La pandemia y la crisis del petróleo podrían provocar la vuelta de una segunda primavera árabe con fuerza redoblada


Por Gilber Achcar

Entrevista de Ashley Smith

ientras el mundo confronta la crisis económica global exacerbada por la pandemia, ¿qué lecciones puede aprender Estados Unidos de quienes están fuera de sus fronteras?

En esta entrevista, Achcar discute cómo la guerra de precios de los países exportadores de petróleo de Oriente próximo ha impactado el mundo, las acciones revolucionarias que podrían dar lugar a una “segunda primavera árabe” y de qué manera la izquierda estadounidense debe recuperar el verdadero significado del internacionalismo. La entrevista ha sido editada por motivos de extensión y claridad.

Ashley Smith: ¿Qué impacto tendrá la pandemia y la recesión global en Oriente próximo y el norte de África?

Gilbert Achcar: Hay un tipo de impacto que la región compartirá con el resto del mundo: ese es, sin duda, la gran crisis económica que se está desplegando y que es ya de mayor dimensión que nada de lo que el mundo haya visto desde la Gran Depresión de la década de 1930.

Pero hay algo específico de la región, y es el petróleo y el gas natural. La zona depende económicamente de estos recursos. Su precio ha caído llegando incluso a valores negativos en Estados Unidos durante un breve tiempo; los vendedores del crudo pagaron a los compradores para que se lo llevaran, porque no tenían espacio para almacenarlo.

Los líderes de Arabia Saudí ayudaron a provocar este desastre cuando lanzaron la llamada guerra de precios del petróleo a principios de Marzo, justo en el momento en que la crisis del coronavirus empezaba a golpear. La combinación de superproducción y la contracción de la demanda, en medio de la pandemia y la recesión, provocó este enorme exceso de petróleo y el consecuente colapso del precio.

Por supuesto el precio se recuperará con el tiempo de los niveles abismales que ha alcanzado, pero seguirá siendo bajo porque la demanda se ha reducido como consecuencia del parón de la economía durante la pandemia. Esto tendrá un impacto devastador en todos los países de la región. Y será así no sólo para los países exportadores de petróleo, sino también para otros países de la zona. Muchos de ellos son también dependientes de los ingresos del crudo en forma de préstamos e inversiones en sus economías por parte de los países ricos en petróleo.

Pero el impacto no va a ser igual en todos. Los países ricos en petróleo con poca población o con altas rentas per cápita, como Arabia Saudí, implementarán algunas medidas de austeridad, pero tendrán enormes recursos financieros a los que podrán recurrir.

Los países exportadores de petróleo con poblaciones numerosas, como Irán, Irak y Argelia afrontarán problemas mucho mayores. Sus economías son mucho más débiles, tienen menos reservas financieras, y se verán forzados a aprobar estrictas medidas de austeridad, creando indignación en la gente que llevó a cabo revueltas a lo largo del último año.

Todos los países de la zona que dependen de los productores de petróleo pasarán una aguda crisis. Se verán de golpe privados del dinero del Golfo, que ha ayudado a que economías como la de Egipto se mantenga a flote, y esta situación aumentará la austeridad y la pobreza. De manera que toda la región afronta una crisis económica y social más profunda que la que ha atravesado la última década.

¿Cuál ha sido hasta el momento el impacto de la pandemia en la región?

No ha sido tan apocalíptico como muchos temían, al menos no de momento. Algunos países ricos como los Emiratos Árabes y Catar tienen los medios para hacer frente a la pandemia. Se hacen cargo de algunos sectores de la población, pero no de otros, especialmente no de los trabajadores manuales migrantes.

Estos migrantes ya viven en terribles condiciones y podrían acabar devastados por la pandemia si el virus llega a contagiarlos. Pero el resto de la población estará más aislada y disfrutará de condiciones similares a las de los países del Norte Global, si no mejores.

En cambio, si el virus se expande en países como Egipto o Irak, no digamos Yemen, donde las condiciones para la mayor parte de la población son muy precarias, tendrá un impacto terrible. Irán ya se ha visto severamente afectado por el virus, y parece que le toca a Turquía ahora.

¿Qué hará la pandemia y el colapso de los precios del petróleo al equilibrio de poder geopolítico en la región?

Países del Golfo ricos en petróleo como Arabia Saudí cuentan con grandes reservas financieras y, por lo tanto, no sufrirán un gran revés en su influencia en la zona. En cambio, Irán verá seriamente afectada su influencia. Está ya sufriendo las sanciones de EEUU, y éstas han agravado las consecuencias de la pandemia y el colapso de los precios del petróleo.

La guerra del petróleo saudí ha golpeado la economía de Irán, lo cual era la primera y principal intención de Riad. La combinación de toda esta situación es catastrófica para Irán. Su capacidad para consolidar su influencia en la región a través de sus tropas de apoyo en Irak, Siria y Líbano se verá seriamente limitada.

Detrás de Arabia Saudí están los Estados Unidos, y su capacidad conjunta de controlar la región geopolíticamente es mucho mayor que la de Irán y sus poco entusiastas aliados, Rusia y China, que tienen menor capacidad de influir el curso de los acontecimientos.

Pero todos los grandes poderes de la región afrontan grandes problemas por la crisis. Y, si vuelven las luchas cuando amaine la pandemia, la iniciativa podría ser tomada de nuevo por movimientos populares.

Hablemos ahora de la situación de las luchas desde abajo. A lo largo del año pasado hemos sido testigos de una nueva oleada de revueltas que muchos denominan una “segunda primavera árabe”. ¿Cuál es la situación de esas luchas actualmente?

El año pasado fuimos testigos de una oleada global de resistencia desde América Latina a Oriente Próximo, el Norte de África y Hong Kong. Todas estas luchas se han visto paralizadas por la pandemia.

En Hong Kong, el gobierno y Beijing, que lo apoya, han aprovechado esta situación para aplicar políticas represivas contra el movimiento. En Oriente Próximo y Norte de África la historia es la misma. En Argelia, las manifestaciones masivas que había cada semana han parado, y se han producido detenciones. En Sudán, Líbano e Irak las luchas se han suspendido también.

La pandemia ha permitido a los estados imponer cierres, y lo hacen no por razones de salud, sino por razones políticas. Han estado encantados de hacerlo, y no porque se preocupen por la salud de las personas, sino porque han aprovechado la oportunidad para poner fin a las protestas.

Una vez que pase la pandemia, deberíamos esperar un resurgir de las luchas incluso a una escala mayor, dado el empeoramiento de la crisis social. De hecho ya ha tenido lugar una reanudación del movimiento en Líbano e Irak. La gente en Líbano se ha visto impulsada a manifestarse por el colapso de la economía. No pueden hacer frente a necesidades básicas como la comida.

Sudán ha sido uno de los países clave en este último año de movilizaciones. ¿Cómo te parece que es la situación allí actualmente?

Está en un proceso de cambio constante y lleva así desde julio, cuando el movimiento alcanzó el compromiso de un acuerdo de transición con el ejército. Este acuerdo creó lo que yo describiría como una dualidad de poder entre el movimiento popular y el ejército, coexistiendo ambos en el mismo Estado. Pero es sólo un estadio provisional y tenso; tendrá que finalizar con la victoria de uno de los dos bandos, el ejército o el movimiento.

El ejército ha intentado aprovechar el impassede la lucha para bloquear la implementación de algunas concesiones que habían acordado. Sin duda podrían intentar algo como un golpe de estado. Pero el movimiento popular plantaría cara a ese intento, volviendo entonces el país a la confrontación abierta entre las luchas populares y el ejército.

¿Cuáles son las causas profundas de las oleadas de protesta que persisten en la región? ¿Qué conexión tienen con el patrón de movilizaciones globales que hemos venido observando, y qué aspectos estarían relacionados específicamente con la economía política de Oriente Próximo y el Norte de África?

El neoliberalismo ha tenido un impacto común a lo largo y ancho del mundo, pero también hay especificidades nacionales y regionales. De manera global, la ofensiva neoliberal a base de privatizaciones, la desregulación y la globalización ha aumentado las desigualdades sociales y ha desmantelado las mallas de protección social. Todo ello ha provocado un movimiento de resistencia, irregular, pero de dimensiones mundiales.

Si bien, tal y como vengo argumentando, desde las primaveras árabes de 2011, la región de Oriente Próximo y el Norte de África está en una coyuntura específica, distinta, y revolucionaria por la interacción entre el neoliberalismo global, los regímenes de carácter absolutista de muchos de sus estados, y su dependencia económica del petróleo.

Esta combinación ha producido un bloqueo del desarrollo económico en la zona. Los regímenes niegan libertades a sus pueblos, se apoyan en las rentas del petróleo y del gas y el dinero de empresas privadas fluye no hacia el desarrollo económico sino hacia inversiones especulativas.

Todo esto ha hecho que el impacto del neoliberalismo sea mucho más severo aquí que en cualquier otro lugar. Por ejemplo, la región ha tenido las tasas más altas de desempleo juvenil del mundo. Las posibles vías de cambiar esta difícil situación a través de elecciones democráticas están descartadas.

No puedes votar para echar a un gobierno, cambiar el equipo de la administración, y alterar la política de la manera que lo puedes hacer en Europa o en Estados Unidos. Esa es la razón por la que las movilizaciones fueron mucho más allá de las protestas que hubo en países como Chile, España, o Grecia.

Oriente Próximo y el Norte del África han entrado en un largo proceso revolucionario. A falta de una transformación radical del conjunto de la estructura social, económica y política, el área seguirá en una profunda crisis.

Han pasado dos oleadas de movilizaciones en la zona. ¿Qué balance podemos hacer hasta aquí? Y ¿qué podemos aprender del proceso revolucionario?

En este período diez países de la región han vivido amplias movilizaciones. Seis en 2011, cuatro más en 2019: casi la mitad de los países de la zona ha experimentado movilizaciones masivas y sostenidas en el tiempo.

Esto significa una oleada revolucionaria de importante impacto en la región, comparable a lo que Europa vio al final de la Segunda Guerra Mundial. Esta escala del proceso demuestra que estas movilizaciones no son sólo las formas de resistencia habituales frente al neoliberalismo.

El movimiento ha madurado políticamente desde la primera oleada de protestas a estas segundas movilizaciones. Esto es característico de los procesos revolucionarios a largo plazo, como otros muchos que hemos visto en la historia. Experimentan una curva de aprendizaje: tanto el movimiento popular como las clases dominantes aprenden durante el proceso.

En las primaveras árabes de 2011, las fuerzas fundamentalistas islámicas fueron actores clave. Formaron una de las mayores fuerzas de oposición a las dictaduras, y cuando las movilizaciones comenzaron, se subieron al carro e intentaron apropiarse de ellas para sus fines reaccionarios.

Lamentablemente lo consiguieron en varios países, marginalizando a las fuerzas progresistas que no eran lo suficientemente independientes, ni estaban lo suficientemente organizadas como para ofrecer una alternativa política. Como resultado presenciamos un enfrentamiento entre dos polos contrarrevolucionarios: los viejos regímenes, por un lado, y los fundamentalistas islámicos por el otro.

En algunos países este conflicto adoptó la forma de trágicas y sangrientas guerras civiles. A nivel de la región, la fase inicial revolucionaria se transformó en una fase contrarrevolucionaria desde 2013. Desde entonces, los viejos regímenes han logrado restaurar su poder en la zona, como es el caso de Siria y Egipto, y en parte Túnez.

¿Cómo resurgió el movimiento? ¿En qué se diferencia esta nueva oleada de movilizaciones de la anterior?

El movimiento nunca se apagó por completo. Pese a las complicaciones que se dieron a partir de 2013, el proceso revolucionario continuó con explosiones ocasionales por toda la región, de Marruecos a Túnez, Sudán, Irak y Jordania. Después, una nueva oleada de protestas comenzó en diciembre de 2018 en Sudán, y se extendió por Argelia, Irak y Líbano. Los medios de comunicación han denominado a este proceso la segunda primavera árabe.

En esta nueva fase, las fuerzas fundamentalistas islámicas que tanto habían destacado en la primera fase, apenas jugaron ningún papel. En Sudán se aliaron inicialmente con la dictadura. En Irak y el Líbano, las fuerzas fundamentalistas aliadas con Irán fueron el principal objetivo de las movilizaciones.

En Argelia, parte de las fuerzas fundamentalistas colaboraron con el régimen, y el movimiento no les dejó jugar ningún papel. Sin embargo, lamentablemente ninguna fuerza progresista tuvo la capacidad de ofrecer una salida nacional.

Respecto a esta cuestión de una alternativa progresista, Sudán está siendo un ejemplo para el resto de la región. Ha conseguido las conquistas más avanzadas de los diez países que han tenido levantamientos.

¿Qué podemos resaltar de lo que han hecho las fuerzas progresistas en Sudán?

Han construido un movimiento organizado que opera a varios niveles. En la base están las organizaciones de barrio. Incluyen a miles de personas, principalmente jóvenes, la mayor parte de los cuales no están afiliados a ningún partido, pero se han radicalizado a través del proceso revolucionario, y son su principal fuerza impulsora. Son su conciencia crítica, lo que explica por qué quieren conservar su autonomía local y rechazan el centralismo.

Estos comités delegaron el derecho de representación del movimiento popular en una coalición de asociaciones profesionales, que se había formado de manera clandestina antes del levantamiento, y que está formada por médicos, abogados, periodistas, maestros y profesores.

La Asociación Profesional Sudanesa ha jugado el papel de coordinar y centralizar las luchas a niel nacional. Ha entrado en una coalición con los partidos políticos para formar un frente único de oposición a la dictadura, forzándola a un acuerdo de transición consistente en un reparto de poder. Esa es la situación de poder dual que he descrito anteriormente.

Así pues Sudán ejemplifica el tipo de organización que se necesita para que un movimiento popular progresista pueda obtener mayores logros. Eso no significa que el movimiento haya conseguido una victoria final; sigue habiendo una situación de tenso bloqueo entre el movimiento y la dictadura.

Por último ¿Cuáles son las principales enseñanzas de estas experiencias para la izquierda de la región? ¿Y cuál debería ser la postura de la izquierda internacional en relación a estas luchas?

Hay dos tipos de enseñanzas. Primero, todos los movimientos de izquierdas del mundo pueden aprender de las experiencias en esta zona. El ejemplo de Sudán de construcción de movimientos de base que ha dado lugar a un frente de lucha progresista es útil en cualquier lugar del mundo. ¡Imagina si hubiera nacido un movimiento así en torno al Senador! Bernie Sanders hubiera podido ser entonces un amplio movimiento social con comités activos en barrios por todo el país, tal y como hemos visto en Sudán.

La segunda enseñanza tiene que ver con el internacionalismo. La primavera árabe puso a la izquierda internacional en la tesitura de si apoyarían los regímenes o los movimientos populares en aquellos países cuyos gobiernos estaban en conflicto con Washington. Esto supuso un reto para muchas secciones de la izquierda que están acostumbradas a mirar el mundo a través de la simple oposición binaria imperialismo/anti-imperialismo.

Los levantamientos en la región pusieron en cuestión este marco. Se han producido contra regímenes apoyados por EEUU, como Egipto, Túnez o Bharain, y también contra otros enfrentados a EEUU, como Libia o Siria; estos últimos han sido apoyados por Rusia, otro poder imperialista.

Muchas personas que se consideran de izquierdas en EEUU apoyaron el régimen sirio porque estaba enfrentado a EEUU, y no quisieron solidarizarse con la revolución siria, ni siquiera en su fase inicial popular. Siguieron defendiendo el régimen, pese a todas las atrocidades que había cometido. Lo que es irónico es que lo hicieron en nombre del anti-imperialismo, cuando en realidad el régimen sirio estaba siendo apoyado por otro poder imperialista, como es Rusia, que participó activamente en las masacres en Siria.

Esa postura no tiene nada que ver con el internacionalismo, que significa sobre todo la solidaridad de los explotados y los oprimidos. La izquierda debería estar en todas las luchas del lado de los oprimidos y explotados, porque sólo esa puede ser la lucha por la democracia y la justicia social, independientemente de si el Estado al que se enfrentan es un aliado o un enemigo de Washington.

El internacionalismo nunca ha sido apoyar un poder imperialista frente a otro; se trata de la solidaridad entre los oprimidos y las clases trabajadoras más allá de las fronteras. Es muy importante que recuperemos este sentido profundo del internacionalismo.

Gilbert Achcar es profesor de estudios del desarrollo y relaciones internacionales en SOAS, Londres. Sus libros más recientes son Marxism, Orientalism, Cosmopolitanism(2013), The People Want (2013) y Morbid Symptoms: Relapse in the Arab Spring Uprising (2016).

Entrevista de Ashley Smith publicada en Truthout el 06/05/2020

https://truthout.org/articles/pandemic-and-oil-crisis-could-make-second-arab-spring-return-with-a-vengeance/

Fotografía de Mahmoud Hjaj, Agencia Anadolu.

Publicado por vientosur el 26/05/2020