Lanzamiento en Brasil del libro Los Desafíos de la Transición de Aldo Casas

Lanzamiento en Brasil del libro Los desafíos de la transición de Aldo Casas

Se realizó el viernes 31 de julio

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Prólogo

                        A los lectores brasileños

Quiero en este prólogo comenzar por saludar a las y los compañeros que en Brasil mantienen viva la lucha por la libertad y el socialismo, y decirles que vuestro combate es también nuestro combate, el de todos los pueblos de Nuestra América enfrentados con la colonialidad, la depredación imperialista y la inclemente explotación del capitalismo dependiente que campea por estos lares. El libro que dejo en vuestras manos, aspira a que una lectura comprometida y crítica lo corrija, lo complemente y lo proyecte en renovada praxis revolucionaria. 

Este ensayo fue escrito hace poco más de 10 años y en Argentina. Mal podría entonces referirse a las urgentes cuestiones que hoy están planteadas en Brasil: ¿cómo enfrentar y derrotar a Bolsonaro? ¿de qué manera luchas diversas y dispersas pueden coordinarse y reforzarse mutuamente? ¿cómo construir una voluntad colectiva revolucionaria, con profundas raíces en las clase trabajadoras y pueblos originarios, con prácticas anticapitalistas, eco-feministas y emancipatorias? Estas páginas no responden ni sugieren respuestas a esos interrogantes. Lo que el libro sí aporta son análisis y conceptos que pueden ayudar a que lo haga cada lector-militante. En primer lugar, destacando la necesidad de examinar la realidad sabiendo que el hacerse mundo del capital y el hacerse capital del mundo constituye una totalidad concreta, con antagonismos y contradicciones, en movimiento. Debemos aprender a buscar en la dialéctica de esas contradicciones los elementos que permitan re-definir la actualidad de la revolución y el advenir de las fuerzas sociales, ideales y materiales que, en la transición de final incierto en que ha ingresado la humanidad, hagan posible (nunca seguro) luchar para ir más allá del capital. 

Claro es que no deben ignorarse las dificultades, amenazas y peligros que se derivan de relaciones de fuerza muy desfavorables. El movimiento obrero y los revolucionarios hemos sufrido una severa derrota a escala mundial que lejos esta de superarse. Casi toda la política emancipatoria del siglo XX con sus encarnizadas disputas estratégicas entre socialistas, comunistas, trotskystas, maoistas, castristas, nacionalismos revolucionarios, etc., estuvieron enmarcadas en el horizonte de sentido (político) y la constelación cultural, histórica e incluso interestatal que generó la Revolución Rusa de 1917. Hoy no ocurre lo mismo, porque (sin ser la única razón) la restauración del capitalismo en Rusia, Europa del Este y China descubrió de manera brutal una crisis de alternativa socialista que se venía gestando desde mucho antes. Junto con la desaparición del autodenominado “socialismo realmente existente” y las severas derrotas del proletariado en Occidente (que podemos simbolizar con el aplastamiento de la histórica huelga de los mineros en Gran Bretaña), se clausuró y quedó atrás todo un período histórico del movimiento obrero y revolucionario mundial. Y a pesar del tiempo transcurrido desde que se tirara abajo el Muro de Berlín, las izquierdas siguen deambulando entre los escombros que dejó ese terremoto organizativo, político y simbólico. Los mitos, ilusiones y desilusiones de aquel socialismo que no fue, siguen operando como un recurrente factor de confusión y así será hasta que un riguroso balance crítico (y auto crítico) de lo ocurrido permita asimilarlo como experiencia estratégica.

Es preciso también advertir que la creciente magnitud e impacto que asume la crisis estructural del capital, es también y simultáneamente crisis ambiental y crisis civilizatoria. Los cambios en el metabolismo económico-social y la insostenible brecha ecológica generada plantean una larga serie de nuevos problemas y problemas viejos que asumen imprevistas dimensiones. En la década transcurrida desde que el libro fuera escrito, la gravedad de estos problemas se ha multiplicado hasta convertirse en una cuestión central de la lucha de clases a escala planetaria ¡y muy especialmente en Brasil! Debemos reconocer que, hasta el momento, seguimos corriendo por detrás de los problemas que la inacción o el negacionismo de gobiernos y Estados agravan: valgan de ejemplo suficiente los dicho y hechos de Bolsonaro. A nivel mundial, los grandes partidos de izquierda, las centrales sindicales y gran parte de los movimientos sociales se desentienden y los que han tenido la lucidez y el coraje de abordar esta cuestión de vida o muerte, como el MST de Brasil, tienden a hacerlo en términos sólo defensivos y por tanto auto-limitados. Las cúpulas sindicales, altamente burocratizadas, fungen como amortiguadores. Los movimientos que habían comenzado a coordinar y construir respuestas internacionalistas terminaron buscando inspiración en el Vaticano. Las izquierdas institucionales están absorbidas por la Realpolitik y el posibilismo que tanto despreciaban Marx y Engels. A contramano de esa deriva, es preciso apostar a renovar la fecundidad del pensamiento crítico y el marxismo en indisociable relación con la praxis descolonizadora, anti patriarcal, eco-socialista, anti sistémica que el presente exige, rompiendo decididamente con las telarañas ideológicas de la Modernidad, el Progreso y sus derivas varias: positivismo, evolucionismo, predeterminismo, eurocentrismo, patriarcalismo, colonialidad del poder y el saber...

Sin pretensión de originalidad, comparto la opinión de quienes entienden que para desarrollar el marxismo sigue siendo indispensable volver a la obra descomunal y en gran medida incomprendida del mismo Marx. No se encontrará respuesta a los dilemas de hoy en textos escritos hace un siglo y medio, pero Marx ayuda a buscarlas. Su obra inmensa e inacabada es un obrador o una cantera donde encontramos muchas cosas: acabadas elaboraciones (con final abierto), intuiciones apenas esbozadas y también aporías que dieron pie a muy diversas interpretaciones. De manera que hay puntos en los que ser fieles a Marx significa contradecirlo. Más aún, junto con reconocer el valor y la actualidad de su formidable investigación critica del capital, debemos comprender que la actualidad de Karl Marx reside también en los problemas que él no pudo terminar de elucidar o resolvió mal, problemas vitales que todavía debemos enfrentar teórica y prácticamente nosotros: ¿Cómo ir más allá del capital? ¿Cómo contribuir al advenir de la forma social nueva? ¿Cómo pensar el socialismo o comunismo, evitando el fallido paradigma del socialismo que no fue y la ritualidad del marxismo tradicionalista? ¿En el siglo XXI cómo se configuran la o las personificaciones de los potenciales sepultureros del capital?
 
Marx explica que el modo de producción del capital opera como una compleja totalidad totalizante que pone (impone) las condiciones materiales, institucionales y culturales que requiere para asegurar casi automáticamente la continuada reproducción ampliada del capital, que es también la de su obligada y subordinada contraparte: trabajo vivo expropiado de medios de trabajo y de subsistencia. El carácter sistémico de la explotación se profundiza y difumina con la creciente autonomización del valor, que subsume a los productores directos y, tendencialmente, a toda la praxis social. El capital organiza y dirige la labor del trabajador colectivo y apropiándose de su fuerza de trabajo la convierte en fuerza productiva del capital, al mismo tiempo que modela obreros parcializados, aplastados, mutilados. Por eso el mundo del capital es “un mundo al revés”,
con hombres y mujeres encadenados, arrastrados a un círculo infernal de producción y reproducción que escapa a su control y los somete.
El irrefrenable impulso productivista que se deriva del imperativo de “valorización del valor” no reconoce límites, sostenía Marx, quien agregaba que el límite insuperable para el desarrollo del capital lo pondría el capital mismo, cuando su desarrollo agonístico y contradictorio llegara al punto en que ya no pudiera asegurar la valorización del valor. Sin embargo, es un hecho hoy incontrovertible que el imperativo expansionista del capital sí choca con límites externos impuestos por la naturaleza: esta sería una de las razones de su crisis estructural, al decir de István Mészáros. 

También es cuestionable el presupuesto de que, alcanzado ese hipotético límite, habrían ya madurado los elementos constitutivos de la sociedad futura y la clase obrera estaría preparada para lanzarse al combate directo y generalizado contra el capital. Son equivocadas las repetidas metáforas según las cuales el desarrollo del capitalismo que prepararía las condiciones para el “parto” de la nueva sociedad gestada en el seno del capitalismo. Se acumulan las evidencias de que la lógica del autodesarrollo de capital no prepara el “el parto de la nueva forma social”, engendra por el contrario barbarie y, tendencialmente, el eco-suicidio de la humanidad. Es imposible exagerar la importancia que tiene denunciar los límites ambientales del capital y emprender una crítica (teórica y práctica) a la idealización del desarrollo de las fuerza productivas y la abundancia como necesario horizonte de una sociedad alternativa al capitalismo. Lo que implica también otra idea de riqueza: no ya la plétora de objetos y mercancías, sino de la riqueza de relaciones, de vínculos humanos, de potencialidades individuales y colectivas, de tiempo libre.

A la lógica inhumana de la reproducción ampliada y la autonomización del valor, cabe oponer la porfiada convicción de Marx en el sentido de que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases y la liberación de los trabajadores obra de los trabajadores mismos. Y dando un paso más en esa dirección, al mismo Marx advirtió (en una célebre conferencia ante miembros de la Asociación Internacional de Trabajadores) que si la lucha de la clase trabajadora se autolimita y sólo reclama mejorías en el salario y de las condiciones laborales, puede ser reabsorbida por el capital, tal y como ha venido ocurriendo una y otra vez a lo largo de la historia del movimiento obrero. El desafío es entonces plantear la lucha de clases en términos de enfrentamiento estratégico, oponiendo al capital el combate auto emancipatorio del trabajo vivo. 

A contramano del posibilismo y la Realpolitik, es preciso un realismo revolucionario, intransigente en cuanto hace al rechazo de la normatividad sistémica por un lado y, por el otro, paciente, modesto y dialógico con los colectivos, culturas y saberes invisibilizados y despreciados por las clases dominantes y sus Estados. Nuestras compañeras y compañeros se encuentran en las otredades humilladas y marginadas: las comunidades de los pueblos originarios, los colectivos de lucha contra el extractivismo, el pobretariado urbano, los trabajadores que sufren ajustes y precarización, la rebelión de las mujeres en contra del patriarcado y la violencia de género, etcétera. Debemos ser capaces de actuar, hablar y pensar con ellos y desde ellos para construir una multivariada fuerza social popular y anticapitalista con proyectos comunes alternativos y forjando una voluntad colectiva y revolucionaria que los ponga en marcha. 

El antagonismo social inherente al capital puede ser disimulado y complejizado, pero no eliminado. Por eso la clase obrera conserva la potencial capacidad de golpear al capital en sus puntos más sensibles y es, estratégicamente, imprescindible para expropiar a los expropiadores y poner la riqueza acumulada por la humanidad (¡con beneficio de inventario, desde ya, porque también se acumuló mucha porquería!) al servicio de la autogestión social generalizada. Claro está que es imprescindible ampliar y precisar "el punto de vista de clase": el antagonismo con el capital no es patrimonio exclusivo del proletariado industrial o el trabajador asalariado, no es cierto que la clase obrera esté siempre a la vanguardia y es completamente falsa la idea de que puede construirse una alternativa emancipatoria con criterios obreristas y corporativos. Es posible y necesario
afirmarse en lo popular-plebeyo para proyectar y construir colectivamente una concreta y multivariada subjetividad revolucionaria, necesariamente anclada en el enfrentamiento al capital. 

Entendemos al marxismo como un sistema de hipótesis estratégicas orientadas hacia la revolución y el comunismo, un conocimiento no especulativo ni contemplativo, indisociable de la praxis, con un componente ético, ideal y volitivo. La vida y la teoría enseñan que la praxis político-subversiva es accidentada, contradictoria y sujeta a rectificaciones. Los insumos intelectuales que forjamos para la acción son ideas, hipótesis y proyectos limitados y condicionales que deben ser cambiados cuando dejan de ser útiles a la acción colectiva. Por eso, este libro no pretende "convencer" al lector de la justeza de tal o cual teoría o análisis, y habrá cumplido con creces su objetivo si despierta el interés por un marxismo que no pretende dominar las prácticas sociales, sino ayudar a liberarlas para establecer con ellas nuevas y superiores formas de recíproca colaboración y rectificación. 

Dije al comienzo de éste prólogo que el libro fue escrito hace poco más de 10 años, en los que el mundo y Nuestra América no han dejado de cambiar. Quiero entonces terminar señalando, a título de muy somera actualización, que el capitalismo continúa inmerso en una crisis sistémica que tiende a agravarse. Las incesantes innovaciones productivas y tecnológicas (explotación de nuevos “recursos naturales”, robótica, automatización, informatización) no logran impulsar un nuevo ciclo de expansión y aumentan en cambio la precarización del trabajo, el desempleo estructural, la financiarización. Y la potencial guerra comercial los Estados Unidos y China hacen más creíbles las predicciones de que se estaría en los umbrales de una grave recesión a escala internacional.
Simultáneamente, las disputas geopoliticas han impulsado desarrollos técnicos e informáticos utilizados con fines de control y manipulación social a escala jamás vista. Asistimos a lo que el sociólogo Ricardo Antunes ha denominado “contrarrevolución preventiva y generalizada”, en un contexto en que la amenaza de barbarie se agiganta a consecuencia del cambio climático y del agotamiento de los recursos naturales vitales. La lucha contra el capitalismo adquiere entonces el carácter de lucha por la supervivencia de la civilización y la especie humana, emancipada del molde productivo colonizador y destructivo de pueblos y naturaleza que el capitalismo impuso urbi et orbi. 

En Nuestra América todo eso se expresa con abruptos cambios y grandes confrontaciones entre los desposeídos y las pretensiones del gran capital. Golpes ("parlamentarios", "judiciales" o de los otros), revueltas populares y nuevas represiones. En un polo, afloran irreprimibles las esperanzas colectivas de los sectores más postergados o golpeados por la crisis, en el otro se recurre a los más bárbaros recursos contrarrevolucionarios. Las batallas se dirimen en las urnas, en las calles y en la conciencia de las masas. Los poderosos recurren a la represión policial y militar, manipulan la información, y alientan el resentimiento de sectores de las clases medias para lanzarlas con métodos neofascistas contra diversos “chivos expiatorios” y la izquierda. En toda la región y en un proceso vertiginoso, victorias significativas coexisten con severas derrotas y preocupantes retrocesos. En lo que va del siglo XXI, éste es el continente en el que nunca se ha dejado de luchar, oponiendo resistencias y momentáneas barreras al avance del neo liberalismo, desarrollando fuerzas contestatarias que, sin embargo, no han logrado erigirse en plural sujeto antagónico al capital, con fuerza social, organización colectiva y proyecto alternativo estratégicamente orientado para ir más allá del capital. 

No quiero terminar sin destacar que, después de que este libro se escribiera, un movimiento dinámico y radical se ha desarrolla a escala internacional asumiendo en nuestro continente una magnitud y rasgos distintivos de inmensa significación: me refiero a la formidable movilización de las mujeres y los feminismos. Es una fuerza social y política plural emergente, que avanza precisando sobre la marcha nuevas reivindicaciones y horizontes de sentido. Una marea verde que existe, resiste y plantea una radical impugnación al patriarcado y el orden establecido, prefigurando uno de los componentes esenciales que hacen a la actualidad de la revolución en el siglo XXI.  

Aldo Casas, 15 de febrero 2020