A 50 años de la muerte de Lukács

Manipulación y literatura edificante: la crítica de Lukács en los ensayos sobre Solzhenitsyn

I

El presente artículo se propone analizar los escritos de György Lukács sobre Aleksandr Solzhenitsyn desde el punto de vista del problema de la manipulación. En 1964 y 1969, respectivamente, escribió dos ensayos sobre el escritor ruso: el primero, titulado Un día en la vida de Iván Denísovich[1], se ocupa de la novela corta homónima y de otras narraciones breves. El segundo, titulado Las novelas de Solzhenitsyn, centra su interés en Pabellón de cáncer (1966) y en El primer círculo (1968), novelas que allanaron el camino del escritor hacia el Nobel en 1970. Ambas son concomitantes al último periodo de producción de Lukács, cuando la tarea central que le ocupa es una refundación del marxismo, una vivificación de su método dialéctico y una crítica integral a las consecuencias que el periodo staliniano había tenido sobre este. El momento histórico está marcado por el inicio del “deshielo” en la Unión Soviética, luego de la muerte de Joseph Stalin y, en 1956, del XX Congreso.

El compromiso de Lukács con la “desestalinización” del campo socialista fue más que teórico: en 1956 fue parte del gobierno encabezado por Imre Nagy en Hungría. Tras la derrota de este proceso, que le valió la expulsión del partido, fue encarcelado y deportado junto con todo el gobierno de Nagy. En abril de 1957 fue puesto nuevamente en libertad y sus esfuerzos se volcaron al trabajo en el campo de la estética (Infranca, 2017: 206), cuya culminación es la gran Estética publicada en 1963. Aunque, en apariencia, la temática de esta obra pareciera estar alejada de la lucha política, lo cierto es que el objetivo de poner en cuestión la herencia staliniana y vivificar el marxismo está plenamente presente. Ya en el prólogo sostiene una posición crítica frente a la orientación que han tomado los estudios científicos en la academia soviética. En el periodo de Stalin, y en nombre de la fidelidad al marxismo, tuvo lugar una ruptura con todas las grandes tradiciones de pensamiento previas a los padres del socialismo científico. Todo esto produjo una investigación cuyos resultados califica enfáticamente de una pobreza “espantosa” (Lukács, 1966: 19).

Más tarde, cuando Lukács escribe el segundo ensayo sobre Solzhenitsyn, trabaja ya en la Ontología, una de sus obras más ambiciosas. Poco antes, a fines 1968 había finalizado el ensayo Democratización hoy y mañana, traducido al español como El hombre y la democracia (1989). La siguiente valoración de Infranca (2017) permite ubicar este texto en el escenario de acontecimientos históricos ya mencionados y da cuenta, al mismo tiempo, de la confianza de Lukács en la perspectiva socialista:

 

[…] el ensayo es la síntesis dialéctica, con la superación de ciertas posiciones, de todo el pensamiento político de Lukács, y cuando hablo de superación de posiciones políticas, me refiero en particular al rol de tracción del Partido Comunista. El ’56 húngaro representó para Lukács un fracaso temporario en la tarea de democratizar un régimen socialista realizado. A pesar del fracaso de esta experiencia Lukács mantuvo una perspectiva hacia el socialismo, es decir, la conciencia de ser el portador de valores nuevos que, más allá de todo fracaso, se revelarían victoriosos (265).

 

Esa confianza se cifra en la posibilidad de una reforma del socialismo que permita mayores niveles de participación de las masas en la toma de decisiones de la vida política, que “baje” la toma de decisiones a ámbitos de la vida cotidiana y la purifique “de los residuos existentes y operativos todavía de la sociedad de clases” (Lukács, 1989: 197). Este es el sentido del concepto de democratización (Demokratisierung), entendido no como un régimen político delegativo al estilo de las democracias occidentales, sino como un profundo proceso histórico-social de reforma del socialismo.

Tal perspectiva alienta la crítica en todos los frentes: filosófico, estético, político y está plenamente presente en los ensayos sobre Solzhenitsyn. Por esto, las menciones realizadas permiten pensarlos en un marco más amplio y establecer constelaciones más provechosas para su análisis. Así, se propone leer tales ensayos desde la crítica literaria para luego desplegar problemas más amplios que se orientan unitariamente hacia la crítica de la manipulación (Manipulation).

 

II

Se parte entonces de considerar, a grandes rasgos, cuál es el significado de esta categoría. En primer lugar, es necesario señalar su importancia dentro de la ópera magna que es la Ontología. Con esta obra, Lukács culmina su producción tardía, en la que se sintetizan los esfuerzos dedicados al estudio del marxismo durante décadas. La manipulación es el rasgo que define al capitalismo en la fase actual de desarrollo y que abarca todas las expresiones de la vida social. Su surgimiento se ubica en la esfera del mercado, ya que parte de la necesidad del gran capital de ofrecer mercancías en masa para el consumo a millones de personas (Lukács, 1986: 285). Desde ese origen concreto, en un sistema social dominado precisamente por la necesidad del lucro, este fenómeno se universaliza a la política, la ciencia, el arte y, desde luego, a la vida cotidiana.

Uno de los aspectos clave de la manipulación en el ámbito económico es el consumo de prestigio (Prestigekomsuntion), el cual permite entender, nuclearmente, la relación entre manipulación y alienación. El consumo de prestigio describe la aspiración del individuo de realizarse como sujeto mediante la adquisición de bienes y servicios, los cuales brindan acceso a una imagen totalmente fetichizada de sí mismo. El individuo, movilizado en su deseo de consumir, en el que se cifra la posibilidad de adquirir un status peculiar en el ámbito social, vive una imagen espectral de sí mismo que pone la mercancía al alcance de su mano. En esa exacerbación de la peculiaridad del individuo se manifiesta el desgarramiento entre individuo y conjunto social, entre lo individual y el género humano, cuyas raíces se hunden en las relaciones sociales de explotación y en la división social del trabajo.

El espejismo de la manipulación es la creencia individual de la plena libertad, de la más alta conquista de la personalidad entendida siempre como diferenciación del conjunto social y de renuncia de todo aquello que liga colectivamente. La economía capitalista encuentra en la manipulación a un aliado único, porque es una forma de dominación sutil en la medida en que implica la vana ilusión de no estarlo. Se muestra a sí misma como desideologizada y hace aparecer la vida alienada de la cotidianidad como el mejor y el único de los destinos humanos posibles.

La manipulación, en tanto es una de las formas particulares que asume la alienación en el capitalismo contemporáneo, posee rasgos de este fenómeno general de sociedad humana dividida en clases. En primer lugar, no se trata de un fenómeno meramente ideológico, sino que, por el contrario, es una objetivación social (ibíd.: 540), producto de un proceso histórico concreto más amplio y que se enlaza directamente con la diferenciación en clases sociales y la apropiación de los resultados del trabajo por una minoría. Tampoco es un destino social o una condition humaine inevitable: solo en la medida en que la apropiación privada del trabajo colectivo se ha tornado ley, es decir, cuando en el ser social se ha quebrado el vínculo respecto de su propia esencia genérica, la alienación tiene lugar. Sobre esta objetividad social se funda la subjetividad alienada que, a lo largo de la historia ha tenido diversas concreciones. Esta concepción ontológica del fenómeno, implica, además, el carácter universal de la alienación, porque afecta a los individuos de todas las clases por igual, aunque provoque reacciones contrapuestas. Lukács habla no solo de distorsiones ideológicas, sino de “brutales y masivas fuerzas vitales” (ibíd.: 563). La distorsión en la esfera ideológica está encadenada a la distorsión en el plano de lo real; lo deformado no es simplemente una cosmovisión, sino la sociedad misma la que se está objetivamente deformada. Dicha concepción se vincula directamente con el modo en que Marx define el fetichismo de la mercancía en El Capital. Este es el reflejo de una relación social, del carácter mercantil, abstracto, del trabajo humano en la sociedad capitalista (Marx, 2008: 89). En la mercancía queda reflejado no sólo el carácter social del trabajo, sino también la relación social entre los productores y el trabajo global (ibíd.: 88). En él tiene lugar el distanciamiento entre el individuo concreto y el ser íntegro; entre la unilateralidad de su desarrollo personal y las condiciones de desarrollo integral que podría ofrecer la sociedad en un conjunto de relaciones sociales donde el ser humano constituyera un fin en sí mismo y no un medio.

El desgarramiento entre individuo y género humano está en el centro de la problemática de la alienación y, por tanto, también de la manipulación. En la Ontología, Lukács afirma que el desarrollo de las fuerzas productivas significa, a lo largo de la historia, un incremento de las capacidades humanas. Sin embargo, de ello no se sigue necesariamente el desarrollo de la personalidad de los individuos (1986: 504). La distorsión y la degradación constituyen, en efecto, resultados de este contradictorio proceso. Al respecto, Tertulian señala que:

 

[…] la multiplicación de las aptitudes y de las capacidades está sujeta al funcionamiento de una estructura impuesta y no a la autoafirmación de la personalidad. La autonomía del sujeto, si ella existe, es una “autonomía otorgada” o una “autonomía controlada”, predeterminada por límites rigurosamente fijos, y no una “autonomía conquistada”, resultado de la libre opción alternativa del sujeto (2006: 39. Subrayados del autor. La traducción es nuestra).

 

La crítica que despliega Lukács sobre la sociedad capitalista a partir de la manipulación no deja indemne al régimen soviético. Manipulación grosera y manipulación brutal (Lukács, 1986: 690) son términos que el autor utiliza para referirse al dominio del régimen no solo en la esfera ideológica y política, sino también en la vida cotidiana. El desarrollo histórico del socialismo tiene tendencias contrapuestas y este mismo ha creado nuevas formas de alienación, alentadas y reforzadas por la propia estructura burocrática de dicha sociedad. En el momento en que Lukács escribe su Ontología, el periodo de Stalin ha terminado, pero no así su herencia, lo cual exige una revisión profunda que el autor postula del siguiente modo:

 

[…] cada tipo de tales manipulaciones no puede ser suprimido de una manera simplemente administrativa; requiere la crítica, que vuelve a los principios, de las deformaciones del marxismo, requiere su reconstitución metodológica; pues una nueva toma de posición fundamentalmente diferente dentro a la sociedad, frente a su desarrollo, frente al rol que el hombre individual desempeña en ella […] constituye el requisito indispensable para que la manipulación sea superada realmente y no meramente en lo formal (ibíd.: 692)[2].

 

En las próximas páginas se analiza el modo en que la crítica a este legado staliniano se imbrica en el análisis literario de las obras de Solzhenitsyn.

 

III

La crítica especializada en Lukács ha dado escaso interés a los ensayos sobre Solzhenitsyn. Entre los estudios sobre el autor, las menciones son pocas, breves y siempre acotadas al primero de los dos. Henri Avron se refiere escuetamente a Un día en la vida de Iván Denísovich en el capítulo dedicado a la concepción de realismo de Lukács. Allí, recupera la crítica hacia la cultura burocrática de la época de Stalin y, haciéndose eco de la interpretación de Lukács sobre su trayectoria intelectual, reconoce que su eventual adhesión al stalinismo no pone "en tela de juicio la orientación fundamental de su pensamiento" (Avron, 1968: 110). Es decir, se apela al escrito sobre Solzhenitsyn para realizar un encuadre ideológico general de este último periodo de escritura. Tertulian destaca el entusiasmo con que el húngaro saluda la publicación de la novela corta Un día en la vida de Iván Denísovich. También recupera, en trazos gruesos, las limitaciones ideológicas que Lukács atribuye a Solzhenitsyn: mientras que su obra es un germen de renovación del realismo socialista, al mismo tiempo, padece la falta de “perspectiva política”, dado que -en palabras del propio Lukács- no es más que un "demócrata plebeyo" (Tertulian, 1980: 290).

El juicio de Lukács sobre Un día en la vida de Iván Denísovich es rotundo: “Ha conseguido abrir verdaderamente brecha en las defensivas murallas ideológicas de la tradición staliniana” (Lukács, 1974: 11). Fue publicada en 1962 en la revista Novy Mir. La narración se ajusta a lo que anticipa el título. Es una presentación del conjunto de vicisitudes que vive un recluso y sus compañeros en un campo de trabajo de Ust-Ilimsk a comienzo de los años cincuenta. El hambre constante, el cansancio, el frío gélido y el sometimiento a trabajos absurdos e interminables configuran, a grandes rasgos, las condiciones de vida atroces en que viven los prisioneros.

Se trata de un día “normal” en la vida cotidiana del campo, sin sobresaltos significativos. Sin embargo, buceando en esa cotidianidad es que Solzhenitsyn revela las diversas formas de opresión y las disyuntivas que los personajes atraviesan: “Pero ni siquiera en sus ideas gozan los reclusos de libertad. Siempre vuelven a lo mismo y no cesan de rumiar: ¿descubrirán la ración que he escondido en mi colchón?” (1970: 38). En la superficie de la vida, el narrador descubre lo que hay de esencial -y de brutal- en esa realidad, esto es, la anulación completa de la personalidad de los individuos. El hambre y el trabajo los reduce a meros cuerpos que desempeñan tareas. No hay lugar para la memoria, la cultura, la historia individual o colectiva: “Lo cierto es que uno vive a ras del suelo y no tiene tiempo de pensar en cómo vino a parar aquí y en cómo va salir” (ibíd.: 63).

En ese marco, Lukács presenta los méritos de Solzhenitsyn en “la descripción veraz de los decenios stalinianos” (1974: 11). Su arte es calificado como auténtico frente a la “literatura edificante” de la época de Stalin, entre las cuales el problema de la manipulación ocupa un lugar de parteaguas: la literatura edificante está “determinada por las resoluciones del aparato en cada momento” (ibíd.: 13) tanto en forma como en su contenido. Esa inversión en la misión del arte, convertida en sierva de la burocracia, tiene consecuencias en el conjunto de la obra y en la visión de mundo que esta configura. Lukács señala, particularmente, 1) la alteración de la dialéctica pasado-presente, es decir, una manipulación de la verdad histórica; 2) manipulación de personajes, devenidos en “marionetas” que ilustran ideas impuestas desde la exterioridad del mundo de la obra y 3) como consecuencia de lo anterior, la transformación de la obra literaria en mera literatura exegética o ejemplificadora (ibíd.: 13).

En relación al primero de los elementos enumerados anteriormente, la narración de Solzhenitsyn difícilmente sea un ejemplo que pueda oponerse a la literatura edificante. El propio Lukács reconoce que el autor ruso elabora “un cuadro parcial, inteligentemente pintado de grises” (ibíd.: 15). La falta de perspectiva histórica se expresa en la representación de mundo, que aparece ante el lector como una realidad insuperable, como un factum brutum sin pasado y, también por esto mismo, sin futuro. Tal rasgo se explica, además, en que la dialéctica entre la opresión y la resistencia emerge solo en ocasiones y débilmente, en actos minúsculos en los cuales el individuo sustrae su subjetividad por un momento y se niega a aceptar aquello que se le aparece como lo dado y lo natural. Es apenas un acto posible, imaginario, o una afirmación interior: “Uno podría preguntarse qué diablos sacan los reclusos de trabajar años y años. Les bastaría decir que no y todo habría acabado. Llegaría la noche y la noche sería suya. Pero es inútil. La brigada fue inventada para esto” (Solzhenitsyn, 1970: 55). O en otro pasaje:

 

-Aquí tiene su ración, César Márkovich.                                                        

No le dice: “Bien, ¿lo ha recibido?”, porque esto sería recordarle que ha hecho cola por él y que tiene derecho a una compensación. Sabe perfectamente que tiene derecho a ella, pero él no es un gorrón, ni siquiera después de ocho años de trabajos forzados, y, cuanto más tiempo pasa, más se afirma en su manera de ser. (ibíd.: 137. El subrayado es nuestro).

 

Sin la exploración de la relación opresión y resistencia, es decir, sin posibilidad de una mediación práctica en que los sujetos emerjan como actores de su propio destino, resulta impensable una elaboración más compleja y dinámica entre pasado, presente y futuro. La normalidad configurada por Solzhenitsyn, antes que una impresión de atrocidad extraordinaria, evoca un mundo donde pequeños actos de miles de individuos bajo la misma lógica burocrática y alienada de relacionarse construyen realidad que puede ser aceptada así sin más, como algo dado; como algo inevitable y perenne: “[…] ningún recluso vio jamás un reloj: ¿de qué serviría? En el campamento solo conviene saber si sonará pronto el toque de diana, el tiempo que falta para la salida, para la comida, para la cena” (ibíd.: 147).

Lukács, sin embargo, rescata como mérito del autor que ha logrado comprender cómo “el sistema de dominio staliniano penetró en toda la cotidianidad” (1974: 12) y este es precisamente el corazón de la crítica que consigue elaborar Solzhenitsyn. Este punto remite al segundo rasgo que se destacó previamente. La caracterización de los personajes no sería posible sin la elección de una situación típica, a partir de la cual estos actúan de acuerdo a la dialéctica interna del mundo de la obra.

El concepto de tipicidad está íntimamente emparentado con la de particularidad (Besonderheit). Para Lukács, lo típico es “la encarnación artística de la particularidad” (1969: 277). Una situación típica es aquella en la cual predominan las determinaciones más generales, cuya mayor presencia o ausencia puede conducir hacia lo singular (ibíd.: 279). Se trata de una categoría que pertenece al orden de lo real y que, por lo tanto, surge de un concreto sistema dinámico de relaciones (ibíd.: 280). A su vez, si postulamos un personaje típico -siempre pensando su parentesco con la particularidad-, este debe concebirse no simplemente como un punto de cruce entre lo singular y lo universal, sino como un campo complejo y dinámico. Lo típico es la superación dialéctica de lo singular y lo universal, porque conserva las determinaciones más generales de lo segundo y, al mismo tiempo, conserva los rasgos peculiares de la individualidad de los caracteres.

Existe una acusada similitud entre esta concepción y la opinión de Marx a propósito del drama Franz von Sickingen de Ferdinand de Lassalle. En 1859 el destacado dirigente de la socialdemocracia alemana compartió con Engels y Marx su obra dramática. A través de un intercambio epistolar, Marx evalúa la configuración de los personajes de la obra de la siguiente forma: “[…] hubieses tenido, pues, que shakespearizar más, mientras que imputo como principal falta el hecho de schillerizar, es decir de transformar a los individuos en meros portavoces del espíritu de la época” (Marx, Engels, 2003: 200-201). Con esta afirmación, cuestiona el predominio de las determinaciones más generales en la composición de los personajes sobre las características individuales y que los dotan de vivacidad y verosimilitud. La transformación de los mismos en figuras esquemáticas cuyos rasgos son decididos “desde afuera”, es decir, impuestos por el autor o, en el caso de la literatura edificante, por las exigencias del aparato burocrático del Estado, rompen la legalidad interna de la obra.

La tipicidad es clave para configurar la verdad histórica que porta toda obra de arte auténtica. Sin lo universal, entendido como universal histórico, el arte no puede decir nada acerca del género humano; sin la singularidad se vuelve abstracción sin poder evocador. La tipicidad reúne y supera ambos polos. Si lo típico no emerge de la dialéctica propia de lo real, se convierte en mero instrumento de sanción moral o política; lo realista es rebajado a naturalismo y, para Lukács, el naturalismo es siempre una forma de subjetivismo deformante y fetichizador. Las características y los detalles de los mundos elaborados artísticamente, o bien, los personajes “jamás se funden en una unidad orgánica con el material narrativo o figurativo, por la sencilla razón de que han sido añadidos por principio desde fuera de ese material” (Lukács, 1974: 20). Así, Lukács se opone a la violencia sobre la legalidad de situaciones y personajes, la cual es producto de una impronta individual -o una prerrogativa del aparato político- cuyo saldo es siempre una manipulación de lo representado.

Por otra parte, es notorio cómo Solzhenitsyn coloca a sus individuos ante alternativas concretas. La completa interrelación entre determinaciones sociales e individualidad, ya señalada previamente, exige no solo mostrar cómo operan las condiciones objetivas sobre el ser social, sino también cómo este ante cada dilema tiene que tomar caminos que siempre son concretos. La libertad, aparece entonces no como una abstracción o una condición humana abstracta, sino como opción entre disyuntivas que ofrece la realidad, las cuales están determinadas históricamente y sobre las cuales opera la personalidad humana. En la vida del campo de concentración, la disyuntiva cotidiana y típica, explica Lukács, es “resistir o romperse” (ibíd.: 15). Esta capacidad de mostrar a través de las acciones de los personajes -antes que señalar o demostrar sin poder dar forma a sujetos actuantes- el conjunto de la vida cotidiana con trazos concretos cumple resueltamente con el carácter desfetichizador que Lukács asigna como misión de las obras de arte: rompe con toda mistificación trascendente y pone la realidad a andar sobre sus pies, esto es, como el resultado de fuerzas humanas puestas en acción (Lukács, 1967: 539).

La tipicidad, en síntesis, es el logro literario de Solzhenitsyn: “Cada detalle va cargado con la alternativa de morir-seguir viviendo; cada objeto puede desencadenar destinos salvadores o catastróficos. Así se vincula inseparable y visiblemente el ser así, siempre casual, de los varios objetos con las singulares curvas del destino” (Lukács, 1974: 23). El mundo que configura adquiere la potencia evocadora de un símbolo que porta una verdad histórica: así se ha visto a sí misma una sociedad, un colectivo humano, en un momento determinado.

En el segundo ensayo sobre Solzhenitsyn, Lukács aborda Pabellón de cáncer y El primer círculo, a las cuales valora como “la culminación provisional de la presente literatura” (ibíd.: 37). Aquí es posible rastrear otros elementos que completan la distinción de la literatura auténtica frente a la manipulación de la literatura edificante. En primer lugar, destaca que Lukács apela a la categoría de particidad (Parteiheit) frente al “tacticismo”. Mientras que la primera es una toma de posición frente al mundo desde el punto de vista de los procesos históricos generales que estructuran un momento histórico dado y que, necesariamente pero también mediadamente, configuran ideológicamente el mundo de la otra de arte; el tacticismo pone la obra al servicio de intereses inmediatos y mezquinos. Dicho rasgo es la puesta en práctica en la esfera del arte de una concepción ideológico-política más general y que parte de la vida cotidiana. En Democratización hoy y mañana ya aparece asignado como componente esencial del stalinismo:

 

Ante un conjunto de hechos se reacciona tácticamente de una u otra manera, la teoría tiene allí la simple función de interpretar la respectiva decisión táctica a posteriori, como resultado necesario del método marxista-leninista. De esta manera, la ideología no puede más que convertirse en el campo primario de la manipulación... (Lukács, 1989: 142).

 

La inversión entre objetivos los generales -históricos- y los inmediatos -tácticos- es criticada por Lukács en el plano político y en las negativas consecuencias que tuvo para la sociedad soviética. En la esfera artística, el resultado es equivalente en la medida en que la obra pierde su verdadera potencia artística y se convierte en un mero instrumento propagandístico y fetichizado que obra como portavoz, en este caso, del partido. Este debate se encuentra representado, incluso, en la trama de las novelas de Solzhenitsyn:

 

¿Por qué tendría la verdad que haberse vuelto de repente austera? ¿Por qué no sería radiante, cautivadora, optimista? ¡Nuestra literatura entera debe convertirse en una literatura regocijada! Al fin de cuentas, es ofender a la gente describirle su vida con colores sombríos; le gusta que, al describírsela, la embellezcan (1969: 236).

 

El responsable de estas palabras es el funcionario Pavel Nicoláievich Rusanov, obediente servidor del Partido Comunista y que convalece en un hospital burocráticamente administrado donde transcurre Pabellón de cáncer. El pragmatismo del personaje, propio de una visión burocrática de la vida, deja también en ruinas el mundo de las obras de arte. En contrapartida, la particidad que puede reclamársele a una obra artística es una toma de posición general acera de “cómo un estadio social dado influye espontáneamente en el devenir-hombre y en las orientaciones de la deshumanización, de la alienación” (Lukács, 1974: 39). Como queda en evidencia con esta última cita, una obra manipulada y manipuladora nunca puede representar y poner en cuestión auténticamente las tendencias deshumanizantes de un periodo histórico.

Por otra parte, si para Lukács, el creador de El primer círculo es un configurador importante de la crisis más importante que ha tenido el socialismo, se debe a que logra mostrar en toda su profundidad el funcionamiento del sistema stalinista. En la narración que tiene como protagonista al recluso Iván Denísovich solamente hay lugar para una parcialidad en la representación de las jerarquías del campo de concentración. En esta novela, en cambio, el escenario se amplía y profundiza; el universo de personajes está atravesado por el espíritu burocrático cuyo espacio típico es la sharashka. En el caso de los individuos colaboradores con el régimen que tienen por tarea educar en el miedo y la esperanza, es decir, en la pasividad interior, caen ellos mismos en esa sumisión. La vida en el aparato burocrático cuyas acciones están orientadas por las necesidades inmediatas -la prioridad de la táctica, mencionada antes- tiene como consecuencia la ruptura completa entre género humano e individualidad. Las energías se orientan constantemente hacia una caída en la particularidad que aísla, aliena y reproduce, en última instancia, el terreno ideológico para la perpetuación de la manipulación por el mismo aparato burocrático. Esta pasividad interior y la subjetividad puramente particular puede asumir la forma de un activismo febril. Pero no es más que una forma de monotonía vacía producto de una “subjetividad momificada” (ibíd.: 63), por esto “todo verdadero compromiso [con el régimen] en este terreno acarrea la pérdida de la dignidad humana” (ibíd.: 66). Con esta última sentencia, Lukács da cuenta de la inextinguible relación entre lo individual y lo socialmente esencial: en el campo, en la sharashka o en el país entero, donde reina la manipulación de la vida y la subjetividad ha enmudecido en su individualidad, solamente la resistencia puede reconducir al camino que va de la particularidad al género humano. Pero esa resistencia, a su vez, solo puede fundarse auténticamente en una conciencia de comunidad. Ejemplo clave en este sentido es Víctor Abakumov en El primer círculo, cuya servil actitud lo vuelve un títere del gobierno, sometido interior y exteriormente a la voluntad de Stalin (Solzhenitsyn, 1974: 178).

El caso de Kostoglotov también es paradigmático en este aspecto. Es un ex combatiente de la Segunda Guerra Mundial, más tarde recluso y un perpetuo exiliado. Su vida ha sido errante y solitaria. En su figura, el autor recrea la condición brutal de los perseguidos y purgados por el régimen staliniano. Cuando termina su periodo en el hospital, la vida que le espera se le figura igualmente amarga:

 

-No, no por toda la vida: ¡a perpetuidad! -insistió Kostoglotov-. En el papel decía, con todas sus letras: a perpetuidad. De ser por toda la vida, entonces al menos se podría repatriar después mi féretro; pero es "a perpetuidad" [...] Seguramente está prohibido llevar el féretro de vuelta. Podrá apagarse el sol, nada cambiará en ello; la eternidad es aún más larga (1969: 138).

 

De este modo hiperbólico Kostoglotov describe el destierro que comienza. Es mucho más que una condena producto de una decisión administrativa y judicial. Afecta su entera condición en el conjunto social, del cual queda excluido definitivamente, sin término. No es un castigo que busque la rectificación de un crimen cometido, sino la humillación. En sus palabras resuena la sentencia que, en El proceso de Franz Kafka, cae sobre Joseph K, al cual “era como si la vergüenza debiera sobrevivirle” (2007: 367).

El reencuentro breve con la ciudad es igualmente amargo. En la calle, el hambre que le despierta el shashlik es la única sensación auténtica que logra embargarlo. Se trata de un deseo vital que le recuerda algunos buenos años de vida anteriores a todas las desgracias sufridas. Sin embargo, en medio del regocijo por la comida, nuevamente la conciencia del daño irreparable lo asalta. La experiencia atravesada es vivida como un total desgarramiento:

 

[…] vacilante sobre sus piernas inseguras, había salido de la clínica un nuevo Kostoglotov, "débil, sonoro y traslúcido", como decían en los campamentos. Había salido de ahí, no para una vida entera y completa, sino para una pizca de vida, semejante a aquella rebanada de pan añadida, para completar el peso, a la primera porción y sostenida con un palillo de madera: uno juraría que pertenece a la misma ración, pero no: es un trozo aparte. (Solzhenitsyn, 1969: 398. El subrayado es nuestro).

 

Los acontecimientos posteriores siguen la misma línea argumental. La visita al zoológico le produce solo asco y las cartas que escribe a su gente querida, en especial la dirigida a Vera, están llenas de desazón y pesimismo. No hay perspectiva posible de una alternativa. El futuro se le aparece como continuación del errar previo. En el final de la novela, Kostoglotov, curado de cáncer de lengua, emprende un viaje de retorno a su ciudad de origen. Luego de enviar las cartas mencionadas, llega a la estación, se apura a subir al vagón y allí se duerme. Ahora puede descansar, es su única conquista, mientras el tren avanza. La imagen final son sus botas que parecen “privadas de vida” (1969: 433), como él mismo.

El horizonte que emerge de las obras de Solzhenitsyn se disuelve en la desazón de las opresiones. En oposición, Lukács sostiene que la superación de estas condiciones históricas exige una puesta en práctica de enormes esfuerzos intelectuales, éticos y políticos para lograrlo. En este aspecto, las reflexiones teóricas de la Ontología pueden vincularse directamente con las observaciones políticas de Democratización hoy y mañana y las que emanan de la crítica literaria de los ensayos sobre Solzhenitsyn. La democratización como proceso que pone en conexión la vida cotidiana del individuo con los grandes problemas del conjunto social es una premisa básica que sostiene Lukács y que desborda cualquier método meramente administrativo o formal.

En ese objetivo de largo aliento, la literatura cumple un rol insoslayable por su carácter desfetichizador. El conjunto de las valoraciones que Lukács precisa en los ensayos ya examinados da cuenta de esto, así como de sus matices y reparos sobre el escritor ruso. Para que ese efecto liberador del arte respecto de las tendencias manipuladoras y alienantes de la sociedad sea posible, tiene que lograrse una representación artística fiel a la realidad que, al mismo tiempo, sea evocadoramente crítica de la vida.

La aparente contradicción entre representación y crítica se disuelve si se observa que el arte auténtico apunta a revelar los rasgos esenciales de la existencia humana en un momento histórico determinado. La conformación evocadora de la realidad a través de caracteres y situaciones típicas; la representación de destinos humanos individuales como destinos históricamente determinados; la representación de esos destinos individuales en pugna y en relación dialéctica con las condiciones en que actúan los sujetos y, por último, la configuración de obras artísticas que atienden prioritariamente a la dinámica de la realidad frente a la imposición subjetivista y que desde allí configuran su obra, son los rasgos destacados de esta visión del arte y la literatura en la que representación y crítica se funden. Porque así, el arte revela no a la vida tal como se aparece en su forma fragmentaria, confusa, inconexa y cosificada, sino que la muestra como una creación humana, transitoria y transformable y pone en cuestión la manipulación a la que, precisamente, la vida cotidiana está sometida.

Los fundamentos históricos que explican la cesura entre la personalidad de los individuos y el género humano, en la sociedad capitalista actual, no han hecho más que acentuarse. En ese marco, la literatura y el arte en general constituyen una de las armas de la crítica contra las fuerzas sociales que condenan a la humanidad “a la impavidez de los hombres que han perdido completamente todo” (Solzhenitsyn, 1974: 889), incluso la confianza en la posibilidad de cambiar su destino.

 

Bibliografía

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– / Engels, F. Escritos sobre literatura. Trad. de Fernanda Aren, Silvina Rotemberg y Miguel Vedda. Buenos Aires: Colihue, 2003.

Solzhenitsyn, A. Pabellón de cáncer. Santiago de Chile: Ercilla, 1969.

–,Un día en la vida de Iván Denísovich. Trad. de J. Ferrer Aleu. Barcelona: Plaza y Janés, 1970.

–, El primer círculo. Trad. de Mariano Orta y Rafael Orta. Barcelona: Bruguera, 1974.

Tertulian, N., Georges Lukács: étapes de sa pensée esthétique (trad. de Fernand Bloch). París: Le Sycoromore, 1980.

–, “Aliénation et désaliénation: une confrontation Lukács Heidegger”. En: Actuel Marx 39 (2006), pp. 29-53.

 

 

 

Artículo enviado especialmente para su publicación en este número de Herramienta web 34.

Leonardo Lopresti es Licenciado en Letras por la Universudad Nacional de Cuyo. Ayudante de la cátedra de Literatura Alemana y Austriaca en esa misma Universidad.


[1] En el ámbito del habla hispana, este ensayo apareció en Revista de Occidente en abril de 1966 con el sugerente título Realismo socialista hoy: Discusión crítica con la época de Stalin. El nombre del traductor no se señala en la edición. En 1974, los dos ensayos serán publicados por Editorial Grijalbo en la traducción de Manuel Sacristán. Las citas de este artículo están tomadas de esta edición.

[2] La traducción de la cita corresponde a: Lukács, G. (2013). Ontología del ser social: la alienación (trad. de Francisco García Chicote. Buenos Aires: Herramienta.