en las que las universidades argentinas se vieron involucradas, que en varias ocasiones se entrelazaron con las de otros sectores sociales.

Hoy queremos referirnos aquí a un episodio de una de esas luchas, que ocurrió el 9 de septiembre de 1918, hace ya 103 años, y que casi nunca es mencionado en las referencias conmemorativas y menos aún analizadas sus implicancias. Fue el día del triunfo estudiantil en la Reforma Universitaria cordobesa, que debería ser considerado su verdadero aniversario. Suele recordarse como tal, en cambio, el 15 de junio, cuando los reformistas rechazaron el nombramiento del rector Antonio Nores, se declararon en huelga general y pocos días después divulgaron el famoso Manifiesto Liminar.

El 15 de junio comenzó la etapa decisiva del conflicto. Pero su triunfo fue el 9 de septiembre, y no solamente se debió a la firmeza de su huelga ni a la elocuencia de sus declaraciones.

 

Los estudiantes reformistas peleaban junto con la clase obrera cordobesa

 

En esa época, Córdoba no era ya una provincia donde predominaban los resabios feudales, como se la describe habitualmente. Desde fines del siglo XIX tenía un importante desarrollo capitalista, con industrias, fábricas de varios centenares de obreros, usinas, ferrocarriles y comercios mayoristas y minoristas. Muchas de estas empresas eran de propiedad de un grupo de familias de la burguesía local, muy vinculadas a la Iglesia Católica, que también dominaban la universidad, lo mismo que los bancos y otras entidades financieras. Esa misma camarilla, cuyos miembros pertenecían a diferentes partidos políticos, incluido el radical, ocupaba los principales cargos políticos de la provincia: gobernadores, intendentes y diputados provinciales e incluso nacionales.

En la clase obrera jugaban un importante rol los obreros del calzado y los molineros. Estaba organizada en sindicatos que, a diferencia de lo que ocurría en aquellos años en Buenos Aires y en Rosario, donde predominaba el anarquismo, eran dirigidos mayoritariamente por el socialismo. Se había fundado ya la Federación Obrera Local, que declaró públicamente desde el comienzo su apoyo a la huelga universitaria que comenzó el 15 de junio.

Pero el conflicto estudiantil no fue el que inició las luchas de aquellos años en la provincia mediterránea. A fines de 1917 se había producido una importante huelga ferroviaria nacional, con participación activa de los trabajadores cordobeses y desde el 1° de mayo de 1918 estaban en huelga los obreros molineros de todo el país. La parálisis de los trabajadores afectaba a varios molinos harineros cordobeses y terminó con un triunfo en el mes de agosto.

Pocos días después de iniciada la huelga estudiantil, el 23 y el 30 de junio, se realizaron dos grandes actos callejeros que reunieron alrededor de diez mil personas. Esas concentraciones, como otras que se sucedieron a lo largo de ese año, suelen describirse como “actos estudiantiles”, pero la Universidad de Córdoba tenía en ese momento alrededor de mil estudiantes, e incluso no todos eran reformistas. El resto de los concurrentes a esos actos eran obreros, como se ve claramente en la fotografía que encabeza esta nota, muchos de ellos también en huelga, que se sentían solidarios con los estudiantes por la poderosa razón de que estaban luchando contra el mismo enemigo. Una lucha que era condenada por el obispo de Córdoba, que actuaba como vocero del grupo burgués dominante y sostenía que los estudiantes actuaban “por inspiración diabólica" y que los obreros, “apóstoles de la demagogia y de la subversión”, atentaban contra “el orden” y “el trono”.

En sus Memorias, el dirigente obrero Miguel Contreras describió cómo había sido esta unidad de acción: “…ya en 1916, 1917 y comienzos del 18, en medio de grandes agitaciones obreras en Córdoba, capital e interior, y en el resto del país, los estudiantes frecuentaban constantemente la Federación Obrera Local, en la calle Ituzaingó 56, y figuras muy conocidas y siempre recordadas por nuestro pueblo, como Barros, Roca, Bordabehere y otros, eran familiares a los trabajadores […] Nosotros ocupábamos las tribunas estudiantiles para expresar el apoyo de la Federación Obrera”.

Desde el comienzo de sus demandas, los estudiantes pedían al gobierno nacional que interviniera la universidad, para garantizar elecciones democráticas que desplazaran a la camarilla burguesa clerical de los cargos directivos. La primera intervención, entre marzo y junio de 1918, fracasó, y luego de que se iniciara la huelga estudiantil el 15 de junio la Universidad de Córdoba fue clausurada. El presidente Hipólito Yrigoyen vaciló. El nuevo interventor, que era su propio Ministro de Educación, demoraba su traslado a Córdoba, porque el gobierno nacional estaba en una encrucijada. La “historia oficial” nunca menciona que el gobierno cordobés, alineado con los opositores a la Reforma, era también radical. Y tampoco que cuando el socialista Juan B. Justo hizo su alegato a favor de los estudiantes en el Congreso Nacional, el diputado que le respondió, defendiendo a las viejas autoridades de la Universidad de Córdoba, fue el radical Rogelio Martínez, cuñado del objetado y reaccionario rector Antonio Nores y futuro vicepresidente de Yrigoyen en 1928 (Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados, 29/7/1918).

 

La huelga decisiva de la Reforma no fue estudiantil sino obrero - estudiantil

 

Coincidiendo con este período de vacilaciones del gobierno nacional frente al conflicto estudiantil, y mientras la universidad permanecía cerrada, se produjo la huelga más importante de este período, protagonizada por el Sindicato de Obreros del Calzado, el más poderoso de Córdoba, durante julio y agosto de 1918, en demanda de aumento salarial y de mejores condiciones de trabajo.

En apoyo a sus compañeros y compañeras en lucha, pues en el calzado trabajaban muchas mujeres, la Federación Obrera Local declaró un paro general para los días 2 y 3 de septiembre, proclamado mediante un gran acto de 20.000 personas en la tarde del domingo 1° de septiembre, que contó con la adhesión de la Federación Universitaria de Córdoba. Una nueva concentración, al día siguiente, en la que también hablaron los dirigentes estudiantiles, fue reprimida por la policía. Ante este hecho y la falta de respuesta de los empresarios, varios de ellos miembros de la camarilla clerical y algunos también integrantes del partido radical, la huelga general se prolongó, con los comercios cerrados y sin transporte en la ciudad, hasta el 5 de septiembre, cuando los industriales cedieron a los reclamos obreros.

El 5 de septiembre, el diario la Nación de Buenos Aires describió así la situación de Córdoba durante esos días:

La ciudad ha adquirido una fisonomía especial. Las calles están llenas de grupos de gentes que comentan los sucesos. Por todas partes se ve tropa armada. Muchas casas tienen entornadas sus puertas. Las insignias rojas usadas por los obreros y estudiantes se ven en muchas solapas.

La paralización del tráfico es completa… Continúan activándose las gestiones para resolver el conflicto entre los obreros del calzado y sus patrones, que fue el motivo del paro general. Han obtenido mejoras los obreros de las artes gráficas. Han presentado pliego de condiciones los empleados de comercio.

En la policía permanece acuartelada una compañía del batallón 13 de Infantería. Soldados del 4 de Ingenieros custodian las dependencias de la Unión Telefónica… En todas las bocacalles hay soldados armados a máuser

Los diarios gestionan autorización de la Federación obrera para que se les permita aparecer mañana”.

El dirigente obrero Miguel Contreras aclara que los estudiantes reformistas participaron físicamente en las actividades que la FOL organizaba para garantizar el éxito del paro general:

Y no fue un mero apoyo de palabra. Nos mandaron todos los estudiantes y nosotros organizábamos los piquetes de huelga desde la Federación Obrera Local. Se decía: “hay que ir al Mercado Norte”, porque había que impedir toda actividad, y ahí iba una barra de doscientos o trescientos; “hay que ir al otro pueblo a paralizar la entrada de productos a la ciudad”. Y se iba y se les decía a los del otro pueblo por qué había huelga general”.

El triunfo obrero fue categórico. Obtuvieron aumento de sus salarios, reducción de la jornada laboral y el reconocimiento de los sindicatos. Los dirigentes estudiantiles que hablaron en los actos obreros habían sido detenidos y solo fueron liberados cuando la huelga terminó. Sin embargo, el viernes 6 de septiembre el conflicto universitario seguía sin resolución. La decisión se tomó de inmediato y fue simple y contundente. La Universidad de Córdoba estaba clausurada e inactiva desde hacía varios meses por la ineptitud de sus autoridades y por la falta de decisión del gobierno nacional. Los estudiantes tenían una propuesta clara para ponerla en funcionamiento bajo nuevos criterios democráticos y científicos y sólo ellos mismos podían hacerlo.

El lunes 9 de septiembre, el día cuya efeméride suele olvidarse, a las 8 de la mañana, un grupo de ochenta y tres estudiantes cruzó la calle Obispo Trejo desde el local de la FUC, entró al edificio del rectorado y ocupó sus instalaciones. Los presidentes de los centros de estudiantes asumieron como decanos de las respectivas facultades: Horacio Valdés en Derecho, Enrique Barros en Medicina e Ismael Bordabehere en Ingeniería. Comunicaron que cesaba la inactividad y que al día siguiente se reiniciarían las clases y los exámenes.

Esto fue algo que el gobierno nacional no pudo tolerar. Pocas horas después los estudiantes fueron desalojados por el ejército nacional y encarcelados en el cuartel del Regimiento 4 de Artillería y procesados por sedición.

Sólo entonces Hipólito Yrigoyen envió a su ministro Salinas como nuevo interventor y aceptó gran parte de las demandas estudiantiles.

Estos hechos muestran claramente que la afirmación de que el radicalismo e Hipólito Yrigoyen alentaron la Reforma no es correcta. Sólo una medida de fuerza extrema de los estudiantes, la ocupación de los edificios y la toma en sus manos del gobierno universitario, respaldadas por el triunfo de una huelga general de cuatro días de duración de los trabajadores de la provincia obligó al Presidente de la República a ceder a los reclamos estudiantiles.

La camarilla reaccionaria fue desplazada y el nuevo estatuto permitió la participación estudiantil, aunque de forma indirecta, en la elección de los miembros de los Consejos Directivos. Por otro lado, la repercusión política y educativa de la Reforma fue muy grande y se difundió prácticamente a todos los países de América Latina.

 

El papel del radicalismo

 

Las luchas obreras que acompañaron a la insurrección estudiantil de 1918 sufrieron pronto grandes derrotas en todo el país, en manos del mismo gobierno radical: en enero de 1919 la Semana Trágica en Buenos Aires, que terminó con 700 trabajadores muertos y 2000 heridos; la represión a las huelgas de La Forestal, en el Norte de Santa Fe, entre 1919 y 1921, que dejaron un saldo de 500 víctimas fatales; y el fusilamiento de 1500 obreros y peones rurales en la Patagonia por una columna del ejército enviada por Yrigoyen en 1921.

Durante el gobierno del también radical Marcelo T. de Alvear, a partir de 1922, la Universidad de Córdoba fue intervenida y varias de las conquistas obtenidas en 1918 se perdieron. La política de los gobiernos conservadores de la llamada Década Infame de 1930 en la Argentina, con el telón de fondo del ascenso del fascismo en Italia y del nazismo en Alemania, se reflejó en las universidades argentinas. Sólo una parte importante del movimiento estudiantil y un sector de los docentes mantuvieron en alto las banderas de la Reforma.

En consecuencia, resulta insostenible la afirmación que aún hoy hacen algunas agrupaciones estudiantiles y numerosas autoridades universitarias y que incluso reivindicó el presidente Alberto Fernández en su discurso del 12 de agosto, de que fue el radicalismo, representado hoy en su agrupación Franja Morada, el que permitió y alentó la Reforma Universitaria de 1918.

Dos cuestiones desmienten esa interpretación. La primera es que Hipólito Yrigoyen y su partido estaban divididos entre tibias tendencias democráticas y la defensa del viejo clericalismo reaccionario, y que sólo cedieron ante una contundente medida de fuerza, cuyo protagonista decisivo fue, en realidad, la clase obrera cordobesa. La segunda es que en realidad el triunfo de la Reforma fue muy limitado. Sus propios dirigentes reconocieron años más tarde que una nueva universidad sólo sería posible en una nueva sociedad que eliminara la explotación capitalista.

 El Segundo Congreso Nacional de Estudiantes Universitarios, reunido en Buenos Aires en agosto de 1932 declaró que “la Reforma Universitaria es parte indivisible de la Reforma Social. Y que los estudiantes universitarios deben adoptar una posición definida en la lucha por construir la sociedad sobre nuevas bases, convencidos de que la Universidad que ellos postulan sólo será realizada íntegramente en una sociedad que obedezca a una estructura económica, jurídica y cultural totalmente nueva.

El grado de madurez del conflicto social en todo el mundo exige el reconocimiento de una verdad inconcusa: La crisis económica, los antagonismos y conflictos nacionales, las desigualdades jurídicas, el establecimiento de regímenes políticos dictatoriales, la represión violenta de los movimientos sociales, la reacción intelectual de las clases privilegiadas, el terror blanco, etc., etc., obedecen exclusivamente al fracaso de una sociedad fundada en la economía privada y en el derecho individual”.

Los discursos triunfalistas y simplificadores tan en boga en el presente ocultan esta verdad. Deberíamos en cambio recordar el significado y las implicancias de aquel 9 de septiembre de 1918, una efeméride olvidada.

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Artículo enviado especialmente por el autor para su publicación en Herramienta.

Eduardo Díaz de Guijarro es físico y Magister en Ciencia, Tecnología y Sociedad. Actualmente trabaja en historia de las universidades. Dicta un seminario en la F. C. E. N. de la UBA. Compiló La construcción de lo posible, Bs. As: Libros del Zorzal, 2003; autor de Espíritu crítico y formación científica, Bs As: Eudeba, 2010; y coordinó Exactas en imágenes, Bs. As.: Eudeba, 2011; coautor de Historia de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales. UBA (Eudeba, 2015)

 


Referencias bibliográficas:

- Contreras, Miguel: Memorias; Ediciones Testimonios, Buenos Aires, 1978.

- Del Mazo, G.: La Reforma Universitaria, 3 volúmenes, Edición del Centro de Estudiantes de Ingeniería, La Plata, 1941

- Díaz de Guijarro, Eduardo y Linares, Martha: Reforma Universitaria y conflicto social. 1918 – 2018, Editorial Batalla de Ideas, Buenos Aires, 2018.

Buenos Aires, septiembre de 2021