El valor de lo cotidiano: el trabajo no remunerado


Por Valeria Tellechea

El 22 de julio es el Día Internacional del Trabajo Doméstico, declarado en 1983 en el marco del Segundo Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe.

La pandemia ha puesto en primera plana la importancia de las tareas de cuidados y, con ello, el trabajo doméstico no remunerado, imprescindible para la sostenibilidad de la vida. Al mismo tiempo, ha demostrado la poca visibilidad que tiene esta problemática en nuestras economías y sociedades, en las que se sigue considerando una externalidad y no un elemento fundamental para el desarrollo de las personas.

Al 30 de marzo de 2020, según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), “37 países y territorios de la región han cerrado sus escuelas a nivel nacional (UNESCO, 2020). Ello implica que al menos 113 millones de niñas, niños y adolescentes se encuentran en sus casas para prevenir la expansión del virus. Los cierres de estos centros de enseñanza suponen que deben brindarse 24 horas diarias de atención a esta población, lo que sin duda sobrecarga el tiempo de las familias; en particular, el de las mujeres, que en la región dedican diariamente al trabajo doméstico y de cuidados no remunerados el triple del tiempo que dedican los hombres a las mismas tareas.”

Previa situación de pandemia, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), en los países de la región con datos disponibles, las mujeres destinaban a las actividades de trabajo doméstico y de cuidados, entre 22 y 42 horas semanales.

En el caso de Argentina, la Encuesta sobre Trabajo No Remunerado y Uso del Tiempo, realizada por última vez en nuestro país en el año 2013 -y proyectada la próxima para el 2021-, define al trabajo doméstico no remunerado como “todas las actividades no remuneradas realizadas para prestar servicios para uso final propio en el hogar que comprende los quehaceres domésticos y las actividades de cuidado de niñas, niños, personas enfermas o adultas mayores”, que también forman parte de las conformaciones familiares. Asimismo, incluye las actividades dedicadas al apoyo escolar y de aprendizaje de niñas, niños y adolescentes.

Incluye también el trabajo voluntario de todas “las actividades no remuneradas hechas libremente para el beneficio de personas ajenas a la familia, que involucra las actividades realizadas en el marco de organizaciones, como las realizadas directamente para otras personas”. Al reconocer este aspecto, no sólo da valor al trabajo en sí mismo que se realiza, sino a la importancia de los espacios comunitarios que forman parte fundamental de la organización del cuidado. 

En dicha encuesta, los datos sobre el trabajo doméstico no remunerado arrojaron que las mujeres tienen una tasa de participación de casi el 89% diario, lo que corresponde a un promedio de 6.4 horas por día. Mientras que en el caso de los varones, la tasa de participación es del 58% con un promedio horario diario de 3.4. Estos datos aumentan en conformaciones familiares de matrimonio o unión conyugal, lo que demuestra también que esta situación incluye el cuidado de personas autónomas.  

En resumen, la encuesta “confirmó la inequidad persistente entre varones y mujeres a la hora de hacerse cargo de tareas vinculadas con el cuidado de niños, niñas y adolescentes. Las expertas señalan la necesidad de repensar la organización social del cuidado y abordar el tema desde la perspectiva de derechos”; tal como señaló Paula Rey -integrante de ELA– en la nota sobre El derecho Invisible.

Los movimientos feministas coinciden en una reflexión sobre este trabajo, en definitiva, un trabajo que está invisibilizado y que puja por su valorización. En este sentido, Carolina Brandariz, Directora Nacional de Cuidados Integrales, entiende la necesidad “de poder observar en el cuidado una actividad económica que le implica a la sociedad determinados puntos del PBI, el sostenimiento de organización social y relaciones sociales que se mantienen de determinado modo que los movimientos feministas pujan por desnaturalizarlos y, en ese proceso, la construcción de una organización que sea más equitativa y que no implique dobles o triples jornadas laborales para los recorridos y trayectorias de determinadas mujeres que tienen o tuvieron imposibilidad de desarrollo en el mundo del trabajo. Y también parte de ese movimiento feminista caracterizado como popular, impulsa no solo incorporar a las mujeres al mundo del trabajo sino también dinamitar los muros entre lo público y lo privado. Que la valorización de ese trabajo únicamente va a ser tal en tanto y en cuanto se dinamite esa división y la valorización social ingrese también en las casas y que pueda observar que aquel tiempo, dedicación que desarrollan culturalmente las mujeres, es importante ponerlo en consideración y valorarlo económicamente.”

Reconocer el trabajo doméstico no remunerado pone de manifiesto la condición necesaria del cuidado como derecho universal, interdependiente e indivisible y que, al mismo tiempo, lo desvincule a la condición de mujer como única responsable, lo que requiere cuestionar la división sexual del trabajo y, por lo tanto, abogar a una justa redistribución de las tareas.

Publicado por Revista Furias