Reseñas

Cazadores de ocasos. La literatura de horror en los tiempos del neoliberalismo, de Miguel Vedda

Cazadores de ocasos. La literatura de horror en los tiempos del neoliberalismo
Miguel Vedda
Buenos Aires
Ed. Cuarenta Ríos. 
2021. 392 pp.

Con Cazadores de ocasos. La literatura de horror en los tiempos del neoliberalismo, Miguel Vedda amplía y actualiza la teoría y crítica literarias marxistas en Argentina. A ello contribuye la articulación del objeto de estudio y el método de análisis que se desarrolla a lo largo del capítulo I. La constelación que conforman la literatura de masas y la obra tardía de Marx supone un desafío inicial, no porque no haya valiosos estudios de crítica literaria marxista referidos a la cultura de masas (las referencias a los ensayos de Ernst Bloch, de Siegfried Kracauer, y de Walter Benjamin dan cuenta de esa vasta tradición), sino por el intento de abordar la literatura de masas desde la perspectiva analítica del viejo Marx. Entonces, ante el reduccionismo con que los estudios marxistas tradicionales estigmatizan a la literatura de masas como un mero entretenimiento superficial, pero también frente a las disecciones que hacen del viejo Marx un economista para el que, por ejemplo, la categoría de alienación o la producción cultural han dejado de ser un problema de la economía política, Vedda advierte, desde la perspectiva de la “nueva lectura de Marx” (Moishe Postone y Michael Heinrich) que el método analítico con que, en su producción tardía, Marx estudia la fisiología del capitalismo desde el reconocimiento de la mercancía como expresión acabada del proceso del trabajo alienado, resulta pertinente para la comprensión cabal de la especificidad histórica de la literatura de masas actual. Para dicho fin, los parágrafos que componen el capítulo I resultan indispensables para el despliegue de los parámetros conceptuales de una teoría literaria marxista en la que la “preeminencia ontológica del presente” (Lukács) se establece como un centro de gravitación en virtud del cual resulte posible acceder a una “visión abarcadora del presente y de sus nexos razonables con el pasado” (385).

Nacida en la era del capital y destinada al público masivo que se formaba en el contexto de la producción industrial, la literatura de masas, a diferencia de la literatura popular y de la literatura “autónoma”, no encuentra en el capitalismo un medio hostil para su producción; es la misma mercancía que expresa y condensa los condicionamientos del mercado (§ 6). Como tal, la literatura de masas establece una dinámica de lectura que parece responder más a la relación que se da entre mercancía y consumidor. Como mercancía, la literatura de masas “expresa y vela la esencia” (19) su misma condición de relación social. En este sentido, la literatura de masas es analizada en Cazadores de ocasos “a contrapelo”; en el contexto del mercado literario, su estudio puede ofrecer una perspectiva desde la cual acceder a la comprensión de una estructura de sentimientos que subyace a la conciencia cotidiana que se identifica con el buen sentido común. Los ensayos de Vedda, de este modo, identifican los cimientos que sostienen el contrafrente de las fachadas que ofrece la literatura de masas y de la relación que establece con la conciencia cotidiana de los sectores que se identifican con la construcción de identidad ideológica de las clases medias globalizadas de acuerdo a la norteamericanización de la cultura. Eso no supone un análisis sociológico de la literatura; al concentrarse en la especificidad de la literatura de masas, los análisis de Vedda se inscriben en los intentos (Marx, Fredric Jameson) de una crítica inmanente que evita juzgar los procesos sociales y culturales de la Modernidad y de la Globalización desde fuera. Los ensayos acerca de las obras de Stephen King y de Schweblin, Enríquez y Lamberti, buscan rastrear en las mismas obras, sin certezas previas, la construcción de la subjetividad que promueven. En este sentido, los ensayos no constituyen solo una forma de exposición, sino también un método.

En el capítulo II, el método se concentra en la modalidad que el horror norteamericano ha adoptado en las novelas de Stephen King. Producto de un sistema social que excede la capacidad de comprensión de una conciencia fetichizada, las novelas de King, sostiene Vedda, ofrecen la apariencia de cosa obvia y trivial, pero “su análisis demuestra que son cosas intrincadas, llenas de sutileza metafísica y de caprichos teológicos” (150). En efecto, el análisis de sus últimas novelas, El visitante (2018), y El instituto (2019), da cuenta del modo en que la función consolatoria de la literatura de masas parte del reconocimiento de problemáticas históricas y literarias concretas que no desarrolla sino parcialmente. Exhibe estas problemáticas como un camino que no habrá de recorrerse, sino de insinuarse, para luego retomar el camino del sentido común,  reacio a emprender el camino que atraviesa el pensamiento abstracto (220), y ofrecerle un amparo simbólico. El largo proceso que va de Reagan a Trump parece haber conducido al capitalismo del buen sentido común a un período “salvaje”. El horror al que da lugar solo ser redimido, desde la conciencia cotidiana de la middle-class, por medio de una representación que aniquila o exorciza al mal, si proviene de afuera, o lo sacrifica, si surge en el seno de la sociedad, a fin de retomar los senderos del “capitalismo humano”. Así, las menciones de figuras como Hitler y Mengele, o las referencias literarias a las novelas de Golding, Orwell o Kafka sugieren un compromiso y un parámetro estético que no habrá de cumplirse. Pues, mientras las novelas de King analizadas presuponen la existencia de un público “moderadamente enterado de los horrores de Auschwitz, los gulags y Guantánamo” (151), las soluciones se configuran a partir de modelos que extrae de la tradición literaria (tal como el capitalismo puede nutrirse de un imaginario propio de formaciones sociales superadas históricamente, a fin de responder ante las contradicciones que genera).  Estos recursos formales toman en préstamo imaginarios de géneros tradicionales como el cuento maravilloso o el romance para enmarcar la acción narrativa que excede los marcos de verosimilitud del realismo cotidiano de la literatura de horror. Pero también los componentes de la acción narrativa responden a modelos que han adquirido el estatuto de verdaderos formatos.

Quienquiera que haya leído novelas o relatos de King percibe el ritmo con que los sucesos se encadenan y estimulan la atención. La sospecha de que detrás de la vertiginosidad de los episodios se oculta una verdad estable y monstruosa, no hace más que reforzar la esperanza en que la fina capa de hielo que nos separa de los abismos no se resquebraje. Para que este proceso de lectura sea efectivo, señala Vedda, la literatura de masas se vale de una serie de recursos formales: así sucede con las figuras del chivo expiatorio que debe ser sacrificado a fin de que la normalidad, mal que pese, no sea suprimida por el horror crudo e inmediato; con la unidimensionalidad de los personajes negativos; o con la deshumanización de los personajes extremos (el colectivo monstruoso que representan los sectores populares, o la no menos monstruosa perversidad de las sociedades secretas de los sectores dominantes) que la clase media, centro moral, político y literario de una sociedad permanentemente amenazada, intenta decodificar.

Con estos recursos, tal como Vedda subraya, la literatura de masas ofrece una respuesta simbólica a problemas reales. La oscilación entre historia y tradición literaria que la define se encuentra en la base de un doble movimiento contradictorio: si, por un lado, el horror de la época histórica expresa la “insatisfacción ante el mundo contemporáneo” (167) que la novela debe atender, por el otro, la respuesta dará forma a un mal absoluto, sobrenatural, que cumple con la necesidad anestésica de evasión. Evasión que coincide con el proceso que se abre en la década de 1970, en la que “[…] una vez debilitados los impulsos revolucionarios de los años sesenta, el neoliberalismo consiguió de manera eficiente canalizar las energías sociales en dirección al consumo” (237). El orden que establece el consumo requiere de un discurso que avale su tan precario como necesario equilibrio. El best-seller de William P. Blatty, El exorcista (1971), ofrece un modelo que contrapone el paternalismo a la juventud desamparada, la necesidad de mantener un statu quo a los impulsos contraculturales, la identificación con la inocencia propia de la niñez frente a la corrupción intelectual de la vida adulta, la nostalgia por los años dorados a la urgencia y el goce del presente histórico, el irracionalismo del concretismo sobrenatural (por difuso que sea) a la abstracción del pensamiento ilustrado (por material que sea).

Pero el paso que conduce del mal histórico al mal absoluto es el que, para la conciencia cotidiana, lleva de la abstracción indescifrable al carácter concreto y tangible de la realidad inmediata. Pero el mal absoluto apunta, como se sostiene en el análisis de Vedda, justamente a la personificación de una entidad aparentemente absuelta, a la delimitación de una sustancia que no responde a los condicionamientos concretos, a la construcción de una imagen que, al fin de cuentas, tranquiliza a la conciencia cotidiana ante los horrores de un “universo sin límites”, o la perversidad de una institución reconocible.

Los ensayos del capítulo III, analizan las obras de la literatura de terror argentina en función de la historia y del contexto en el que surgen. La mirada, así, se desplaza del centro ideológico hegemónico de la industria cultural norteamericana hacia la periferia Argentina, y por extensión, dada la afinidad de los procesos políticos de la región, hacia Latinoamérica. Y ese cambio de perspectiva es el que permite reconocer la refuncionalización del terror que opera en la literatura de terror argentina actual. Vedda destaca que, aunque las obras de Schweblin, Enríquez y Lamberti difícilmente puedan considerarse literatura de masas (no solo por el número de ventas, sino también, y sobre todo, por el tratamiento literario de las problemáticas que plantean), la literatura de terror argentina se ha nutrido de la influencia de las novelas de King (el hecho de que se proyecte llevar a las pantallas del cine y de las plataformas de contenidos audiovisuales versiones de las obras seleccionadas, sin embargo, dice algo acerca de su posible masificación).

En las obras seleccionadas ya no se trata de corresponder las ansiedades y expectativas de una clase media que debe afrontar la crisis en la que se encuentra el poder hegemónico norteamericano, sino de la tematización literaria de un territorio en disputa, en cuyo marco se acentúan los rasgos que hacen de la literatura de terror un campo de fuerzas conformada por “la tiranía del mercado y las pretensiones estéticas”  (122). El papel central que ocupan los sectores medios en esta contienda tiene su propia historia, y se define en función del contraste que las diferencia tanto del colectivo monstruoso de los sectores populares como del poder intangible de las élites. Vedda insiste en destacar que, si bien las obras seleccionadas no pueden responder a los mismos parámetros de análisis de la literatura de masas que representan las novelas de Stephen King, la conciencia cotidiana de los sectores medios latinoamericanos, como se advierte en Kentukis (2018), se encuentra moldeada en gran parte por el proceso de norteamericanización de la vida cultural. En virtud de ello, en Latinoamérica se presenta el caso de que los gobiernos progresistas, al intentar incluir a los sectores mayoritarios de la población mediante el consumo, han propiciado la generación de una conciencia “modelada por el sentido común liberal” (244).  De allí las afinidades que Vedda reconoce entre “la retórica antipetista que, en Brasil, demoniza a quienes reciben la Bolsa Familia, la denigración de los ‘planeros’ en Argentina y el desprecio hacia los habitantes de El Alto en Bolivia” (214).

Si el punto de inflexión para la literatura de terror en Argentina lo constituye el primer peronismo y el shock que para la conciencia cotidiana de los sectores medios supuso la irrupción de las masas populares como agente político en una ciudad hasta entonces delimitada, lo que reforzó la identidad de clase media como reacción “poderosa y agresiva” (209) ante el avance de los “cabecitas negras”, esta imagen se intensifica y modifica tras la identificación de la dictadura con un plan monstruoso; a partir de Los espantos. Estética y postdictadura, de Silvia Schwarzböck, Vedda advierte el proceso por medio del cual la conciencia cotidiana de los sectores medios se descompone y amolda de acuerdo a una ficción que solo expresa la pérdida del sentido histórico propia del postmodernismo: “Con el mal absoluto se desculpabiliza la omisión […] de la población civil. Aun quien haya deseado la dictadura siente, en la postdictadura, que no ha deseado los crímenes de lesa humanidad” (217). La desarticulación de medios y fines estructura una conciencia cotidiana que no responde ya a los condicionamientos objetivos de una realidad considerada indescifrable. Detrás del “algo habrán hecho” se advierte la difusa certeza de que los mecanismos de la sociedad opresiva responden a imprecisas causas que escapan, por suerte, a la comprensión de la conciencia cotidiana.

De este modo, en las narraciones y novelas analizadas, el imaginario en el que descansa la conciencia cotidiana de la clase media argentina es parte del terror configurado. Si los héroes positivos de las obras de King encarnan explícitamente los ideales de los sectores medios, resulta difícil encontrar en las obras de Schweblin, Enríquez y Lamberti modelos positivos semejantes. El terror que emerge de Distancia de rescate (2014) no se funda en las fuerzas trascendentales que amenazan a la clase media, pero se intensifica en la justa medida en que los mecanismos sociales de producción y consumo parecen configurar un espacio despojado de puntos de referencia que excede la capacidad de razón práctica de los personajes y reduce al límite toda tentativa por escapar de la historia. En la novela Kentukis, el terror se hilvana a partir del desamparo planetario que emerge de la misma “homogeneización de las necesidades y deseos de masas” (55). En los relatos y en la novela Nuestra parte de noche (2019), de Mariana Enríquez, en los que Vedda reconoce una presencia más palpable de la historia, es la misma perspectiva de la clase media la que es llevada a los extremos que suponen el conurbano, los barrios periféricos de la ciudad de Buenos Aires, pero también a un extremo tal en el que la fuente de identificación se convierte en una mirada autocrítica que arrastra al público lector. La consecuente melancolía a que da lugar la visión del horror es la que permite, en la refuncionalización que se opera en la nueva literatura de terror argentina, los contornos de una posible utopía. También en la sátira del horror que se configura en La masacre de Kruger (2019) y en los relatos de Luciano Lamberti, Vedda es capaz de superar la apariencias y reconocer la puesta en escena de una utopía que surge de la misma catástrofe. En la medida en que tematiza la misma literatura de masas, y la cultura de masas en general, la vuelve objeto de la sátira. La radicalidad de la representación no solo desmonta la idealización de los rincones idílicos que la clase media proyecta como refugio alejado del caos de las ciudades, también propicia la apertura a espacios alternativos impensados. En un momento histórico en el que la pandemia que “nos ha tocado” parece haber vuelto a colocar la “normalidad” bajo la tenue luz con la que se nos anestesia, el grado de autoconciencia que Vedda reconoce en las obras de la nueva literatura de terror argentina parece exceder el modelo de la literatura de masas complaciente con la conciencia fetichizada; la autocrítica que implica les permite sustraerse a la falsa apariencia de la felicidad prefabricada, y reconocer, en la misma superficie de la realidad mistificada, los resquicios por los cuales avizora el tenue reflejo, ya que de ficción se trata, de una posible utopía.

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Artículo enviado especialmente por e autor para su publicación en revista Herramienta web 34.

Martín Salinas es miembroe del Consejo de Redacción de Herramienta.