Hacia una teoría latinoamericana del cuidado: los aportes de Domitila Barrios de Chúngara


Por Berenice Timpanaro

Domitila fue parte de aquel mundo militante de la posguerra que desarrolló en sus respectivos países la Campaña Internacional por el Salario Doméstico, como espacio de confluencia de ensayos teóricos y práctica política en torno al trabajo no remunerado. La afirmación “todas somos amas de casa” no significaba la mistificación de esa figura sino que interpelaba la idea de emancipación feminista a través del ingreso en el trabajo asalariado. Berenice Timpanaro analiza en esta nota la herencia de Domitila.

Los feminismos y los movimientos sociales, en el contexto neoliberal de esta pandemia, pusieron en la agenda pública la crisis de los cuidados –de los que saca ganancia el propio sistema cis-capitalista heteropatriarcal. Hace pocos días, el 7 de mayo, se cumplió un nuevo aniversario del nacimiento de la referente sindical boliviana Domitila Barrios, la misma fecha que Eva Perón. En su experiencia por la liberación de los pueblos, principalmente en la politización de la noción de cuidados que su militancia nos revela, su capacidad política crítica y propositiva a las comunidades respecto de las condiciones en que transcurre la vida, la muestran como una de las voces más importantes de la historia de los feminismos latinoamericanos y, sobre todo, de enorme vigencia.

Las luchas feministas por la igualdad no se centran únicamente en la toma del palacio del mercado asalariado de trabajo (cuestionando su techo de cristal, sus escaleras rotas, su piso pegajoso, su puerta giratoria y su entramado laberíntico), sino que también involucran un cuestionamiento profundo de su arquitectura androcéntrica y lo que deja por fuera. Fortalecer los puentes entre la Economía Popular y la Economía Feminista -en tanto corrientes de pensamiento e identidades políticas que cuestionan la invisibilización de la sostenibilidad de la vida cotidiana-, demanda debatir en torno a los cuidados desafiando fronteras de lo que se considera o no trabajo. Politizar tales márgenes desde distintas perspectivas académicas y diversidad de praxis políticas permite dimensionar que la definición de cuidados presenta su riesgo: que cuestionar límites trazando nuevos no conlleve a invisibilizar otros cuidados. ¿Con qué criterio re-construir una noción que condense la polifonía de cuidados? Tomando como eje la interseccionalidad de la opresión en nuestro Sur, que modela particularidades en la división sexual del trabajo y que se extiende espejado al campo de la participación política.  

Domitila Barrios fue dirigente del Comité de Amas de Casa de la comunidad minera Siglo XX en la actual República Plurinacional de Bolivia. Su vida transcurrió entre la humildad y la bronca de la pobreza, transformada en organización, en un país sesgado por las dictaduras y la miseria. En 1977 se preguntaba “si Bolivia es un país tan rico en materias primas ¿porqué es un país de tanta gente pobre?”, para cuestionar esa herencia colonial de la misma forma que años más tarde, lo hizo Evo Morales, el primer presidente indígena de su país. Aunque no se identificaba como feminista, irrumpió como oradora latinoamericana en la Tribuna del Año Internacional de la Mujer organizada en México en el año 1975, desarrollada en forma paralela a la Primera Conferencia Mundial sobre la Mujer de la ONU para abordar temáticas dejadas afuera por la agenda oficial. Marcaba sus distancias y diferencias con otras mujeres disertantes expresivas de una perspectiva sin matices dentro de los feminismos. Contrastaba constantemente su voz que, al ser colectiva, encarnaba en un “nosotras”, pluralidad marcada por la condición de clase, por ser esposas y viudas de trabajadores mineros y pobladoras bolivianas con sangre originaria. Y por tal motivo, no consideraba al varón como principal eje para dirigir la lucha de las mujeres, sino contra aquel sistema que dificultaba la vida de las poblaciones mineras y campesinas y las condenaba a una expectativa de supervivencia hasta los 35 años de edad.

Su testimonio volcado junto con Moema Viezzer en el libro “Si me permiten hablar” del año 1977, hilvana un relato de su vida para contar a través de ella, la historia de su pueblo. Allí contó el trabajo en la mina, dónde vivía el minero, cómo era un día de la mujer minera y el desarrollo de la organización obrera. Así, va formulando un discurso de resistencia donde historiza ese ser mujer, al tiempo que cuestiona la universalización de esa categoría pues valiéndose de la interseccionalidad, retrata la discriminación estructural que sufren las mujeres trabajadoras de pueblos originarios en aquella Bolivia signada por las dictaduras y gobiernos autoritarios, escenario que vuelve a repetirse actualmente tras el Golpe de Estado de 2019.

Barrios, al denunciar las condiciones infra-humanas de vivienda en las poblaciones mineras, mostró el disciplinamiento del capitalismo a través del salario masculinizado, además del beneficio extraído de las tareas no remuneradas en cabeza de las mujeres por parte de los gobiernos y los empresarios, ya que “al minero doblemente lo explotan (…) porque dándole tan poco salario, la mujer tiene que hacer muchas más cosas en el hogar. Y es una obra gratuita que le estamos haciendo al patrón finalmente (…) al trabajador tratan de no darle ninguna comodidad”. En el apartado “Un día de la mujer minera” realiza un ejercicio sumamente interesante: describe su cotidianeidad, lo que le da pie para afirmar que la mujer “aunque esté solamente en la casa, de todos modos está metida en todo el sistema de explotación en que vive su compañero”, cuestionando con insistencia esa idea de que las mujeres no realizan ningún trabajo porque no aportan un salario al hogar. Su jornada diaria de aproximadamente 19 horas es una trenza densa donde se entremezclan de manera concomitante el cuidado de sus hijxs, las tareas del hogar, la participación gremial y la economía popular mediante la venta ambulante de empanadas. Las tareas de cuidado abrazan también, la confección de la vestimenta familiar, largas filas para comprar barato y las tareas escolares de sus hijxs. 

Domitila, incluso, advirtió de la necesidad de contar con una herramienta metodológica para hacer visible ante sus compañeros varones, el Estado y las empresas patronales, las tareas cotidianas y cuestionar la lógica monetarista de producción de riqueza. Fue esbozándola de la siguiente forma: “Un día se me ocurrió la idea de hacer un cuadro. Pusimos como ejemplo el precio del lavado de ropa por docena y averiguamos cuántas docenas de ropa lavábamos por mes. Luego el sueldo de cocinera, de niñera, de sirvienta. Todo lo que hacemos cada día las esposas de los trabajadores, averiguamos. Total, que el sueldo necesario para pagar lo que hacemos en el hogar, comparado con los sueldos de cocinera, lavandera, niñera, sirvienta, era mucho más elevado que lo que ganaba el compañero en la mina durante el mes. Entonces en esa forma nosotras hicimos comprender a nuestros compañeros que sí, trabajamos y hasta más que ellos, en cierto sentido. Y que incluso aportábamos más dentro del hogar con lo que ahorramos”. Así, se inscribe como un aporte más en las discusiones sobre la valoración del trabajo no remunerado, en la que las distintas corrientes de la Economía Feminista han trazado sus propuestas de medición de usos del tiempo y de producción y sistematización de informes al respecto.

Fue contemporánea de aquel mundo de posguerra junto con referentes como Silvia Federici, María Rosa Dalla Costa, Leopoldina Fortunatti y Selma James, quienes de manera sincrónica, desarrollaron por las décadas de los 60 y 70 en sus respectivos países la Campaña Internacional por el Salario Doméstico, como espacio de confluencia de sus ensayos teóricos y la práctica política en torno al trabajo no remunerado. En ese contexto, señalaban el poder subversivo de las mujeres en la comunidad, revalorando, en línea con bell hooks, a cada hogar como un espacio de resistencia feminista. La afirmación “todas somos amas de casa” -identidad de lucha de Domitilia- era utilizada también en esa experiencia activista y no significaba la mistificación de esa figura sino que procuraba interpelar al conjunto de las mujeres para encontrar un terreno común: la comprensión de que la emancipación feminista no se lograba únicamente con el ingreso en el trabajo asalariado. En efecto, dicho acceso (ya de por sí, selectivo y a mayores costos que el resto de la clase trabajadora) no ponía en cuestión la construcción de la femeneidad, que en el fondo se tratan de atributos laborales aptos el desarrollo del trabajo reproductivo.

En el documental “Mujeres de la Mina” (2014), de las realizadoras Loreley Unamuno y Malena Bystrowicz -en el que Domitila participa-, Eduardo Galeano destaca su protanismo en la huelga de hambre iniciada en diciembre de 1977 en el Arzobispado de La Paz, para exigir a la dictadura del General Bánzer la amnistía general de los presos políticos y el retorno a sus fuentes de trabajo a todos los retirados por motivos políticos sindicales. Fue el puntapie inicial que devino en el quiebre de la hegemonía de la dictadura militar boliviana. Domitilia y sus compañeras del sindicato comparten el camino que han trazado también las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo en nuestro país, pues todas estas experiencias coinciden en haber politizado esas identidades como “madre”, “abuela” y “ama de casa” que parecían destinadas sólo al ámbito doméstico de la familia y el hogar, transformándolas en emblema políticos de resistencia contra las dictaduras. Que la irreverencia incansable de Domitilia esté siempre presente cuando hablemos de cuidados en nuestras tierras.

*Berenice Timpanaro es parte del equipo docente liderado por Ludmila Fredes de la materia “Trabajo, género y economía del cuidado”, de la carrera de Relaciones del Trabajo FSOC-UBA. Domitila es parte de la bibliografía obligatoria.

Publicado por LAFTEM el 17/5/2020