Los revolucionarios rusos (antes de 1917)


Por Aldo Casas

Los revolucionarios rusos mantuvieron una activa participación en las actividades de la Segunda Internacional, en sus congresos, polémicas, enfrentamientos y realineamientos. En primer lugar, porque para sus organizaciones, relativamente débiles y perseguidas, era vital esa relación con la Internacional. Y esa participación fue facilitada porque muchos de sus principales dirigentes[1] vivieron largos años de obligado exilio en Londres, París, Berlín, Bruselas, Viena, Zurich, Ginebra, Roma o Nueva York, donde tuvieron ocasión de conocer y mantener un trato frecuente con los más destacados referentes de la socialdemocracia internacional. De manera, lo dicho en el ensayo dedicado al ciclo de ascenso y crisis de la Internacional Socialista vale también para los rusos. En este trabajo, se agrega un examen somero de las diversas tradiciones y enconados conflictos de aquellos revolucionarios y organizaciones que debieron forjarse en el duro contexto de la autocracia y el imperio zarista, enfrentando realidades muy distintas a las del resto de Europa. Y no sólo por la represión, sino por las características distintivas de la historia, la formación social de Rusia, el peculiar Estado absolutista modelado por la dinastía de los Romanov... y su tardía inserción en el sistema-mundo del capital:

Al comenzar el siglo XX, Rusia era un “imperio periférico” (…) El territorio comandado por el zar Nicolás II ocupaba vastas regiones con poblaciones diversas (…) Distinta victorias militares le habían permitido ganar un lugar dentro del coro de los grandes países europeos. Sin embargo, su condición de potencia se vería debilitada por el lugar en el que se encontraba en el sistema-mundo [...] A pesar de ser soberana y de dominar amplios territorios, Rusia combinaba rasgos del centro con los de la periferia. El centro económico europeo extraía de ella materias primas y su desarrollo industrial era relativamente pobre.

Consciente de esta situación, y preocupada por su fracaso militar en la guerra de Crimea (1853-1856), la elite rusa intentó diversas propuestas modernizadoras, que incluyeron la liberalización de los campesinos siervos en 1861 y proyectos para industrializar la economía [...] Gran parte de la inversión para el desarrollo de esta modernización provino, sin embargo, del extranjero. Capitales entonces disponibles de Inglaterra, Francia, Alemania y Bélgica, entre otros, invadieron la tierra rusa en busca de ingentes ganancias [...] Hacia 1902, más de 90 compañías extranjeras estaban establecidas en el país y el capital europeo tenía predominio, todo en el sector financiero. No obstante, Rusia seguía dependiendo del campo, y entre 1890 y 1913 fue, gracias al trigo y el centeno, el principal exportador de granos del mundo. [...] Esta forma de industrialización, típica de los países periféricos, contó con una deliberada intervención de la nobleza rusa. Esta última, junto con la familia del zar, era la verdadera clase dominante del país y facilitó los requerimientos del capital extranjero. En el largo plazo, una de las consecuencias de esta dinámica fue que el zar se vio obligado a solicitar créditos en el exterior, lo que elevó el nivel de la deuda. Esto su vez generó un aumento constante de la presión fiscal sobre el campesinado, que conformaba la amplia mayoría de la población [...] De este modo, los sucesos que iba a experimentar Rusia en las primeras décadas del siglo XX no sólo estuvieron vinculados a las propias tensiones internas, sino que tuvieron estrecha relación con la expansión del capital europeo y con la dinámica desplegada por el sistema mundo. [...] En el caso de la revolución en el siglo XX, esta fue concomitante con la crisis que en Europa se generó por la competencia de las potencias imperialistas, la cual desembocaría en la Primera Guerra Mundial (Baña & Stefanoni, 2017: 15-21).

Marx en Rusia

Para complejizar las ideas recibidas sobre la recepción del marxismo y su relación con los socialismos que se desarrollaron en esta región del mundo, conviene remontarse a lo que escribiera sobre Rusia “el último Marx”, antes de que fuese fundada la Segunda Internacional. Y recordar, de paso, que la obra de Karl Marx llegó a Rusia cuando aún no existían allí partidos obreros. De hecho, fue introducida y difundida por revolucionarios que no eran marxistas: la primera traducción al ruso del Manifiesto comunista fue obra del anarquista Mijail Bakunin, y El capital fue traducido por el naródniki Nikolai Danielson [Nikolai-on]. En una fecha tan temprana, como 1872, este libro fue publicado en Rusia (vale decir, antes de que en Francia o Inglaterra); ¡y se vendió más y más rápido que en la misma Alemania! A partir de esto, Marx no sostuvo únicamente una copiosa correspondencia con Danielson. Según nos dice Nestor Kohan:

(...) Marx aprendió ruso a partir de 1870, leyendo dos veces (primero en inglés, luego en ruso, la obra de Nikolai Gabrilovich Chernishevsky (1828-1899) […] Marx venía siguiendo de cerca el proceso de emancipación de los siervos en Rusia, el desarrollo de la comuna rural, así como la lucha de los naródnikis (populistas radicales), con quienes simpatizaba sin ambigüedades. Existen al respecto numerosas pruebas en su correspondencia y escritos. […]. Marx mantuvo correspondencia con el Comité Ejecutivo de la organización que atentó contra el zar [Alejandro II] e incluso tuvo trato personal con los representantes de este comité que vivían en el extranjero. Hasta tal punto Marx estaba interesado y simpatizaba con las actividades de esta organización, que existe un ejemplar, procedente de su biblioteca, del programa de miembros proletarios del Narodnaia Volia (La Voluntad del Pueblo). Ese ejemplar contiene abundantes notas y subrayados de Marx, testimonio del estudio a fondo aquel documento histórico (Kohan, 2018: 55).

Quienes han investigado el tema han establecido que Marx leyó o consultó unos 200 libros en ruso para estudiar en profundidad aquella realidad.

Por otro lado, el expopulista convertido al marxismo Georgy Plejanov se lanzó a una dura polémica con sus antiguos compañeros, sosteniendo que El capital demostraba la necesaria e inevitable transformación capitalista del campo ruso, que la obschina y el mir eran instituciones arcaicas y reaccionarias, que antes de que llegara el momento de luchar por el socialismo deberían desarrollarse el capitalismo y la clase obrera, etcétera. En febrero de 1881, Vera Zasúlich (legendaria populista que también se había aproximado al marxismo con Plejanov) decidió pedir la opinión del mismo Marx. La importancia que este dio al asunto se refleja en que escribió cinco textos:[2] tres esbozos preparatorios relativamente extensos, un borrador y la breve esquela de respuesta que finalmente envió el 8 de marzo, desautorizando a los vulgarizadores de sus ideas que pretendían además que todo lo que ocurría en el mundo quedaba explicado por esa vulgata. Marx comienza por recordar que en El capital se analiza el cambio en la propiedad de la tierra estudiando lo ocurrido en Inglaterra y Europa occidental, y dice:

El análisis de El capital, por tanto, no aporta razones ni en pro ni en contra de la vitalidad de la comuna rusa. Sin embargo, el estudio especial que he hecho sobre ella, que incluye una búsqueda de material original, me ha convencido de que la comuna es el punto de apoyo para la regeneración social de Rusia. Pero, para que pueda funcionar como tal, las influencias dañinas que la asaltan por todos lados deben ser primero eliminadas y luego se le deben garantizar las condiciones normales para su desarrollo espontáneo.

Sobre la base de su propia investigación, Marx formuló una hipótesis fuerte sobre la obschina y su posible evolución, al afirmar que, en determinadas condiciones y circunstancias históricas, esa forma de comuna rural podría ser “el punto de apoyo para la regeneración social de Rusia”. Tan convencido estaba Marx de lo dicho que, en el prólogo a una nueva edición del Manifiesto comunista, que escribió en 1882, sostiene que “Rusia constituye la vanguardia de la acción revolucionaria en Europa” e introduce su heterodoxa hipótesis:

[...] en Rusia, frente al vértigo capitalista en raudo florecimiento, y la propiedad de la tierra burguesa que recién empieza a desarrollarse, encontramos que más de la mitad del suelo es propiedad común de los campesinos. Cabe preguntar: ¿puede la obschina rusa –aunque es una forma intensamente socavada de la propiedad común originaria de la tierra– pasar inmediatamente a la forma superior de la propiedad común comunista? ¿O, inversamente, debe recorrer el mismo proceso de disolución que constituye la evolución histórica de Occidente?

La única respuesta hoy posible a esta pregunta es la siguiente: si la revolución rusa es la señal de una revolución proletaria en Occidente, de modo que ambas se complementen entre sí, entonces la actual propiedad común de la tierra en Rusia puede servir de punto de partida para una evolución comunista (Marx-Engels, 2008: 79).

Sorprendentemente, esta original y audaz indicación fue ignorada por toda la socialdemocracia. La respuesta de Marx a Vera Zasulich recién fue publicada en 1924 y no resulta descabellado suponer que semejante olvido tuvo que ver, en alguna medida, con la altanería y menosprecio con el que las organizaciones socialdemócratas de Rusia (y sus dirigentes, Trotsky y Lenin incluidos) trataron al Partido Socialista Revolucionario, heredero en gran medida del populismo. Lo que no dejó de tener serias consecuencias teóricas y políticas, como más adelante se verá.

Los legados del Narodichestvo

El populismo ruso ha merecido muchas interpretaciones, pero existe una amplia coincidencia en que lo distintivo de esta corriente era la atención que prestaron a la situación de la inmensa masa campesina de Rusia, parcialmente liberada de la servidumbre desde 1861, pero desprovista de bienes y cargada de deudas. Era una corriente extremadamente heterogénea, con muy distintas y enfrentadas alas: eslavófilas y reaccionarias, pacifistas y liberales o socializantes y terroristas. Lo que no obsta para que, con el telón de fondo histórico de las grandes revueltas agrarias del pasado (como la de Pugachev, entre 1773 y 1724), el populismo llegara a ser la principal expresión del movimiento socialista o proto socialista entre 1860 y 1890, con el aporte de la sección rusa de la Primera Internacional y Bakunin, aventureros como Netchaev e intelectuales de fuste como Aleksander Herzen y Chernishevsky:

Herzen fue el primero que calificó a la obschina de célula socialista y al campesino ruso como socialista innato, capaz de crear con sus propias fuerzas el socialismo en Rusia. [...] Fue también el primero en lanzar la consigna “Tierra y Libertad” [...] Después de Herzen, N. Chernishevsky se pronuncia en favor de la obschina. Piensa que la obschina podría ser la base para el desarrollo socialista en el campo ruso, a condición de abolir la posesión señorial de las tierras e instalar una república democrática [...] y consideraba que apoyándose en la obschina, Rusia podía escapar a la fase capitalista e ir directamente hacia el socialismo (Ida Mett, 1968: 5).

Chernishevsky, revolucionario, filósofo y escritor, estudioso de Feuerbach y Fourier, sentó las bases del populismo revolucionario; sufrió 19 años de cárcel y destierro durante los cuales escribió la novela ¿Qué hacer? (título que escogería Lenin para su famoso libro de 1902). En 1860, surgió la sociedad secreta Tierra y Libertad [Zemliá i Volia] desarticulada por la policía dos años después. En 1874, se desarrolló el movimiento Yendo hacia el pueblo [khozhdenie v narod]: miles de estudiantes y miembros de la intelligentsia fueron hacia las aldeas buscando contacto con el pueblo, pero se estrellaron contra el rechazo del campesinado, las provocaciones policíacas y la represión del Estado... Surgió en 1876 una segunda Tierra y libertad ahora rigurosamente clandestina, dispuesta a golpear y desestabilizar al régimen, al mismo tiempo que trataba de implantar en el campo “colonias revolucionarias”, nuevamente sin éxito. Intelectuales como N.N. Mijailov, N.F. Danielson, V.V. Vorontozov (y también Plejanov) estudiaban y debatían sobre la penetración del capitalismo en Rusia, adaptando y/o rechazando lo que conocían de Marx. Cuando Tierra y Libertad se disuelve (en 1879), surgió[3] La voluntad del pueblo [Naródnaia Volia], que lanzada decididamente al terrorismo, en 1884, ejecutó al Zar Alejandro II. Al magnicidio, siguió el fortalecimiento del régimen, el exacerbamiento de la represión y el control policíaco y un antisemitismo que desde el gobierno estimuló una ola de progromos, especialmente en Ucrania.

Finalmente, hacia fines del siglo XIX y comienzos del nuevo, cuatro o cinco núcleos que se consideraban herederos del populismo convergieron en la fundación del clandestino Partido Socialista Revolucionario, con el liderazgo de un joven Viktor Chernov que por entonces se declaraba marxista y el periódico Revolutsionnaia Rossia [Rusia Revolucionaria]. Según Anweiler:

Al igual que los marxistas ellos distinguían dos fases en la revolución –la primera conduciría al derrocamiento del zarismo, la segunda tendría como resultado la transformación socialista de la sociedad–, pero tenían la esperanza de completar la transición del primero al segundo estadio tan rápida y directamente como fuera posible. Hacia 1903, su periódico Revoljucionnaja Rossija adelantó a veces literalmente lo que posteriormente sería la teoría de la “revolución permanente” de Trotsky y las alusiones de Lenin al tema (Anweiler, 1974: 92).

Los SR Intervinieron en la Revolución de 1905 y en diciembre de ese año celebraron su I Congreso. El programa adoptado consideraba que “el pueblo trabajador” (el campesinado y la clase obrera), con el aporte de la intelligentsia, constituía el bloque de fuerzas que debía impulsar la revolución. Los SR priorizaban la intervención en el seno del campesinado, pero ganaron también influencia entre los estudiantes, en el movimiento obrero y un gran respaldo en las zonas periféricas de Rusia, debido a su concepción “federalista” de la organización. Eran una organización en la que coexistían militantes revolucionarios muy radicales, junto a otros que consideraban imprescindible la colaboración de la burguesía liberal y sostenían posturas muy próximas los mencheviques... y también el “aparato militar” del Grupo de Combate incontrolado e incontrolable, que llevaba a cabo acciones de terrorismo contra los personeros del régimen y “expropiaciones” para obtener recursos financieros.

El anarquismo

Como ya se dijo, hasta la década de 1880, los anarquistas en Rusia se confundían con los populistas. Lo mismo ocurrió, luego, con los primeros núcleos marxistas. Se diferenciaron más nítidamente tras ser excluidos de la Segunda Internacional y al enfrentar críticamente, a partir de 1903, la conformación de los partidos Social-Demócrata y SR. Así, ganaron muchos militantes del Bund, se implantaron en el Oeste y el Sur de Rusia. Contaban con los aportes y prestigio de Bakunin y el Príncipe Kropotkin, del periódico Jleb i Vólia [Pan y Libertad] introducido desde Polonia u Odesa y tuvieron participación durante los acontecimientos de 1905-1907 en las ciudades industriales del Oeste, en Moscú, Petrogrado... y en la Flota. Sin llegar a fusionarse, mantuvieron una estrecha colaboración con los Maximalistas (escindidos de los SR en 1907), partidarios de una revolución socialista concebida según el modelo de la Comuna de París.

La amplia pero difusa presencia del anarquismo no se tradujo en una efectiva influencia en el curso de los acontecimientos, debido a una suma de factores: su intransigente rechazo a la lucha política (con ese argumento fueron excluidos de los sóviets en 1905), la proliferación de grupos que actuaban sin ninguna coordinación y orientaciones que iban desde el terrorismo individual hasta el anarco-sindicalismo. También ellos sufrieron el impacto de la Guerra, sobre todo porque su referente más conocido y respetado, el Príncipe Kropotkin, se pronunció en favor de los Aliados. 

La Social Democracia en Rusia (y en el exilio)

Como ya se dijo, Plejanov (con Axelrod y la Zasulich) fundaron el Grupo por la Emancipación del Trabajo en 1883. Sintetizó sus críticas hacia el populismo en el libro Nuestras Diferencias (1884), con una frase que llegó a ser célebre: “en Rusia sufrimos no sólo desarrollo del capitalismo, sino también la insuficiencia de ese desarrollo”. Algunos años después, en 1889, se produjo la fundación del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR), un inicio meramente simbólico porque fue inmediatamente desarticulado por la Ojrana. Plejanov participó con Lenin, Martov y la Krupskaya en el lanzamiento de la Iskra [La Chispa] en diciembre de 1901. El “padre del marxismo ruso” consideraba necesaria una revolución para terminar con la autocracia, conquistar libertades políticas y facilitar el inexorable y necesario desarrollo capitalista, una revolución burguesa en el curso de la cual la clase obrera, organizada en un partido independiente, lucharía por la democracia y defendería sus reivindicaciones económicas. Desarrolló una vasta obra teórico-política que lo erigió como uno de los teóricos más importantes en la Segunda Internacional y en su propia tierra. “Plejanov educó, él solo, a toda una generación de marxistas rusos”, supo decir Lenin, un elogio que Trotsky morigera: “Fue el propagandista y el polemista del marxismo, pero no el político revolucionario del proletariado”.[4] Plejanov se opuso a Bersntein y los revisionistas europeos, pero durante los interminables enfrentamientos fraccionales del POSDR se mantuvo casi siempre en el ala derecha de los Mencheviques. Se posicionó ante la Guerra como “social-patriota” y se mantuvo como enemigo de la Revolución de Octubre hasta su fallecimiento en 1918.

Vladimir I. Ulianov reivindicaba la tradición revolucionaria de Chernishevsky y los populistas, y muchos consideran que algunas de sus convicciones (el carácter conspirativo de la organización, los revolucionarios profesionales, el repudio a los filisteos y el oportunismo, etc.) guardan relación con aquella experiencia. Sin embargo, impactado por la ejecución de su hermano mayor y el aplastamiento de Narodnaia Volia, quien llegaría a ser Lenin consideró que el marxismo le indicaba otra vía para la lucha por la democracia y el socialismo. Se volcó a la militancia revolucionaria en la clase obrera en el preciso momento en que esta crecía tanto en cantidad como en combatividad. Con Iuri Martov y con quien luego sería su esposa, Nadiejda Krupskaia, fundaron la Unión de Lucha Para la Emancipación de la Clase Obrera. En diciembre de 1985 fue preso y confinado a Siberia. Como todos los social demócratas, abogaba por la modernización de Rusia y el fin de la autocracia, pero estaba convencido de que eso requería comprender y dar respuesta revolucionaria a las nuevas y terribles contradicciones que generaba el desarrollo del capitalismo en Rusia. Polemizó con los análisis y la política agraria de los populistas: A propósito del llamado “problema de los mercados” (1893), ¿Quiénes son los “amigos del pueblo” y cómo luchan contra los social-demócratas? (1894) y El desarrollo del capitalismo en Rusia (1899). Simultáneamente debió enfrentar al llamado “Marxismo legal” de Piotr Struve y M. I. Tugan-Baranowsky, tendencia que pasó rápida y abiertamente al campo burgués.

Ya exiliado en Europa, fue el principal impulsor de la Iskra y enfrentó políticamente a los “economicistas” de Rabóchaia Misl [El Pensamiento Obrero], Rabócheie Dielo [La Causa Obrera] y “El Credo”, a los que consideraba una versión rusa del revisionismo. En ¿Qué hacer? (1902), sostiene que es necesario transformar a los dispersos e inestables grupos social demócratas en un verdadero partido, centralizado en torno a un periódico, organizador colectivo sostenido y animado por la actividad clandestina y conspirativa de “profesionales de la revolución”, organizadores prácticos [practiki] capaces de organizar círculos y mantener lazos con la clase para garantizar, centralizar y elevar a un nivel político genuinamente socialista la lucha del proletariado, de modo tal que este pueda liderar a las más amplias masas populares en el camino de la revolución. Es lo que suele considerarse el “modelo leninista”, pese a que el mismo Lenin sostuvo reiteradamente que su modelo de partido era el PSD Alemán y que su propuesta respondía a las condiciones de severa ilegalidad y la completa desarticulación de la socialdemocracia en el interior de Rusia. De hecho, el bolchevismo adoptó formas organizativas muy diversas, y si una invariante leninista existió fue el irrenunciable empeño en contar (y controlar) una organización que hiciera posible “la fusión del socialismo científico con la clase obrera” y tuviera incidencia efectiva en la lucha de clases para asegurar la dirección del proletariado en la revolución.

Con ese fin se organizó en 1903 el II Congreso del POSDR (comenzó sesionando en Bruselas, pero los delegados debieron trasladarse a Londres para evadir el control policial), pero el resultado fue decepcionante. A partir de entonces el POSDR estuvo caracterizado por la división y enfrentamiento entre Bolcheviques (“Mayoritarios”) y Mencheviques (“Minoritarios”), en torno a los cuales orbitaron una gran cantidad de reagrupamientos a veces fugaces y con personalidades tan diversas como Martov, Bogdanov, Trotsky, Lunatcharsky, Riazanov... Los violentos enfrentamientos fraccionales jamás fueron superados, pese a repetidos intentos de reunificación. La mayoría de los historiadores considera que el POSDR quedó formalmente dividido en dos partidos independientes desde que el Congreso de 1912 eligió un Comité Central con mayoría bolchevique. Este CC fue desconocido por el resto de los socialdemócratas, pero el Comité de Organización que le opusieron fracasó casi inmediatamente.

La prolongada crisis de la socialdemocracia rusa fue confusa y “desprolija”, alimentada por discrepancias organizativas, metodológicas y políticas, mezcladas con choques de personalidades que el exilio, las dificultades materiales y las peleas por el manejo del dinero del Partido exacerbaron. Sobre el tema se ha dicho y escrito muchísimo, sin agotar tan compleja cuestión. Acá nos limitaremos a mencionar algunas de las primeras obras en que fijaron posición sus protagonistas más conocidos: Un paso adelante, dos pasos atrás de Lenin (1904); Nuestras Tareas de León Trotsky (1904); Problemas de organización de la socialdemocracia rusa de Rosa Luxemburgo (1904).

El “ensayo general” en 1905

Cuando el siglo XX apenas había comenzado y la Segunda Internacional ya se había olvidado de la revolución, los socialistas rusos debieron intervenir en una. La Revolución de 1905 fue un “ensayo general” de la que triunfaría algunos años después. En las primeras páginas de La Historia de la Revolución Rusa, puede leerse:

Los acontecimientos de 1905 fueron el prólogo de las dos revoluciones de 1917: la de febrero y la de octubre [...] La guerra ruso-japonesa hizo tambalearse al zarismo. La burguesía liberal se valió del movimiento de las masas para infundir un poco de miedo desde la oposición a la monarquía. Pero los obreros se emanciparon de la burguesía, organizándose aparte de ella y frente a ella en los soviets, creados entonces por vez primera. Los campesinos se levantaron, al grito de “¡Tierra!”, en toda la gigantesca extensión del país. Los elementos revolucionarios del ejército sentíanse atraídos, tanto como los campesinos, por los soviets, que, en el momento álgido de la revolución, disputaron abiertamente el poder a la monarquía. Fue entonces cuando actuaron por primera vez en la historia de Rusia todas las fuerzas revolucionarias: carecían de experiencia y les faltaba la confianza en sí mismas. Los liberales retrocedieron ostentosamente ante la revolución en el preciso momento en que se demostraba que no bastaba con hostilizar al zarismo, sino que era preciso derribarlo. La brusca ruptura de la burguesía con el pueblo, que hizo que ya entonces se desprendiese de aquélla una parte considerable de la intelectualidad democrática, facilitó a la monarquía la obra de selección dentro del ejército, le permitió seleccionar las fuerzas fieles al régimen y organizar una sangrienta represión contra los obreros y campesinos (Trotsky, 2016: 21).

En los años posteriores a 1905, continúa el historiador,

[...] se acentúa todavía más la contradicción entre el zarismo y las exigencias de la historia. La burguesía se fortificó económicamente, pero ya hemos visto que su fuerza se basaba en la intensa concentración de la industria y en la importancia creciente del capital extranjero. Adoctrinada por las enseñanzas de 1905, la burguesía se hizo aún más conservadora y suspicaz. El peso específico dentro del país de la pequeña burguesía y de la clase media, que ya antes era insignificante, disminuyó más aún. La intelectualidad democrática no disponía del menor punto consistente de apoyo social. Podía gozar de una influencia política transitoria, pero nunca desempeñar un papel propio: hallábase cada vez más mediatizada por el liberalismo burgués. En estas condiciones, no había más que un partido que pudiera brindar un programa, una bandera y una dirección a los campesinos: el proletariado. La misión grandiosa que le estaba reservada engendró la necesidad inaplazable de crear una organización revolucionaria propia, capaz de reclutar a las masas del pueblo y ponerlas al servicio de la revolución, bajo la iniciativa de los obreros (Trotsky, 2016: 22).

Claro que no todos sacaron las mismas conclusiones. Plejanov, extremando su postura, consideró que lo ocurrido representaba un retroceso, porque se había atemorizado y alejado a la burguesía y también porque el recurso a la violencia y a las armas por parte de los trabajadores debía considerarse un grave error. La mayoría de los mencheviques, que habían participado activa y decididamente en el “ensayo” revolucionario y los soviets, no compartió el balance negativo de Plejanov... pero siguieron insistiendo en que el carácter burgués de la revolución hacia necesario militar para que en ella participaran “todas las fuerzas vivas de la sociedad” (entiéndase: la burguesía liberal y la intelligentsia).

Lenin consideró, por el contrario, que 1905 marcaba un paso histórico: quedaba confirmado que Rusia marchaba hacia una revolución, el proletariado había dado prueba de ser capaz de conducir la sublevación de las más amplias masas populares, habían surgido los soviets (órganos de lucha política y social en los que se concretaba la unidad revolucionaria de obreros y campesinos) y, por último, pero no en importancia, quedaba la inmensa lección de que sería posible y necesario preparar la insurrección armada. Lenin insistía en que se trataba de una revolución burguesa con la tarea de eliminar las trabas feudales y acelerar el desarrollo del capitalismo... pero cambiaba sustancialmente el significado de esa fórmula, al agregar que toda vez que la burguesía se había colocado en el campo de la contrarrevolución, debería ser “la dictadura democrática de obreros y campesinos” la encargada de llevar adelante una radical reforma agraria e impulsar el desarrollo económico, en lo que sería un “proceso combinado”; por cuanto, la clase obrera y su partido avanzarían en sus propias reivindicaciones y afirmarían la perspectiva de lucha por la revolución socialista internacional.

Trotsky (y el alemán Parvus) sostuvieron, por su parte, que la experiencia vivida demostraba que sólo la clase obrera y su partido podían llamar y dirigir al campesinado en el combate para derribar a la autocracia y establecer la dictadura del proletariado: la revolución asumiría entonces un carácter permanente, combinando incumplidas tareas democrático-burguesas y medidas anti capitalistas. En el debate posterior a 1905, hubo también muy importantes aportes de Rosa Luxemburgo y de Kautsky, que merecieron el respaldo tanto de Trotsky como de Lenin.

Un déficit común de aquellos “balances” fue la escasa atención concedida a la mezcla explosiva de descontento nacional y social que se verificó en las fronteras del imperio. De hecho, la revolución avanzó mucho más y la influencia de los marxistas fue mucho mayor en la periferia que en el centro, evidenciando que a los bolcheviques les resultaba difícil ganar base social más allá de los rusos étnicos. Con esto, queda cuestionada la idea recibida de que fueron los bolcheviques quienes antes y mejor reconocieron el potencial revolucionario del campesinado. De hecho, la hegemonía de los socialdemócratas de Georgia y Letonia durante la revolución en el campo fue mayor, incluso que la de los SR, y los bolcheviques no tuvieron ninguna influencia de masas entre los campesinos o trabajadores agrícolas antes de 1917. A pesar del empeño en construir un partido que debía representar y organizar a todos los trabajadores del imperio, las raíces de los bolcheviques entre los no-rusos y su política hacia ellos eran muy débiles en vísperas de 1917.

Sobreviviendo a la reacción y la guerra

El “ensayo general” de 1905 fue contenido y luego derrotado con una combinación de limitadas concesiones y dura represión militar contra los insurrectos obreros en Moscú y contra las rebeliones campesinas que estallaron y se prolongaron a lo largo de todo 1906. Hacia 1907, quedó claro que se había iniciado una etapa reaccionaria (Lenin recién lo reconoció un año después), con un profundo reflujo del movimiento de masas y el desplazamiento hacia la derecha de gran parte de la intelligentsia.

Esto afectó a los revolucionarios rusos de diversas maneras y a todos los niveles. Agravó las disputas fraccionales entre los exiliados y golpeó duramente la actividad e influencia de todas las organizaciones en el interior. La situación recién comenzó a cambiar en 1910; y en 1911 ya fue evidente un nuevo y fuerte ascenso de las luchas obreras. Lenin consideró imprescindible un viraje que asegurase la eficaz intervención del partido en los futuros acontecimientos revolucionarios y para ello los bolcheviques asumen (prácticamente en soledad) la preparación del Congreso que se reunió en Praga en enero de 1912. Allí, se expulsó a los “liquidadores” que amenazaban el carácter conspirativo de la organización y se votó constituir “núcleos social-demócratas ilegales rodeados de una red tan extensa como sea posible de asociaciones obreras legales”. A fines de abril, lanzaron legalmente en Petrogrado el diario Pravda [La Verdad]. La influencia de los bolcheviques aumentó significativamente y en gran medida llegaron a convertirse en los dirigentes de un poderoso movimiento huelguista que sólo fue cortado por el estallido de la guerra. A juicio de un historiador ajeno a la izquierda:

En los dos años siguientes a 1912, hubo un espectacular aumento tanto del número de huelgas en la industria como de su nivel de militancia, que culminó en julio de 1914 con una huelga general en San Petersburgo […] los trabajadores de las capitales […] se alejaron de todos los partidos democráticos (incluyendo los mencheviques) que abogaban por la adopción de métodos constitucionales o graduales y se acercaron a los bolcheviques, que defendían la acción directa de los trabajadores en la lucha violenta contra el régimen (Figes, 2017: 277).

Otro sintético “pantallazo” del accidentado recorrido del POSDR, en este caso de un historiador trotskysta, muestra que:

Luchando políticamente, Lenin logró ser reconocido desde 1905 como representante ruso (junto con Plejanov) en el Buró Socialista Internacional (BSI), cargo que mantuvo hasta la explosión de la Primera Guerra Mundial. En ese marco, se produjo el “Congreso de Unidad” del POSDR, en 1906. En 1907, en el Congreso Internacional de Stuttgart, la moción sobre la actitud y el deber de los socialistas en caso de guerra (“utilizar la crisis provocada por la guerra para precipitar la caída de la burguesía”), fue presentada conjuntamente por Lenin, Rosa Luxemburgo y el Menchevique Martov. Cuando en enero de 1912 la Conferencia (bolchevique) de Praga consumó la escisión con los mencheviques, Lenin no la presentó como una ruptura entre reformistas y revolucionarios, sino entre los defensores del “verdadero partido obrero” contra los “liquidacionistas” (partidarios de un partido “legal”); y en defensa de “el único partido existente, el partido ilegal” a través de Kamenev, en representación de Lenin, en el BSI de noviembre de 1913. En 1912, los bolcheviques habían luchado para imponerse como únicos representantes del POSDR en el Congreso Socialista de Basilea. En 1914, debido al aislamiento internacional de los bolcheviques (incluso del ala izquierda de la Internacional Socialista, cuya dirigente Rosa Luxemburgo se aliara con los mencheviques “internacionalistas” de Martov y el “Bloque de Agosto” liderado por Trotsky), los bolcheviques admitieron una nueva y nunca realizada “Conferencia de Unificación” del socialismo ruso (Coggiola, 2017: 174-175).

Aún hoy se discute si el bolchevismo decidió constituirse como partido independiente en 1912[5] o si ello se les impuso como situación de hecho, que se prolongaría hasta que, en agosto de 1917, el Congreso de un partido, ya cuantitativa y cualitativamente renovado, adoptó la denominación de POSDR (bolchevique). Lo indiscutible, en cualquier caso, es que, entre 1903 y 1912, cuando Bolcheviques y Mencheviques eran realmente parte del mismo POSDR, siempre funcionaron como fracciones dura y agresivamente enfrentadas: con distintos periódicos y revistas, distintas estrategias aplicadas por separado, distintos bloques en la Duma, distintas conferencias o congresos de fracción, distintas finanzas, distintos órganos de dirección, etc. Sería tan equivocado considerar que Lenin fue el único culpable de tal situación como eximirlo de toda responsabilidad. La batalla de Lenin, enderezada a construir la dirección del partido de arriba hacia abajo, desde el exterior y con un centralismo que en definitiva pesaba más que la democracia, tal vez haya sido inevitable y, a mi juicio, logró resultados efectivos en términos prácticos. Esto no significa considerar que los medios utilizados para lograrlo quedaran por ello justificados ni, menos aún, erigirla en modelo a seguir. Lenin intentó en más de una oportunidad corregir los efectos no deseados de ese tipo de construcción, polemizando en 1905 con “los hombres de comité” [Komitetchiki] o reclamando que en momentos de ascenso revolucionario se abrieran las puertas del partido a la plena y directa participación de los obreros y alentando la libre discusión de las discrepancias en los organismos de dirección, pero la mayor parte de los posteriores “leninistas” no tuvieron ni siquiera esos mecanismos de retroacción.

La situación al comienzo de la guerra

Por esas fechas, la situación en Rusia es enormemente confusa. En general, los bolcheviques ocupan las mejores posiciones; sin embargo, sigue existiendo un ferviente deseo de unidad. En determinadas ciudades, coexisten grupos bolcheviques y mencheviques que despliegan, tanto unos como otros, actividades legales e ilegales, en directa dependencia del Comité Central o bien unidos con unos vínculos menos fuertes al Comité de Organización. No obstante, en la práctica, todo se encuentra en plena evolución. En algunos lugares, se avecina la escisión y en otros la unificación. La guerra pondrá fin a este cuadro de conjunto. Muchos grupos locales subsistirán como grupos socialdemócratas, sin unirse a ninguna de las dos grandes fracciones y contando entre sus miembros, a partidarios de ambas. Además y, a pesar de la escisión de 1913, los diputados bolcheviques y mencheviques de la Duma se unirán, con el nombre de fracción socialdemócrata, para votar contra los créditos de guerra.

Los bolcheviques permanecen 16 meses sin dirección efectiva. Centenares de militantes son detenidos, encarcelados o deportados; otros se encuentran en el ejército (este es el caso de los obreros a los que se moviliza en sus propias fábricas). Se inicia un nuevo período de reacción en el que el militante queda reducido a la calidad de individuo aislado. Cuando, a partir de 1916, los obreros empiezan a integrarse de nuevo en la lucha, la fracción bolchevique cuenta, como máximo, con 5000 miembros dentro de una organización que poco a poco se ha reconstruido. Sólo posee un puñado de cuadros; esos pocos hombres que, durante la ante-guerra han aprendido a organizar y agrupar a los obreros, a dirigir sus luchas y a eludir las fuerzas represivas, constituyen, en definitiva, los elementos de la vanguardia revolucionaria que Lenin había tratado de formar a lo largo de toda la complicada historia del partido obrero socialdemócrata ruso y de su fracción bolchevique (Broué, 2005: 34).

Ninguno de los agrupamientos socialistas en Rusia fue inmune al impacto desorganizador de la guerra y el chauvinismo. La fracción de los Mencheviques se dividió entre una mayoría partidaria de la “defensa de la patria” (defensistas), encabezada por Plejanov, que apoyaba el esfuerzo de guerra del zar, aduciendo que Rusia tenía derecho a defenderse contra un agresor extranjero, y la minoría internacionalista, dirigida por Martov, que consideraba que se trataba de una guerra imperialista y era partidario de impulsar una campaña en favor de “una paz democrática y sin anexiones”. El PSR también se dividió entre los defensistas, para quienes la victoria militar de los Aliados era previa y más importante que la revolución, y los internacionalistas, partidarios de la revolución para terminar con lo que, también ellos, consideraban una guerra imperialista. Los bolcheviques fueron el único grupo socialista que en general se mantuvo unido en oponerse a la guerra con una tajante perspectiva internacionalista y revolucionaria: convocar a que los trabajadores del mundo vuelvan las armas contra su propio gobierno, a fin de terminar con la carnicería, la rapiña imperialista y el sometimiento de las naciones oprimidas. Su idea era transformar la guerra en una ola de guerras civiles o revoluciones contra el capitalismo, episodios diversos de una misma revolución socialista internacional.

Los socialistas en las fronteras del Imperio

Para terminar, considero imprescindible corregir la falsa imagen, que yo mismo he tenido hasta el momento de escribir este trabajo, de que el movimiento revolucionario en Rusia estuvo animado exclusivamente por las organizaciones y dirigentes hasta aquí mencionados: el POSDR y sus fracciones. Comienzo, entonces, por reconocer que prácticamente todo lo que en este punto expongo está inspirando en el artículo de Eric Blanc “Liberación nacional y bolchevismo: la aportación de los marxistas de la periferia del Imperio Zarista”.[6] Se ha ignorado (u ocultado) la existencia e importancia que tuvieron los partidos socialistas de algunas de las nacionalidades no-rusas incorporadas por la fuerza al imperio, que con mucha razón se denominaba “cárcel de pueblos”. Por entonces, los rusos étnicos no llegaban a ser el 50 % de la población del imperio, y la realidad era que la mayoría de los socialdemócratas no estaba encuadrada en el POSDR, sino en diversos Partidos socialistas “nacionales”, vale decir, no-rusos. Los mencheviques y bolcheviques en su conjunto constituían aproximadamente el 22% de los marxistas de la Rusia imperial.

 

Principales organizaciones marxistas en el Imperio Zarista (1890-1914)[7]

Organización

Fecha de constitución

Pico de afiliados

Partido Socialista Polaco  

1892

55.000

Socialdemocracia del Reino de Polonia 

1893

40.000

Socialdemocracia georgiana Mesame Dasi

1893

20.000

Partido Social Demócrata de Lituania

1896

3.000

Bund en Rusia y Polonia

1897

40.000

Partido Social Demócrata de Finlandia

1899

107.000

Partido Revolucionario de Ucrania   

1900

3.000

Unión Social Demócrata de Letonia

1903

1.000

Org. Socialdemócrata del Trabajo Armenia Específicos  

1903

2.000

Fracción Bolchevique del POSDR

1903

58.000

Fracción Menchevique del POSDR

1903

27.000

Partido Obrero Socialdemócrata letón

1904

23.800

Partido Socialdemócrata musulmán Hummet

1904

1.000

Unión Social Demócrata ucraniana Spilka

1904

10.000

 

La concepción que predominaba entre los socialdemócratas de Rusia (y que fue defendida a capa y espada por Lenin) sostenía que el POSDR era el partido de la clase obrera de toda Rusia y que en su seno no debían admitirse organizaciones “nacionales”. La imposición de un Partido pan-ruso, único y centralizado, y la cerrada negativa a criterios de tipo federativo chocaban con arraigados sentimientos nacionales y reflejaban una alarmante subestimación del hecho de que Rusia era un imperio y no un Estado-nación como otros. Lo que resultaba mucho más chocante era el hecho de que los movimientos obreros y socialistas eran mucho más fuertes en la periferia que en el centro, como ocurrió por lo menos hasta la Revolución de 1905.

Algo semejante ocurría en relación al tema del “derecho de las naciones a la autodeterminación”, consigna formalmente adoptada por la Segunda Internacional en el Congreso de Londres (1896), pero cuyo significado no estaba claro. Casi todos los socialistas en el Imperio Zarista –con la notable excepción de Rosa Luxemburgo y sus partidarios– apoyaban la autodeterminación nacional, pero la concreción política del concepto desataba acalorados debates: Lenin y otros iskristas consideraban suficiente una defensa en general de la consigna, en tanto que la mayoría de los Socialdemócratas de las nacionalidades no-rusas sostenía que debía traducirse en reivindicaciones concretas de autonomía nacional, federalismo o independencia, según el caso. Las vacilaciones en este terreno tuvieron consecuencias dañinas en el curso de la revolución y los primeros años del poder soviético.

 


[1]. Georgui Plejanov, Pavel Axelrod, Inessa Armand, Alexander Bogdánov, Nikolai Bujarin, Alexander Chliapnikov, Félix Dzerjinsky, Liev Kámenev, Alexandra Kollontai, Nadiejda Krupskaia, V. I. Lenin, Anatoli Lunatcharsky, Iuli Mártov, Karl Radek, Christian Rakovsky, David Riazanov, Boris Savinkov, Nicolai Sujánov, Víctor Chernov, León Trotsky, Moises Urítski, Vera Zassulich, Grígory Zinoviev, entre otros.

[2]. Cf. Marx & Engels, Obras Escogidas en tres tomos (Editorial Progreso, Moscú, 1974), t. III. [Marxists Internet Archive, Julio de 2001].

[3]. El otro grupo conformado tras la disolución fue el Reparto Negro [Cherni Peredel] que intentó reorientar su actividad hacia el medio obrero, aunque pronto se disolvió y sus principales animadores debieron marchar al exilio. Allí, conducidos por Plejanov, fundaron en 1883 el Grupo por la Emancipación del Trabajo, primera organización declaradamente marxista de Rusia.

[4]. Marx y Engels no respaldaron la cruzada contra el populismo de Plejanov y evitaron identificarse con quien podía parecer, antes que revolucionario, un admirador del capitalismo. En una ocasión, Engels le respondió a Plejanov que no podía tomar posición porque carecía de elementos y agregaba –con algo de malicia– “los amigos de Narodnaia Volia me dicen otra cosa”. 

[5]. Algunos investigadores destacan que existió un genuino esfuerzo de los bolcheviques para que el congreso contara con la participación de organizaciones socialdemócratas sin alineamiento fraccional y, muy especialmente, de los “Mencheviques de partido”. Cierto es que se eligió un Comité Central con clara mayoría bolchevique, pero también lo es que fueron electos no-bolcheviques, con una representación muy superior a su fuerza real.

[6]. Artículo publicado en www.sinpermiso.info el 1/6/2014.

[7]. Aclara Blanc, que la cantidad de miembros de los partidos clandestinos en la Rusia zarista es notoriamente poco fiable, dada la inexistencia de listas de afiliados y la tendencia de todos los grupos a exagerar su tamaño. El número de mencheviques que se consigna no incluye a los SD georgianos o la Spilka ucraniana, dado que actuaban como partidos independientes, a pesar de su afiliación formal a la fracción menchevique (de la cual constituyeron, respectivamente, alrededor del 30% y el 10% de los miembros totales). Omitimos la extensa lista de fuentes utilizadas por Blanc para compilar la tabla.